L a izquierda en América Latina y Europa: nuevos procesos, nuevos dilemas E RNST H ILLEBRAND J ORGE L ANZARO A N A L I S I S Y P R O P U E S T A S FRIEDRICH EBERT STIFTUNG R EPRESENTACIÓN EN U RUGUAY analisis Y Pro Puestas otros titulos Democracia, Género y Equidad: aportes para el debate sobre los mecanismos de acción afirmativa El Sobreendeudamiento Soberano en Debate Ciencia, tecnología e innovación para el desarrollo Fragmentación Socioeconómica y Desigualdades: Desafíos para las Políticas Públicas Cancún y las Promesas Incumplidas. Los Países Pobres se Rebelan en la OMC Mercociudades y la IX Cumbre de Montevideo: La Emergencia de un Nuevo Actor de la Integración Regional La Izquierda Uruguaya y la Hipótesis del Gobierno. Algunos Desafíos Político–Institucionales Uruguay en la Región y en el Mundo: Conceptos, Estrategias y Desafíos Notas a Propósito de los Desafíos del Movimiento Sindical Uruguayo Políticas Públicas de Comunicación: El ausente imprescindible Desafíos y Dilemas de la Izquierda en la Antesala del Gobierno La Asociación Interregional MERCOSUR–UNION EUROPEA: desafíos del proceso de negociación Pobreza y desigualdad en Uruguay. Claves para el diseño de un programa de superación de la pobreza extrema La larga marcha hacia la igualdad social Hacia una Nueva Ley de Negociación Colectiva ¿Nuevas? Estrategias de Relacionamiento entre Empresarios y Gobierno Los Retos de una Nueva Institucionalidad para el M erCosur ¿Qué M erCosur necesita Uruguay? ¿Qué Uruguay necesita el M erCosur ? Desafíos institucionales del M erCosur Mercociudades: una apuesta al Mercosur Apuntes y propuestas para una reforma parlamentaria en el Uruguay C onstanza M oreira n iki J ohnson J orge J auri P rograMa C ientis D anilo V eiga a na l aura r iVoir a lMa e sPino s oleDaD s alVaDor D aniel C hasquetti g erarDo C aetano J uan P ablo l una J aiMe Y affé r afael P iñeiro P rograMa De i nserCión i nternaCional e i ntegraCión r egional C ristina z urbriggen n atalio D oglio l uis s enatore g ustaVo g óMez g abriel P aPa C eCilia a leManY g ustaVo D e a rMas n elson V illarreal l iliana P ertuY g erarDo C aetano g erarDo C aetano M arCel V aillant a lVaro P aDrón h ugo g anDoglia r ubén g eneYro g erarDo C aetano Los trabajos que publicamos son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no representan necesariamente el pensamiento de la Fundación Friedrich Ebert. Se admite la reproducción total o parcial, a condición de mencionar la fuente y se haga llegar un ejemplar. L a izquierda en América Latina y Europa: nuevos procesos, nuevos dilemas E rnst H illEbrand J orgE l anzaro octubre 2007 ANÁLISIS Y PROPUESTAS Ernst Hillebrand doctor en ciencias políticas, actual representante de la Fundación Friedrich Ebert en París. Jorge Lanzaro Instituto de Ciencia Política, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de la República, Uruguay. Friedrich Ebert Stiftung Fesur – Representación en Uruguay Plaza Cagancha 1145, piso 8 Casilla 10578, Suc. Pluna e–mail: fesur@fesur.org.uy http://www.fesur.org.uy Tels.:[++598 2] 902 2938/ 39/ 40 Fax:[++598 2] 902 2941 Realización gráfica integral: www. gliphos xp.com ISSN:1510–964X Índice Introducción______ 5 La Izquierda Después de la«Tercera Vía»______ 6 El proyecto de la nueva izquierda reformista_______ 7 Las causas del fracaso_______ 7 Se necesita un nuevo proyecto_______ 10 Un dilema adicional: la derecha también se renueva_______ 11 13 G obiernos de izquierda en a mérica L atina : entre eL popuLismo y La sociaL democracia _______ Una«coyuntura crítica»_______ 15 El populismo: una configuración política_______ 17 Del populismo de los antiguos al populismo de los modernos_______ 20 La social democracia criolla: un estreno histórico_______ 24 El«conservadurismo de la democracia»_______ 26 ¿La izquierda en la«tina»?_______ 28 Democracia y desarrollo: un desafío renovado_______ 30 Referencias bibliográficas _______ 31 Introducción La Fundación Friedrich Ebert en Uruguay y la Fundación Líber Seregni han organizado el 17 y 18 de mayo de 2007 en Montevideo, el seminario«La izquierda en América Latina y Europa: nuevos procesos, nuevos dilemas». El objetivo de esta actividad fue analizar y debatir sobre los escenarios políticos que las izquierdas latinoamericanas y europeas enfrentan en sus respectivos continentes. Los trabajos de Ernst Hillebrand y de Jorge Lanzaro que se presentan a continuación fueron los insumos centrales de esta conferencia. La«hora» progresista que vive América Latina, es uno de los fenómenos políticos que más ha estimulado la reflexión tanto de académicos, como de políticos y de otros actores sociales en los últimos años. El«paisaje» de los gobiernos progresistas latinoamericanos, lejos de ser uniforme presenta diferencias y genera discusiones significativas sobre sus desempeños, sus perspectivas y sus posibilidades. El trabajo de Jorge Lanzaro«Gobiernos de izquierda en América Latina: entre el populismo y la social democracia» intenta una clasificación primaria de los gobiernos progresistas de América Latina, analiza sus características, sus notas distintivas, sus antecedentes y sus horizontes de futuro. Los problemas que afectan a la social democracia europea marcan también la crisis de un modelo de centro izquierda asociado a lo que en el Reino Unido se llamó«tercera vía». El por qué del agotamiento de este modelo y el desafío que significa para la centro izquierda repensarse en una nueva realidad política, social y económica es el centro del análisis de Ernst Hillebrand«La izquierda después de la ‘tercera vía’». La izquierda después de la«tercera vía» Ernst Hillebrand Resumen: La presencia de los partidos de izquierda en el gobierno de los países de Europa Occidental ha ido disminuyendo, lo que marca el fin del ciclo de la izquierda tecnocrática y reformista al estilo«tercera vía». Este fracaso se explica por el impacto negativo de la globalización y la europeización sobre su electorado tradicional, por las promesas incumplidas de la revolución educativa y por la falta de respuestas ante fenómenos sociales fundamentales como la inmigración. Para recuperar terreno, la izquierda deberá reorientar su estrategia, desembarazándose del economicismo cerrado sin abandonar la apelación estratégica al centro de la sociedad. Solo así podrá enfrentar con éxito los desafíos del conservadurismo light. Palabras clave: globalización, educación, Estado, izquierda,«tercera vía», Europa. Los partidos de centroizquierda de Europa Occidental están en crisis. Desde principios de los 90, cuando la izquierda aún ejercía el gobierno en muchos países europeos, su presencia en el poder ha ido decayendo. En varios países, entre ellos Alemania, su papel se limita al de socio menor de gobiernos de coalición bajo predominio conservador. Jefes de gobierno de orientación conservadora ejercen el poder incluso en cuatro de los cinco países escandinavos, que muchos observadores consideran como sociedades socialdemócratas por excelencia. Lo más inquietante de todo esto es el hecho de que esta tendencia no refleja solo las oscilaciones habituales de las preferencias políticas. Los partidos de centroizquierda pierden votos no solo en favor de sus tradicionales contrincantes de centroderecha, pero también, cada vez más, frente a partidos populistas de derecha o de extrema derecha de reciente formación. 1 En algunos casos, el arraigo de estos partidos entre los votantes tradicionales de la izquierda ha alcanzado niveles alarmantes: en la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas de 2002, Jean–Marie Le Pen 1 Este no es solo el caso de Italia(Forza Italia, Movimiento Social Italiano, Liga del Norte) y Francia(con el Frente Nacional), sino también de los Países Bajos(la Lista Pim Fortuyn), Bélgica(Vlaams Belang), Austria(el Partido de la Libertad de Austria, FPÖ), Dinamarca, Suecia y, hasta cierto punto, también Gran Bretaña, donde el crecimiento del nacionalista British National Party se convierte en un dolor de cabeza para el Partido Laborista. se convirtió en el candidato más votado por los asalariados del país. 2 El proyecto de la nueva izquierda reformista Las derrotas electorales de los últimos años marcan el fin de un ciclo político–ideológico: el proyecto tecnocrático y centrista al estilo de la«tercera vía» de Gran Bretaña, el»nuevo centro« de Alemania o la»triangulación» de Bill Clinton, tan exitoso durante muchos años, ha llegado a su límite. Este proyecto se caracterizaba por una adaptación exitosa de los partidos de izquierda a las expectativas y condiciones de la política y la economía global. Fue la expresión de una interpretación acertada del espíritu político de la época y permitió que, desde la segunda mitad de los noventa, los partidos de centroizquierda se afirmaran como la fuerza política predominante en Europa. Compartían aspectos programáticos similares: la combinación entre una posición moderadamente neoliberal en lo económico y fiscal, la insistencia en un papel limitado pero activo del Estado, y una perspectiva liberal progresista con respecto a cuestiones culturales y de valores que, al ser presentadas como evidencia simbólica de una convicción auténticamente progresista, adquirieron un peso político importante. Los aspectos más relevantes del proyecto de esta «izquierda tecnocráctica reformista»(Werner A. Perger) en Europa Occidental fueron, en principio, las reformas del Estado social, con énfasis en reformas en el mercado laboral y la reducción o redefinición de las prestaciones sociales, la disminución de los elementos redistributivos en los sistemas tributarios y la privatización de empresas y servicios públicos en áreas no esenciales, con el fin de reducir el déficit fiscal. Al mismo tiempo, se propició una adaptación de la economía y de los sistemas de previsión al espacio europeo: profundización del mercado interno, políticas europeas de desregulación y competencia, moneda única, y fuerte restricción de las políticas industriales nacionales. La oferta política se orientó hacia el centro y hacia la clase media. Los partidos de centroizquierda se presentaron ante estos grupos como los gestores más eficaces del capitalismo. Esta reorientación estratégico–electoral fue necesaria para ampliar la alianza electoral y recuperar la posibilidad de convertirse en mayoría. Partió del supuesto de que los votantes tradicionales de los partidos de centroizquierda no tendrían otras opciones a las que apoyar y que, a largo plazo, los respaldos sociales tradicionales de la izquierda –los sectores obreros y la clase baja de la era industrial– se desintegrarían como consecuencia del pasaje a una economía de servicios post–industrial. Paralelamente, la educación fue ubicada en el centro del proyecto político. Se le asignaron algunas tareas que excedían el papel clásico de las escuelas y las universidades. En el nuevo proyecto, la educación asumió el rol que la política fiscal redistributiva había cumplido en la posguerra como instrumento fundamental de la estrategia reformista. De ahora en adelante, las inversiones en educación tenían que aportar soluciones a los problemas de justicia social, desempleo y competitividad internacional. Las causas del fracaso Estas políticas permitieron a los partidos progresistas atravesar tres lustros con elecciones ganadas y gobiernos bastante exitosos. Sin embargo, en la actualidad, esta oferta política 2 Philippe Guibert/Alain Mergier, Le decenseur social – Enquete sur les milieux populaires, Fondation Jean–Jaurès/PLON, Paris 2007, pág. 18. Esta tendencia viene acompañada de una profunda crisis de las organizaciones partidarias: como consecuencia de la reducción masiva del número de afiliados(el Partido Laborista británico, por ejemplo, perdió casi la mitad de sus miembros desde 1997), los partidos están perdiendo la capacidad de organizar campañas electorales y movilizaciones. ya no resulta lo suficientemente atrayente para generar mayorías y garantizar victorias electorales. 