IN DISCIPLINADA Marita Mata/ Textos reunidos(1980-2022) Comunicación Popular 1 In-disciplinada Marita Mata Textos reunidos(1980-2022) 2 In-disciplinada Autora: Maria Cristina Mata Compilación y estudio preliminar: Liliana Córdoba Director de Proyecto: Omar Rincón Coordinación editorial: Estefanía Avella y Daniela Bohórquez Ciudad: Córdoba, Argentina 2023 Diseño de tapas y carátulas: Zetas Comunicación y Diseño/ zetacomunicacion@gmail.com Diseño interior: Nelson Mora Murcia Impresión: Linotipia Martínez Producción: Programa de medios y comunicación de la Friedrich Ebert Stiftung para América Latina y El Caribe https://fescomunica.fes.de/ ISBN: 978-958-8677-67-5 © 2023 Friedrich–Ebert–Stiftung FES(Fundación Friedrich Ebert) La Fundación Friedrich Ebert no comparte necesariamente las opiniones vertidas por los autores y las autoras. Este texto puede ser reproducido con previa autorización de la Fundación Friedrich Ebert(FES) si es con un objetivo educativo y sin ánimo de lucro. INDICE Comunicación Popular 3 Presentación 1. MARITA MATA: IN-DISCIPLINADA, por Liliana Córdoba ................................................................. 7 2. POR LOS SENDEROS DE LA COMUNICACIÓN, por Marita Mata .............................................. 15 Cuestión 1. COMUNICACIÓN POPULAR INTRODUCCIÓN, por Liliana Córdoba .................................................................................................... 51 1982. ¿La alternativa legalizada? Una lectura precavida del Informe Mac Bride ......................... 54 1983. Cuando la comunicación puede ser sentida como propia .................................................... 73 1987. Comunicación popular: de la exclusión a la presencia ........................................................... 88 1998. Jóvenes y radios populares: ¿nuevas búsquedas o productos del mercado? ................ 97 2001. La dependencia de los otros. Un modo de construir comunicación democrática ....... 108 2007. La búsqueda de alternativas, 25 años después ....................................................................... 116 2009. Comunicación comunitaria en pos de la palabra y la visibilidad social ........................... 126 2011. Comunicación Popular. Continuidades, transformaciones y desafíos .............................. 139 2020. Radios populares: aportes para pensar la comunicación .................................................... 170 Cuestión 2. PÚBLICOS Y CULTURA MEDIÁTICA INTRODUCCIÓN, por Liliana Córdoba ................................................................................................... 197 1988. Radios y públicos populares ........................................................................................................... 201 1991. Radio: memorias de la recepción. Aproximaciones a la identidad de los sectores populares ................................................................................................................ 223 1997. Medios masivos: lo que nombra el consumo ........................................................................... 250 1999. De la cultura masiva a la cultura mediática ................................................................................ 260 2001. Interrogaciones sobre el público ................................................................................................. 274 2006. El público de la radio: modos de oír, modos de ser ............................................................... 290 2015. El público en escenas ....................................................................................................................... 300 2019. La información mediática y la regulación de la experiencia ................................................. 310 2020. Marcas de género en las prácticas y estudios de comunicación ........................................ 325 4 In-disciplinada Cuestión 3. POLÍTICA Y COMUNICACIÓN INTRODUCCIÓN, por Liliana Córdoba ................................................................................................... 343 1992. Entre la plaza y la platea ................................................................................................................... 347 2002. Comunicación, ciudadanía y poder. Pistas para pensar su articulación ........................... 357 2006. Comunicación y ciudadanía. Problemas teórico-políticos de su articulación ................. 375 2008. Cambiar la agenda ............................................................................................................................ 395 2009. Ciudadanía, información y acción colectiva: variaciones en torno a un vínculo ............ 406 2010. Ciudadanizar las políticas de comunicación: los nuevos desafíos .................................... 426 2010. Medios/seguridad/inseguridad: pistas para la reflexión ...................................................... 435 2011. Comunicación y ciudadanía: dilemas pendientes ................................................................... 446 2015. Los medios públicos desde las luchas por el poder comunicar ......................................... 456 2016. Agendas y voces concentradas: el declive de los derechos a la comunicación ........... 466 2022. Comunicación política: conflicto, acuerdos y hegemonía ................................................... 477 Cuestión 4. LA INVESTIGACIÓN EN COMUNICACIÓN INTRODUCCIÓN, por Liliana Córdoba .................................................................................................. 491 1981. La investigación asociada a la educación popular. Repensando un modo de acción . 494 1981. Investigar lo alternativo ................................................................................................................... 504 1982. Radio Enriquillo: El proceso de una evaluación ...................................................................... 510 1988. Memoria y acción popular(notas sobre un trabajo en curso) ............................................ 535 1992. La investigación en las radios populares ................................................................................... 551 2006. La investigación en comunicación en Argentina: deudas y desafíos ............................... 570 2022. Deudas y desafíos de la investigación latinoamericana en comunicación ..................... 580 Cuestión 5. LA ENSEÑANZA DE LA COMUNICACIÓN INTRODUCCIÓN, por Liliana Córdoba .................................................................................................. 589 1980. Capacitación para la práctica de la comunicación popular ................................................. 592 1988. La formación de comunicadores en el marco de la promoción y la educación popular ................................................................................................................... 603 1998. Saber sobre la radio ......................................................................................................................... 617 2005. La formación de comunicadores sociales en torno a problemas y proyectos ............... 627 2006. De la extensión a la interacción universidad-sociedad: otro sustento para la formación de comunicadores ......................................................................................... 631 2008. Medios y espacio público: de intersecciones y responsabilidades .................................. 641 2011. En el medio de los medios. Desafíos para los profesionales de la comunicación ....... 650 2015. Los lugares incómodos(o las deudas-desafíos de las carreras de comunicación) ...... 661 Comunicación Popular 5 PRESENTACIÓN 6 In-disciplinada Comunica P c r i e ó s n e P n o ta p c u i l ó a n r 7 Marita Mata: In-disciplinada Por Liliana Córdoba 1 María Cristina Mata es una de las principales y más destacadas referentes del campo de estudios de la comunicación. Es en verdad una de sus forjadoras en América Latina, como se reconoce en el libro Mujeres de la Comunicación , recientemente publicado por esta misma editorial. Su trabajo intelectual contribuyó a la emergencia de este campo como lugar específico de reflexión, producción de conocimiento y transformación de la realidad en América Latina. En 2013, cuando fue distinguida como Profesora Consulta de la Universidad Nacional de Córdoba—ámbito en el que se formó y fue docente investigadora durante más de cuatro décadas—, se recibieron muchas adhesiones de personas e instituciones. Más de doscientas cartas de entidades nacionales e internacionales, así como de colegas, ex alumnos y alumnas que destacaban sus múltiples aportes: la originalidad de sus investigaciones y publicaciones como también su compromiso en la creación, dirección y gestión de instituciones académicas, redes de comunicación y ámbitos que trabajan en pos de la democratización de la comunicación. 2 A lo largo de su vida ha publicado más de ochenta trabajos científicos y ha dirigido más de cuarenta proyectos y programas de investigación. 3 Como docente, tanto en el grado como en el posgrado, desde los años 70’ dicta cursos en universidades de Argentina y otros 1 Profesora de la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina. Investigadora, docente de grado y de posgrado en el área de estudios sobre política, comunicación y tecnología. 2 Entre otras actividades, fue Directora de la Escuela de Ciencias de la Información de la Universidad Nacional de Córdoba(UNC) entre 2002 y 2005, dos veces Directora Titular del Consejo Directivo de la Federación Latinoamericana de Asociaciones de Facultades de Comunicación Social (FELAFACS) y miembro del Comité Consultivo de la misma institución. También se la reconoce como una de las promotoras de la Coalición por una Radiodifusión Democrática, organización clave en el proceso de democratización de la legislación en su país. 3 Obtuvo la máxima categoría(I) en el Régimen de Incentivos a Docentes Investigadores de Argentina; impulsó en 2005 la creación del Programa de Estudios sobre Comunicación y Ciudadanía, aún vigente; fue coordinadora del Área de Investigación de la Secretaría Ejecutiva de la Asociación Latinoamericana de Educación y Comunicación Popular(ALER) y se desempeñó como evaluadora en distintas universidades y en el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas(CONICET). 8 In-disciplinada países. Ha impulsado programas de formación, carreras y reformas curriculares pioneras en el continente. 4 Marita Mata, que así es como la conocemos, aportó de forma sustancial para que la comunicación se consolide como campo de estudio, ámbito de formación profesional, anclaje institucional y territorio político-cultural. Sin embargo, como ella misma ha expresado muchas veces, descree de la comunicación como disciplina , como ciencia . Su aporte ha sido, más bien, in-disciplinar la comunicación. No esperamos de ella una apuesta diferente. Porque Marita trae consigo la in-disciplina. No en el sentido del desorden o de lo que no tiene método porque es sistemática hasta el último detalle, tanto en su trabajo como en cada ámbito de su vida. No es eso. Me refiero a la in-disciplina como desobediencia, como insumisión, esa que ostentan quienes no temen ir en contra de lo estatuido. “Marita es como un torbellino”, me dice Paula Mónaco Felipe 5 , una querida amiga en común que me regala la metáfora:“Es como un viento de agosto en Villa María—la ciudad donde Marita nació y creció—, imposible de ignorar porque te envuelve, te sacude, te eleva. Nada queda igual cuando ella pasa por tu vida”. Es así. Aunque“La Marita”—así es como le decimos también— puede ser también una brisa suave que alienta movimientos sutiles, que ayuda a levantar el vuelo. O quizás sea más bien un río de esos que convidan de su agua, de su orilla, de su andar. O un fuego que ilumina lo que no podía verse, que enciende a quienes se dejan tocar por su calor. Sí, de todas estas formas se hace presente Marita Mata en nuestras vidas. Mi primer encuentro con ella fue en 1995 a través de un manual destinado a quienes empezábamos ese año la licenciatura en Comunicación Social de la Universidad Nacional de Córdoba. El texto tenía citas breves de Marita definiendo a la comunicación como práctica humana, como campo académico y como objeto de estudio y en una clase proyectaron un video en el que ella misma explicaba ese enunciado al público de jóvenes ingresantes de 17, 18 años que éramos nosotros. No recuerdo si 4 Destacamos su participación en la creación, junto a Héctor Schmucler, de la Maestría en Comunicación y Cultura Contemporánea de la UNC, carrera que dirigió hasta el año 2015. Y también su participación como creadora y directora, hasta 2017, de la Especialización en Gestión y Producción de Medios Audiovisuales de la misma universidad. 5 Paula es periodista, fue alumna de Marita y su asistente cuando fue directora de la Escuela de Ciencias de la Información de la UNC. También nació en Villa María. Comunica P c r i e ó s n e P n o ta p c u i l ó a n r 9 lo que ella dijo esclareció nuestras dudas sobre qué era la comunicación pero sí recuerdo la fascinación que produjo aquella profesora en ese auditorio masivo. Me tocó ser su alumna unos años después, al final de mi carrera universitaria. Conservo las notas que tomé en sus clases como quien atesora papeles que guardan revelaciones memorables. Porque así viví esos momentos. Por la cantidad de temas, autores, teorías que escuché mencionar allí por primera vez, pero también por la claridad excepcional con la que Marita era capaz de exponerlas frente a nosotros. Imposible olvidar esa combinación de paciencia y vehemencia con la que comparte sus conocimientos, la generosidad y picardía con las que responde a la curiosidad o el cuestionamiento de sus estudiantes, el ceño fruncido con el que adelanta, implacable, sus objeciones y desacuerdos. Desde aquel tiempo hasta ahora he compartido con Marita el trabajar, el pensar y el emprender. Algunas cosas salieron bien, otras no tanto, pero en cada una de esas experiencias he sentido la fuerza de una mujer que vive y alienta a vivir con entrega, compromiso, pasión y libertad.“Marita como un ave fénix—me dice Claudia Villamayor, otra entrañable amiga y compañera en común— que resurge en cada gesto de amor que nutre la verdad y la vida”. 6 Su mayor legado: tomar la vida plenamente, celebrar lo que nos regala, aceptar lo que nos quita. Estas características hicieron posible su aporte sustancial al campo de la comunicación: in-disciplinarla, cuestionar su legitimación como campo académico desde la repetición o la autocomplacencia—tanto de las instituciones como de las personas que las hacemos—, reclamar su aporte a la transformación social. In-disciplinar la comunicación por su manera original de producir conocimiento, de construir saberes en los cruces de zonas impuras que la academia suele desechar: entre la universidad y las organizaciones populares; entre la investigación y la extensión; entre la cultura y la política. Marita genera intersecciones, entremezcla prácticas, recupera conceptos. Con un mismo e idéntico propósito: favorecer un horizonte de emancipación. In-disciplinar la comunicación por nunca someterse al“síndrome de cohabitación cortés” que según Sergio Caletti—otro de sus grandes 6 Claudia Villamayor es amiga de Marita, profesora universitaria y referente latinoamericana de la comunicación popular. 10 In-disciplinada amigos— caracteriza las relaciones en este ámbito intelectual dificultando la posibilidad de disentir, reconocer e innovar(Caletti, 2019). Marita nunca temió mostrar el desacuerdo. En sus textos, como en el tono de su voz, se hace presente ese registro de gran honestidad intelectual y política. In-disciplinar la comunicación también porque su planteamiento ha sido estudiarla y teorizarla fundamentalmente desde las prácticas y sujetos que buscan socavar el orden comunicacional hegemónico: un orden desigual, excluyente, que produce—y reproduce— la dominación. Su compromiso fundamental ha sido con los sectores populares, con los grupos excluidos, silenciados de la sociedad. Trabajó junto a ellos, reconoció los saberes que producen. Y apostó a conmover, desde ahí, los cimientos de una enseñanza y una investigación universitarias históricamente desligadas de esas vidas y esas luchas. Como dice Omar Rincón, Marita Mata es una académica que “escracha a la academia desde lo popular”. Es a partir de esta in-disciplina que Marita puede generar una producción teórica y epistemológica sumamente original. Una forma propia de organizar problemas y sentidos, metodologías y prácticas que actualiza al volver sobre sus textos no para reafirmarse sino para ponderar la adecuación o la obsolescencia de lo que allí está escrito. Es esa reflexividad la que permite que su pensamiento progrese, se complejice, funde nuevas categorías. De la in-disciplina surgen, y esto es lo que quiero afirmar, una teoría y una epistemología de la comunicación, aunque Marita dirá que exagero al hacer esta afirmación. Surgen una teoría en tanto corpus sistemático de nociones sobre la comunicación y una epistemología en tanto modo de investigarla y producirla. Ambas indispensables en esta época en la que la comunicación parece provocarlo, explicarlo, invadirlo, resolverlo y prometerlo todo. Es decir, nada. Voy a referir muy sucintamente a algunos rasgos de ese pensamiento que quienes lean este libro podrán confirmar. En Marita Mata hay una epistemología de la complejidad: de la pregunta y la conjetura, de las paradojas y las tensiones, de la crítica y la esperanza. Es esa epistemología la que le permite—como lo expresa Jesús MartínBarbero, su entrañable amigo, en una carta fechada en julio de 1987— salir “victoriosa” frente a la razón dualista para problematizar a la comunicación como una dimensión constitutiva de la producción de subjetividades que interviene decididamente, y cada vez más, en el diseño del orden social. Para Marita la comunicación debe ser estudiada en su imbricación densa Comunica P c r i e ó s n e P n o ta p c u i l ó a n r 11 con otras dimensiones y prácticas, con el concurso de disciplinas y saberes diversos como la sociología de la cultura, la filosofía política, las teorías de la democracia, la sociosemiótica o la antropología cultural por mencionar sólo algunas presentes en su obra. En Marita también hay una gran originalidad como investigadora porque ella conjuga el dato empírico—rigurosamente construido— con la crítica y la imaginación teórica—lúcidamente logradas—. En su trabajo dato y teoría se enhebran con una profundidad analítica infrecuente de la que emergen nociones y perspectivas teórico-metodológicas novedosas, pero también muchas veces disruptivas de los consensos intelectuales del campo. En otra carta fechada en 1989, Jesús Martín-Barbero dice refiriéndose a la metodología que ella diseñó para construir memorias de la recepción:“me parece lo más serio y ajustado que he visto hasta ahora para equilibrar la objetivación de la experiencia narrada con la expresión de la diferencia. El respeto a unas reglas de juego exteriores(metodológicas) con la explicitación de la especificidad de lo investigado”. También encontramos en Marita una posición intelectual comprometida, orgánica, que sostendrá a lo largo de su vida. El compromiso con la transformación social en un sentido emancipatorio es el punto de partida irrenunciable de su trabajo, una ética que mantuvo a lo largo de toda su trayectoria y que se expresa en los escritos pero también en su forma de habitar las instituciones, de involucrarse en proyectos colectivos, de sumarse a luchas y militancias diversas. Pero hay también, en la obra de Marita, una forma particular de comunicar. En aquella carta de julio de 1987, Martín-Barbero también decía:“pocas veces me he sentido tan conectado a un trabajo como al que tu dibujas en tu investigación: no sólo por el enfoque sino también por la escritura, es decir por una cierta forma de nombrar las cosas… que es en cierto modo una forma de sentirlas y de hacerlas sentir. En la escritura de mi libro 7 hay no pocas páginas en que la lucha interna y fundamental pasaba por ahí: cómo decirlo para no traicionar lo que yo siento y sobre todo para hacer llegar a los otros ese sentir, que es una forma de saber otro solo en parte objetivable. Tú has logrado en más de una página hacerme entender lo que ando queriendo decir: me has hecho sentir eso”. Quienes hemos sido estudiantes o compañeras de trabajo de Marita conocemos ese don que despliega para“hacernos sentir lo que queremos decir”: su capacidad para 7 Se refiere a De los medios a las mediaciones , un clásico publicado por primera vez aquel año. 12 In-disciplinada dibujar reflexiones y preguntas con las palabras y las manos porque sí, las manos de Marita hablan. Hace unos pocos meses, en un acto por los 50 años de la creación de la Escuela de Ciencias de la Información de la Universidad Nacional de Córdoba, que fue su primer espacio de trabajo, distintas generaciones la recordamos idéntica: ávida de sacudir nuestras certezas y comodidades, compartiendo la alegría de hacer y de crear más allá de la posibilidad de acreditar. Una maestra memorable, una compañera indispensable. Y esto me lleva al último rasgo que quiero destacar: su amorosidad, su calidez. Su disposición incondicional para acompañar a quienes buscan aprender sin importarle jerarquías ni orígenes. Su amorosidad para habitar el riesgo de abrir caminos nuevos, colectivos, involucrada con igual pasión en congresos internacionales que en encuentros estudiantiles. La calidez para abrir su casa, compartir sus libros, regalar sus bordados. Para compartir la vida. Acerca de este libro La obra de Maria Cristina Mata estaba dispersa en revistas científicas, libros, conferencias y trabajos inéditos. Reunirla ha sido producto de la certeza de que su trabajo constituye un aporte de gran relevancia para abordar los problemas contemporáneos de la comunicación. Pero también ha sido producto de insistencias de colegas, estudiantes y compañeras y compañeros que desde hace tiempo sentimos la necesidad de contar con su trabajo reunido para facilitar su circulación. De entre esas muchas insistencias y amistades quiero referirme con especial gratitud a Omar Rincón, director de FES Media América Latina, porque este libro fue posible gracias a su confianza y apoyo. Lo une a Marita una amistad entrañable, pero también el reconocimiento del valor peculiar de su producción intelectual. Al comienzo de este volumen encontrarán un texto preparado especialmente por Marita Mata para esta publicación. Un escrito maravilloso en el que su talento de narradora se despliega para compartir las historias de las que está hecho su andar por la comunicación, su ir y venir por esos caminos en los que fue dejando huellas originales, profundas. Luego, su trabajo es presentado a partir de cinco cuestiones que, según nuestra mirada, organizan la obra: Comunicación popular; Públicos y cultura Comunica P c r i e ó s n e P n o ta p c u i l ó a n r 13 mediática; Política y comunicación; Investigación de la comunicación; Enseñanza de la comunicación. Cuestiones y no temas porque así los formula ella: como asuntos que precisan ser interrogados, debatidos, problematizados. Cada sección comienza con una breve introducción que recupera, a la manera de esos resaltadores que usamos para estudiar, algunas anotaciones y marcas de mi lectura. La recopilación incluye trabajos escritos por Marita en distintos momentos y registros: algunos son artículos científicos publicados en revistas o libros, otros son ponencias, conferencias o apuntes. Algunos textos son muy conocidos mientras que otros resultan difíciles de conseguir o son inéditos. Algunos fueron escritos hace cuarenta años, los últimos hace apenas unos meses. Pero todos—y eso fue lo que consideramos al hacer la recopilación— conservan interés y vigencia en el sentido de proponer un modo de teorizar sobre la comunicación que urge en el presente. Decidimos conservar, en todos los casos, las normas de estilo utilizadas originalmente por la autora en tanto son huellas de las formas y tiempos de la escritura en cada época. Hace casi diez años, a comienzos de 2013, conversamos por primera vez acerca de la posibilidad de hacer este libro. Pero recién en 2021 metimos mano a la tarea de revisar archivos, discutir posibles maneras de presentar los textos, pensar ejes que los organizaran. Fue una tarea cómplice, rigurosa, vivificante. Mi gratitud a Marita, mi maestra, compañera y amiga por el regalo de este trabajo compartido. Y mi recuerdo también para el querido Tito—su compañero—, testigo de aquella primera idea, a quien extrañamos mucho mientras finalmente la concretábamos. Para cerrar esta presentación quiero destacar que la publicación de este libro no busca consagrar a Marita como una de las grandes referentes de la comunicación en América Latina porque ella ya lo es. Tampoco cumplir con la mera celebración de su trabajo aunque elogiar su pensamiento sea algo merecido. Más bien, y para seguir su propia huella, lo que este libro busca es afectar consensos, iluminar preguntas, recuperar memorias; reivindicar la vigencia de ese horizonte que animó su andar esperanzado: in-disciplinar la comunicación para que pueda ser oído todo aquello que el poder(los poderes) pretenden silenciar. Quienes se sientan interpeladas, interpelados por esa búsqueda no tienen más que iniciar la lectura de las páginas que siguen. Córdoba, enero de 2023 14 In-disciplinada Referencias Caletti, Sergio(2019) Ariadna. Para una teoría de la comunicación. Buenos Aires: UNQ. Rodríguez Clemencia et al.(2020) Mujeres de la comunicación. Bogotá: Centro de Competencia en Comunicación para América Latina, C3 FES. https://library.fes.de/ pdf-files/bueros/la-comunicacion/17702.pdf Comunica P c r i e ó s n e P n o ta p c u i l ó a n r 15 Por los senderos de la comunicación Por Marita Mata Para quienes creyeron que este libro era necesario. Para Ernesto. Porque supo vivir al lado de una madre que protestaba cada vez que las ideas le eran esquivas y le demandaban esfuerzo. Recordando al amigo y maestro Jesús Martín-Barbero, quien allá por 1989, comentando una de mis investigaciones sobre memorias de la radio supo decirme, en una de esas tantas cartas con que construimos nuestra amistad y nuestros diálogos:“Oye, ya es hora de que publiques tu trabajo entero... Necesitamos esa publicación”. De estar vivo no dudo que hubiera prologado este libro con mucha alegría diciendo:“Ya era hora”. Acá está, querido Jesús. Te lo debía. Recordando a Tito, amoroso compañero de la segunda parte de mi vida, lector de todo lo que escribía, corrector implacable, siempre pidiendo más… más claridad y contundencia, más luces para comprender de qué iba eso de la comunicación. Y a la memoria de Joaquín, que de vivir, estaría discutiendo cada una de mis opiniones. Huellas Yo tenía 18 o 19 años. Hacía dos que había dejado el pueblo donde nací. Siempre le llamé así a pesar de que por entonces hacía mucho tiempo que Villa María era una ciudad, tal vez porque esa palabra nombraba la cercanía, lo propio. Me había instalado en Córdoba y estudiaba Letras Modernas en la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional. Era una estudiante destacada y entonces resultaba previsible que me recibiera en poco tiempo más. De ahí que cada vez que viajaba de visita al pueblo las preguntas se volvían inevitables. No venían de mis viejos que, vaya a saber cómo y por qué, ya en aquellos tiempos, supieron reconocer mis deseos y 16 In-disciplinada autonomía. Pero las amigas de mamá eran incorregibles. Las preguntas obligadas tenían que ver con mi futuro. Porque una cosa era que me hubieran permitido viajar tan jovencita a Córdoba a estudiar, que me hubieran permitido instalarme en una pensión que ni siquiera conocían, y otra muy distinta era que no avizoraran para mí un destino previsible. Es decir, un futuro con novio primero, marido después y por supuesto, algunos hijos. Lo bueno de esta historia es que cada vez que mamá se sentía acosada por sus amigas con ese tipo de preguntas, respondía con absoluta convicción:“No, Marita por ahora no piensa en esas cosas. Ella quiere dedicarse a la investigación”. No sé de dónde había sacado mamá que esa respuesta la ponía a salvo de prejuicios y juicios ajenos. Tal vez registraba la alegría con que yo estudiaba e investigaba para producir las monografías que eran el modo de evaluación con que se promocionaban las materias en nuestra carrera. Lo que sé es que la formulaba incluso delante de mí cuando era abordada por alguna de sus ansiosas amigas. Y yo, por supuesto, asentía con indudable convicción. Al hacerlo, moría de risa por dentro viendo la cara de esas señoras desconcertadas que no entendían muy bien—al igual que mi mamá— de qué iba la cosa. Pero debo reconocer que me entusiasmaba la idea de ser una investigadora. Porque además de entusiasmarme la idea de producir nuevos saberes, era inevitable asociar esa ocupación con la independencia que mi mamá le atribuía, aunque la asociación me resultara extraña. ¿Por qué cuento esa historia que creo no haber contado casi nunca?, ¿por qué lo hago acá, en este espacio que se supone voy a dedicar a compartir los andares de mi quehacer académico plasmados en textos dispersos que fui produciendo a lo largo de muchísimos años y que finalmente acepté se reunieran en un libro? En varias ocasiones, pero sobre todo a partir de la publicación de Mujeres de la Comunicación 1 , me han preguntado acerca de las discriminaciones que sufrí por mi ser mujer; acerca del modo en que esa condición implicó restricciones a mi labor. En todas esas ocasiones he contestado que, sin negar las flagrantes situaciones de opresión propias de la cultura patriarcal, no puedo reconocer ese tipo de discriminación en mi historia. Tal vez ese modo materno de permitirme eludir los tradicionales mandatos hizo que mi historia fuera diferente. Hizo que supiera que había algo de ir a contrapelo en lo que yo deseaba hacer y me permitió no desanimarme frente a otro 1 Libro colectivo publicado por FES-Comunicación, Bogotá, en 2020; la edición estuvo a cargo de Clemencia Rodríguez, Claudia Magallanes Blanco, Amparo Marroquín Parducci y Omar Rincón. Comunica P c r i e ó s n e P n o ta p c u i l ó a n r 17 tipo de prescripciones/proscripciones, no vinculadas directamente al género sino a las jerarquías que han moldeado el orden académico y la vida institucional, también fruto de concepciones patriarcales. Para que se entienda lo que trato de decir, va otro cuento. Cursaba una de las materias que más me interesaban en la carrera y había producido una monografía en la que había puesto todo mi empeño: un precioso trabajo sobre Radiografía de la Pampa , de Martínez Estrada. Al devolvérmela corregida, un jefe de Trabajos Prácticos—como se llamaban entonces en la Universidad de Córdoba los actuales Profesores Asistentes—, al constatar que había obtenido la máxima calificación sin pertenecer al círculo de amigas y amigos de la cátedra—integrante de la élite académica de la facultad por ese entonces— me preguntó entre asombrado y altanero: “¿vos quién sos, de dónde saliste?”. Recuerdo que le respondí un escueto “soy alumna promocional”, y sin añadir que nada más hacía falta para estudiar y aprobar un trabajo con buenas notas, aprendí en ese momento y para el resto de mis días, que había celosos guardianes de las puertas del reconocimiento al saber. Que investigar y aprender seriamente eran tareas que iban a consolidar mi autonomía y hacerme crecer pero que el camino no iba a estar exento de prejuicios y competencias malentendidas. Como aquella vez, en 1989, cuando el informe con que daba cuenta de la Beca de Perfeccionamiento que el CONICET(Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas) me había otorgado para trabajar en una indagación sobre los modos en que los sectores populares de Córdoba habían llegado a ser públicos de la radio, fue rechazado por la comisión evaluadora porque las encuestas que realizaba“no eran exhaustivas”. Y tuve que apelar aquella descalificación demostrando que era imposible que fueran exhaustivas porque mi estudio no incluía la aplicación de ningún tipo de encuestas; yo había recurrido a la perspectiva de la historia oral para, a través de historias de vida, reconstruir las prácticas culturales de esos sectores. Por cierto, la comisión—para la cual era obvio que la historia oral no tenía condiciones suficientes de cientificidad y legitimidad académica— reconsideró la evaluación, pero nunca brindó razones ni excusas por su torpeza. Sólo recibí una escueta nota que decía“Aprobado”. Quienes me conocen—por haber estudiado y/o trabajado conmigo— me habrán reconocido en estos dos cuentos. Porque me los han escuchado o porque son capaces de imaginar el tono de la voz o la escritura usada en esos casos. Un tono casi siempre enfático, producto de convicciones que fueron creciendo con los años y de apostar a un cierto modo de ejercer el quehacer 18 In-disciplinada académico y mis prácticas en el campo de la comunicación popular. Porque más allá de las limitaciones que han tenido mis modos de pensar y hacer, de las limitaciones de mis modos de investigar y enseñar, asumí esas tareas con el compromiso de que el saber fuera siempre un saber con otros y otras y tuviera siempre un horizonte colectivo, una razón de ser que excediera las impuestas por las dinámicas institucionales y académicas. Tal vez por esa misma razón este libro sólo aparece ahora. Cuando ya no es necesario para cumplir ningún requisito. Cuando casi todos los textos incluidos han sido leídos, criticados, desechados o apropiados. Cuando siento que lo que fui capaz de producir ya está hecho. Cuando finalmente escuché a quienes desde hace tiempo me reclamaban ordenar papeles y publicarlos, para simplificarles la tarea que supone el andar rastreándome en la web o en viejas cajas de cartón donde todavía se guardan trabajos mecanografiados o inéditos. La tarea hubiera sido imposible si María Liliana Córdoba—la Lili alumna, compañera y amiga— no se la hubiera puesto al hombro. Sin su tenacidad e inteligencia no me hubiese releído sin cansarme o enjuiciarme con más severidad que la aconsejable. Sin el afecto que nos une no hubiese gozado ni me hubiese conmovido reviviendo las historias que encierran muchas de mis escrituras. Por eso, mi agradecimiento. Pero también debo agradecer a todas y todos quienes durante mucho tiempo insistieron en la necesidad de esta publicación; no les nombro pero saben quiénes son y cómo me han ayudado con sus preguntas y aportes, con sus cuestionamientos y experiencias, con los modos en que fueron mis alumnas y alumnos, con su participación en los equipos de investigación que integramos en la Universidad Nacional de Córdoba pero también en ese mundo ancho y enriquecedor de la comunicación popular latinoamericana. En muchos textos están presentes sus huellas y es seguro que sabrán reconocerlas. Marcas. Caminos Somos producto de una constelación de momentos y seres que nos han constituido. Épocas, instituciones, suertes o desgracias que nos tocaron vivir; algunas apuestas y esfuerzos personales, pero mucho más—siempre he pensado y sentido eso— el azaroso azar al que acompañamos o ante el que nos rebelamos. La producción intelectual no es ajena a la vida; muy por el contrario, tiene su sello. Revela genealogías que no sólo siento debo reconocer Comunica P c r i e ó s n e P n o ta p c u i l ó a n r 19 por ser agradecida sino porque sirven para enmarcar un modo de pensar y hacer, decisiones conceptuales y metodológicas que siempre son al mismo tiempo—y aunque cierta academia se horrorice— ideológicas y políticas. En las páginas que siguen—y, claro está, que pueden ser obviadas por quienes anden buscando algún texto específico o alguna problemática en particular—, he tratado de contar breves historias que enmarcaron mi quehacer. Historias que no son necesariamente verdaderas sino mis recuerdos alrededor de ese quehacer; el modo en que hoy, a mis 76 años, hago memoria de parte de mi vida, que es también una manera de hacer memoria de algunos momentos en el desarrollo de las prácticas académicas y populares en el campo de la comunicación. “Recordar—nos ha dicho Vinciane Despret— no es un mero acto de la memoria, lo sabemos. Es un acto de creación”(Despret, 2021, p. 70). Aquí les va entonces lo que he sido capaz de crear, aunque no sea gran cosa. La literatura y los medios. Los orígenes Hace muchos años, allá por 1996, Jorge Huergo, ese enorme amigo, educadorcomunicador que todavía hoy muchas y muchos extrañamos, dirigía el Centro de Comunicación y Educación de la Facultad de Periodismo y Comunicación de la Universidad Nacional de La Plata. Jorge había asistido a mis clases en la Maestría PLANGESCO de esa facultad e incluso me había propuesto que fuese su directora de tesis. Pero antes de embarcarnos en esa tarea emprendimos otra. Me pidió que le ayudara a revisar y organizar los materiales para un libro que él y sus compañeras y compañeros deseaban publicar con los avances de las prácticas académicas e investigaciones del centro 2 . En las largas conversas que demandó esa labor, sabíamos encontrar excusas a partir de alguna cuestión teórica o metodológica para comenzar a conocernos. En una ocasión hablamos de los modelos educativos, de la importancia que adquieren los modos con que fuimos enseñados en nuestros modos de ser, es decir, las marcas que dejan maestras, maestros, profesoras y profesores en nuestras propias maneras de enseñar. Y yo añadía en nuestros modos de investigar. Porque para mí, enseñar e investigar siempre fueron de la mano. Y eso, le decía yo a Jorge, porque así fui marcada. 2 Me refiero a Jorge A. Huergo, Comunicación/Educación. Ámbitos, prácticas y perspectivas , Ediciones de Periodismo y Comunicación, Facultad de Periodismo y Comunicación, Universidad Nacional de La Plata, 1997. 20 In-disciplinada En mis estudios de literatura de la década del 60, y más allá de la impronta lingüística y semiótica de la época y del hecho de tener como profesor nada menos que al gran y querido Luis Prieto, fueron las clases de otro notable intelectual, Noé Jitrik, titular de las cátedras de Literatura Argentina I y II en nuestra facultad, las que me marcaron de modo indeleble en un doble sentido. Noé leía sus clases. Creo recordar que usaba cuadernos. Algo que muchos años más tarde reencontré en el modo de producir de mi amigo Jesús Martín-Barbero, el otro maestro. Y ese leer casi ininterrumpido que seguíamos atentamente no era cualquier lectura. Porque lo que Noé leía era su producción crítica: sus particulares y peculiares análisis de escritores y textos metidos en el marco de los territorios y tiempos que les daban sentido. Y así fue que aprendí para siempre que enseñar era investigar. Que los estudiantes no tenían que encontrar en las clases lo que podrían encontrar en los textos incluidos en las bibliografías sino la propia búsqueda del docente; su estudio sistemático de los temas elegidos; las maneras de pensarlos y documentarlos. Para bien o para mal de quienes fueron mis estudiantes, utilizando hojas sueltas en lugar de cuadernos, traté de seguir los pasos de Noé. Aunque él nunca lo supo y yo no le haya llegado ni a los talones 3 . Pero esa fue una de las marcas que me dejaron sus clases: la que me llevó a asumir la investigación no como profesión sino como modo de pensarme en el mundo académico; la que me hizo asociar siempre el estudiar con el investigar; la que me convenció de que la escritura era un modo de aprender y conocer. Algo que muchos años más tarde reencontraría expresado maravillosamente en las palabras de Renato Ortiz con las que comencé muchos de los talleres de tesis que dicté en carreras de posgrado: “Los científicos sociales insisten en decir que la construcción del objeto sociológico es fundamental en el movimiento de comprensión de la sociedad. Tienen razón, pero se olvidan a veces de añadir: ella se realiza en el texto. La escritura es el soporte y la concretización del recorte conceptual. Las mismas informaciones, los mismos datos, pueden ser cosidos de manera diferente. No hay objeto fuera del texto y su contenido, para existir, debe formalizarse. Buena parte de la exposición argumentativa es una cuestión de composición. Las 3 Escribí la primera versión de este texto meses antes de la muerte de Noé, ocurrida en octubre de 2022. Curioso fue que yo utilizara la expresión“nunca lo supo” casi como anticipando que nunca leería mi reconocimiento, que ahora sumo como uno más a los tantos homenajes con que se lo despidiera. Comunica P c r i e ó s n e P n o ta p c u i l ó a n r 21 informaciones primarias son previamente estimadas, filtradas, antes de figurar en la página en blanco o en la pantalla de la computadora. Composición, elemento definitorio de la artesanía intelectual. Incluso en las realizaciones más simples, estandarizadas, como ocurre generalmente en los informes de investigaciones. Un texto se elabora con una maraña de hilos. Es fruto de lecturas anteriores y de la investigación. Puedo tejer con pocos hilos: mi tela quedará entonces algo empobrecida, monocromática. Cuando junto colores y espesores diferentes, altero su granulado, su matiz. Una tela rica posee tonalidades y sombras, su superficie es irregular y rugosa. Los hilos, o mejor, su entrelazamiento, hacen el resultado final[…] La escritura es el resultado de una costura, de la conjunción entre la aguja y los hilos, la problemática teórica y los datos”( Ortiz, 2004, p. 13-14) A mí, vieja costurera y bordadora, ese texto me recuerda los cuadernos de Noé y de Jesús. Me hace conservar y querer mis viejas clases escritas siempre a mano en las que se pueden leer las nociones y problemas que fui capaz de producir; análisis más o menos afortunados, pero siempre realizados con rigor. Con variados hilos tramados a veces con esmero, más pobres y deshilachados otros, pero siempre escritos y reescritos para ser dichos y leídos en más de una ocasión, aunque nunca fueran publicados. La otra marca también proviene de aquellas clases en que la impronta sociológica teñía la mirada sobre la literatura de nuestro país, incluyendo la problemática de la profesionalización de los autores, la circulación de las obras y, consecuentemente, la cuestión del público lector. Hacía una década que Adolfo Prieto—por entonces profesor en la Universidad Nacional de Rosario— había publicado su obra pionera, Sociología del público argentino , que permitía caracterizar la cultura nacional como cosmopolita y masiva; una cultura que era, entre otras cosas, fruto de la alteración de las tradicionales relaciones entre creadores y públicos debido a la emergencia, desde principios de siglo,“de ingentes generaciones de nuevos lectores” (Prieto, 1956, p.14) y, un poco más tarde, por la aparición de múltiples y diversas formas de difusión de las obras literarias tales como el cine, las publicaciones periódicas y la radio. Esa difusión de la literatura por otros medios , esa masificación de géneros que la historia de la literatura francesa me había permitido comprender como modos de popularización a través de folletines y obras de colportage , me atrajeron porque creí encontrar allí un modo de dialogar, desde las letras, 22 In-disciplinada con la producción intelectual que también Francia nos proveía por entonces y que hacía de la cultura de masas un nuevo objeto de estudio. Pero no fue un diálogo hecho en tiempos de calma. En julio de 1966, un mes después del golpe de estado encabezado por el Gral. Juan Carlos Onganía que inaugurara la pretendida Revolución Argentina, las universidades nacionales fueron intervenidas y la Federación Universitaria de Córdoba(FUC) propuso movilizarnos para resistir la intervención. Poco tiempo después, tras reiterados sucesos represivos, se convocó en coordinación con el otro movimiento estudiantil importante de la época— el Integralismo— a un paro universitario que comenzó el 19 de agosto. A partir de entonces se sucedieron tiempos de debates y acciones políticas tan intensas como yo no había vivido jamás: asambleas multitudinarias en las calles de Córdoba, actos relámpagos, acciones solidarias para que las y los compañeras y compañeros que habían quedado sin mayor sustento al cerrarse el Comedor Universitario pudieran alimentarse. Septiembre fue el mes de la máxima confrontación: las autoridades cerraron la universidad y el 12 de ese mes moría asesinado un estudiante, Santiago Pampillón, baleado unos días antes en una protesta. Ante esos hechos, la Coordinadora Estudiantil, que ya para entonces articulaba sus acciones con diferentes sindicatos locales, decidió continuar con el paro que duró hasta diciembre cuando sin fuerzas y con fracturas internas la medida no se pudo sostener. Porque, además, lejos de debilitarse, la intervención universitaria se había fortalecido. En octubre, cuando decidieron reabrir la universidad, expulsaron a los docentes que apoyaban más abiertamente la lucha estudiantil. Así nos quedamos en la facultad sin nuestros mejores profesores; la carrera de Literaturas Modernas quedó en manos del sector más reaccionario del profesorado y, en el caso de la especialidad que yo había elegido—Literatura Argentina—, a cargo de la derecha clerical cordobesa. En marzo de 1967, al reiniciar las actividades académicas interrumpidas por la huelga, me faltaba cursar dos o tres materias de poca significación para mí. Lo grave, con ese panorama docente, era que debía cursar dos seminarios de la especialización y me negaba a hacerlo con profesores cuya posición ideológica coincidía con la de los mentores de la Revolución Argentina y que, en términos disciplinarios, se inscribían dentro de corrientes de pensamiento esencialistas. No era yo la única que se resistía a finalizar mi formación teniendo que resignar las posibilidades de continuar los caminos críticos que veníamos transitando. La universidad paralela que no había podido implementarse Comunica P c r i e ó s n e P n o ta p c u i l ó a n r 23 durante el paro universitario—como en algún momento se propuso— comenzó a existir, de alguna manera, en casas de profesores con quienes en reuniones más o menos sistemáticas retomábamos las cuestiones que nos interesaban y que estaban excluidas de la facultad. Cuestiones que, en mi caso, tenían que ver con la posibilidad de abordar los modos en que la literatura argentina se había conectado con el gran público a través de medios masivos. Ya en 1957 había aparecido Mythologies de Roland Barthes y desde 1961 Du Seuil editaba la revista Communications , publicación del Centre d’Etudes des Communications de Masse de la Ecole Pratique des Hautes Etudes, donde Georges Friedmann, el mismo Barthes, Edgard y Violette Morin, Claude Bremond, Pierre Nora, Tzvetan Todorov, entre otros, iluminaban ese nuevo objeto al que en 1962 Edgard Morin dedicó un libro L’Esprit du Temps, tan crucial como lo fue en 1964 el Apocalittici e Integrati de Umberto Eco. Comencé a conocer esos textos allá por 1967, de manos de quien sería mi compañero por muchos años y padre de mis hijos, Alfredo Paiva, el Pelado, como se lo conocía en la facultad. No había sido profesor mío porque cuando comencé a cursar la carrera él ya estaba en Francia, becado por la facultad para cursar su doctorado bajo la guía de Lucien Goldman. Alfredo había regresado a Córdoba poco antes del golpe militar de 1966 y se convirtió por aquellos años, como lo hizo otro de nuestros notables y queridos docentes, Carlos Giordano, en uno de esos referentes que ya sin cargos universitarios abrían su casa para estudiar. Y en mi caso, la casa se abrió también para anidar mi primera maravillosa experiencia de vida de a dos. Eran los tiempos del estructuralismo, de reaprender modos de mirar y leer, modos de pensar, de enriquecernos con textos que circulaban entre nosotros en sus ediciones originales antes de que las librerías de Córdoba los proveyeran y, por supuesto, mucho antes de que todos esos materiales fueran traducidos y editados localmente. Tiempos en que las bibliotecas de nuestra universidad encargaban a París o Milán artículos que pedíamos apenas se publicaban y recibíamos en microfilms que leíamos en cajas de luz fabricadas artesanalmente. Así, en ese marco intelectual en el que seguía formándome de manera un tanto asistemática y con el apoyo de uno de los pocos profesores con quienes podíamos dialogar y no había sido expulsado de la universidad, Iber Verdugo, demandé a la facultad poder rendir como alumna libre los seminarios de especialización que tenía pendientes. La razón que aduje 24 In-disciplinada era la inexistencia de espacios curriculares que contuviesen la perspectiva que yo deseaba trabajar. No era pedantería. Era absolutamente cierto. Y logré ese permiso, que se tradujo en dos pequeñas investigaciones, una de las cuales conservo como testimonio de un cierto comienzo de mi camino de investigadora. El tema escogido fue la vinculación del costumbrismo literario con la revista Caras y Caretas . Lo que indagué durante los muchos meses en que visité a diario la vieja Biblioteca Córdoba—el único lugar de la ciudad donde se conservaba una colección casi completa de la publicación—, fue el modo en que esa primera revista argentina de actualidad y humor político que comenzó a editarse en 1898 había construido una suerte de puente entre un público lector en formación y escritores tales como Leopoldo Lugones, Horacio Quiroga, Roberto J. Payró, Ricardo Rojas, José Ingenieros o Martiniano Leguizamón, a través del costumbrismo, el movimiento representado principalmente en nuestro país por José S. Álvarez(Fray Mocho) quien codirigía la publicación. Más allá de que con ese trabajo terminé de cursar mi carrera universitaria, lo que retengo de él son dos o tres cosas que aún hoy reconozco en mi manera de investigar y conocer. En primer lugar, mi pasión por el dato, por el trabajo empírico, por sistematizar y organizar información. En segundo lugar, la alegría del descubrimiento que se produce cuando juntando esos datos una es capaz de ver algo que antes no se había visto. Y finalmente, el sentimiento de que hay allí, en lo nuevo que vemos, algo siempre inacabado, la posibilidad y el desafío de repensar las nociones, las ideas a partir de las cuales trabajamos. Yo busqué rigurosamente en aquellas revistas de páginas amarillentas que olían como huelen los papeles viejos, las indicaciones necesarias para afirmar que los rasgos estilísticos del costumbrismo eran los que permitían que, en el marco de una publicación ligera y polémica al mismo tiempo, encontraran un lugar esos artistas y ensayistas que sin ese recurso tal vez no hubieran llegado al gran público lector en formación. Decía entonces, y la verdad me agrada reconocerme en aquella escritura mía de los 22 años, torpe en cierto sentido, pero ya caracterizada por el deseo de precisión: “El costumbrismo, demostrado ya su carácter popular en la caracterización que hemos hecho de sus elementos constitutivos, debía responder a las exigencias de su público: la pequeña burguesía, y quizás más que a las exigencias convendría decir a Comunica P c r i e ó s n e P n o ta p c u i l ó a n r 25 las necesidades de ese público. Una clase en ascenso, de mediana solvencia económica, que aspira a la superación en órdenes totalizadores, necesita ciertos elementos culturales para lograr ese fin: por un lado información; por otro, distracción y finalmente necesita elementos en los cuales reconocer su propio rostro. El costumbrismo llenaba esos fines; pero necesitaba de la difusión a nivel masivo para llegar a dicha clase, nivel que no era plausible obtener por medio de los libros”(Mata,1968, p. 22). El análisis de la aparición y desarrollo de Caras y Caretas me permitió ratificar esa afirmación, pero finalizado el estudio sentí que la cosa era bastante más compleja de lo que postulaba: existían en esa publicación otros elementos —los anuncios publicitarios, las fotografías que ilustraban las notas sociales , como llamaban a las páginas en que se compartían casamientos, bautismos, nacimientos y festejos varios— que tejían aquella relación con el público; elementos que tenían menos que ver con unos géneros y un estilo literario que con un modo en que también en aquellas páginas se exhibía y construía la socialidad de la época. Mis hallazgos, compartidos en esos espacios colectivos de discusión que habían sustituido a la facultad, encontraron un lugar donde expandirse. En 1968, Editorial Galerna inauguró una colección de antologías destinada a recuperar las más significativas revistas argentinas. Ese año se publicaron los tomos dedicados al periódico Martín Fierro —con selección y prólogo a cargo de Adolfo Prieto— y a la revista Caras y Caretas , a cargo de Jorge Ruffinelli. En 1969 apareció el tercer tomo, en que Noemí Ulla produjo la antología de la revista Nosotros. Para entonces, Carlos Giordano, conocedor de mis intereses, me puso en contacto con Daniel Schavelzon, el encargado de la editorial, para que junto a Horacio Crespo, un destacado y querido compañero de la facultad, produjéramos la antología dedicada a la revista PBT . Esa revista fundada en 1904 por el escritor y periodista español Eustaquio Pellicer, quien también había creado Caras y Caretas , se dedicó en su primera etapa a la sátira política y a cuestiones de interés general. Eran los primeros productos de una cultura masiva que aunaba información con crítica social y entretenimiento. Productos para esa nueva masa de lectores que, a nuestros ojos de estudiantes recién egresados, merecían más que un simple prólogo. Y entonces, nos enfrascamos en una amplia investigación consultando la colección que se conservaba casi intacta en la Biblioteca Popular Vélez Sársfield de Barrio General Paz, demorando mucho más tiempo que el asignado por la editorial para la tarea. 26 In-disciplinada Creo que no fue por esa razón, pero no soy capaz de recordar los motivos por los cuales, en aquellos agitados tiempos políticos, Galerna descontinuó la colección y nuestro trabajo, un ensayo preliminar—así le habíamos llamado— de 47 páginas mecanografiadas en hojas tamaño oficio y la selección de artículos de la revista-otras 124 páginas- quedaron sin publicar. Pero, en una carpeta de cartulina rosada de aquel entonces, todavía guardo una copia de ese texto. Cuando lo releo me provoca nostalgia, sonrisas y el sentimiento de saber de dónde vengo. O mejor, de dónde viene buena parte de mi interés por la cultura masiva y la investigación. Aprender la comunicación. La cultura de masas. Los consumos ¿Y qué hacía yo en 1972, licenciada en Literaturas Modernas, integrando dos cátedras de la recién creada Escuela de Ciencias de la Información de la Universidad Nacional de Córdoba? Aprender para enseñar. Otra de las marcas de mi historia. Es que ese año, por aquellos trabajos vinculados a medios masivos y mi formación semiótica y cultural propia de la carrera de letras de la facultad en que había estudiado, fui convocada por el profesor Adelmo Montenegro—quien había sido decano de esa facultad—, junto a muchas y muchos otros egresados de diferentes carreras de nuestra universidad, para integrar la planta docente de esa Escuela pionera en nuestro país 4 . Me sumé a los equipos docentes de dos cátedras— Introducción a los Medios de Comunicación Social y Teorías de la Comunicación — que eran equipos interdisciplinarios sin antecedentes específicos en esos temas, razón por la cual nos propusimos estudiar. Estudiar todos los autores y perspectivas que caían en ese campo de saberes: el funcionalismo que rechazábamos más ideológica que conceptualmente –como alguna vez supo advertir Jesús Martín Barbero al referirse con lucidez a los funcionalismos de izquierda (Martín Barbero, 2002)-, el pensamiento crítico de la Escuela de Frankfurt, los reveladores estudios estructuralistas que abordaban el análisis de los relatos masivos y sus sistemas de significación, el denuncismo de los estudios en clave de economía política de la comunicación –sin que entonces así se los denominara- contenido en las investigaciones de Armand Mattelart y Heriberto Muraro, la perspectiva sociológica que nos proveía Gino Germani para abordar empíricamente los fenómenos que 4 La única institución universitaria de nuestro país dedicada por entonces a ciertos aspectos de la comunicación era la Escuela de Periodismo de la Universidad Nacional de La Plata, fundada en 1934. Comunica P c r i e ó s n e P n o ta p c u i l ó a n r 27 englobábamos, sin hacer mayores distinciones, bajo las designaciones de cultura de masas o industria cultural. Retengo de esa época nuestra convicción de que la formación en comunicación social—rechazábamos con sólidos argumentos la idea de unas ciencias de la información —, debía producir unos sujetos con capacidad crítica respecto del sistema hegemónico de comunicación. No eran todavía tiempos en que tuviésemos muy claro por dónde debían construirse las alternativas. O, para ser más rigurosa, vivíamos un tiempo en que las alternativas con que soñábamos y por las cuales trabajábamos eran mucho más inmediatas y directamente políticas que culturales. Por eso nuestra adhesión a esas perspectivas que enfocaban a las multinacionales de comunicación y sus expresiones locales como los lugares que debían ser identificados, denunciados, combatidos, regulados. Por eso también nuestra convicción de que debíamos conocer de qué modo los mensajes de esas industrias afectaban los modos de pensar de la población, las representaciones de lo real que se construían y circulaban con fuerza hegemónica. La cuestión del lenguaje, de los modos de decir y narrar ocupaba un lugar principal en nuestros análisis. Pero también estaba ahí el público de los medios llenándonos de interrogantes. Y fue así que en 1974 organizamos desde una de aquellas cátedras, bajo la dirección de su profesor adjunto, Oscar Moraña—un formidable arquitecto semiólogo—, una investigación empírica sin precedentes en nuestra ciudad: el primer estudio sociológico sobre consumo de medios. Todavía recuerdo las tapas celestes del Manual del Encuestador que cada estudiante llevaba como ayuda del complicado sistema que habíamos diseñado para relevar primero y encuestar luego las viviendas de las manzanas escogidas en cada barrio de la ciudad incluido en la muestra; manzanas que debían dibujar cuidadosamente porque los registros de catastro existentes eran imperfectos 5 . La investigación quedó inconclusa; apenas habíamos empezado a procesar los datos cuando en 1975 la Escuela fue intervenida y muchos profesores fuimos echados. A pesar de ello, la recuerdo como mi primera experiencia de estudio sistemático del consumo de medios masivos que me habilitó, al llegar a Lima huyendo de la represión que azotaba al país, para comenzar a trabajar en el área de investigación del Centro de Teleducación de la 5 En 1976, cuando en plena dictadura militar se quemaron buena parte de los libros y documentos de la Escuela de Ciencias de la Información se contaba — jamás pude probar la veracidad del cuento — , que esos planos dibujados y utilizados para aquel estudio habían sido considerados prueba de las actividades subversivas que se desarrollaban desde ella. 28 In-disciplinada Pontificia Universidad Católica(CETUC), donde entre otras cosas produjimos un estudio similar al que habíamos diseñado en Córdoba 6 . Aprender la comunicación. Lo popular También fue en el CETUC donde mi andar se encontró con el camino de la comunicación popular. Pero sería más justo decir que fue el Perú, que fue Lima, los que posibilitaron ese encuentro que a su vez y como muchas veces he dicho, inauguró mi sentirme, mi saberme parte de América Latina y el Caribe. 7 Para contar ese encuentro tengo que comenzar hablando de Villa El Salvador. Y lo primero que veo, porque la imagen se me impone, es un recuerdo de comienzos de 1977, seis meses después de haber llegado a Perú: un enorme arenal ubicado a unos 20 km al sur de Lima poblado de casas de estera; un territorio inhóspito, seco, sin un verde bajo el cielo plomizo que cubre esa zona del país durante gran parte del año. Pero inmediatamente aparece en el recuerdo la otra cara de Villa: el playón del colegio de Fe y Alegría donde Michel 8 juega con un montón de chicos. Nos estaba esperando allí, para llevarnos al Centro de Comunicación Popular. Ese Centro que había creado en 1974 junto con vecinas y vecinos, jóvenes en su mayoría en el cual se proponían“poner los medios de comunicación y sus técnicas en manos de la población organizada de base”; e“incentivar y favorecer la participación democrática de las amplias mayorías de la población[en la organización comunal autogestionaria] evitando la “burocracia, el asistencialismo, el manipuleo, el verticalismo y todo lo que signifique antidemocracia para los pobladores”(Mata y otras, 1977, p. 17). Ese Centro al que UNESCO había donado diversos equipos y en razón de lo cual había pedido a la Universidad Católica que realizara una evaluación de su labor, tarea que fue encargada al CETUC. 6 Los resultados de la investigación se difundieron a través del primer artículo de mi autoría en una revista académica:“Medios y Sectores Medios limeños” en Medios Nº 2 , Revista del CETUC (PUC) Lima 1978. 7 Y aunque muchas personas que lean este libro no sepan quiénes son, no puedo dejar de nombrar a Rosa María Gastelumendi — por entonces administradora del CETUC — y a su esposo Bernardo Regal — filósofo profesor de la Universidad de Lima, donde también llegué a dictar algunos cursos de comunicación — como las primeras manos peruanas tendidas, a las que más tarde se sumarían las de personas entrañables como Rosa María Alfaro, Juan Gargurevich y Pierina Liberti, entre otros. 