Programa de Cooperación en Seguridad Regional El asunto es que la comunidad de las naciones del hemisferio está profundamente dividida en las líneas de ideología básica y compromiso con un ejercicio democrático del gobierno. El presidente Hugo Chávez, de Venezuela, ha declarado su compromiso con una revolución Bolivariana que combina su versión del socialismo con un anti-imperialismo que hace eco a los sentimientos de los años sesenta, sin el contexto de la Guerra Fría. Chávez es un fuerte defensor del régimen de Castro en Cuba y ha llegado a otras naciones de la región, en especial Bolivia, Ecuador y Nicaragua, para formar una Alianza Bolivariana(Alba). Chávez ha intentado conseguir el ingreso de otras naciones a la Alianza, y ha tratado de crear instituciones regionales que excluirían explícitamente a Estados Unidos, pero no ha tenido mucho éxito. Ha respaldado a los líderes de otros países de la Alba en sus esfuerzos por consolidar su control sobre el Estado, y ha puesto en claro que tiene una visión de gobierno democrático que no coincide con la de la mayoría de los países del hemisferio. Aunque el programa de la revolución bolivariana está lejos de ser claro, Chávez y sus asociados de la Alba han conseguido bloquear todos los asuntos sustanciales en la OEA y han pasado a respaldar a la más reciente y aún no puesta a prueba Unión Suramericana(Unasur). Chávez representa además la única excepción al progreso alcanzado en términos de confianza mutua entre vecinos, en grupos subregionales más pequeños. Su hostilidad hacia Colombia y su disposición a avivar el conflicto con las Farc del lado colombiano de la frontera, resalta como la única excepción a un compromiso cada vez más profundo en la región sobre la solución pacífica de disputas. La disposición de Perú y Chile a someter su diferendo marítimo al arbitraje internacional es el paso más digno de mencionarse en esta dirección. El rechazo de Bolivia siquiera a discutir su disputa con Chile se mantiene como un desacuerdo pacífico. En otros sitios, la cooperación entre vecinos que tienen una historia de conflicto continúa creciendo, y la arquitectura institucional de colaboración a nivel subregional sigue desarrollándose. La lógica inexorable de los problemas intermésticos—aquellos que son a la vez locales e internacionales y que ninguna nación sola puede resolver— es la fuerza que mueve la construcción de confianza mutua en el manejo de problemas comunes. El ejemplo más significativo de construcción de confianza histórica es el de México y Estados Unidos sobre la forma de enfrentar el tráfico ilegal de drogas. Dada la violencia a lo largo de la frontera entre las dos naciones, es difícil decir que se esté progresando. No obstante, la cooperación entre los dos países nunca fue más efectiva. Y ahora que la administración Obama nombró un zar antidrogas cuyo cometido es manejar el lado de la demanda en el consumo de drogas, es posible que en los próximos años logremos ver progresos frente al azote de las drogas en los niveles subregional y hemisférico. Sin embargo, es necesario señalar que México, uno de los mayores países de América Latina, está tan enteramente distraído por la guerra contra las drogas, que es improbable que los próximos uno o dos años juegue un papel prominente en los asuntos hemisféricos. La debilidad del gobierno Calderón en la comunidad internacional fue manifiesta en su curiosa renuencia a jugar un papel activo en el manejo de la crisis de Honduras en 2009. Por otra parte, las naciones centroamericanas desplegaron una colegialidad inesperada al enfrentar la crisis Julio de 2010, Página 8
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La política y los intereses de seguridad de Estados Unidos en América Latina
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