3 Uno de los problemas que explican esta situación es el impacto negativo de la globalización y la europeización(como versión específicamente europea de la internacionalización) sobre la situación económica relativa de los trabajadores. En los últimos 25 años, la cuota salarial –es decir, el porcentaje del producto total de una economía que corresponde a sueldos y salarios– ha decrecido continuamente en la Unión Europea, pasando de 72,1% a 68,4%. Al mismo tiempo, el número de personas con trabajo aumentó notoriamente: la tasa de empleo pasó de 61,2% a mediados de la década de 1990 a 64,5% en la actualidad. Esto significa que un número creciente de empleados debe repartirse un volumen decreciente de salarios. Paralelamente, aumentó la desigualdad del ingreso. En muchos países de Europa Occidental, el coeficiente de Gini ha ido empeorando desde los ochenta. 4 A raíz de estas tendencias, el compromiso central de la izquierda reformista de representar mejor los intereses económicos y sociales de la«gente humilde« mediante la aplicación de una política técnicamente eficiente y de reformas«factibles»perdió credibilidad. De la misma manera, perdió aceptación la segunda respuesta de los partidos de centroizquierda ante los cambios económicos: la promesa de crear un espacio económico europeo integrado que estableciera un marco novedoso y eficiente para la política social y económica. En la actualidad, muchos ciudadanos tienen una visión negativa de la UE, no sólo en Francia y los Países Bajos, donde fracasaron los plebiscitos sobre la Constitución 5 Y no se trata de una reacción irracional: si bien la UE actuó exitosamente como instrumento de política exterior y de paz, sus avances en materia de crecimiento económico y desempleo son insuficientes. C uadro 1. L a T ragedia e ConómiCa de La i nTegraCión e uropea , 1961–2005 Año 1961–1970 1971–1980 1981–1990 1991–2000 Crecimiento 4,8 3,0 2,4 2,1 Desempleo 2,0 3,8 8,5 9,4 Cuota salarial 72,3 73,9 72,1 69,2 Fuente: European Economy(los datos se refieren a las UE–15). 6 2001–2005 1,6 7,8 68,4 Las promesas de la«revolución de la educación» se revelaron vacías de contenido. Según estadísticas oficiales, en Europa el desempleo juvenil se ubica en 18,7%, aunque el porcentaje real podría ser más elevado. La posibilidad de que los europeos nacidos en hogares pobres alcancen los escalones más altos del sistema educativo no ha mejorado(por el contrario, tendencialmente está empeorando), y el porcentaje de estudiantes de la UE con 3 Werner A. Perger,«Die Lage der Progressiven in Europa, La situación de las fuerzas progresistas en Europa»), en Berliner Republik, No. 3/2007, págs. 52–61. 4 Roger Liddle/Frederic Lerais, Europe’s Social Reality – A Consultation Paper from the Bureau of European Policy Advisers, Comisión Europea, Bruselas, 2007, pág. 30. 5 René Cuperus, European Social Unease – A threat to the EU?, en Internationale Politik und Gesellschaft, No.1/2006, págs. 65–90. 6 Cuadro tomado de Michael Dauderstädt,«Increasing Europe’s Prosperity», Internationale Politik und Gesellschaft, No. 1/2007, págs. 28–46. formación secundaria completa sigue casi igual que hace 20 años. 7 Paralelamente, el financiamiento insuficiente de algunos sistemas educativos ha minado la calidad de los títulos universitarios y les ha quitado valor en el mercado laboral. Los nuevos empleos no se crean en los sectores bien remunerados de la economía de servicios, sino en la base: en la Gran Bretaña de los noventa, la profesión de peluquero creció más que ninguna otra. 8 En la Europa de hoy, los jóvenes, incluso aquellos con una buena formación, padecen tasas de desempleo superiores a la media y su ingreso se ubica por debajo del promedio: entre los menores de 30 años en Gran Bretaña, 37% son estadísticamente«pobres»; en Alemania, 42%; en los Países Bajos, 49%. 9 Al mismo tiempo, han surgido novedosos desafíos sociales, para los cuales la izquierda no ha encontrado respuestas adecuadas. Esto vale sobre todo para el tema de la inmigración. El concepto de«sociedad multicultural», núcleo ideológico de la respuesta de la izquierda a la inmigración masiva a Europa fracasó. Este concepto creó sociedades fragmentadas y guetos de minorías marginadas que no se han integrado exitosamente. Al mismo tiempo, las frustraciones, tanto de los«viejos europeos» como de los inmigrantes, se han intensificado. Esto es especialmente cierto para los inmigrantes procedentes de países islámicos, entre cuyos descendientes de segunda y tercera generación se observan a menudo posiciones mucho más hostiles hacia las sociedades occidentales que entre los de la primera. Durante años, la izquierda se negó a discutir esas tendencias y las convirtió en un tabú. Eso explica que hoy la inmigración sea el tema respecto del cual los activistas y los funcionarios de los partidos de centroizquierda se encuentren más alejados de las opiniones y manifestaciones de su electorado tradicional. 10 Otro problema que debe enfrentar la izquierda es el discurso pasivo frente a las tendencias globalizadoras e internacionalizadoras. La izquierda reformista y tecnocrática sostenía que solo quedaba adaptarse, como individuo y colectivo, a esas tendencias, ya que las mismas no pueden ser detenidas o modificadas. Este discurso refleja cada vez menos el sentir de la población, que aspira a que los Estados–nación asuman un papel más proactivo que el que les asignaba la nueva izquierda. En muchos países se vive un proceso de re–nacionalización emocional radicalmente opuesto al discurso proeuropeo y favorable a la globalización. 11 Existen indicios de un paulatino cambio de valores que los partidos de centroizquierda no saben entender ni han logrado aprovechar políticamente. El espíritu de la época( Zeitgeist) parece inclinarse hacia posiciones más conservadoras. Según algunas encuestas, se registra un desplazamiento del barómetro de valores hacia posiciones más tradicionales. Como consecuencia, existe una creciente percepción crítica del liberalismo sociocultural y del relativismo de valores característicos de las sociedades hedonistas occidentales de las últimas décadas(y muy importantes para los tecnócratas de centroizquierda como prue7 Roger Liddle/Frederic Lerais, Europe’s Social Reality – A Consultation Paper from the Bureau of European Policy Advisers, Comisión Europea, Bruselas, 2007, pág. 24. 8 Larry Ellitott/Dan Atkinson, Fantasy Island, London 2007, pág. 79. 9 Roger Liddle/Frederic Lerais, Europe’s Social Reality – A Consultation Paper from the Bureau of European Policy Advisers, Comisión Europea, Bruselas, 2007, pág. 28. 10 Según una encuesta reciente de YouGov en Gran Bretaña sobre las prioridades del futuro gobierno de Gordon Brown, 65% del electorado en general –y 53% de los votantes del Partido Laborista– mencionaron la inmigración como el desafío más importante para el nuevo primer ministro. En cambio, solo 20% de los afiliados del Partido Laborista consideraron que éste sea un tema prioritario. 11 Cuperus, René,«Populism against Globalisation: A new European Revolt», en Rethinking Immigration and Integration: a New Centre Left Agenda, Policy Network, Londres, 2007, págs. 101–120. Véase también David Goodhart,«National Anxieties», en Prospect, No.6/2006, págs. 30–35. ba de su continua orientación«progresista«). Cada vez más, la derecha se hace eco de este estado de ánimo: en su exitosa campaña electoral, Nicolás Sarkozy dedicó mucho tiempo al «ajuste de cuentas« con la Generación del 68. Como resultado de estos problemas y contradicciones, en la actualidad los partidos de centroizquierda de muchos países de Europa occidental se encuentran distanciados de una parte substancial de su electorado tradicional. 12 Justamente es con los sectores más humildes y»populares« de la sociedad con los cuales estos partidos ya no saben comunicarse ni relacionarse culturalmente: no hablan su idioma ni comparten sus preocupaciones y problemas. En las zonas desfavorecidas de muchas ciudades europeas, las fuerzas políticas de centroizquierda practicamente ya no cuentan con organización ni infraestructura partidaria. Este vacío está siendo ocupado por los nuevos movimientos populistas de derecha, que cada vez más son utilizados por los grupos populares y marginales como un vehículo para manifestar su frustración y que son percibidos como fuerzas dispuestas a ocuparse de aquellos problemas cotidianos que los partidos mayoritarios –sobre todo de izquierda– no quieren ver. 13 Los partidos de centroizquierda no encuentran respuestas a la pérdida de credibilidad de su discurso tecnocrático, el cual ha minimizado el potencial emancipador de la política y ofrecido solo una adaptación sin alternativas a la realidad«posmoderna» en lo económico, social y cultural. En este contexto, una investigación de la Fundación Jean Jaurès, cercana al Partido Socialista francés, sobre las condiciones de vida de los«sectores populares» en Francia, cita a un habitante de una banlieue francesa:«no somos nosotros quienes nos vemos vuelto apolíticos; son los políticos quienes le han dado la espalda a la política». Por primera vez en décadas, se vislumbra el quiebre de la alianza social estratégica entre la clase baja y la clase media baja a partir de la cual los partidos progresistas de Europa se convirtieron en mayoritarios. Se necesita un nuevo proyecto Ante esta situación, la centroizquierda se ve obligada a formular un nuevo proyecto político–ideológico capaz de conquistar a las mayorías. Para ello deberá desembarazarse del economicismo cerrado de la«tercera vía«, sin abandonar la apelación estratégica al centro de la sociedad. No puede haber un repliegue a los conceptos de los setenta y ochenta. Por el contrario, se necesita un discurso político que no sólo interprete correctamente las ambiciones de la población –éste fue uno de los puntos fuertes del proyecto tecnocrático reformista que no se debería abandonar–, sino también que se ajuste a sus crecientes temores en un mundo cada vez menos previsible. 14 Debe poner fin a la estigmatización de determinados grupos de la sociedad(«perdedores de la modernización»,«conservadores del statu quo») y reconocer que, para muchas personas, los últimos años han dejado un saldo negativo en términos económicos y sociales. Al mismo tiempo, será ineludible que la izquierda deje de lado algunos tabúes ideológicos, sobre todo en relación a la cuestión de la inmigración. En este tema, más que en cualquier otro, la izquierda se ha negado a enfrentar las 12 Werner A. Perger,«Die Lage der Progressiven in Europa», en Berliner Republik, No.3/2007, págs. 52–61. 13 Véase Jörg Flecker(ed.), Changing working life and the appeal of the extrem right, Ashgate, Aldershot, 2007 y Philippe Guibert/Alain Mergier, Le decenseur social – Enquete sur les milieux populaires, Fondation Jean–Jaurès/PLON, Paris 2007. Una encuesta del Partido Laborista entre simpatizantes del British National Party(BNP) acerca de los términos asociados al BNP arrojó un resultado deprimente para los laboristas:«libertad de espresión» y«trato justo» fueron los términos con los que se asoció al BNP en los distritos electorales tradicionalmente laboristas. 14 Vgl. Sennett, Richard, The Culture of the New Capitalism, Londres 2006, sobre todo Cap. 2,«Talent and the spectre of uselessness», págs. 83–130. 10 realidades sociales, lo que ha contribuido a alejarla de algunos sectores de su electorado tradicional. 