8 Michel Azcueta, por entonces docente y militante social, activo promotor de la organización autogestionaria de Villa que fue su primer alcalde electo, en representación de Izquierda Unida. Comunica P c r i e ó s n e P n o ta p c u i l ó a n r 29 Cuando releo el documento que contiene el resultado de aquella evaluación no puedo sino sonreír ante el aparato conceptual utilizado, tan alejado de esos objetivos. ¡Si hasta recurríamos a Abraham Moles! Me asombra la escasa capacidad que tuvimos de diseñar un estudio apegado a la dinámica del Centro, a sus condiciones, a las características de sus protagonistas; es decir, un estudio en el que fuera el carácter participativo y alternativo de las prácticas el que guiara la indagación. A pesar de ello, de la escasa contribución que supongo le hicimos al Centro con la información que produjimos, las horas que pasé en sus diferentes talleres—de historietas, de canto, de publicaciones, de cine y de audiovisuales—, las visitas a los distintos sectores de Villa acompañando a quienes producían Crítica —la revista del Centro— en su labor de reporteras y reporteros, me hicieron comprender que así como había un modo diferente de comunicar, hecho desde la voluntad organizativa y política de construir una comunidad democrática, tenía que haber otro modo de pensar esos modos de comunicar. Unos modos que entreveía leyendo a Paulo Freire o al Mattelart que reseñaba la experiencia de la prensa en los“cordones industriales” en los tiempos finales del gobierno de Salvador Allende (Mattelart, 1974), pero que comencé a comprender mucho más densamente al conocer los orígenes de Villa El Salvador, esa tierra que pobladores de tugurios y barriadas aledañas a la ciudad de Lima ganaron luchando cuando, a partir del 27 de abril de 1971, decidieron invadir terrenos donde vivir. Con gusto contaría esa historia, pero llevaría varias páginas y seguramente no lo haría del todo bien. Remito—para quienes se interesen— a uno de los tantos textos que da cuenta de ella(Blondet, 1991) y sólo diré que fue una historia en la que encontré varias claves que me permitieron pensar que la comunicación era algo más que los procesos de producción y recepción de mensajes que habíamos analizado en nuestra evaluación del Centro de Comunicación. Aquella experiencia de invasión de tierras del Estado iniciada por 200 familias que en muy poco tiempo llegaron a ser miles, ponía en evidencia modos de resistencia y organización popular que combinaba tradiciones y creencias ancestrales con saberes políticos y organizativos modernos; era manifestación de diálogos y alianzas entre sectores gubernamentales—eran los tiempos del General Velasco Alvarado— con sectores eclesiales inspirados en las ideas de Medellín y jóvenes intelectuales y militantes de partidos de izquierda y al mismo tiempo inauguraba—a mis ojos, al menos— unos modos de comunicar colectivos que no podían circunscribirse a mensaje mediáticos sino que eran unos modos de ser con los demás, de aprender con otros y 30 In-disciplinada otras, de reconocerse y valorarse, de sentirse parte de un mundo común que debía fortalecerse para poder sobrevivir y dar la batalla en el mundo de los otros, el que diseñaba el poder económico excluyente. Bien lo dice Luis Peirano, colega muy querido, en uno de los más interesantes textos sobre la experiencia del Centro de Comunicación Popular de Villa El Salvador: “Para los jóvenes de Villa El Salvador, la comunicación significaba, en primer lugar, un esfuerzo por pensar sobre sí mismos y expresar lo que tenían dentro.“Reflexionar y ensayar acciones que nos muestran cómo resolver nuestros problemas” es la respuesta común de los miembros del Centro al preguntárseles por el porqué de su trabajo en comunicación”(1995, p. 108). Aquel encuentro mío con la comunicación popular en medio del arenal de Villa El Salvador, se hizo más que encuentro modo de vivir por un buen tiempo, cuando ese mismo año Alfredo Paiva y yo fuimos convocados por CELADEC—la Comisión Evangélica Latinoamericana de Educación Cristiana, un organismo ecuménico de espíritu liberador— para organizar un programa de comunicación popular que acompañara los ya existentes programas de educación y documentación popular 9 . Fue allí, o mejor desde allí, que el aprendizaje se hizo cotidiano y a los golpes, como cuando se comienza a caminar. Ensayos y errores, búsquedas, tanteos, de vez en cuando la alegría de entender, de darse cuenta, de volver a empezar corrigiendo el rumbo. Retengo de aquel tiempo de aprender, muchos casos. Uno de ellos me servirá para explicar lo que se haría más largo sin estos recuerdos. En Brasil, una organización con la que CELADEC mantenía vínculos estrechos, nos demandaba formación para que líderes sindicales y de las comunidades eclesiales de base pudieran producir campañas de educación y propaganda a través de audiovisuales y cartelería, es decir, a través de sencillas colecciones de diapositivas, ni siquiera fotografiadas sino dibujadas en papel vegetal, y a través de carteles impresos mediante técnicas de serigrafía. Jamás supe dibujar, nunca manejé ni siquiera el más elemental estarcido. Pero el compañero que debía viajar a Brasil como responsable de esos talleres de comunicación popular—así les llamábamos a las instancias de formación que desarrollábamos— no pudo hacerlo. Y allá fui, con casi 9 Fue quien entonces coordinaba el Programa de Documentación Popular, José María Serra —comprometido intelectual argentino, amigo entrañable, exiliado como nosotros— quien nos abrió las puertas de ese espacio enriquecedor donde trabajamos junto a compañeras y compañeros de muchísimos países. Comunica P c r i e ó s n e P n o ta p c u i l ó a n r 31 nada de portugués y muchos menos conocimientos sobre las técnicas que quienes me esperaban demandaban conocer ¿Éramos irresponsables? Para nada. Una de las pocas cosas que Paiva y yo sabíamos—o al menos una de aquellas cosas en las que creíamos firmemente—, era que la comunicación popular era mucho más que saber técnico y que, enseñar, no era nada más que crear las condiciones para que las personas aprendieran. Porque pensábamos que siempre hay quienes saben, aunque uno no sepa. Y porque apostábamos a encontrar, en la práctica, en el trabajo colectivo, el saber en común. Resumo la historia: aquel taller fue un éxito. Al comenzar dije a quienes participaban que debíamos hacer todo colectivamente porque yo no sabía hacer audiovisuales ni serigrafía. Que cuando más podía proponerles pistas para pensar cómo acompañar comunicativamente la huelga que por aquel momento desarrollaba el Sindicato de Metalúrgicos del ABC y que, con ayuda de algunos manuales que habíamos producido, podía ayudarles a dar vida a las diapositivas y carteles que necesitaban; unos materiales que al finalizar el taller tenían todos los colores y formas de la cultura paulista; las que yo no hubiera podido imprimir a ningún relato, a ninguna imagen. Cuando muchos años después, en 1988, fui invitada por ese mismo sindicato a través de una enorme trabajadora de la comunicación popular, Regina Festa, para discutir con ellos la posibilidad de crear una radio para los trabajadores —ya que desde 1986 habían comenzado a desarrollar exitosamente la TV de los trabajadores— reencontré a algunos compañeros de aquel taller. Me preguntaron con picardía si de radio yo sabía algo. Les dije que nunca había hecho radio. Y entonces reímos juntos. Porque ellos sabían que eso no era necesario. Que lo único que hacía falta era construir las condiciones para pensar juntos. Y que en eso yo podía ayudarles. Porque era eso lo que la comunicación popular habilitaba para mí: la posibilidad de reflexionar sobre los vínculos e intercambios existentes en nuestras sociedades y los modos en que ellos podían inscribirse en lógicas emancipadoras. Aprender la comunicación. La investigación, los públicos En ese andar por los caminos de la comunicación popular, Radio Enriquillo, una emisora del sur de la República Dominicana, me marcó decisivamente. El prólogo de Investigación radiofónica, de las palabras a los hechos , un libro que escribí por encargo de UNDA-AL(la Asociación Católica de Radios) y ALER(la Asociación Latinoamericana de Educación Radiofónica) cuenta un cuento que en parte repetiré acá y explica esa afirmación 10 : 10 El libro es un Módulo del Programa a Distancia en Comunicación Radiofónica que esas 32 In-disciplinada “Comencé a escribir este texto hace muchos años en la cabina de grabación de una emisora del Sur de la República Dominicana.[…] Era septiembre del 80. Trabajaba en el programa de Comunicación Popular de Celadec, un organismo ecuménico con sede en Lima y junto con un centro dominicano de educación habíamos organizado un seminario invitando a Armand Mattelart, ese belga que tanto había pensado la comunicación trasnacional con corazón y ojos latinoamericanos. Finalizado el seminario decidimos que era bueno hacerle conocer a Armand una de las experiencias locales de comunicación popular y partimos para Tamayo, un pueblo pequeño, pobre, alegre y de gente entrañable donde funcionaba y sigue funcionando Radio Enriquillo[…] Hace quince años estas experiencias de radio no eran tan frecuentes como hoy. Armand y yo éramos puro oídos para el relato de ese trabajo creativo y exitoso de los Enriquillos y mientras escuchábamos, sentados alrededor de la mesa de la cabina de grabación — el lugar más fresco de la emisora — , las preguntas se nos agolpaban en la boca. Queríamos saberlo todo, queríamos comprenderlo todo acerca de esa radio: el porqué de su propiedad, el sentido que sus programas tenían para los oyentes, lo que para ellos representaba poder hablar libremente por ese medio… Y lo bueno fue que casi no encontramos respuestas porque los compañeros de la radio se preguntaban al igual que nosotros y más que nosotros. Sabían lo que hacían guiados por su compromiso, sus conocimientos y su intuición, y suponían razones para explicar lo que ocurría. Sin saberlo, lanzaban hipótesis… La idea fue de Armand ¿Por qué no estudiar lo que pasaba?, ¿por qué no pensar en una investigación que permitiera comprender la clave de aquella experiencia?[…] la palabra investigación sonaba a algo grande e inalcanzable. Los compañeros de radio Enriquillo sabían hacer radio; yo andaba pensando hacía tiempo los problemas de la comunicación popular, pero mi fuerte — si algo fuerte había en mí por aquel entonces — era la prensa. Sin embargo, el desafío nos ganó a todos. Necesitábamos saber. Deseábamos saber, buscar respuestas. organizaciones desarrollaban junto a la OCLACC(Organización Católica Latinoamericana y Caribeña de Comunicación) Comunica P c r i e ó s n e P n o ta p c u i l ó a n r 33 Meses después comenzamos un estudio que nos llevó todo un largo año y que luego compartimos en un libro publicado por ALER, Radio Enriquillo, En diálogo con el pueblo (Quito,1985). No siempre una nueva tarea significa un comienzo. Pero la investigación sobre Radio Enriquillo lo fue. Tras esa experiencia los directivos de ALER me convocaron para ser parte del equipo de su Secretaría Ejecutiva y apoyar a las radios afiliadas en sus esfuerzos por conocer y mejorar su práctica. Eso fue en 1982”(Mata, 1995, p. 13-15). No es casual que en varios artículos reunidos en este libro hable de aquel estudio realizado con quienes hacían Radio Enriquillo , y que la investigación de la comunicación popular sea el tema central de varios otros. Es que mi trabajo en ALER, que se extendió de variadas maneras por muchos años—desde 1982 hasta 1995, diez años después de haber regresado a Argentina—, fue bastante más que una ocupación profesional. Significó la oportunidad de aprender a investigar y no cualquier cosa sino lo que le pasaba a la gente con las radios populares, lo que posibilitaba que se asumieran como sus públicos; lo que de necesidad y deseo se tramaba en la escucha; lo que desde la producción se diseñaba y el modo en que se establecían correspondencias o distancias insalvables; los modos en que esa relación intervenía en el consumo de otros medios masivos; las causas por las cuales en algunos casos—como el de Enriquillo—, una emisora llamada a combatir los poderes establecidos gozaba de mayor popularidad que cualquier otro medio de la región, o las causas por las cuales emisoras con idénticos objetivos resultaban experiencias marginales al sistema de medios, y apenas eran escuchadas por quienes compartían las mismas inquietudes sociales y políticas y formaban parte de las organizaciones con las cuales se vinculaban. Claro que ese aprender no fue sencillo. Después de la experiencia insatisfactoria de la evaluación sobre el Centro de Comunicación Popular de Villa El Salvador, me dije que la investigación de prácticas populares de comunicación tenía que realizarse con sus protagonistas. Recurrí a quienes ahora son clásicos y en aquel momento estaban en plena producción: Orlando Fals Borda, Michel Thiollent y Pedro Demo fueron, sin dudas, mis mejores maestros. Las proposiciones de la investigación-acción, la investigación alternativa y la investigación participante fueron los cauces que me permitieron organizar aquella experiencia en la que compartí responsabilidades con los compañeros y compañeras de Enriquillo 11 y dos 11 No puedo dejar de mencionar a quienes eran, por entonces, integrantes del equipo de 34 In-disciplinada integrantes del CEDEE(Centro Dominicano de Estudios de la Educación) Miriam Camilo Recio y Arturo Jiménez Sabater; ella aportando sus saberes sobre la realidad y los campesinos dominicanos; él analizando su lenguaje a partir de riquísimas reflexiones sobre el habla popular. Y yo, mezclando metodología innovadora con las nociones sobre la cultura masiva y los medios que por entonces predominaban dentro de lo que solía denominarse el pensamiento crítico dentro del campo. Nociones que postulaban esa cultura y esos medios como dispositivos de dominación ideológica ante los cuales cabía diseñar alternativas superadoras. Por eso, lo que en aquella investigación nos propusimos, no fue un mero estudio cuantitativo de audiencias que nos indicara la mayor o menor popularidad de Enriquillo. La exhaustiva encuesta que realizamos se completó con la recolección de testimonios—para reconstruir el tipo de interacciones y vínculos de la población del Sur con la emisora— y con el análisis de contenido en clave semiótica de la programación, porque postulábamos que era también a nivel discursivo donde debíamos buscar las claves de la alternatividad y la popularidad del medio. A esa primera investigación le sucedieron muchas otras realizadas en Panamá, Costa Rica, Venezuela, Perú, Bolivia y Argentina. Siempre con la participación de las y los integrantes de las radios en su diseño y ejecución, en la interpretación de los datos y en la elaboración de conclusiones orientadas hacia la acción, como expongo con bastante detalle en un texto hasta ahora inédito—“La investigación en las radios populares”—, que fue, en 1992, la base de un seminario que organizamos desde ALER para compartir, con compañeras y compañeros de muchos países, las ideas que nos guiaban al investigar, lo que buscábamos, lo que íbamos aprendiendo. Pero si reconozco al trabajo con Radio Enriquillo un carácter decisivo, no fue sólo por ser la primera de aquellas investigaciones. Sino porque fue desde entonces que comencé a pensar en otra clave las relaciones entre lo masivo y lo popular. Y sé que, al decirlo de ese modo, buen número de quienes lean esto ya deben sospechar y acertadamente a quien voy a referirme en los párrafos que siguen. Desaprender Otra vez recurriré a una historia. Esta vez, muchas veces contada. conducción de la emisora: Humberto Vandenbulcke, José Ignacio López Vigil, Andrés Geerts, Argelia Estévez y Felicia Fermín. Fueron colegas, amigas y amigos de quienes aprendí mucho de lo que sé acerca de las radios populares y ¡hasta a bailar merengue y bachata! Comunica P c r i e ó s n e P n o ta p c u i l ó a n r 35 La conté en dos libros que se produjeron al cumplirse los 30 años de la aparición, en 1987, del texto mayor de Jesús Martín-Barbero, De los medios a las mediaciones. Comunicación, cultura y hegemonía ; y volví a contarla a partir de junio de 2021, cuando en varias ocasiones y ámbitos fui convocada para celebrar la vida y obra de Jesús, luego de su muerte 12 . “[…] conocí a Jesús en 1982. Todavía conservo copia de la conferencia policopiada — como se usaba por entonces, ya que lejos estábamos del mundo digitalizado — que nos entregaron en el Primer Foro Internacional de la Comunicación Social sobre Comunicación y Poder organizado por la Universidad de Lima. La conservo como constancia de una marca. De un momento bisagra para mí como luego su pensamiento lo sería para otros. “Estos apuntes — así abría Jesús aquella conferencia que justamente había titulado‘Apuntes para una historia de las matrices culturales de la massmediación’ — , se ubican a medio camino entre la reflexión exigida por la crisis de los modelos teóricos y políticos desde los que hasta hace poco eran pensadas las luchas de las clases populares y la‘especificidad’ conquistada por la reflexión latinoamericana sobre los procesos de comunicación masiva”. Fue ese entre el que desde el arranque me llevó a escucharlo con particular interés o mejor sería decir, movida por la necesidad. Por entonces, desde mi precario saber comunicacional, conducía una investigación participativa con compañeros de Radio Enriquillo en el sur de República Dominicana, tratando de comprender las claves de la popularidad de aquella emisora que además — y para asombro de quienes estaban habituados a pensar los medios alternativos de comunicación como experiencias poco exitosas en términos masivos — era considerada por los habitantes de la región“el jorcón del medio” — ese palo que sostiene la casa — porque sin ser propia se había metido en su vida cotidiana y sus luchas para que ellos pudieran hablar y contar en ese doble sentido del relatar y el ser tenidos en cuenta del que el propio Jesús hablaría años más tarde(Martín- Barbero, 2005). Y pensando la relación que existía entre esa vida y esas luchas populares y lo que 12 Me refiero a los artículos“De los medios a las mediaciones: Para recordar y seguir pensando”, en de Moragas, Terrón y Rincón(editores), De los medios a las mediaciones de Jesús Martín-Barbero, 30 años después, INCOM UAB, Barcelona, 2017 y“De los medios a las mediaciones o de cómo cambiar la cancha en que hemos jugado” en Omar Rincón(ed.), Pensar desde el Sur. Reflexiones acerca de los 30 años de los medios a las mediaciones de Jesús Martín- Barbero, FES Comunicación, Bogotá 2018. Los párrafos transcriptos corresponden a uno de los textos elaborados para recordar a Jesús. 36 In-disciplinada un medio masivo podía expresar y construir entre ellas, yo utilizaba el aparato teórico que por entonces representaba el pensamiento crítico; esas perspectivas que, entre otras cosas, consideraban el esquematismo y la reiteración melodramática de los relatos como un recurso de adormecimiento de la conciencia; un dispositivo que impedía a los consumidores de medios masivos pensar la diferencia y la transformación. Y sucedió que, al promediar aquella conferencia, Jesús MartínBarbero planteó aquello de que“lo masivo se ha gestado lentamente desde lo popular” adjudicando a un“enorme estrabismo histórico” o a un“profundo etnocentrismo de clase” la imposibilidad de pensarlo más que como decadencia o dominación y, en oposición a ello, la necesidad de recuperar las marcas de la cultura popular activada pero al mismo tiempo reificada. La necesidad de asumir que“la gestación y desarrollo de‘lo masivo’ es históricamente la de una mediación que incomunica, ya que produce a la vez la diferenciación, la separación de dos‘gustos’ y la negación de esa diferencia en el imaginario colectivo”. Para sostener su argumento Jesús desplegaba un saber, unas referencias teóricas, unas tradiciones provenientes de la historia, de la teoría literaria y del arte que yo conocía — aunque mucho más pobremente que él — porque me había formado en el campo de las letras 13 . Y sin embargo, escuchándolo, sentí que metida en el campo de la comunicación –por entonces no consolidado-, yo había olvidado aquellos saberes; que en lugar de cultura, de sentidos que se producían al vincular historia y experiencia cotidiana, yo leía en los medios — aún en los que buscaban ser lugar de expresión de la voz popular — sólo la marca de la fabricación mediada tecnológicamente para las masas. Y de ahí, por ejemplo, que en la repetición de personajes, secuencias y desenlaces propia de los sociodramas producidos por los compañeros de Radio Enriquillo, yo no podía ver unos códigos populares — los modos populares de trasmitir el saber — sino mera serialidad que debía desterrarse para favorecer el pensamiento crítico, una conciencia clara acerca de la dominación que los habitantes del sur dominicano vivían. Apenas terminó su conferencia, me le acerqué y le dije que tenía 13 En el texto que cito no detallé, como sí lo hice en esta introducción, aquellos estudios míos sobre la cultura masiva argentina a través de la cual los sectores medios y una parte de los sectores populares se hicieron públicos, consumidores de la prensa periódica pero también, en muchos casos, lectores de productos literarios. Comunica P c r i e ó s n e P n o ta p c u i l ó a n r 37 que hablar con él, que sus planteos —e sos vinculados con lo masivo gestado desde lo popular — me habían hecho sentir que yo estaba haciendo todo mal. Esa misma siesta tomamos un café y le confesé las razones de mi malestar; un sentimiento de enojo conmigo misma por haber olvidado todo lo que él planteaba y que yo, a partir de las lógicas de la manipulación y el dominio de unos sobre otros predominantes en los estudios críticos de comunicación, había desechado como saber útil para entender los medios y sus usos. Esa misma tarde volvimos a encontrarnos porque los organizadores del foro le habían encomendado ser comentarista de un panel sobre comunicación popular en el que participábamos Rosa María Alfaro 14 y yo. Cuando terminé de exponer los avances de mi investigación sobre la que habíamos estado hablando, Jesús con ese tono a medias irónico y simpático tan suyo me dijo“¡suerte que estabas haciendo todo mal!”, en un claro reconocimiento a mis esfuerzos por estudiar una práctica de comunicación alternativa sin violentar su naturaleza”(Mata 2021, pp. 13-15). Empezó así mi larga amistad con Jesús y un diálogo enriquecedor que, entre otras cosas, me permitió recordar, es decir volver a pasar por el corazón—ese lugar en que griegos y latinos colocaban la mente— autores, historias, prácticas, pensamientos que muchos habíamos desestimado como necesarios para pensar la cultura de aquella época que denominábamos masiva. Así, recordando la trama histórico-cultural que produjo la masificación de nuestras sociedades—que yo había analizado exhaustivamente para el caso argentino al realizar aquel estudio preliminar de la Revista PBT — pude pensarla en términos de proceso largo y no como suma de tecnologías y productos, sino como tejido en el cual esas tecnologías y productos—los medios en su dimensión técnica y sus mensajes, pero también sus productores y lógicas empresariales— se articulaban con historias particulares, con cotidianeidades plurales. A partir de entonces, el camino se volvió más difícil. En las instituciones y organizaciones que alentaban prácticas de comunicación popular fue costoso romper el cerco estrecho de lo popular como conciencia esclarecida o pura dominación para entenderlo como mezcla compleja de constricciones, resistencias y creaciones liberadoras. 14 Educadora y comunicadora peruana, animadora de muchas y relevantes experiencias de comunicación popular, entre ellas, la Asociación Calandria, de Lima. 38 In-disciplinada No fue fácil instalar la necesidad de desustancializar a los integrantes de los sectores populares y lograr su reconocimiento como sujetos de identidades múltiples, cuerpos sufrientes y deseantes, subjetividades construidas desde las tradiciones, la hegemonía y también desde los sueños y las iniciativas de transformación social y cultural. Tampoco fue sencillo construir consensos en torno a la noción de masividad como no antagónica de la comunicación popular 15 . Trabajé cuanto pude en ese sentido. Recuerdo una intervención que realicé en el Seminario“Una década de comunicación popular en Perú”, organizado en 1991 por el Taller de Comunicación Popular del CEAAL bajo la consigna Modernidad y cambios culturales actuales . La ponencia tenía un título provocador—“Lo masivo, ámbito cultural de la comunicación popular”— y aún hoy recuerdo cuántas polémicas suscitó. Pero también que fue el comienzo de un andar a dos bandas que siento nunca abandoné: andar en la academia produciendo algunos conocimientos sobre el orden comunicativo hegemónico que dialogasen con aquellas prácticas que buscaban alterarlo y con las cuales trabajaba cada vez que era convocada para contribuir a pensarlas o investigarlas. Y volver a empezar…. Las revisiones de perspectivas y nociones, la recuperación de saberes postergados me permitieron escuchar las preguntas que formulaban quienes dejaban de interrogarse acerca de lo que los medios le hacían a las personas y a las sociedades; me permitieron comenzar a buscar con ellos otros puntos de apoyo, otras vías para comprender de qué modo la sociedad se hacía a sí misma a través de esos medios; de qué modo se tejían en ellos identidades y se producían y reconocían diferencias y distancias insalvables. Ese volver a empezar coincidió con mi regreso a Argentina. Hay en este libro un artículo muy poco conocido, publicado en un volumen editado en 1988 por Néstor García Canclini y Rafael Roncagliolo, y que fue originalmente una ponencia presentada en el Seminario Cultura Trasnacional, Culturas Populares y Políticas Culturales , organizado en agosto de 1985 por el IPAL(Instituto Para América Latina) y el CINEP(Centro de Investigación y Educación Popular) en Bogotá. El Seminario se proponía, entre otros 15 En algunos artículos de este libro, como“Radios populares: aportes para pensar la comunicación” o“Jóvenes y radios populares: ¿nuevas búsquedas o productos del mercado?” se alude a ese tipo de tensiones. Comunica P c r i e ó s n e P n o ta p c u i l ó a n r 39 objetivos, discutir las perspectivas teóricas y metodológicas para abordar las que se consideraban complejas relaciones entre la“cultura trasnacional” —como se la denominaba por entonces— y“las manifestaciones culturales y comunicativas populares y nacionales”. En el texto de la convocatoria se señalaba:“para replantear lo que hoy debe hacerse, es necesario encontrar un camino que no sea ni‘academicista’ ni‘activista’, que logre integrar el análisis y la acción”(García Canclini y Roncagliolo, 1988, p. 11). Nuestra ponencia—hablo en plural porque fue un texto colectivo producido con Patricia Acevedo y Cristina Barrandeguy, compañeras del SEAP(Servicio a la Acción Popular)— se situaba justamente en esa intersección. Revelaba un esfuerzo de comprensión de lo popular desde las urgencias e interrogantes de la práctica. Es que al llegar a Córdoba, a comienzos de 1985, luego de nueve largos años de exilio, Alfredo Paiva y yo nos integramos al equipo del SEAP, una organización no gubernamental constituida desde 1982 por un grupo de militantes sociales que apoyaban acciones reivindicativas desarrolladas por habitantes de varias villas miserias de la ciudad en torno a carencias vinculadas con sus terrenos y viviendas. En esos años—como relatamos en el artículo—, fueron haciéndose visibles los que eran por entonces problemas generalizados de los sectores populares argentinos: sus debilidades organizativas y su desarticulación. Problemas que, según manifestaban los villeros, no existían de ese modo antes ; un antes que se remontaba siempre en los relatos al tiempo anterior a 1976, a las épocas previas al golpe de Estado, cuando habían existido múltiples experiencias organizativas. Pero lo que las compañeras y compañeros del SEAP encontraban en sus prácticas de educación popular era que entre aquel antes y el ahora había un vacío; un tiempo del que casi no se hablaba, pero cuyas marcas estaban ahí, en la falta de participación en iniciativas colectivas, en las desconfianzas y miedos, en las dificultades para asumir liderazgos, en el silencio como modo de sobrevivir. Entre el saber experiencial de las compañeras y compañeros del SEAP y mi aprendizaje latinoamericano sobre la recuperación de memorias populares como vía para el reconocimiento identitario y la posibilidad de asumir la propia voz, diseñamos un proyecto al que denominamos Memoria y Acción Popular . Nos propusimos recuperar y elaborar conjuntamente con grupos de villeros su experiencia durante los años de la dictadura militar, para saber qué les había pasado, para conocer con ellos las transformaciones objetivas y subjetivas vividas en aquel tiempo. Porque nos decíamos que sin 40 In-disciplinada ese saber desde sí mismos sería muy difícil que volvieran a asumirse como protagonistas de la vida social y política en democracia. Esa fue, tal vez, la última marca definitoria de mi caminar. Asumir que esa nueva institucionalidad recuperada en el país al que había regresado desde el exilio, constituía un piso insoslayable para la reflexión teórica. En esa marca, además del trabajo realizado desde el SEAP durante más de un año en varias villas de Córdoba, debo reconocer la presencia de Oscar Landi, uno de los primeros intelectuales argentinos a quienes leí al regresar de Ecuador y que mucho me ayudó a pensar en esos años. Sus estudios realizados y publicados en el CEDES(Centro de Estudios de Estado y Sociedad) fueron sustantivos para reconocer, como él decía, la vinculación entre“las operaciones simbólicas e imaginarias de los medios” y la “constitución de los actores políticos” ya que lejos de cualquier concepción determinista o conspirativa, lo que pensaba Landi—tan preocupado por los receptores como yo— era que los medios“intervienen en la formación del sistema de reconocimiento de los individuos entre sí, son un ingrediente interno a la formación del poder”(Landi, 1982, p. 63). Así fue como, a finales de los años 80, me dediqué a analizar las que denominé radios de audiencia popular de Córdoba. No para criticarlas o denunciar sus vinculaciones con el poder—que efectivamente tenían—, sino porque en tanto eran las emisoras que escuchaban los sectores populares de la ciudad, sostuve que en sus discursos y en el modo en que eran escuchadas podían encontrarse pistas para saber cómo se definían a sí mismos esos sectores sociales; cómo se pensaban y cómo pensaban sus interacciones con el resto de la sociedad. Algo que durante nuestro trabajo de producción de memorias habíamos reconocido como una necesidad de primer orden, luego de que las políticas represivas y empobrecedoras de la dictadura militar hubieran transformado sustantivamente los modos de ser y vivir de esos sectores que eran claves para la democratización de nuestra sociedad. La convicción de que los medios de comunicación eran inescindibles de la cultura y el poder, la convicción de que no eran mera causa exterior provocadora de unos ciertos efectos, estuvo en la base de las reflexiones que desde comienzos de la década del 90 producíamos en el Área de Comunicación del Centro de Investigaciones de la Facultad de Filosofía y Humanidades(CIFFyH) de la Universidad Nacional de Córdoba, que coordinó desde su creación Héctor Schmucler. Comunica P c r i e ó s n e P n o ta p c u i l ó a n r 41 Era una década propicia para ello. Un tiempo de pérdida de certezas ideológicas y políticas en muchos países latinoamericanos. Una década de tembladerales teóricos y giros conceptuales. Mi pleno reingreso a la universidad, las becas de investigación que obtuve del Conicet, mi trabajo primero en el CIFFyH y luego en el Centro de Estudios Avanzados, también de la Universidad de Córdoba, me facilitaron la posibilidad de estudiar sistemáticamente lo que yo reconocía como ámbito de las prácticas de comunicación popular: la cultura masiva que tiempo después—en“De la cultura masiva a la cultura mediática”, incluido en este libro— complejizaría. Vivíamos un tiempo en que la creciente mediatización de la sociedad nos llenaba de preguntas. Entre otras cosas, como dije hace no mucho tiempo, invitada para inaugurar una nueva cohorte de la Diplomatura en Comunicación Política que se dicta en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires 16 , la vinculación entre comunicación y política representaba un verdadero parte aguas. Me refería así a los debates que, simplificando un poco las cosas, enfrentaban dos tipos de pensamientos. Por un lado, el que expresaba el recelo, las acusaciones a la comunicación—a las tecnologías y medios, muy especialmente a la televisión— de todos los males que padecía la política; es decir, la crisis del sistema de partidos, la desafiliación de muchas personas de los espacios organizativos y militantes, la falta de representación de la ciudadanía, la pérdida de centralidad de relatos colectivos como principios de identidad nacional, por nombrar algunos de esos males. Por otro lado, el lugar donde se atrincheraba la fascinación de quienes, sin desconocer la crisis de la política, confiaban en que su restauración e incluso la restauración de una democracia vigorosa, tenía un poderoso instrumental en las tecnologías y estrategias de comunicación. Desde el Área de Comunicación del CIFFyH, insatisfechos con esas discusiones improductivas que no eran sino contraposición de críticas y elogios, organizamos en 1991 un Seminario destinado a debatir exhaustivamente la cuestión.“¿Cómo actúa esta nueva cultura—la mediática— sobre las prácticas políticas que se constituyeron en marcos sociales sustentados en otras tradiciones intelectuales y que durante siglos mantuvieron algunas continuidades? ¿Existe un lugar para la política en la cultura mediática?”(Schmucler y Mata, 1992, p.11). Esas eran las preguntas centrales que formulábamos. En algunas de las intervenciones que se 16 La conferencia dictada en esa ocasión se publica aquí bajo el título“Comunicación Política: Conflicto, acuerdos y hegemonía” 42 In-disciplinada realizaron en el seminario y en la intensa discusión que se produjo durante la última jornada entre quienes habíamos asistido 17 , esas posturas dicotómicas se manifestaron claramente. Pero también estuvimos quienes propusimos lecturas superadoras del binarismo que ensalzaba o condenaba lo que la comunicación mediática le hacía a la política. En mi caso, ante los discursos simplificadores que postulaban que en la nueva escena cultural la política se había desplazado de la plaza —el lugar público de los intercambios directos y la acción, de procesos de aglutinamiento y representación— a la platea —lugar de la actuación más que de la acción; sede del espectáculo y los espectadores—, propuse, como puede leerse en “Entre la plaza y la platea”, una“respuesta conjetural”—ni siquiera me animé a formular una hipótesis—: propuse“suplantar la idea del desplazamiento acabado o la simple sustitución por la de una tensión, por la idea de un espacio virtual, construido entre la plaza y la platea” para así poder“avanzar en la comprensión del complejo proceso de resignificación de la política que se está operando en nuestra sociedad”. Las investigaciones sobre el modo en que los sectores populares cordobeses construían su relación con unas ciertas emisoras, la lectura que en el texto al que acabo de aludir hice de algunas luchas protagonizadas por sectores obreros en clave de espacio virtual de actuación y representación fueron el suelo para lo que fue, seguramente, una de mis mayores apuestas: el intento por comprender el sentido que tenía el ser público de los medios masivos. A partir de entonces se sucedieron muchos años de investigación sistemática junto a un valioso grupo de colegas en el Área de Comunicación del Centro de Estudios Avanzados. Años en que fuimos entrelazando problemas y perspectivas, preguntas, ciertos hallazgos y nuevas inquietudes. Un modo de producir en el cual traté de poner en práctica las enseñanzas de Raymond Williams mencionadas en más de uno de mis textos, para quien “una sociología de la cultura adecuada debe articular los conceptos locales específicos con los conceptos generales…[por lo cual] no puede evitar la aportación instructiva de los estudios empíricos y de las posiciones teóricas y cuasi-teóricas existentes. Pero debe estar en condiciones de reelaborar y reconsiderar todo el material y los conceptos heredados, y presentar sus propias contribuciones dentro de la interacción abierta entre la evidencia y la interpretación 17 Participaron en el mismo figuras tan relevantes como las de Héctor Schmucler, Oscar Landi, Beatriz Sarlo, Francisco Delich, Nicolás Casullo, Christian Ferrer, Ricardo Forster, entre otras. Comunica P c r i e ó s n e P n o ta p c u i l ó a n r 43 que es la verdadera condición de su adecuación”(Williams, R., 1981, pg. 33). Así, conjugando evidencia empírica con discusiones conceptuales, transité durante varios años la problemática de los públicos masivos. Luego, a poco de comenzar el siglo, abordaría la cuestión de la ciudadanía y más precisamente la de la ciudadanía comunicativa. Fue una noción que tuvo su origen en una profunda incomodidad y en la necesidad de encontrar un suelo teórico desde el cual pensar y trabajar con solidez mientras avanzaban modos cada vez más sofisticados de entorpecer las luchas por el hacerse oír y ver. Esas luchas que se daban desde las prácticas de comunicación popular que seguí acompañando, con muchas de las cuales compartí el espacio de la Coalición por una Radiodifusión Democrática 18 . ¿A qué incomodidad me refiero? Históricamente, la comunicación popular se había caracterizado en América Latina por su organicidad respecto de los movimientos y proyectos políticos contra hegemónicos. De ahí que las luchas por el hacerse oír y ver se asimilaran a las estrategias que el pueblo o las clases populares se daban para alterar un orden estatuido injusto y excluyente. Pero a comienzos de este siglo, de la mano del neoliberalismo que impregnó la economía de nuestros países y el pensamiento de un sector de su intelectualidad, en algunos textos y propuestas de comunicación para el desarrollo, por ejemplo, comenzaba a emplearse la noción de ciudadanía suplantando la dimensión de diferencia radical contenida en la noción de pueblo. Ser ciudadanos implicaba no confrontar y en cambio buscar consensos; la comunicación ciudadana era la que recuperaba el diálogo y el entendimiento por sobre el enfrentamiento y la lucha derivada de la conflictividad. Yo me preguntaba entonces dónde quedaban las voces subalternas, dominadas, explotadas, si se escamoteaba el conflicto irreductible que constituye la marca de nuestras sociedades capitalistas, coloniales y patriarcales y también de la democracia. Un régimen que no pienso como maquinaria de producción de consensos sino a la manera de Ricardo Forster cuando evoca a Jacques Rancière, como 18 La Coalición, movimiento aún existente en Argentina, integrada por medios comunitarios, organizaciones sociales y sindicales, universidades y organismos de derechos humanos, surgió en 2004, como espacio orientado fundamentalmente a lograr la derogación de la ley de radiodifusión vigente por entonces en el país, que había sido dictada por el gobierno dictatorial y reemplazarla por una nueva legislación para el sector de medios audiovisuales. 44 In-disciplinada El nombre de una grieta en la estructura del poder; la evidencia de un desafío que los incontables de la historia nunca han dejado de hacerle al poder; y que sigue proyectando su sombra desde la antigüedad griega; la persistencia de una exigencia de igualdad en contraposición a la continuidad, evidente o solapada, de una jerarquía estructurada como diferencia de clase[ese régimen] donde los cuerpos de los incontables batallan por hacerse más visibles en medio de la invisibilización de los muchos(Forster, 2011, p. 31) Entonces, a contrapelo de las perspectivas liberales e institucionalistas de asumir la ciudadanía, recurrí al pensamiento de quienes caracterizaban a nuestros países como sociedades de ciudadanías incompletas o precarias, en las cuales mientras la ciudadanía jurídica nombra la igualdad ante la ley crecen las desigualdades e injusticias, crece la imposibilidad de ejercer los derechos institucionalmente admitidos 19 . Ese camino abría otra perspectiva desde la cual la noción de ciudadanía podía volverse potente para pensar la resistencia, la lucha y su articulación con la comunicación. Desde otro lugar, algunos filósofos franceses como Laurence Cornu o Patrice Vermeren sostenían que en realidad nadie es ciudadano o ciudadana todo el tiempo por más que ello esté escrito en las constituciones y leyes, sino que somos ciudadanos o ciudadanas cada vez que nos reivindicamos y actuamos como tales en el espacio público. Es decir, cada vez que una voz encarna un derecho no satisfecho o un nuevo derecho a conquistar, interrumpiendo de ese modo los discursos legítimos, elaborados y pronunciados desde el orden estatuido. Conjugando esos pensamientos, yo que anduve por los caminos de los estudios culturales y la comunicación popular, que traté de comprender en numerosas investigaciones empíricas qué consecuencias tenía el haber sido constituidos como públicos por los medios masivos a la hora de actuar social y políticamente, comencé a preguntarme también a través de diferentes investigaciones realizadas colectivamente desde el Programa de Estudios sobre Comunicación y Ciudadanía del Centro de Estudios Avanzados, que habíamos creado en 2005 20 , si existían o no en nuestra sociedad condiciones 19 Sólo a manera de reconocimiento recuerdo aquí los aportes realizados por diversos intelectuales argentinos y latinoamericanos como Manuel Garretón, Sergio Caletti, Isidoro Cheresky, Hugo Quiroga, Amparo Menéndez Carrión, Federico Schuster, Evelina Dagnino, entre otras y otros. 20 El equipo que animó fundamentalmente ese Programa y con el que desarrollamos numerosas y variadas investigaciones estuvo integrado, en sucesivos años, entre otros, por Pablo Carro, Liliana Córdoba, Magdalena Doyle, Martín Ghisio, Libera Guzzi, Santiago Martínez Luque, Valeria Meirovich, Daniela Monje, Susana Morales, Josefina Pividori. Comunica P c r i e ó s n e P n o ta p c u i l ó a n r 45 para ser ciudadanos en materia de comunicación; es decir, condiciones para poder reclamar derechos en ese terreno. En otras palabras, comencé a preguntarme por qué razones el derecho a informarse adecuadamente y a expresarse libremente que se reconoce a los profesionales de los medios de comunicación, a los empresarios del sector e incluso a ciertos poderes e instituciones del Estado, no era un derecho internalizado por grandes sectores de población como derecho humano fundamental. Los años en que se produjo el rico debate público sobre la necesidad de derogar la ley de radiodifusión dada por la dictadura militar y de producir una nueva regulación para democratizar el acceso a medios audiovisuales fueron años de gran aprendizaje en ese sentido. El modo en que esa ley, que a nivel internacional se reconocía como de avanzada, fue rápidamente desguazada en enero de 2016, también nos enseñó la debilidad que suelen tener las voces subalternas, los sectores marginados del poder económico cuando se trata de avanzar en la conquista de derechos. Pero también recordé por entonces un aprendizaje hecho en mis años de militancia en el campo de la comunicación popular en América Latina: las derrotas, los fracasos, nunca son totales. Lo vivimos de cerca, en carne propia por ser mujeres, no hace mucho tiempo. El 8 de agosto de 2018 y durante la madrugada del 9 de agosto, miles y miles de nosotras estábamos en las calles de Córdoba de vigilia , como decíamos, acompañando, siguiendo paso a paso el debate que se desarrollaba en el Senado de la Nación de la ley destinada a garantizar la interrupción voluntaria del embarazo. En varias ocasiones, esa verdadera marea verde que conformábamos se unía en un grito que decía“ahora que estamos juntas… ahora que sí nos ven”. Se producía así un momento de ciudadanización; uno de esos momentos en que las palabras otorgan presencia a un cuerpo colectivo—en este caso el de las mujeres— que busca modificar el lugar que se le ha asignado cultural, económica y políticamente. Sin embargo, y a pesar de que las mujeres fuimos millones en las calles no sólo de Córdoba sino de todo el país, la ley no fue aprobada. Porque el ejercicio de la ciudadanía comunicativa, ese poder mostrarse y expresarse en el espacio público como lo que se es, incluso cuando se articula a una significativa acción colectiva, no produce necesariamente el éxito empírico de esa acción. Sin embargo, ello no quiere decir que esa palabra pública no tenga lo que suele denominarse fuerza ilocutoria e incluso eficacia performativa; es decir, que no logre inscribir en la agenda y la opinión pública una voz, un decir que trastorna el discurso hegemónico. Dos años más tarde la ley de interrupción 46 In-disciplinada voluntaria del embarazo fue aprobada y eso no sólo se debió a un cambio en la composición del parlamento nacional sino a la consolidación de esa propuesta en términos sociales, aunque todavía en muchos lugares del país ciertos poderes traten de obstaculizar la aplicación de la ley. He dicho muchas veces que lo que no debemos perder de vista es que esa ilocución, que es siempre un riesgo, una apuesta, una manifestación de lo reprimido que pugna para modificar su estatuto social, se produce en el mismo espacio mediatizado en el cual la concentración del poder se revela con tanta fuerza como la que posee en el terreno económico. Siempre fue ese, a mi entender, uno de los mayores desafíos que tenemos al investigar la comunicación: interrogar el lugar que ocupan las palabras adversativas en la escena pública hegemónica que es, sin dudas, una escena mediática y tecnologizada; preguntarnos cuáles son las condiciones que garantizan o debilitan su eficacia. Podría pensarse que para ello basta analizar casos específicos, el modo en que se han gestado esos colectivos que se expresan ejerciendo su condición ciudadana para encontrar las claves que nos permitan comprenderlos y extraer enseñanzas cuya acumulación nos pondría en la buena senda para construir sociedades comunicativamente igualitarias. La verdad, descreo del recurso a la mera sistematización de experiencias e incluso a complejos estudios etnográficos que—y acá retomo la impronta de las enseñanzas de Williams y Martín-Barbero— no produzcan sus objetos de análisis a partir de una caracterización conceptual, de un trabajo categorial que permita analizar esos casos desde la experiencia comunicativa en que ellos se inscriben. Y cuando hablo de la experiencia no estoy pensando en lo vivido en términos pragmáticos por cada individuo, sino como bien se ha planteado desde diferentes perspectivas de los estudios culturales, pienso en el modo en que esas prácticas individuales se insertan en espacios colectivos, en su historicidad y en la autopercepción de lo vivido como fundante de la subjetividad. En ese sentido, con parte de quienes integraban el Programa de Comunicación y Ciudadanía del CEA—y esa fue mi última apuesta de investigadora— decidimos adentrarnos en lo que considero el corazón de la experiencia comunicativa actual: las ideas y las prácticas de información. Unas ideas y prácticas construidas básicamente a partir de la mediación tecnológica que incluye tanto los dispositivos a partir de los cuales se producen contenidos y se accede a ellos, como la ideología tecno-progresiva que postula un nuevo modo de integración a la sociedad en general y a la propia comunidad. Los Comunica P c r i e ó s n e P n o ta p c u i l ó a n r 47 avances en torno a ese nuevo objeto, que es sin duda un nuevo problema de nuestro campo, pueden leerse en“La información mediática y la regulación de la experiencia”, una ponencia presentada en el I Congreso Nacional de Ciencias Sociales, fruto de esa investigación colectiva 21 . Sigo pensando, y no sé hasta qué punto logré expresarlo en ese texto, que nos faltan nociones y estrategias metodológicas para acercarnos a esa experiencia hoy estructurante de nuestra vida en común: a la información que es más que datos y contacto; que es un modo de imaginar el ser en sociedad, el conocer, pero también el reconocerse. Que es hasta nuestro modo de soñarnos. Porque, contra toda idea de progreso, siento la necesidad—al referirme a esa inquietud de mis últimos tiempos en relación con la experiencia de informarse— de recordar la cita de Marc Augé con la cual, en el lejano 2001—decir a comienzos de siglo aumenta la sensación de distancia— introduje mis“Interrogaciones sobre el público”: “Durante algún tiempo tuve ocasión de trabajar con un joven de unos treinta años, vivaz y simpático, que todas las mañanas me hacía el comentario de las noticias de actualidad. Yo no tenía trabajo en seguir su comentario, pues ya lo había oído(como él, por supuesto) palabra por palabra, en una radio periférica algunos minutos antes. Aquel hombre era sin embargo de una total buena fe y se identificaba con lo que decía. A veces llegué a sorprenderme imaginando que un día me contaría su último sueño y que yo reconocería en él el mío, porque lo habríamos vistos ambos en la televisión”(1998, p. 151). Llegar al final recurriendo a una cita empleada muchos años atrás me resulta inquietante. En ocasiones, tengo la sensación de haber recorrido muchos caminos. En otras, siento que no hice sino ir y venir por sendas semejantes, conectadas, que desembocaban unas en otras. Siempre apostando a aprender de modo colectivo; siempre sabiendo que, para hacerlo, hay que atreverse a desaprender. Que en cada recorrido hay restos de los cuales despojarse y hallazgos que permiten avanzar; hilos que se adelgazan y pierden color y nuevas hebras con las cuales comenzar otra vez la trama, la producción del 21 El proyecto“Información y ciudadanía en sociedades mediatizadas: la experiencia de las audiencias”, dirigido por Liliana Córdoba, comenzó a desarrollarse en 2016. 48 In-disciplinada tejido donde caben las preguntas y las hipotéticas o conjeturales respuestas sobre la comunicación, nuestro modo de ser en sociedad. Ir y venir. Creo que sólo eso es lo que he hecho durante todos estos años. Córdoba, noviembre de 2022 Referencias Blondet, Cecilia(1991). Las mujeres y el poder. Una historia de Villa El Salvador, Instituto de Estudios Peruanos, Lima. Despret, Vinciane(2021) A la salud de los muertos, Cactus, Buenos Aires Forster Ricardo(2011). El litigio por la democracia, Planeta, Buenos Aires. 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Cuestión 1 Comunicación Popular 49 COMUNICACIÓN POPULAR 50 In-disciplinada Comunicación Popular 51 Introducción Por Liliana Córdoba Esta selección de nueve textos aborda uno de los temas centrales en la obra de Mata: la cuestión de la comunicación popular. Esa comunicación que, nos dice, es“expresión y parte consustancial de un proyecto de cambio que no deja para mañana la transformación de las normas del intercambio simbólico, de la producción del sentido, porque las reconoce como aspectos configurantes del tramado social que busca alterar”(Mata, 2011). Esa comunicación que nombra aquello que impulsa a los sectores populares a “reunirse y actuar: siempre unos derechos conculcados, unas necesidades insatisfechas, unas condiciones de vida inhumanas y/o represivas, unas ideas y propuestas para superar aquellas condiciones y situaciones”(Mata, 2011). Los escritos elegidos recorren cuatro décadas: el primero es de 1982 y el último de 2020. Esto constituye en sí mismo una originalidad de la autora: la cuestión de lo popular perdura en su trabajo pese a su escaso reconocimiento como objeto teórico y profesional en el campo de la comunicación. Comparto cinco anotaciones sobre lo que considero son sus contribuciones fundamentales en torno a esta cuestión. La primera es su modo de pensar lo popular, que se irá precisando como algo más que una cuestión socioeconómica o una adscripción de ciertos sectores a una clase definida políticamente. Se configurará fundamentalmente como una cultura que“no se define por propiedades intrínsecas sino por su relación histórica de diferencia o de contraste respecto de otros hechos culturales” (Mata, 1987a) en la que“se articulan la dominación y la resistencia, la destrucción y la creación de los sectores populares como sujetos históricos” (ídem). Y también como un proyecto de emancipación protagonizado por actores“que, pese a sus diferencias sectoriales e incluso institucionales, encontraban en sus prácticas comunicativas y políticas elementos de identificación y posibilidades de acción conjunta”(Mata, 2011). La segunda gran contribución es la definición de lo que se considera—o no— comunicación popular. Para Marita, en debate frontal con otras perspectivas, la comunicación popular no es un tipo peculiar de comunicación. Tampoco 52 In-disciplinada una técnica o un método. Se trata más bien de una perspectiva configurada desde una posición y una práctica,“la de los sectores subalternos”, que reconoce que“las luchas por el poder siempre han sido luchas por conquistar o reconquistar la palabra”(Mata, 2011). Es decir,“sin negar su carácter de práctica peculiar, lo que predetermina estas formas de comunicación está, si se quiere decirlo así, fuera del campo de la comunicación; se ubica en el marco del proyecto político que las genera como instrumentos y expresión de su desarrollo.”(Mata, 1982). Como tercera contribución destaco el tipo de politicidad que reconoce a la comunicación popular. Para Mata, esta consiste en su capacidad de develar “la articulación de la constitución del poder/de los poderes, con la capacidad de establecer las reglas del comunicar”(Mata, 2011). Por eso puede abarcar todas las relaciones y ámbitos de subalternidad en las que las reglas comunicativas se organizan de manera injusta o desigual. Esto incluye al poder económico y político pero también a las múltiples maneras de silenciar que se producen en el interior de los propios sectores populares frente a diferentes grupos y colectivos como mujeres, jóvenes, pueblos originarios o migrantes. La cuarta contribución es sobre la vigencia de la comunicación popular. Marita sostiene que esta reside en su carácter de“palabra adversativa, expresiva de proposiciones que confrontan el orden injusto estatuido y pugnan por pronunciarse en la esfera pública y“en tanto prácticas orgánicas a esa voluntad”(Mata, 2011). Los actuales contextos tecnológicos, como también las nuevas formas de subjetivación política, plantean para la comunicación popular novedosos desafíos. El principal será la“posibilidad de articular a la comunicación popular con la ciudadanía”(Mata, 2011), con la emergencia de múltiples maneras de demandar y ejercer el derecho a tener derechos. Por último, la quinta contribución es reconocer el conocimiento teórico, político y técnico que produce la comunicación popular y demostrar cómo ese conocimiento debe ser interrogado—siempre junto a sus protagonistas— a fin de mejorar las experiencias populares pero también para integrarse a los ámbitos legitimados del saber. A esto se dedicó Marita durante años, por lo cual pudo aportar a los procesos de medios y organizaciones populares de toda la región pero también“incomodar a la academia desde lo popular”, como afirman Müller y Agüero(2020). Durante 40 años Marita mantuvo vivo su interés por lo popular porque nunca fue para ella un asunto exclusivamente teórico o un mero gesto Comunicación Popular 53 intelectual. Siguió vinculada a instituciones, organizaciones y medios populares en los que pudo reconocer la insistencia empecinada de quienes pugnan por pronunciar una palabra verdadera y al hacerlo cuestionan el orden establecido. Una manera de hacer comunicación jamás desligada del conflicto y de la crítica al poder, que busca que cada quien pueda hablar y mostrarse“como lo que es”(Mata, 1987a). Que conserva su potencia porque, como lo ha escrito Ránciere, la palabra“nunca es meramente la palabra, sino que es indisolublemente la cuenta en que se tiene esa palabra” (Ránciere, 1996). Referencias Muller, Ana y Agüero, María Laura(2020). Incomodar desde lo popular. En Clemencia Rodríguez, Claudia Magallanes Blanco, Amparo Marroquín Parducci y Omar Rincón (comp.), Mujeres de la comunicación , (pp. 89-100). Bogotá: Centro de Competencia en Comunicación para América Latina, C3 FES. Mata, María C.(1982) La alternativa legalizada. (1987a) Cuando la comunicación puede ser sentida como propia. (2011) Comunicación popular: Continuidades, transformaciones y desafíos. Ránciere, Jacques(1996) El desacuerdo. Política y Filosofía. Buenos Aires: Nueva Visión. 54 In-disciplinada ¿La alternativa legalizada? Una lectura precavida del Informe MacBride(1982) * Tras la presentación del Informe Final elaborado por la Comisión Internacional sobre problemas de la comunicación constituida a fines de 1977 por la UNESCO, y que fuera discutido en la XXI Conferencia de dicho organismo celebrada el año pasado en Belgrado, comenzaron a conocerse diversas reacciones. Por un lado, las que provenían de los sectores presuntamente afectados por el“así denominado“Informe MacBride”, particularmente asociaciones de propietarios de medios de comunicación y, por otro, las elaboradas por investigadores y estudiosos como contribución a un debate en curso. 1 Estas últimas—diversas en orientación y alcance— parecen derivar de una significación global e indiscutible que se atribuye al Informe: de alguna manera, el trabajo de la Comisión representa el momento más relevante en que la comunidad internacional ha abordado la problemática de la información y la comunicación en el mundo contemporáneo. Nadie duda de que el resultado obtenido es fruto de negociaciones, de una conciliación entre proyectos económicos y políticos contradictorios que hoy luchan entre sí a escala mundial. Por eso mismo, hay consenso en ver en el Informe sólo un momento, un estadio de la discusión y la negociación que deberá profundizarse en la presente década. Desde una perspectiva crítica no se duda en señalar(Hamelink, Roncagliolo, Becker, Somavía) que uno de los mayores logros del Informe consiste en legitimar, en dar carta de ciudadanía a un conjunto de temas tradicionalmente fuera del área de discusión de los organismos internacionales y aun en ciertos ámbitos nacionales; entre ellos, el problema de la transnacionalidad de la comunicación, la dominación cultural, los fenómenos de manipulación y distorsión informativa, por no citar sino algunos. * Texto publicado originalmente en AAVV Por una comunicación libre y liberadora, Celadec, Lima, Perú. 1 Los aportes más significativos que conocemos hasta ahora son los realizados por el IDOCHamelink, Cees, ed., Communication in the eighties: a reader on the MacBride Report , Roma 1980; por la WACC-Media Development No. 4/1980, Vol. XXVII, Londres- y el Centro de Comunicación Social Jesús María Pellín-Comunicación, Estudios Venezolanos de Comunicación, No. 30-31, Caracas. Comunicación Popular 55 Lo que resulta discutible—siempre dentro de la perspectiva crítica— son los alcances o, tal vez mejor, el significado de esa legitimación. En unos casos se advierte que: “...que esa actualización sea, como es, asistemática y poco coherente, no le quita importancia a la ruptura del monopolio que el liberalismo había adquirido en la comunidad internacional”. 2 En otros casos, casi contradictoriamente, se señala, respecto del paradigma de sociedad y comunicación presente en el Informe: “[…] si se lo analiza cuidadosamente, muestra no estar demasiado lejos de las principales corrientes del liberalismo burgués(noción ahistórica y abstracta de la sociedad, pluralismo de valores, etc.). El concepto de comunicación implicado por el Informe cae lógicamente dentro de este cuadro general. Sigue el modelo según el cual la comunicación es entendida como intercambio con muchas conexiones con otros fenómenos sociales, pero sin reales lazos orgánicos con ellos” 3 . Por otro lado, reconociendo que a partir del trabajo de la Comisión hay temas que entran por la puerta ancha del debate internacional, unos prefieren dar por aceptadas sus limitaciones:“No sería pues riguroso, desde un punto de vista científico, tratar el Informe como si fuera el producto de un centro de investigaciones. Máxime considerando que no es a través de las negociaciones políticas como suele progresar el conocimiento”. 4 Otros, en cambio, aceptando el valor de legitimación que produce en cierto terreno, no dejan de cuestionar con todo rigor algunos aspectos sustanciales del Informe, por encima de su carácter de texto negociado o, más bien, tratando de detectar los efectos que sobre el plano conceptual y de la perspectiva de análisis ha tenido la negociación: “Las medidas propuestas—principalmente de naturaleza legal— me parecen totalmente inadecuadas confrontando el vasto poder político-económico ejercido por las corporaciones transnacionales que juegan un papel clave en las comunicaciones internacionales. Esta inadecuación se debe al hecho de que el Informe no ha criticado suficientemente ni analizado sustancialmente el rol de las 2 Roncagliolo, Rafael,“The MacBride Report as part of a process”, op. cit., p. 27. 3 Nordenstreng, Kaarle,“The paradigm of a totaliy”, en IDOC, op. cit., p. 16. 4 Roncagliolo, Rafael, art. cit.; p. 25. 56 In-disciplinada corporaciones transnacionales en el campo de las comunicaciones internacionales… Aun cuando el Informe señala correctamente el papel decisivo de dichas corporaciones, no reconoce suficientemente que el nuevo orden informativo internacional parece ser realmente el orden de las corporaciones transnacionales. El‘un solo mundo’ al que ambiciosamente se refiere el Informe en su título puede ser muy bien el mercado global para las corporaciones transnacionales”. 