15 La izquierda, además, debe buscar una nueva posición respecto al Estado–nación y la temática de la identidad nacional. En los últimos cien años, la izquierda ha utilizado al Estado–nación como el instrumento central para lograr sus objetivos políticos y sociales y hasta el momento no ha encontrado un sustituto capaz de cumplir esa función. Hoy muchas personas esperan que el Estado–nación recupere un papel más activo, actuando como «protector» contra la globalización y no como su ejecutor, como durante los gobiernos de la «tercera vía». Se trata de una tarea compleja: formular un reclamo positivo sobre el Estado– nación, pero sin dejar de profundizar la integración europea. En última instancia, la izquierda debe volver a desarrollar proyectos políticos que beneficien concretamente a su electorado. Durante los últimos años, la izquierda ha optado por ubicar los espacios de construcción de políticas exclusivamente en la esfera de los temas socioculturales a través de una interpretación liberal de los derechos individuales y los intereses particulares. Al mismo tiempo, las cuestiones económicas, fiscales y político–institucionales (duras) fueron declaradas«zona prohibida». A la luz de la creciente desigualdad y del bloqueo de las posibilidades de ascenso social de las clase baja y media baja, esto tendrá que cambiar. Un dilema adicional: la derecha también se renueva Además de los desafíos señalados, las fuerzas progresistas deben enfrentar una amenaza adicional: la derecha también se renueva. En los últimos años se ha alejado del neoliberalismo radical recuperar espacio en el centro de la sociedad. El«retorno al centro» de los conservadores se observa en varios países: George W. Bush ganó dos campañas electorales con la promesa de un conservadurismo compasivo( compassionate conservatism); los conservadores suecos, bajo la conducción de Fredrik Reinfeldt, aceptaron no abandonar el Estado social y, de esta manera, ganaron las elecciones contra un Partido Social Demócrata altamente profesional; la Unión Demócrata Cristiana(CDU) alemana, luego de su casi debacle electoral de 2005 resultado de su campaña de inspiración neoliberal, ha vuelto a una orientación de centro–derecha más tradicional; en Gran Bretaña, el Partido Conservador, liderado por David Cameron, logró una reorientación muy sorprendente(y exitosa, según las encuestas) que incluyó la promesa de realizar inversiones públicas, mantener el sistema estatal de salud y defender la ecología y el matrimonio entre personas del mismo sexo; por último, durante la campaña electoral en Francia, Nicolás Sarkozy no sólo recalcó la«dignidad del trabajo» y la laicidad de la república, sino que se refirió también a Victor Hugo y Léon Blum, figuras históricas sagradas para la izquierda francesa. La estrategia del nuevo conservadurismo light ya no pasa por el rechazo a los objetivos del proyecto de centroizquierda –previsión y solidaridad social con límites, énfasis en la iguadad de oportunidades educativas y en los derechos de las minorías–, sino por un cuestionamiento al camino elegido para concretas dichos objetivos. Según este enfoque, el Estado no es el instrumento idóneo para alcanzarlos, ya que es demasiado costoso e inmóvil. El mercado, la oferta privada y el compromiso voluntario serían más apropiados. Paralelamente, se relativizan las diferencias en materia de política económica y financiera, por lo menos en los países con gobiernos de centroizquierda exitosos. Una vez más, la estrategia de este nuevo enfoque de la derecha 15 Véase también Cuperus, René,«Populism against Globalisation: A new European Revolt», en Rethinking Immigration and Integration: a New Centre Left Agenda, Policy Network, London, 2007, págs. 101–120. También Hillebrand,«Migration and Integration – The errors of the European Left», ibid., págs. 35–44. 11 consiste en centrar la crítica en una supuesta burocratización excesiva y en los problemas técnicos: la política de la izquierda ofrecería poco value for money o, más directamente, estaba mal hecha. En aquellos países en los que los gobiernos de centroizquierda lucharon con éxito contra el desempleo, como Gran Bretaña o EEUU durante la gestión de Clinton, se señala una supuesta exageración de la importancia de la política para la creación de fuentes de trabajo. El sector privado –se argumenta– se encargaría de ello. En el fondo, se trata de la versión conservadora del eslogan del Partido Socialdemócrata alemán durante la campaña electoral de 1998 contra Helmut Kohl:«No cambiaremos todo, pero mejoraremos mucho«. Hoy la nueva«derecha blanda» promete:«No cambiaremos todo, pero mejoraremos mucho... con menos fondos». Hasta el momento, los partidos de centroizquierda no han encontrado una respuesta eficiente a este conservadurismo light. Al parecer, la oferta de una política económica y social similar a la de la izquierda tecnocrática, sin sus particularidades en materia social y cultural, resulta bastante atrayente. Una eventual contraestrategia deberá atacar muchos frentes, siendo el papel del Estado seguramente el más importante. En este punto sí hay una diferencia entre las visiones de la nueva derecha y la nueva izquierda, particularmente cuando se trata de la cuestión del rol del Estado en la producción de las prestaciones sociales y bienes públicos( public goods). Hay claros indicios para asumir que, en estos tiempos de creciente incertidumbre, muchas personas prefieren un Estado fuerte y activo, en lugar de un sistema en el cual las prestaciones sociales pasen de la esfera de los derechos ciudadanos a la esfera de lo arbitrario, selectivo y asistencial, de los sectores comerciales y no estatales. En tiempos de incertidumbre vital y profesional, la izquierda debería poder ganar esta pulseada. Pero será igualmente importante romper dos ventajas electorales adicionales de la derecha: la monopolización de la Nación y el posicionamiento sincero con respecto a los problemas ligados a la inmigración. Los partidos establecidos de derecha y de izquierda ya no disponen de mucho tiempo para la formulación de nuevos proyectos políticos atrayentes. La crisis de la representación comienza a superar a los partidos y afecta, cada vez más, la legitimidad del sistema político en general, cuyo carácter democrático y participativo está siendo cuestionado: una encuesta de Gallup de fines de 2006 reveló que sólo 30% de los británicos, 28% de los italianos, 21% de los franceses y un alarmante 18% de los alemanes respondieron afirmativamente a la pregunta de si«su país está gobernado según la voluntad del pueblo». 16 16 Encuesta Gallup«Voice of the people», www.voice–of–the–people.net 12 Gobiernos de izquierda en América Latina: entre el populismo y la social democracia Jorge Lanzaro En América Latina se registra un nuevo ciclo de desarrollo de los agrupamientos políticos de izquierda o centro–izquierda –«progresistas», en un sentido más amplio– que en varios casos mejoran sus posturas como fuerzas de oposición, conquistan puestos en distintos niveles de administración regional y compiten con expectativas de alternancia a escala nacional, accediendo al gobierno en un número de casos que viene creciendo. Este arco cubre a buena parte de América del Sur e incluye a varios de los países más significativos de la región, en términos de economía, población, tamaño, proyección estratégica, ubicación política internacional: Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Ecuador, Nicaragua, Panamá, Venezuela, Uruguay. Parafraseando a Samuel Huntington, podría decirse que estamos ante una«tercera ola» de alza de las izquierdas latinoamericanas, si contamos a partir de las emergencias de los años 1960 y 1970 –en el ciclo que va desde la Revolución Cubana hasta la tragedia de la Unidad Popular en Chile– con una segunda tanda, que al correr la década de 1980 se desplaza hacia Centro América, merced a los movimientos políticos y militares que toman la posta, destacando en su hora la Revolución Sandinista. Las experiencias actuales son distintas de las que pudo haber en aquellos dos tramos o en el pasado anterior y a su vez presentan entre ellas una marcada diversidad, lo que genera un panorama complejo y hace más difícil que nunca establecer qué quiere decir«izquierda» en el mundo contemporáneo. No entramos aquí en las discusiones de corte sustantivo, que buscan catalogar las propiedades esen13 ciales de las posturas de izquierda 1 . Nos manejamos simplemente con una concepción de orden histórico y netamente político, lo cual remite a una trayectoria determinada que construye las identidades respectivas, pero asimismo a contenidos que varían en el tiempo y a elementos de un mosaico complejo, que tienen fundamentalmente un carácter posicional y relativo: es decir, dependen de la competencia política y se definen en base a una relación con los contrincantes ideológicos, que resulta constitutiva y marca las sucesivas composiciones del clivaje«izquierda–derecha». Convencionalmente, en la hora actual podemos pues considerar como«progresistas» a aquellos gobiernos que articulan discursos críticos y buscan introducir innovaciones –de porte variado– en el horizonte de las políticas«neo– liberales», prevaleciente en la región desde la década de 1990. Está claro en todo caso que estos gobiernos muestran diferencias considerables en su conformación política y en las orientaciones concretas que adoptan, tanto a nivel nacional, como en las relaciones internacionales que tejen entre ellos y frente a los EEUU, habiendo en el ruedo regional flujos de imitación y aprendizaje, pautas de«difusión» o contagio político, vínculos de solidaridad y«vasos comunicantes», intercambios y cooperación, pero al mismo tiempo conflictos y alineamientos variados, cierta rivalidad de«modelos» y una disputa por el liderazgo. En aproximaciones de corte valorativo, algunos hablan a este respecto de la contraposición de«dos izquierdas»(Petkoff 2005, Castañeda 2006). Con un enfoque analítico, atento a la naturaleza política de las distintas figuras, propongo una clasificación primaria en función del tipo de partido o movimiento que compone el gobierno y de la fisonomía de cada sistema de partidos, su grado de institucionalización y los patrones de competencia vigentes. Esto remite a su vez a rasgos diferenciales en el modo de gobierno, el estilo de liderazgo presidencial y los formatos de democracia, así como a ciertas variantes en el patrón de políticas públicas. En base a tal criterio pueden identificarse inicialmente tres modalidades. a) Los gobiernos de carácter populista de nuevo cuño: Hugo Chávez en Venezuela, Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador. b) Los gobiernos que provienen de partidos de raigambre nacional–popular existentes con anterioridad: en especial el de Néstor Kirchner, con su recreación del peronismo en Argentina y eventualmente el de Martín Torrijos en Panamá 2 . c) En fin y como gran novedad de la temporada, tenemos los gobiernos de tipo social democrático, que despuntan con Lula da Silva en Brasil, Ricardo Lagos en Chile y Tabaré Vázquez en Uruguay. A caballo, entre los dos últimos renglones, podríamos ubicar el caso de Nicaragua, puesto que el segundo gobierno sandinista muestra signos del nacionalismo revolucionario anterior. En las dos primeras categorías encontramos experiencias singulares, con peculiaridades propias, resaltantes en algunas de las manifestaciones neo–populistas. Sin embargo, estas experiencias tienen antecedentes en distintas etapas de la vida latinoamericana, entroncan con las tradiciones del nacionalismo popular y pueden inscribirse en la historia recurrente y azarosa que ha tenido el populismo en nuestras tierras, desde comienzos del siglo XX. En cambio, las fórmulas social democráticas constituyen un hecho absolutamente inédito para la región. Por estas«vías» 1 Para ello resultan útiles algunas de las aproximaciones disponibles y en particular el conocido trabajo de Norberto Bobbio 1985. Este planteo hace referencia a cuestiones básicas de la composición de izquierda, como lo es el balance entre igualdad y libertad, el cotejo estado–mercado o la reivindicación de la política como centro de producción del orden económico y social. 2 A esta familia pertenece la segunda presidencia de Alan García en Perú, que cuesta calificar como una manifestación de izquierda o centro–izquierda. –de formato político diferente– se va tejiendo la reposición del clivaje izquierda–derecha en América Latina y asoman nuevas alternativas para la articulación, problemática y cambiante, de la democracia y el desarrollo. Una«coyuntura crítica» Estos acontecimientos se producen en el cauce de la transición neo–liberal, que se anuda con las transiciones democráticas y modifica la matriz de desarrollo predominante en el siglo XX, al influjo de la«globalización» y mediante reformas«pro–mercado» que afectan al estado, la economía y la sociedad. Las transiciones están a su vez signadas por cambios relevantes en el sistema político, el modo de gobierno, los formatos de ciudadanía y las normas electorales. Estamos ante un verdadero cambio de época , que dibuja una«coyuntura crítica», es decir: una rotación histórica de envergadura, que en cada país ocurre de distinta manera y deja resultados diferentes, en lo que toca a las reformas estructurales –al grado y las formas de la liberalización– y a la calidad de la democracia. Se abre así un período de«darwinismo político» en el cual los partidos compiten por el rumbo de los cambios y luchan por su propia supervivencia, como seres mutantes, tratando de ajustarse a las exigencias de la transición liberal y a las evoluciones políticas concurrentes. Los partidos y los sistemas de partidos transitan por esta coyuntura con fortuna variada. La fase de turbulencia puede llevar a situaciones de crisis o al«desplome» del sistema de partidos(Venezuela, Bolivia). En Argentina los partidos pasan por altibajos considerables y el sistema en su conjunto –que registra flujos de desinstitucionalización, fragmentaciones importantes y nuevos alineamientos– reproduce su debilidad congénita y la asimetría a favor del peronismo. Por el contrario, hay casos en que se verifica una renovación de los partidos y progresos en el sistema de partidos, manteniendo las unidades antiguas o incorporando nuevos conglomerados. Esto ocurre en países de sistemas de partidos históricamente consistentes(Chile, Uruguay) y aun en sistemas más«rudimentarios»(Brasil) o allí donde hubo por muchas décadas un partido monopólico, con una institucionalidad perdurable(México). Las crisis implican para los partidos problemas de estructura, de identidad, de oferta y representación política, en un cuadro en el que resaltan dos grandes desafíos: los cambios en el régimen electoral y las repercusiones de la transición liberal, que inciden especialmente en los partidos del establishment, exigiendo iniciativas y esfuerzos de adaptación que no todos encaran con éxito. Las transformaciones del modelo de desarrollo –que afectan al estado y la política, la relación con el mercado y los modos de regulación económica y social– alteran el catálogo de funciones y los recursos de poder de los partidos, sus pautas de gobierno y legitimación, la canasta de bienes públicos y las modalidades de vinculación con los sujetos individuales y colectivos(« linkages»). Hay una recomposición en el oficio de«partidos de estado» y se ve trastocada la condición de partidos«keynesianos»: una aptitud que –en base a las formas de intervencionismo propias de los modelos keynesianos, centrales o«periféricos»– les permitía obrar como productores y distribuidores de bienes públicos y de prestaciones reguladoras, a través de programas universales y acciones particularistas, mediante enlaces corporativos y redes de clientela. Al compás de la competencia política, estos cambios generan escisiones y fracturas partidarias, volatilidad y realineamientos electorales, desagregaciones y nuevas oposiciones. Entre las élites y a nivel ciudadano alimentan el«malestar» de la democracia y las actitudes anti–partido, rebajando la popularidad de la política y los políticos, que ya no son lo que eran, ni hacen lo que solían hacer. C uadro i. d emoCraCia : a poyo y S aTiSfaCCión Democracia Argentina Bolivia Brasil Chile Ecuador México Nicaragua Panamá Uruguay Venezuela Apoyo 74 62 46 56 54 54 56 55 77 70 Fuente: Latinobarómetro 2006(%). Satisfacción 50 39 36 42 22 41 26 40 66 57 Tales circunstancias políticas se asocian a las consecuencias sociales y económicas del neo–liberalismo y la globalización, que recomponen los deficits latinoamericanos de antigua data: la pobreza, la desocupación y los altos índices de desigualdad, las formas de marginalidad viejas y recientes, las fronteras de inclusión–exclusión, la heterogeneidad y la fragmentación, en fin, las múltiples manifestaciones del dualismo de nuestras sociedades, que se recrean en esta nueva tanda de modernización capitalista, como contracara de ciertos empujes de crecimiento económico. C uadro ii. C onfianza en LoS p arTidoS ( muCha Confianza y aLgo de Confianza ) Países Argentina Bolivia Brasil Chile Ecuador México Nicaragua Panamá Uruguay Venezuela Fuente: Latinobarómetro(%). 1995 26 s/d 17 32 s/d 39 s/d s/d 39 16 1996 17 16 17 27 18 18 34 16 32 11 1997 28 20 18 34 16 31 31 28 45 21 1998 17 20 20 24 14 34 16 18 35 15 1999–2000 16 12 12 21 8 34 10 27 35 23 2001 12 11 20 24 8 21 19 26 38 30 2002 5 9 12 13 7 12 16 17 29 19 2003 8 6 16 13 5 11 8 15 17 14 2004 12 7 23 23 6 14 11 30 33 22 C uadro iii. p obreza y d eSiguaLdad Países Argentina 2 Bolivia Brasil Chile Ecuador México Nicaragua Panamá Uruguay 2 Venezuela 2005 15,5 … 28,8 … 19,2 17,0 … 22,4 10,0 17,9 Desigualdad 1 2004 2002 1999 16,6 21,8 16,5 … 44,2 48,1 29,4 36,9 35,6 18,4 … 19,0 16,7 16,8 18,4 16,0 15,5 18,5 27,2 33,1 37,7 22,6 26,5 19,5 10,6 10,2 9,5 14,9 18,1 18,0 1990 13,5 21,4 35,0 18,4 12,3 16,9 … 22,7 9,4 13,4 Fuente: CEPAL, Panorama Social de América Latina 2006. 1 Ingreso 20% más rico sobre 20% más pobre. 2 Los datos corresponden sólo a la población residente en áreas urbanas. Población bajo Línea de Pobreza(%) 2005 2004 2002 1999 1990 26,0 29,4 45,4 23,7 16,1 … 63,9 62,4 60,6 … 36,3 37,7 38,7 37,5 45,3 … 18,7 … 21,7 27,6 48,3 51,2 … … … 35,5 37,0 39,4 46,9 45,1 …... 69,3 69,9 73,6 33,0 31,8 34,0 18,8 20,9 15,4 9,4 9,7 37,1 45,4 48,6 49,4 48,7 En estos escenarios juegan las nuevas reglas del mercado y los recortes en la capacidad del estado para la regulación económica y la producción de bienes y servicios, el estrechamiento de las redes públicas de integración social y los lazos de articulación entre las regiones de un mismo país, una mercantilización que es acompañada a menudo por políticas de pobres focalizadas, pero encoge el asistencialismo tradicional, así como los logros de welfare y de ciudadanía social de los países mejor desarrollados. Las crisis económicas que estallan a comienzos del siglo XXI agravan dichas tendencias, fomentando la contrariedad con el modelo vigente y el castigo a los responsables de las políticas aplicadas, sea a través del plebiscito de las urnas –mediante el llamado«voto económico»– sea a través de un incierto«plebiscito de las calles», con movilizaciones más o menos disruptivas, acarreando el hundimiento de algunos gobiernos que carecen de apoyos partidarios o que pierden los pocos que tenían, tal como ha ocurrido en varios países y en Argentina, Bolivia y Ecuador, más de una vez. El populismo: una configuración política Tales incidencias marcan una inflexión en el ciclo de fortuna del neo–liberalismo y se delinea una estructura de oportunidad, que abre posibilidades para las alternativas de izquierda, centro–izquierda o progresistas. Sin embargo y este es un extremo que conviene resaltar, dichas condiciones no son suficientes por sí mismas y sólo logran avances tangibles quienes practican estrategias de competencia acordes al universo político en que se mueven. Marcando un giro significativo, los que son en ésto más exitosos llegan al gobierno en un arco de países importante: Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Ecuador, Nicaragua, Panamá, Uruguay, Venezuela. C uadro iV. C andidaToS p rogreSiSTaS , de i zquierda o C enTro – izquierda e LeCToS o r eeLeCToS Como p reSidenTeS (2003–2006) País Argentina Bolivia Brasil Chile Ecuador Nicaragua Panamá Uruguay Venezuela Elección 2003 2005 2006 2005–06 2006 2006 2004 2004 2006 Presidente Néstor Kirchner Evo Morales Lula da Silva 1 Michelle Bachelet 2 Rafael Correa Daniel Ortega Martín Torrijos Tabaré Vázquez Hugo Chávez 3 Partido PJ MAS PT CPD–PS PAIS FSLN PRD FA MVR Primera Vuelta Votos(%) 22 53 48 46 23 38 48 50 63 Segunda Vuelta Votos(%) 62 53 57 1 Segundo período consecutivo, desde 2002. 2 Cuarto período consecutivo de la Concertación, desde 1990: con dos presidentes de la Democracia Cristiana(Patricio Aylwin y Eduardo Frei) y dos de origen socialista(Ricardo Lagos y Michelle Bachelet). 3 Tercer período consecutivo, desde 1999. Este mapa abarca distintas configuraciones, que pueden catalogarse como indicamos, en función de la fisonomía del sistema de partidos y del tipo de partido o de movilización política en que se apoya el presidente, lo que va asociado al estilo de liderazgo y al modo de gobierno que se pone en obra. Entre estos gobiernos distinguimos en forma esquemática la rama compuesta por las experiencias de corte social democrático, que son flamantes y no tienen precedentes en la región. Junto a ellas encontramos las figuras populistas de nueva cepa y las recreaciones del nacionalismo popular. Con sus peculiaridades propias, estas dos últimas pertenecen al tronco del populismo, un fenómeno político que surge en varios continentes y en distintos momentos históricos –destacándose por ejemplo el populismo ruso, el de Estados Unidos y el de las comarcas europeas– pero que tiene en América Latina una presencia recurrente y particularmente significativa. Estamos ante un acontecimiento«elusivo y proteico», que ha sido y vuelve a ser foco de disputas políticas encendidas, con miradas críticas y a menudo despectivas. Paralelamente circula un debate académico –bañado por las connotaciones ideológicas– en el que se cruzan múltiples criterios de definición, sin que falten autores que propongan descartar el término como herramienta conceptual: sea por la diversidad de situaciones a las que alude; sea porque consideran que el populismo es una manifestación propia de una época determinada, exclusiva y de hecho irrepetible 3 . Uno de los enfoques más influyentes lo asocian a un patrón de políticas públicas y en particular a la orientación económica. Según un análisis representativo de esta óptica(Dornbusch& Edwards 1991), el populismo se caracteriza por insistir en las políticas macroeconómicas expansivas y en el control del mercado, en aras de sus propósitos redistributivos, a fin de combatir la desigualdad e impulsar la demanda interna y el empleo, desatendiendo las restricciones externas e internas, sin el debido cuidado por el déficit fiscal y los equilibrios económicos. Hay aquí una prédica en favor de la disciplina fiscal y el respeto de las restricciones en economías abiertas, durante la nueva era de globalización, que tiene sin duda buenos asideros y toma en cuenta las enseñanzas de algunas peripecias recientes. Pero a la vez hace parte de la campaña ideológica que apuntala el auge neo–liberal, generando en esta materia un«sentido común» que hace carne en la opinión pública y en las élites, de derecha a izquierda. Se compone así una«macroeconomía del populismo», la cual envuelve al barrer las diversas manifestaciones de la etapa de desarrollo«hacia adentro» –que florecen durante el período de la«sustitución de importaciones» y a las que no siempre se les puede imputar los desequilibrios referidos– alcanzando asimismo a las expresiones«tardías», que surgen en las últimas tres décadas del siglo XX, cuando aquella etapa estaba vencida 4 . El planteo encierra una crítica al keynesianismo –especialmente en las formas«periféricas» que se ensayaron en nuestra región– y de hecho, apunta sus baterías contra las alternativas de gobierno político de la economía y el mercado. Por añadidura, se llega a enjuiciar algunas de las experiencias protagonizadas por los gobiernos actuales, progresistas o de izquierda, cuando sus políticas no se ajustan a los patrones de la«ortodoxia convencional» y en la medida que adoptan giros intervencionistas, en aras de un eventual«neo–desarrollismo» 5 . Más allá de esta discusión, el populismo aparece como un fenómeno específicamente político, que debe ser definido como tal y que en el horizonte de América Latina sobreviene en sucesivos momentos históricos, asociado a distintas orientaciones económicas. La recurrencia del fenómeno reclama pues de una periodización histórica y es en el marco de un 3 Un panorama de las distintas conceptualizaciones del populismo se encuentra en Roberts 1995 y en Weyland 2001. 4 Un handy case en este sentido es el que suministra la primera presidencia de Alan García en Perú(1985–1990), proyectada por mérito propio como la imagen viva del desbarajuste. 