5 “En Un solo mundo, voces múltiples, encontramos varias frases incisivas, algunas ideas precisas y una considerable cantidad de que previenen acerca de los ocultos peligros que entraña la nueva tecnología de las comunicaciones. Ello sólo logra recubrir por encima un gran vacío del Informe: la ausencia de un comprensivo análisis del poderoso sistema transnacional y una lamentable renuencia a confrontarlo. Ese mismo sistema que, mientras escribimos este artículo, está usando todos los medios y la táctica para hacer aquello respecto de lo cual el Informe pone sobre aviso” 6 . Podríamos seguir así, con una especie de antología, poniendo de manifiesto cómo—parafraseando el título con que fue publicado el documento— estamos ante“un solo Informe, voces múltiples”; voces que en este caso representan lo que, en el terreno del estudio de la comunicación, se ha dado en llamar la“perspectiva crítica”. No es nuestro interés contraponer esas voces, leerlas a manera de un discurso segundo, porque ello supondría creer que es el Informe mismo el que las genera y no una comprensión diversa del problema de la comunicación que sólo se reactualiza en relación con el Informe. Roncagliolo señala bien que“[...] no existe una sola óptica académica para analizar el Informe MacBride o cualquier otro documento de análoga naturaleza, sino que cada lectura académica corresponde a una“práctica específica”. 7 En los análisis críticos que conocemos hasta el presente, parecen balancearse dos ópticas definidas: a. Una que privilegia los efectos o utilidad que el Informe puede tener, más que en el efectivo establecimiento de un nuevo orden informativo 5 Hamelink, Cees,“One world: marketplace for transnational corporations”, IDOC, op. cit. pp. 47-52. 6 Schiller, Herbert,“Electronic Utopias and Structural Realities” en IDOC, op. cit., p. 57. 7 Roncagliolo, Rafael, op. cit., p. 25. Comunicación Popular 57 internacional, en el desarrollo del debate y la investigación(Pavlic, Somavía, Szecsko, Becker, Roncagliolo). a. Otra que privilegia el análisis de los presupuestos teóricos en que se fundamenta el Informe de la consecuente conceptualización que en él se realiza respecto de problemas claves para el nuevo orden informativo, tales como la cuestión tecnológica, la transnacionalidad de la empresa comunicativa o informacional, etc.(Hamelink, Nordenstreng, Jayaweera, Schiller, Eapen). Identificadas estas dos ópticas fundamentales que obviamente conviven en algunos de los artículos, pero en los que de todos modos una se convierte en predominante, nos interesa realizar un recorrido por ambas. Vale decir, indagar qué representan dentro del Informe algunos aspectos puntuales para, en segundo término, ver de qué manera esa caracterización y tratamiento específico se proyecta o puede proyectarse en el terreno de la práctica de la comunicación en América Latina. Un tema marginal Es evidente que las discusiones acerca del NOII comienzan en la década del 70 a partir de las reivindicaciones tercermundistas para regular el flujo de información a nivel mundial, para modificar las desigualdades existentes en ese terreno, tanto entre los países capitalistas centrales y los dependientes, como en relación con aquellos que no entran en su órbita. El tema de las agencias informativas y de las redes o sistemas interestatales fue, por lo tanto, central en un comienzo, operándose paulatinamente un proceso de desplazamiento que llegó a englobar los más amplios de las políticas nacionales de comunicación. Finalmente, en las discusiones de la Comisión presidida por MacBride, estas políticas nacionales aparecen ligadas a la necesidad de crear alternativas que viabilicen dos necesidades señaladas con énfasis en el Informe: la democratización de la comunicación y la participación de la mayor cantidad posible de individuos en los procesos comunicativos. Por otro lado, todo parece indicar que mientras en la década del 70 la discusión a nivel de organismos intergubernamentales y de diversos foros internacionales(ILET, FELAP, etc.) se centró en el problema del orden informativo existente y en los efectos del poder transnacional en la comunicación, el desplazamiento operado—y que no entramos a discutir— lleva hoy a esos mismos organismos a abordar con interés un nuevo aspecto que incluso resulta, según sostienen algunos, legitimado por el Informe: 58 In-disciplinada la comunicación alternativa. 8 Así, por ejemplo, la reunión del Consejo Intergubernamental de Desarrollo de la Comunicación Social organizada por la UNESCO y celebrada al promediar 1981 en París fue precedida a nivel latinoamericano por un período de preparación en el cual expertos de dicho organismo trataron de indagar y conocer los avances y requerimientos que se dan en el terreno de la prácticas alternativas de comunicación. La mayoría de las reflexiones realizadas en torno al Informe MacBride se han centrado en los aspectos relacionados con los mecanismos y modalidades de circulación de la información a nivel internacional, lo cual resulta legítimo, en tanto era ese el campo fundamental de discusión. Menos atención se ha prestado a la destacada interdependencia entre un nuevo orden internacional y la necesaria modificación de mecanismos y modalidades informativas a niveles nacionales; y casi ninguna a los lineamientos propuestos, a partir de un cierto análisis, para el diseño de políticas de acceso y participación en la comunicación. Reconociendo el carácter marginal que este último aspecto tiene en el conjunto del Informe, pero al mismo tiempo reconociendo que su inclusión y debate forma parte de un desplazamiento y, por ende, de una ampliación de las cuestiones en discusión a niveles gubernamentales e internacionales, creemos de importancia examinarlo más de cerca. A nadie escapa el hecho de que en América Latina la problemática no es nueva: hace más de una década que las alternativas en el campo de la comunicación no sólo se debaten, sino que emergen en las realidades nacionales y se desarrollan con mayor o menor eficacia, por lo general al margen de los Estados y, es más, al margen de las recomendaciones y declaraciones que sobre la problemática informativa se producían en citas cumbres y conferencias. 9 8 “[...] el Informe también cumple una función en la medida en que legitima un conjunto de temas hasta hoy algo ausentes del debate intergubernametal. Entre ellos: el significado de la transnacionalización, los peligros de informática, los diversos roles negativos de la publicidad y la comercialización, la importancia de la comunicación alternativa y otros”, Somav Juan, “Perspectiva del Informe MacBride” en Media Development, cit., 37. 9 Por cierto excluimos de una afirmación semejante todo el proceso de transformación que se diera en Chile bajo el gobierno de la UP, profusamente estudiado en la obra de A. Mattelart; e incluso procesos como la proyectada“socialización” de la prensa peruana durante la primera fase del gobierno militar encabezado por el General Velasco Alvarado, cuyos alcances han sido discutidos por diversos estudiosos peruanos tales como Luis Peirano, Rafael Roncagliolo, Juan Gargurevich Hélan Jaworski. De todas maneras, en ambos casos las transformaciones reales o buscadas no obedecían al interés de“cumplir” postulados internacionales, sino a la implementación a nivel nacional de un proceso de transformación económica, política y social. Comunicación Popular 59 Según algunos afirman, y hemos señalado la perspectiva desde la cual se producen esas afirmaciones, se“legitima” hoy, en el debate intergubernamental, la importancia de la comunicación alternativa. Es justamente esa“legitimación” la que trataremos de analizar o, lo que es lo mismo, trataremos de poner en claro cuál es la alternativa legitimada Alternativa ¿a qué? De acuerdo con el Informe, la variedad de experiencias de comunicación“de sustitución” y“contrainformación” que comenzaron a plantearse como tales en la década del 60 tienen una característica común que parece definirlas: su “oposición a la comunicación oficial institucionalizada“; y en ese sentido,“no se trata de subsanar una falta de comunicación sino, más bien, de revaluar y extender las comunicaciones en función de una nueva concepción de su importancia en la sociedad”. 10 Definido el objetivo y carácter principal de estas prácticas en el interior de lo que podríamos llamar el universo de la comunicación, no extraña que todos los demás elementos referidos a ellas se sitúen dentro de ese universo. Así, por ejemplo, lo que podría entenderse como sus objetivos particulares: a través de los medios de“sustitución” se expresan los puntos de vista de minorías que“antes vivían en un ghetto de comunicación”. Los medios de sustitución actúan como portavoces de oposición política. Las prácticas sustitutorias quebrantan el control de los medios de comunicación. ¿Quiénes son los gestores de estas prácticas o, mejor dicho, cómo aparecen identificados en el Informe y cuál es el objetivo que persiguen? Son grupos variadísimos: “grupos locales que quieren combatir el monopolio de los sistemas de comunicación verticales y centralizados, de partidos o grupos políticos que emprenden diversas formas de comunicación de oposición, de disidentes, opuestos al sistema establecido, de minorías que están desarrollando su capacidad de comunicación”. 11 Tales grupos: “… formulan y proponen una alternativa. En el análisis de los asuntos de actualidad, constituyen una tribuna independiente de los cauces 10 MacBride y otros, Un Solo Mundo, Voces Múltiples , UNESCO, FCE, México, 1980, p. 296. 11 Ibid., p. 296. 60 In-disciplinada políticos u oficiales. Dan a conocer puntos de vista minoritarios y facilitan el examen de unos problemas que hasta entonces habían sido silenciados por los medios de comunicación social”. 12 ¿Con qué medios actúan estos grupos y cuáles son los efectos, los resultados de su labor?: “No es infrecuente que alcancen su finalidad y a su influencia acumulada se han debido ciertos cambios en los contenidos y prácticas de los órganos de información. Pero, en general, los medios de comunicación social no les conceden ni el lugar ni el tiempo necesario y a veces ni siquiera la libertad de redacción, por lo que dichos grupos acaban a veces por crear sus propios medios de expresión”. 13 “Puede ocurrir también que se cree un periódico para expresar el punto de vista de una minoría y que suscite un movimiento o un grupo, por lo que la comunicación facilita la ampliación del proceso democrático. En otras palabras, sus necesidades en materia de comunicación han incitado a ciertos grupos a crear sus propios dispositivos y los medios de comunicación social no se han dado cuenta todavía de las virtualidades que encierran”. 14 “Los obstáculos son múltiples pero la imaginación popular, en particular entre los jóvenes e incluso entre los marginales, demuestra que la información escrita, la radio local, las películas de aficionados, la televisión por cable o incluso las pequeñas computadoras, etc. pueden constituir otros tantos medios de expresión que se presten a iniciativas individuales”. 15 “La tolerancia de que dan muestra las autoridades ante esas actividades suele estar en proporción inversa al perfeccionamiento de los medios empleados. Las octavillas, los carteles y los altavoces se autorizan más fácilmente que los medios electrónicos”. 16 Analizando los principales defectos de la circulación de la información en el mundo actual, la Comisión afirma que en la práctica no se alcanza el ideal(lo que en términos teóricos se define como comunicación), es decir, un intercambio permanente entre interlocutores iguales o al menos 12 Ibid., p. 203. 13 Ibid., p. 203. 14 Ibid., p. 204. 15 Ibid., p. 200. 16 Ibid., p. 296. Comunicación Popular 61 recíprocamente responsables. El verticalismo y el sentido único que rige los mecanismos masivos de comunicación determinan que“el hombre y la mujer corrientes se sientan excluidos” de ellos y que, en realidad, el derecho a la información no sea más que una expresión de deseos. Es contra esa situación—inherente a una modalidad comunicativa vigente— que el Informe considera que se generan las alternativas o prácticas de “sustitución”. Su objetivo, como hemos visto, está fundamentalmente ligado —vía oposición— al sistema de comunicación masivo, con lo cual no puede menos que admitirse que esa práctica sustitutoria está predeterminada por la práctica dominante. Resulta así coherente que el logro de sus objetivos se trate de medir de acuerdo con la influencia o no que ejercen sobre los contenidos y prácticas de los órganos de información y que se lamente el hecho de que éstos no hayan comprendido las virtualidades que encierran. Si bien la variedad de grupos que crean y utilizan estos medios“sustituorios” es grande, predomina la idea de que se trata de“minorías” que padecen “necesidades de comunicación”, a pesar del grado de informatización y del complejo sistema de comunicación existente en las sociedades modernas. Sean políticas o étnicas, culturales o biológicas, se trata de minorías que cuestionan un sistema y unos medios de comunicación que, en tanto ellas se le oponen, se consideran o deberían considerarse como compartidos y aceptados por las mayorías. Por último reconozcamos que, moviéndose como parecen moverse estas prácticas en el mundo aislado de la comunicación, tampoco asombra que los obstáculos o limitaciones que parecen tener estén fundamentalmente condicionados por el grado de perfección de los medios empleados. Alfred E. Opubor señala que“quizás a causa de que el Informe carece de una aproximación teórica, cae muchas veces en la‘falacia patética’ según la cual la comunicación es algo cosificado, dotado de capacidades de‘hacer’ propias, que interviene en y motiva la acción social por sí misma. Como resultado de la confusión existente en el Informe entre la tecnología, sus usos y efectos, y el proceso social que engloba la tecnología, la comunicación recibe el status de actor en el drama de la historia humana”. 17 En lo que se refiere a la comunicación alternativa, esa afirmación encuentra un ejemplo ejemplar, por lo menos si el Informe se lee entendiendo la comunicación, no como un fenómeno específico de manejo de medios e intercambio de mensajes, 17 “Growing Towards Elusive Concepts” en IDOC, op. cit., p. 5. 62 In-disciplinada sino inserta y como un elemento más en el complejo tramado económico, político y social de nuestras realidades. Haciendo eso, leyendo el Informe desde la óptica que la misma práctica de la comunicación alternativa en América Latina determina, vemos cómo estalla una contradicción fundamental porque, en realidad, lo que estalla son dos concepciones contrapuestas: la del Informe, que identifica la alternativa como“alternativa al sistema de comunicación vigente” y otra que no está en una teoría(lamentablemente aún inexistente) de lo alternativo en comunicación, sino que subyace en las prácticas de ese tipo que se desarrollan en nuestro continente. “Los rasgos que caracterizan a esta comunicación alternativa no son, como podría suponerse, rasgos de oposición. No se trata de hacer lo contrario de lo hecho por nuestros opresores, de utilizar sin más los medios opuestos, en una mera actitud contestataria”. 18 Y no se trata de“oposición comunicativa” porque la comunicación alternativa es parte de una praxis socio-política de transformación social. En consecuencia, sin negar su carácter de práctica peculiar, lo que predetermina estas formas de comunicación está, si se quiere decirlo así, fuera del campo de la comunicación; se ubica en el marco del proyecto político que las genera como instrumentos y expresión de su desarrollo. Para exacerbar la contradicción entre ambas concepciones, podríamos oponer las“minorías encerradas en un ghetto de comunicación” a las mayorías, al conjunto de clases sometidas a la dominación económica y política de las clases hegemónicas dentro de la sociedad capitalista. Son esas mayorías el sujeto de la comunicación alternativa, si bien es indispensable reconocer que son grupos u organizaciones dentro de esta mayoría—los que dinamizan la alternativa comunicacional porque son también grupos y organizaciones no las masas en su conjunto— quienes dinamizan los procesos de transformación social tratando de lograr la participación masiva en los mismos. De ahí que el problema de la“expresión”, de la“búsqueda de canales de comunicación”, del intento de“quebrar el control de los medios masivos”, sea sólo un aspecto de las prácticas alternativas reales. La comunicación no se piensa ya como mero intercambio de información, sino como una relación social inserta en la matriz global de relaciones sociales determinadas por 18 Paiva, Alfredo,“Unir para romper todo yugo” en Media Development, No. 1/1980, WACC, Londres, p. 15. Comunicación Popular 63 un orden estatuido; por lo tanto, la construcción de unas nuevas relaciones pasa, necesariamente, por un quiebre de las existentes. Así, la alternativa comunicacional no está desligada de una alternativa pedagógica, de una alternativa organizativa, etc., que son aspectos diversos pero interdependientes de una única praxis social. Participación y democracia Con todos los desniveles que es necesario reconocer, las prácticas alternativas de comunicación desarrolladas en América Latina implican una ruptura del modelo vertical de comunicación que reproduce el modelo de organización social propio de las sociedades capitalistas. Por un lado, los grupos y organizaciones populares utilizan diversos medios de comunicación para identificarse y reconocerse como tales a través de la identificación de problemáticas propias o que les afectan. Por otro, utilizan dichos medios para lograr su cohesión y orientar su acción organizada. Por último—y debe admitirse que existen grandes limitaciones en este sentido—, los mismos medios sirven en el proceso de interrelación de grupos y organizaciones entre sí a niveles más amplios, es decir, en el interior del movimiento popular. Es por estas razones que existe la posibilidad de producir un quiebre del modelo vertical: los mensajes surgen y circulan como expresión de una, aunque sea mínima, organización de emisores y receptores, y tiende a su extensión y profundización. De ahí que la naturaleza de los medios empleados(grupales o masivos, electrónicos o no) poco importa para la existencia o no de este nuevo modelo. Por ello tantas experiencias pretendidamente alternativas, que apelan a medios grupales, en principio favorecedores de la participación colectiva, el diálogo, etc., no superan los niveles de un“participacionismo” provocado y dirigido verticalmente. Si se analizan las causas de ello, se encuentra, a poco andar, la inexistencia de una organización que enmarque, en otros términos, la participación de los sujetos. Por el contrario, la existencia de un proyecto alternativo que supone nuevas relaciones sociales y del cual la práctica comunicativa no es sino instrumento de extensión y profundización condiciona la elección de unos u otros medios ya que, por no ser neutros, ellos pueden reforzar o limitar las posibilidades de cohesión y organización de los sujetos de la experiencia. Si definimos en estos términos lo que la comunicación alternativa opone al modelo vertical, es porque muchas veces, de manera mecánica y sin mayor reflexión, se piensa en una horizontalidad utópica a nivel de masas. No se 64 In-disciplinada trata, en las prácticas alternativas que se desarrollan en nuestros países, de que cada uno de los miembros de un grupo, sector u organización, sea un continuo emisor receptor que, dentro de los habituales esquemas con que se reconoce funciona la comunicación masiva, trastoque los roles pasivos en activos. Es curioso, pero es grande la cantidad de veces que, incluso desde una posición crítica, caemos en la falacia de pensar la comunicación alternativa como la imagen en espejo del esquema dominante. De lo que se trata, por el contrario, es de que cada uno de los miembros de un grupo, sector u organización, reconozca y enfrente los mensajes como propios y, al hacerlo, los identifique como fruto de un proyecto en el que está involucrado y como instrumento para desarrollar dicho proyecto. El análisis de una variedad de experiencias de comunicación alternativa permite establecer que ese reconocimiento depende de una serie de factores que, a la postre, constituyen rasgos determinantes de este tipo de experiencias. En primer lugar, depende de que el grupo u organización que la genera sea— en su estructura y funcionamiento— democrático y participativo; es decir, que el proceso de producción, circulación y uso de los mensajes esté presidido por los mismos principios y valores presentes en el proyecto que se aspira a construir.“Si el modelo capitalista de desarrollo no es participativo por definición—tendencia que se ratifica contemporáneamente—, a lo alternativo corresponde una vocación participativa sustentada en la idea de aprender construyendo y construir aprendiendo”. 19 Por ello, en segundo lugar, depende de que el proceso de construcción de la alternativa(de la nueva hegemonía) global que sustenta la alternativa comunicacional sea planteado también como un proceso pedagógico que posibilite el avance de quienes se quiere que sean sujetos del mismo. Vale decir, depende del hecho de que la experiencia de comunicación sea asumida también como una práctica en la cual los sectores populares se forman a sí mismos de manera activa, generando una educación con contenido de clase que tiende a la elevación de los niveles de conciencia así como de las formas de organización y acción solidarias y democráticas. Ambos factores pueden parecer algo obvios. Si los destacamos, es porque a menudo se insiste en el aspecto“participativo” y“democrático” de las experiencias alternativas sin plantear, en primer término, si es posible que los 19 Reyes Matta, Fernando,“La comunicación alternativa como respuesta democrática”. Ponencia presentada al grupo de Comunicación, CLACSO, Santa Marta, Colombia, 17-20 de marzo, 1981, p. 15, mimeo. Comunicación Popular 65 sectores tradicionalmente marginados del ejercicio del poder, sometidos a la imposición ideológica de las clases hegemónicas, separados del producto de su trabajo, separados entre sí por un individualismo fomentado, exacerbado y desmovilizador, pueden naturalmente—por el simple hecho de tener a su alcance algún medio de expresión— tomar conciencia de su realidad, expresarse solidaria y democráticamente, sin un proceso educativo del que sean partícipes directos y en el que vayan descubriendo la racionalidad de la realidad que viven y las maneras de transformarla. En este sentido, resulta interesante analizar los planteos que se realizan en el Informe MacBride acerca de la necesidad de unos sistemas de comunicación que permitan la participación de los individuos y, al hacerlo, favorezcan la democratización(también se habla de humanización) de la comunicación. Cuesta bastante trabajo delimitar los diversos planos o niveles en que son tratados ambos aspectos a lo largo del Informe. Por una parte, se hace hincapié en el“derecho del individuo a comunicar, expresarse e informarse”, para lo cual resultan útiles ciertas técnicas modernas de comunicación aunque, se aclara, ellas se emplean por lo general para reforzar el poder de las autoridades. Con beneplácito se afirma: “Son muchos los periódicos y estaciones de radio y televisión que modifican sus programas y su contenido en función de las encuestas y deseos expresados por el público. Se están organizando experimentos, utilizando diversos medios de comunicación social para establecer un intercambio de mensajes de doble sentido entre el público y los profesionales y a veces también un verdadero diálogo entre los lectores y los radioescuchas y telespectadores”. 20 Junto a esta creciente o mayor incidencia del público en los medios masivos se recomienda, para lograr una circulación de mensajes y noticias que no sea vertical“en un solo sentido y producida por algunos para casi todos”,“que se generen corrientes horizontales de intercambio”, en las cuales“habrán de participar los individuos y las colectividades”. Tal participación aparece en el Informe ligada a dos motivaciones básicas: a.“La exclusión de los medios de comunicación ordinarios de ciertas categorías subprivilegiadas de la población de un país, constituye un problema capital... A veces se niega a estas categorías de la población 20 MacBride y otros, op. cit., pp. 202-203. 66 In-disciplinada derechos tan fundamentales como los de la libertad de reunión, de expresión o de opinión”. 21 b.“Para cientos de millones de personas, la comunicación democrática es difícilmente realizable debido a la insuficiencia de medios y vectores de comunicación. Desde el punto de vista del individuo, la inexistencia de instalaciones básicas para la comunicación constituye una traba muy fuerte, ya que para una gran parte de la población el problema no radica tanto en la existencia de la libertad de prensa como en la inexistencia de la propia prensa. Por consiguiente, las posibilidades de comunicar quedan limitadas por una falta de infraestructura, de sistemas de comunicación y de medios de producción”. 22 En consecuencia, las vías propuestas para superar estas situaciones o las que ya se reconocen como existiendo con ese fin, enfatizan: a. La implementación de modelos de participación en actividades“locales” (ligadas en términos generales a lo que se ha dado en llamar”proyectos de desarrollo” y“acciones sociales”) utilizando medios alternativos: “Los medios de comunicación de grupo, que engloban medios tradicionales y otros derivados de la tecnología perfeccionada, encierran posibilidades de expresión local de proporciones humanas, que pueden atraer a la comunicación a una mayor variedad de personas e intereses y deparar a cada individuo privilegios que normalmente están reservados a los profesionales. Así, por ejemplo, unos medios tanto modernos como clásicos tan variados como las redes de teledistribución, las emisoras locales de radio y televisión, la prensa local rural, la prensa de fábrica o las aplicaciones de la informática, pueden permitir, mediante un acceso fácil, una participación en la vida cotidiana y local, superando la distribución centralizada de la información”. 23 b. El desarrollo de nuevas estructuras y nuevos conceptos—que no se definen— para modificar las corrientes de información: “Esos conceptos deberán entrañar unos medios encaminados a transmitir la información de la base al vértice. Los pueblos buscan nuevos modos de informar a sus gobiernos sobre sus opiniones, necesidades y reivindicaciones. Buscan también unos cauces 21 Ibid., p. 293. 22 Ibid., p. 292. 23 Ibid., p. 361. Comunicación Popular 67 que les garanticen una comunicación social, en los planos local, nacional. Más allá del simple cambio de las corrientes verticales y de su transformación en un intercambio más equitativo, se estudian las posibilidades de extensión de las corrientes horizontales: entre las comunidades culturales y étnicas, entre los grupos que tienen en común intereses sociales, profesionales, culturales y deportivos y entre los individuos de un mismo barrio o de”n mismo entorno laboral”. 24 c. Un proceso de descentralización de la comunicación masiva, que el Informe trata de propiciar a través de recomendaciones como las que siguen: “14. La utilización de la radio local, la televisión y los sistemas de video de pequeño formato y de poco costo, así como el empleo de otras tecnologías apropiadas, deberían facilitar la producción de programas en apoyo de las actividades de desarrollo de la comunidad, estimular la participación y permitir una expresión cultural diversificada”. 25 “64. La creación de medios de comunicación apropiados en todos los niveles debería servir para crear nuevas formas de participación del público en la gestión de los medios de comunicación social...” 26 Como se ve hasta aquí, el problema de la participación y los mecanismos democráticos a nivel de la comunicación no tienen como referente el grado de autoritarismo económico, político y social que, justamente, determina que sean concentradísimos y poderosos emisores quienes imponen sus mensajes a las masas y que sectores mayoritarios, pero desposeídos, no tengan el control de medios de comunicación. Por ello, también en este caso las soluciones se plantean en el interior de los medios y mecanismos de comunicación, advirtiéndose nuevamente una contradicción con los planteos alternativos que los grupos y sectores populares desarrollan en nuestro continente. Para estos, la necesidad de participar activamente en su cohesión como fuerza social, en el conocimiento de su realidad y en la acción transformadora sobre ella es la que determina el recurrir a unos medios de comunicación a su alcance que necesariamente deben manejarse con sentido participativo y democrático porque de lo contrario resultan inalcanzables los objetivos propuestos. Si acordamos, en 24 Ibid., p. 264. 25 Ibid. p. 437. 26 Ibid., p. 455. 68 In-disciplinada cambio, con las proposiciones del Informe MacBride, debemos aceptar el camino inverso: unos medios adecuados—adecuados en términos de qué y manejados por quiénes no se precisa— permiten la expresión de gran número de individuos, la estimulan y hasta crean nuevas formas de participación en los medios de comunicación. No es necesario recalcar la evidente apelación tecnológica que este tipo de concepción conlleva. La marginación de las grandes mayorías de los mecanismos de control y decisión, aunada en nuestros países dependientes a su creciente pauperización impuesta por el desarrollo del modelo de acumulación del capitalismo transnacional, genera día a día conflictos que han llevado, entre otras cosas, a plantear la noción de la“ingobernabilidad de las democracias” y que han determinado la implantación de regímenes autoritarios civiles o militares donde las ya escasas posibilidades de expresión y gestión son cotidianamente conculcadas. Pero, evidentemente, no son estos regímenes los únicos capaces de”gobernar” lo“ingobernable” o—por lo menos— debe admitirse que también se ensayan otras vías. Una de ellas está representada por la voluntad de crear nuevos mecanismos de consenso allí donde la cohesión social se ha debilitado y los principios liberales de la representatividad—tanto a nivel del funcionamiento de la democracia burguesa como de la consecuente“libertad de expresión”— deben ser negados en la práctica para mantener el control social. En este sentido, resulta particularmente importante el abandono del tradicional concepto del público entendido como masa anónima, con un perfil del receptor u hombre“medio” por todo referente. A esta categoría abstracta, ya insuficiente, se le oponen públicos diferenciados y concretos a quienes se destinan mensajes específicos y ahora—gracias al desarrollo de las nuevas tecnologías— hasta medios particulares. Refiriéndose al caso de la televisión por cable, Armand Mattelart señala: “Este tipo de operación que hace de un programa de televisión el eje de la organización comunitaria se inscribe en la ofensiva desencadenada por ciertos grupos de poder, en el interior del sistema mismo, para instaurar un modelo diferente de comunicación que haga posible‘la participación’ del público receptor en la emisión de los mensajes... Una manera de resolver en EE. UU. la capacidad subversiva de esta tecnología, cuya aparición coincide con la pérdida de la cohesión social en el nivel de la nación entera, es ponerla al servicio de las instituciones existentes. Por ejemplo, es posible conceder un permiso para explotar un canal Comunicación Popular 69 a diferentes comunidades para difundir obras de teatro, consultas a expertos y hombres de ciencia, dar la posibilidad de asistir al consejo municipal por televisión y de comunicar su aprobación o desacuerdo al representante de la comunidad. Si la aplicación de esa tecnología sigue el trazado de las instituciones existentes, el proceso de ´democratización’ de la comunicación de masas está asegurado contra toda veleidad de franquear las barreras del sistema sin por eso dejar de dar la ilusión de‘darle la palabra’ a los administrados”. 27 Existe hoy toda una ofensiva tecnológica de los países centrales con el objeto de“paliar” las desigualdades en el flujo informativo internacional: lo que ya se conoce como Plan Marshall de comunicación. Y, a juzgar por lo postulado en el Informe MacBride, el camino más correcto para superar las desigualdades comunicativas en el plano nacional es el desarrollo de tecnologías(tradicionales o super avanzadas) que, por su carácter descentralizado y la posibilidad de acceso individual que permiten, favorezcan la proliferación de mensajes diferenciados y la participación de los individuos como emisores y receptores. Uno de los voceros más reconocidos de la era de la“abundancia comunicativa”, en la cual“cada nudo de una red moderna de comunicación, además de recibir y originar mensajes puede también editar y retransmitir”, concluye en un artículo titulado“Consecuencias tecnológicas del NOII”: “[...] en la nueva estructura de la comunicación internacional, los medios de comunicación serán menos masivos y las comunicaciones más individualizadas y especializadas que en el presente. Las comunicaciones serán menos controladas y más libres que ahora. Dejarán de tener una sola dirección y serán cada vez más interpersonales. Los sistemas de comunicación serán menos nacionales y más transnacionales; la segmentación estará menos determinada por las fronteras nacionales y más por los grupos interesados”. 28 Esta definición, en términos tecnológicos, es reveladora de lo que, dados los requerimientos expansivos del capitalismo a nivel industrial y la emergencia de proyectos políticos que amenazan su estabilidad, se impone como nuevo modelo comunicacional. Un modelo transnacional, sin duda, pero que 27 Multinacionales y Sistemas de Comunicación, Siglo XXI, México, 1977, pp. 213-214. 28 En Media Development , 4/1980, WACC, Londres, p. 44. 70 In-disciplinada diversifica productos y medios obteniendo de ese modo, en primer lugar, el necesario mercado para colocar tecnología; en segundo, la implementación de modelos comunicativos que ella conlleva y que, tal como claramente se expresa, opone a la masificación el individualismo, la atomización interpersonal y grupal; y en tercer lugar(y ello es tema para reflexionar desde nuestras realidades), la desintegración de lo nacional en favor de la integración por grupos o categorías a quienes la comunicación prefigure obviamente desde los centros de control de tecnología y poder aunque esto también es obvio y se da por sobreentendido y no sujeto a discusión. La alternativa legitimada A esta era que puede parecernos lejana en América Latina, pero que no lo es tanto si observamos la creciente influencia de tecnologías ligeras como el video cassette 29 y ciertos sistemas de comunicación que se implementan en relación con planes de cooperación internacional de diversa naturaleza, la Comisión presidida por Sean MacBride no se ha rendido totalmente y, más bien, expresa su deseo de lograr un equilibrio entre los sistemas masivos y las nuevas tecnologías a las que—fundamentalmente— se les reconoce aptitudes para ser utilizadas en“materia de desarrollo”. A fines distintos, medios distintos, se afirma, con lo cual queda nítidamente determinado el alcance que la participación y la democratización tiene en el contexto del Informe. No se trata de una democracia real que se exprese en todos los medios, bajo todas las formas de relaciones sociales; se trata de propiciar espacios ”democráticos” y“participatorios”, que tornen llevadero, por así decirlo, el autoritarismo, la marginación del poder real, por parte de las mayorías. Esta concepción se reitera con mayor detalle en una de las recomendaciones finales formuladas por la Comisión: “La aplicación de una política nacional de comunicación debe inspirarse en tres modelos complementarios: en primer lugar, la transmisión de información de arriba a abajo, es decir, desde los responsables políticos hacia los diferentes sectores de la sociedad, con objeto de dar a conocer lo que a su juicio son los cambios necesarios de las actividades de desarrollo, las diversas estrategias y las consecuencias de cada una de ellas; en segundo lugar, un modelo horizontal en el cual la expresión y el intercambio de puntos de vista y de opiniones se efectúa entre los diversos elementos sociales y 29 Ver las referencias que realiza sobre el particular Reyes Matta en la ponencia citada. Comunicación Popular 71 sobre las diferentes reivindicaciones, aspiraciones, necesidades objetivas y móviles subjetivos; por último la creación de dispositivos permanentes de participación que garanticen una corriente de información de doble sentido, entre los responsables políticos y todas las categorías sociales, con objeto de definir los objetivos y el orden de prioridad del desarrollo y decidir la utilización de los recursos. Cada uno de esos modelos exige unos programas de información concebidos especialmente y que“recurren a diversos medios de comunicación”. 30 Encerrados en el mundo de la comunicación, los miembros de la Comisión olvidaron decir que esa propuesta exige algo más que programas y medios de comunicación particulares: exige una organización social que difícilmente se genere a partir de“modelos horizontales” o“dispositivos permanentes de participación” en el terreno específico de los medios y mensajes. Claro está que, después del análisis realizado hasta aquí, más de uno podría adjudicarnos una increíble dosis de ingenuidad—aunada, por cierto, a una falta de rigor— al haber tratado de confrontar con mayor o menor éxito un texto negociado, un documento de consenso internacional, con una práctica y unas reflexiones que—con mayor o menor corrección y eficacia— son fruto de un proyecto político de transformación social. En realidad, si hemos elegido ese camino de confrontación desigual, no ha sido por ingenuidad o porque desechemos el rigor, sino más bien por una rigurosa precaución. Ciertamente, sin dejar de valorar los efectos que el Informe y todo el debate ha tenido y tendrá sobre el afianzamiento a nivel internacional de las posiciones tercermundistas, así como para posibilitar la pretendida “naturalidad” de un sistema desigual e injusto en lo que concierne a la comunicación y la información, reconocemos también que el Informe confiere gran importancia a las comunicaciones grupales, de sustitución o alternativa. Pero, justamente, la confrontación realizada en los únicos términos que consideramos pertinentes es decir, a partir de la práctica que llevan adelante los sectores populares latinoamericanos, nos lleva a afirmar que lo que el Informe legitima es una comunicación alternativa a nivel tecnológico y formal, vaciada del contenido político y por ello transformador, alternativo creador de nueva realidad, que es lo definitorio de las prácticas 30 MacBride y otros, op. cit., p. 440. 72 In-disciplinada de comunicación popular que se desarrollan en nuestro continente, por grandes que sean sus limitaciones. Es en ese sentido que creemos que vale la precaución: decirnos que esas prácticas siguen siendo“ilegítimas” porque no son fruto del consenso sino de la lucha. Y decirnos al mismo tiempo que su no legitimación no es obstáculo para que profundicemos su conocimiento e impulsemos su desarrollo. Por el contrario, su pretendida entrada en la agenda internacional debería obligarnos a una reflexión cada vez más orgánica y metódica, para salvaguardarlas de todo intento de recuperación que pase por el vaciamiento de su real contenido y objetivo. Comunicación Popular 73 Cuando la comunicación puede ser sentida como propia: reflexiones sobre una experiencia popular(1983) * Llegamos a Nahualá, una pequeña población del departamento de Sololá en Guatemala, y lo primero que oímos fue el sonar rítmico de una marimba y la explosión de cohetes. Parecía haber fiesta en el pueblo donde los campesinos indígenas hablan sus sonoras lenguas: el quiché y el cakchiquel. Íbamos a visitar La Voz de Nahualá, una radio de un kilowatt que funciona hace 21 años en esa localidad, cubriendo con su labor directa cinco departamentos del país. 1 Apenas llegamos a la radio caímos en la cuenta que éramos parte de la fiesta. Las cofradías del pueblo, tradicionales organizaciones religiosas que ejercen un liderazgo moral muy acentuado en la población, y de las que participan hombres, mujeres y niños, nos dieron la bienvenida en la emisora. Después, fueron vecinos del pueblo quienes nos acogieron en sus casas; fueron los delegados de la palabra—laicos católicos militantes— quienes nos abrieron las puertas a sus celebraciones mientras los músicos seguían tocando las marimbas. En varios momentos algunos de los visitantes sentíamos que se trataba de una suerte de show: una recepción en la cual los encargados de la radio —que es parte de la diócesis católica de Sololá— querían ofrecernos una muestra“típica” de la región y poner de relieve su ligazón con el pueblo de la misma. Pero esa sensación se desvanecía cuando empezábamos a hablar dificultosamente con hombres y mujeres, con los niños que saben algo de castellano: las“cofradías” nos recibieron porque la radio“es del pueblo” y ellos son“cuidadores” del pueblo. Un indígena anciano llegó a decirnos:“No está bien que Madre María, la directora, reciba visitas ella sola. La radio es para nosotros“conocer y hablar” y también“las visitas”. * Artículo publicado originalmente en AAVV Comunicación y culturas populares en Latinoamérica, FELAFACS-G. Gilli, México. El trabajo de la autora fue escrito en 1983 con motivo de la realización del Seminario del Consejo Latinoamericano de Ciencias desarrollado en buenos Aires del 12 al 16 de septiembre de 1983. 1 La visita era parte de las actividades que desarrollamos en ocasión de la V Asamblea General Ordinaria de ALER(Asociación Latinoamericana de Educación Radiofónica), organización que aglutina a 44 instituciones de educación radiofónica de 15 países y en la cual nos desempeñamos al frente del área de investigación. 74 In-disciplinada En la emisora, en las casas, querían saber de otros pueblos y conocer sus lenguas; saber que en América Latina había otros que eran sus iguales y que se comunicaban y educaban como ellos. En cada conversación—y en voz baja— querían contarnos cómo vivían y sufrían hoy en Guatemala, qué era para ellos su comunidad y de qué modo la radio y la campana de la iglesia, convocando ante el peligro y la amenaza pero también a la reflexión y la unión, eran parte viva y dinámica de esa comunidad. Esta podría ser sólo una anécdota que nos llevara a ensalzar la labor comunicativa que, en tantos países, en tantos campos y pueblos, realizan grupos e instituciones mediadoras. Mi intención, al hacer el relato, es otra. Tal vez esa, como muchas otras experiencias del tipo, podrían ser profundamente cuestionadas. Lo que quisiera resaltar es un punto nuclear: el mismo que resaltan las organizaciones populares del sur chileno ante el atentado que sufriera hace poco tiempo una emisora de Osorno, que también pertenece a la Iglesia Católica cuando dicen, por ejemplo: “Todos nosotros, los campesinos de la décima región y nuestras organizaciones, tenemos en este momento un profundo sentimiento de amargura. Esto a raíz de que individuos cobardes y extremistas nos han dejado nuevamente sin voz, al silenciar a nuestra emisora que es Radio La Voz de la Costa destruyendo su antena. Este mismo silencio es el que en estos momentos nos mantiene más unidos que nunca a todos quienes sentimos la radio nuestra”. 2 Resaltar, en suma, ese sentimiento-convicción de propiedad de un medio de comunicación experimentado por grupos, organizaciones, sectores populares que, por otro lado, saben muy bien que ni son propietarios jurídicos ni gestores de esos medios en términos de su operación global. ¿Por qué considerar nuclear ese sentimiento-convicción en experiencias de este tipo? Experiencias que, recibiendo distintos nombres—comunicación alternativa, popular, participativa, de base, etc.— se plantean a sí mismas como“otras”, como diferentes a la comunicación cuyo modelo, querámoslo o no, todo el sistema de medios vigente en nuestras sociedades y las teorías que le sustentan ha impuesto y vuelto“normal”. 2 Carta de ACEJUC a dicha emisora. En estos momentos, las organizaciones del sur y el pueblo de Osomo están realizando una campaña que, bajo el lema“levantemos nuestra antena”, permita sustituir la casera, con la cual, una semana después del atentado, La Voz de la Costa reinició su labor. Mayor información en Hoy, Santiago de Chile, 6 al 14 de junio de 1983 y en Altercom núm. 29, Ilet, México, 20 de julio de 1983. Comunicación Popular 75 Podría pensarse que elegir un punto de partida como ese, rescatarlo como nuclear, sería recaer en aquella aberrante reducción de la comunicación al fenómeno de los medios tecnológicos que Pasquali y tantos otros han evidenciado 3 y que, ya en el terreno de las experiencias de comunicación llamadas alternativas, llevó a concebirlas, tanto a nivel teórico como práctico, como experiencias espejo, simple inversión de signo del sistema de medios dominante en nuestras sociedades y de la cultura de masa de la que son parte. 4 La práctica política y cultural de nuestros pueblos nos ha ido enseñando que la alternativa comunicacional no es una“mera disputa” en el terreno mediático, un“uso diferente” de los mismos medios, un cambio de contenidos o de productores de mensajes. Sin desechar ninguno de esos aspectos, la comunicación alternativa es expresión y parte consustancial de un proyecto de cambio que no deja para mañana la transformación de las normas del intercambio simbólico, de la producción del sentido, porque las reconoce como aspectos configurantes del tramado social que busca alterar. Sólo así se entiende el hecho de que diversos sectores del movimiento popular, en cada coyuntura nacional, multipliquen sus esfuerzos por generar y consolidar formas propias de expresión, por situarse crítica y activamente frente a las formas culturales impuestas, como momentos inescindibles de la confrontación orientada a la construcción de una nueva hegemonía. Y sólo así se entienden concepciones como la expresada por Vidal Beneyto—que compartimos— cuando señala que“lo alternativo es popular o se degrada en juguete y/o máquina de dominio. Y popular quiere decir que hace posible la expresión de las aspiraciones y expectativas colectivas producidas desde y por los grupos sociales de base. Tanto mayoritarios como minoritarios, tanto a nivel patente como latente”. 5 Desde ese punto de vista, la comunicación alternativa no puede aislarse de un proceso más amplio, aquel donde se configura la cultura popular, entendida como“el terreno donde el pueblo da forma simbólica a su existencia cotidiana y, a la vez, donde los símbolos producidos son vaciados y expropiados bajo el influjo hegemónico de los dominadores...” 6 ; el terreno, 3 Comprender la comunicación, Monte Ávila editores, Caracas, 1978, p.11. 4 Hemos desarrollado más este asunto en“¿La alternativa legalizada? Una lectura precavida del Informe Mac Bride” en Por una información libre y liberadora, CELADEC, Lima, 1982. 5 Alternativas populares a las comunicaciones de masa , Centro de Investigaciones Sociológicas, Madrid, 1979, p. XXXIX. 6 Fernando Castillo,“Religión popular, desafíos y esperanzas” en Fe y solidaridad , Servicio de Documentación núm. 27, Santiago de Chile, seguido por Ossandon, Fernando en“Comunicación popular y rearticulación del movimiento popular en Chile, hoy”; ponencia presentada al Seminario“Comunicación y Movimiento Popular”, CELADEC, Lima, 1981(mimeo), p. 2. 76 In-disciplinada en suma, donde se articulan la dominación y la resistencia, la destrucción y la creación de los sectores populares como sujetos históricos. Por eso la comunicación alternativa se genera y desarrolla en un terreno ambiguo y de manera contradictoria. Las prácticas comunicativas reflejan la confrontación con el modelo hegemónico vigente, pero también el punto hasta el cual dicho modelo ha penetrado la conciencia y la práctica de los sectores populares. Por otro lado, ella no existe en un vacío comunicativo: sus protagonistas están inmersos en el espacio constituido por la comunicación de masas y muchas experiencias incluyen el empleo de medios cuya tecnología—más o menos avanzada— no les redime del condicionamiento impuesto históricamente por unas modalidades económicas, políticas y culturales de producción y uso. Así vistas las cosas, intentamos una reflexión que nos acerque a una comprensión más cabal del papel que cumplen los medios tecnológicos en el proceso de construcción de opciones, para no caer nuevamente en una descontextualización y sobrevaloración de dichos medios o, por el contrario, en su minimización. Un esfuerzo pues por no escindir la comunicación alternativa del modelo mediático que, tal vez, nos permita comprender hasta qué punto, vivida desde lo alternativo, la comunicación masiva revela ante los sectores populares su carácter de clase, ese que permanentemente pretende negar bajo la ilusión del acceso igualitario a unos mensajes globales. 7 El sentir un medio que se plantea alternativo como propio—sin poseerlo ni gestionarlo plenamente— es por ello nuclear para nuestra reflexión, ya que de alguna manera funde los nuevos sujetos y experiencias con los medios, siendo así un lugar de enclave de dos realidades convergentes y contradictorias. Situado así el eje de nuestra reflexión, es necesario ubicar por último el lugar preciso desde el cual la desarrollamos: creemos necesario hablar desde donde la gente habla. Es decir, desde donde aquéllos a quienes denominamos clases o sectores populares están hablando de su experiencia cotidiana de comunicación. Porque es desde ahí—desde donde lo alternativo es vivido como tal— que adquiere validez la reflexión y el cuestionamiento. Mucho más que desde los modelos comunicativos que seguramente somos capaces de elaborar desde nuestra historia y posición. Fueron los campesinos y las 7 Seguimos en este intento a Jesús Martín-Barbero cuando plantea la necesidad de“investigar la cultura de masa desde el otro modelo, el popular...” en“Apuntes para una historia de las matrices culturales de la mass mediación”. Ponencia presentada en el Primer Foro Internacional de la Comunicación Social sobre Comunicación y Poder, Lima 1982(mimeo). Comunicación Popular 77 mujeres del Sur de la República Dominicana quienes, en primera instancia, nos llevaron a enfrentar ese aspecto nuclear, que habíamos encontrado reiterado en numerosas experiencias de comunicación alternativa, mientras tratábamos de conocer junto a ellos cuál era su relación con una emisora de la zona, Radio Enriquillo, que desarrolla hace siete años una labor de comunicación popular. 8 Son sus vivencias y percepciones y su propia reflexión sobre ellas la base de nuestras consideraciones. Qué es un medio propio “De los campesinos es esa emisora. No la hicimos nosotros pero fue para nosotros... Radio Enriquillo tiene directivos que la dirigen, que manejan los programas a nivel técnico... pero yo creo que los dueños somos nosotros”. 9 Son en su mayoría campesinos y mujeres de diversas organizaciones quienes se adjudican esa propiedad, mucho más que los jóvenes del movimiento clubístico, los dirigentes partidarios o los educadores populares y agentes pastorales que trabajan en la región, aunque todos ellos reconozcan la identificación de la emisora con los intereses del movimiento popular, su labor concientizadora e intercomunicadora en función de los diversos sectores que integran ese movimiento. Evidentemente, una de las razones que están en la base de ese sentimiento de propiedad del medio es la voluntad reconocida de quienes trabajan en él —directores, productores, locutores— de sumarse al pueblo y servirle:“Radio Enriquillo es dependiente del campesino, es decir que se une al campesino, habla de lo que le duele al campesino[…] Está luchando totalmente al día con nosotros. Está combatiendo desde la cabeza a”a rabiza por el bienestar de nosotros los infelices”. 8 Se trata de una emisora propiedad de miembros de la Iglesia Católica, creada en febrero de 1977 y ubicada en una región básicamente campesina, fronteriza con Haití. Desde el comienzo, asumió una“opción campesina” y como meta el ser una“emisora horizontal”. Durante un año y medio les acompañamos en un proceso de investigación- acción a través del cual los trabajadores de la radio y buen número de habitantes de la zona intentaron problematizar su realidad y práctica para profundizar su trabajo. Radio Enriquillo no opera aisladamente: un Centro de Promoción Campesina colabora de cerca en la labor relacionada con las organizaciones populares. 9 Todas las expresiones que transcribimos son parte de entrevistas y debates con sureños, que están recopiladas en los informes finales de la investigación. Se encuentra en preparación un libro sobre el tema. 78 In-disciplinada La radio y quienes trabajan en ella se convierten enseguida, en nuestros diálogos con campesinos y mujeres, en personajes algo excepcionales: la emisora es“el mayor hombre que hay en el Sur”, es“como mi pai y mi mai”, porque orienta, da luz, información necesaria para actuar y porque se ha puesto del lado de los explotados. Desde ese punto de vista, la emisora es propia porque es para ellos toda la acción desarrollada por un grupo que, desde una posición diferente—asumida como superior en muchos casos o por lo menos de un cierto privilegio—, ayuda y guía identificándose con los guiados, fundiéndose con ellos, tal como lo decía una sureña:“En sí el dueño es el pueblo porque las gentes que la dirigen se preocupan por los problemas de nuestra región. Cuando una persona se preocupa por los problemas de los demás no se pertenece en sí por mí misma, sino que se siente ser de todos y de nadie”. Por otro lado, la pertenencia del medio a la gente está ligada en este primer nivel al hecho de que se reconocen como tema central de la programación y sus destinatarios principales. Lo que no es poco decir para quienes viven inmersos en una red de medios y mensajes universalizantes donde desaparecen las particularidades sociales, económicas, históricas, geográficas. Y para quienes, rompiendo el cerco de los medios, tampoco sienten que su vida cotidiana y su futuro sea el tema central y el destinatario de la acción que un conjunto de entidades y organizaciones de diversa naturaleza desarrollan en su nombre, pero en la cual se reconocen utilizados, simples objetos para la“obtención” de fines que no son asumidos como de su“beneficio”, que le son extraños. 10 Como es lógico, comienzan a manifestarse en este nivel las diferencias con las“otras” radios de la zona. 11 Mientras Radio Enriquillo“le da experiencia al pueblo”, las otras“le embullan la cabeza”. Las otras“están del lado de las personas que tienen” y“dan las noticias que les convienen a ellos”. Por todo eso,“en muchas cosas estábamos inocentes, porque por las otras emisoras no nos dábamos cuenta”. Hoy la conciencia se ha ampliado porque frente al modelo dominante y único hay otra manera de informar, otros temas que son relevantes y se habla desde otro polo y con otra intención. 10 En este sentido, toda una parte de la investigación estuvo dedicada a la reflexión sobre las propias organizaciones, el papel de los“líderes” y el rol de los partidos políticos. 11 En la zona operan otras seis emisoras comerciales y llegan algunas más de alcance nacional. Hace ya varios años Radio Enriquillo se situaba en el tope de popularidad en algunas provincias sureñas y dentro de los primeros puestos en otras, según estudios de audiencia realizados por empresas publicitarias. Comunicación Popular 79 Sin restar importancia a esa identificación real de Radio Enriquillo con ellos y que por el contrario se exalta—“en el sur no se recordaba nada, el sur se estaba olvidando…”—, los campesinos y mujeres tienen otras razones para señalar que les pertenece: “Yo veo que algún infeliz pretende ir allá le ponen asunto como si hubiera sido su madre que hubiera llegado” decía uno de ellos, ante lo que otro insistía:“la diferencia con otras emisoras es grandísima, Radio Enriquillo no tiene dueño más que a nosotros mismos los agricultores. Entramos a la hora que nos da la gana, allí hablamos con todo el mundo sin carita brava, atienden a uno sin mirar para atrás...” Y no sólo se es“bien recibido” sino“atendido”:“Ni que tenga programa más divino, si llega un campesino o quien sea, a mandar un aviso de vital importancia, Radio Enriquillo corta su comunicación y extiende gratuitamente aviso”. Este segundo grupo de razones parece penetrar en terreno más profundo esas maneras populares de vivir la relación con los demás; de esa cultura de la convivencia del campesino dominicano llena de ranchos de puertas siempre abiertas donde está“a la orden” para quien llega. Y al entrar en esos modos propios inmediatamente se están nombrando los modos“de los otros”, que son modos de clase—claro está— pero modos derivados de una determinada racionalidad económica y comunicativa. Cuando las mujeres enfatizan que nunca antes eran tomadas en cuenta—aun cuando todavía hay reclamos acerca de la mayor presencia masculina en el medio—, cuando insisten en que no han ido nunca a“Radio Barahona, ni a Radio Sur, ni a Guarocuya pero a Enriquillo sí porque a esa la tenemos nosotros como si fuera nuestra”, hacen referencia a medios“de los otros” donde“si usted no lleva dinero, no hay nada” y donde no interrumpen un programa por la necesidad del pueblo. El medio de comunicación visto como negocio y sus mensajes como productos hechos en los cuales queda fuera la vida la gente son constataciones que la radio asumida como propia les ha ido permitiendo descubrir. Por último, campesinos y mujeres establecen un tercer tipo de razones que se ubica en el plano de la expresión propia:“Ahí son las voces campesinas las que se están oyendo. Anteriormente el campesino no se oía en parte. Pero hoy el campesino se está oyendo como campesino”. 80 In-disciplinada Ya no trata de ser un tema, de que existan aliados que trabajen y luchen junto a ellos, de ser“tenidos en cuenta como gente”. Se trata de que se ha roto un monopolio de voces. Se trata ahora de hablar, pero tampoco de cualquier modo, sino con el habla que identifica, que permite ser: “Las otras emisoras no aceptan, por ejemplo, que yo, que no tengo nada de locutor, tome los micrófonos para expresarme a toda la región o a todo el país. Porque allá se acostumbra a hablar escupiendo palabras, como una ametralladora. Pero aquí no. Aquí uno puede hablar despacio, con el lenguaje que uno sepa”. El hablar de lo que se vive, pero tal como se vive y se expresa cotidianamente, sin tener que aprender otra lengua para acceder a los medios que la consagraron como la norma, es recuperar una posibilidad mutilada. Antes, su manera de hablar era para ellos tan“de brutos” como para quienes hoy siguen pensando que“es de brutos”:“Antes no teníamos derecho a hablar por una emisora y hoy ya tenemos el derecho. Y así botamos el miedo todos de hablar. Y así va pa’ lante el pueblo de uno, porque uno hablando es que se entiende. Hay que botar el miedo a hablar”. A hablar como lo que se es: como mujer—y lo enfatizan— que siempre creyó que el único que sabía era el hombre; como campesino; como haitiano, no sólo explotado por el Estado dominicano y las transnacionales azucareras, sino despreciado racialmente por gran parte de sus hermanos de clase. Las palabras de un viejo campesino volvían a demostrarnos la validez de entender el lenguaje como medio de afirmación de un grupo, de creación de autoconciencia: 12 “El campesino se está fortaleciendo precisamente por lo que escucha en Radio Enriquillo. Porque ¿a quién es que escucha? Es a sus compañeros hablar y decir las cosas, decir al mundo, al pueblo sus sufrimientos...”. La expresión propia, vivida como experiencia de identidad, es base de intercomunicación: “Si uno expresa, por lo menos, la situación como la está viviendo en su campo ¿verdad? entonces los demás compañeros que viven pegaditos al radio, ahí escuchando a Radio Enriquillo, entonces ellos también se dan cuenta y dicen:“oye cómo están por allá... ¡pero es que nosotros tenemos problemas aquí también!” Y también 12 Creemos de interés, al respecto, el capítulo“La expresión negada” que Lombardi Satriani dedica el tema en Apropiación y destrucción de la cultura de las clases subalternas , Nueva Imagen, México, 1978, pp. 149-162. Comunicación Popular 81 ellos lo comunican y nosotros lo oímos aquí. Entonces eso se va contestando...” explica un campesino, ante lo que otro aclara—para que no queden dudas acerca de la naturaleza del medio—:“ni que ella sea una emisora, pero nosotros la escuchamos como si estuviéramos dialogando”. Diálogo que no se limita a un mero intercambio de mensajes, sino que significa la posibilidad de compartir entre iguales una vivencia y una experiencia:“Antes no nos dolía el problema del otro, del otro campesino... Y a través de la emisora hemos podido unificar nuestra lucha, que antes era menos unificada”. Reflexiones como ésa abundan entre la gente de la zona, nucleada en organizaciones de base que la radio no inventó sino que, como ellos dicen, ayudó a conectar, a vincular, permitiendo“ver vibrar los movimientos”. Permitiendo la materialización de una suerte de foro permanente que va recogiendo los momentos cotidianos del hacer—el balbuceo, la búsqueda— el proceso mismo de construcción del cambio en el que se van expresando las formas del dolor y la esperanza. Un foro donde“comunicamos a toda la región el sentimiento de nuestra comunidad”. El hablar de un medio propio es, como vemos, mucho más que la expresión de una identificación primaria, derivada de la popularidad, la habilidad para penetrar en los gustos o la posibilidad de captar los intereses de un sector social, tal como usualmente ocurre a nivel de los medios de la cultura de masa. En este caso, la identificación se deriva en primer lugar de la solidaridad instaurada entre el medio y los sectores populares, que les vuelve destinatarios de una acción mediadora, pero destinatarios en quienes se reconoce un sujeto real, un sujeto con voz y actividad propia. El sentimiento a partir del cual estamos reflexionando sale así de un espacio de ficción al que podría constreñirse si el medio sólo se les revelase como dirigido a ellos; si no fuese al mismo tiempo un medio que quiebra las reglas del juego del universo comunicativo global no meramente mediático en que dichos sectores están inmersos y que las quiebra porque ellos entran en la escena; ellos-todos, no sólo quienes les representan o dirigen. Si la radio tiene enemigos, si se ejercen presiones sobre ella, si es objeto de censuras estatales y ataques de los sectores dominantes, es, como dice un campesino, “porque las clases no se suicidan”. Y si estar con los explotados y dirigirse a ellos con un propósito orientador y en apoyo de su lucha puede ser causa suficiente para provocar reacciones del poder, resulta causa flagrante que sean los propios sectores populares quienes van asumiendo su propio 82 In-disciplinada mensaje:“Cuando el rico se une al rico y le habla al rico se oye al rico. Y por primera vez el pobre está oyendo al pobre, el analfabeto al analfabeto, por la radio... Y eso es algo que realmente no se quiere perdonar en este país”. No se quiere perdonar que los sureños—con todo el reconocimiento que les merece la labor desarrollada por los mediadores— sepan por experiencia y con bastante claridad dónde está el origen de un nuevo modo de relacionarse, de conocer, de comunicarse. Que ante las acusaciones que se formulan a la radio de ser un medio“agitador” de los sectores populares, reconozcan la agitación como hecho positivo, pero la ubiquen en un lugar que no es originariamente el del medio, sino el de su realidad: “Los agitadores somos nosotros, que francamente nosotros ya estamos conociendo nuestros derechos y tenemos a Radio Enriquillo y hacemos nuestros programas y ella nos los tira al aire. La agitación no es de Radio Enriquillo a las gentes; es lo contrario... Y si nosotros hacemos nuestros informes y Radio Enriquillo no hace lo que nosotros queramos que haga, pues eso está malo así”. El espacio propio del medio Del medio asumido como propio nos hemos ido desplazando al espacio que permite que él adquiera un sentido alternativo: el espacio representado por una realidad en la cual existen y actúan unos grupos populares. Las asociaciones campesinas, las organizaciones femeninas, los clubes juveniles preexistían al medio con una dinámica incipiente pero propia, tendiente a romper un determinado ordenamiento social y que pasa básicamente por unas formas de organización donde cada grupo pueda encontrar identidad y autonomía en la acción. El medio potencia ese espacio—para retomar una idea de Hernando Martínez 13 — porque, tal como señalan los sureños, hace entrar ese espacio y le deja“oírse” en otro espacio hasta ahora vedado: el de los medios masivos que sólo servían para acallarlo, ocultarlo, deformarlo. Y esa organicidad ganada por la radio deviene inmediatamente en el cuestionamiento de“los otros medios” que revelan su organicidad respecto de los“otros” sectores sociales, los identificados con el poder. 13 “Para potenciar ese contexto se requiere la creación de nuevos mecanismos y estructuras en la producción del mensaje, mecanismos que respondan al proceso que se está llevando a cabo en el contexto. Ese es el reto que se le presenta a la comunicación popular: concebirse como elemento de un proceso más amplio y crear, inventar, las formas de insertarse en él sin pretensiones de generarlo”.“El contexto de la comunicación popular y la comunicación alternativa” en Cultura Popula r núm. 3-4, CELADEC, Lima, abril 1982, p. 153. Comunicación Popular 83 Lo alternativo se sale así de los medios porque tampoco es en ellos donde se origina y comienza a definirse como un nuevo modo de presencia y participación en la realidad, más que en el hecho de producir o recibir unos mensajes. Reflexionando con jóvenes, campesinos y mujeres organizadas acerca de lo que significaría un cierre de la emisora, esa idea se confirma y refuerza. Hay quienes piensan que ello equivaldría a“la caída del sur entero” porque se cerraría la posibilidad de expresión masiva, de intercomunicación. Otros, en cambio, precisan la situación que se generaría como la de“una guerra pero en silencio” lo cual significa“volver a lo de antes”, a esos momentos en que resultaba mucho más difícil que unos supieran de otros, que pudiera canalizarse lo igual y lo distinto, los diversos matices de la existencia y la lucha cotidiana. Por eso tal vez algunos desafían la posibilidad de un cierre del medio:“Yo considero que no se va a poder cerrar porque nosotros mismos, las organizaciones, tomamos una medida sobre eso...”. Medidas que implican mera conservación del medio(”van a tener que llevarse a muchos junto con la emisora porque vamos a defenderla”), gestación de otro medio similar(“buscaremos ayuda para montar otra radio enseguida”;“nosotros la formamos, todos los agricultores”) o que van más allá, hasta la generación de formas sustitutorias que serían manifestación de un aprendizaje: “Yo no llego siquiera a imaginarme que Radio Enriquillo dejara de funcionar y pienso que si fuerzas poderosas impiden a Radio Enriquillo, eso en vez de atrasar los conocimientos que lleguen al pueblo, lo que va a hacer es acelerar. Porque el pueblo va a buscar otra fórmula de cómo llegue la orientación...” Cabría decir en este momento que son ciertamente una minoría quienes imaginan estas nuevas situaciones a través de las cuales lo que se busca es seguir construyendo una realidad diferente y no unos medios diferentes. Pero se trata de un germen que nace de la experiencia cotidiana y no de las propuestas de un grupo de elegidos, de agentes externos o de lúcidas vanguardias. “Al comienzo—cuenta un trabajador de la emisora— la gente se sorprendía y confundía cuando uno le preguntaba sus opiniones sobre algo”.“Hoy ya no—hacía ver una muchacha— cualquiera va a Radio Enriquillo y conversa cualquier cosa que quiere conversar y tirar al pueblo para que se oiga”. Ahora, la posibilidad de hablarle a los demás masivamente se ha vuelto parte de la cultura del pueblo sureño. El sentimiento de valía de su voz se ha vuelto tan 84 In-disciplinada fuerte que, no sin razón, los sectores de poder, e incluso sectores de la Iglesia que supuestamente“admiran” la labor de la emisora, advierten un único error: el que cualquiera pueda decir cualquier cosa, justamente; el dejar que la gente se exprese“de manera grosera”,“directamente”, sin tratar de educarla, de elevar su nivel cultural, para“que no solamente vayan a vociferar sino a decir cosas que tienen sentido”. Guattari dice bien cuando afirma: 14 “La palabra directa, la palabra viva, llena de seguridad y a la vez de indecisión, de contradicción, o sea, de sin sentido, es portadora de considerables cargas de deseo. Y es siempre esta parte de deseo la que tienden a reducir, a decantar, los portavoces, los intérpretes, los burócratas de todo tipo. La lengua de los medios de comunicación oficiales está calcada de las lenguas civilizadas de los medios dirigentes y de las universidades; todo remite con ella a un corte fundamental entre el decir y el hacer. Los únicos que tienen derecho a hacer son los dueños de esa especie de decir. Las lenguas del deseo, en cambio, inventan nuevos medios y poseen una tendencia irrefrenable a pasar a la acción; primero empiezan por‘conmover’, por hacer reír, por impresionar; más tarde hacen tener ganas de‘ir hacia’, hacia los que hablan y hacia lo que está en juego”. Lo que está en juego, en el caso del pueblo del sur dominicano, es su afirmación por sobre quienes detentan el monopolio del sentido; por ello más que advertir un error, lo que esos sectores advierten es un grave peligro. Ese peligro que, desde el otro polo de la contradicción, es vivido como fuerza propia. Una necesaria advertencia final La realidad sobre lo que hemos reflexionado no constituye un modelo. La práctica de las organizaciones populares a las que hemos hecho referencia, así como la de la misma radio, son débiles e imperfectas. A cada paso asoma la falta de participación, la disgregación y la convicción de ser incapaces ante“los que saben”; asoma el autoritarismo o dirigismo de los mediadores, su falta de coherencia con la opción asumida. A cada paso, el modelo económico, político y cultural dominante—el que concretamente domina a los sujetos de la experiencia— impone constricciones. 14 “Las radios libres populares” en L. Bassets ed., De las ondas rojas a las radios libres, G. Gili, Barcelona, 1981, p. 234. Comunicación Popular 85 Sin embargo, es una realidad que nos ha ido permitiendo encontrar pistas más ciertas para comprender un poco más hasta qué punto o, mejor dicho, cuándo pueden tener sentido los esfuerzos que realizan grupos mediadores —desde una opción cristiana o desde un compromiso político— por“dar voz al pueblo”. Hasta qué punto o, mejor dicho, de qué manera un medio de comunicación puede ir siendo parte de una cultura popular que, como bien señala Cirese, no se define por propiedades intrínsecas sino por su relación histórica de diferencia o de contraste respecto de otros hechos culturales 15 . De qué manera, si la comunicación alternativa se basa en la expresión propia de los sectores populares—con su pobreza y contradicción, con sus urgencias y dinámica—, es capaz de hacer visibles esos contrastes impugnando legalidades vigentes, los modos aceptados del decir y el hacer; capaz de ir revelando una cultura a partir de la cual el pueblo va solidarizándose consigo mismo, va reuniendo lo disperso y acrecentando su convicción de que puede actuar, tal como es, en terrenos vedados. Somos conscientes de que otras experiencias, situadas en contextos sociopolíticos diferentes y vividas por sectores y grupos diversos, podrían ofrecer nuevas pistas. Creemos, por otro lado, que el teatro o el cine, la prensa o el video, no necesariamente se insertarían de manera idéntica a la radio en el mismo contexto, y volvemos de ese modo a negarnos a escindir los medios de las prácticas sociales. Por eso estas reflexiones, que no nos pertenecen totalmente ya que son parte de todo un proceso de producción de conocimiento que los sureños y los integrantes de Radio Enriquillo han ido desarrollando, no aspiran universalidad o aceptación final. Más bien pretenden ser un punto en el camino que tantos venimos recorriendo en ese intento definido de ir creando junto con los protagonistas de las alternativas sociopolíticas, y por ende comunicativas y culturales, también un pensamiento alternativo. Fernando Reyes Matta, al inaugurar el Seminario“Comunicación y Pluralismo; alternativas para la década”, se hacía un conjunto de preguntas ante las cuales señalaba: 16 “Esas y otras preguntas nos remiten a buscar respuestas allí donde está la conciencia y la creatividad popular en acción. Si 15 Ensayo sobre las culturas subalternas, Cuadernos de la Casa Chata núm. 24, México, 1979, p. 51. 16 Seminario organizado por el ILET, México, 1982. Discurso publicado en Nueva Sociedad núm. 64, Caracas, enero-febrero 1983, p. 130. 86 In-disciplinada la denuncia de dimensiones culturales imperialistas acaparó nuestra atención en las últimas décadas, es necesario tener los ojos y oídos muy abiertos a lo que está sucediendo en el espacio de lo“imaginario popular”. Allí se construye el mundo de las respuestas frente a la presencia comunicativa trasnacional. Pero allí están pasando muchas cosas que desafían nuestras capacidades políticas, teóricas, profesionales. Hay que ser parte de esta multiplicidad de expresiones comunicativas que construyen una espiral de relaciones y convocatorias para cambiar el orden dominante. No es sólo una cuestión de contracultura. Es, por encima de todo, un proceso creativo propio determinado por las aspiraciones, la memoria colectiva y los propios valores de grandes mayorías postergadas”. Ciertamente, debemos ser parte de esas búsquedas que no deben detenerse en el campo de la práctica, como muchas veces ocurre, sino que deben penetrar el campo teórico porque ellos no están—no deben estar— separados. No andamos buscando sólo unos medios vividos como propios, sino un conocimiento propio de los sectores populares del que no nos aislamos—ensalzándolo o minimizándolo— sino del que queremos ser parte en diálogo tan plural y democrático como soñamos lo alternativo. 17 Hace exactamente diez años, desde esa escuela a la que dedicamos tantos esfuerzos y en la que seguramente cometimos muchos errores—la Escuela de Ciencias de la Información de la Universidad Nacional de Córdoba— desarrollábamos una primera experiencia de“contrainformación” para hacer oír“nuestra verdad”—que pretendíamos del pueblo chileno— ante las mentiras o medias verdades que los medios masivos difundían con relación al golpe militar que acababa de derrocar a Salvador Allende. Desde entonces algo hemos caminado y aprendido de las múltiples formas que las verdades de los pueblos asumen tras variadas formas de expresión. Tal vez lo más importante de ese aprendizaje haya sido el caminar más al paso, impregnando nuestra práctica de lo que decimos pero a menudo no admitimos: la necesidad de que el pueblo irrumpa verdaderamente con su discordancia, su sabiduría y su experiencia vital de resistencia y creación con su cultura, en suma, en la producción de una nueva comunicación y de un nuevo saber. Nuestro limitado ejercicio de la investigación ligada a la práctica de grupos que desarrollan experiencias de comunicación popular, 17 Hemos desarrollado esta problemática en“La investigación acción en la construcción de lo alternativo”, ponencia preparada para el V. Ciclo de Estudios de INTERCOM, São Paulo, 1982. Comunicación Popular 87 una investigación acción que, como afirma Pozas, 18 busca una identificación, una fusión de participantes en una racionalización conjunta para la práctica, nos confirma en la idea de que ello es necesario y posible. Las reflexiones que hoy compartimos con ustedes son fruto—bueno o malo, pero cierto— de esa posibilidad. 18 “La construcción de un sistema de terrazas”, Cuaderno núm. 1 Serie Estudios, Centro de Estudios del Desarrollo, Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, UNAM, México, 1979, p. 10. 88 In-disciplinada Comunicación popular: de la exclusión a la presencia(1987) * Hace algunos años, casi a fines de 1985, el CIESPAL(Centro Internacional de Estudios Superior en Comunicación para América latina) dedicó un número de su revista CHASQUI a la cuestión de la comunicación popular. En esa ocasión, los editores me pidieron que compartiera la experiencia desarrollada desde 1976 a 1992 por el Programa de Comunicación popular de CELADEC, del que había formado parte. 1 Al finalizar aquel artículo, un poema de Raimon me sirvió para cerrar una suerte de baIance global de esos años de labor en los cuales tratamos de apoyar la capacitación y el interrelacionamiento de muchos grupos e instituciones que, en diferentes realidades y de diferentes maneras, estaban haciendo eso que llamamos comunicación popular. Yo decía entonces que tal vez nuestros esfuerzos— nuestros aciertos y fracasos— habían tenido un único valor, el de ser esfuerzos ligados a una palabra colectiva de América Latina que bien podría decir con los versos del cantautor catalán:“Yo vengo de un silencio/ antiguo y muy largo/ de gente que va alzándose/ desde el fondo de los siglos/ de gente que llaman/ clases subalternas/ Yo vengo de un silencio que no es resignado/.../ que romperá la gente/ que ahora quiere ser libre/ y que ama la vida:/ que exige las cosas que le han negado”. 2 Si esos mismos versos me sirven hoy para abrir estas reflexiones sobre lo que llamamos comunicación popular, es porque me parece necesario cuestionar una idea persistente en América Latina después de muchos años de prácticas y debates y que, en el marco de la democratización de nuestra sociedad, tiende a crecer frondosamente al amparo de las escuelas y facultades de comunicación, de proyectos gubernamentales y no gubernamentales de promoción y educación, y de los deseos de un buen número de comunicadores profesionales—quiero decir, diplomados— que, sin perjuicio de contar con las mejores intenciones sociales y políticas, necesitan ensanchar el estrecho campo laboral que se les ofrece. 1 “Formación e Interrelacionamiento, la experiencia del Programa de Comunicación de CELADEC”, CHASQUI No. 8, octubre-diciembre 1985, CIESPAL, Quito. 2 “Yo vengo de un silencio”, en Poemas y canciones, Ariel, Barcelona, 1976. Comunicación Popular 89 Me refiero a la idea según la cual la comunicación popular sería una modalidad comunicativa tal como pueden serlo la comunicación educativa, la científica, la masiva(la de los grandes medios que constituyen la industria cultural), la participativa, la grupal, la audiovisual y así por el estilo. Cuestión de técnicas, como se advierte, o cuestión de áreas de aplicación, de alcance, de metodologías de producción. Desde esa perspectiva, basta construir un buen modelo teórico—es decir, suficientemente fundamentado en algunos de los paradigmas a partir de los cuales se piensan los procesos comunicativos—, proponerlo luego como referente y, a renglón seguido, confrontar cada experiencia particular con ese objeto ideal. Así, uno puede establecer niveles de“popularidad” de una práctica: poca participación en esta, poco control de la organización de base sobre la gestión del medio en aquella, contenido alejado de la problemática del sector en varias, etc., etc. Tanto ha cundido ese modo de comprender la comunicación popular que es frecuente toparse con gente que acude a quienes se supone entendidos en la materia, para que se bendigan o condenen las experiencias que se desarrollan. Para que se las bautice como populares en tanto han alcanzado una serie de prerrequisitos, o se las excluya de la tal categoría. Tanto ha cundido que, por ejemplo, en los ámbitos académicos llega a pensarse que incorporando uno o dos cursos ad hoc, donde los estudiantes se apropien de unos pocos conceptos básicos y de unas cuantas metodologías de trabajo, ya se están formando profesionales aptos para“hacer comunicación popular”, del mismo modo en que pueden formarse para ser publicistas o para producir videos o buenos comentarios y editoriales. Vuelvo entonces a los versos de Raimón. Vuelvo a la idea de un“silencio no resignado”, de un silencio secular que quieren romper las gentes que andan buscando vivir en libertad. Vuelvo a la idea de una palabra colectiva que va nombrando—cuándo, dónde y cómo puede hacerlo— una realidad que es la de los sectores populares y que, al nombrarla—balbuceante, fragmentaria, contradictoriamente—, la va tornando visible, identificable, significante. No se trata, por tanto, de hablar de técnicas ni de medios ni de metodologías de acción. Sin negar el lugar preciso e importante que cada uno de esos elementos juegan en la producción de la comunicación, se trata de hablar de los sectores populares, de su situación, de sus modos de vivir y de pensar su vida, de sus necesidades y deseos, de lo que los mueve en algún momento —por iniciativa propia y autónoma o con el concurso de otros— a hablar públicamente, a hablarse entre sí y para los demás. 90 In-disciplinada Imposible entonces avanzar en esta reflexión sobre la comunicación de los sectores populares si no precisamos el lugar que otorgamos a la comunicación dentro de la dinámica de nuestras sociedades latinoamericanas, signadas en la mayoría de los casos por situaciones de dependencia externa, por profundas desigualdades internas en el terreno económico, político y cultural. Si se piensa la comunicación como un conjunto de intercambios a partir de los cuales se van procesando identidades, normas, valores, se van articulando intereses, se van acumulando y legalizando saberes y poderes; es inevitable reconocerla como un terreno privilegiado para la construcción de diferentes sentidos del orden social. Es decir, como un terreno a partir del cual diferentes actores propondrán sus propios sentidos de ese orden, que competirán entre sí para convertirse en sentidos hegemónicos. Son esos intercambios y el terreno que ellos dibujan los que constituyen, a nuestro juicio, la estructura comunicativa de nuestras sociedades y no, como a menudo se sostiene, las redes tecnológicas existentes 3 . En ese sentido, resulta productivo el planteo realizado ya hace tiempo por la chilena Giselle Munizaga, cuando sostiene que“el sistema de comunicación de una sociedad está constituido por una red de oportunidades potenciales o actuales de hablas y por un discurso social que se produce y reproduce en ellas haciendo su operación posible” y al explicitar que“las hablas disponibles en una sociedad son el resultado de una práctica comunicativa en la cual están presentes los resortes del poder y del disciplinamiento social, a través del silenciamiento de zonas expresivas, el realce de otras y la jerarquización de todas” 4 . Si volvemos la mirada a la estructura comunicativa de nuestras sociedades, a esa trama de discursos que diferentes sectores pueden articular públicamente, advertimos la no actualización de una serie de hablas que remite necesariamente a la exclusión de unos hablantes. Mientras unos sectores pueden desplegar su discurso ante el conjunto de la sociedad en distintos espacios y oportunidades, hecho que los cohesiona, los legitima y 3 Nos referimos a esos innumerables estudios en los cuales los niveles de información y comunicabilidad propios de una sociedad se establecen relevando la cantidad de medios masivos con que cuenta, su alcance absoluto y relativo, el uso que se hace de ellos en términos de venta o consumo, sin tener en cuenta el conjunto de intercambios que ocurren, su naturaleza y sus protagonistas. 4 “Algunas problematizaciones en torno al tema de la democratización de las comunicaciones”, CENECA, Santiago de Chile, Junio 1983, pp. 9 y 12. Comunicación Popular 91 consecuentemente contribuye a conferirles poder, otros sectores carecen de esa posibilidad. Y, lo que es más grave aún, impedidos históricamente de participar en la producción del discurso público, no llegan siquiera a reivindicar su legítimo derecho a hacerlo, no alcanzan a reconocer su capacidad de hacerlo, internalizando de tal suerte su exclusión y naturalizándola, dificultando su intelección como parte de la exclusión económica, social y cultural que padecen. Sin embargo, desde el campo popular, desde el conjunto de clases y grupos subalternos, también se ofrece resistencia, también se trabaja y lucha por modificar ese ordenamiento excluyente. Es allí, en esa dinámica de confrontación que asume características peculiares en cada realidad, que van apareciendo las diversas formas de comunicarse de los grupos excluidos de la estructura comunicativa vigente. Es allí que sus discursos potencialmente públicos se actualizan, mostrándose como un discurso otro porque es el discurso de los otros. Hace algún tiempo, respondiendo a una pregunta que se me formulara acerca de cuál creía que eran las principales necesidades comunicativas de los grupos populares de América Latina y cómo se manifestaban 5 , señalaba, precisamente, que las necesidades no se autogeneran, sino que se inscriben dentro de sus necesidades más vitales. Así, por ejemplo, cuando una organización obrera o campesina lucha por sus reivindicaciones y apela a un periódico, a volantes, a comunicados, para difundir sus reclamos y aglutinar al sector, no lo hace tanto por reivindicar su derecho a comunicar—aunque de hecho lo reivindica— sino porque la comunicación le resulta esencial para su acción. Cuando las señoras de un barrio popular comienzan a trabajar en prevención de la salud de sus hijos y recurren a sociodramas realizados por ellas mismas que difunden a través de los parlantes de un mercado, de Ia parroquia o del centro comunitario, no lo hacen por entretenerse o desarrollar su creatividad, aunque ello se logre. Buscan hacer consciente una problemática cotidiana y motivar a sus vecinas para ir encontrando formas comunes de actuar. Podríamos multiplicar los ejemplos. Siempre encontraríamos una constante: en sus esfuerzos por transformar sus condiciones de vida e ir creando un nuevo orden social—lo que implica una resistencia o enfrentamiento contra el orden hegemónico— los sectores subalternos van experimentando, 5 “Procesos de Comunicación Popular y Enseñanza de la Comunicación”, en Revista de la FELAFACS, No. 14, Federación Latinoamericana de Asociaciones de Facultades de Comunicación Social, Lima, Julio de 1986. 92 In-disciplinada descubriendo, diversas necesidades que pertenecen al terreno de la comunicación y la cultura, al campo de las relaciones y los intercambios simbólicos. Necesidades que tienen que ver con la producción de sentido y que podemos intentar precisar del siguiente modo, aun cuando ésta no sea más que una precisión de carácter indicativo: - Necesidad de informarse adecuadamente. Una información desde su situación e intereses que, en general, les es negada por los medios existentes o a la cual difícilmente pueden acceder. - Necesidad de comprender su realidad. De elaborar una explicación acerca de su situación de subalternidad y de poder expresarla para compartirla con sus iguales. - Necesidad de reconocerse a sí mismos como sujetos de la historia. Identificarse, autovalorarse, unir lo disperso y desigual a partir de lo que tienen en común. - Necesidad de mostrarse al conjunto de la sociedad haciéndole conocer su realidad y sus proyectos. - Necesidad de lograr formas auténticas de participación. Formas de acción conjunta, solidaria. Formas de compartir la palabra y el poder. Más allá de las modalidades expresivas a que se recurra, más allá de los niveles organizativos e institucionales que se pongan en juego y más allá de los medios tecnológicos empleados, lo que una significativa corriente de pensamiento viene denominando en América Latina como comunicación popular es, justamente, el conjunto de prácticas a partir de las cuales los grupos populares van satisfaciendo esas necesidades; lo que representa, además, un modo de ir constituyéndose como actores sociales, un modo de ir construyendo su identidad, produciendo su cultura y sentando las bases de un diferente ordenamiento social. En el marco de unas estructuras comunicativas que excluyen a una serie de posibles hablantes y discursos y que, en consecuencia, dificultan e impiden que un conjunto de individuos, grupos y sectores sociales puedan autoidentificarse y hablar su realidad, la búsqueda de la autoexpresión, de la participación en la generación del discurso público constituye el rasgo definitorio de lo que damos en llamar comunicación popular y equivale a tratar de transformar la exclusión en presencia, el no-reconocimiento en legitimidad. De ahí que podamos identificar la comunicación popular en el conjunto de prácticas en las cuales unos nuevos actores comunicativos—los Comunicación Popular 93 populares— se harán visibles ante sí y ante la sociedad de manera tan precaria y contradictoria, pero tan particular y significativa como lo son su vida y su cultura, como lo son los movimientos sociales que generan y los expresan. Pensada desde esta perspectiva, la comunicación popular revela su carácter alternativo. Pero no en el sentido de oferta opuesta o impugnadora de los grandes medios—como tantas veces se ha empleado el término— sino en razón de su intencionalidad y potencialidad para modificar un orden monopolizado por pocas voces. Es por ello que recusamos la tendencia a definir la comunicación popular, o incluso a caracterizarla, a partir de las diferencias tecnológicas o de contenidos que ella presenta frente a dichos medios, aunque existan esas diferencias. Si a menudo las prácticas populares de comunicación apelan a formas interpersonales no es, por ejemplo, en razón de oponerse a la despersonalización y distancia que implica la comunicación a través de los medios masivos, sino porque, en muchas ocasiones, esas prácticas recuperan, revalorizan y transforman prácticas culturales fundadas en la palabra y el diálogo, en el gesto y el rito, en el contacto, en las relaciones cortas. Si a menudo se utilizan medios muy artesanales y se trabaja pobremente—sin cuidar la calidad de los mensajes producidos— no es porque se desestime la eficacia de la tecnología o de la buena factura de un producto. Aunque existen ciertamente grupos—especialmente los partidos políticos o grupos religiosos— que suelen identificar lo popular con la pobreza y se niegan, en consecuencia, a adoptar y adaptar innovaciones y tecnologías que tienen la marca de la“dominación”, en general lo artesanal es fruto de la escasez de recursos que enfrentan los grupos y de sus carencias en el terreno de la capacitación. Si a menudo lo popular se asimila a lo grupal o lo restringido y aparece opuesto a lo masivo, no es menos cierto que existen numerosas experiencias pensadas desde los medios masivos, como ocurre en el caso de las radios populares que funcionan en diversos países latinoamericanos, o de tantos periódicos que alcanzan tirajes significativos. Lo que marcará—para no hablar de determinaciones— en cada práctica en su faz técnico-expresiva, en cuanto a sus protagonistas y en términos de contenidos son tanto las características sectoriales, culturales, organizativas, políticas de los grupos que les dan origen, como las particulares realidades nacionales en que ellos actúan—los niveles de libertad o las restricciones existentes, la fuerza o debilidad de los proyectos de cambio—, como también la índole de las alianzas y acuerdos que se operan, es decir, las relaciones más o menos orgánicas que se establecen entre grupos populares y diversas 94 In-disciplinada organizaciones e instituciones mediadoras. 6 Y no existen rasgos definitorios —la participación, la horizontalidad, la cotidianeidad—, por genéricos que parezcan, que puedan delinearse por fuera de esas condiciones y situaciones. De ahí que, aún muy someramente, quisiéramos cerrar estas consideraciones refiriéndonos a lo que está sucediendo hoy, en nuestra realidad. A partir de la restauración en nuestro país del sistema democrático, uno de los hechos más sobresalientes—en el sentido de la trascendencia pública— que se produjeron en el campo de la comunicación ha sido el debate acerca del papel que deben cumplir, en esta nueva etapa, los medios de comunicación masivos. Muchos de los planteos realizados en el curso de ese debate, que se espera sea la base del reordenamiento jurídico, institucional y económico de tales medios—ley de radiodifusión incluida— apelan a la necesidad de democratizar la comunicación o a la de establecer unos lineamientos políticos que garanticen su democratización. Así, se hablará del pluralismo ideológico que deberían reflejar y propiciar dichos medios, de su desconcentración que propicie un federalismo hoy inexistente, de los mecanismos tendientes a evitar la injerencia autoritaria del Estado en el sistema, de su necesaria intervención en cambios para salvaguardar los derechos públicos y el interés general en materia de información. Sin que hayan alcanzado la misma trascendencia pública, pero revelado sin duda un mayor grado de originalidad en términos propositivos, se han producido otro tipo de hechos en el panorama comunicativo nacional. Nos referimos a las innumerables prácticas que han comenzado a desarrollarse en ese terreno, denominándose confusa e indistintamente alternativas o populares. Así, se editan periódicos y boletines, se organizan grupos musicales y teatrales, se producen audiovisuales, historietas y videos; se organizan festivales y jornadas culturales, proliferan las emisoras radiales de carácter comunitario en frecuencia modulada. 7 Esta multiplicación de prácticas alternativas y populares se opera de manera concomitante con la reactivación de numerosas modalidades 6 Al respecto ver, en este mismo volumen, Paiva, Alfredo,“La Comunicación Alternativa sus campos de influencia, sus limitaciones y sus perspectivas de desarrollo”. 7 Prueba de la magnitud del fenómeno la constituye, por ejemplo, el Segundo Encuentro Nacional de Medios Populares y Alternativos que se realizará este año en Rafaela(Santa Fe), organizado por el Grupo testimonio con el auspicio de la sección argentina del CEAAL(Consejo de Educación de Adultos de América Latina), y que promete reunir a más de una cincuentena de experiencias. Comunicación Popular 95 organizativas a nivel de base que habían sido quebradas por la represión y la clausura impuestas por la dictadura militar. Se opera paralelamente a las transformaciones que se comienzan a dar dentro de algunos movimientos preexistentes, como ocurre en el caso de los sectores obreros, barriales y campesinos. Se liga a la aparición de nuevos actores en la escena social y al surgimiento de nuevas formas de aglutinamiento y acción colectiva, tal como lo ponen de manifiesto los movimientos de mujeres y jóvenes o las nuevas tendencias hacia la cooperativización del trabajo y el consumo. La comunicación alternativa, la comunicación popular, aparece ligada de tal suerte a las propuestas y esfuerzos que se realizan desde diversos ámbitos para construir unas relaciones diferentes, un orden social que funde su propia dinámica y existencia en la participación de diferentes grupos y sectores en acciones y decisiones que tienen que ver con el interés particular y general. Esfuerzos por crear espacios y formas de agregación de variados intereses en los cuales el colectivo, y no sólo algunos dirigentes o élites, puedan asumir papeles protagónicos. Esfuerzos por modificar las condiciones de vida y mejorar su calidad, asumiendo la dirección de esas modificaciones. Tal como sucediera en diversos países latinoamericanos en décadas anteriores, las prácticas populares de comunicación aparecen menos ligadas a la búsqueda explícita de una democracia comunicativa o a la democratización de las comunicaciones que, como se advierte, a los esfuerzos por democratizar el conjunto de relaciones sociales y, en particular, a una búsqueda de nuevos modos de entender la construcción del poder y la transformación social. 8 Sin embargo, ellas están permitiendo—tal vez de manera mucho más significativa que lo que parece advertirse— una pluralidad discursiva que rebasa los marcos impuestos por el sistema de medios masivos. Con todas sus limitaciones e imperfecciones, ellas están revelando lo local y lo regional, lo particular y lo propio, haciendo estallar la centralización y concentración de la palabra. Están haciendo visibles las realidades silenciadas. O, lo que es igual, pero para decirlo aludiendo a una de las muchas prácticas que podrían mencionarse: el guaraní se está haciendo escuchar por parlantes precarios en el Gran Buenos Aires. 8 En este sentido vale revisar trabajos como los de Fernando Ossandón,“Democratización de las Comunicaciones” en Chasqui, cit. y Regina Festa,“Movimientos Sociales, Comunicación Popular y Alternativa”, en Festa y otros, Comunicación Popular y Alternativa, Ed. Paulinas, Buenos Aires, 1986. 96 In-disciplinada ¿Cómo potenciar esas nuevas voces?, ¿cómo fortalecer los espacios abiertos a la participación aún precaria?, ¿cómo apuntalar esa difícil construcción de identidades y pertenencias que la comunicación popular promete? El apoyo, el asesoramiento y la capacitación a los grupos y sectores que lo demandan es, ciertamente, una vía. Pero poco se hará, si no se acercan ambos campos —el de los debates en torno a la democratización de la comunicación y el de las prácticas populares— para que sea posible asegurar, desde el campo de las políticas de comunicación y las regulaciones jurídicas, crecientes espacios en que los nuevos discursos puedan generarse y desplegarse. Para que, lejos de ser marginal, la comunicación popular constituya, en un marco de efectiva pluralidad democrática, un espacio central de intercambio y articulación solidaria. Para que, en suma, las políticas de comunicación comiencen a pensarse desde quienes hoy, excluidos, irrumpen en la escena. Comunicación Popular 97 Jóvenes y radios populares: ¿nuevas búsquedas o productos del mercado? (1998) * En el número 5 de Causas y Azares , una nota bibliográfica en torno a dos compilaciones de artículos referidos a la juventud y la inclusión de una parte de la introducción de Vidas Imaginarias. Los jóvenes en la tele 1 plantearon una de esas polémicas que bien merecería ahondarse y que por pura pereza, por falta de reflejos o porque ya no creemos demasiado en el valor de la discusión, quedan como guantes tirados al vacío. El nudo polémico al que me refiero tiene que ver, en cierto sentido, con la juventud y su construcción social y categorial. Pero, en un sentido más fuerte, tiene que ver con el lugar desde el cual se producen tales elaboraciones. Los autores de Vidas imaginarias... y Augusto Lema alertan respecto de la“sugestiva y peligrosa simbiosis” que se estaría produciendo entre el“mercado académico” y el “mercado a secas” como fuentes tópicas para pensar la cultura de nuestro tiempo y arriesgan algunas aproximaciones a sus causas. Casi contemporáneamente a la aparición de ese número 5—Otoño del 97— el poder del mercado como generador de realidad y como realidad dadora de sentido se me aparecía también vinculado a la problemática juvenil desde un espacio diferente, quiero decir, no vinculado a las prácticas académicas sino a prácticas comunicativas que, genéricamente, se reconocen como alternativas. 2 Esa coincidencia, seguramente fruto de la casualidad para los ojos habituados a detenerse en el registro de las apariencias, encierra en cambio una enseñanza mayúscula: podría revelar la capacidad demiúrgica del mercado mediático, su potencia nominativa, expresada en esa transversal aparición de interrogantes y respuestas similares en terrenos tan notablemente y por mucho tiempo alejados entre sí como el de la investigación académica y el de la intervención comunicativa. * Artículo publicado originalmente en Revista Causas y Azares , Nº 7, Buenos Aires, Argentina. 1 La nota bibliográfica“La juventud es más que un objeto de estudio” pertenece a Augusto Lema. Santiago Gándara, Carlos Mangone y Jorge Warley son los autores del libro publicado por Biblos. 2 Me refiero a las prácticas radiofónicas desarrolladas por emisoras populares y educativas nucleadas en ALER, la Asociación Latinoamericana de Educación Radiofónica. 98 In-disciplinada Para echar leña al fuego, pues, siento que adquiere interés lo que en una de las Mesas de Trabajo del Seminario que precedió a la X Asamblea General de ALER reflexioné con directores e integrantes de varias emisoras populares de América Latina que se interrogan acerca del papel y del lugar de la juventud en nuestra cultura. 3 Las preguntas iniciales Cuando los organizadores del Seminario me convocaron para elaborar la ponencia que motivara la discusión en la Mesa de Trabajo referida a la juventud, fueron precisos: me solicitaron reflexionar acerca de la“presencia” y“ausencia” de los jóvenes en las radios populares. Pero como suele ocurrir, las precisiones se vuelven apertura hacia lo ambiguo por obra y gracia del lenguaje ¿Qué significaba, qué podría significar, estar presente o ausente en las radios populares? Si las radios populares, y la radio en general, se piensan como espacios de interlocución entre distintos sujetos, pensar la presencia y la ausencia de algunos sujetos en particular—en nuestro caso, los jóvenes— me parecía que, al menos, implicaba dos cosas. Por un lado, preguntarnos en qué medida y de qué manera los jóvenes están presentes en el discurso de las radios populares. Es decir, para qué y cómo se les habla en ellas, qué se les dice, qué se les propone, quiénes y desde dónde les dicen algo, cómo se busca que ellos las escuchen y participen en la programación. Por otro lado, preguntarnos hasta qué punto los jóvenes aceptan o no ese discurso y se convierten o no en oyentes de las radios populares. En suma, y esta fue la primera conclusión a la que llegué para ordenar mi reflexión, me dije que la presencia y la ausencia de los jóvenes en relación con las radios populares significaban pensar el tipo de vínculos que se construían en ellas con ese sector de la población. Ahora bien, las radios populares no existen en el vacío. Son parte de una escena poblada por otras radios, otros medios, otras ofertas culturales. Por eso, la segunda conclusión a la que llegué fue la siguiente: para situar el tema que nos ocuparía, debíamos enmarcarlo en esa situación más global: la del tipo de vínculos que construyen hoy los medios masivos y las radios en general con los jóvenes. 3 El Seminario“Radio Popular y Cultura” se desarrolló del 18 al 20 de septiembre de 1997 en Cumbaya, Ecuador. Las Mesas de Trabajo estuvieron destinados al debate de problemáticas tales como la mujer, los jóvenes, la educación formal, las nuevas tecnologías y el trabajo en red en las radios populares, y las posibilidades y sostenibilidad de dichos medios. Comunicación Popular 99 Pero ahí se me planteó un segundo problema: qué nombramos cuando nos referimos a los jóvenes. Generalmente, para respondernos esa pregunta acerca de lo que es ser joven, recurrimos a un dato de tipo objetivo: la edad. Se considera joven a toda persona que tiene determinada cantidad de años. En general, en los estudios sociológicos, suele considerarse joven a toda persona de entre 18 a 25 años por una serie de razones: en ese periodo se adquiere la mayoría de edad en términos legales y jurídicos, se adquiere la condición de ciudadanos en términos políticos y también la independencia económica y la autonomía como individuos respecto de los padres. A esa edad se comienzan a imponer a las personas ciertas obligaciones y a reconocérseles ciertos derechos sobre su vida personal: por ejemplo, la obligación y el derecho de realizar elecciones acerca del curso de su vida —elegir estudios, trabajo, pareja—. También se reconoce que se producen, en esos años, las que podrían denominarse experiencias inaugurales de carácter vital: justamente, el primer trabajo, la primera pareja estable, el primer hijo, el dejar la casa paterna… Esas razones permiten, siempre en términos sociológicos, diferenciar a los jóvenes de los adolescentes—un término que desde sus orígenes remite al hecho de adolescer, de carecer de algo: la madurez del desarrollo físico, una personalidad formada, autonomía respecto de los mayores—. Sin embargo, hoy los límites entre ambos períodos de la vida no son siempre fáciles de delimitar. Pero aunque pudiéramos hacerlo—y ciertamente es necesario poder hacerlo, porque hablar de adolescentes o de jóvenes es hablar de sujetos diferenciados en términos de subjetividad y en términos sociales—, aunque nos pusiéramos de acuerdo a qué sujetos vamos a llamar jóvenes en virtud de su edad, la dificultad de la que estoy hablando no desaparecería. Porque la juventud, además de ser un determinado período de la vida que podemos ubicar entre ciertos rangos de edad es, antes que nada, una categoría cultural. Ser joven es, más que una edad, una condición que como hecho cultural no es inmutable sino, por el contrario, histórica y cambiante. Ser joven no es lo mismo hoy que en tiempos pasados y no es igual en todas partes o para todos. A pesar de la creciente globalización de nuestras sociedades, no es lo mismo ser joven en las grandes ciudades que en las zonas rurales. No se es joven del mismo modo en una villa miseria, en una favela o una barriada que en los selectos barrios residenciales. Y no sólo porque existen en esos ámbitos diferentes condiciones de vida sino porque existen diferentes significados o representaciones de la juventud. Es decir, porque es diferente lo que se dice de los jóvenes, lo que se les permite o prohíbe, lo 100 In-disciplinada que se espera de ellos, y porque también son diferentes las maneras en que los propios jóvenes viven esas representaciones de sí mismos. Ahora bien, ¿dónde se construyen esas representaciones de la juventud, así como se construyen las de la infancia o de la vejez? Históricamente, han sido las instituciones básicas de la sociedad—la comunidad, la familia, el Estado— las principales fuentes de esas representaciones. Los ritos iniciáticos, las reglas y tradiciones vinculadas con la continuidad de la estirpe, las disposiciones orientadas a determinar y normar la ciudadanía, los sistemas educativos e incluso la organización laboral de la sociedad generaron en cada época modelos de juventud, es decir, nociones precisas acerca de lo que eso significaba. Hoy esos ámbitos no han desaparecido. Sin embargo, compiten—y hay que reconocer que compiten en desigualdad de condiciones— con otra fuente constante de producción de representaciones acerca de la juventud: los medios masivos de comunicación y, todavía de manera más amplia, lo que podríamos llamar el mercado de bienes culturales. De ahí que hablar de la presencia y ausencia de los jóvenes en las radios populares—y también en la radio en general— sea, sobre todo, interrogarnos acerca de dos cuestiones esenciales: por un lado analizar las representaciones de la juventud que se construyen en ellas y el grado de realidad que contienen, es decir, hasta qué punto y de qué modo dan cuenta de las situaciones que efectivamente viven quienes han salido de la adolescencia y comienzan a transitar ese período también transitorio que los convertirá en adultos. Por otro, analizar el éxito que alcanzan esas representaciones, es decir, el grado de aceptación que tienen entre los sujetos a quienes se destinan. Algunas constataciones En cada país, en cada radio, podemos, obviamente encontrar particularidades. Sin embargo, es posible plantear algunos rasgos generales que adquieren hoy en día las representaciones radiofónicas de la juventud(y en buena medida podríamos extender esto a otros medios, en especial a la televisión). En términos generales, la juventud adquiere en las radios dos dimensiones contrapuestas, casi diría antagónicas. Por un lado, lo joven es sinónimo de vitalidad, de dinamismo, de placer, de energía, de posibilidades ilimitadas, de capacidades de transgresión creativa cuyo resultado es lo nuevo. La vida joven, tal como se representa en el discurso de gran parte de las emisoras comerciales destinadas a ese Comunicación Popular 101 público, es entretenimiento, pasatiempo, expansión de los sentidos y los afectos, fiestas y aventuras. En ese tipo de emisoras, el joven es sinónimo de consumidor, objeto de medición y cálculo por parte de los fabricantes de la industria cultural: ser joven es usar determinados productos(más que productos, marcas), es asistir a determinados lugares, es adaptarse a las tiranías de los ratings discográficos y a los deportes de moda, es reproducir lingüísticamente un habla particular, una jerga en la que predominan palabras y expresiones que circulan en los medios masivos. El joven es, en función de su transformación en consumidor de productos culturales sin fronteras, alguien que también las transita sin mayores problemas. A la manera que ha impuesto en buena medida la televisión, el universo musical achica el mundo, las distancias sociales y geográficas, y hasta las diferencias ideológicas. Se puede estar a favor de la libre economía de mercado y gozar de los temas compuestos por grupos musicales que organizan festivales destinados a apoyar la causa que libra en Chiapas su batalla. Desde las emisoras que producen esas representaciones de la juventud, lo joven se constituye en un modelo social a imitar, en un valor a preservar o adquirir. En estrecha vinculación con otras ofertas culturales y el mercado que les da sustento publicitario, la juventud se constituye en norma de vida que regula tanto las formas y estilos de los cuerpos como las formas y estilos de relaciones con los demás. La juventud se convierte en mandato: todos debemos ser jóvenes para no quedar descalificados, excluidos del mundo del éxito y el placer. Por otro lado, lo joven es sinónimo de problema y amenaza. En todos nuestros países, tanto en las radios comerciales de corte informativo—en su mayoría emisoras de onda media pero también en algunas FM—, en las páginas de los periódicos y en muchos programas de televisión, lo joven es delito, violencia, generación sin ideales ni referentes. En las radios populares y educativas lo joven suele ser el problema y los miedos de los adultos: el aborto, la drogadicción, la inseguridad que enfrentan los hijos, los alumnos, los feligreses jóvenes. En otras palabras, y tal como se plantea en un detallado estudio realizado por encargo de UNICEF en Argentina en 1996 4 los jóvenes aparecen en la escena pública a través de esos medios cuando actúan como“transgresores” del orden estatuido. En ese tipo de emisoras el joven es objeto del discurso de otros: se habla de ellos, se especula sobre ellos, se diseñan para ellos remedios y recetas. El joven es 4 Ver I. Konterilnick y C. Jacinto(comp.) Adolescencia, pobreza, educación y trabajo , UNICEFLosada. Buenos Aires, 1996. 102 In-disciplinada alguien a ser controlado y/o reprimido desde las normas adultas. En ese sentido, la juventud no representa ningún ideal ni modelo a alcanzar. Es, más bien, un estadio transitorio de la vida que reviste peligrosidad y debe ser encausado y superado. En medio de esos dos tipos de representaciones, se extiende una franja de propuestas radiofónicas que parecen intentar quebrar la dicotomía. Radios comerciales o populares donde se van a conjugar la vitalidad y los problemas: el impulso creador y transgresor y la conciencia de una realidad en la que los intentos de novedad se ven limitados, obstaculizados por un orden férreamente diseñado económica y socialmente. Son radios que difícilmente oigan los adultos: recortan la audiencia a nivel musical pero, además, cuestionan a nivel lingüístico y sonoro, a través del humor, la ironía, la irreverencia, formas vacías de sentido, la retórica hueca de un deber ser que no se traduce en hechos. En ellas, el joven no es consumidor ni objeto del discurso normalizador o educativo de otros; es sujeto que busca construir un discurso que contenga su subjetividad y sus condiciones objetivas de existencia. ¿Cuáles son las representaciones exitosas?, ¿qué escuchan realmente los jóvenes? Sólo investigaciones específicas en cada realidad y país podrían darnos respuestas a esa pregunta. Sin embargo, algunos estudios más globales, referidos a lo que buscan y encuentran los jóvenes en los medios de comunicación en general, pueden orientarnos. El peruano Romeo Grompone, en El velero en el viento , un libro particularmente sugerente acerca de los jóvenes de su país 5 , otorga especial importancia a la situación de inestabilidad y precariedad en que desarrollan su vida la gran mayoría de los jóvenes de nuestra época. La edad que antes constituía el momento de diseñar el futuro se ha convertido en el tiempo de lucha por el día a día, por insertarse, de algún modo, en un sistema que resulta cada vez más excluyente. La edad en que las decisiones se fundaban en la adscripción a modelos de vida diferenciados, basados en referencias ideológicas o políticas ciertas, se ha convertido para la mayoría en el momento supremo de la decisión individual. La edad en que la pertenencia a los movimientos sociales que la expresaban—tanto los movimientos estudiantiles como las agrupaciones o ramas juveniles de los partidos políticos— constituían referentes claves de identificación, se encuentra hoy con el vacío o con fuerzas que sólo actúan pragmáticamente ante demandas 5 Editado por el Instituto de Estudios Peruanos en Lima, 1991. Comunicación Popular 103 puntuales, sin constituir ámbitos estables para diseñar propuestas colectivas. La edad en que el esfuerzo y la constancia permitían procesos de acumulación material, de desarrollo personal y profesional sostenido, se ha convertido en virtud de los procesos de desempleo y flexibilización laboral que cunden en nuestros países en un tiempo signado por el comenzar y recomenzar, por la sobrevivencia, en un tiempo donde el futuro se torna impensable o en extremo azaroso. En ese marco, son numerosos los estudios que señalan un cambio significativo con respecto al modo en que los jóvenes buscan cierta estabilidad o certeza dentro de la precariedad: cuando las comunidades de intereses—ideológicos, laborales, políticos, profesionales— se debilitan, lo que se trata de construir son comunidades de sentimientos. De ahí, se afirma, la creciente importancia que van adquiriendo a nivel juvenil los grupos construidos a partir de inquietudes, sueños, deseos, pulsiones. De ahí también la búsqueda de espacios donde encontrarse con los iguales, diferenciarse del resto, compartir códigos especiales que, en ese mundo de creciente inestabilidad y precariedad, otorguen confianza, sentido de pertenencia, identidad. Según las particulares condiciones que se viven, según los ámbitos y sectores sociales a los que se pertenece, esos grupos difieren. No son idénticas la “barra de la esquina” que se reúne tardes y noches enteras con un par de botellas y que constituye el refugio de los jóvenes populares desempleados o subempleados sin posibilidades de acceder a otros espacios y modos de llenar su tiempo libre y vacío, y la pandilla agresiva que controla territorios ejerciendo el derecho de ser dueños de las ciudades. No son idénticas las comunidades deportivas, construidas a partir del deseo de competir y vencer que las comunidades musicales, articuladas en torno al deseo de expresarse. Sin embargo, en todos los casos tales agrupamientos funcionan a la manera de ámbitos de reconocimiento y protección, de lugares desde los cuales organizar las relaciones con los demás. Algunos medios de comunicación, ciertos programas que difunden esos medios, son vividos en cierto sentido de un modo equivalente al que puede ser vivido el grupo de amigos o la“barra de la esquina”: ámbitos a los que sólo acceden los iguales y desde los que se puede“ser alguien” en una realidad que no ayuda a tomar decisiones consistentes. Y así como decíamos que los agrupamientos difieren entre sí también serán distintas las búsquedas que se realizan a través de las pantallas de televisión o el dial de las radios, los discursos a los que se adhiere. Pero, en general, la intención 104 In-disciplinada es idéntica: contar con un lugar que se asemeje al refugio, a la comunidad, al lugar de la inclusión. Lo anterior no debería llevarnos a pensar que los jóvenes no se comportan frente a los medios de comunicación del mismo modo utilitario que otros sectores de la población. Es decir, que no buscan en ellos los mensajes que puedan satisfacer ciertas necesidades más instrumentales como el obtener informaciones, conocimientos, momentos de distracción. De hecho, esas son las respuestas que podemos encontrar cuando en estudios de consumo, en sondeos de audiencia, indagamos por qué escuchan la radio en general o alguna emisora en particular. Lo que nos proponen pensar los estudios a los que me he referido es que por encima o junto a ese tipo de comportamiento que todos los individuos internalizamos desde que nacemos—porque los propios medios se han encargado de diseñar para sí unas ciertas funciones que ya se han convertido en usos y necesidades casi naturales—, mientras las audiencias adultas se constituyen a la manera de comunidades organizadas en función de intereses prácticos, considerando inclusive como interés práctico el informarse y poder formarse opinión desde una cierta intencionalidad política o desde una cierta posición ideológica, las audiencias juveniles parecen constituirse básicamente en torno a necesidades de tipo simbólico mucho más vinculadas con el ser que con el hacer. En torno a la necesidad de transitar ese tiempo inaugural de la vida entre iguales. La sospecha ¿Cómo pensar, desde estos elementos, la presencia y la ausencia de los jóvenes en las radios populares? Frecuentemente, en diálogos con compañeros que forman parte de esas emisoras, en investigaciones y evaluaciones que he compartido, el tema de la juventud aparece como preocupación porque, aunque existen diferencias y particularidades, puede decirse que los jóvenes no constituyen la audiencia principal de esas radios. La preocupación que frecuentemente he sentido en relación con este hecho, se expresa en términos políticos, educativos y radiofónicos. Por un lado se reconoce que deberían ser los jóvenes(los adultos de mañana), sujetos preferenciales de la labor si de verdad se hace radio con la finalidad de construir nuevas relaciones sociales basadas en un conjunto de valores hoy inexistentes o deslegitimados tales como la solidaridad, la justicia, la honradez, el ejercicio activo y responsable de la ciudadanía. Por otro, Comunicación Popular 105 se constata la dificultad de construir espacios de interlocución que no estén articulados en torno a la música y a un modo de difundir la música fuertemente marcado por la lógica del mercado discográfico. En cambio, sólo en muy pocos casos he sentido una preocupación que, por decirlo de algún modo, se origine o parta de un reconocimiento de los jóvenes como sujeto a priorizar por sí mismo: por lo que son y viven. Y esto no significa una crítica o un reproche a las radios populares, sino asumir desde dentro, uno de sus vacíos. Pero tal vez para explicarme, para transmitirles lo que siento y pienso al respecto debo irme un poco para atrás, a los tiempos en que las emisoras populares habían definido con claridad ciertos sujetos preferenciales de la labor: los campesinos, los sectores populares urbanos pobres y marginados. En aquellos tiempos, no importaba mucho la edad de los que padecían la explotación y luchaban organizadamente contra ella. Tampoco importaba mucho si eran hombres o mujeres aunque gracias a las acciones y reflexiones de muchos grupos y movimientos inspirados en posturas feministas y en perspectivas de género se comenzó a reconocer que la pobreza, la desigualdad y la acción política y reivindicativa no permitían soslayar esa diferencia. Pero aún con esas limitaciones, es decir, aun sin reconocer plenamente que los individuos éramos algo más que miembros de una clase o sector social, lo que marcaba la labor y el discurso de las radios populares era ese sujeto popular, el campesino, el minero, el obrero, el habitante de los barrios pobres. Las estrategias de trabajo en terreno que muchas radios populares desarrollaron, la apertura de los micrófonos a la expresión directa de sus vivencias y problemas, la vinculación de acciones y programas con las organizaciones que los representaban, fueron modos educativos, políticos, radiofónicos, de ponerse en el lugar de ese sujeto preferencial, de conocer su realidad y hacerla visible entre ellos mismos y ante el conjunto de la sociedad. Y al hacerlo, las radios populares se constituyeron en una alternativa cultural: crearon o impulsaron nuevos modos de hablar por radio, nuevos formatos, nuevas estrategias informativas. Se planteaban modificar el estado de cosas existente a nivel social y a nivel de los medios de comunicación. Los sujetos populares—que obviamente eran por entonces oyentes de otras radios— ganaron en ellas una presencia que les permitió, en muchos casos, comprender hasta qué punto estaban excluidos de esas otras radios que escuchaban, o hasta qué punto en ellas sólo se les representaba fragmentariamente. 106 In-disciplinada Vuelvo ahora al tema que nos ocupa: ¿Cuál es el joven que sentimos ausente y quisiéramos tener presente en las radios populares?, ¿el oyente que irremediablemente sabemos ligado—como lo indican la mayoría de los estudios de consumo que se realizan— a la frecuencia modulada y al que debemos ganar con estrategias de mercado apropiadas? ¿O un sujeto social difuso por la variedad de representaciones que se construyen acerca de él, por la heterogeneidad de condiciones objetivas en que transcurre su vida, por la imposibilidad de reconocerlo sólo en los límites de cierta edad? ¿Qué significan dentro de las preocupaciones de las radios populares los términos ausencia y presencia? ¿Simple consumo, procesos de reconocimiento e identificación, construcción de propuestas conjuntas? Obviamente no tengo respuestas porque estas deben construirse colectivamente. Pero tengo una duda que a veces se me vuelve sospecha: ¿de verdad estamos sintiendo la ausencia de los jóvenes en las radios populares como personas, como individuos que sufren, sueñan y se enfrentan en duras condiciones al tiempo que les toca vivir, o la ausencia nombra sólo una franja todavía no alcanzada de la audiencia? Así como en otros tiempos optamos por los pobres excluidos del poder y los beneficios económicos ¿estamos pensando en las grandes mayorías juveniles excluidas de la posibilidad de diseñar su vida individual y un futuro colectivo o estamos pensando en incluir nuestras radios en las mediciones de audiencia que sólo registran a quienes alcanzan notables índices de sintonía? Lo joven ¿es un rubro más de la programación o nombra, aunque imprecisamente, otros modos, tiempos y lenguajes para construir otras relaciones sociales? Concluí mi intervención en aquel Seminario afirmando que las respuestas que diéramos a esos interrogantes no serían de compromiso, para salir del paso. Antes bien, ellas comprometerían nuestra acción. Ahora, retomando aquella reflexión en el marco polémico que planteé al comenzar estas páginas, creo posible avanzar un poco más. En su citado artículo“La juventud no es más que una palabra” 6 , Pierre Bourdieu enfatiza un aspecto que sus críticos suelen soslayar.