5 Esto merecería un análisis de las políticas que efectivamente aplican los populismos contemporáneos, las cuales no necesariamente se ajustan a los parámetros que dicha«ortodoxia» sataniza, como lo demuestran Moreno–Brid& Paunovic(2006), en un artículo que ofrece una visión panorámica de la disciplina macroeconómica en varios de los gobiernos latinoamericanos ubicados«a la izquierda del centro». modelo político que cabe ubicar la variedad de sus acciones en lo económico y social. A la periodización hay que agregar en la misma tecla, un distingo elemental: por un lado, los que son movimientos populistas o eventualmente partidos, cuando no simplemente figuras políticas o candidatos electorales; por otro lado, los gobiernos populistas –que acaso llegan a constituir un régimen de ese género– y que son aquellos a los que aquí nos referimos. Ejemplares populistas ha habido muchos y sigue habiéndolos. Pero son pocos los que llegan al gobierno y menos aun los que logran asentamientos políticos más o menos duraderos. Los populismos nacen en contextos nacionales con sistemas de partidos débiles o en descomposición, caracterizados por su carencia de pluralidad, de equilibrio de poderes y de vigor competitivo, faltos de una institucionalización consistente. Son estrategias de activación política, que apelan a franjas de élite y a fracciones de clase, capas medias y capas bajas urbanas y rurales, perjudicadas y eventualmente excluidas, que se encuentran en estado de incertidumbre y de«disponibilidad» a consecuencia de los defectos del sistema: precisamente por el vacío político, el desprestigio de la instituciones y de los actores en plaza, la flaqueza de los encuadres de partido o su quiebra, que puede incluso ser apurada por las propias iniciativas de oposición. Se trata de movilizaciones adversativas y proto–hegemónicas, con un fuerte sesgo de ruptura e improntas revolucionarias, levantadas contra el establishment precedente y en su caso, contra la hegemonía que este abriga. Son movilizaciones anti–política y a menudo anti–partido, que enjuician las prácticas usuales y hacen pie en la mala prensa o en la decadencia que afecta a los organismos de gobierno y a la plana dirigente. En esa tecla, los planteos antagónicos suelen privilegiar las identidades sociales y alguna construcción de«pueblo», como eje de convocatoria y en formatos de representación que se anteponen a la ciudadanía política. La activación se produce generalmente por vía electoral y a través de relaciones de masas, obrando por definición en clave plebiscitaria, en torno a liderazgos personalistas exitosos y con la participación de una«contra–élite». La relación líder–masas es constitutiva del populismo, implica un enganche vertical –de arriba hacia abajo– que resulta decisivo y fundamenta un vínculo de representación peculiar, que logra buenas marcas de audiencia. Sin embargo, ello no excluye las fórmulas de organización, cuyas características proporcionan una de las dimensiones que permiten clasificar a las distintas manifestaciones populistas. De hecho, a lo largo de la historia, los populismos más persistentes, con mayor o menor fortaleza y estabilidad, son los que cultivan las mallas organizativas y consiguen algún grado de institucionalidad, gracias a sus propias formas de «movimientismo», con núcleos preexistentes o montando nuevas estructuras, mediante fundaciones de partido, aparatos corporativos y redes de clientela, orillando ciertos circuitos de mediación, acallando los organismos representativos, pero también colonizándolos y creando eventualmente otros, sirviéndose de los recursos de gobierno, de los elencos militares y de los cuerpos civiles del estado. Las estrategias populistas se despliegan en base a problemas significativos, que pueden afectar en prioridad a ciertos sectores sociales o grupos de clase, que en realidad son constituidos como sujetos –más o menos activos– a partir de una interpelación expresamente elaborada a tal efecto: si se quiere, de una oferta política que articula determinadas demandas y obra como agente catalizador, mediante un implante antagónico de la relación«amigo–enemigo». Pero el catálogo de reivindicaciones y posturas que anima el populismo ha de tener a la vez una dosis importante de «popularidad», es decir una amplitud o una «transversalidad» considerable, acompañada de una ofensiva nacionalista, dirigida hacia el exterior y el interior del respectivo país. Históricamente esta composición no tiene un signo unívoco y caso a caso, puede poner en juego bienes políticos diversos, en particular aquellos que buscan remontar las desventajas internacionales de los respectivos países, las vicisitudes económicas y sociales, así como otras situaciones de inseguridad pública. Merced a las características del cuadro en el que inicialmente comparecen y a sus mismas formas de actuar, los gobiernos populistas tienden a reproducir escenarios de polarización política, con asimetrías, concentración de poderes y desequilibrios entre los órganos públicos, mediando una primacía del ejecutivo e improntas decisionistas, fallas en los procesos de control y en las instituciones representativas, que muestran carencias serias en términos de«frenos y contrapesos». Ello genera configuraciones que pueden lucir cierta fortaleza, pero están a menudo afectadas por la inestabilidad y son en todo caso de baja calidad democrática, cuando no autoritarias. A raíz de esta suma de factores, resalta la distancia con el liberalismo político, así como los contrastes de una virtual«democracia populista» con la democracia republicana y los regímenes marcados por el pluralismo. En los términos que hemos descrito, el populismo parece tener esquemáticamente tres derroteros posibles: consolidarse como tal, ir hacia una derivación pluralista o vivir en una inestabilidad endémica, cuando no terminante. En efecto, de no mediar cambios que promuevan la paridad de poderes, pluralismo partidario y mejorías institucionales, la persistencia de los populismos y la estabilización de los regímenes de este linaje depende de sus logros en la construcción de una nueva hegemonía y de la consistencia de sus montajes de organización, siempre con el soporte de una estructura de liderazgo y de un sistema de alianzas conducente. A lo largo de nuestra historia, sólo la Revolución Mexicana dio lugar en su momento a una democracia populista duradera –el único régimen estable del nacionalismo popular latinoamericano– merced a su origen revolucionario y a las demás peculiaridades de su gestación política, en particular: la alianza que se sella muy trabajosamente entre las fracciones de la familia revolucionaria y una institucionalización robusta, con un encuadre de masas, que se delinea hacia fines de los años 1920 y se 20 afirma en seguida con las construcciones del cardenismo. En los demás casos, los rodajes del populismo –en itinerarios interrumpidos o con vida más larga, con efectos más o menos perdurables– tienden a recaer en vicios políticos similares a los que permitieron su lanzamiento inicial. Del populismo de los antiguos al populismo de los modernos Las experiencias populistas de mayor calado sobrevienen en las«coyunturas críticas»(Collier& Collier 1991), durante grandes ciclos de mutación histórica que tienen distintos procesamientos políticos. En unos países pasan por esta vía, en otros se tramitan por carriles diferentes y aun contrapuestos, como ocurre en los pocos casos donde sí median sistemas de partidos plurales y competitivos. En los cuadros de debilidad institucional a que hemos hecho referencia, llega a haber andamientos populistas, que circulan por las fallas del sistema, ingresan en un«vacío» preexistente o generan disrupciones por su propia ofensiva antagónica. Hubo experiencias populistas en las fases de «democratización fundamental», es decir en las coyunturas históricas de pasaje de la política de élites a la política de masas, que comienzan en varios países en el tránsito al siglo XX. Lo cual implica una«incorporación popular», que se cumple por etapas y presenta facetas distintas: se refiere a la extensión de la ciudadanía política, mediante el sufragio universal masculino; comprende también la conversión de las capas medias y bajas en sujetos activos del mercado, que reciben complementariamente servicios no mercantiles de protección o«bienestar», lo que en algunos casos ha dado lugar a gestaciones de ciudadanía social. Los populismos«clásicos» se despliegan en la etapa del desarrollo nacional(«hacia adentro»), que dio paso al keynesianismo«periférico», la ampliación del estado y del mercado interno, el capitalismo«protegido» y segmentos de integración social, con clientelismo de masas y articulaciones corporativas. Esta tanda del nacionalismo popular dejó varias experiencias truncas y tres andamientos emblemáticos. Getulio Vargas y el trabalhismo, que establece en Brasil una impronta desarrollista muy marcante, cultivada por los gobiernos sucesivos. El peronismo que ha tenido una vida accidentada pero larga, de gran centralidad en los ciclos de la política argentina, desde la década de 1940 hasta el día de hoy. En fin, el régimen salido de la Revolución Mexicana, que mantuvo hasta hace poco una institucionalidad sólida y fue por lejos el que tuvo un asentamiento mayor, por su origen revolucionario y en virtud del building político siguiente. En los años 1990 brota un neo–populismo de «afinidades inesperadas», puesto que va a contrapelo de la tradición desarrollista e impulsa la reestructuración liberal, con la incursión fugaz de Collor de Mello o mediante la trayectoria más prolongada de Fujimori 6 . En la etapa actual algunos herederos del nacionalismo popular dan vida a uno de los tipos de gobierno que componen la ola progresista. En esta categoría es discutible que entren las pruebas de conducta que se siente obligado a dar Alan García en su segunda presidencia y podría quizás ubicarse la reformulación del legado paterno que conduce Martín Torrijos en Panamá. Pero el caso que mejor corresponde a este género se da sin dudas en Argentina, con el peronismo de izquierda o centro izquierda que impulsa Néstor Kirchner. En efecto, una vez instalado en el gobierno, Kirchner ha logrado componer una ecuación de liderazgo y un arco de alianzas complejo, que –más allá de la fragmentación existente– repone otra vez al peronismo en su sitial predominante y establece vínculos«transversales», cooptando a varios dirigentes del Partido Radical y tejiendo lazos con la izquierda no peronista, los cuales se suman a las relaciones con los movimientos sociales y a una navegación entre las dos grandes divisiones del sindicalismo, que da la preferencia a la CGT. Estos pasos le permiten afirmar su presidencia, ganar terreno en las elecciones sucesivas y dar un curso progresista a la tradición vernácula del nacionalismo popular, que Menem había orientado antes hacia otros rumbos. En este sentido van los avances en materia de derechos humanos y el trato a los militares, un giro en la política exterior, el manejo de la deuda, la renegociación con los organismos multilaterales de crédito y con las empresas a cargo de los servicios privatizados, la recuperación del intervencionismo estatal y una serie copiosa de medidas económicas y sociales, favorecidas por la bonanza exportadora, que se apartan de la«ortodoxia convencional» y según algunos expertos, estarían esbozando un nuevo desarrollismo(Bresser–Pereira 2007). Como contracara, el gobierno de Kirchner parece reincidir en vicios típicos de la política argentina y de la propia saga peronista, que derivan básicamente de las fallas seculares del sistema de partidos y en particular, de su recurrente asimetría. En este orden cabe destacar el déficit histórico de pluralismo y la falta de contrapesos, el centralismo y la cultura decisionista, los obrajes mayoritarios y la ausencia de una oposición partidaria contundente que haga jugar los equilibrios políticos y organice el balance institucional. Todo lo cual ha habilitado una acumulación de recursos económicos y jurídicos –incluyendo la delegación de facultades legislativas, más una nueva andanada de decretos de necesidad y urgencia– que en opinión de un analista porteño, hacen de Kirchner«el jefe de estado fiscalmente más poderoso desde Onganía». Junto a esta recreación del nacionalismo popular, aparecen los nuevos populismos, en Bolivia, Ecuador y Venezuela. 