“De hecho —señala— la frontera entre juventud y vejez en todas las sociedades es objeto de lucha”. Una lucha que diseña el horizonte del orden que se desea preservar y del poder o los poderes que se consiente repartir o detentar. Desde esa perspectiva—y no por una desviación culturalista que despojaría a la categoría de toda materialidad temporal— habría que entender la 6 En Sociología y Cultura , México, Grijalbo, 1990. Comunicación Popular 107 propuesta del sociólogo cuando insta a pensar la relación jóvenes/viejos “en su forma más vacía” y a la edad como“un dato biológico socialmente manipulado y manipulable”. ¿Qué lucha expresa la emergencia de la figura del joven en las preocupaciones de las radios populares? ¿Es fruto de una apuesta generacional, de una juvenilización en términos biológicos de las organizaciones que lideran proyectos de cambio? ¿O, más bien, es fruto de una estrategia mercantil que asocia lo joven con lo rápidamente perecedero y mutable, con las modas y la reposición incesante de productos? De hecho, la mayoría de emisoras populares que expresan con más fuerza su preocupación por la“ausencia juvenil” son de carácter urbano. 7 Es decir operan en los espacios preferidos del mercado de bienes de consumo ligero. Pero, sin dudas, operan también en los espacios donde la juventud muestra con mayor evidencia su rostro marginal y sufriente. Y es esa tensión la que debería ser objeto de análisis: para poder escapar de la mercantilización— que tiene el poder de transformar lo que antes se quería alternativo en“una oferta más” que compite según las reglas creadas por el propio mercado— y para poder evitar las huidas hacia adelante, negando toda trascendencia al problema. Porque más allá de los datos biológicos, de las representaciones que se pretenden estrechamente ligadas a ellos—como el vitalismo o la lejanía respecto de la caducidad y la muerte— los jóvenes son, en los medios de comunicación de masas de nuestro tiempo, un recurso económico perfectamente diseñado. Convertidos en audiencias, fans, o como se les llame, perderán irremediablemente su capacidad de nombrar la diferencia de haber nacido en las postrimerías del siglo, en un mundo en que parece haberse agotado la esperanza, y de expresar la distancia con quienes desde la adultez han hecho de la resignación y el acomodo a las circunstancias una manera de vida. En cambio, asumidos desde esa peculiaridad intransferible que otorga ser parte de una determinada generación, también podrán ser sujetos de otro discurso, de otra radio, incluso, de otras radios populares. 7 Aunque cada vez más ella aparece en las emisoras rurales, cuyas zonas de cobertura e influencia se van urbanizando culturalmente debido al alcance creciente de las tecnologías de difusión. 108 In-disciplinada La dependencia de los otros. Un modo de construir comunicación democrática (2001) * Antes que nada, quiero agradecer sinceramente a los organizadores de este encuentro su insistencia para que participara en este panel, aunque realmente debo confesar que su denominación me perturba. Me perturbó desde que la vi formulada en el programa, máxime cuando reparé que existía otro panel titulado“Medios, política y democracia”. Me perturbó que en ese panel referido a los“medios” a secas, ellos se vincularan con la política y la democracia; y en este, referido a“medios independientes”, sólo se los vinculara—siempre refiriéndonos al título del panel— con la democracia. Me preguntaba por qué esa diferencia. Y me preguntaba qué querría decir “medios independientes”. Después de las experiencias que hemos escuchado—la de FM La Tribu y la del Teatro Catalina—, lo primero que quiero señalar es que a mi juicio ellas revelan que la denominación“periodismo independiente” o“medios independientes” es a todas luces equívoca. Porque si algo ha quedado claro es la no-independencia de esos medios y experiencias respecto de unos principios y más aún de unos ciertos sectores sociales, su alto compromiso con ellos. Dicho eso, no puedo dejar de reconocer que en ocasiones—y esto es evidente en el marco de este encuentro, como lo plantea la colega peruana—, la noción“medios independientes” se emplea para indicar la autonomía o la libertad de algunos periódicos, radios o canales de televisión frente a los poderes hegemónicos. En esa acepción, la idea de“independencia” entraña, a mi entender, una suerte de trampa: la que dotaría a los medios así denominados de una condición esencial, cuando en realidad los análisis que se emplean para caracterizarlos están fuertemente afincados en coyunturas políticas. Dicho de otro modo, nominar como“independencia” la confrontación de intereses e incluso podríamos decir, las contradicciones que se verifican en un mismo campo—el de quienes poseen en virtud de sus capitales económicos y simbólicos el poder—, resulta una operación inocentadora de las reales condiciones en que la comunicación masiva * Artículo publicado en la revista Constelaciones N° 2.Fundación Walter Benjamin, Buenos Aires, Argentina. Comunicación Popular 109 es parte de mayores conglomerados económico-políticos, como se ha demostrado históricamente en el terreno de los estudios de comunicación. Pero quiero volver a las experiencias y medios que se plantean como alternativas o al menos diversas, y que aquí han estado representadas por prácticas radiofónicas y teatrales. En este caso, no debiéramos dejar de considerar que en buena medida una de las razones por las cuales estos medios se crean es la de confrontar el poder y contribuir al desarrollo de contrapoderes sociales en una franca tarea de construcción de nuevas hegemonías. En ese sentido, también me parece que la denominación es al menos confusa. Por ello, es decir, por esas dos razones, creo que no es una tarea menor la de reflexionar acerca de la denominación de estos medios. En América Latina, mucho más que en nuestro país, los debates sobre esa cuestión se desarrollaron durante décadas. En esos debates, se hablaba de medios alternativos, populares, educativos, de base, comunitarios... y cada una de esas denominaciones daba cuenta de realidades particulares y de concepciones específicas acerca de la comunicación y la sociedad. Por eso mismo no se trata de una cuestión menor. Porque, a mi entender, está estrechamente ligada al modo en que se concibe la articulación entre los medios y los sistemas de expresión y representación de los individuos y grupos sociales que es nuclear en la concepción de la democracia. Para sustentar esa postura voy a tratar de compartir con ustedes algunas reflexiones en torno al sentido que adquieren estos medios para quienes se vinculan con ellos desde la recepción. Es decir, lo que esos medios significan no para quienes andan buscando interlocutores, aceptación por parte de las audiencias, sino desde quienes andan reclamando espacios de expresión y modos de representación. Debo confesarles que no tengo prácticamente experiencia en lo que respecta a medios gráficos, al teatro o a la televisión; pero bastante en relación con la radio, principalmente las radios llamadas populares, alternativas, comunitarias... Y en esa experiencia, parte de la cual consistió en investigar justamente los modos de vinculación de las personas con esas emisoras, he podido realizar algunos aprendizajes que son la base de lo voy a exponer, deseando que alimenten el debate posterior y puedan dialogar con las experiencias expuestas. El primer aspecto que quiero traer como motivo de reflexión es el grado de identificación que determinados grupos sociales podían llegar a experimentar respecto de las emisoras populares, al punto de reconocer 110 In-disciplinada esos medios como propios, aun cuando eran absolutamente conscientes de que no ser sus propietarios—en términos jurídicos— ni tampoco sus gestores en términos de su operación global. Ese sentimiento de propiedad respecto del medio tenía, casi siempre, razones similares, entre las que pueden destacarse las siguientes: - En primer lugar, el reconocimiento de que esas radios estaban“al servicio” del grupo o sector que se adjudicaba la propiedad. Un servicio expresado en orientaciones e informaciones adecuadas para la acción, tomas de posiciones explícitas en función de ellos ante situaciones de conflicto con el poder o de necesidades prácticas. Siempre recuerdo, por la profundidad que encerraba, las palabras de un campesino del Sur dominicano refiriéndose a una emisora popular de esa zona que jurídicamente pertenecía a una asociación eclesial:“En sí el dueño es el pueblo, porque las gentes que la dirigen se preocupan por los problemas de nuestra región. Cuando una persona se preocupa por los problemas de los demás no se pertenece en sí por sí misma, sino que se siente ser de todos y de nadie”. - Por otro lado, el reconocimiento por parte de quienes se adjudicaban la propiedad del medio de ser tema central de su programación y sus destinatarios principales. Eso no era poco para quienes vivían inmersos en una red de medios y mensajes universalizantes tendiente a diluir las particularidades sociales y económicas que ponen de manifiesto la inequidad que la cultura masiva trata de hacer desaparecer simbólicamente. Pero también significaba mucho para quienes, más allá de la escena mediática, tampoco sentían que su vida cotidiana y su futuro fuese tema central o destino de la acción que entidades tales como el Estado o los partidos políticos desarrollaban en su nombre, y en la cual se sentían transformados en meros objetos, siempre utilizados con fines que les eran extraños. - En tercer lugar, el sentimiento de propiedad se asociaba a una forma de socialidad y expresión, reconocidas por esas emisoras que las distinguían de los otros medios masivos. El poder hablar por sus micrófonos como“lo que se es—y en esa expresión las mujeres hablaban de su femineidad, los campesinos de su condición, los indígenas de sus lenguas propias— y el ser“bien recibido” en las instalaciones de las emisoras, eran siempre dos facetas inseparables. El hablar de lo que se vive tal como se vive y expresa cotidianamente y el poder hacerlo sin trámites o procedimientos diferentes a los modos habituales de relacionarse, es decir, el poder acceder al espacio público que abre el medio sin tener que aprender otra lengua o adoptar Comunicación Popular 111 formas extrañas de vinculación—impuestas pero a su vez convertidas en“normales” por los otros medios masivos— significaba recuperar una posibilidad mutilada, un derecho negado: el de ser como se es, el perder la vergüenza por serlo, el perder el miedo a participar en esa escena reservada para los profesionales, los prestigiosos, las hablas legitimadas, las conductas socialmente instauradas en el espacio público. - Por último, esa experiencia de identidad que confiere la expresión propia era considerada por los destinatarios de las emisoras populares como base de intercomunicación y fortalecimiento sectorial. También recuerdo, en este caso, la expresión de un campesino dominicano:“ni que ella sea una emisora, pero nosotros la escuchamos como si estuviéramos dialogando”. Un diálogo que no equivalía a mero intercambio de mensajes, sino que significaba la posibilidad de compartir entre iguales vivencias, experiencias, problemas... En ese sentido, esas emisoras eran reconocidas como espacios de potenciamiento de las organizaciones de base, de los grupos de diferente tipo, de lo que por entonces comenzábamos a llamar“movimientos sociales”, aludiendo con esa categoría no sólo a las formas tradicionales de la organización sino nuevos modos y dinámicas de acción social. En ese sentido, el medio vivido como propio es una suerte de foro donde como alguna vez también nos dijeran en una investigación,“comunicamos a toda la región el sentimiento de nuestra comunidad”. El segundo aspecto al que quiero referirme tiene que ver justamente con esa dimensión de protagonismo por la cual unos sectores particulares encontraban, en los medios llamados populares o alternativos la posibilidad de comunicarse con la sociedad toda. En realidad, si alguna crítica recibieron las radios de ese tipo, si alguna autocrítica debieron realizar después de rigurosas evaluaciones, fue que esa posibilidad resultaba, las más de las veces, una posibilidad frustrada. Salvo contadas excepciones en que esas emisoras gozaban de una popularidad muy alta, ocupando los primeros lugares de audiencia en algunas ciudades o regiones, ellas contribuían al empoderamiento sectorial, al fortalecimiento de grupos y organizaciones específicas, pero no lograban que ese discurso nuevo y alterador compitiera exitosamente con el discurso masivo hegemónico. Es decir, no lograban un consenso tal como para constituirse en un referente significativo en el proceso de construcción de la opinión pública. Y si como ustedes habrán advertido hablo en pasado, es porque estoy refiriéndome a épocas de un proceso que ha seguido su curso. Un proceso en el cual las radios populares reconocieron que cierta excesiva dependencia 112 In-disciplinada —para introducir la noción desde la que inicié mi reflexión— con respecto de las organizaciones sociales sectoriales las alejaba del gran público. Es cierto que ese reconocimiento se potenció debido a que convergentemente se vivían—y me refiero a la segunda mitad de la década del 80 y a la década del 90— momentos de debilitamiento y retroceso de las organizaciones reivindicativas y de base que habían sido de algún modo los destinatarios centrales de labor de dichas radios, pero de todos modos creo que resulta imprescindible resaltar lo que se plantearía a mi juicio, desde entonces, como tensión irresuelta en este tipo de medios. Me refiero a la tensión entre una propuesta comunicativa que considera a la población, a las personas como actores sociales pero que, al mismo tiempo, no puede dejar de reconocerlas como público. En otras palabras, la tensión que se instaura entre una lógica de expresividad y representación social y una lógica mercantil y mediática que ha moldeado con notoria fuerza las modalidades de producción y consumo de medios masivos de comunicación. Hasta donde mi experiencia de trabajo en este campo indica, ese desafío suele asumirse de dos modos antagónicos: la distinción total del mercado, su exterioridad respecto de él, o la cuasi mimetización con la que trata de competir en los mismos términos. En el primer caso, los medios alternativos se constituyen en parte de circuitos político-culturales dotados de una lógica que se vincula al desarrollo de organizaciones y movimientos sociales(políticos, gremiales, vecinales, generacionales) y a la producción de formas y prácticas culturales no mercantilizadas. En ese sentido, la funcionalidad de los medios a tales circuitos suele ser alta y también eficaz: nuclean a quienes los integran, consolidan su discurso, operan como espacios de representación y legitimación frente a otros grupos y sectores, también adquieren ribetes propagandísticos cuando las coyunturas lo demandan. Sin embargo, suelen ser medios que, exteriores o marginales al mercado de la comunicación masiva, modifican escasamente los consumos culturales de sus destinatarios en términos de información y entretenimiento cotidianos. Dos casos bien diversos ilustran esa situación: Radio Pio XII es una emisora boliviana propiedad de una congregación religiosa que comenzó sus emisiones en el distrito minero de Siglo XX, en Llallagua, en 1959, como un medio destinado a la evangelización y a combatir el peligro rojo del comunismo entre los obreros de la Comunicación Popular 113 región. No podríamos, ni es el caso aquí, dar cuenta de la verdadera conversión que sufrió ese medio al punto de llegar a ser reconocida por el movimiento sindical como su verdadera aliada y, por lo mismo, reprimida fuertemente como las restantes emisoras mineras de Bolivia durante los períodos dictatoriales. Lo que quiero relatar es cómo en el año 82, después de dos largos años de silencio tras el golpe encabezado por el Gral. García Meza, ocasión en que la Pio XII integró con las otras radios mineras la Cadena de la Democracia, al volver a salir al aire, los directivos y trabajadores sintieron, como ellos mismos decían, que tenían que recuperar el tiempo perdido... Saturaron su programación de programas educativos, concientizadores, dirigidos a las organizaciones y a protagonizados por ellas. Una expresión de su director es reveladora: “por la prisa de fortalecer a los grupos nos dirigíamos a los que llevaban la bandera. Y nos fue pasando que, al mirar atrás, los abanderados y nosotros caminábamos solitos... Y mientras, el minero cansado, hablando de la fiesta de su pueblo. Y la señora de la pulpería hablando del precio del aceite. Y el ñato haciéndole ojitos a su ñata...” En ese entonces hicieron una encuesta en la población; constataron que estaban perdiendo mucha audiencia; que los mismos pobladores y mineros que recurrían a ella como medio informativo a sabiendas de que encontraban en ella los temas y perspectivas que se adecuaban a su condición e intereses, los mismos que habían sido capaces de defender sus instalaciones a costa de sus vidas y que habían luchado por su reapertura, la abandonaban para entretenerse, para alegrarse con otras emisoras locales y nacionales... porque, como decía la propia cocinera de la radio, también era necesario alegrarse, olvidar, para poder seguir cargando la vida. La otra anécdota tiene que ver con una emisora de alta popularidad del norte peruano, Radio Cutivalú, que cubre diversas zonas de una extensa región. En una investigación que buscaba comprender cómo se construía aquella popularidad, se seleccionó como parte de la población a ser entrevistada, una comunidad de los Andes, específicamente de la provincia de Ayabaca, una de las más pobres del país, con una economía de subsistencia y que ve cotidianamente emigrar a los jóvenes a las zonas más prósperas de los valles algodoneros, económica y socialmente. En un debate realizado con campesinos adultos, todos ellos se reconocieron como fieles oyentes de Radio Cutivalú. Ella los tenía en cuenta en su programación, les facilitaba interconectarse con otras personas y comunidades a través de su servicio de mensajes, difundía la música que les pertenece, hablaba de su situación y sus problemas, les 114 In-disciplinada ayudaba a superar algunos a través de sus espacios dedicados a la salud y la agricultura. Sin embargo, a pesar de esa fidelidad, manifestaron que preferían escuchar los informativos de la más importante emisora nacional ¿Por qué?, preguntaron los entrevistadores. La respuesta fue unánime: “En esa radio podemos enterarnos todos los días del precio del dólar” ¿Y para qué les sirve eso?, preguntaron de nuevo los entrevistadores asombrados por ese interés ante un tipo de conocimiento tan poco vinculado al quehacer económico de la comunidad y sus necesidades más inmediatas. Con la rapidez con que se responde a las preguntas banales y con toda naturalidad los campesinos dijeron“No nos sirve para nada...pero estamos informados” . Como se advierte, lo que los destinatarios de ambos medios buscaban en otro lado, pese a sus adhesiones fuertes con esas emisoras, era aquello que el propio mercado impone como cultura: el“estar informado” como racionalidad inclusiva, como condición de pertenencia a una sociedad de iguales y el entretenimiento mediático como función reparadora ante la dureza de la vida o la fatiga cotidiana. En otras palabras, aun cuando podían reconocer en esos medios otras formas de interacción, también los escuchaban desde su condición de públicos de los medios masivos, modelados por ellos. En el segundo caso, tratando de reducir esa tensión, pero también acosadas por la necesidad de sobrevivir económicamente en condiciones cada vez más desfavorables, las radios populares se acoplan a las agendas que imponen los medios más exitosos, incorporan sus formatos y géneros, normalizan las voces dispares que antes las identificaban. Asumiendo la realidad del mercado llegan, en muchos casos, a producir sus propios desechos como signo de popularidad: excelentes niveles de audiencia. No puedo dejar de recordar un caso que suscitó un intenso debate en una reunión de este tipo de emisoras: la directora de una de ellas—emisora ecuatoriana de zona campesina— no tenía el menor reparo en proponer como medio para financiar su radio AM, en la cual sonaban las voces campesinas, el quichua, la música del lugar y las consignas para la organización del movimiento indígena, la instalación de una FM idéntica a las otras que se escuchaban en la región con una programación adocenada con información escueta—de esa que se sostiene“desinforma”—, y que la misma población destinataria de la AM podría escuchar. En realidad, creo que el gran desafío para los medios alternativos(populares, comunitarios, educativos) pasa hoy por la posibilidad de encontrar su lugar Comunicación Popular 115 en medio de la más fuerte homogeneidad mercantil en el campo de la comunicación masiva. Y cuando digo homogeneidad mercantil no estoy diciendo que“todos los medios son lo mismo”. Por el contrario, la industria cultural maximiza su alcance diferenciando, segmentando, tratando de cubrir todas las potenciales demandas de la población y creando demandas específicas para distintos sectores ¿Por qué entonces hablar de homogeneidad? Porque de algún modo, bajo todas esas manifestaciones diferenciadas, es posible encontrar una lógica unificadora hecha de agendas periodísticas altamente formalizadas; de estilos de interlocución convergentes; de modos de representación de la población estereotipados... Es allí donde esos medios enfrentan el desafío de poder seguir siendo identificados como propios por algún sector. Y de nuevo, propiedad no significa aquí ser mero consumidor sino alguien que se encuentra en ellos en términos de posibilidades de expresión y representación social. Vuelvo así, y para finalizar mi exposición, a mi planteo inicial. En una escena discursiva altamente homogeneizada y dominada por el mercado y los poderes constituidos, ¿cómo pensar la función, el papel, el lugar de esos medios que aquí se denominaron independientes y que a mi juicio debieran denominarse dependientes como espacios de comunicación masiva que rechacen la marginalidad—porque ella implica inexistencia— pero que no funden sus posibilidades de acción comunicativa en lógicas de consumo sino de efectiva representación social? Si algo puedo extraer como enseñanza de mi experiencia, si algo propongo como pistas para un debate, es aquello que creo los medios alternativos y populares representaron para los sectores populares latinoamericanos: posibilidades de decir, de construir nuevas agendas, de dignificar la diferencia en un sentido fuerte, como posibilidad de confrontar las lógicas hegemónicas. Y de verdad, para cerrar esta exposición, quiero traer a consideración de ustedes los resultados de una investigación realizada en Córdoba acerca de las razones por las cuales la gente habla a las emisoras comerciales tratando de decir su palabra. Son conscientes de que sus dichos son alterados, fragmentados, censurados... Y, sin embargo, hablan... Hay necesidad de presencia, de voces, en esta sociedad de la información. Los medios aquí llamados independientes, que a mí me gusta pensar como dependientes del otro—no de quienes los gestionan— no tendrían más que esa función: hacer estallar la diferencia pero tan creativamente como para que ella rompa las reglas del mercado. 116 In-disciplinada La búsqueda de alternativas, 25 años después(2007) * Poco tiempo después de que se aprobara el Informe Mac Bride en la XXI conferencia de la UNESCO, CELADEC, la Comisión Evangélica Latinoamericana de Educación Cristiana—organismo ecuménico que desarrollaba una significativa labor en el campo de la educación y comunicación popular— publicó un libro que reunía contribuciones de diversos analistas americanos y europeos en torno a ese documento y al proceso del que había sido fruto, a partir de aquella reunión de cancilleres del Pacto Andino que en 1972 pusiera de relieve la dependencia informativa que aquejaba a la subregión y de que un año más tarde, los Jefes de Estado de los países No Alineados reunidos en Argelia declararan la necesidad de“emprender una acción concertada en el campo de las comunicaciones” tendiente a modificar la estructura mundialmente dominante a nivel informativo. En aquella ocasión, dialogando con algunos de los textos incluidos en ese volumen—con los análisis de Regina Festa, Herbert Schiller, Juan Somavía, Kaarle Nordenstreng, Cees Hamelink, entre otros—, me permití realizar lo que yo llamaba una“lectura precavida” del Informe, interrogándome acerca del estatuto que adquiría en él lo que por entonces denominábamos comunicación alternativa. 1 Esa lectura y esa interrogación tenían un propósito definido. Hace 25 años, las alternativas que desde fines de la década del 60 y especialmente durante la década del 70 se desarrollaban en América Latina en el campo de la comunicación—asociadas a procesos de organización y educación popular— no tenían, salvo en casos excepcionales, vinculaciones con proyectos o políticas estatales y menos aún con los foros de carácter internacional donde esas políticas se debatían. Esas alternativas eran, por el contrario, y por lo general, expresión de la voluntad social y política de * Ponencia presentada en el Coloquio Internacional“Democratización de las comunicaciones. Del Informe Mac Bride a la Sociedad de la Información”, organizado por la Escuela de Periodismo y el Instituto de la Comunicación e Imagen de la Universidad de Chile, Santiago de Chile, 30 de noviembre, 1 y 2 de diciembre de 2005. Publicado en AAVV, Democratizar las comunicaciones, Instituto de la Comunicación e Imagen, Universidad de Chile, Santiago, Chile. 1 “La alternativa legalizada. Una lectura precavida del Informe Mac Bride” en AAVV, Por una información libre y liberadora , CELADEC, Lima, 1982 Comunicación Popular 117 transformar las condiciones de existencia en sociedades signadas por el autoritarismo, la injusticia y la desigualdad. Una voluntad de transformación que entendía la comunicación como práctica imprescindible en el necesario camino de construcción de las propuestas contrahegemónicas. Para la gran mayoría de esas experiencias, los debates y acciones en torno a un nuevo orden internacional de la información que se produjeron durante la década del 70, resultaban una problemática lejana y hasta cierto punto extraña. Al introducir el libro al que hice referencia, Alfredo Paiva, coordinador del programa de Comunicación Popular de CELADEC, señalaba que eran contadas las experiencias que comenzaban a preguntarse de qué modo afectaba o podía afectar su praxis ese proceso de negociación intergubernamental; de qué manera ellas eran consideradas gérmenes o ejemplos de modalidades democráticas y participativas de comunicación; o hasta qué punto su desarrollo podría verse dificultado por las propuestas y estrategias intergubernamentales que podían producirse en el marco de ese proceso. A su juicio, la raíz de esa situación debía buscarse en lo que por aquellos años Armand Mattelart había calificado como“actitud esquizofrénica” al abordar la problemática de la comunicación y que se expresaba en miradas que la parcelaban. Por un lado se analizaban los mecanismos de reproducción del poder; por otro se ensayaban respuestas, formas de trastocar ese poder. Pero entre ambos tipos de prácticas eran inusuales los puntos de contacto. Al mismo tiempo, una visión reduccionista del poder y la dominación llevaba a considerar lo alternativo como construcción sólo realizable en espacios “autónomos” gestionados y controlados por las organizaciones populares —espacios de carácter micro o sumamente localizados, muchas veces— e impracticable en terrenos“en disputa”, como solían serlo los medios masivos, las redes nacionales o internacionales de comunicación, el campo de las tecnologías informáticas que por entonces recién comenzaban a expandirse. Para contrarrestar esa esquizofrenia se nos imponía analizar lo que el Informe Mac Bride leía en nuestras prácticas. Porque si al constituirse la Comisión encargada de su elaboración, los debates se habían centrado en la problemática de los flujos de información mundial y, en consecuencia, alrededor de las agencias y redes informativas regionales e interestatales y las políticas nacionales de comunicación, paulatinamente fue operándose un desplazamiento. Esas políticas fueron vinculándose a la necesidad de crear alternativas que asegurasen la satisfacción de dos necesidades señaladas enfáticamente en el Informe: la democratización 118 In-disciplinada de la comunicación y la participación de la mayor cantidad posible de individuos en los procesos comunicativos. Ese desplazamiento se reflejó en el texto del Informe y fue reconocido por algunos integrantes de la Comisión Mac Bride—Juan Somavía entre ellos— como una verdadera“legitimación” de las experiencias de comunicación alternativa. Ese hecho y la repercusión que la así denominada legitimación comenzaba a tener en diversos ámbitos institucionales—agencias de cooperación, centros de estudio, algunos organismos públicos— que acompañaban con diversos recursos el desarrollo de experiencias alternativas, motivó aquellas reflexiones que realicé hace casi 25 años y que hoy creo vale la pena retomar. Me preguntaba en aquel entonces cuál era la“alternativa” legitimada por el Informe Mac Bride. En las secciones destinadas a describir las experiencias alternativas, el Informe recurría a un conjunto de expresiones de por sí reveladoras del sentido que se les reconocía y atribuía. 2 Se las definía como prácticas de“oposición a la comunicación oficial institucionalizada” y como prácticas“de sustitución”, “tribunas independientes de los cauces políticos y oficiales”, espacios para analizar problemas silenciados por los medios de comunicación... Sus actores eran caracterizados como“grupos locales que quieren combatir el monopolio de los sistemas de comunicación verticales y centralizados...”, como“minorías que antes vivían en un ghetto de comunicación” y que comienzan a desarrollar sus capacidades, como grupos y partidos políticos disidentes, como jóvenes y marginales imaginativos... En suma, tras haber concluido que el verticalismo y el sentido único de los mecanismos masivos de comunicación determinaban que“el hombre y la mujer corrientes se sientan excluidos de ellos” y que en realidad el derecho a la información no constituía más que una expresión de deseos, el Informe consideraba las alternativas comunicativas de sustitución y oposición como respuestas a esas deficiencias de los sistemas de comunicación existentes. Consecuentemente, el logro de sus objetivos se medía en virtud de la influencia que ellas tenían sobre dichos sistemas y en ese sentido el Informe constataba que en general, sus éxitos eran reducidos ya que las potencialidades de esas prácticas no resultaban suficientemente reconocidas. 2 Todas las citas han sido extraídas del texto Un solo mundo. Voces múltiples. Comunicación e Información en nuestro tiempo, FCE-UNESCO, México, 1980 Comunicación Popular 119 La faz propositiva del Informe Mac Bride guardaba total congruencia con esa caracterización de las experiencias alternativas. Tras sostener que uno de los problemas centrales del orden informativo vigente consistía en“la exclusión de los medios de comunicación ordinarios de ciertas categorías subprivilegiadas de la población”, el Informe planteaba que“para cientos de millones de personas, la comunicación democrática es difícilmente realizable debido a la insuficiencia de medios y vectores de comunicación”.”Para una gran parte de la población—se afirmaba— el problema no radica tanto en la existencia de la libertad de prensa, como en la inexistencia de la propia prensa. Por consiguiente, las posibilidades de comunicar quedan limitadas por una falta de infraestructura, de sistemas de comunicación y de medios de producción”. De ahí que las vías propuestas para superar esas situaciones fuesen, por ejemplo: - El estímulo de la producción de medios grupales para fomentar la expresión local“de proporciones humanas”, capaces de atraer a la comunicación a una mayor variedad de personas e intereses y deparar a cada individuo privilegios que normalmente están reservados a los profesionales. - El desarrollo de redes horizontales de comunicación entre“comunidades culturales y étnicas, entre los grupos que tienen en común intereses sociales, profesionales, culturales y deportivos y entre los individuos de un mismo barrio o de un mismo entorno laboral”. - El estímulo de procesos de descentralización de la comunicación masiva utilizando“la radio local, la televisión y los sistemas de video de pequeño formato y de poco costo, así como el empleo de otras tecnologías apropiadas” que“deberían facilitar la producción de programas en apoyo de las actividades de desarrollo de la comunidad, estimular la participación y permitir una expresión cultural diversificada”. -“La creación de medios de comunicación apropiados en todos los niveles” que“debería servir para crear nuevas formas de participación del público en la gestión de los medios de comunicación social”. Como advertí en aquel entonces, la exclusión de grandes mayorías sociales de los sistemas y medios de comunicación se vinculaba en el texto del Informe con el proceso de concentración de tecnologías comunicativas en un número relativamente reducido de países desarrollados y en un conjunto de empresas trasnacionales, pero no se vinculaba explícitamente con el 120 In-disciplinada modelo económico y político hegemónico cuya reproducción se sustentaba, entre otras cosas, en la concentración y el control de la palabra y en un ordenamiento social antidemocrático e injusto. De tal suerte se vaciaba, con un análisis autoreferido al sistema comunicativo y con proposiciones en las cuales era evidente la impronta tecnológica, las complejas y ricas experiencias comunicativo-culturales que se habían generado en América Latina como parte de las luchas sociales y políticas que tenían lugar en el continente. Indudablemente esas experiencias representaban una confrontación de la verticalidad y la concentración del orden comunicativo existente que reproducía el modelo de organización capitalista dominante que además, en muchos países de la región, se reforzaba con la presencia de gobiernos dictatoriales. Por un lado, los grupos y organizaciones populares empleaban diversos medios de comunicación para identificarse y reconocerse como tales a través de la identificación de problemáticas propias o que les afectaban directamente. Por otro, utilizaban dichos medios para lograr su cohesión y orientar su acción organizada. Por último—y aún con grandes limitaciones—, los mismos medios se empleaban para favorecer la interrelación de grupos y organizaciones a nivel más amplio, en el seno de movimientos nacionales e incluso regionales. Ese era el marco de referencia en que se inscribía el quiebre de la verticalidad y la concentración de los sistemas de información y comunicación. O al menos ese era el marco desde el cual las experiencias más significativas asumían su condición alternativa, con independencia de los medios utilizados Como bien lo señalaba Fernando Reyes Matta allá por 1981, en una reunión del grupo de comunicación de la CLACSO,“si el modelo capitalista de desarrollo no es participativo por definición[...] a lo alternativo corresponde una vocación participativa sustentada en la idea de aprender construyendo y construir aprendiendo”. 3 Esa vocación era de naturaleza política, no meramente comunicacional. Por ello las prácticas comunicativas alternativas suponían verdaderos procesos pedagógicos que excedían la capacitación en el uso de tal o cual medio o lenguaje específico. Por ello esa vocación lograba patentizarse en múltiples experiencias en que campesinos, trabajadores, habitantes de suburbios, villas y barriadas crecían en sabiduría sobre su vida y su realidad, en conciencia de su opresión y su fuerza, en aptitudes para dialogar, acordar y proponer, en capacidades organizativas. 3 “La comunicación alternativa como respuesta democrática”. Ponencia presentada en la reunión de Santa Marta, Colombia, marzo de 1981, mimeo. Comunicación Popular 121 Pero por eso mismo ella quedaba abortada cuando primaba el vanguardismo o el sectarismo, o cuando las actitudes voluntaristas no eran capaces de reconocer el individualismo, el conformismo, la aceptación del clientelismo, la imposibilidad de confiar en las propias fuerzas, es decir, las múltiples marcas que una histórica dominación trazaba en los sectores subalternos. Era justamente esa dimensión política de las alternativas comunicacionales la que se desleía en las caracterizaciones y proposiciones del Informe Mac Bride. A las luchas por lograr una palabra propia sostenida en la igualdad económica, social y política, a los esfuerzos por diseñar proyectos contrahegemónicos, se les sobreponía una dimensión tecno-administrativa que identificaba el acceso a medios y tecnologías con acceso al poder ser y decir. Algo que Armand Mattelart había advertido años antes, en 1977, refiriéndose, por ejemplo, a la promoción de la televisión por cable en los EEUU como tecnología apropiada para maquillar desigualdades y exclusiones sociales. 4 Nuestra lectura de entonces fue observada por algunos integrantes de centros de estudio y oficinas de cooperación como“desproporcionada” en tanto confrontábamos un texto negociado, un documento de consenso internacional con prácticas que cuestionaban el orden estatuido. Nuestra desproporción, sin embargo, resultaba coincidente con la“inadecuación” observada por Cees Hamelink respecto de las medidas legales propuestas por el Informe para, en sus palabras,“contrarrestar el vasto poder político y económico ejercido por empresas trasnacionales”. Desde la perspectiva de la economía política de la comunicación, tanto Hamelink como Herbert Schiller percibían, como lo hacíamos nosotros desde las prácticas de comunicación popular, los riesgos que conllevaba el equiparar la igualdad de derechos y oportunidades de expresión, indisociables de una efectiva democracia económica, política y social, con el incremento de recursos disponibles para“complementar” los sistemas concentrados y unidireccionales de comunicación. 5 4 “El tipo de operación que hace de un programa de televisión el eje de la organización comunitaria se inscribe en la ofensiva desencadenada por ciertos grupos de poder en el interior del sistema mismo para instaurar un modelo diferente de comunicación que haga posible la‘participación’ del público receptor en la emisión de los mensajes...Si la aplicación de esa tecnología sigue el trazado de las instituciones existentes, el proceso de‘democratización’ de la comunicación de masas está asegurado contra toda veleidad de franquear las barreras del sistema sin por eso dejar de dar la ilusión de‘darle la palabra’ a los administrados”, en Multinacionales y sistemas de comunicación, Siglo XXI, México, pp.213-214. 5 Ver al respecto los artículos de ambos autores en el mencionado libro editado por CELADEC: La avanzada tecnológica de las comunicaciones ¿podrá crear un nuevo orden? , de Herbert Schiller y Un solo mundo: el mercado de las corporaciones transnacionales de Cees J. Hamelink. 122 In-disciplinada Tal vez pueda pensarse que esa lectura que muchos hicimos del Informe implicaba negarle su valor. Y no es así. Valorábamos la entrada en la agenda pública de los problemas de la información y la comunicación desigual y valorábamos la potencialidad cuestionadora del Informe frente al discurso del poder, es decir, de ciertos Estados y corporaciones. Pero el modo en que caracterizaba la comunicación alternativa y las propuestas que se formulaban en ese terreno nos demostraba sus limitaciones y, sobre todo, nos situaba en un escenario verdaderamente desafiante. Por un lado tuvimos que comenzar a hacer frente a una oleada de propuestas de cooperación que, aceptando proposiciones contenidas en el Informe, evaluaban el sentido y alcance de nuestros proyectos de acuerdo con su impacto o incidencia en el sistema comunicativo y no en función de los particulares procesos educativos, organizativos y reivindicativos que motivaban las experiencias de comunicación. Por otro, tuvimos que enfrentar unas ciertas ideas que esas proposiciones fortalecieron en el sentido de que la comunicación propia, capaz de revertir desigualdades e injusticias, era la comunicación meramente local o entre iguales. Claro que sería exagerado afirmar que fue el Informe Mac Bride el que creó ese escenario. Pero hay que reconocer que el Informe y los procesos que sucedieron a su aprobación intervinieron significativamente en fuertes debates, aprendizajes y transformaciones de la comunicación alternativa a partir de la segunda mitad de la década del 80 y durante los años 90. Y, en ese sentido, hay que reconocer su productividad. Porque desde esas lecturas que hicimos y que nos revelaban la necesidad de reivindicar el fuerte sentido político de las alternativas comunicacionales, tuvimos que reconocer hasta qué punto ellas se desarrollaban sin vincularse en términos conceptuales y prácticos con la problemática más amplia de los sistemas informativos, comunicativos y tecnológicos dominantes y también tuvimos que reconocer la necesidad de articular nuestras prácticas con otras múltiples estrategias convergentes para confrontarlos. Tal vez fueron tres los debates y transformaciones más significativos. A comienzos de los años 80, los medios de comunicación grupal o de pequeño alcance no se identificaban de manera natural o automática con lo horizontal o participativo. Y tampoco se rechazaba totalmente la posibilidad de crear comunidad, interacción y capacidades expresivas amplias y plurales desde los medios masivos. Por el contrario, éramos conscientes del verticalismo con que se manejaban muchos periódicos barriales o sindicales, por ejemplo, o de la capacidad que tenían algunas emisoras Comunicación Popular 123 para ser reconocidas por poblaciones enteras como propias sin tener parte directa en su propiedad. Sin embargo, la enorme oferta de financiamiento para medios locales de pequeño alcance que siguió a la aprobación del Informe motivó la intensificación de los debates que, por ejemplo, dentro del movimiento de radios populares, permitieron revitalizar el carácter masivo de esos medios como no opuesto a lo alternativo, y su condición de medios aptos para generalizar la palabra de los sectores populares, tratando de que ella llegara a otros actores, al conjunto de la sociedad, superando el mero intercambio“entre iguales” que limitaba el alcance político de las propuestas que esas radios expresaban. La confrontación de la idea de lo alternativo como marginal o micro nos impuso, por otro lado, un debate profundo acerca de las tecnologías apropiadas para ese tipo de comunicación. Los temores a ser cooptados por los poseedores del saber tecnológico, la clara conciencia de que no existen tecnologías neutrales en tanto ellas posibilitan o restringen modos de interacción y de decir, marcaron con fuerza muchos proyectos institucionales. Fueron debates sin los cuales, una asociación como ALER—la Asociación Latinoamericana de Educación Radiofónica— nunca hubiese podido asumir que una de sus funciones consistía en convertirse en red de información y comunicación mediante el empleo de la tecnología satelital tanto a nivel continental como a niveles nacionales, interétnicos e interregionales. 6 Y es útil recordar aquí que el diseño de ese proyecto insumió mucho tiempo porque fue fruto de múltiples correcciones determinadas por la necesidad de mantener las particularidades locales, de no resignarlas ante las ideas de eficiencia y normalización que la nueva tecnología implicaba, por la necesidad de desarrollar procesos formativos en cada emisora, por la necesidad de articular diferentes visiones y realidades políticas en el marco de una estrategia más global. La tercera transformación tuvo que ver con la necesidad de complementar el ejercicio del derecho a la información y la comunicación a través de los medios propios, con la reivindicación de ese derecho en términos jurídicos y legales. En el movimiento de las radios populares latinoamericanas, ese proceso tuvo un fuerte liderazgo de AMARC—la Asociación Mundial de Radios Comunitarias—, lo que permitió asumir que también es función de la comunicación alternativa la modificación de los sistemas excluyentes, el confrontar y consensuar con los Estados y otros sectores de la sociedad para 6 Como ocurrió con la constitución de la red“quiechua” entre poblaciones de dicha etnia habitantes en Perú, Bolivia y Ecuador. 124 In-disciplinada lograr la vigencia de normativas muchas veces existentes pero no aplicadas en nuestros países. Esas tres transformaciones—los debates que las originaron— están a mi juicio en la base de lo que considero son los principales desafíos de lo alternativo hoy, en esta sociedad nombrada ahora como sociedad de la información. Unos desafíos que sólo enunciaré—dado el tiempo del que disponemos— pero que creo serán comprensibles a partir de todas las reflexiones compartidas en estos días. - En primer lugar, asumir que nuestros problemas—los problemas de las insoportables desigualdades dentro de nuestros países y a nivel mundial— no son desigualdades comunicacionales. Son desigualdades a nivel de la apropiación y distribución de los recursos materiales y de las posibilidades de ejercer los derechos económicos, sociales, políticos y culturales. - En segundo lugar, asumir que las posibilidades de acceder a la información y de informar, que las posibilidades de expresarse, son vitales para que podamos hacer visibles esas desigualdades y para poder combatirlas. - En tercer lugar, asumir que en el escenario actual, en que las corporaciones económicas y los Estados que me atrevo a calificar de antidemocráticos acuerdan estrategias que van a reforzar esas desigualdades—y se ha hablado mucho de eso en estos días—, nuestra obligación ética y política es pasar por la profundización de las alternativas. Pero, dicho eso, asumir que lo alternativo no puede nombrar ni lo marginal ni lo complementario, sino el desafío del cambio. Es decir, asumir que esas alternativas deben ser hoy tan públicas y de alcance tan global como las políticas que excluyen y silencian. Y aunque a veces el panorama luzca sombrío, creo que hay luces que nos sostienen. Existe la Veeduría Ciudadanía de la Comunicación peruana, instalando la necesidad de otra comunicación entre la población y confrontando a sus representantes políticos para modificar las regulaciones existentes. Existen organizaciones sociales, sindicales y medios que en Argentina hemos salido de un profundo letargo tratando de conmover la ley de radiodifusión impuesta por la dictadura militar que todavía está vigente. Existen—siguen naciendo todos los días— pequeños grupos de mujeres, de pobladores, de trabajadores, que rechazan el rol de consumidores de medios y quieren pasar—como decíamos hace poco tiempo en Córdoba— “del murmullo a la palabra”. 7 Existen estudiantes y existimos docentes de 7 Aludo al nombre de una Jornada de Extensión, realizada en el marco de la Feria del Libro de la ciudad de Córdoba, en la cual la Escuela de Ciencias de la Información de la Universidad Comunicación Popular 125 las carreras de comunicación que imaginamos otros modos de producir la teoría y la práctica. Por eso, y como hace 25 años, creo que cada momento de los debates internacionales debe encontrarnos atentos, lúcidos, para ser capaces de leer en ellos los nuevos escenarios que traza el poder y para diseñar nuestros modos de confrontarlo. convocó a un conjunto de organizaciones sociales a exponer sus estrategias de comunicación pública vinculadas a sus esfuerzos organizativos y reivindicativos, es decir, a su práctica política y social. 126 In-disciplinada Comunicación comunitaria en pos de la palabra y la visibilidad social(2009) * Del murmullo a la palabra Después de estos días en que se han ido compartiendo diversas y valiosas experiencias de comunicación comunitaria, he ido hilvanando algunas ideas en función de lo escuchado y de mis propias experiencias de trabajo. Y voy a comenzar refiriéndome a una actividad que organizamos en la Escuela de Ciencias de la Información hace poco tiempo atrás, cuando yo era todavía su directora. En el marco de la Feria del Libro que se realiza todos los años en Córdoba, decidimos organizar una actividad en la que no se presentó ningún libro porque lamentablemente hay textos que no se escriben pero merecen ser dichos. La actividad consistió en proponer un espacio que permitiera poner en vinculación una serie de organizaciones sociales de Córdoba con un público mayormente estudiantil—alumnos de nuestra escuela— para hablar acerca de la comunicación. Era casi un libro oral aquel que se nos ocurrió ofrecer. Y a la actividad en cuestión la bautizamos“Del murmullo a la palabra”. Fue así que invitamos a un conjunto de organizaciones sociales muy dispares con un dato en común: todas trataban de hacerse ver y oír en el espacio público local. Algunos de quienes participaron fueron grupos de personas con un débil lazo organizativo: jóvenes de localidades cercanas que habían comenzado a reunirse con algunos docentes de nuestra escuela, preocupados por ser vistos por los demás como sospechosos, simplemente por el hecho de ser jóvenes y pobres. Otras organizaciones tenían mayor formalización: mujeres de un barrio popular que estaban luchando contra la contaminación que existe en su zona y que provocaba enfermedades y muertes. También había algunas consolidadas organizativamente y con alcances, como la agrupación H.I.J.O.S. Esos eran los tipos de organizaciones que habíamos invitado. Y les pedimos que contaran por qué razones querían hacerse ver y oír por los demás, cómo trataban de hacerlo, qué dificultades y obstáculos habían encontrado, así como también qué logros habían podido obtener. * Texto publicado originalmente en el libro Construyendo comunidades….Reflexiones actuales sobre comunicación comunitaria, La Crujía, FCEUN, Buenos Aires, 2009. Comunicación Popular 127 No voy a dar cuenta aquí de todo lo que se dijo en esa reunión, pero quiero compartir con ustedes algunas razones acerca de por qué denominamos a esa actividad“Del murmullo a la palabra”. Partimos de la convicción de que en nuestra sociedad hay una enorme cantidad de organizaciones y movimientos sociales que están pugnando por hacerse ver y escuchar. Esto no es algo nuevo, sin embargo creo que nosotros, los comunicadores de distintas facultades, somos capaces de escuchar ese murmullo. Y somos capaces de hacerlo porque ponemos el oído. Vaya entonces una primera reflexión: el murmullo se puede escuchar. Ese murmullo para nosotros constituye una práctica que vivifica, es decir, una práctica que da fuerza a los individuos. Es esa fuerza que se cobra cuando uno puede decir quién es. Ese murmullo convierte en solidaridad lo que en nuestra sociedad a veces puede ser puro asistencialismo, pura buena voluntad. Ese murmullo aglutina, permite aprendizajes. Nuestro interrogante, sin embargo, era cómo transformar el murmullo en palabra. Cuando hablamos de palabra, nos referimos a un acto de enunciación claro y distinto, capaz de ser dicho y oído públicamente. Una palabra que no sea hablada por los otros. Y somos conscientes de que el murmullo existente no siempre se convierte en palabra clara y distinta, que hay dificultades para ello, porque se trata de una palabra capaz de pronunciar cuál es el orden social que se quiere construir; de una palabra política. Y hay murmullos que no van a ser jamás palabras porque están ensimismados. Ensimismamiento en la voluntad de pronunciarse a sí mismos. Y es en este punto donde creo que vale hacerse algunas preguntas acerca de la comunicación comunitaria. Reflexionar sobre horizontes y cambiar de rumbo ¿Cuál es—creo que conviene preguntarse— el horizonte de la comunicación comunitaria? Mi intención no es afirmar cuál debe ser ese horizonte. Trataré en cambio de pensar en él a partir de algunas experiencias que mejor conozco. En este sentido, creo que se puede reconocer, por lo menos, la existencia de dos tipos de horizontes muy distintos. Por un lado, hay quienes tienen como horizonte de la comunicación comunitaria una meta que hace de la comunidad una suerte de refugio muy precario. Me refiero a una cantidad de experiencias y de prácticas de comunicación que se caracterizan a sí mismas como orientadas a fortalecer ciertos lazos comunitarios. Una comunidad, como bien se sabe, no alude solamente a la existencia de un grupo de individuos, sino que además 128 In-disciplinada refiere a las interacciones que se construyen dentro del mismo. Hay algunas prácticas de comunicación cuyo horizonte caracterizo como un refugio precario, ya que se detienen en la idea de lograr la fortaleza de un espacio restringido en el cual sus actores se identifican y se mueven. Otras prácticas, en cambio, asumen un horizonte mayor. Se trata de un horizonte que se plantea como meta o desafío, que no tiene que ver estrictamente con lo que pasa dentro de la comunidad o el grupo inmediato. Son experiencias que, sin negar la importancia de construir lo propio, saben que hay algo que las excede y que decididamente no tiene que ver con lo inmediatamente propio, sino que se trata de algo que lo excede pero que le otorga sentido y proyección. Ese horizonte de la comunicación comunitaria es uno de los temas sobre los que hay que reflexionar fuertemente, no sólo en relación con cada práctica sino también para seguir pensando y construyendo nuevas herramientas de trabajo. Es como cuando uno emprende un camino o un viaje. Allá, al fondo, hay algo que es el horizonte. Si uno lo tiene medianamente entrevisto, aunque no exista total claridad al respecto, puede pararse al lado del camino o puede desviarse por alguna senda secundaria y hasta llegar a perderse… pero uno sabe o casi sabe adónde va y ello permite retomar el rumbo. Pero—como pasa también en los viajes— cuando uno llega a aquello que entrevió como horizonte, aparece uno nuevo. Uno mira y a lo lejos hay otro horizonte. Cuando uno llega, lo que parecía el horizonte comienza a verse de manera distinta. En ese sentido, considero que desde la comunicación comunitaria nos tendríamos que parar siempre frente al horizonte. Son metas y desafíos que exceden lo particular pero frente a los cuales resultaría peligroso—en tanto y en cuanto la comunicación comunitaria se plantea como un terreno de construcción colectiva— tener demasiadas certezas. Esos horizontes son inciertos, móviles e igualmente necesarios para andar. En este punto, me gustaría detenerme a pensar acerca de cómo se acumulan fuerzas para desarrollar tareas de comunicación comunitaria, de dónde se sacan las energías cuando las cosas no salen demasiado bien, para que el trabajo siga motivando y continúe creciendo. Creo que esa acumulación de fuerzas es posible cuando uno tiene medianamente claro el horizonte. Aún con toda la incertidumbre que nos rodea, ese horizonte es el único lugar desde el que uno puede ver, día a día, cómo la práctica Comunicación Popular 129 acerca o aleja. Sólo teniendo más o menos claro ese horizonte se puede tomar cierta distancia y cambiar el rumbo. Esa es una de las dificultades que experimentamos a veces quienes asumimos como parte de nuestras prácticas profesionales la tarea de acompañar y promover la comunicación en relación con organizaciones sociales. Porque cambiar el rumbo es, por ejemplo, devolver el dinero que nos han dado para un subsidio cuando consideramos que las tareas planificadas serán irrelevantes o hasta contraproducentes… o reconocer que algo no ha funcionado como esperábamos o que no sabemos cómo hacer algo que, en los papeles, en la planificación de tareas, parecía adecuado y sencillo de ejecutar. La perspectiva del“ir con los otros” Me parece que hay demasiadas experiencias construidas—siguiendo con la metáfora del camino— desde la idea del estar y no tantas desde la perspectiva del ir. Es decir, hay en la comunicación comunitaria una gran cantidad de construcciones del estar que se vinculan fuertemente con el“¿quién soy?”. Y no está mal que se trabajen los procesos identitarios, ni que se trabaje el reconocimiento, pero creo que hay algunas experiencias que, además de trabajar sobre eso, tienen la virtud de trabajar aquel horizonte del ir. Hablo de ir hacia una meta, hacia un desafío. Se puede decir—y de hecho a veces lo dicen, por eso me anticipo— que esta idea del finalismo en los procesos de comunicación comunitaria podría ser fruto de visiones políticas teleológicas que ya mostraron su inutilidad y su fracaso en términos históricos. En algún sentido puedo estar de acuerdo con eso: cuando por horizonte entendemos un futuro diseñado de manera cerrada por grupos que, sin quererlo o no, asumen casi el papel de vanguardia ilustrada; o bien cuando por camino se entiende un conjunto de recetas o de metodologías ya aceptadas que se siguen aplicando. También cuando el andar vale más que los sujetos que caminan, o cuando se niega que en ese caminar va a haber destiempos, ritmos distintos y modalidades de transitar muy diferentes. Sin embargo, no estoy de acuerdo con eso cuando el trabajo del estar se convierte en ensimismamiento, en puro trabajo de expresividad grupal que fortalece internamente pero que termina alentando la construcción de un nosotros incapaz de entablar un diálogo con los otros. En verdad encuentro que hay muchas experiencias de comunicación comunitaria de ese tipo. Por otra parte, se ha hablado hasta el cansancio acerca de uno de los problemas político- culturales más serios de nuestro país: el quiebre de 130 In-disciplinada anteriores condiciones de agrupamiento y de participación social. Esto se suele nombrar como la creciente desafiliación de los individuos respecto de las instituciones y de espacios en los que antaño nos constituíamos como actores de la vida en común. En este sentido, se ha hablado mucho de la necesidad de recomponer el tejido social, de reconstruir viejos lazos comunitarios, etc. No obstante, muchas veces me pregunto hasta qué punto en las experiencias de comunicación comunitaria se hace visible este diagnóstico tan extendido, que surgió en un momento de nuestro país y que hoy parece conjugarse con un diagnóstico que habla de aquella capacidad organizativa reivindicativa que va creciendo—el murmullo al que me refiero— y que si no llega a constituirse en palabra es por la incapacidad de articulación que existe entre esas prácticas particulares. Hacia una conceptualización de la comunidad y lo comunitario En este punto quisiera proponerles otro punto de reflexión: cuando los términos comunicación popular y comunicación alternativa fueron sustituidos por la noción de comunicación comunitaria, algunos señalamos que eso merecía un fuerte debate, es decir, discusiones teóricas y políticas. Considero que todavía son debates no saldados. Seguramente hay muchas razones que intervinieron en ello y no es este el momento de replantearlo. De todos modos, más allá de esta falencia que arrastramos, me parece que es aún necesario conceptualizar lo que la comunidad y lo comunitario nombran. En general, por comunidad se entiende a agrupamientos de individuos en los que se produce una serie de interacciones fundadas en valores, en significados, en fines, en expectativas compartidas. Es una noción bastante habitual de comunidad, o que por lo menos puede leerse en muchas de las prácticas. Sin embargo, encuentro que ese tipo de conceptualización puede inducir a un error, que se me hace visible en muchas ocasiones: pensar lo compartido como sinónimo de lo acordado y de lo consensuado. Creo que lo compartido alude a lo que se reconoce como propio, pero de ninguna manera puede nombrar el acuerdo o el consenso. Así como se ha venido instalando una cierta idea de la democracia como sistema de los acuerdos y los consensos, también se ha instalado una noción de comunidad en la cual el conflicto ha desaparecido. Entonces, frente a eso, otra reflexión: la comunidad o lo comunitario no puede ser nunca el paraíso. No sólo porque siempre va a existir el conflicto, sino porque en Comunicación Popular 131 cualquier proceso de interacción humana y social está presente el poder y la lucha por el mismo. Y este es otro de los elementos que a menudo, en muchas experiencias de comunicación comunitaria, se soslaya y se elude. Pero en ese eludir el conflicto, lo único que logramos es reproducir un estado ideal, equivalente a creer que cuando alguien pronuncia su palabra ha podido convertir en igualdad la profunda desigualdad, en acuerdo, en idea compartida, lo que es meramente una yuxtaposición de palabras, una tras otra. Por un marco mayor Esa constatación me lleva a plantear otras problemáticas que debemos atender en relación con la comunicación comunitaria. Muchas veces, el encierro en la comunidad no permite pensar a las comunidades, sean del tipo que sean, inscriptas en un contexto mayor. La práctica indica que aún en situaciones en las que algunas comunidades logran hacer explícitas sus voluntades políticas, sus conflictos, sus acuerdos y sus desacuerdos, son fácilmente vulnerables si quedan encerradas en sí mismas. Son vulneradas en ese marco mayor, en esa sociedad en la que se desenvuelven, donde de alguna manera no han podido procesarse las fuerzas que actúan, los poderes que están en pugna y que inevitablemente van a afectar a la comunidad, por democrática y participativa que sea. En este sentido, a más de uno de nosotros nos ha tocado ver cómo algunas comunidades que se organizaron en el marco de la crisis del 2001(me refiero a barrios, cooperativas vecinales, comedores comunitarios, etc.) a partir de una gran necesidad, pero también de un importante resurgir político, fueron finalmente destruidas desde afuera por la utilización que ciertos movimientos políticos y el propio Estado hicieron de aquellas necesidades e intereses. Al menos fue la realidad que pudimos observar en Córdoba. Y se trata de una realidad que todavía no veo procesada desde muchas de las prácticas de comunicación comunitaria que se desarrollaron, porque finalmente sintieron que habían fracasado cuando lo que se había construido como interacción, como valor compartido, como diseño de experiencia conjunta, era desarticulado rápidamente. Desarticulados por un diseño de sociedad de asistidos, en vez de un diseño de sociedad de trabajadores; desarticulados aquellos esfuerzos organizativos, expresivos, construidos con mucha participación, debido a la capacidad de cooptación o de disgregación derivada de un cierto proyecto político-económico. 