6 En una postura discutible, algunos autores incluyen en esta tanda a Carlos Menem, que se inscribe en el tronco del peronismo y lleva adelante una gestión de baja calidad democrática, dando impulso a una de las versiones más crudas del neo–liberalismo vernáculo. 21 La composición boliviana es en este campo sobresaliente, puesto que se apoya en un «movimiento de movimientos», de origen indígena y campesino(«etno–populista», se lo ha llamado), que proyecta al MAS como su«instrumento político» –aunque no estrictamente como un partido autónomo– conformando una coalición diversificada y«vulnerable», que ancla en un archipiélago de organizaciones y depende mucho del liderazgo presidencial. Evo Morales asciende ante el derrumbe del sistema de partidos que se fue armando desde 1985, al influjo de una crisis política que aun se prolonga, en un país con el estado desarticulado, curtido por las desigualdades sociales y la discriminación racial, la fragmentación regional, las dificultades internacionales y el contencioso con sus vecinos. Ante ese encadenamiento de problemas, el gobierno avanza medidas de nacionalización 7 , propósitos de autonomía y de regulación, reposición económica e inclusión social, con un peculiar realce indigenista. Se trata de promover el desarrollo del capitalismo«andino–amazónico», imponiendo un mayor control público y una mejor distribución de los recursos naturales, aprovechando en particular las alzas en la cotización del gas. Se busca asimismo impulsar una suerte de«refundación» de la nación y de la misma estatalidad, sobre nuevas bases de soberanía, mediante la redefinición del estatuto de las regiones y con principios de ciudadanía que reconozcan la diversidad social y las identidades étnicas, que son múltiples. Estas circunstancias abren una nueva oportunidad en la traumática historia de Bolivia y podrían dar lugar a una política« consociational», asentada en formulaciones apropiadas de pluralismo, combinando la animación popular con las negociaciones y los compromisos. Sería una gestión comparable a la de Nelson Mandela, el legendario líder sudafricano, que aparece como uno de los referentes de Evo Morales. Sin embargo no es claro que esta alternativa vaya a prosperar. Aunque bajo la retórica radical, el caudillismo de Evo Morales muestra inclinaciones pragmáticas y compases de moderación, el contrapunto del gobierno con la oposición, los conflictos de intereses que suscitan algunas iniciativas y los litigios que encrespan el proceso constituyente en curso, agravados por el intento oficialista de esquivar la regla de las mayorías especiales, no encuentran canalización adecuada. En uno y otro bando, los actores sociales obran sin mediaciones partidarias, a través de ejercicios plebiscitarios y movilizaciones desnudas, en el marco de instituciones frágiles, sin que se haya sorteado el crack de la democracia representativa y de la lógica«pactista» que hizo sus pruebas a partir de 1985. El nuevo populismo se topa pues con dificultades derivadas de los mismos déficits políticos que acunaron su emergencia. Sus gestos mayoritarios, la inclinación hegemónica, las contradicciones en el seno del variopinto conglomerado oficialista y un activismo de sus bases a veces desbordante, generan respuestas de tono en los contrarios, dando paso a una dinámica conflictiva que alimenta la polarización. Se corre entonces el riesgo de recaer en el péndulo que desde la década de 1940 –pasando por la Revolución Nacional de 1952– ha llevado, una y otra vez, de las afluencias populistas a la inestabilidad política. La «segunda revolución boliviana» podría así desperdiciar otra oportunidad histórica. En el polo extremo del espectro, Hugo Chávez encarna en Venezuela la experiencia populista más prolongada y polémica del ciclo actual. Un populismo«radical» y estruendoso, con designios revolucionarios, que se instala en 1999, a partir de la implosión de la«partido7 Después de la«guerra del gas», del contundente plebiscito de 2004 y de la nueva Ley de Hidrocarburos, el gobierno de Morales cumple con el designio de reivindicar el control nacional de los recursos naturales, establece una cuota mayor de beneficios para el estado y persigue la recuperación de la maltratada YPFB, aumentando en particular las exigencias de inversión y el canon que deben pagar las empresas trasnacionales(que era desproporcionadamente bajo). Sin embargo, no acude en general a la expropiación. 22 cracia» surgida del Pacto de Punto Fijo(1958), aprovechando las situaciones de desagregación y vulnerabilidad en que se encuentran algunas franjas de élite, columnas de las clases medias y distintos sectores populares, a raíz de los intentos de ajuste económico, el retraimiento del estado y la desarticulación del sistema de partidos. Hay una apelación nacionalista y sin perjuicio de unas cuantas continuidades, median ímpetus de ruptura respecto a los signos visibles de la IV República y de un establishment«adeco» hundido en el desprestigio. El carácter de«outsider» y la figura plebeya del presidente, que él mismo se encarga de resaltar, pronuncian el quiebre con la política tradicional y ayudan a construir el liderazgo emergente, que logra un atractivo popular considerable, especialmente entre los pobres, los sectores marginales y los trabajadores informales, que acceden a una lógica distributiva y a ciertos canales de«incorporación». En ancas de una afluencia superlativa de la renta petrolera –que permite poner en marcha otra edición del viejo«petro–estado»– esas andanzas se enganchan a un nuevo paquete de políticas y a una activación de masas, que se manifiesta repetidamente en elecciones y en plebiscitos. Pero este populismo venezolano no proviene de movimientos sociales o políticos articulados, con antecedentes y con alguna energía propia, como puede verse hasta cierto punto en Bolivia. Tampoco alcanza niveles apreciables de institucionalización –ni está muy claro que los busque sostenidamente– y parece tolerar mal los funcionamientos que ganan autonomía. Los emprendimientos del gobierno pasan por una cadena de programas estelares y de iniciativas políticas, que han propuesto diversas fórmulas«participativas», gestando un mosaico de piezas fragmentarias y con escasa autonomía, anudadas a la operativa del estado y dependientes de las instancias presidenciales de«coordinación nacional», en régimen de clientela y como núcleos de apoyo político 8 . A la vez, la saga del chavismo ha dado lugar a una sucesión de grupos y movimientos políticos, como el Movimiento Bolivariano Revolucionario(MBR) –de composición militar– y luego el Movimiento Quinta República(MVR), ahora llamado a cuarteles de invierno, que ha sido durante un tiempo el«aparato electoral», con proyección popular y una convocatoria más diversificada, sujeta a la cúpula oficialista. A fines del 2006, Chávez proclamó la voluntad de«inventar» un«verdadero nuevo partido» (Partido Socialista Unido: PSUV): una«grandísima necesidad» como organización«unida y unitaria», destinada a agrupar en forma perentoria a todos los sectores políticos que apoyan al gobierno(Chávez 2007) 9 . También la democracia representativa deja que desear. En efecto, si bien la autoridad de gobierno tiene su origen en una serie de elecciones inobjetables y fue ratificada en un referéndum revocatorio, hay una marcada fragilidad institucional, desequilibrios entre los órganos federales, déficits de control y contramarchas en los procesos de descentralización, con un refuerzo neto del Poder Ejecutivo y del centro presidencial(autorizado por la Asamblea Nacional a legislar por decreto), en una dinámica que –de más en más– va concentrando poderes y confirma el mando personalista de Chávez, secundado por la cofradía militar y el séquito civil que maneja el estado. 8 Es el caso de los Círculos Bolivarianos –que tuvieron su cuarto de hora, pero pronto declinaron– de las cooperativas, las «mesas técnicas» o los consejos comunales, que alternan con el despliegue significativo de las«misiones», como engranajes de conexión política y de asignación de prestaciones, en lo que toca a los servicios públicos y a los programas sociales. 9 Según sentenció el presidente en su convocatoria:«Los partidos que quieran manténganse, pero saldrán del gobierno. Conmigo quiero que gobierne un partido. Los votos no son de ningún partido, esos votos son de Chávez y del pueblo, no se caigan a mentiras.» La iniciativa –apuntalada por el lanzamiento de los«Batallones Socialistas»– suscitó otra ronda de críticas en las propias filas del chavismo, planteadas por diputados, militares y simpatizantes, algunos de los cuales consideran que «se estaría conformando una estructura partidista con concepciones y prácticas de naturaleza stalinista»(Lander 2007). 23 El«nuevo orden» –favorecido por el quebranto de los partidos y las limitaciones de la oposición– tiene su pívot en el liderazgo carismático y la renovada popularidad del presidente, cabecera de un enlace vertical(«caudillo, ejército, pueblo»), que se hace fuerte en los circuitos del estado, organiza un riguroso entorno de lealtades y se apoya en una mediación de masas de institucionalidad débil, obrando a través de la acción política y la distribución de bienes. Es una jefatura plebiscitaria, de un perfil antagónico alimentado en su momento por las actitudes de algunos contrincantes, que promovieron un«paro nacional» y buscaron sin éxito derrocar al presidente, a través de un golpe de estado y mediante un referéndum revocatorio. Este talante populista delinea círculos de inclusión–exclusión, generando adhesiones más o menos firmes y ciertos márgenes de tolerancia, con una abstención electoral importante, pero también agravios serios, en un esquema que conjuga las aristas de polarización –las tácticas beligerantes y el fomento de una suerte de un continuo estado de emergencia– con las pretensiones hegemónicas y un designio de permanencia. De ahí los gestos de«refundación», las repetidas tandas constituyentes y las apelaciones a la«revolución boliviarana», que se acoplan con el activismo internacional de Chávez y sus prospectos de liderazgo en América Latina 10 . Con estas trazas, el gobierno de Chávez podría ser caracterizado como una democracia plebiscitaria, con un fuerte sesgo de democracia «delegativa»(O´Donnell 1992), en un régimen «híbrido» o«semi–democrático», dado que el gobierno tiene un origen legítimo, con triunfos electorales reiterados, pero opera en clave de presidencialismo mayoritario, con un ejercicio plenipotenciario de«hiper–presidencialismo», sin equilibrios políticos e institucionales, visto que las posturas beligerantes de Chávez no encuentran oposición política conducente y son acunadas por la ausencia persistente de partidos y las debilidades de la sociedad civil. Estamos ante un caso complicado y de frontera, ya que puede resultar escasa la distancia entre una democracia defectuosa y una deriva despótica. Con esa inclinación y en la medida que se pronuncien algunas de las tendencias evocadas –particularmente en las prácticas de gobierno y sus tratos con la sociedad civil, el diseño constitucional o la armazón de un partido«unitario»– el populismo venezolano podría caer en un«izquierdismo autoritario», que Gino Germani(1962) diferenciaba del«izquierdismo democrático». Sería en todo caso un autoritarismo«competitivo»(Schedler 2006) o«electoral» (Levitsky& Way 2002), mientras quede sujeto periódicamente al plebiscito de las urnas. La social democracia criolla: un estreno histórico La actual temporada latinoamericana trae al mismo tiempo una gran novedad: el estreno de versiones social democráticas en tres países del sur: Brasil con Lula da Silva y la coalición formada por el Partido dos Trabalhadores(PT); Chile con Ricardo Lagos y Michelle Bachelet, salidos del tandem Partido Socialista–Partido por la Democracia(PS–PPD), en una alianza con la Democracia Cristiana que