132 In-disciplinada Trabajar en conjunto asumiéndose como actor social Hasta aquí las cuestiones que más me preocupan cuando pienso en la comunicación comunitaria, que son también los problemas y preocupaciones que comparto con compañeros, con estudiantes, docentes y militantes, que intentan reflexionar sobre las prácticas que realizan diariamente. A partir de ello, me animo a destacar, al menos, lo que considero que son nuestros puntos de fuerza, aquello que se está haciendo desde múltiples y diversas experiencias y que nos da la luz para seguir andando por estos terrenos. Una gran enseñanza que nos dejan muchas de esas experiencias es la convicción de que la comunicación posibilita la producción de significados y expectativas compartidas. Existen ejercicios—en el sentido de esfuerzos y trabajo— de comunicación comunitaria que constituyen espacios efectivos para el reconocimiento de las diferencias y de las coincidencias para revelar y procesar conflictos y para establecer acuerdos. Y esas son las experiencias de las que tenemos que aprender. Otra dimensión que considero digna de destacar es que actualmente muchas experiencias enfatizan fuertemente la necesidad de la información. Sin embargo, en tiempos donde se instala con fuerza el pensamiento único, creo que algunas experiencias de comunicación comunitaria nos están mostrando que sin una re-informatización de la sociedad es muy difícil construir alternativas que quiebren las lógicas predominantes y el sentido común. Cuando hablo de reinformatización de la sociedad me refiero a un proceso de informatización desde otra perspectiva. No me estoy refiriendo sólo a esa dimensión que habitualmente trabajamos—la información acerca de lo propio, de lo local y lo particular— sino más bien a la necesidad de trabajar para incorporar conocimientos, saberes que son negados, para cuestionar las agendas que se construyen desde los medios masivos pero también desde las instituciones educativas y desde el Estado. Este desafío impone, para la comunicación comunitaria, la necesidad de entablar alianzas y acuerdos para la práctica de la comunicación comunitaria; alianzas que no sólo pueden ser acuerdos de naturaleza política sino que han de ser también acuerdos de trabajo institucional compartido y sustentable. Es en este sentido que creo que tenemos una obligación no sólo como universitarios sino también como profesionales—aunque ya no estemos en la universidad—, una obligación como gente que ha tenido y tiene la Comunicación Popular 133 oportunidad de contar con un capital simbólico del que otros carecen y que a veces se regatea o encubre bajo la forma de pretendidas modestias o actitudes basistas. La comunicación comunitaria debe ser un espacio de integración de diferentes grupos. No sólo de grupos de la misma comunidad sino de personas e instituciones que, situadas en distintos lugares, pueden compartir un mismo horizonte político. Siempre reconociendo las diferencias y asumiéndose como actores sociales diferentes, aunque con una misma obligación y legitimidad para actuar en política. Por eso mismo, si en el trabajo que realizamos desde nuestras instituciones en los barrios o en relación con organizaciones sociales, no nos asumimos como un actor social de pleno derecho y nos concebimos sólo como alguien que coopera o que se compromete con otro a quien reconocemos una mayor legitimidad en términos sociales y políticos, estamos en serios problemas. Porque si como solía decir Armand Mattelart hace mucho tiempo sentimos la disminución de ser“el pequeño burgués ilustrado”, estamos negando la posibilidad de construir verdaderas alternativas políticas plurales, fundadas en el reconocimiento de las diferencias y negamos o encubrimos el riesgo de la confrontación, del desacuerdo, del carácter político y no meramente profesional o técnico de nuestras intervenciones. Si de verdad creemos y pensamos que la comunicación es una práctica de interacción y de construcción de sentidos a partir de la cual se construye la socialidad, es decir, nuestros modos de ser y estar juntos, tenemos que asumir que nuestra palabra interviene en esa construcción, aunque pensemos que es sólo una palabra de cooperación y de apoyo. Siempre interviene. Y el mejor modo que tenemos de intervenir es asumiendo plenamente que nuestra intervención, lo deseemos o no, es una intervención política. Momentos de una red discursiva Hay una gran gama de experiencias de comunicación comunitaria que van trabajando como pueden y como saben este asunto del intervenir, pero me parece muy interesante tratar de leer aquellas en las que la intervención implica realmente jugarse en el mismo terreno, junto a todos los otros actores sociales con los cuales nos relacionamos. La comunicación comunitaria busca espacios de articulación con otras instancias mayores de comunicación de diversos modos. Ésta es nada más 134 In-disciplinada que un momento de una red discursiva mucho mayor, en la que los procesos, las prácticas y los productos de comunicación comunitaria están inscriptos. Es muy interesante ver que la práctica de la comunicación comunitaria no se restringe al recurso propio, a lo que se tiene, sino que se busca una ampliación permanente. Durante muchos años tuvimos polémicas, a veces desgastantes e inútiles, en las que se discutía si la comunicación popular y alternativa debía ser o no masiva. Tales debates nos permitieron, luego de mucho tiempo, entender que si lo popular y alternativo no buscaba la masividad, iba a lograr de manera muy precaria sus finalidades. Lo que hoy tenemos que plantearnos, a partir de estas múltiples experiencias, es cómo la comunicación comunitaria puede —y de hecho ya lo hace en algunos casos— modificar agendas, instalarse en otros medios, en otros espacios, visibilizar temáticas, voces, actores que no están presentes en la escena pública. Las prácticas de comunicación comunitaria se inscriben en un diálogo ya existente que, en gran medida, se realiza en los medios masivos de comunicación. Por ello debe asumirse el desafío de intentar ser parte de ese diálogo, para lo cual también debemos explorar el trabajo con algunos profesionales de la comunicación que desde esos propios medios y en otros espacios pueden compartir visiones y búsquedas. En ese sentido hay todavía una enorme tarea por hacer. Me refiero nuevamente a crear agendas, instalar actores sociales, instalar temas en los distintos medios, en instituciones públicas, incluso a nivel del Estado. Por eso quisiera plantear las vinculaciones entre prácticas de comunicación comunitaria y construcción de ciudadanía. Acerca de la ciudadanía Así como podemos pensar que la comunicación comunitaria vino a reemplazar, como noción, a la idea de comunicación popular, hay quienes argumentan que la noción de ciudadanía empezó a utilizarse en distintos ámbitos, cuando ya no convenía hablar de los sectores populares, del pueblo o de la clase trabajadora. Me parece que no está mal interrogarse sobre qué nombra la noción de ciudadanía actualmente, para no dar lugar a ambigüedades. Para nosotros lo que nombra esta noción, más allá de su dimensión jurídica innegable, se relaciona con el derecho a tener derechos . Es decir, la noción de ciudadanía, tal como la vienen trabajando numerosos teóricos políticos, habla del reconocimiento de derechos pero también de su efectivo ejercicio y de su ampliación; es decir, de la posibilidad de que lo que está escrito Comunicación Popular 135 normativamente se cumpla y de que lo que no está escrito se pueda escribir como parte de la disputa por el orden social que se anhela. En ese sentido, quiero retomar una idea formulada por algunos teóricos políticos, según la cual la ciudadanía no es un estado permanente. Vale decir, uno no es ciudadano todo el tiempo; se es ciudadano todo el tiempo sólo en términos jurídicos. Siempre tenemos formalmente unos ciertos derechos, desde que nos levantamos hasta que nos acostamos; la Constitución está ahí y las leyes están ahí. Eso sí constituye un estado permanente al menos mientras rige la institucionalidad democrática. Pero desde un punto de vista político—según señalan algunos autores— no somos ciudadanos todo el tiempo. Uno es ciudadano cada vez que demanda y propone algo que tiene que ver con el campo de los derechos en la esfera pública. Uno es ciudadano cuando puede expresar las demandas y las propuestas que ha podido construir como fruto de un ejercicio colectivo de reconocimiento de necesidades e intereses y un ejercicio de análisis acerca de los poderes que niegan la posibilidad de satisfacerlas o hacerlos realidad. En este sentido, se es ciudadano cuando se irrumpe en la esfera pública para hacer visible la falta de derechos o la necesidad de nuevos derechos. Ahora bien, ¿por qué nos es útil esta renovada noción de ciudadanía?, ¿por qué nos ayuda a pensar de otra forma la comunicación? Porque al asumir esta perspectiva sobre la ciudadanía, podemos decir que la misma es imposible sin la comunicación. No hay modo de demandar y proponer en la esfera pública, de hacer surgir nuevas ideas de un colectivo, sino a través de la comunicación, de la posibilidad de hablar, de expresarse y participar. En este punto, nosotros cuestionamos enfáticamente la idea de comunicación como herramienta o instrumento. Sostenemos que la comunicación es una práctica instituyente de nuestra condición de ciudadanos. No se puede ser ciudadano si no se puede expresar en la esfera pública la carencia de derechos y la lucha por nuevos derechos. El derecho a la comunicación pública Desde esta perspectiva, podemos reconocer nuevas preocupaciones. Realizando una serie de estudios con las organizaciones sociales de Córdoba, encontramos que existe una débil puesta en relación entre sus prácticas organizativas, sus prácticas reivindicativas, lo que quieren alcanzar en términos políticos y el reconocimiento de lo sustancial que son para ello los derechos a la información y a la comunicación. 136 In-disciplinada Son muy escasas las organizaciones sociales de Córdoba que luchan para revertir, por ejemplo, el incumplimiento de ciertas normativas vinculadas a esos derechos que tenemos en nuestra provincia, por ejemplo, el derecho a la información pública. Casi no existen organizaciones sociales y políticas que estén interviniendo en los debates para que tengamos una nueva ley de radiodifusión, por ejemplo. Tampoco se vislumbran procesos y trabajos en torno a lo que deberían ser los medios públicos en la ciudad y en la provincia. Es cierto que desde el sindicato de prensa local y desde la Universidad se trabajan estas dimensiones y se busca motivar para que otros sectores sociales participen en debates e iniciativas sobre esas temáticas. Pero los resultados son débiles. En otros estudios hemos comprobado que existe una difusa idea acerca de los derechos constitucionales a la expresión y a la comunicación que tenemos los individuos en nuestra sociedad. Una idea difusa porque, mientras los datos de una encuesta realizada como parte de esos estudios nos indican que más del cincuenta por ciento de la población de Córdoba alcanza a reconocer esos derechos, esa misma población está conforme con la información que le brindan los medios. Reconoce que hay desigualdades expresivas, que algunos tienen más posibilidades de comunicarse que otros, pero para ella las razones son fundamentalmente políticas y económicas, mientras los medios de comunicación parecieran no tener mayores responsabilidades en esa situación. Nos resulta preocupante encontrar una zona no problematizada de la sociedad y de las prácticas sociales: la comunicación mediática, pública. Se trata de una zona que está problematizada sólo por quienes trabajamos en el campo de la comunicación, llámese comunitaria, popular o alternativa. Nosotros queremos construir y estamos construyendo otra comunicación, pero el conjunto del movimiento social parece no haber asumido aún como propia la lucha por una comunicación diferente. Asimismo, nos estamos encontrando con que muchas veces las organizaciones sociales y políticas que quieren hacerse ver y oír, como aquellas que habíamos convocado a participar en el espacio“Del murmullo a la palabra”, recurren sistemáticamente a estrategias propagandísticas y publicitarias, que son las que más cabida tienen en el sistema de medios consolidado. Es decir, en función de su necesidad de lograr visibilidad, aceptan de algún modo la lógica comunicativa que los medios instalan hegemónicamente. Comunicación Popular 137 Un desafío para la comunicación comunitaria Son varios los teóricos de la ciudadanía que reconocen en el desempleo una de las mayores trabas para acceder a la posibilidad de ser ciudadano: el desempleado no cuenta salarialmente, queda fuera de lo que se suelen denominar cadenas sociales aseguradoras; se ve privado(él mismo y sus familiares) del acceso a la educación y la salud, pero también a una vivienda digna. Desde el terreno de la pura necesidad material a que se ve reducida su vida, resulta empobrecida su capacidad de asumirse como actor político. Pero sin minimizar los efectos del desempleo como dispositivo de desciudadanización, quisiera señalar que las grandes mayorías excluidas del derecho a la información y la comunicación pública, tampoco cuentan y ven seriamente limitadas sus posibilidades de ser ciudadanos. En este sentido, podemos decir que uno de los desafíos de la comunicación comunitaria hoy es aquello que hace algunos años Jesús Martín-Barbero señaló que debía ser el desafío para los comunicadores en Colombia y que creo que también es un desafío para nosotros. Martín-Barbero decía que el mayor desafío para los comunicadores en Colombia era poner“aquel país roto a contar”. Y remarcaba que al término contar lo usaba en un doble sentido: tanto en el sentido de narrar, de contar qué somos, quiénes somos, qué queremos y qué buscamos; como en el sentido de ser tenidos en cuenta. La comunicación comunitaria debe asumir ese desafío: reconocer que sin una palabra cada vez más clara y distinta, capaz de expresar lo que busca, de reconocer a aquel con quien puede hablar y a aquel a quien hay que identificar como el que priva a los demás de su derecho a hablar, no podremos jamás contar. Y la búsqueda de esa palabra clara y distinta no puede restringirse, como he tratado de manifestar, al desarrollo exitoso de algunas experiencias grupales, ensimismadas en sus logros, sino en el horizonte mayor del diálogo común a toda la sociedad. Es allí donde la comunicación comunitaria debe ensanchar sus perspectivas, innovar estrategias, asumir riesgos, para ir generando condiciones que permitan la emergencia del murmullo con autonomía y legitimidad. No somos los comunicadores los únicos que debemos asumir el desafío; pero tenemos, al respecto, una obligación mayúscula. Por eso, cada vez que nos reunimos, cada vez que sistematizamos o analizamos nuestras experiencias, creo que se impone marcar lo que se 138 In-disciplinada va logrando, pero también reconocer lo que falta. De lo contrario, desde la comunicación comunitaria corremos el riesgo de autocomplacernos perdiendo de vista ese horizonte mayor en el que ella necesariamente debe inscribirse si anhelamos modificar las lógicas comunicativas dominantes, que no sólo regulan medios y lenguajes sino la verdadera posibilidad de ser sujetos. Comunicación Popular 139 Comunicación popular. Continuidades, transformaciones y desafíos(2011) * Hace poco tiempo, al celebrarse la Asamblea Mundial de la Asociación Mundial de Radios Comunitarias(AMARC), la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata organizó una serie de entrevistas públicas—de diálogos públicos— entre algunos participantes de la asamblea con docentes de la facultad. Me tocó protagonizar uno de esos espacios con la conducción de Jorge Huergo y Cecilia Ceraso, colegas que transitan desde hace mucho tiempo los caminos de la comunicación vinculada a las prácticas educativas, organizativas y políticas. Ellos me propusieron, entre otras cosas, rememorar algunas escenas iniciales de lo que en América Latina se dio en llamar la comunicación popular y reflexionar sobre su actualidad. Este artículo no es de ninguna manera una reproducción o síntesis de aquel diálogo. Sin embargo, porque me sentí eficazmente interpelada por sus preguntas, pensé adecuado recuperar aquí algunas de las ideas que compartí entonces releyendo, además, textos escritos ya hace más de veinte años en nuestro continente, en momentos en que la problemática de la democratización de la sociedad y la comunicación adquiría particular relevancia en numerosos países de la región, luego de aciagos tiempos dictatoriales(Gonzaga Motta, 1983:13). Creo que el actual contexto político cultural que vivimos en nuestro país y en otras sociedades latinoamericanas habilita la interrogación sobre las continuidades y rupturas o transformaciones en el terreno de las prácticas sociales emancipatorias y los desafíos que ellas suscitan en el terreno de la comunicación. Seguramente será esta una exposición parcial; quiero decir, quedarán múltiples aspectos involucrados referidos a la comunicación popular sin abordar. Reflexionaré sobre aquellos que han sido objeto de mis mayores preocupaciones. Por eso, los trayectos que trazo a continuación son sólo eso, sendas posibles para transitar la cuestión que seguramente deben ser complementadas por otros caminos y miradas. Y como de interrogación se trata, luego de dar cuenta de esos trayectos expondré un conjunto de desafíos que entreveo reflexionado la experiencia acumulada * Artículo publicado originalmente en la Revista Oficios Terrestres, Revista de Ciencias Sociales desde la Comunicación y la Cultura, Año XVII, N° 26, Facultad de Periodismo y Comunicación Social, Universidad Nacional de La Plata, La Plata, Argentina pp. 11-30. 140 In-disciplinada en el campo de la comunicación popular y articulándola con mis actuales trabajos en torno al derecho a la comunicación en clave política y de construcción de ciudadanía. Trayectos 1. La voz/ la palabra “En todas las sociedades aparentemente todos preservan el derecho de hablar. Pero ese es exactamente el gran engaño. Perdidas en la polvareda de las palabras que no dicen nada, los subalternos del trabajo deshumanizado y del poder arbitrario pierden en el aparente poder cotidiano de poder decir casi todo, el derecho de pronunciar justamente las únicas pocas palabras que hablan a todos el sentido y las reglas del código del mundo donde viven”. (Carlos Rodríguez Brandão,“El poder de la palabra”) La posibilidad de hablar, de expresarse, fue una de las dimensiones constitutivas de lo que se dio en llamar comunicación popular. Hubo un tiempo inaugural de esas prácticas en América Latina en que el pueblo fue nominado como“los sin voz”. Desde algunas perspectivas, sin voz se asociaba a alienación; a imposibilidad de reconocer el extrañamiento que el sistema de explotación capitalista producía tanto respecto del fruto del trabajo apropiado como de los valores, ideas y tradiciones de los grupos excluidos del poder—indígenas, campesinos, obreros—. No tener voz equivalía a haber perdido la palabra propia—esas únicas pocas palabras sustantivas a las que se refería Rodríguez Brandão en un seminario organizado a fines de 1983 sobre“Comunicación Popular Educativa” por CIESPAL—, y su recuperación se alentaba desde innumerables prácticas comunicativas como camino para la liberación de toda opresión. Resuenan en esa concepción los pronunciamientos de la iglesia católica latinoamericana en la conferencia episcopal realizada en Medellín en 1968, el posterior pensamiento y la práctica de los teólogos de la liberación, de las comunidades cristianas de base, de sacerdotes, pastores y laicos de diferentes iglesias que hicieron de la educación y la comunicación popular Comunicación Popular 141 una dimensión indisociable de su compromiso evangélico. Y resuenan también las enseñanzas del primer Paulo Freire y su educación liberadora. Pero también por aquellos tiempos—los primeros años de la década del 70 del pasado siglo—, la idea de una mayoría“sin voz” a la cual debía dársele fue discutida y revisada. Se argumentaba que postular que los explotados y marginados no tenían voz era desconocer una palabra que se revelaba en sus prácticas, en su capacidad de organización y de lucha. Una lucha que tenía carácter gremial, social y político y que pese a muchas y generalizadas derrotas posteriores, alumbró los años de sueños transformadores en casi todo nuestro continente. Pero también desconocer que esa palabra era modo de vivir, de imaginar, de soñar, de pensar. Una palabra dominada y resistente, por eso fragmentada y contradictoria, en la que estaban inscriptas tradiciones e historias. Esa diferencia habilitó fecundos debates político-culturales. Entre otras cosas discutimos en torno a la organicidad de intelectuales, militantes e instituciones religiosas y educativas con respecto a los sectores y organizaciones populares; en torno a las nociones de poder, alternatividad y hegemonía; en torno a las nociones de base y vanguardia; en torno a la cultura popular y las tecnologías. En esas discusiones resultaron fundamentales los aportes del pensamiento marxista, especialmente desde las numerosas lecturas de la obra de Antonio Gramsci. 1 Más allá de esa diferencia, la devolución de voz a los sin voz o el trabajo orientado a permitir que la voz del pueblo se escuchara fructificó en innumerables experiencias que ensayaron un uso dispar y a veces contradictorio de tecnologías y medios de comunicación. En todas ellas, y a pesar de esas disparidades, los recorridos de la comunicación popular latinoamericana hicieron eje en un silencio impuesto que debía ser roto. Esa ruptura aludía a poder pronunciar la palabra acallada por el poder económico y político expresado en los sistemas de explotación y los regímenes dictatoriales o las democracias autoritarias. Pero más complejamente aludía a cuestionar el poder de quienes en diferentes ámbitos establecían las reglas del juego del decir 2 : los que habilitaban o deslegitimaban voces, temas, lenguajes y modalidades expresivas en la casa y la escuela, en las organizaciones sociales, en los partidos políticos y en las iglesias, porque en múltiples espacios se ejercía el dominio y se 1 Tal como lo señala Regina Festa, una de las relecturas clásicas de Gramsci en este campo fue realizada tempranamente por el mexicano Gilberto Giménez(Festa 1991:70) 2 Al respecto pueden revisarse“Lo que quiere decir hablar” y“El mercado lingüístico”(Pierre Bourdieu, 1990) 142 In-disciplinada buscaba someter a los más débiles y a quienes confrontaban el orden estatuido porque lo juzgaban injusto o insatisfactorio para sus necesidades, intereses y deseos. Pronunciar la palabra acallada era hacerla audible, reconocible como legítima, entre los iguales, en la convicción de que ese hablar era fuente de reconocimiento, posibilidad de interacción y de construcción de acuerdos y proyectos comunes. Pero también era hacerla audible para los otros. Otros diferentes a quienes se interpelaba solicitando atención, solidaridad, apoyo para las propias causas porque se consideraba que ellas trascendían lo particular e involucraban a todos, en busca de un mundo más justo. Y también audible para los otros con quienes se confrontaba y se disputaba el poder; esos otros ante quienes la palabra acallada hecha audible se esgrimía como símbolo de existencia, de resistencia y de lucha. Como territorio de construcción del antagonismo y señal inequívoca de voluntad de poder. Por eso por aquellos años, Jesús Martín-Barbero podía decir que: “hablar de comunicación popular es hablar de comunicación en dos sentidos: de las clases populares entre sí(y cuando digo clases estoy entendiendo los grupos, las comunidades, incluso los individuos que viven una determinada situación de clase), pero estoy hablando también de la comunicación de las clases populares con la otra clase. Con aquella otra contra la cual se definen como subalternas, como dominadas”.(Martín Barbero,1983: 5). Hacer oír la palabra acallada significó poder pronunciarla en múltiples espacios y a través de diversas formas expresivas y de interacción. Pero en el marco de la mediatización de las sociedades, los medios masivos de comunicación se fueron convirtiendo progresivamente en espacio insoslayable y el poder hablar fue recubriéndose paulatinamente de otra acepción: poder hablar en esos medios; tener presencia en ellos. Así, la comunicación popular fue saliendo de las zonas marginales y artesanales; la voz popular fortalecida en los ámbitos comunitarios y organizativos pugnó por alcanzar el escenario mayor donde se producía y regulaba incesantemente el discurso público. Las experiencias de medios masivos gestionados por organizaciones populares o instituciones aliadas a sus causas—las radios educativas y populares, las televisiones obreras, el cine documental alternativo— constituyeron en la década del 80 y de allí en más acabadas muestras de ese proceso. Al mismo tiempo crecía la convicción de que, incluso careciendo de medios propios, la voz acallada debía hacerse un Comunicación Popular 143 lugar en el mercado mediático funcional al poder. Se habló entonces de las brechas existentes 3 . Se reconoció que esa voz debía dotarse de estrategias para interactuar en el espacio marcado por la voz de los dominadores interrumpiendo su monólogo, interfiriendo, confrontando: era necesario el aprendizaje de ciertos códigos, el empleo de recursos ajenos—la conferencia o el comunicado de prensa, por ejemplo—, el establecimiento de relaciones fluidas con algunos profesionales que desde esos medios podían compartir un horizonte común con quienes impugnaban el orden social existente. Fueron incuestionables los avances logrados: una mayor visibilidad de la marginación; la inclusión en la agenda mediática de múltiples conflictos que antes se silenciaban y la irrupción en el sistema comunicativo—según la conceptualización realizada por entonces por Giselle Munizaga 4 — de movimientos que como el de los campesinos sin tierra, el de las mujeres o el de los migrantes multiplicaron polifónicamente la presencia de lo excluido del poder en diferentes ámbitos de la sociedad. Pero esa presencia mediática masiva tuvo costos en el camino de quiebre del silencio. La palabra acallada tuvo que pronunciarse bajo nuevas condiciones y las discusiones que se suscitaron al respecto no llegaron en muchas ocasiones a despejar perspectivas contrapuestas o a permitir que se produjeran síntesis esclarecedoras. He sostenido(Mata, 1991) y sostengo que en esas discusiones se eludieron algunas cuestiones que sin embargo fueron objeto de productivos aportes y debates durante la década del 80 tanto en el campo de los estudios de comunicación como en el marco de la teoría política. La distancia entre el mundo académico y las experiencias populares de comunicación produjo —salvo excepciones— una simplificación de problemas que sin la debida profundización aparecen una y otra vez como deudas pendientes. Lo que no se asumió en toda su complejidad fueron las propias condiciones de existencia del habla popular, modelada históricamente por instituciones 3 Una expresión acuñada por el brasileño Carlos Eduardo Lins Da Silva para aludir a las contradicciones existentes dentro de la industria cultural y las posibilidades que ellas brindan para la comunicación de“contenidos divergentes de la ideología dominante”(Lins da Silva, 1981: 35). 4 “El sistema de comunicación está constituido por una red de oportunidades potenciales o actuales de hablas y por un discurso social que se produce y reproduce en ellas haciendo su operación posible[…] las hablas disponibles en una sociedad son el resultado de una práctica comunicativa en la cual están presentes los resortes del poder y del disciplinamiento social, a través del silenciamiento de zonas expresivas, el realce de otras y la jerarquización de todas” (Munizaga, 1983: 9 y 12). 144 In-disciplinada reguladoras como la familia, la escuela, el Estado, pero ya por aquellos años matrizada como todas las hablas sociales por las tecnologías masivas de información. Si“hablar como lo que se es”(Mata, 1987: 216-229) significaba para muchos—mujeres, trabajadores explotados y hasta esclavizados, campesinos desposeídos, personas denigradas racialmente— recuperar una posibilidad mutilada y perder el miedo a hacerse ver exhibiendo los mismos rasgos que determinaban su exclusión,“decir al mundo y al pueblo sus sufrimientos” equivalía a trastocar una distribución establecida de los cuerpos y de los bienes materiales y simbólicos. Ese tipo de expresiones aludían a la capacidad de actuar impugnando el orden excluyente y los discursos instauradores y justificadores de ese orden. Una capacidad que solía acarrear ataques y restricciones a los medios donde se desplegaba esa palabra identificatoria y adversativa y que, más allá de los niveles de popularidad y de los índices de audiencia que podían alcanzar, representaban islotes en el escenario masivo de comunicación(Mata, 1987). Esos islotes permitían, desde la diferencia, acrecentar la conciencia acerca de la concentración del poder hablar en pocos actores, instituciones y empresas. Pero también eran islas desde la dimensión de la vida cotidiana. Islas a las que se recurría en los momentos de lucha y movilización, a las que se acudía para defender sus trasmisores hasta con la vida—como supo ocurrir en Radio Pío XII de Bolivia— pero a las que se abandonaba buscando otras costas para el entretenimiento, la ensoñación, el mirar un poco más allá de los límites que marcaban el territorio de iguales pobres o excluidos, para asomarse al mundo de los otros en que estaban ausentes. Porque en las sociedades mediatizadas,“hablar como lo que se es” no puede poner entre paréntesis la condición de público de los medios masivos que es rasgo identitario colectivo e instancia de socialización. En ese sentido, lo que también se desdibujaron y simplificaron, en muchas ocasiones, fueron las transformaciones del espacio público en las sociedades mediatizadas y organizadas bajo las lógicas neoliberales. La“tecnologización y ferialización” del espacio público(Sergio Caletti, 2000) la“involución del ámbito público-político” y el papel del mercado como nuevo articulador social(Norbert Lechner, 1982) fueron asumidos más como datos a criticar y/o lamentar, que como condiciones desde las cuales pensar los nuevos procesos de subjetivación y agregación colectiva, es decir, los lugares desde los que se produce el habla. Junto a ello, se soslayaron un conjunto de problemas que las nuevas condiciones imponían para la expresión directa de la palabra popular. Entre Comunicación Popular 145 nosotros, Aníbal Ford propuso lúcidamente análisis e interpretaciones acerca de las nuevas formas de no-ficción en los medios periodísticos y audiovisuales; acerca la necesidad de esos medios de“acrecentar su credibilidad” a través de“información individualizada y aparentemente constatable”; acerca del crecimiento de“lo individual o microsocial frente a lo macro o lo estructural” como dato fuerte de la cultura contemporánea(Ford, 1999: 245-287). Pero poco se reflexionó lo que esa lógica mediática, que exacerbaba la exhibición y visibilización individual y casuística, implicaba para la producción de un habla con capacidad de contradecirla disputando gramáticas y formatos. La imitación de“lo masivo” o su negación fueron las actitudes antagónicas e improductivas que muchas veces se asumieron. Pero también proliferaron discursos que proponiéndose como sintetizadores, significaron adhesiones veladas a los signos de los tiempos; es decir, a la conversión de la ruptura del silencio, de esa pulsión y convicción por hacerse escuchar, en exitosa estrategia de intervención en el mercado mediático. 5 2. El conflicto/la construcción de poder “[…] Decir comunicación popular es decir básicamente el conflicto […] el conflicto histórico a través del cual lo popular se define en cuanto movimiento de resistencia, de impugnación de la dominación estructural en nuestra sociedad” (Jesús Martín-Barbero,“Comunicación popular y los modelos trasnacionales”). 5 Ver, por ejemplo, las propuestas formuladas por José I. López Vigil(1993):“No tenemos vocación de perdedores. Queremos tener éxito en nuestro trabajo. Sí, éxito. Queremos aparecer en los ratings disputando los primeros lugares de audiencia. ¿Ganar audiencia es el objetivo? No, pero sin audiencia—sin mucha audiencia— no podemos lograr nuestro objetivo ¿Que el rating no es la última palabra? Por supuesto que no, pero sí la penúltima. Porque en radio, si no te escuchan, no existes ¿En nombre de quién hablas, a quién representas? En la cultura masiva, el éxito no es el criterio de la verdad, pero sí su condición[…] Masividad de los receptores: hablar y hacer hablar a todos, los organizados y los despelotados. Y si a algún público debemos preferenciar en estos tiempos del cólera, si algún sector merece una especial atención, que sean los eternos marginados, los olvidados de siempre, tanto por las Iglesias como por las izquierdas. Me refiero a los discriminados por género, raza y especie. Por género: las mujeres. Por raza: los pueblos nativos. Por especie: la naturaleza, los animales y plantas en extinción, el planeta Gaia amenazado ya no por un botón nuclear, sino por las chimeneas de las fábricas y los tubos de escape de los automóviles. Las problemáticas feminista, indigenista y ecológica cobran una importancia decisiva para cualquier analista social. Y para cualquier comunicador con buen olfato”. 146 In-disciplinada En 1980, Media Development, la revista de la World Association for Christian Communication(WACC), dedicó un número a lo que llamaron“a Latin American Model”. 6 Ese modelo era ni más ni menos que la comunicación popular, un concepto que, según los editores de la publicación,“enriquecería” la historia de la comunicación y que,“en primer lugar, debe entenderse como una protesta social y política contra el individualismo, el materialismo y la alienación producidas por la sociedad occidental industrializada”. Un tipo de comunicación que citando a Neville Jayaweera—por entonces director de investigaciones y planificación de la WACC—, definían como la práctica de“personas movilizadas por una experiencia común de opresión y desposesión, luchado para superar su aislamiento y estado de dependencia”. Casi no existen conceptualizaciones de la comunicación popular producidas durante los años 70 y 80 en América Latina que no den cuenta de esa dimensión contenida en la necesidad del habla popular: un conflicto de naturaleza política.“Conjunto de procesos comunicativos que implican al menos tendencialmente el quiebre de la lógica de la dominación y se realizan desde el pueblo mismo”(Gilberto Giménez,1978: 29);“prácticas comprometidas con el cambio social en aras de una transformación radical de la sociedad que libere a las clases populares de la opresión”(Fernando Ossandón, 1984: 49); y podrían añadirse otras cuantas conceptualizaciones similares. En todas ellas, la comunicación popular no habla de medios. No se equivocaba Jayaweera, proveniente también él de un país de lo que entonces se denominaba Tercer Mundo, al hablar de personas, de experiencia, de lucha como dato distintivo de la comunicación popular latinoamericana. En 1981, el argentino Máximo Simpson había compilado un libro editado en México por la Universidad Nacional Autónoma Metropolitana, Comunicación alternativa y cambio social I. América Latina , que durante años fue referencia obligada entre los textos que daban cuenta de reflexiones y discusiones desarrolladas en nuestro continente en torno a numerosas iniciativas que vinculaban prácticas comunicativas con estrategias sociales y políticas transformadoras. Algunos años después, en 1987 y ya en Argentina, Simpson imaginó una reedición ampliada de aquel libro—que nunca se publicó— para la cual me solicitó la producción de un artículo en el cual retomé ideas de un texto escrito a fines de 1983, compartiendo la experiencia que habíamos desarrollado desde 1976 a 1982 en el Programa de Comunicación Popular de CELADEC(Mata, 1983: 76-79). 6 Vol. XXVII, Nº 3, Londres. La traducción de todas las citas es nuestra. Comunicación Popular 147 Apelé entonces a unos versos de Raimón, el cantautor catalán, que decían: “Yo vengo de un silencio/ antiguo y muy largo/ de gente que va alzándose/ desde el fondo de los siglos/ de gente que llaman/ clases subalternas/ Yo vengo de un silencio/ que no es resignado…/ que romperá la gente/ que ahora quiere ser libre/ y que ama la vida,/ que exige las cosas/ que le han negado”. Esos versos me servían para cuestionar una idea que consideraba persistía en nuestros países después de muchos años de prácticas y debates y que tendía a fortalecerse en el marco de los procesos de democratización de las sociedades luego de períodos dictatoriales. Una idea que se fortalecía al amparo de escuelas y facultades de comunicación, de proyectos gubernamentales y no gubernamentales de promoción y educación, y de los deseos de un buen número de comunicadores profesionales que sin perjuicio de contar con las mejores intenciones sociales y políticas, necesitaban ensanchar el estrecho campo laboral que se les ofrecía. Me refería a la idea según la cual la comunicación popular era una modalidad comunicativa tal como podían serlo la comunicación educativa, la científica, la masiva(la de los grandes medios que constituyen la industria cultural), la participativa, la grupal, la audiovisual y así por el estilo. Cuestión de técnicas, como se advierte, o cuestión de áreas de aplicación, de alcance, de metodologías de producción.(Mata, 1987). Contra esa idea, y sin minimizar los aspectos técnicos y metodológicos implicados en las prácticas, rescataba para la comunicación popular su condición de palabra asociada a organizaciones y movimientos colectivos de carácter popular que iba nombrando cuándo, dónde y cómo podía hacerlo, aquello que les impulsaba a reunirse y actuar: siempre unos derechos conculcados, unas necesidades insatisfechas, unas condiciones de vida inhumanas y/o represivas, unas ideas y propuestas para superar aquellas condiciones y situaciones. Es por esa misma razón que, confrontando esas prácticas con las que en los llamados países centrales podían pensarse desde nociones como las de“underground communications” o“grass-root communications”, Martín-Barbero plantearía que: “en América Latina la comunicación popular es comunicación planteada en términos de las mayorías[…] dominadas, y por tanto ligada no solamente a un fenómeno de contracultura, y mucho menos a un fenómeno de marginalidad, sino ligada a los movimientos sociales, a los procesos de dominación y de réplica a 148 In-disciplinada la dominación, y por tanto atravesada por un proyecto, o al menos, por un movimiento de lucha política”(Martín Barbero, 1983: 5). Insistía Martín-Barbero en aquella entrevista que no se trataba de que la comunicación popular se“vinculara a” los movimientos sociales; se trataba de que ella no era tal—no podía denominarse como tal— si “aún con toda la carga de ambigüedad, de complicidad y de contradicciones, no está inserta en movimientos sociales[…] cualquier tipo de movimiento que genera solidaridad, que genera conciencia, que genera capacidad de decisión, defensa de los intereses y de la identidad de una colectividad”(MartínBarbero,1983: 7). Una inserción “en la creación de actores que, en continuidad con el pasado, puedan ir dotando al pueblo de una identidad propia y de una vocación hegemónica(al momento contra hegemónica) sobre la sociedad en su conjunto”(Ossandón 1984:50). que él mismo conceptualizaría como organicidad : “organicidad respecto de los sectores populares—en los cuales descansa su legitimidad y, al menos en parte, su sustentación material— organicidad respecto de un proyecto democrático y popular de transformación social”(Ossandón,1984: 53) 7 . Inserción y organicidad fueron los rasgos decisivos de la politicidad de la comunicación popular como lugar de expresión del conflicto y de búsquedas de articulaciones capaces de construir espacios de poder, lugar de expresión de la opresión y la subalternidad y de visibilización y discusión de ideas, proposiciones, modos organizativos y prácticas tendientes a revertirlas. Por eso podían reconocerse como prácticas de comunicación popular iniciativas muy diversas. El“modelo latinoamericano” se caracterizaba por su variedad y pluralidad justamente en función de ese enraizamiento específico. En la“constitución del pueblo como sujeto histórico”, intervenían distintos tipos y momentos de prácticas comunicativas—por ejemplo, de 7 En Colombia, Hernando Martínez también desarrollaría ideas semejantes:“Ese es el reto que se le presenta a la comunicación popular: concebirse como elemento de un proceso más amplio y crear, inventar, las formas de insertarse en él sin pretensiones de generarlo”(Martínez, 1982: 153). Comunicación Popular 149 “resistencia defensiva” y de“afirmación de identidad”(Gonzaga Motta, 1982)—, diferentes tipos de estrategias—interacciones presenciales, medios escritos, audiovisuales, grupales, masivos-—diferentes tipos de experiencias que desde siempre hicieron de la comunicación popular una experiencia de alianzas. Porque contra ciertos reduccionismos y fundamentalismos—que también los hubo—, lo popular era más que una definición socio-económica o una adscripción de ciertos sectores a una clase definida teórica y políticamente; era el nombre que asumía un proyecto de emancipación que se pensaba y construía, en cada realidad, con actores variados. Con actores que, pese a sus diferencias sectoriales e incluso institucionales, encontraban en sus prácticas comunicativas y políticas elementos de identificación y posibilidades de acción conjunta. 8 Pero también fueron esos dos rasgos, la inserción y organicidad de la comunicación popular, los que intervinieron en dos movimientos aparentemente paradojales que esas prácticas comenzaron a experimentar desde mediados de la década del 80 y que se expresarían en reformulaciones y transformaciones significativas durante los años 90. Por un lado esas prácticas fueron parte de“diversos procesos renovadores en la construcción del movimiento popular”(Ossandón, 1984: 56) como motores o expresión de iniciativas—incluso muy conflictivas— asociadas al cuestionamiento del poder autoritario o antidemocrático en el propio seno de organizaciones populares y dentro de instituciones que impedían la participación igualitaria en la toma de decisiones. El papel de los dirigentes y las bases, las formas de representación carentes de legitimidad, la restricción de discursos interpeladores de variadas ortodoxias fueron algunas de las problemáticas que las prácticas de comunicación popular permitieron someter a discusión menos desde confrontaciones teóricas y más desde la cotidianeidad de su desarrollo en el cual la problemática de la participación había adquirido centralidad. En relación con ello, el sociólogo peruano Henry Pease, quien había dirigido DESCO(Centro de Estudios y Promoción del Desarrollo), institución relevante para el campo de la educación y la comunicación popular no sólo 8 En 1983, invitada a participar en el Segundo Seminario de la comisión de comunicación de CLACSO , que se realizó en Buenos Aires y que tuvo como temática la comunicación y culturas populares en América Latina , produje un texto en el que reflexioné acerca del sentimiento de propiedad que sectores populares podían experimentar respecto de medios cuyos dueños eran, por ejemplo, instituciones eclesiales(Mata, l987: 216-229). 150 In-disciplinada a nivel nacional sino latinoamericano, condensaba refiriéndose a su país una situación bastante generalizada en el continente: “En este tiempo intenso y para muchos desconcertante, se ha hecho presente en la escena un nuevo sujeto de la política. Lo que se ha definido como“movimiento popular” en estos años desarrolla una dinámica propia donde la protesta espontánea se reúne con esfuerzos silenciosos y pacientes de organización y educación popular que provienen de los partidos, de simpatizantes de izquierda que no militan en estos, de“promotores” de la Iglesia progresista, etc. Nuevas formas de organización, presencia significativa de otras clases subalternas junto con la clase obrera y cuestionamiento desde abajo a lo que es la práctica tradicional de los partidos constituyen un rico almacén de interrogantes para repensar lo que significa hacer política, lo que implica un proyecto revolucionario que se apoye en grandes masas y abandone el vanguardismo tradicional, que es la forma en que se concebía la organización política”(Pease,1983: 34). Por otro lado, la inserción y organicidad de esas prácticas fue la razón por la cual no escaparon de las graves crisis que experimentaron organizaciones sociales y movimientos populares a partir de derrotas políticas, de las consiguientes discusiones y revisiones que ellas suscitaron y de la instalación del modelo neoliberal que desde la economía impuso su matriz a nivel político y cultural. Una investigación continental sobre vigencia e incidencia de las radios populares realizada por ALER(Asociación Latinoamericana de Educación radiofónica) durante 1999 fue tal vez el esfuerzo más sistemático para revelar el alcance de esa crisis. El informe del estudio(Andrés Geerts y Víctor van Oeyen, 2001) está precedido significativamente por una frase pronunciada por Simón Bolívar en 1830:“Un desengaño vale más que mil ilusiones” . En él, se daba cuenta de las marcas que en esas prácticas comunicativas habían dejado el quiebre de proyectos revolucionarios nacionales y sus referentes políticos e ideológicos, los regímenes democráticos carentes de legitimidad, los ajustes económicos—achicamiento de los Estados nacionales, privatizaciones, endeudamiento de países y empobrecimiento y desempleo creciente de las poblaciones incluyendo sus sectores medios—, la pérdida de esperanzas en proyectos colectivos y un notorio avance de comportamientos individualistas, el retroceso ideológico de actores como la iglesia católica, los procesos crecientes de concentración de medios de comunicación. El Comunicación Popular 151 informe daba cuenta además, de las transformaciones políticas a las que en términos generales aludía Henry Pease, y que se consideraban“signos de esperanza”: el surgimiento de numerosos movimientos articulados en torno a necesidades insatisfechas y derechos conculcados pero también en torno a la voluntad de repensar el orden político-cultural; algo que se ponía de manifiesto en el fortalecimiento de la problemática de los derechos humanos, en las discusiones de género, identitarias y étnicas, en la reconceptualización de cuestiones como la democracia y la ciudadanía. Es posible leer en ese texto, así como en muchas reflexiones centradas en realidades nacionales realizadas durante la década del 90, la necesidad de buscar nuevas inserciones y organicidades; es decir, de buscar nuevas alianzas y estrategias de acercamiento a esos nuevos actores comprometidos con la transformación social. Además, es posible leer la necesidad de revisar concepciones en torno a las subjetividades, las dimensiones sensibles de las interacciones humanas, la articulación de lo público y lo privado, que se reconocían como insuficientemente atendidas en prácticas y proyectos que, entre otros déficits, habían parcelado la experiencia humana y social desde visiones reductivas de lo político. Pero también se produjeron, por aquellos años, movimientos que caracterizo como fugas hacia adelante. Las revisiones autocríticas, los cuestionamientos políticos y conceptuales dieron lugar, en ocasiones, a corrimientos que desvanecieron el horizonte de emancipación radical contenido en las prácticasdecomunicaciónpopular.Noesmucho—mejorseríadecircasinada— lo que se ha hecho académicamente desde los estudios de comunicación y desde otras áreas para comprender esos corrimientos y apreciar sus consecuencias; para percibir, por ejemplo, de qué manera operaron en ellos las constricciones derivadas de las fuentes de financiamiento que contribuían a sustentar las prácticas de numerosas instituciones dedicadas a la promoción de la comunicación popular y alternativa. Pero también para percibir los efectos de las visiones“pospolíticas”(Chantal Mouffe, 2007:9) que se desarrollaron en el campo de la teoría social y el pensamiento político. Las ideas consensualistas y el dialogismo racional como sustentos del afianzamiento democrático y del entendimiento humano; la superación de las agudas desigualdades mediante procesos de participación y vigilancia social y mediante estrategias descentralizadoras del poder estatal; la“ciudadanía” y la“sociedad civil” concebidos como espacios de agregación, expresión de las diferencias e integración(Rosa M. Alfaro,1997: 9) se expresaron desde algunas instituciones y prácticas no sólo en cambios 152 In-disciplinada terminológicos sino en una suerte de socialización de la comunicación popular en detrimento de su politicidad . 9 A pesar de ello, existieron instituciones, organizaciones, prácticas e intelectuales del campo de la educación, la comunicación y la teoría social y política que promovieron y continúan promoviendo lecturas críticas de anteriores desarrollos de la comunicación popular cuando, como lo explicité ya hace un tiempo(Mata, 2011) ante la caída teórica y práctica del pueblo como sujeto político transformador preconstituido, se impuso la necesidad —también teórica y práctica— de pensar los procesos de subjetivación y de constitución de actores políticos; cuando ante el avance de las concepciones políticas consensualistas y deliberativas, la palabra adversativa de las alternativas comunicacionales pareció tener que diluirse en cauces de pluralidad y reconocimiento de las diferencias, so pena de ser acusada de anti-democrática. Algunas muestras nos involucran directamente como país dado que en ambos espacios han tenido y tienen un papel relevante organizaciones y medios de comunicación argentinos. Me refiero a las últimas asambleas de dos organismos vinculados a la radiodifusión popular y comunitaria: la de ALER –realizada en Quito, Ecuador en 2009 y la de AMARC(Asociación Mundial de Radios Comunitarias) realizada en La Plata en 2010. En los seminarios, conferencias, paneles y debates desarrollados como parte de esas asambleas, la problemática de la construcción del poder, de la lucha por la hegemonía en las sociedades democráticas, constituyó un eje central. Pero muestra de ello es también el papel jugado por una enorme cantidad de medios populares y comunitarios en las confrontaciones 9 En 1997, el CEAAL(Consejo de Educación de Adultos de América Latina) y la Asociación de Comunicadores Sociales Calandria, de Perú publicaron Escenografías para el diálogo , un texto que daba cuenta de un proceso de discusión que ese Consejo había iniciado en 1994 en torno a la problemática comunicación, cultura y política que aspiraba a:“encontrar el papel y la importancia que hoy adquiere la comunicación en las formaciones y cambios culturales como en las trasformaciones políticas, examinando la contribución que esta puede brindar al desarrollo de la democracia”(ACS.Calandria,1997: 7). Se trata, a mi juicio, de un texto paradigmático ya que tanto en el prólogo como en varios capítulos es posible reconocer la fuerte asociación de la comunicación participativa y dialógica con las ideas de desarrollo en términos de convivencia y progreso democrático, así como las ideas de democracia concebida en términos“de consenso y reconciliación”. Ello, siguiendo entre otros teóricos políticos, a Chantal Mouffe, implica la negación, como“condición sine que non para un efectivo ejercicio de la democracia”, de la“creación de una esfera pública vibrante de lucha‘agonista’ donde puedan confrontarse diferentes proyectos políticos hegemónicos”(Mouffe, 2007: 11). Otro texto a consultar, específicamente referido a las derivaciones de la comunicación popular y alternativa, es Otra Brújula. Innovaciones en comunicación y desarrollo , de Rosa María Alfaro. Comunicación Popular 153 que se han producido y producen en nuestro continente con los sectores económicos y políticos que en muchas realidades buscan detener los avances democráticos que se expresan en la restauración del papel del Estado como articulador de la sociedad contra la hegemonía del mercado, la recuperación de iniciativas de soberanía nacional, la defensa de recursos naturales estratégicos contra la voracidad de empresas trasnacionales, la lucha por los derechos de comunidades étnicas y migrantes, la lucha por los derechos a la comunicación contra los monopolios mediáticos. 10 Y muestra de ello es también la persecución y estigmatización que se sigue produciendo en nuestro continente contra los esfuerzos de producir otra comunicación, como puede leerse en el Informe Final(2010) Diversidad y Pluralismo en la Radiodifusión , producido por el Programa de Legislaciones y Derecho a la Comunicación de la regional latinoamericana de AMARC, recientemente dado a conocer, en el cual se registran detalladamente las agresiones sufridas por medios comunitarios y la criminalización a que son sometidos medios no autorizados en diversos países de la región(AMARC 2011: 51-64). 3. Espacios/técnicas/medios Las modalidades en que las palabras acalladas y excluidas podían hacerse audibles representaron, en las experiencias de comunicación popular un tema permanente de invención y debate. El sistema de comunicación constituido por medios masivos funcionales a los poderes económicos y políticos hegemónicos fue desde siempre un espacio que debía confrontarse. Existieron, en ese sentido, estrategias que apostaron a trabajar en sus márgenes en tanto postularon que la reversión del silencio sólo podía producirse en las interacciones grupales, donde podían eliminarse las distancias y supremacías de emisores versus receptores. Estrategias en las cuales sin querer se reproducían las concepciones más lineales e informacionales de la comunicación, asociando actividad comunicativa con producción de mensajes y negando la actividad comunicativa-cultural de los receptores; es decir, negando múltiples y variados procesos de producción de sentido que tienen lugar en cualquier tipo de relación o interacción comunicativa. 10 Vale destacar el papel jugado por organizaciones y medios de comunicación popular en el golpe de Estado que se produjo en 2009 en Honduras, el frustrado intento de golpe en Ecuador, la represión de pueblos indígenas peruanos que defienden la Amazonía, entre otros. 154 In-disciplinada La propia práctica de medios masivos que se autodefinieron y reconocieron como de“comunicación popular” y la reflexión teórica latinoamericana desde el campo de comunicación/cultura destrabaron durante la segunda mitad de la década del 70 y los años 80 esas visiones y permitieron pensar la complejidad de esos procesos que acontecen en tramas que conjugan interacciones presenciales de carácter privado y público e interacciones mediadas técnicamente. Ello no minimizó las discusiones en torno a las tecnologías más o menos apropiadas para la expresión popular. Sobre todo porque existieron coyunturas que las promovieron. Una de las más significativas fue, sin dudas, la creación en 1976 de la Comisión Internacional para el Estudio de los Problemas de la Comunicación, que en 1980 produjo su informe acerca de un Nuevo Orden Mundial de la Información y la Comunicación(NOMIC) conocido como Informe Mac Bride. 11 Las prácticas de comunicación popular –también reconocidas y denominadas como alternativas- no tenían, salvo casos excepcionales, vinculaciones con proyectos o políticas estatales y menos aún con los foros de carácter internacional donde esas políticas se debatían. Para la gran mayoría de esas experiencias, los debates y acciones en torno a un nuevo orden internacional de la información resultaban una problemática lejana y hasta cierto punto extraña y eran contadas las experiencias que comenzaban a preguntarse de qué modo las afectaba o podía afectarlas ese proceso de negociación intergubernamental que había comenzado a desarrollarse; de qué manera ellas eran consideradas gérmenes o ejemplos de modalidades democráticas y participativas de comunicación; o hasta qué punto su desarrollo podría verse dificultado por las propuestas y estrategias intergubernamentales que podían producirse en el marco de ese proceso. 12 En el prólogo de un libro editado por CELADEC poco tiempo después de que se aprobara el Informe Mac Bride, Alfredo Paiva, coordinador del programa de comunicación popular de esa institución, señalaba que la raíz de esa situación debía buscarse en lo que por aquellos años Armand Mattelart había calificado como“actitud esquizofrénica” al abordar la problemática de la comunicación y que se expresaba en miradas que la parcelaban. Por 11 Debido a que el periodista irlandés Sean Mac Bride, premio Nobel y premio Lenin de la paz, exministro de relaciones exteriores de Irlanda y fundador de Amnistía Internacional, coordinó dicha comisión. 12 Condenso, en esta parte del artículo, una ponencia presentada en el Coloquio Internacional “Del Informe Mac Bride a la Sociedad de la Información” organizado por el Instituto de la Comunicación e Imagen de la Universidad de Chile, incluido en el libro Democratizar las comunicaciones. Comunicación Popular 155 un lado se analizaban los mecanismos de reproducción del poder; por otro se ensayaban respuestas, formas de trastocar ese poder. Pero entre ambos tipos de prácticas eran inusuales los puntos de contacto. Al mismo tiempo, una visión reduccionista del poder y la dominación llevaba a considerar lo alternativo como construcción sólo realizable en espacios“autónomos”, gestionados y controlados por las organizaciones populares—espacios de carácter micro o sumamente localizados muchas veces— e impracticable en terrenos“en disputa”, como solían serlo los medios masivos, las redes nacionales o internacionales de comunicación, el campo de las tecnologías informáticas que por entonces recién comenzaban a expandirse(Paiva, 1982: 10). Para contrarrestar esa esquizofrenia se nos imponía analizar lo que el Informe Mac Bride leía en nuestras prácticas. Si bien al constituirse la Comisión encargada de su elaboración los debates se habían centrado en la problemática de los flujos de información mundial y alrededor de las agencias y redes informativas regionales e interestatales y las políticas nacionales de comunicación, paulatinamente se había ido operando un desplazamiento. Esas políticas fueron vinculándose a la necesidad de crear alternativas que asegurasen la satisfacción de dos necesidades señaladas enfáticamente en el Informe: la democratización de la comunicación y la participación de la mayor cantidad posible de individuos en los procesos comunicativos. Ese desplazamiento se reflejó en el texto del Informe y fue reconocido por algunos integrantes de la Comisión Mac Bride como una verdadera “legitimación” de las experiencias de comunicación alternativa. Ese hecho y la repercusión que la así denominada legitimación comenzaba a tener en diversos ámbitos institucionales—agencias de cooperación, centros de estudio, algunos organismos públicos— que acompañaban con diversos recursos el desarrollo de experiencias de comunicación popular, me llevó a producir un conjunto de reflexiones que expuse en un artículo del mencionado libro(Mata, 1982: 157-179). Me preguntaba entonces cuál era la“alternativa” legitimada por el Informe Mac Bride. En las secciones destinadas a describir las experiencias alternativas, el Informe recurría a un conjunto de expresiones de por sí reveladoras del sentido que se les reconocía y atribuía. 13 Se las definía como prácticas de“oposición a la comunicación oficial institucionalizada” y como prácticas“de sustitución”, 13 Las palabras y expresiones entrecomilladas son textuales del Informe publicado como libro bajo el título Un solo mundo. Voces múltiples. Comunicación e información en nuestro tiempo”. Fce- Unesco, México, 1980. 156 In-disciplinada “tribunas independientes de los cauces políticos y oficiales”, espacios para analizar problemas silenciados por los medios de comunicación. Sus actores, eran caracterizados como“grupos locales que quieren combatir el monopolio de los sistemas de comunicación verticales y centralizados”, como“minorías que antes vivían en un ghetto de comunicación” y que comenzaban a desarrollar sus capacidades, como grupos y partidos políticos disidentes, como jóvenes y marginales imaginativos. En ese sentido el Informe consideraba que las alternativas comunicativas de sustitución y oposición eran respuestas a la verticalidad y deficiencias de los sistemas de comunicación existentes. La faz propositiva del Informe Mac Bride guardaba total congruencia con esa caracterización de las experiencias alternativas. Tras sostener que uno de los problemas centrales del orden informativo vigente consistía en“la exclusión de los medios de comunicación ordinarios de ciertas categorías subprivilegiadas de la población”, el Informe planteaba que para cientos de millones de personas la comunicación democrática era difícilmente realizable debido a la insuficiencia de medios de comunicación. De ahí que las vías propuestas para superar esas situaciones fuesen, por ejemplo: el estímulo de la producción de medios grupales para fomentar la expresión local“de proporciones humanas”, capaces de atraer a la comunicación a una mayor variedad de personas y deparar a cada individuo “privilegios” que normalmente están reservados a los profesionales; el desarrollo de redes horizontales de comunicación entre comunidades culturales y étnicas, entre los grupos que tienen en común“intereses sociales, profesionales, culturales y deportivos” y entre los individuos“de un mismo barrio o de un mismo entorno laboral”; el estímulo de procesos de descentralización de la comunicación masiva utilizando la radio local, la televisión y los sistemas de video de pequeño formato y de poco costo, así como el empleo de otras“tecnologías apropiadas” que deberían facilitar la producción de programas“en apoyo de las actividades de desarrollo de la comunidad y permitir una expresión cultural diversificada”; la promoción de “nuevas formas de participación del público en la gestión de los medios de comunicación social”. Como advertí en aquel entonces, la exclusión de grandes mayorías sociales de los sistemas y medios de comunicación, se vinculaba en el texto del Informe con el proceso de concentración de tecnologías comunicativas en un número relativamente reducido de países desarrollados y en un conjunto de empresas trasnacionales, pero no se vinculaba explícitamente con el Comunicación Popular 157 modelo económico y político hegemónico cuya reproducción se sustentaba, entre otras cosas, en la concentración y el control de la palabra y en un ordenamiento social antidemocrático e injusto. De tal suerte se vaciaba, con un análisis autorreferido al sistema comunicativo y con proposiciones en las cuales era evidente la impronta tecnológica, las complejas y ricas experiencias de comunicación popular que se desarrollaban en América Latina como parte de luchas sociales y políticas. Era justamente la politicidad de la comunicación popular y alternativa la que se desleía en las caracterizaciones y proposiciones del Informe Mac Bride. A las luchas por lograr una palabra propia sostenida en la igualdad económica, social y política, a los esfuerzos por diseñar proyectos contrahegemónicos, se les sobreponía una dimensión tecno-administrativa que identificaba el acceso a medios y tecnologías con acceso al poder ser y decir. Algo que Armand Mattelart había advertido años antes, en 1977, refiriéndose, por ejemplo, a la promoción de la televisión por cable en los EEUU como tecnología apropiada para maquillar desigualdades y exclusiones sociales. 14 Nuestra lectura de entonces fue observada por algunos integrantes de centros de estudio y oficinas de cooperación como“desproporcionada” en tanto confrontábamos un texto negociado, un documento de consenso internacional con prácticas que cuestionaban el orden estatuido. Nuestra desproporción, sin embargo, resultaba coincidente con la“inadecuación” observada por Cees Hamelink respecto de las medidas legales propuestas por el Informe para, en sus palabras,“contrarrestar el vasto poder político y económico ejercido por empresas trasnacionales”(1982: 148). Desde la perspectiva de la economía política de la comunicación, tanto Hamelink como Herbert Schiller(1982: 39-52) percibían, como lo hacíamos nosotros desde las prácticas de comunicación popular, los riesgos que conllevaba el equiparar la igualdad de derechos y oportunidades de expresión, indisociables de una efectiva democracia económica, política y social, con el incremento de recursos disponibles para“complementar” los sistemas concentrados y unidireccionales de comunicación. 14 “El tipo de operación que hace de un programa de televisión el eje de la organización comunitaria se inscribe en la ofensiva desencadenada por ciertos grupos de poder, en el interior del sistema mismo, para instaurar un modelo diferente de comunicación que haga posible la‘participación’ del público receptor en la emisión de los mensajes....Si la aplicación de esa tecnología sigue el trazado de las instituciones existentes, el proceso de‘democratización’ de la comunicación de masas está asegurado contra toda veleidad de franquear las barreras del sistema sin por eso dejar de dar la ilusión de‘darle la palabra’ a los administrados”(Mattelart, 1977: 213-214). 158 In-disciplinada Tal vez pueda pensarse que esa lectura que muchos hicimos del Informe implicaba negarle su valor. Y no es así. Valorábamos la entrada en la agenda pública de los problemas de la información y la comunicación desigual y valorábamos la potencialidad cuestionadora del Informe frente al discurso del poder, es decir, de ciertos estados y corporaciones. Pero el modo en que caracterizaba la comunicación alternativa y las propuestas que se formulaban en ese terreno nos demostraba sus limitaciones y, sobre todo, nos situaba en un escenario verdaderamente desafiante. Por un lado tuvimos que comenzar a hacer frente a una oleada de propuestas de cooperación que, aceptando proposiciones contenidas en el Informe, evaluaban el sentido y alcance de prácticas y proyectos de comunicación popular de acuerdo con su impacto o incidencia en el sistema comunicativo y no en función de los particulares procesos educativos, organizativos y reivindicativos que motivaban las experiencias de comunicación. Por otro, tuvimos que enfrentar unas ciertas ideas que esas proposiciones fortalecieron en el sentido de que la comunicación capaz de revertir desigualdades e injusticias era la comunicación meramente local o entre iguales. En ese sentido, el Informe Mac Bride y los procesos que sucedieron a su aprobación intervinieron significativamente en fuertes debates, aprendizajes y transformaciones de la comunicación popular a partir de la segunda mitad de la década del 80 y durante los años 90. Porque revelaron la necesidad de reivindicar su sentido político pero obligaron a reconocer hasta qué punto una gran cantidad de prácticas se desarrollaban sin vincularse con la problemática más amplia de los sistemas informativos dominantes, en buena medida ensimismadas en lo micro o en cierta marginalidad, sin plantearse alternativas tecnológicas capaces de potenciar la disputa en el espacio público mediatizado. Los temores a ser cooptados por los poseedores del saber tecnológico, la clara conciencia de que no existen tecnologías neutrales en tanto ellas posibilitan o restringen modos de interacción y de decir, marcó con fuerza muchos proyectos institucionales y suscitó significativos debates. Fueron debates sin los cuales una asociación como ALER nunca hubiese podido asumir que una de sus funciones consistía en convertirse en red de información y comunicación mediante el empleo de la tecnología satelital tanto a nivel continental como a niveles nacionales e inter-étnicos e interregionales. Y es útil recordar aquí que el diseño de ese proyecto insumió mucho tiempo porque fue fruto de múltiples correcciones determinadas por la necesidad de mantener las particularidades locales, por no resignarlas ante Comunicación Popular 159 las ideas de eficiencia y normalización que la nueva tecnología implicaba, por la necesidad de desarrollar procesos formativos en cada emisora, por la necesidad de articular diferentes visiones y realidades políticas en el marco de una estrategia más global. Al mismo tiempo, asumiendo que no sólo debían analizarse, criticarse y denunciarse los sistemas comunicativos cada vez más concentrados y centrales en la constitución de la esfera pública, sino que se debía intervenir competitivamente en esa constitución, la comunicación popular fue parte de los procesos de articulación nacional, regional e internacional que fueron protagonizando los movimientos populares. Las reflexiones sobre la globalización económica y cultural, sobre los procesos de desterritorialización y localización de problemas y confrontaciones, la necesidad de comprender y enfrentar lógicas económicas, políticas y culturales que atravesaban las fronteras, impulsaron una expansión de las prácticas. Las nociones de red y movimiento comenzaron a ser palabras cotidianas. Aún con diferentes concepciones y perspectivas, dependiendo del tipo de prácticas y de medios y también de orientaciones ideológicas, se fueron construyendo articulaciones informativas y culturales que revierten sobre lo local fortaleciendo las experiencias. 15 No quisiera terminar este apartado sin indicar otra significativa transformación. Durante la década del 70—y ya consigné que sigue ocurriendo en muchas realidades— los medios masivos, incluso los de alcance reducido que se autodefinían como medios de comunicación popular, sufrieron numerosas represiones y restricciones ante las cuales asumían posiciones defensivas sostenidas por lo general en la solidaridad de los movimientos e instituciones con quienes compartían los proyectos y búsquedas de transformación social. Esa más clara asunción de las dimensiones no marginales de las prácticas de comunicación popular y la restauración de los regímenes democráticos 15 Son conocidos los avances desarrollados por las organizaciones de radios populares y comunitarias. En el caso de ALER, se produce desde hace años un informativo latinoamericano diario,“Contacto Sur”, a partir de corresponsalías nacionales; se ha constituido la red“quiechua” entre poblaciones de dicha etnia que habitan en Perú, Bolivia y Ecuador; en muchos países se producen cooperativamente informativos nacionales; recientemente se ha organizado una red de emisoras amazónicas en que intervienen radios de Ecuador, Perú y Brasil. En el caso de AMARC-ALC, la red informativa Púlsar se ha convertido en una fuente de noticias que enriquece el trabajo de emisoras locales. Pero también existen redes de documentalismo e iniciativas como la Comunidad Web de Movimientos Sociales y la Minga Informativa de Movimientos Sociales sustentadas en la convicción del valor estratégico de la comunicación en las prácticas políticas de esos movimientos. 160 In-disciplinada en buena parte del continente las llevaron paulatinamente a modificar esas estrategias complementado el ejercicio cotidiano del derecho a la información y la comunicación con la reivindicación de ese derecho en términos jurídicos y legales. En alianza con otros sectores de la sociedad civil—entre ellos, investigadores de la comunicación, juristas, instituciones académicas, organizaciones gremiales, de derechos humanos, colectivos artísticos y culturales—, en distintos países se fueron tejiendo propuestas que en algunos casos, como en Argentina o en Uruguay, permitieron avances significativos en el proceso de democratización de la comunicación. En ese sentido, mientras continúan existiendo prácticas comunicativas populares grupales, locales, sectoriales, centradas en la necesidad de poder dotar de expresividad a las desigualdades, diferencias y particularidades cuyo silenciamiento promueve y refuerza exclusiones sociales y políticas, existe un espacio expandido en el cual se busca intervenir produciendo cambios estratégicos. Nuevos caminos En ocasión de realizarse las asambleas de ALER y AMARC a las que ya hice referencia fui convocada a pensar continuidades y transformaciones de las radios populares. Retomo aquí algunas ideas compartidas y debatidas entonces. 16 Es cierto que cada tipo de medios de comunicación, cada tipo de práctica comunicativa, requiere y permite consideraciones específicas que no son necesariamente extrapolables a otras prácticas porque sus diferentes institucionalidades, lenguajes e historias tienen un peso decisivo a la hora de considerarlas como espacios de producción de la cultura y la hegemonía. Sin embargo, en tanto las reflexiones acerca de la comunicación radiofónica popular/comunitaria fueron hechas desde una perspectiva que interroga la dimensión política de la comunicación en nuestras actuales sociedades, ellas pueden funcionar a manera de pistas para pensar otras prácticas, otras modalidades de interacción y producción de sentidos. Si algo confirmaron históricamente las prácticas de comunicación popular es que no se puede pensar la realidad y nombrarla con autonomía cuando a uno se le despoja de la palabra propia como ocurrió con los pueblos originarios, o cuando alguien es acallado en la esfera pública, como durante tanto tiempo nos ocurrió a las mujeres reducidas al habla hogareña siempre 16 La intervención en la asamblea de ALER fue publicada recientemente(Mata, 2010:160-178). Comunicación Popular 161 y cuando el amo de la casa lo permitiera. No se pueden colectivizar, poner en común necesidades y deseos para producir ideas acerca del modo en que se quiere vivir, cuando los espacios necesarios para esa puesta en común —las escuelas, las organizaciones políticas, los parlamentos, los medios de comunicación— están férreamente controlados por unos pocos que fijan temas, modos de actuar, de decir, de argumentar, de llegar a acuerdos. Por eso, la comunicación popular comprendió y permitió profundizar la articulación de la constitución del poder/de los poderes, con la capacidad de establecer las reglas del comunicar. Porque las luchas por el poder siempre han sido luchas por conquistar o reconquistar la palabra. La construcción del poder en las sociedades capitalistas se asentó en la eliminación de la posibilidad de compartir igualitariamente los bienes y recursos de todo tipo excluyendo a grandes mayorías y muchas minorías del uso y disfrute de esos bienes pero, más aún, de las decisiones respecto de esos bienes. Es por eso que en 2008, en medio de la realización de “La Cumbre de los Pueblos”, Boaventura de Sousa Santos decía:“No creo que se pueda cambiar el mundo sin tomar el poder”. Pero esa afirmación se completaba con otra bastante más compleja y desafiante. Decía de Sousa:“tampoco creo que podamos cambiar algo con el poder existente… debemos cambiar las lógicas del poder y para ello las luchas democráticas son cruciales”. 17 De Sousa nos enfrenta así a la imposibilidad de imaginar un mundo diferente, unas sociedades igualitarias, plurales, inclusivas, cuidadosas de cada persona y del ambiente en que vivimos, sociedades en las que podamos actuar en libertad, sin modificar radicalmente el modo en que quienes integramos esas sociedades participamos en su definición y en su gobierno. Es decir, si entre otras cosas, no modificamos el sistema de catalogación de las personas como actores públicos legítimos o deslegitimados, si no se transforman los criterios y mecanismos de representación social y política, si no se alteran las prácticas económicas y culturales excluyentes, si no se alteran las prácticas que hacen de la democracia una formalidad electoral, si no construimos la posibilidad cierta de que todas las personas y grupos puedan opinar en igualdad de condiciones y contar y participar a la hora de decidir. Las prácticas de comunicación popular, más allá de sus diferentes orígenes y perspectivas e incluso más allá de sus limitaciones, constituyen uno de los tantos modos que distintos colectivos, instituciones, organizaciones 17 www.constituyentessoberana.org/3/destacados 162 In-disciplinada y movimientos desarrollan para cambiar las lógicas del poder que son también las lógicas de la comunicación hegemónica. Permitir que se escuchen voces silenciadas, intentar poner en agenda temas y problemas que otros medios de comunicación ocultan o soslayan, alentar expresiones culturales que el mercado desecha porque no son rentables son algunas manifestaciones de esa búsqueda. Pero contra cierta insularidad que supo caracterizar esas prácticas y medios es necesario pensarlas hoy como parte de una escena con múltiples y antagónicos protagonistas y que, aun variando en cada país, presenta algunas características que a mi juicio componen un marco bastante compartido desde el cual pensar los desafíos actuales: por un lado la renovada emergencia política de la cuestión de la ciudadanía tanto en los países llamados periféricos como en los llamados centrales; por otro, el lugar de las tecnologías y medios de información en la constitución del espacio público. Contra una concepción jurídico-liberal de la ciudadanía que remite a derechos y deberes instituidos en normas constitucionales, se ha producido desde las teorías políticas y sociales una reconceptualización de la noción tras décadas de políticas neoliberales que achicaron los estados nacionales reduciéndolos a su mínima expresión y tras el quiebre de sistemas de representación política y sectorial encarnados en partidos y organizaciones reivindicativas e incluso, a partir de la necesidad de revitalizar esos sistemas. Como bien ha señalado Evelina Dagnino para el caso de Brasil—pero considero extensible a todo nuestro continente— la ciudadanía es una figura que “cobró prominencia en las últimas dos décadas al haberse reconocido en ella un arma crucial no sólo en la lucha contra la desigualdad y la exclusión social y económica sino también — y más importante aún — en la expansión de las concepciones dominantes de la política misma”(Dagnino, 2006: 387). Es decir, en las luchas por la definición de lo que puede entenderse como “arena política: sus participantes, sus instituciones, sus procesos, sus proyectos”(Id.), y que por eso mismo permite revelar la politicidad de esferas antes consideradas como apolíticas como las relaciones de género, las diferencias generacionales y culturales, el terreno de la recreación, el del consumo, entre muchas otras. En ese sentido, la ciudadanía no nombra al conjunto de individuos poseedores de derechos y obligaciones, actores preconstituidos por las normativas Comunicación Popular 163 existentes, sino una praxis: la capacidad de ser sujeto en todos los ámbitos en que se construye el poder y, por consiguiente, la participación pública en la elaboración de las reglas que, con validez de norma instituida o legitimada, tienen capacidad de ordenar la vida en sociedad. Esa conceptualización implica reconocer, como lo plantea el chileno Manuel Garretón, que “la gran contradicción contemporánea es que la multiplicidad de posibilidades de constitución de sujetos se enfrenta, sin embargo, a la apropiación—por parte de algunas naciones, Estados, empresas, instituciones, actores— de los instrumentos que permiten dicha constitución, como la riqueza, los conocimientos, el poder, la expresividad de lo subjetivo, la afectividad y la comunicabilidad” (1995: 105). Por ello afirmamos que la práctica ciudadana constituye un modo específico de aparición de los individuos en el espacio público caracterizado por su capacidad de constituirse en sujetos de demanda y proposición respecto de diversos ámbitos vinculados con su experiencia. Recuperamos en esta perspectiva proposiciones desarrolladas en el marco de la filosofía política que postulan que “es su relación con la cosa pública lo que constituye al ciudadano[…] El sujeto político no preexiste a ese acto que es inseparablemente acto de habla y acto político. Desde ese momento, el personaje filosófico del ciudadano no es una esencia estable, perenne o definitivamente perdida en el nunca más, sino un riesgo a retomar, un gesto a reencontrar, un posible que ha tenido lugar y que puede reproducirse…”(Vermeren, 2001: 26) Así entendida, la ciudadanía se hace presente en nuestras sociedades en las movilizaciones y prácticas articuladas en torno a la demanda por derechos pero no se agota allí. Se plasma en la voluntad pública de individuos y grupos de ser y contar, de tener arte y parte en las decisiones que afectan a la vida en sus múltiples dimensiones, cuestionando visiones reduccionistas que asocian la marginación a aspectos puramente económicos y que niegan la complejidad identitaria que nos constituye como individuos. La ciudadanía, en tanto praxis, cuestiona la organización desigual de las relaciones sociales en su conjunto que conlleva la subordinación de unos al poder de otros. Cuestiona incluso la definición de lo que es político o no lo es y las legitimidades prescriptas para actuar en ese terreno: entre ellas, la de las mujeres que afirman la politicidad de la vida privada; la de 164 In-disciplinada los pueblos originarios que denuncian la existencia de Estados nacionales que aún conservan la marca de la exclusión colonial; la de los migrantes que rechazan el ser colocados en los márgenes de la cosa pública siendo sólo aceptados—cuando lo son— como fuerza de trabajo sobre-explotada. Esa irrupción de la ciudadanía se produce en una época en la cual es imposible pensar el espacio público al margen de las tecnologías de información y los medios masivos. Es por esa razón que la ciudadanía no puede prescindir de hacerse visible en esos medios. Pero ocurre que el ingreso cotidiano del sufrimiento, de las aspiraciones y reivindicaciones de otros modos de vivir en los medios masivos hegemónicos, es formateado en los medios masivos hegemónicos bajo sus propias lógicas técnicas, ideológicas y mercantiles, lo que suele hacerles perder su capacidad revulsiva llegando a transformar las situaciones que se exhiben—por movilizadoras que puedan parecer— en “aproblemáticas”(Zygmunt Bauman, 2002: 259). La enorme capacidad de los poderes mediáticos para recuperar e incluso banalizar las voces que demandan y proponen desde situaciones de exclusión y desigualdad, pero también desde perspectivas innovadoras y emancipatorias, representa una verdadera limitación del ejercicio político de la ciudadanía por los condicionamientos con que esas voces tienen que expresarse y las manipulaciones a que se las somete. Y también es limitante la fragmentariedad con que ellas pueden pronunciarse en los medios hegemónicos, el carácter episódico que siempre adquieren los reclamos y luchas, su transformación en relatos más o menos violentos, espectaculares o morbosos. En ese horizonte y desde esta figura de la ciudadanía que recupera para la política una profunda clave cultural y comunicativa, es que ubico la vigencia de la comunicación popular en tanto palabra adversativa, expresiva de proposiciones que confrontan el orden injusto estatuido y pugnan por pronunciarse en la esfera pública y en tanto prácticas orgánicas a esa voluntad. Es desde ahí que pienso—teniendo en cuenta los trayectos recorridos— los actuales desafíos. Uno de ellos tiene que ver con el sentido que adquiere, para la construcción de poder democrático, el reconocimiento de la diversidad de opresiones y exclusiones que se sufren en nuestras sociedades y de la diversidad de demandas y estrategias con que ellas se enfrentan. Si bien es cierto que los particularismos pueden obstruir la acumulación de poder, no es menos cierto que ignorar o minimizar las múltiples maneras, los innumerables lugares Comunicación Popular 165 desde los que se cuestiona el orden discriminatorio que hoy existe, puede seguir contribuyendo a reforzar exclusiones. En ese sentido, la comunicación popular resulta clave para la emergencia de grupos y movimientos que pugnan por manifestarse; para dar cabida a la pluralidad de expresiones que reivindican otro orden posible. La afirmación es fácil de hacer pero encuentra dificultades para concretarse. Reconocer el derecho a la diferencia y a la expresión de las diferencias suele ser más difícil que favorecer la aparición pública de los iguales, porque existen con prejuicios y limitaciones ideológicas y también dificultades pragmáticas en la operación de medios o en la organización de las interacciones. Pero sin esa pluralidad no se construye la necesaria polifonía que debe expandirse innovadoramente para poder encontrar la equivalencia entre demandas y luchas. Además, si la comunicación popular no abre cauces para ellas, es muy probable que la variedad de voces que quieren hacerse oír, las ciudadanías que emergen desde reclamos muy particulares, desde confrontaciones estéticas, desde nuevas sensibilidades, busquen otros cauces mediáticos en los cuales las lógicas mercantiles pueden, como decía antes, llegar a acallar su posible carácter revulsivo. De ese modo, y aún sin proponérselo, las prácticas y medios populares pueden llegar a ejercer un tipo de control de la palabra similar al que dicen rechazar. En cambio, si se acepta ese desafío, se impone inmediatamente otro. La comunicación popular debe pensarse como espacio de agregación. Por minúscula o irrelevante que parezca una demanda, una impugnación al poder existente o una propuesta de transformación, ella debe encontrar su lugar en una trama mayor de voces. Es decir, un lugar para dialogar con otras demandas y propuestas. Si desde el poder se opera para asegurar el aislamiento en la individualidad y la particularidad, si en los medios masivos los casos aislados no permiten comprender las causas que los producen y mucho menos tejer correlaciones y entrever estrategias colectivas; las prácticas de comunicación popular—no importa su mayor o menor masividad en términos técnicos— deben pensarse como puentes que permitan reconocer parentescos y establecer convergencias y que, al mismo tiempo, permitan que se expresen las contradicciones y hasta los antagonismos irreductibles. En ese sentido, creo que la comunicación popular debe disputar a los medios de comunicación hegemónicos lo que me gusta llamar el trazado del mapa de la ciudadanía. Contra la proliferación de individuos y colectivos aislados entre sí que reclaman en pantallas y ondas por sus sufrimientos; contra la 166 In-disciplinada irrupción también parcial de propuestas, lo que nos toca hacer visible es una urdimbre hecha con hilos de diferente espesor y color pero capaz de entretejerse diseñando combinaciones que alteren los lugares y jerarquías establecidas en las prioridades de gobernantes, en las agendas mediáticas, en las ofertas culturales del mercado. Ese nuevo mapa, ese nuevo territorio sonoro, gráfico, visual, escénico, debe posibilitarnos comprender las regularidades y conexiones que existen entre los diferentes tipos de exclusión y la posibilidad de colectivizar las alternativas de inclusión y equidad. En el mismo sentido, es decir, si se asume el reto de favorecer la agregación y fortalecer las luchas democráticas, tal vez como nunca la comunicación popular debe disputar las agendas políticas y culturales que se construyen desde los medios hegemónicos, proveyendo aquello que hace muchos años Herbert Schiller denominaba la información“socialmente necesaria”. Una información sin la cual se profundiza la brecha que existe entre quienes tienen los recursos técnicos para recolectar datos, analizarlos y decidir luego sobre su uso y difusión y los“infopobres”(Ford, 1999:117-171). El fortalecimiento de las luchas democráticas requiere de un cada vez más denso trabajo en la producción de información relevante acerca de las causas de las múltiples exclusiones y de la intolerancia y la represión de las diferencias. Requiere de un proceso creciente de informatización que recupere el saber vivido y le permita nutrirse de los conocimientos a menudo inaccesibles que son imprescindibles para imaginar nuevos órdenes económicos, políticos y culturales. Existen hoy un conjunto de herramientas tecnológicas de las que se carecía en otras épocas. Ellas deberían utilizarse para generar conocimiento pertinente y situado que fortalezca la voz ciudadana, sus demandas y propuestas. Esas herramientas deben servir, además, para materializar el carácter mediador y articulador de la comunicación popular. La ciudadanía emergente, por su carácter de tal, es fluctuante e inestable, no tiene muchas veces el carácter orgánico o institucional que se requiere para acumular fuerzas. Las prácticas y medios populares pueden ser archivo de datos, de memoria viva de las luchas, amplificadoras a niveles nacionales, regionales e incluso internacionales de protestas, demandas y propuestas. Pueden ser lugar de convocatoria para articulaciones diversas entre actores sociales y políticos e incluso entre ellos y el Estado en los países donde es posible. Articulaciones que renueven la organicidad ciudadana y democrática de esas prácticas en tanto buscan la construcción de diálogos y alianzas para poner en cuestión los lugares asignados por el poder a quienes no lo tienen. Comunicación Popular 167 En ese terreno, las luchas por los derechos a la información y la comunicación emergen como un campo de acción inexorable para la comunicación popular. No sólo porque las políticas públicas de comunicación dominantes ponen en inferioridad de condiciones y hasta en riesgo su propia existencia, en especial cuando se emplean medios audiovisuales. También porque los medios masivos, al modelarnos históricamente como públicos, naturalizaron su legitimidad como depositarios de ese derecho colectivo. En América Latina, y más allá de la voluntad política de algunos gobiernos nacionales, han sido organizaciones de comunicación popular las que han cuestionado esa legitimidad liderando con distintos alcances movimientos de democratización de la comunicación. El desafío, en este caso, reside en no confundir logros y victorias legislativas con la transformación del orden hegemónico. Es cierto que sin instrumentos jurídicos que garanticen derechos es impensable la equidad. Pero también es cierto que esos instrumentos —y lo sabemos bien en los países donde los hemos conseguido— son un momento más de la confrontación. Una instancia que debe sostenerse, consolidarse y ampliarse cotidianamente. En ese marco, la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual promulgada en 2009 en nuestro país con amplia movilización y participación ciudadana, que garantiza una reserva del 33% del espectro electromagnético para medios sin fines de lucro, representa un considerable avance. La comunicación popular cuenta desde entonces, en lo referido a medios audiovisuales, con mejores condiciones legales para desarrollarse. Pero ella, insistiré al final de estas líneas, excede esos medios y sus posibilidades de operación técnica e institucional. La comunicación popular sigue siendo expresión del conflicto, enunciación de las palabras que lo nombran como única posibilidad de ejercicio de la política y de la profundización democrática. Bibliografía citada Alfaro, Rosa M.,“Prólogo”, en Comunicación, política y cultura, Escenografías para el diálogo , Calandria, Lima, 1997. Alfaro, Rosa M., Otra brújula. Innovaciones en comunicación y desarrollo , Calandria, Lima, 2006. Bauman, Zygmunt, La sociedad sitiada , FCE, Buenos Aires, 2002 Bourdieu, Pierre, Sociología y Cultura , Grijalbo, México, 1990. Caletti, Sergio,“¿Quién dijo república? 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Releyendo ambos textos encuentro que aquella situación de marginalidad se ha modificado en parte. Las iniciativas que por entonces yo citaba como embriones, como ejemplo de la voluntad y tenacidad de algunos actores universitarios para enlazar la academia con el mundo de las prácticas comunicativas desarrolladas por organizaciones sociales e instituciones empeñadas en dotar de canales y espacios de interlocución a sectores marginados del discurso público, se han incrementado notablemente. La multiplicación de estudios que dan cuenta de esas prácticas es significativa: proyectos colectivos de investigación y extensión, tesis de grado y posgrado, sistematizan y analizan esas experiencias, sus modalidades comunicativas y su incidencia y van aún más allá; en algunos casos se avanza en la reflexión teórica acerca de las nociones que sustentan esas experiencias ampliando de tal modo sus posibilidades de comprensión y discusión. Por otro lado se desarrollan proyectos de indagación de carácter interuniversitario o en conjunto con los propios medios alternativos; estudios que permiten a emisoras o canales de televisión populares reconocer sus audiencias, evaluar su funcionamiento, fundamentar nuevos proyectos.Y además han comenzado a implementarse algunas carreras universitarias destinadas específicamente * Artículo publicado originalmente en la Revista Argentina de Comunicación Vol. 7, Numero 10, Fadeccos, Argentina. Comunicación Popular 171 a la formación de comunicadores populares, comunitarios o populares. 1 En ese marco de relativo avance de las articulaciones académicas con prácticas populares de comunicación, las radios—cooperativas, alternativas, comunitarias— adquieren un protagonismo central; un dato que se refuerza al registrar la labor desarrollada por cátedras de comunicación radiofónica de distintas licenciaturas que han hecho de ese tipo de experiencias una de sus áreas o ejes de enseñanza-aprendizaje o la que despliegan diversas cátedras de comunicación alternativa. 2 Las razones para esa centralidad son diversas y sin una verdadera casuística sería imposible hacer generalizaciones sustentables. Tiendo a pensar que ella no es independiente de las trayectorias personales de docentes e investigadores que en el curso de su formación académica fueron definiéndose como comunicadores populares y construyeron esa identidad desde experiencias radiofónicas. Pero más allá del dato biográfico—siempre relevante en la tarea educativa—, es el propio objeto, son las propias experiencias las que han construido esa relevancia. Para cualquiera que se haya asomado aunque sea someramente a la historia de las prácticas de comunicación popular/alternativa en América Latina, no es novedosa la fuerte imbricación de la radio en ellas como tecnología y lenguaje. Pero además, para cualquiera que haya indagado en ese campo o que desarrolle actividades en él, es evidente el nivel de institucionalidad y potencialidad político-cultural alcanzado por emisoras populares y comunitarias a lo largo y ancho del continente, sin perjuicio de las innumerables prácticas de comunicación oral-grupal, teatrales, gráficas e incluso audiovisuales que han existido y existen. Ello también puede explicarse por diversas razones. Mi larga experiencia de trabajo en 1 Sin ánimo de ser exhaustiva y sólo a manera de ejemplo, pueden citarse las tesis de maestría y doctorales de Magdalena Doyle, Diego Jaime, Larisa Kejval, Liliana Lizondo y Natalia Vinelli; los proyectos de investigación realizados desde la Universidad Nacional de Quilmes y la Universidad Nacional de Córdoba y por la RICCAP(Red Interuniversitaria de Comunicación Comunitaria, Popular y Alternativa) cuyos datos incluyo como parte de las referencias bibliográficas de este artículo. En cuanto a carreras, los proyectos inspirados fundamentalmente por Claudia Villamayor, tales como las tecnicaturas en Gestión de Medios Comunitarios (Universidad Nacional de Quilmes) y en Comunicación Popular(Universidad Nacional de La Plata) o la Especialización en Gestión y Producción de Medios Audiovisuales de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Córdoba, con una definida orientación hacia la comunicación sin fines de lucro. 2 Un caso relevante, en ese sentido, es el de las cátedras de Comunicación Radiofónica y Comunicación Alternativa de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Tucumán. Ver Gardella(comp.)2018. 172 In-disciplinada vinculación con los movimientos y asociaciones que nuclean a esas emisoras me inclina a pensar que su vigencia e incidencia tiene que ver, como hace años permitiera comprender una de las más enriquecedoras investigaciones latinoamericanas sobre el tema(Geerts y Van Oeyen, 2001), con la naturaleza y las condiciones de producción de este medio. Y cuando aludo a naturaleza y condiciones de producción me refiero a una tecnología relativamente sencilla y poco costosa y al insumo básico de la oralidad y la interacción. A pesar de las cambiantes circunstancias históricas que esos medios han experimentado desde fines de la década del 40 del siglo pasado, a pesar de las crisis de modelos y referencias político-ideológicas y culturales que atravesaron, las radios populares supieron y pudieron reinventarse, transformarse, porque de algún modo lo que se fue recreando en ellas fue la vocación de la palabra popular, su empeño y tozudez por hacerse oír. Y en ese empeño hasta la academia tuvo que escucharlas. Porque supieron protagonizar acontecimientos comunicativos tan significativos como lo fueron en 1980 las cadenas mineras en la Bolivia asediada por golpes de Estado(Kúncar y Lozada,1984) o los debates por una nueva ley de radiodifusión en nuestro país desde aquellos claves 21 puntos lanzados por la Coalición por una Radiodifusión Democrática en 2004; coalición que si bien nucleó a diversos movimientos, organismos e instituciones, tuvo el muy fuerte liderazgo de las radios comunitarias(Córdoba, 2011). En la conferencia y artículo a los que me referí inicialmente, planteaba que incluso en los casos en que eran asumidas académicamente, las prácticas de comunicación popular solían resultar desaprovechadas al equipararse a un tipo específico de quehacer o a una modalidad técnica—como pueden serlo la comunicación visual o la comunicación institucional, por ejemplo—, sin leer en ellas lo que contienen como matriz para pensar la comunicación en tanto dimensión constitutiva de la cultura y las interacciones sociales (Mata, 2015). Entre otros aspectos, sostenía que habíamos desaprovechado la idea de la dialogicidad presente en tales prácticas como núcleo duro de la comunicación.“Una dialogicidad sinónimo de interacción que asume la alteridad, las diferencias y distancias como materia prima y condición necesaria de los intercambios y que pone en cuestión varios supuestos e ideas naturalizadas en muchas perspectivas teóricas y académicas: por ejemplo la necesariedad de ciertas competencias profesionales como condiciones para ejercer el discurso público mediático”(Ídem: 21). Planteaba también que no habíamos sido capaces de encontrar en esas prácticas argumentos para impugnar“ciertas nociones establecidas desde el sistema de producción de medios masivos de comunicación que se Comunicación Popular 173 han convertido, a través de imperceptibles pero potentes operaciones conceptuales, en nociones indiscutidas para pensar esos medios” como, por ejemplo, el concepto de agenda informativa(Ídem). Además de esos planteos, que buscaban mostrar de qué modo la densidad de la comunicación popular no llegaba a penetrar los marcos conceptuales con que operamos en nuestras carreras, y para reforzar el argumento, aludía a la ausencia de la temática de la comunicación alternativa en los cursos o textos que abordan la problemática cultura masiva/cultura popular y, al revés, a la ausencia de la cuestión de la masividad como matriz que ha asimilado lo popular en los cursos sobre comunicación alternativa o comunitaria. Algo similar a lo que ocurría al analizar, decía yo, “los textos, cursos e investigaciones sobre comunicación y política. De un lado los análisis de producción de discursos partidarios y sectoriales, las consideraciones acerca del espacio público mediatizado y del papel del Estado en la construcción de la hegemonía. De otro, cuando se abordan las prácticas de comunicación popular/alternativa como expresión e instrumento de movimientos sociales sin más conexión con esos anteriores temas que la coexistencia en una misma coyuntura”(Ídem: 24). En suma, aludía a la segmentación del saber producto de considerar las prácticas de comunicación popular—aún reivindicándolas— como prácticas otras . Una consideración que impide, decía entonces, que“la comunicación popular/alternativa pueda alcanzar, en nuestro campo académico, el estatuto de lugar legitimado para reflexionar acerca de lo popular como categoría cultural y como horizonte político y para pensar la comunicación como dimensión estratégica y estructurante de nuestras sociedades contemporáneas”(Ídem). Lo que escribo hoy, para esta revista dedicada a conmemorar los 100 años de radiodifusión en Argentina, persigue una doble finalidad que ojalá alcance: por un lado, compartir las marcas fuertes de la vida de las radios populares latinoamericanas cuya persistencia—como señalé más arriba— es tal vez una de las razones por las cuales ellas son hoy un objeto privilegiado dentro de las articulaciones que se tienden entre nuestras carreras y las prácticas alternativas de comunicación. Por otro, aprovechar lo que esas experiencias enseñan, plantean y ponen en discusión, para pensar desde ellas la comunicación como derecho, es decir, la democratización de la comunicación, otorgándoles la potencia conceptual de la que a menudo se las despoja. 174 In-disciplinada Un territorio heterogéneo Contra miradas generalizantes y modelos y definiciones acabadas que suelen circular en abundancia, suelo insistir en que hablar de radio popular equivale a ingresar a un territorio de materialidades heterogéneas y cambiantes que convivieron desde los orígenes de esta modalidad comunicativa y conviven aún hoy constituyendo variaciones no necesariamente congruentes de una expresividad colectiva: la de quienes se atreven a romper lógicas mercantiles y jurídicas para enriquecer el discurso social con la emergencia de lo acallado, lo sometido, lo minusvalorado, lo reprimido. Y para recorrer ese territorio comienzo rememorando el pasado. Releo textos inéditos de hace tiempo; apuntes que registraba mientras acompañaba a muchas de esas emisoras en procesos de investigación y formación. Escenas de finales de la década del 80, cuando ya hacía casi 40 años que las experiencias de radios populares se desarrollaban en el continente y existía incluso un consolidado movimiento que las aglutinaba en instancias nacionales y organizaciones regionales como ALER(Asociación latinoamericana de educación radiofónica) y Amarc-AL(Asociación mundial de radios comunitarias, sección América Latina). En esos textos encuentro escenas como las siguientes. En la sierra norte del Perú, entre los cerros, estancias y caseríos de Cajamarca, los campesinos que ingresaron a la historia de los movimientos populares por las rondas que organizaban para protegerse de los ataques de los abigeos, fabrican pequeñas emisoras desarmando receptores de radio en desuso y viejos trasmisores. Sus ondas no alcanzan a cubrir diez kilómetros a la redonda e incluso menos, cuando los cerros o árboles las detienen. Durante muy pocas horas al día suena la música andina, la chicha y la música ecuatoriana y se envían avisos y mensajes para que las personas de la zona puedan saber unos de otros, de lo que les ocurre; algo que la principal cadena radiofónica del país—la única a la que acceden— ignora por completo. Esas radios, escuchadas y apreciadas por los campesinos cajamarquinos, funcionan al margen de toda disposición oficial. Son el Perú informal que también asoma en el terreno de la comunicación y en Lima se muestra a través de los parlantes instalados en las barriadas y mercados populares donde se escuchan las voces de dirigentes y vecinos informándose, autoconvocándose e, inclusive, actuando sus dramas cotidianos. Comunicación Popular 175 En São Miguel, una zona de la periferia de São Paulo(Brasil) donde se carece de casi todo, básicamente habitada por migrantes nordestinos, Rádio do Povo aglutina alrededor de cuarenta radios populares. Los pobladores llaman de ese modo a una columna con cuatro bocinas instalada en el local de la parroquia o el centro comunal de diferentes sectores de la zona. Los vecinos hablan y se escuchan en esas peculiares emisoras impulsadas por la Pastoral de Comunicación de la Iglesia Católica de São Paulo. Cada una de las radios opera según las características del barrio y las posibilidades de quienes integran los equipos de producción. Sin embargo, comparten el modo de entender la comunicación, ciertos objetivos básicos y hasta intercambian programas, experiencias y se capacitan en conjunto. Cada radio parlante sólo cubre un reducido espacio local pero entre todas alcanzan a cubrir la región e incluso se mueven: seis carretillas con sus correspondientes parlantes acompañan las movilizaciones y protestas de los pobladores para potenciar su voz. Muy lejos de São Paulo, en los andes venezolanos, no hay parlantes ni agricultores que desarmen viejos receptores para trasmitir. Sin embargo, las voces de los campesinos del sur del Estado de Mérida se escuchan a través de Radio Occidente, una emisora de 10 kw de potencia, propiedad de la arquidiócesis de la zona, instalada en Tovar, un pueblo rural. Algo similar ocurre en la Amazonía peruana a través de La Voz de la Selva; en el sur de la República Dominicana, donde trasmite Radio Enriquillo; en lo más austral de Chile gracias a Estrella del Mar y La Voz de la Costa. La lista podría engrosarse con una treintena más de emisoras católicas que en esos países y en otros como Ecuador, Bolivia, México, Guatemala, Honduras se ubican preferentemente en zonas rurales y trabajan con los sectores populares motivando su expresión a través del medio. Por lo general, son emisoras con una larga historia, con instalaciones y equipamientos relativamente buenos, con apoyos financieros. Son instituciones reconocidas legalmente aunque esa condición no les resguarda de ser blanco de ataques más o menos violentos a raíz de sus posicionamientos y acciones sociales y políticas. Muy diferente, en cambio, es la institucionalidad de las radios mineras bolivianas, propiedad de los sindicatos nucleados en la Federación Sindical de Trabajadores Mineros, sostenidas con el aporte económico de los obreros y que responden a las conducciones de cada sindicato. Se trata de emisoras que fueron vitales para la organización y movilización gremial y política del sector y por eso reprimidas cada vez que la violencia militar se ensañó contra el pueblo boliviano. También es diferente la institucionalidad de las radios 176 In-disciplinada guerrilleras que operaron clandestinamente en El Salvador acompañando como órganos de difusión y propaganda los frentes político-militares que actuaron hasta 1992. Y también se diferencian las emisoras comunitarias que emergieron en nuestro país a partir de 1983 como parte de múltiples intentos por democratizar la sociedad tras los brutales años de la dictadura cívico-militar. Pequeñas emisoras de frecuencia modulada que no aceptaron los calificativos de piratas o clandestinas que pretendieron imponerles los empresarios de la radiodifusión y los organismos gubernamentales porque no robaban nada, sino que ejercían un derecho negado por el régimen jurídico de entonces; y porque no se ocultaban sino que abrían sus puertas a la comunidad—el barrio, el pequeño poblado— en la que funcionaban. Emisoras que prefirieron asumirse como radios no autorizadas, creadas y gestionadas por instituciones eclesiales o educativas, por grupos vecinales y juveniles, inaugurando un camino que valoriza lo particular y lo propio, lo local, como vía para confrontar la concentración de medios de comunicación en manos de unos pocos y hacer posible el ejercicio del derecho a la comunicación para todos. Muchas de aquellas escenas han mutado. Para dar cuenta de algunos cambios, baste señalar que de las más de veinte emisoras mineras que existían a fines de los años 80 en Bolivia, hoy sólo sobreviven tres debido a diferentes procesos económicos y políticos vividos en ese país. De las radios guerrilleras salvadoreñas no queda sino una marca histórica y en cierta medida heroica. Algo similar ocurre con aquellas tecnologías primitivas y caseras a las que el ingenio popular recurría para satisfacer necesidades de comunicación. Desde hace tiempo el mercado pone a disposición de vastos sectores múltiples recursos—dispositivos, programas— que facilitan la producción, la recepción, el intercambio continuo de mensajes. Mientras tanto, hay nuevas fortalezas y debilidades. Varias de aquellas incipientes radios comunitarias argentinas se consolidaron al punto de cumplir en 2009 un papel clave, a través de FARCO, una de las organizaciones nacionales que las agrupan, en el diseño, debate y aprobación de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual que representó un hito en la lucha por la democratización del espectro audiovisual nacional y una referencia a nivel continental. De manera inversa, muchas de aquellas potentes y, me atrevo a denominar, vanguardistas radios populares de origen y gestión católica son hoy instituciones que sobreviven rutinariamente y apenas se asemejan a esos espacios de producción de una palabra colectiva alternativa que constituyeron hasta la década del 90. Comunicación Popular 177 Sin analizar las causas de esas altas y bajas de actores en la radiodifusión popular latinoamericana, lo que busco al contrastar viejas escenas con cierta actualidad tiene el propósito de recusar las visiones generalizantes. Mostrar que el surgimiento y desarrollo de cada emisora denominada popular (o alternativa o comunitaria) independientemente de su inspiración en experiencias y modelos preexistentes, da cuenta de los modos de habitar un determinado territorio por ciertas poblaciones: las condiciones materiales y las dimensiones simbólicas en que se vive; los modos de ser, estar e interactuar en un espacio y un tiempo dados. Una constante: la cuestión del poder Dentro de esa cambiante historia de las radios populares latinoamericanas, lo que permite engarzar diferencias y distancias es su determinación de buscar otros modos de hablar porque se buscan otros modos de ser. Pero afirmar que las radios populares representan la búsqueda y construcción de palabras diferenciadas, nuevas voces o modos de decir para vivir de otro modo, implica asumir que lo que ellas han expresado siempre es una voluntad de contrariar el poder. Mejor dicho, los poderes que modelan el orden social en diversos ámbitos de la vida: el económico, el político, el jurídico, el cultural. Poderes que en el campo comunicativo se ejercen a nivel macro a través de los sistemas legales que regulan el uso de las ondas, las modalidades de propiedad de medios de comunicación, el ejercicio de las profesiones y, a nivel micro, mediante el conjunto de disposiciones que regulan la palabra en la vida cotidiana y los más diversos espacios privados y públicos. En ese sentido, reconozco tres esferas en las que esa voluntad contra hegemónica se ha ensayado desde las radios populares con mayor o menor énfasis en diferentes coyunturas: la esfera del conocimiento, la esfera de la expresividad y la esfera de la acción colectiva. Dimensiones íntimamente vinculadas pero que recubren diferentes aspectos de la práctica social y de la práctica de las emisoras. El poder saber El primer eslabón de una cadena que ata fuertemente las radios populares latinoamericanas a la cuestión del saber y específicamente del poder saber, son aquellas experiencias de los años 50 y 60 del pasado siglo, inspiradas en concepciones difusionistas y desarrollistas, que postularon el uso de 178 In-disciplinada la tecnología para facilitar la alfabetización y escolarización formal de poblaciones indígenas y campesinas. El cuestionamiento de la legitimidad de ese saber—asociado con el acceso a unos conocimientos mínimos para garantizar la incorporación más funcional de vastos sectores a los mercados productivos— fue, entre otras razones, lo que llevó a que muchas de esas radios hicieran suyos, desde mediados de los 70 y durante los años 80, los objetivos y estrategias de la educación popular. Un tipo de prácticas que más allá de sus múltiples variantes tienden a“colaborar con los sectores populares y a partir de sus propias prácticas sociales[…] en la apropiación y profundización del saber, en la experiencia histórica de protagonismo (hacer), para que puedan tener aquello que necesitan para su existencia y de lo cual son permanentemente despojados, para formar nuevas alternativas y modos de poseer, para ganar un espacio de participación en el poder” (Vigil,1989:131). Así, a partir del contacto con las poblaciones campesinas e indígenas empobrecidas y marginadas, los integrantes de aquellas radios educativas comenzaron a impugnar las concepciones según las cuales“el subdesarrollo está en la mente del hombre”(Vaca Gutiérrez, 2017), reconociendo un panorama más complejo. Las penurias económicas que afrontaban aquellos a quienes buscaban educar no eran consecuencia de su ignorancia o cuestiones atávicas. Eran fruto de un proceso de sometimiento ejercido por actores nacionales e internacionales que se habían apropiado de su tierra y de su fuerza de trabajo. Pero además, esos sectores dominantes poseían unos conocimientos instituidos como verdaderos—científicamente válidos y socialmente útiles— e invalidaban los modos populares de comprender la realidad que se asociaban con el atraso, la superstición, la inmediatez, la imposibilidad de universalizarse y que, sin embargo, eran expresión de culturas milenarias o de la experiencia cotidiana por sobrevivir que campesinos y obreros desarrollaban. Reconociendo estos saberes las radios educativas devinieron radios populares instalándose como espacios para un saber otro que adquirió variadísimas formas. La recuperación de la historia de comunidades y pueblos, la conversión de experiencias de trabajo y organización en enseñanza a través de su difusión y debate, la recuperación de formas expresivas autóctonas y subvaloradas, se dieron la mano con la divulgación de conocimientos técnicos y científicos adecuados para los desarrollos productivos locales y para atender los problemas prácticos de una vida cotidiana carente de recursos suficientes. Por eso, si bien las radios populares pocas veces confrontaron abiertamente los sistemas y las políticas educativas oficiales, se convirtieron en lugares de aprendizaje, de Comunicación Popular 179 producción de un saber cercano y colectivo reivindicado como propio por diversas comunidades. Fue desde ese mismo reconocimiento que las radios populares se afirmaron como medios informativos y en este caso sí en abierta confrontación con el poder comunicativo, es decir, con los medios masivos hegemónicos, instituidos como proveedores legítimos del saber sobre la actualidad, una categoría cuya condición de artefacto construido por ellos mismos ocultaban. En ese terreno las radios populares fundaron en buena medida su alternatividad. Esas emisoras disputaron con sus corresponsales populares los criterios liberales de la profesión periodística; convulsionaron el concepto de noticia regulado mercantilmente; ampliaron las clásicas fuentes jerarquizando la información provista por actores populares; innovaron los formatos y mezclaron géneros anticipándose en mucho a la hibridación que décadas más tarde caracterizaría la comunicación masiva. E hicieron eso revirtiendo los dispositivos de ocultamiento del poder; es decir, cuestionando la noción de objetividad y asumiendo públicamente el carácter deliberado de las agendas que construían. Por eso, la afirmación de esas radios como medios informativos populares y alternativos significó al mismo tiempo la impugnación del poder expresado en los medios hegemónicos y permitió a muchos reconocer los derechos a la información y la libre expresión formalmente consagrados en algunos textos constitucionales de nuestros países pero siempre denegados en la práctica para las grandes mayorías. El poder hablar Una anécdota es capaz de condensar con precisión una idea. Recuerdo la IX Asamblea de ALER, realizada en 1994 en Ecuador. Radio Latacunga y ERPE—dos emisoras de la zona serrana— habían sido censuradas por el gobierno acusadas de“haber sublevado” a los indígenas que desde su movimiento nacional luchaban contra la sanción de una ley de tierras que amenazaba destruir su cultura y sus posibilidades de vida. En una carta dirigida al entonces presidente de la República, las radios presentes en aquella Asamblea manifestaban que“ambas emisoras lo único que hicieron fue permitir que los sectores indígenas se expresen con su voz e informar acerca de los acontecimientos que se dieron en el país…” Agitadoras y subversivas. Así fueron llamadas las radios populares en casi todos los países del continente por los gobiernos dictatoriales—pero 180 In-disciplinada también por otros elegidos mediante procedimientos democráticos— para justificar medidas represivas contra ellas y sus integrantes. Ciertamente, la irrupción de las voces acalladas históricamente en el espacio público subvierte el orden establecido; conmueve la seguridad de quienes sólo reconocen su propia voz como dotada de la legitimidad necesaria para ser escuchada por todos. No es casual que a lo largo del tiempo y en espacios absolutamente disímiles, uno de los aspectos que las personas valoran en las radios populares es poder hablar en ellas“como lo que se es”: como indígena, como joven, como mujer, como niño, como campesino, es decir, como individuos desvalorizados o acallados por quienes controlan la palabra pública(Mata, 2011). En términos históricos, algunas emisoras se asumieron como la voz de los sin voz en clara vinculación con postulados de las corrientes teológicas de liberación. Esa condición remitía a alienación, a imposibilidad de reconocer el extrañamiento que el sistema de explotación capitalista producía respecto del fruto del trabajo y respecto de los valores, ideas y tradiciones de los grupos excluidos del poder: etnias, comunidades agrarias, comunidades obreras urbanas. No tener voz equivalía a haber perdido la conciencia de sí; por ende, la palabra propia debía recuperarse para posibilitar la liberación de toda opresión. En otras experiencias, la idea de unas mayorías sin voz a las cuales debía dársele fue discutida y revisada: fueron las que propugnaron dejar oír la voz del pueblo o abrir los micrófonos para que ella se escuchara. Más allá de esa diferencia no menor que suscitó enriquecedores debates, escuchando y dejando hablar las radios populares crearon una polifonía desconocida hasta entonces porque se desplegaron en ellas las voces negadas por los medios masivos y por quienes en diferentes ámbitos establecen las reglas del juego del decir: los que habilitan temas, lenguajes y modalidades expresivas en la casa, la escuela, las organizaciones sociales, los partidos políticos, las iglesias; porque en múltiples espacios se ejerce el dominio y se busca someter a los más débiles, los diferentes, a quienes confrontan el orden estatuido por juzgarlo injusto o insatisfactorio para sus necesidades, intereses y deseos. Claro que existieron emisoras que ejercieron celosamente su papel de porteros de la palabra popular reproduciendo los dispositivos de control y vigilancia que programáticamente denunciaban. Pero fueron más las que habilitaron las nuevas voces y así, los habitantes de campos y barrios supieron que pronunciar la palabra acallada era hacerla reconocible por los iguales y puente para la interacción, la construcción de acuerdos y proyectos Comunicación Popular 181 comunes. Pero que también era hacerla audible para otros diferentes, a quienes se interpelaba solicitando atención, solidaridad, apoyo para las propias causas al considerar que ellas trascendían lo particular. Y audible para aquellos con quienes se confrontaba y se disputaba el poder y ante quienes esa palabra se esgrimía como símbolo de resistencia y de lucha. Como territorio de construcción del antagonismo y señal inequívoca de voluntad de poder alternativo. El poder ser y actuar colectivamente El poder saber y hablar de acuerdo a ciertos valores, principios e intereses, representó conquistar la dignidad para muchas personas y comprender que es posible pensar y buscar nuevos modos de ser unos con otros. En ese sentido escucharse fue, para los sectores populares, tan importante como hablar. Decir fue decirse. Esa fue la potencia colectivizante de las emisoras populares que operan como espacios de mediación e interrelacionamiento; de encuentro y diálogo; como instrumentos claves para la visibilización de movimientos y formas de lucha. Así, desde sus orígenes educativos las emisoras populares reasumieron su especificidad comunicativa en tanto fueron diseñando su papel de mediadoras entre los sectores populares y entre ellos y el conjunto de la sociedad. Por eso la articulación de las emisoras populares con los colectivos sociales fue crucial en sus objetivos y búsquedas. Ella no siempre se resolvió adecuadamente, pero los desencuentros también muestran que la comunicación radiofónica, lejos de ser un ejercicio mecánico, regimentado en formatos, programaciones y estilos, es construcción de una comunidad que se sostiene en los mensajes que se producen y reciben pero que se materializa en acciones conjuntas. Allí donde el pueblo demanda, la emisora magnifica su voz. Allí donde se convoca a una tarea colectiva la emisora fortalece las invitaciones. Allí donde el pueblo requiere información para realizar un proyecto la emisora busca fuentes calificadas. Pero también en sentido inverso: allí donde la emisora busca producir ficciones que atraigan la audiencia, el pueblo pone sus voces y su creatividad; allí donde la emisora requiere saber para informar, los corresponsales populares acercan los datos de comunidades particulares. El ser y hacer con otros, en diálogo, es la matriz comunicativa que orienta a estas emisoras; las radios populares demostraron que es posible intervenir políticamente desde el campo cultural y fueron capaces de advertir la 182 In-disciplinada debilidad que implica el aislamiento. Reconocieron la necesidad de fortalecerse ante las amenazas a su labor y la de competir en el mercado mediático aunque en muchos países no lograron ni leyes que las habilitaran y protegieran plenamente, ni estrategias alternativas de sustentabilidad y crecimiento. Pero