lleva cuatro gobiernos consecutivos; Uruguay con el debut de Tabaré Vázquez y el Frente Amplio(FA). A diferencia de lo que ocurre en el ramal de los populismos, los gobiernos de este género surgen con sistemas de partidos que han recuperado su fortaleza tradicional(Chile, Uruguay) o han ganado en consistencia en las últimas décadas(Brasil). Es un suceso absolutamente inédito para la región, protagonizado por partidos de izquierda reformistas o revolucionarios, que ajustan sus estrategias para competir en 10 En esta línea hay que contar la idea de construir el«Socialismo del Siglo XXI» y los demás postulados programáticos incluidos en la reforma constitucional de 1999 y en la que está actualmente en trámite, que Chávez dice haber redactado«letra por letra». De paso, ambas ediciones se encargan de autorizar la reelección del presidente(primero inmediata y ahora indefinida) y además prolongan su mandato(primero de 5 a 6 años, que ahora pasarían a 7). ese tipo de sistemas de partidos y gobernar en democracias plurales, que con estas alternancias ponen a prueba su estabilidad. Son gobiernos formados por una izquierda que cabe considerar«institucional», en dos sentidos: a) Por el grado de institucionalización partidaria, que es diferente caso a caso y responde a un proceso que tiende a acompañar en cierto modo las características del sistema de partidos en su conjunto, pero tiene sus propias dinámicas. b) Por el hecho de que los partidos que la componen están integrados a la institucionalidad del régimen democrático republicano y al sistema de partidos, contribuyendo incluso a consolidarla, por su participación activa en las transiciones, los aprendizajes o críticas con respecto a las peripecias del período anterior a la instalación de las dictaduras y por su desempeño en la nueva fase democrática. En este cuadro, los partidos de izquierda llegan a ser«exitosos» en virtud de sus adquisiciones electorales, de sus anclajes en la sociedad civil, en los circuitos culturales y en la socialización ideológica, al aumentar su capacidad de tejer alianzas o coaliciones y eventualmente por su acceso al gobierno nacional, en un camino en el que cuentan también las experiencias de gobierno local. Las«vías» a que acuden en sus desempeños competitivos son fundamentalmente dos. La acumulación de fuerzas como polo autónomo y mediante la anexión de pequeños grupos, procurando llegar a umbrales mayoritarios, al estilo del Frente Amplio uruguayo. O bien las fórmulas de coalición, como en el caso del PT en Brasil y del tandem PS–PPD en Chile, con formatos coalicionales que a su vez difieren entre sí. Los dos caminos son distintos y ello tiene consecuencias en el modo de gobierno. Pero en ambos encontramos un itinerario similar(Lanzaro 2004). En términos generales, son izquierdas que –en función de la competencia y de las reglas institucionales que la encuadran– afirman la condición de partidos catch–all, de tipo electoral. Ello implica perder espesor como partidos de masas, rebajando el peso de la lógica militante; dejar de poner el énfasis en los trabajadores como classe gardée, aunque se preserven los vínculos privilegiados de«hermandad» con los sindicatos; adoptar una ideología«blanda» y abandonar las pretensiones de una transformación«en profundidad» de la sociedad capitalista, en clave revolucionaria o reformista, más o menos radical. Todo ello a cambio de una audiencia más amplia y diversificada, acudiendo a operativas conducentes y a alianzas más que nada pragmáticas, en pos de la prosperidad electoral y la conquista del gobierno, que pasan a ser leit motiv vertebral para estos partidos. Estas mutaciones y en particular los ajustes a la lógica electoral, van remodelando la organización de los partidos y su membrecía, los procesos decisorios y la estructura de liderazgo. En ese trayecto, los partidos en cuestión acuden a un proceso de«nacionalización», mediante el cual ellos también buscan una composición nacional y popular, aunque ambas notas entran aquí con modalidades y con un énfasis distinto del que puede verse en las sucesivas formaciones del nacionalismo popular latinoamericano 11 . En estos casos, la nacionalización implica al menos tres avances articulados. a) Composición de ofertas políticas de proyección nacional, que superan los postulados universalistas(o«internacionalistas») y a la par los postulados particularistas (sectoriales o de clase), para realizar proposiciones más concretas, de vocación general y de convocatorias ensanchadas, con respecto a la realidad específica de sus países. b) Conexión de la identidad partidaria con tradiciones nacionales y personalidades legendarias, 11 Hablo de una nacionalización política e ideológica, en términos semejantes a los que utilizó Antonio Gramsci en sus Quaderni del Carcere, en referencia al Partido Comunista Italiano. Hay asimismo procesos de nacionalización en otro sentido: en referencia a la cobertura regional de un partido y su proyección para el conjunto de un país, lo que también tiene por cierto los consiguientes requerimientos políticos. lo que supone normalmente una competencia ideológica para hacer valer una re–lectura de la historia y de hecho una«reinvención» de la tradición(como diría Hobsbawn), entrando efectivamente en la«disputa por la nación». c) Participación en procesos políticos marcantes, que acrediten la implantación nacional de los partidos de izquierda. Sin perjuicio de las biografías a largo plazo de cada uno y de los sucesos de los años 1960 y 1970 en Chile y Uruguay, esto último ha ocurrido con las jornadas históricas que en los tres países de referencia labran la transición democrática. Caso a caso, se registran sin duda otros acontecimientos significativos, en la nueva etapa democrática y eventualmente durante las pulseadas de la transición liberal. Como apuntamos, estos procesos llevan a los partidos ideológicos, con referencia de clase, a convertirse a su modo en izquierdas de porte«nacional y popular». Se irá labrando así un«revisionismo» ideológico y programático, que acuna la competencia hacia el centro –en busca del votante medio– tal como pronostican los modelos espaciales de competencia, en sistemas de partidos relativamente consistentes y situaciones políticas que se ajustan a una curva ideológica «normal», sin polarización y con la mayor parte de los electores ubicados en el centro del espectro izquierda–derecha. El centro no es sin embargo un blanco fijo, sino un espacio complejo, de franjas móviles, que pueden correrse hacia la derecha o hacia la izquierda, por obra de la propia competencia política. A este respecto, vale traer a colación el«teorema» político mediante el cual Maurice Duverger explicaba el crecimiento de la izquierda en la Francia de los años 1930: refiriéndose precisamente a un movimiento de doble sentido, a través del cual la izquierda se acerca a los franceses y los franceses se acercan a la izquierda. El«conservadurismo de la democracia» En Brasil, Chile y Uruguay, los desarrollos reseñados han dado lugar a experiencias gubernamentales, que es lícito calificar como social–democráticas –con las peculiaridades propias del escenario latinoamericano– en la medida que puedan verificarse los rasgos típicos que definen las fórmulas de tal género 12 . En términos esquemáticos, podemos esbozar la siguiente caracterización:  Gobiernos compuestos por partidos de izquierda, de origen socialista, reformista o revolucionario, que asumen las reglas y el sistema de restricciones –políticas y económicas– de la democracia liberal y de la economía de mercado,  Gobiernos que –en virtud de su ideología y movidos por la competencia política inter e intra partidaria– tratan al mismo tiempo de impulsar orientaciones distintivas, sobre todo en las políticas sociales, pero también en el rubro de los derechos democráticos y eventualmente, en líneas de política económica, aun cuando acaten los requerimientos de la época en materia de disciplina macroeconómica. Ambos extremos obran en régimen de compromiso, a través de contradicciones, relaciones de fuerza y juegos de equilibrio complejos, que tejen un balance concreto, variable y variado, entre capitalismo y democracia, política y economía, lógica de mercado y lógica social. Tales rumbos plantean una tensión de convergencia y diferenciación con respecto a otros partidos, de cara a la ciudadanía y a la constituency propia de la izquierda, que repercuten en la configuración del clivaje izquierda–dere12 La posibilidad de una alternativa social–democrática o incluso de una versión de la«tercera vía» para América Latina ha sido planteada por actores políticos(por ejemplo: el«Consenso de Buenos Aires», labrado por líderes de izquierda de América Latina, incluyendo a Lula da Silva y a Ricardo Lagos) y asimismo por algunos intelectuales(por ejemplo: Helio Jaguaribe; Maravall, Bresser–Pereira& Przeworski o Castañeda& Mangabeira). No obstante, es la primera vez que esta fórmula se concreta efectivamente, con las características constitutivas que indicamos en el texto. cha, en las señas de identidad de los protagonistas, en su competitividad y en las matrices de competencia. Para llegar al gobierno y en forma más abierta una vez en él, los partidos a que nos referimos asumen el sistema vigente de restricciones políticas y de restricciones económicas. En rigor, estas izquierdas tienden a acatar las restricciones económicas –derivadas fundamentalmente de los flujos de globalización, pero también de los cambios en las relaciones capitalistas a nivel nacional– no sólo por el peso propio que sin duda estas restricciones tienen, sino también y muy precisamente, en función de las condicionantes específicamente políticas y en particular del«marcapasos» democrático(Przeworski 2001). En efecto, estos fenómenos sobrevienen en América Latina –como han ocurrido en Europa– una vez que las izquierdas socialistas descartan los caminos revolucionarios y aceptan la«restricción democrática», en sus dos dimensiones básicas. Primero, la competencia electoral como vía apropiada y exclusiva para llegar al gobierno(« the only game in town», según la expresión de Giuseppe Di Palma). Segundo, a partir del juego electoral –como dato fundamental e igualmente distintivo– la normatividad republicana representativa, mediante procesos de gobierno que transitan por las instituciones democráticas y pasan de hecho por una ingeniería de equilibrios políticos, que sirve para elaborar consensos y acotar disensos, mejorando la calidad de las decisiones, en términos de legitimación y estabilidad. Así pues, no se trata sólo de aceptar la«vía electoral», como medio instrumental de llegar al gobierno –lo que todas las izquierdas de esta«tercera ola» han hecho. Se trata de incorporar la democracia representativa en toda su amplitud y por tanto, también como régimen efectivo de gobierno y patrón de relacionamiento institucional. En sustancia, estos temperamentos políticos implican a la vez la aceptación del capitalismo y un designio reformista efectivo pero moderado. La voluntad de«reformar la revolución», en función del«imperativo democrático»(Castañeda 1993), lleva a la búsqueda de innovaciones de cuño propio, pero impone cierta continuidad con respecto al paradigma neo–liberal vigente, sin que se disponga en sentido estricto de un nuevo paradigma alternativo(Paramio 2003). Cabe pues sostener que se perfila en estos casos un«régimen normativo». Según la caracterización de Przeworski(2001), los regímenes normativos( policy regimes) son situaciones en las cuales los partidos principales –independientemente de su inclinación ideológica– ponen en práctica pragmáticas similares, que resultan aceptables y aceptadas por las élites políticas, de buen grado o con resignación, por obra de las condicionantes que imperan, en función de los aprendizajes realizados y de los cálculos electorales. Tenemos así una circulación de modelos, lo que en nuestros casos transcurre en una fase de neo–liberal o post–liberal y dentro de los parámetros específicos de la región latinoamericana 13 . Ese trasfondo de convergencia genera dificultades para mantener la«lógica de la diferencia» y acarrea desafíos serios para los partidos embarcados en una trayectoria social–democrática, que pueden hacerse patentes una vez que pasan de la oposición al gobierno. Sobrevienen así cuestiones referidas a la disputa ideológica y a las señas de identidad, a la vitalidad del clivaje izquierda–derecha y más en general, a cierta pérdida del atractivo por la política y la participación electoral. Tales cuestiones repercuten en las contiendas intra–partidarias, ocasionando eventualmente divisiones y«escapes» por la izquierda. Pueden asimismo redundar en problemas de representación política, afectando la capacidad de integración de los partidos y por 13 Se repite así lo que pudo suceder históricamente con el keynesianismo(en el centro y en la periferia). No hay que olvidar sin embargo que esa matriz keynesiana dio lugar, caso a caso, a políticas diferenciadas, con variaciones importantes de un país a otro, como lo demuestran por ejemplo, los estudios de Andrew Shonfield o de Esping Anderson. ende la integridad del sistema político, contribuyendo a alimentar el«desencanto» o la«indiferencia» de la ciudadanía, que ya viene acunado por la pérdida de centralidad de la política y del estado que los modelos liberales han ido generando. Las vicisitudes de las izquierdas que van más adelante en estas experiencias –en el ámbito europeo o en el caso de Chile– pueden servir de«espejo» para las izquierdas latinoamericanas que se estrenan en los caminos de la social–democracia en la era neo–liberal. ¿La izquierda en la«tina»? Esta observación sobre los andamientos de tipo social democrático parecería confirmar las miradas pesimistas y las críticas que tales experiencias levantan en tiendas de la izquierda«social» y en los sectores polares de la izquierda política. La«macro–economía del populismo» le teme a los pasos que los gobiernos progresistas pueden dar en el manejo político de la economía. Mirando hacia las formas de establecimiento de la social democracia criolla, cabe preguntarse si en estos casos no tendremos, al revés, presidentes«prisioneros del mercado». No obstante, aunque existe este riesgo, la hipótesis social democrática no tiene por qué quedar sumergida en la« tina», adoptando por convicción o a regañadientes la consigna de que no hay otra alternativa, que dicha sigla proclama( TINA:« There Is No Alternative», según la admonición de Margaret Thatcher). Por el contrario, es posible y probable que haya cursos de innovación más o menos importantes y que la alternancia de elencos de gobierno de izquierda o centro izquierda en estos países de América Latina, marque efectivamente ciertas diferencias. Esto es por lo demás los que ha ocurrido con las experiencias social democráticas en Europa, en pleno auge del neo–liberalismo y en contraste con el conservadurismo, según han demostrado algunas investigaciones relevantes(en particular Boix 1996). Hay que corroborar pues, si los partidos que tienen una trayectoria social democrática llegan luego a impulsar efectivamente un gobierno social democrático, o se limitan a practicar una suerte de liberalismo social, no muy distante de las recetas de la«ortodoxia convencional». Dentro de un régimen de restricciones fuertes, las variaciones en los términos de innovación dependen básicamente de dos dimensiones. En primer lugar, la dimensión genética, que remite a las pautas de desarrollo de cada partido, las«rutas» de acopio electoral y de acceso al gobierno. En segundo lugar y como factor decisivo, la performance de gobierno depende de la productividad política, moldeada por los patrones de competencia y cooperación con los demás partidos y en la interna de los propios partidos de gobierno, en flujos de relacionamiento que transcurren fuera y dentro de las instituciones formales del andamiaje público. Esta dinámica está a su vez condicionada por dos variables. La primera y fundamental es la que delinea el sistema político, merced a los incentivos y las restricciones que derivan de las características concretas de sus tres componentes principales: el régimen de gobierno presidencial, el estatuto electoral y el sistema de partidos, tanto por sus características normativas básicas, como por su traducción específica a nivel de la representación parlamentaria, la integración del gobierno nacional y el mapa de autoridades regionales. Naturalmente, aquí cuenta mucho el caudal electoral del partido de gobierno, así como las líneas de fuerza que se tienden entre sus «tres caras»(puestos ejecutivos, bancadas parlamentarias y aparatos del partido, con su dirigencia propia y sus cuerpos de base). En este cuadro interviene de manera decisiva la ubicación y el patrón de liderazgo del centro presidencial. Estos elementos nos llevarían a establecer las marcas distintivas en la capacidad que tiene cada partido y cada presidente para obrar como pivot del gobierno: sea en el formato mayoritario que se encuentra hoy por hoy en Uruguay; sea en los formatos coalicio- nales que se repiten en Brasil y Chile, con casos que a su vez registran entre ellos diferencias importantes, por el tipo de coalición y las respectivas dinámicas políticas. La gestión política y la competencia que la anima están igualmente condicionadas por el arco de restricciones contextuales, nacionales e internacionales, teniendo en cuenta en particular las restricciones propiamente económicas, en lógicas de mercado abierto, con la asimetría de poderes que la dependencia y la globalización generan en nuestros países. Entre estas dimensiones hay que contar las «herencias del pasado» y especialmente los efectos estructurales e ideológicos del ciclo reformista desplegado en las últimas décadas. Es sabido que los cursos concretos de la transición liberal ponen límites al«voluntarismo» de los gobiernos que toman el relevo y tienen consecuencias sobre la conformación ideológica y el comportamiento de los actores, modelando el temperamento y las prácticas de las«nuevas» izquierdas: en virtud de la relativa rigidez de las obras anteriores y de la «inercia» de las reformas, pero también a través de procesos de aprendizaje político, por la circulación de paradigmas y merced a los flujos de«asimilación» cultural. Dentro de ese marco, las posibilidades de continuidad y cambio se inscriben en una«estructura de oportunidades»: es decir, en la tensión y el compromiso entre las restricciones, el cuadro de coyuntura, la productividad de gobierno y sus capitales de poder. El acoplamiento específico de estos elementos, puede abrir una«ventana política» para la implementación de programas públicos y las iniciativas de innovación, que habrá de ser más amplia o más estrecha, en función de las acciones políticas y del liderazgo gubernamental. Las relaciones inter e intra partidarias y las líneas de competencia política –moldeadas por el sistema de variables expuesto– son en este sentido decisivas. Siguiendo una imagen de Pierre Bourdieu, esto puede ser visto como un juego simple entre la«mano derecha» del gobierno, encarnada por los diversos integrantes del equipo económico –que vela por la disciplina macro–económica y por la lógica del mercado– y una«mano izquierda», que pugna por la extensión de las intervenciones políticas y los amparos sociales. A primera a vista parece ser así. No obstante, una exploración más cuidadosa –que todavía no se ha desarrollado con amplitud– podría mostrar seguramente una mayor complejidad y dar cuenta de la configuración efectiva de la agenda política de los gobiernos social democráticos de Brasil, Chile y Uruguay, atendiendo a franjas seleccionadas de políticas públicas estratégicas: i) política económica nacional e internacional, ligada a la política tributaria y laboral; ii) reforma del estado, capacidades institucionales y patrones de regulación pública; iii) políticas sociales, con el contrapunto de las políticas universales que apuntan a la gestación de ciudadanía, la reedición de las «políticas de pobres» focalizadas y los planes de«emergencia» social; iv) derechos democráticos y derechos humanos, como pieza de los procesos de desarrollo democrático y asimismo, como parte del tratamiento de los legados autoritarios, con las peculiaridades que esta materia tiene en cada país. En base a estas indagaciones cabe construir un ranking de alta, media o baja innovación, que sirva para evaluar el aprovechamiento del capital político que deriva de estas alternancias y nos deje saber si estas izquierdas gobernantes están a la altura de sus propias posibilidades. Por añadidura, la averiguación permitiría hacer referencia a las experiencias europeas y asimismo establecer comparaciones con los gobiernos precedentes, que en los tres casos a que nos referimos han impulsado un reformismo relativamente importante. Podríamos saber entonces, con cierto fundamento empírico, si estas izquierdas –integradas a la democracia política– delinean efectivamente una social democracia. Democracia y desarrollo: un desafío renovado El nuevo ciclo de América Latina está marcado por un giro hacia la izquierda –expansivo y sin precedentes– que abre un abanico de manifestaciones y se compone por primera vez en la historia con una serie importante de gobiernos, que se ubican entre las figuras renovadas del populismo y el debut de una social democracia criolla. Este campo se ve atravesado por una disputa de«modelos», posiciones y liderazgos. Entre los distintos exponentes de las nuevas izquierdas hay sin duda entendimientos, líneas de cooperación y alguna solidaridad. Pero también median juegos de intereses diferenciados y pases de confrontación, a veces discretos a veces más ruidosos. Tal competencia –ideológica, política, económica– se hace sentir en los ámbitos nacionales, en los alineamientos regionales y en las relaciones internacionales, en los procesos de integración o en las rencillas y acercamientos bilaterales, generando encuentros y desencuentros en las propias tiendas de izquierda. Este escenario exige un esfuerzo de análisis y clasificación, que de cuenta de la variedad que presenta la topografía de las izquierdas y consigne sus características, registrando diferencias y similitudes, incluyendo referentes comparativos, con respecto a fenómenos contemporáneos y a figuras del pasado. El eje de esta agenda de investigación pasa por preguntas estratégicas, centradas en dos grandes cuestiones. Una referida a los efectos de estas distintas izquierdas en materia de afirmación de la democracia política. La otra se refiere a las alternativas que producen estos diversos tipos de gobierno para aprovechar efectivamente la inflexión«post–liberal» y concurrir al eventual lanzamiento de un nuevo «desarrollismo» –en aras de un crecimiento que persiga la igualdad y la inclusión social– reivindicando muy especialmente la primacía de la política y el fortalecimiento del estado, para recrear en esta clave la conducción de la economía y de la integración social. Por definición y tal cual ha ocurrido normalmente en las rondas de la historia, esto se hará precisamente a través de«vías» políticas diferenciadas, paralelas, aunque resulten concurrentes y puedan reforzar la tendencia con efectos de emulación o de«contagio», como los que se dieron en el alza del neo–liberalismo. Esas dos grandes preguntas sobre las izquierdas gobernantes se funden en una sola, remitiendo a las diversas formas de articulación entre democracia y desarrollo: un problema clásico de la vida política que hoy se plantea en términos renovados. 30 Referencias bibliográficas Bobbio, Norberto 1985, Derecha e izquierda. Razones y significados de una distinción política(Madrid: Taurus). Boix, Carles 1996, Partidos políticos, crecimiento e igualdad. Estrategias económicas conservadoras y socialdemócratas en la economía mundial(Madrid: Alianza Editorial). Bresser–Pereira, Luiz Carlos 2007,«Estado y mercado en el nuevo desarrollismo», en Nueva Sociedad 210. Castañeda, Jorge 1993, La utopía desarmada. Intrigas, dilemas y promesas de la izquierda en América Latina(México: Joaquín Mortiz). Castañeda, Jorge 2006,«Latin America’s Left Turn», en Foreign Affairs 85–3. 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