aún en medio de crisis e incertidumbres, tuvieron la capacidad de organizarse y construir interacciones múltiples. Y así como propiciaron y apoyaron el actuar colectivo de los sectores populares, asumieron que ello era necesario en el propio campo. Son prácticamente las únicas experiencias comunicativas populares que han construido vínculos y tipos de institucionalidad que potencian su labor: asociaciones nacionales, regionales y continentales; programas de formación y producción conjunta, redes informativas satelitales, formas de hacer que desde la propia práctica anuncian y prefiguran modos solidarios y cooperativos de ser en la sociedad. Audiencias/enunciadores El carácter fuertemente educativo y la ubicación preferentemente rural de las radios populares les permitió en sus orígenes imaginar a los oyentes como un sujeto casi aislado de cualquier forma de entretenimiento masivo y mercantil, tal como por entonces los escolares se pensaban sólo dentro del territorio limitado por la escuela y la familia. Pero su pronta conversión en medios comprometidos con las necesidades y anhelos de los sectores populares y el consecuente reconocimiento de la legitimidad de formas de vivir y comunicar propias de esos sectores produjo una tensión que atraviesa la historia de las emisoras populares de diferentes modos y con diversa intensidad y formas de resolución. Un punto nodal de esa tensión es la colisión entre la voluntad de representación y expresión genuina de los sectores populares por parte de las emisoras y la falta de aceptación plena de la complejidad de lo popular. Otra vez, una anécdota vale más que mil palabras. La historia de Radio Pío XII está entrecruzada con las luchas de los mineros bolivianos. Creada originalmente por una congregación religiosa para combatir el comunismo en las minas de Llallagua, se convierte en el trabajo cotidiano y al cumplir 25 años, en 1984, encabeza la red de radios mineras que trasmite el XX Congreso Nacional Minero desde la mina Matilde. Allí es designada“amiga del Proletariado Nacional Minero” y condecorada con el “Guardatojo de plata, por los servicios desinteresados que presta[…] a la clase trabajadora del país”(López Vigil, 1984:301). En ese momento hacía Comunicación Popular 183 dos años que la Pío—como se la conoce— había vuelto a trasmitir tras ser clausurada junto a las radios mineras luego del golpe militar encabezado en 1980 por García Meza. Entonces, como relata su por entonces director, “se impacientaron”. Sentían que debían informar y educar todo el día; que tenían que fortalecer las organizaciones; diseñar espacios para que se expresaran los sindicatos, los integrantes del movimiento campesino, los grupos que buscaban reactivar la vida política cercenada por la dictadura. En una ocasión, la cocinera de la emisora le explicó por qué prefería escuchar otras radios: — Con tu perdón, padre, pero la Pío es aburridora. Palabras no más dicen. Música siquiera pongan, como ser wayñito. — ¡Música! Eso es lo de ustedes. Música para olvidar las penas. — A veces hay que olvidar padre ¿Cómo se carga la vida, si no? — Si ponemos música a la noche, más ligero van a comprar cerveza. — …Wayñito, siquiera pongan para alegría. Que despuesito vendrá el ejército y habrá sobrante de lamentos. No llega Viernes Santo sin Carnaval antes. Tiempo sabe haber para todo(Ídem: 292-293). La representación y expresión de lo popular se ceñía en la programación de la Pío—y eso ocurrió muchísimas veces en diferentes emisora y circunstancias— a unos sectores altamente politizados y concientizados o a unas problemáticas vinculadas a la situación de dominación y las luchas para enfrentarla. Fuera o casi totalmente fuera quedaban, en programaciones y actividades, los modos populares de divertirse, de soñar, de creer, fuertemente atravesados desde los años 60 a nivel urbano y ya en los 80 a nivel rural, por la cultura de masas. Una cultura denostada por las prácticas populares de comunicación en general y caracterizada siguiendo lineamientos del pensamiento teórico crítico desarrollado desde la década del 60 en los espacios académicos latinoamericanos: el proceso de industrialización de la cultura y los medios gráficos, la radio y la televisión, constituían la punta de lanza del imperialismo económico; abstraían al pueblo de su problemática realidad, brindándole ficciones enajenantes y modelos de vida exógenos. Sin entrar en las discusiones que suscitaron aquellas concepciones, debe recordarse que comenzando los años 80, gracias a diversas influencias teóricas y la labor de intelectuales que aunaron su capacidad reflexiva con su compromiso político y su inserción en realidades populares, esa cultura masiva—hecha desde el mercado y funcional al poder dominante— comenzó 184 In-disciplinada a ser pensada también como un espacio donde habitaba lo popular. Desandando pensamientos sustancialistas, comenzaron a formularse preguntas respecto al modo en que esas construcciones de sentido dialogaban con los modos de sentir, pensar y contar propios de los sectores populares que encontraban en ficciones e informaciones masivas alimentos deseables, lugares donde reconocerse e interactuar. En suma, comenzaron a formularse nuevas preguntas en torno a esa cultura masiva que no operaba imponiéndose sino seduciendo, como parte de un proceso de construcción de hegemonía propio de la modernidad capitalista(Martín-Babero, 1987). El debate también fue intenso en las emisoras populares. La cuestión de la masividad partía aguas y las opciones se distinguían nítidamente. O las radios—voceras de los sectores populares, intermediarias de su voz— quedaban limitadas a una suerte de medio grupal, es decir, restringían sus estrategias de interlocución a determinados colectivos y terminaban siendo “escuchadas por los convencidos”—como solía decirse—, o aspiraban a que la voz de esos sectores marginados del discurso público, pero conscientes de su situación de dominación, se expandiera alcanzando al pueblo en su conjunto, a las grandes mayorías. En otros términos, ellas limitaban su potencialidad tecnológica en términos de alcance, instantaneidad e incidencia, o salían a disputar audiencias para un mensaje alternativo; para el mensaje de los nuevos enunciadores. A comienzos de 1991, un documento preparatorio de la VIII Asamblea Ordinaria de ALER, planteaba:“…lo popular por radio no es sólo el sonido de la liberación, de las reivindicaciones y de la organización, sino también lo son los sonidos de las voces en la cocina y en la calle, en la cantina y en el templo: las voces que se expresan desde la cultura y desde la vida cotidiana”. Y añadía:“A la vez reconocemos que nos corresponde seguir siendo‘la otra’ comunicación, la que protesta, reclama y construye desde los intereses populares. Sabemos que esto no se logra con discursos teóricos, sino enganchándose a la vida de la audiencia, a sus propios espacios de comunicación y a las maneras que tiene el pueblo para entender y expresar su vida”(ALER, 1991). En la actualidad esos espacios de comunicación se han transformado radicalmente y las emisoras populares se enfrentan a nuevos diseños socioculturales que motivan crisis y redefiniciones. Los procesos de mediatización de la sociedad—la creciente articulación de las prácticas sociales con tecnologías de producción y obtención de información— ubican a la radio en un espacio de renovados hábitos y usos culturales. La tradicional Comunicación Popular 185 distinción entre medios informativos y recreativos estalla; se quiebran rutinas horarias y ámbitos y modalidades de consumo; se modifican las nociones de actualidad, fuentes, y aún las de noticiabilidad; se multiplican los enunciadores; se asiste a la ilusión de un enjambre democrático y dialogal de hablantes sostenidos en las redes. En nuestro continente la concentración mediática supera los estándares permitidos internacionalmente pero el recurso a figuras como los prosumidores parece suficiente para cerrar la brecha entre quienes tienen el poder de la palabra pública y quienes carecen de él. En ese marco las emisoras vuelven a preguntarse por el sentido de su práctica, conscientes de que no hay posibilidades de modificar el injusto orden económico, social y político en que se desenvuelven y desarrollan su vida los sectores populares, sin la emergencia de unas palabras, de unas voces, capaces de interrumpir, de confrontar, el discurso dominante. Sujetos populares y ciudadanos La colisión entre la voluntad de representación y expresión genuina de lo popular por parte de las emisoras y la falta de aceptación plena de su complejidad se evidenció también ante las transformaciones del panorama político latinoamericano. Durante la década del 60 y hasta mediados de los años 70, con diferentes modalidades e intensidades, fuerzas partidarias, sindicales, religiosas y culturales revolucionarias o liberadoras —según su autodenominación— promovieron la emergencia y desarrollo de movimientos reivindicativos y afirmativos nacionales y sectoriales. Eran esas las prácticas que las emisoras populares buscaban fortalecer, visibilizar; a las que acompañaban y de las que se nutrían. De algún modo, el sujeto popular, el destinatario y objeto de la labor de las emisoras, era un sujeto empírico fácilmente identificable e ideológicamente reconocible. El avance de fuerzas conservadoras marcó un período de fuerte represión y regresión en el continente. Durante los años 70, violentos golpes militares desmantelaron las organizaciones y movimientos populares más combativos, sembrando el terror para inmovilizar a la población e impedir demandas y cuestionamientos. En la década siguiente, el avance de las ideas neoliberales convirtió al mercado en árbitro de las relaciones sociales y propició reformas del Estado que le llevaron a abandonar la atención de áreas básicas de servicios. Ello colocó a los sectores populares en situaciones de simple sobrevivencia limitando sus posibilidades de desarrollo material y sus posibilidades de imaginar proyectos de futuro. Además, las transformaciones de la estructura económica implicaron la 186 In-disciplinada pérdida de centralidad de organizaciones sindicales que antes vertebraban el campo popular—el proletariado minero boliviano, la clase obrera industrial argentina, por ejemplo— debilitándolo al tiempo que se redefinía con la aparición de otros actores y organizaciones portadoras de nuevas demandas y propuestas: los desempleados, los cuentapropistas, las mujeres, las clases medias empobrecidas. Ante esa fragmentación y recomposición del campo popular y sus organizaciones, y el cuestionamiento de las certezas ideológico-políticas que les guiaban en décadas anteriores, las radios populares experimentaron una fuerte crisis que se expresó en la pérdida de horizontes y problemas de funcionamiento. La investigación sobre la vigencia e incidencia de estas radios realizada por ALER durante 1999 que ya mencioné, revela el alcance de la crisis. El estudio(Geerts y Van Oeyen, 2001) da cuenta de las marcas producidas en las radios populares por el quiebre de proyectos revolucionarios nacionales y sus referentes políticos e ideológicos, por la pérdida de esperanzas en proyectos colectivos y un notorio avance de comportamientos individualistas, por el retroceso ideológico de actores como la iglesia católica, por los procesos de concentración de medios de comunicación. Pero además muestra que se reconoce el surgimiento de numerosos movimientos articulados en torno a nuevas necesidades insatisfechas y derechos conculcados, e incluso en torno a la voluntad de repensar el orden político-cultural: el fortalecimiento de la problemática de los derechos humanos, la discusión de las perspectivas de género, identitarias y étnicas, la reconceptualización de cuestiones como la democracia y la ciudadanía. A partir de la década del 90, las emisoras populares comenzaron no sin dificultades a buscar inserciones y organicidades, alianzas y estrategias de acercamiento en relación con esos nuevos actores comprometidos con la transformación social. De diferentes modos asumieron la necesidad de revisar concepciones en torno a las subjetividades, las dimensiones sensibles de las interacciones humanas y la articulación de lo público y lo privado. Aspectos que reconocían insuficientemente atendidos en su práctica, fundada por lo general en una representación restrictiva de los sectores populares, que acotaba sus espacios de actuación y rasgos identitarios a las relaciones laborales y las prácticas organizativas, y que entre los múltiples conflictos que afligían la vida popular había privilegiado los derivados de la contradicción capital-trabajo por sobre los de naturaleza afectiva, familiar, generacional. Comunicación Popular 187 En esas revisiones jugaron un papel significativo las complejizaciones que desde la teoría social y política se realizaron en torno al sujeto de la acción colectiva, los movimientos sociales y la ciudadanía pero, al mismo tiempo, los cuestionamientos derivados de las reflexiones acerca del papel jugado hoy por el creciente desarrollo tecnológico en la organización del discurso público y las prácticas sociales y políticas. La ciudadanía es una figura que se ha instalado con fuerza en las prácticas y debates político-culturales actuales. Jurídicamente la figura no es nueva; pero emergió a comienzos del siglo con particular significación tras décadas de políticas neoliberales que achicaron los Estados nacionales reduciéndolos a su mínima expresión y tras el quiebre de sistemas de representación política y sectorial encarnados en partidos y organizaciones reivindicativas. Como bien ha señalado Evelina Dagnino para el caso de Brasil—pero resulta extensible a todo nuestro continente— la ciudadanía es una figura que “cobró prominencia en las últimas dos décadas al haberse reconocido en ella un arma crucial no sólo en la lucha contra la desigualdad y la exclusión social y económica sino también—y más importante aún— en la expansión de las concepciones dominantes de la política misma”(Dagnino, 2006:387). Es decir, en la luchas por la definición de lo que puede entenderse como“arena política: sus participantes, sus instituciones, sus procesos, sus proyectos” (Ídem: 388), y que por eso mismo permite revelar la politicidad de esferas antes consideradas como apolíticas como las relaciones de género, las diferencias generacionales y culturales, el terreno de la recreación, el del consumo, entre muchas otras. La escena de nuestros países se ha plagado de movilizaciones y prácticas articuladas en torno a la demanda por derechos. Unos derechos que no sólo se reclaman ante el Estado—anterior referente en términos positivos y negativos de la ciudadanía entendida en términos jurídicos— sino ante el conjunto de poderes locales, nacionales y globales que los coartan y niegan o que no permiten ampliar los pocos derechos que aún existen para las mayorías desempleadas, empobrecidas, para las minorías ignoradas, maltratadas y reprimidas y para quienes por sus particulares rasgos—el sexo, la edad, el lugar marginal en que se vive— son tratados como ciudadanos de segunda clase. Porque no es el Estado el que en todos los países de nuestro continente impide a las mujeres decidir sobre su derecho a procrear o a no procrear, sino que a veces el mismo Estado debe enfrentar a enormes poderes como el de algunas iglesias que pretenden imponer sus dogmas y valores más 188 In-disciplinada allá de la comunidad de sus creyentes. Porque no es sólo el Estado el que restringe las posibilidades expresivas, el derecho a comunicar de todos y cada una, sino los poderosos conglomerados de medios, en ocasiones aliados al poder representado en los Estados nacionales y otras veces en lucha contra ellos. Son esas demandas colectivas las que constituyen eso que hoy nombra la ciudadanía ya no como una categoría de individuos poseedores legalmente de ciertos derechos y obligaciones, sino como actitud y condición asociada a la reivindicación de ser y contar, de tener arte y parte en las decisiones que afectan a la vida en sus múltiples dimensiones, cuestionando visiones reduccionistas que asocian la marginación a aspectos puramente económicos y que niegan la complejidad identitaria que nos constituye como individuos y colectividades. Al mismo tiempo, vivimos en medio de un incesante proceso de mediatización de la sociedad que impide pensar en el espacio público al margen de las tecnologías de información y los medios masivos. Crece entonces, entre quienes reclaman y formulan propuestas de cambio, la convicción de que su acción debe ingresar en esos medios para hacerse visible, adquirir genuina existencia y ganar en eficacia. Pero ese ingreso cotidiano del dolor y las aspiraciones de otros modos de vivir en los medios masivos hegemónicos, al ser formateado bajo las lógicas técnicas, ideológicas y mercantiles que los regulan tiende, como muchos analistas señalan, a hacerles perder su capacidad revulsiva y a transformar las situaciones que se exhiben— por movilizadoras que puedan parecer— en“aproblemáticas”(Bauman 2002:259). La enorme capacidad de los poderes mediáticos para recuperar e incluso banalizar las voces que demandan y proponen desde situaciones de exclusión y desigualdad, pero también desde expectativas innovadoras, representa una verdadera limitación del ejercicio ciudadano. Los condicionamientos con que esas voces tienen que expresarse, las manipulaciones a que se las somete, son dispositivos claves para esa limitación. Pero también resultan limitantes la fragmentariedad con que esas voces pueden pronunciarse en los medios hegemónicos, el carácter episódico que siempre adquieren los reclamos y luchas—que en cambio son producto de una enorme acumulación de sufrimiento y esfuerzos— y su igualación con episodios más o menos violentos, espectaculares o vulgares. Comunicación Popular 189 Los nuevos desafíos Hace algunos años, convocada por AMARC-AL en su X Conferencia Mundial, me preguntaba yo cuál podría ser el aporte de esa noción de ciudadanía respecto de la manera de pensar el pueblo y los anteriores y cristalizados modos de representarlo que habían orientado en buena medida la práctica socio-cultural de las radios populares. Qué había en esa noción que pudiera enriquecer nuestra mirada para que las potencialidades de las radios populares encontrasen cauces fértiles en los tiempos actuales que son tiempos de mediatización, pero también de emergencia de múltiples y nuevos actores ciudadanos. Y me pregunto ahora qué hay en ella para ampliar nuestros modos de pensar la comunicación como práctica democrática. Algunas respuestas que di por entonces y doy a esas preguntas no son recetas o recomendaciones operativas sino pistas para que la articulación existente entre nuestras carreras, cátedras y proyectos con radios comunitarias/ populares/alternativas sea no sólo productiva, sino fundamento de renovados modos de pensar la comunicación. En primer lugar, las radios populares tienen el desafío de reconocer que la posibilidad de que la ciudadanía se ejerza es múltiple, heterogénea y que no coincide exactamente con aquellos actores clásicos a quienes se otorgaba prioritariamente la voz que otros medios acallaban porque se los consideraba actores principales de la transformación social en virtud de su ubicación en la dinámica económica y política. Esto demanda una necesaria intuición para detectar cada posible movimiento de emergencia de grupos que pugnan por cuestionar el discriminatorio orden social existente, la amplitud necesaria para dar cabida a la pluralidad de expresiones que reivindican otro orden posible y el reconocimiento de la alteridad y del derecho a la alteridad como única posibilidad de subvertir unos modos de representación pública de los sujetos fundados en criterios mercantiles de noticiabilidad. Es cierto que pueden llegar a perderse energías y esfuerzos porque seguramente existen movimientos episódicos, fugaces. Pero aquella polifonía que las radios populares supieron instaurar con la irrupción de la voz de los sectores populares en la escena pública masiva requiere expandirse y abrirse innovadoramente. De lo contrario, esa variedad que pugna por hacerse oír desde reclamos muy particulares, desde confrontaciones estéticas, desde nuevas sensibilidades, buscará otros cauces mediáticos en los cuales las lógicas mercantiles pueden llegar a acallar su posible carácter revulsivo. De 190 In-disciplinada lo contrario, y aún sin proponérselo, las radios populares pueden llegar a ejercer un tipo de control de la palabra similar al que sostienen rechazar. Por otro lado, si reivindican su rol mediador y articulador, las emisoras populares enfrentan el reto de constituirse en espacios estables de encuentro. La ciudadanía emergente, por su carácter de tal, es fluctuante e inestable, no tiene muchas veces el carácter orgánico o institucional que se requiere para acumular fuerzas y por tanto poder de confrontación. Las radios populares pueden, por la experiencia desarrollada y los dispositivos tecnológicos con que cuentan, ser lugar de convocatoria, de archivo de datos, de memoria viva de las luchas, de amplificador a niveles regionales, nacionales e incluso internacionales de protestas, demandas y propuestas. La aceptación de ese desafío impone otro. Las radios populares asumen explícitamente un nuevo papel: ser espacios de agregación. Por minúscula o irrelevante que parezca una demanda, una impugnación al poder existente o una propuesta de transformación, ella debe encontrar su lugar en ese tejido de voces que son las radios. Es decir, un lugar para dialogar con otras demandas y propuestas. Si la lógica del poder opera para asegurar el aislamiento en la individualidad y la particularidad, si en los medios masivos los casos aislados no permiten comprender las causas que los producen y mucho menos tejer correlaciones y entrever estrategias colectivas, las emisoras populares comienzan a pensarse como puentes que permiten reconocer parentescos y establecer convergencias y que, al mismo tiempo, permiten que se expresen las contradicciones y hasta los antagonismos irreductibles. Por ello las emisoras populares están en condiciones de disputar a los medios de comunicación hegemónicos el trazado del mapa de la ciudadanía. Ese mapa no puede ser más el de unos individuos aislados que reclaman en pantallas y ondas por sus sufrimientos sino una urdimbre hecha con hilos de diferente espesor y color pero capaz de entretejerse diseñando combinaciones que alteren los lugares y jerarquías establecidas en las prioridades de gobernantes y en las agendas mediáticas. Ese nuevo mapa debe posibilitarnos comprender las regularidades y conexiones que existen entre los diferentes tipos de exclusión y la posibilidad de colectivizar las alternativas de inclusión y equidad. En el mismo sentido, es decir, si se asume el reto de favorecer la agregación y fortalecer las luchas democráticas, tal vez como nunca las radios comunitarias deben disputar las agendas políticas y culturales que se construyen desde los medios hegemónicos, proveyendo aquello que se Comunicación Popular 191 denomina información“socialmente necesaria”(Schiller, 1996) sin la cual es imposible cerrar la“brecha informacional” que separa a los“infopobres” de quienes acumulan conocimiento(Ford,1999). Una brecha que no es de ningún modo un fenómeno natural sino, como todas las desigualdades materiales y culturales, producto de un complejo proceso de nominación de lo real y de distribución de aquello que esa nominación propone como bien valioso. La manifestación y fortalecimiento de la ciudadanía requieren de un cada vez más denso trabajo en la producción de información relevante acerca de las causas de las múltiples exclusiones y de la intolerancia y la represión de las diferencias que caracterizan nuestro tiempo. Requiere de un proceso creciente de informatización que recupere el saber vivido y le permita nutrirse de los conocimientos inaccesibles imprescindibles para imaginar nuevos órdenes económicos, políticos y culturales. Las radios populares tienen a su disposición un conjunto de herramientas tecnológicas de las que carecían en otras épocas. Ellas no debieran utilizarse sólo para acceder a mayor diversidad de fuentes informativas o para agilizar la operación técnica de las emisoras. Tienen la posibilidad de ser utilizadas como instrumentos para generar conocimiento pertinente y situado que fortalezca la voz ciudadana, sus demandas y propuestas. La credibilidad ganada por las emisoras populares, la condición de verdaderas escuelas que ganaron, es sólida base para su conversión en nodos de conocimiento alternativo y calificado. Algo que seguramente necesitará del concurso de múltiples actores a los que ellas están obligadas a nuclear no sólo para reducir brechas, sino para trazar una brecha distintiva respecto de las agendas mediáticas existentes. Todos esos desafíos, esos retos que asumen las radios populares que buscan hacer visibles las luchas por derechos, las voces que demandan y proponen, serían vanos si no se reconoce otro, de carácter anterior o más general. Las radios son una relación comunicativa, un habla que demanda la escucha, unas palabras y sonidos que se emiten buscando suscitar atención, respuesta, deseos, otras nuevas palabras que se multipliquen en un discurso colectivo. Las radios populares no pueden asumir el reto de ser esos actores político-culturales necesarios para la constitución de una ciudadanía fuerte, con capacidad de intervenir en la dinámica social para producir transformaciones inspiradas en los ideales de justicia y democracia plena, sin aceptar, al mismo tiempo e indisociablemente, el desafío de ser 192 In-disciplinada escuchadas. De construir un espacio de sonoridades que convoquen, que identifiquen, que construyan también en ese terreno alternativas deseables. El poder, los poderes, también se han afirmado y se siguen sosteniendo a partir de cánones estéticos, de modalidades legitimadas de entretención, de una lógica clasista del gusto, de unas compartimentaciones generacionales de los hábitos. Allí también hay que romper prejuicios, silenciamientos, esquemas. Pero para eso no sólo hay que saber producir; hay que saber escuchar a esos múltiples y variados y variadas otros y otras con quienes se busca construir una palabra adversativa. Una palabra cuya radicalidad no pase fundamentalmente por la originalidad y lo avanzado de las propuestas, sino por su capacidad de producirlas colectivamente. Lo anterior también supone una tensión permanente porque las emisoras populares enfrentan cotidianamente el límite impuesto por el contexto en que actúan: si no son escuchadas por amplias mayorías no cumplen sus objetivos, pero tampoco los cumplen si se pliegan totalmente a la lógica de ese contexto. Y lo que ellas descubren día a día en la práctica es que, para reiterar lo planteado al comenzar este artículo, no hay modelos o recetas que doten de popularidad alternativa a una emisora. Cada una construye en diálogo con su audiencia estrategias para singularizarse y representar ese espacio de identificación y acción colectiva en función del cual existen. Unas lo hacen desde el trabajo minucioso con la información local que no aparece en los medios adocenados. Otras desde la especificidad cultural de grupos etarios o étnicos. Otras enfrentando las opiniones de los medios hegemónicos con investigaciones profundas y fuentes incontrastables. Las hay que buscan en las emisiones online un modo de alcanzar a los nativos digitales; pero también las que apuestan a los tradicionales métodos de labor presencial en plazas y mercados… Como nunca, en la actualidad, las emisoras se diversifican y particularizan para hacer frente a los procesos de creciente homogeneización pero, además, para dar cuenta de la miríada de voces que deben ser escuchadas para construir una sociedad de iguales. Porque en suma, las radios populares se hacen con el estar y hablar de los sujetos que esas voces constituyen. Para pensar desde ellas Aprovechar las enseñanzas que hoy ofrecen las radios populares desde el papel que juegan en la construcción de la ciudadanía, es decir, en las luchas del derecho a tener derechos; aprovechar las enseñanzas que brindan desde Comunicación Popular 193 los desafíos y compromisos que asumen en ese sentido es lo que toca desde el campo académico si no queremos, otra vez, despojarlas de la potencia conceptual que les es propia. Por eso este es un apartado abierto. Un apartado para ser escrito por quienes valoren esas múltiples y heterogéneas prácticas que constituyen el universo de las radios populares, comunitarias y alternativas en su densidad y complejidad. Las pistas están ahí, en el modo en que ellas condensan hoy búsquedas que a mi entender tienen que ver con dimensiones básicas de la comunicación como derecho: el reconocimiento de la alteridad como condición de comunicabilidad; las ideas de agregación, encuentro y diálogo como vectores de las prácticas comunicativas democráticas; el rol mediador y articulador que cabe a medios y profesionales de la comunicación; la necesaria producción de agendas renovadas que permitan una distribución equitativa de la riqueza simbólica en nuestras sociedades. Las radios populares son algo más que unos medios diferentes, comprometidos y valiosos cultural y políticamente. Las radios populares son una idea de comunicación que contribuye a repensar lo que encierra esa noción y nuestro quehacer. Bibliografía citada AAVV.(2019). Hacer radios cooperativas. 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La pregunta es cultural pero también es política en tanto los medios y procesos de comunicación masivos son entendidos“como una de las instancias en que se procesan y construyen los diferentes sentidos del orden que pugnan por adquirir carácter hegemónico en nuestras realidades”(Mata, 1988); como“vía privilegiada para la constitución de identidades individuales y colectivas” (Mata, 1988);“como instancias públicas de interpelación y reconocimiento” (Mata, 1991); como ámbitos centrales“en la producción de los discursos públicos y en la esfera del consumo cultural”(Mata, 1991). El objetivo será comprender cómo los medios tejen la relación con el público, pero también cómo aportan a la construcción de la socialidad de una época. Para lograrlo, Marita se dedicó durante años a la investigación empírica y la elaboración teórica alrededor de esa categoría. De las tareas y consecuencias derivadas de ese propósito que son desarrolladas en los textos que siguen, destacamos los siguientes aportes. Su esfuerzo por“desnaturalizar a los receptores” para“conceptualizar a los públicos” genera una teorización sobre el público como“una nueva formación social” construida“desde los medios”(Mata, 2001). Como una “condición incorporada por los individuos a su idea de sí mismos, a partir de los consumos efectivos, pero incluso, más allá de ellos, a partir de una cierta inscripción del medio y de las operaciones de consumo en el conjunto del campo cultural”(Mata, 1991). Para ella, ser público se convierte en un nuevo referente identitario a partir del cual“los individuos actúan. No sólo consumen medios.”(Mata, 1997). El público en Mata es algo más y diferente del sujeto empírico que buscan conocer las mediciones de rating o el empirismo sociológico, pero también del que instalan las investigaciones centradas en la figura del receptor. El público es un sujeto que actúa socialmente desde esa nueva condición, cuya práctica excede al mero consumo o la recepción, aunque las incluya. 198 In-disciplinada A partir de esa definición aporta un nuevo modo de estudiar a los públicos. Propone el diseño de estrategias metodológicas que tomen en cuenta tres dimensiones analíticas. Por un lado, la“dimensión discursiva” que sostiene que los medios y sus mensajes son“configuraciones de sentido en las que están inscriptas sus propias condiciones de recepción, la situación y competencias de los receptores”(Mata, 1991). Es decir que reconoce el poder diferencial que tiene quien emite a la hora de construir temáticas, modelar formas de consumo, configurar a los propios consumidores. Mata debate en este punto y en varios de los artículos con las visiones que—en los años 80 y 90— ponderaban la actividad del receptor y olvidaban el peso semántico, ideológico y performativo de los discursos mediáticos. Por otro lado la“dimensión del consumo”, entendida como la“operación en la que se ponen en juego, complejamente, las necesidades, deseos y experiencias de los receptores empíricos, generando un verdadero sistema de adhesiones y rechazos”(Mata, 1991). Es decir, que permite reconocer las identificaciones y extrañamientos que se producen entre el discurso mediático y los sujetos consumidores, las negociaciones y complejidades que los atraviesan. Por último, una“dimensión cultural” que entiende a los medios masivos dentro de“un sistema significante manifiesto mayor, el de la cultura masiva”, de tal modo de establecer las relaciones que esa cultura mantiene con otros sistemas y formas de producción y reproducción del orden social(sistemas políticos, económicos, etc.). Entender a los medios masivos como parte de ese entramado mayor que es la cultura masiva dará pie a la producción de un texto fundamental publicado en 1999:“De la cultura masiva a la cultura mediática”. Un artículo en el que Marita revisa, recupera y adelanta—con gran precisión y lucidez— los rasgos centrales de esa nueva forma de producción social de las significaciones que no ha hecho sino expandirse y profundizarse hasta el presente: la mediatización. Repasar ese texto, cotejar su relevancia para comprender en clave histórica-procesual las tendencias actuales y revitalizar sus hipótesis en este nuevo tiempo resulta una tarea fundamental. Porque si bien es cierto que las condiciones actuales de la comunicación no son las mismas de hace dos décadas, que la noción de mediatización puede resultar insuficiente para describir y comprender las formas comunicativas del presente, no es menos cierto que el riesgo de desecharla o reemplazarla rápidamente puede llevarnos una vez más a ese“repentismo teórico” que ella misma critica como rasgo de los estudios de comunicación:“la adopción poco reflexiva de perspectivas y categorías que se prometen reveladoras y Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c ra ió m n e P d o i p á u ti l c a a r 199 superadoras de aquellas que no alcanzan para comprender los procesos, siempre más complejos”(Mata, 1999). A partir de esta teorización sobre el público y esta comprensión compleja sobre la cultura mediática emerge también una pregunta que ocupará a Marita desde los comienzos de este siglo hasta la actualidad: ¿cuáles son las tensiones y convergencias que pueden reconocerse entre las dos formas centrales de subjetivación de las sociedades mediatizadas: los públicos y la ciudadanía? Mata propone que responder este interrogante no supone “optar por uno de los términos de la tensión pretendiendo que así ella puede desaparecer. Los ciudadanos de nuestro tiempo, dice, esas figuras que se constituyen al emerger en la escena pública cuando con su voz, que es su acción, dicen al mundo que existen y que cuentan, no se despojan del ropaje que los cubre como habitantes de una sociedad mediatizada. También desde la condición de públicos, desde los saberes comunicativos que ella implica, se muestran y relatan, dicen de sí a otros”(Mata, 2015). No hay antagonismo, no hay dicotomía sino una configuración compleja de las subjetividades. Sus últimas investigaciones están centradas en comprender cómo la información mediática produce la regulación de la experiencia de los sujetos contemporáneos(Mata, 2019). El último trabajo de esta sección“Marcas de género en las prácticas y estudios de comunicación”(2020) sorprende especialmente. Muestra cómo en investigaciones realizadas por Marita en los años 80 y 90 el género ya emerge como una problemática central que ella tematiza e incorpora junto a otras ligadas a la clase, la raza o la edad. Es decir, que desde hace 30 o 40 años Marita, sin haberse planteado trabajar desde una perspectiva de género, ya iluminó esa interseccionalidad entre diversas condiciones de subalternidad de la que hablan los feminismos como matrices de opresión. Referencias Mata, María C.(1998)“Radios y Públicos Populares”. 1991.“Radio: memorias de la Recepción. Aproximaciones a la identidad de los sectores populares”. 1997.“Medios masivos: lo que nombra el consumo”. 1999.“De la cultura masiva a la cultura mediática”. 2001.“Interrogaciones sobre el público”. 2006.“El público de la radio: modos de oír, modos de ser”. 200 In-disciplinada 2015.“El público en escenas”. 2019.“La información mediática y la regulación de la experiencia”. 2020.“Marcas de género en las prácticas y estudios de comunicación”. Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c ra ió m n e P d o i p á u ti l c a a r 201 Radios y públicos populares(1988) * I. Desde dónde pensamos el problema Desde abril de 1986 y gracias a una beca de perfeccionamiento que me otorgara el CONICET(Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas) estoy trabajando sobre el modo en que las radios de audiencia popular de la ciudad de Córdoba, Argentina, configuran sus públicos, la naturaleza de las propuestas identificatorias y comunicativas que formulan a los sectores populares urbanos y el sentido que ellas adquieren en orden a su constitución como actores sociales. En la propia formulación del tema creemos que es posible percibir la perspectiva teórica en que inscribimos nuestra investigación. Ella se funda en una comprensión de la cultura de masa como un terreno complejo en el cual interactúan diversas matrices culturales presentes en nuestras sociedades, como un espacio donde se articulan diversas prácticas y sistemas de representación simbólica que expresan una variedad de condiciones de vida, distintos orígenes y situaciones de clase, las heterogeneidades intrínsecas de los diversos sectores sociales, diferentes grados de desarrollo económico y tecnológico. 1 Esa perspectiva nos conduce a pensar los medios y procesos de comunicación masivos como una de las instancias en que se procesan y construyen los diferentes sentidos del orden que pugnan por adquirir carácter hegemónico en nuestras realidades y, consecuentemente, a enfocar su estudio iluminando zonas que creemos no han sido debidamente tenidas en cuenta desde otras perspectivas. Una es la configurada por las complejas relaciones que se entablan entre emisores y receptores en los procesos masivos de comunicación y que constituyen uno de los lugares claves en la construcción de los sentidos * Artículo publicado originalmente en Revista DIA-LOGOS de la Comunicación, No. 19, FELAFACS, Lima, Perú 1 Sin dejar de reconocer los aportes de distintas vertientes disciplinarias a esta nueva perspectiva de pensamiento en torno a la comunicación y la cultura, a nivel latinoamericano destacamos las contribuciones de Jesús Martín-Barbero, Néstor García Canclini, Jorge González Sánchez, Gilberto Giménez, Guillermo Sunkel. Se inscriben en ella, en lo que concierne a nuestro país, los trabajos de Beatriz Sarlo, Aníbal Ford, Luis Alberto Romero y Leandro Gutiérrez, entre otros. 202 In-disciplinada sociales predominantes. La mirada que descubre esa zona necesariamente relativiza el poder atribuido a emisores y medios en tanto revela que ese poder se construye a través de múltiples procesos de negociación, cooptación, convergencias y préstamos. Procesos que sólo pueden advertirse al formular un conjunto de preguntas acerca de los momentos, lugares y modalidades a partir de los cuales unos individuos y grupos elaboran sus propuestas y otros las hacen suyas, las rechazan o modifican. La otra zona también está hecha de intercambios y relaciones: las que se entablan entre los múltiples productos y prácticas que constituyen la cultura masiva. Su entramado ideológico-económico, visible a partir del análisis de sus procesos de producción opacó otra trama. Mientras se consideraba significativo—y lo es— reconstruir nexos y complicidades entre los emisores, sus estrategias globales y diversificadas, pocas eran las preguntas acerca de las articulaciones que los diferentes sujetos sociales producían entre esos productos y prácticas en el terreno del consumo y la recepción. Acerca del lugar que ocupan los procesos de comunicación masiva en la vida cotidiana, el tipo de servicios que prestan, las asimilaciones que se operan entre las diversas prácticas, las competencias culturales que presuponen, activan o desactivan, las contradicciones que provocan o ponen de manifiesto. Son ese tipo de intercambios y relaciones las que creemos necesario analizar cuando lo que andamos tratando de comprender es cómo y por qué ciertos proyectos van adquiriendo carácter hegemónico, cómo y de qué manera van constituyéndose a nivel popular identidades globales y particulares, cómo se van negando, fracturando, redefiniendo esas identidades y qué lugar ocupan en esos procesos los medios y mensajes masivos. Una búsqueda que, en nuestro caso, no tiene nada de casual. Porque el actual momento argentino, la etapa de transición democrática que vivimos, impone desafíos singulares a quienes desde el terreno de las ciencias sociales y las prácticas culturales—terreno difuso y ambiguo, sin dudas, pero en el cual colocamos la comunicación— percibimos que la dictadura militar impuesta desde 1976 a 1983 constituyó un intento de remodelación global de nuestra sociedad. Un proyecto que, más allá de la espectacularidad del horror, representó la puesta en acto de una voluntad estratégica, fundacional, que requería la ruptura de identidades anteriores, de tradiciones políticas y culturales, de comportamientos individuales y colectivos preexistentes. Los medios de comunicación masiva resultaron claves en ese intento. En diversos trabajos, Oscar Landi ha precisado el cambio operado en relación a esos medios al suprimirse de la escena social las formas tradicionales de Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c ra ió m n e P d o i p á u ti l c a a r 203 representación política y otras instancias de comunicación colectiva tales como las prácticas organizativas y un buen número de prácticas culturales. 2 En situaciones democráticas, los medios masivos de comunicación conviven y compiten con otras instancias públicas de información y entretenimiento; incluso deben legitimarse en relación con otros discursos que, desde una supuesta o auténtica pluralidad, interpelan al conjunto de la sociedad. Bajo el régimen autoritario argentino, los medios se erigieron, en cambio, como el principal canal de una palabra pública fuertemente controlada. Desde el Estado se trazaron las normas de lo que debía y podía ser dicho, se estableció cómo, cuándo y quiénes podían decirlo. Esas restricciones se operaron con mayor fuerza según fuese el alcance social de cada medio y de tal suerte, los más masivos y populares dejaron de representar un posible espacio para el reconocimiento en función de identidades sociales y políticas anteriores, y pasaron a ser el puro campo de representación del público como consumidor: el ama de casa, el turista, el televidente, el hincha, constituyeron el tipo de identidades masivamente propuestas. Claro que esos modos de representación de los públicos preexistían al Proceso Militar como parte de la cultura masiva. Pero entonces se produjo su absolutización porque la principal identidad que trataba de desterrarse de los medios era la del ciudadano, tal como se lo trataba de desterrar-a través de variados métodos represivos- de la escena social. Restaurado el sistema democrático-e incluso en los tramos finales de la dictadura- ese lugar central de los medios masivos comienza a relativizarse y a complejizarse el sistema de identificaciones por ellos propuesto. En ese sentido, los años que vivimos a partir de las elecciones de 1983 constituyen años bisagra, por los cambios que se operan en el orden social vigente y que se verifican con particular énfasis en el campo de la cultura masiva y de la cultura política argentinas. Se produjo una notable ampliación del“debate posible” al incorporarse y legitimarse temas que habían sido sustraídos de la escena pública y al rehabilitarse una variedad de informantes y opinantes. Por ende, puede hablarse de una multiplicación de sujetos y lugares de enunciación, de una pluralidad discursiva que rebasa los medios masivos y la esfera del Estado para fragmentarse representando(o intentando representar) a diversos 2 Al respecto se pueden ver:“Cultura y política en la transición democrática” en Oszlak y otros, Procesos, crisis y transición democrática, CEDAL, Buenos Aires, 1984 y“Sobre lenguajes, identidades y ciudadanías políticas” en Lechner y otros, Estado y política en América Latina, Siglo XXI, México, 1981. 204 In-disciplinada grupos sociales, encarnando las variadas formas que asume el conflicto y el consenso. Proliferan las estrategias discursivas destinadas a proveer pautas políticas y sociales para la reconstrucción y construcción de identidades colectivas. Si el consumidor, el sujeto individual sometido a las leyes del mercado fue el modelo de identificación privilegiado durante los años del Proceso Militar, comienza ahora a diseñarse el modelo del ciudadano: un sujeto particular pero que se inscribe en el colectivo social a través de múltiples formas de contrato. De algún modo, a lo que podríamos llamar una concepción “financiera” de la vida—funcional al proyecto económico y político neoconservador— concepción disgregadora, utilitaria y cortoplacista, comienza a oponérsele una concepción basada en la solidaridad, la participación, el compromiso, el esfuerzo prolongado. Esa multiplicación de estrategias discursivas, sumada a la propia vigencia de las normas constitucionales, implican una reubicación de los medios masivos en la escena pública: están menos solos que antes y evidencian la necesidad de redefinirse competitivamente. Una de esas evidencias está dada por la magnitud que alcanzarán los mensajes de carácter informativo. En un momento global de“reinformación postautoritaria” 3 , los medios responden incrementando los datos sobre la actualidad, incorporando temáticas antes ignoradas y también comenzando a trabajar con datos que hablan a la memoria, en una clara dirección de activación de la misma. La abundancia de información—que no implica necesariamente multiplicidad de sentidos— caracteriza el discurso de los medios y hace resurgir—como componente de la cultura masiva— el valor del“estar informado” por sobre el valor del“no saber” autoritario y defensivo. Todo lo anterior conlleva una cierta fragmentación de los públicos que va de la mano, además de un conjunto de innovaciones tecnológicas que se vienen operando en el país en los últimos tiempos: la instalación de nuevos canales de TV por cable, la constitución de un público de videocassetteras, la proliferación de circuitos cerrados de radio y la más reciente aparición de radios libres en FM. Proceso de fragmentación que debe ligarse, también, con el resurgimiento de una variedad de prácticas culturales de carácter masivo, al suprimirse las restricciones y controles de naturaleza ideológica. Finalmente, resaltamos que la restauración de la democracia fue precedida y sucedida por propuestas de desconcentración del poder y de aliento de 3 Como denomina el mismo Landi a este hecho en“Mirando las noticias”, mimeo, 1986. Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c ra ió m n e P d o i p á u ti l c a a r 205 la expresión y participación de los ciudadanos en la vida pública. Y esas propuestas alcanzaron el sistema de medios masivos bajo diversas formas: la idea de un posible protagonismo del público en la producción y gestión de algunos medios y mensajes, el surgimiento de la problemática del federalismo en el plano informativo y cultural, el recurso a“lo propio” como vía para el autorreconocimiento y la articulación de situaciones y aspectos particulares en el marco plural y global de“lo nacional”. Ese conjunto de transformaciones no se opera linealmente. Tratan de abrirse paso en una realidad fuertemente modelada por las ideas de unidireccionalidad, univocidad y jerarquización que, en el nivel de los medios masivos se combinan con ideas precisas de rentabilidad, competencia y profesionalismo. De abrirse paso en una situación signada por el avance de los procesos de transnacionalización de la información y la cultura en la cual, mientras importantes sectores del país intentan articular un proyecto políticocultural“entrado en la participación y la solidaridad, la descentralización que se ofrece desde la lógica transnacional a través del mercado“en realidad tiende a una atomización de la sociedad que sustituye las forma” de vida comunitaria y disgrega el poder de lo colectivo, proponiendo una nueva cultura basada en la exasperación del individualismo”. 4 Pero además esas transformaciones se operan en una realidad social y política aún signada por la fragmentación del movimiento popular; por la debilidad de las organizaciones que lo integran, por su desarticulación, por la superposición de ofertas políticas no siempre definidas claramente, por la incipiente búsqueda de nuevos espacios de agregación de intereses; por una pesada carga de escepticismo y miedo a participar en la escena pública. Dentro de ese panorama se ubica nuestra preocupación fundamental. Reconociendo el papel relevante que tiene la comunicación en los procesos de democratización de las sociedades, nos preguntamos de qué manera los sectores populares, que no son homogéneos y cuya identidad social y cultural está fragmentada, encuentran a partir de los medios masivos— desde los cuales son interpelados como ciudadanos, como consumidores, como adherentes a uno u otro ideario político, como individuos o como colectividad— la posibilidad de ir constituyéndose como actores sociales y políticos. Constitución que, a nuestro juicio, pasa necesariamente por un proceso de autoidentificación y reconocimiento. De qué manera lo masivo 4 En“Hegemonía, consumo y nuevas formas de organización popular”, Tarea, No. 14, Lima, enero de 1986,p. 12. 206 In-disciplinada se constituye hoy, en nuestro país, en espacio afirmador y/o negador de lo popular, en términos de presencia, expresión y acción en la escena social. ¿Por qué las radios? Son ese tipo de preocupaciones y nuestro modo de entender la cultura y los medios masivos los que nos llevaron a elegir las radios como lugar significativo desde el cual abordar el problema. La radio, medio cuyo estudio está indisociablemente ligado a los propios orígenes de la investigación de la comunicación masiva, ha tenido en nuestro continente una azarosa y pobre vida en tanto objeto de conocimiento. Obviamente“ desde perspectivas fundadas en una“concepción teleológica del poder”, para usar la expresión de García Canclini, según las cuales “con sólo analizar los objetivos económicos e ideológicos de los medios masivos podía saberse qué necesidades generaban, cómo sometían a los consumidores”, quienes consecuentemente era vistos“como pasivos ejecutantes de las prácticas inducidas por la dominación” 5 , la radio no podía constituir un espacio estratégico a pesar de la masividad de su consumo. Por un lado, el aparato productivo de las radios no resultaba significativo dentro de los complejos tecnológicos y financieros que sustentaban las industrias culturales y de sus relaciones con el poder político y militar. Lo mismo ocurre hoy, cuando globalmente se intenta comprender la lógica técnico-financiera y la racionalidad política que preside los procesos de transnacionalización. La modernización de las tecnologías ligadas a la radiodifusión no constituye el cambio más sustancial dentro de la industria electrónica. La remodelación informática de las sociedades capitalistas centrales y aún la de los países dependientes, involucran principalmente ciertas áreas de las telecomunicaciones y los sistemas de almacenamiento, procesamiento y distribución de información. La radio queda un tanto al margen de esos procesos y, en consecuencia, no resulta un campo estratégico para el dominio o el control informativo—como pueden serlo las agencias y bancos de datos— o para las imposiciones culturales, reservadas o las compañías productoras de filmes, historietas, productos educativos y audiovisuales y, por cierto, a los satélites desde los cuales se pueden invadir con facilidad los diferentes espacios nacionales. 5 Mattelart, Armand y Schmucler, Héctor,“América Latina en la encrucijada telemática”, ILET, Follos Ed., México, 1983, p. 125. Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c ra ió m n e P d o i p á u ti l c a a r 207 Por otro lado, los mensajes radiofónicos tampoco constituyeron un espacio clave para la indagación de carácter ideologista, cuya finalidad era desmontar los mecanismos de dominación, las múltiples maneras de encubrir y falsificar la realidad, de manipular la pobre conciencia de los receptores. La fugacidad del lenguaje oral y los códigos sonoros no permitían a la radio similares posibilidades que las atribuidas a los medios gráficos para una fuerte estructuración de los discursos. Por, otro lado, es innegable que la radio estaba siendo desplazada por la televisión como medio central de entretenimiento. Ese aparato que rápidamente se identificó como un proveedor de ficciones encubridoras de lo real se situaba a la par de historietas y fotonovelas en la tarea de fabricar mitos e inocentar valores y pautas. Además, la TV era el canal principal para la entrada masiva y permanente de productos exógenos que colonizaban la mente de los receptores. La inversión de talentos se acumulaba en el mercado de las producciones escritas y audiovisuales y también se concentraban allí las inversiones publicitarias. Así como los mensajes en sí mismos y las ideologías que ellos“trasmitían” totalizaban el campo de lo analizable, la prensa, las imágenes publicitarias y la televisión proveían los mensajes más consistentes y subyugantes, aquellos donde el emisor dominante utilizaba sus mejores(o más pérfidas) estratagemas. El poder seguía siendo el objeto de estudio privilegiado y debía buscárselo allí donde se desplegaba con mayor evidencia para denunciarlo y combatirlo. Si para millones de dominados latinoamericanos la radio constituía un medio básico de información y diversión, ello no alteraba para nada la estrategia de los dominadores ni la de los investigadores. En los últimos años, sin embargo, comienza a experimentarse un cambio en este panorama. Muestra principal del mismo son los trabajos de Paulina Gutiérrez y Giselle Munizaga en Chile y de Rosa María Alfaro en Perú. 6 En el primero de ellos, las autoras otorgan a la radio un carácter de espacio vinculante entre los proyectos de sociedad gestados desde el poder y las condiciones de vida y la cultura de los sectores populares, tanto en los momentos de implantación del medio en la realidad chilena como durante los años 60. De tal suerte, lo que Gutiérrez y Munizaga plantearán es el modo en que uno de los medios de la cultura de masas va constituyéndose en parte indisoluble de la cultura popular, prestando un“servicio” a sectores populares particulares y siendo funcional a la vigencia hegemónica de un proyecto básicamente económico. Por su parte, Rosa María Alfaro enfrenta 6 “Radio y Cultura Popular de Masas”, CENECA , Santiago de Chile, 1983 y“Modelos radiales y procesos de popularización en la radio limeña” en Contratexto , No. 1, Lima, 1985. 208 In-disciplinada el fenómeno de la extrema repartición de las ondas radiales limeñas que convierte a las emisoras en medios claves para indagar la complejidad de los procesos socioculturales que se superponen y entrecruzan en el Perú actual. Por ello, lo que funciona como perspectiva central de su trabajo es la caracterización de la radio como“espacio de distinción cultural” en el cual se manifestarán tanto las estrategias de integración de lo popular a la cultura hegemónica, como la búsqueda de los lenguajes que refuerzan y construyen las propias identidades populares. Más allá de esos énfasis particulares dados por las realidades específicas que se abordan en cada investigación, lo que advertimos de común en ellas es una comprensión de los medios masivos como espacios donde y desde los cuales se construyen las interpretaciones sociales hegemónicas y, en consecuencia, espacios donde se libra la lucha por el consenso. Es decir, donde están presentes—aunque de manera desigual— tanto las ofertas de sentido realizadas desde el poder, como las demandas provenientes de los sectores subalternos. Desde esa perspectiva ya no resulta casual o caprichoso un nuevo interés por la radio. Su tecnología es de las menos complejas; sus ingresos publicitarios, los menos cuantiosos; las operaciones de producción de sus mensajes, las menos costosas y sofisticadas. Sin embargo, su consumo es masivo y numerosos estudios empíricos indican de qué modo se eleva y adquiere particular relevancia a nivel de los sectores populares, con lo cual la radio sigue resultando un medio fundamental para la masificación de los discursos hegemónicos y, por lo mismo, un espacio donde la cultura de los sectores populares va a dejar sus marcas. Esas huellas que, vistas desde el polo emisor, serán los recursos utilizados para lograr sus fines prohegemónicos y que, vistas desde los sujetos populares, serán sus modos de vivir y expresarse, sus modos de reconocerse y relacionarse con el resto de la sociedad, siempre corriendo el riesgo de ser desactivados, vaciados de sentido, homogeneizados política y culturalmente. De ahí que, en una etapa de transición, en un momento de rearticulación social como el que vivimos en nuestro país, abordar el funcionamiento de las radios y el papel que ellas ocupan en las prácticas culturales de los sectores populares represente, a nuestro juicio, una de las vías posibles para comprender el modo en que esos sectores van construyendo su identidad, encontrando y elaborando referentes para participar en la escena política y social. Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c ra ió m n e P d o i p á u ti l c a a r 209 II. Objetos de estudio y lineamientos metodológicos Desarrollo y estado del proyecto Originalmente nuestro proyecto consideraba los siguientes objetivos: - Determinar y analizar los modelos comunicativo-culturales propuestos a los públicos masivos de Córdoba a través de las radios locales. - Determinar el grado y la modalidad de articulación de dichos modelos con otras formas de la cultura de masas. - Analizar la dinámica que se produce entre dichos modelos y las prácticas comunicativas y culturales de los sectores populares urbanos. Esos objetivos nos llevaron a determinar diferentes niveles de análisis en los que se perfilan tres objetos de estudio: las estructuras y condiciones de la programación radiofónica, los discursos radiofónicos y los procesos de recepción radiofónica. 1. Estructura y condiciones de la programación radiofónica Entendemos por tal la configuración global que adoptan los mensajes difundidos por las emisoras y las modalidades de producción que las posibilitan. Para abordar tal objeto, determinamos dos tipos de aproximaciones: - Una caracterización de los tipos de mensajes que integran las programaciones en función de las temáticas tratadas y los formatos y géneros utilizados. La ubicación temporal y secuencial de dichos mensajes y sus interrelaciones. - Una reconstrucción de los supuestos sobre los cuales se asienta esa configuración programática: las ideas acerca del papel de la radio y de sus destinatarios; la naturaleza técnica del medio; la incidencia de los factores económico-legales que regulan su existencia. En el primer caso realizamos una caracterización y cuantificación de las programaciones vigentes durante el período que cubría el corpus seleccionado(al que nos referiremos más adelante) a partir de lo cual pudimos determinar diferentes perfiles de programación. En el segundo caso nos planteamos dos modos de operación. En primer lugar, el análisis 210 In-disciplinada de la información sobre las radios locales difundida por diferentes medios de prensa durante todo el año y la publicidad realizada en ellos por las emisoras. Buena parte de esas informaciones contienen la opinión e intenciones declaradas de directivos y productores, así como los datos que ellos consienten en proporcionar masivamente. Más allá del grado de veracidad que esos mensajes pueden tener, constituyen un dato significativo a la hora de identificar cuál es el discurso mediático acerca de la radio, el discurso que se elabora desde las ideologías profesionales formando parte de las estrategias comunicativas desplegadas por los operadores de los medios. Y otro tanto ocurre con la publicidad de las emisoras y el modo en que construyen una imagen bifronte de la radio, al dirigirse a un doble destinatario: el público virtual y los potenciales anunciantes. En segundo lugar, el análisis de las condiciones de producción de los mensajes que integran las programaciones y de los criterios que los orientan, para lo cual estamos aún realizando y procesando entrevistas estructuradas a los directivos del área respectiva(jefes de programación o directores artísticos) a los conductores de los programas centrales y a sus productores. 2. Los discursos radiofónicos Se trata, en este caso, de estudiar el conjunto de mensajes difundidos por las radios de Córdoba 7 en tanto formaciones discursivas en las que es posible identificar diversos dispositivos y estrategias mediante las cuales unos destinadores proponen una determinada interacción a los destinatarios. Es en ese sentido que atribuimos a los discursos radiofónicos su capacidad para configurar públicos. No sólo en tanto se dirigen y captan una determinada audiencia, susceptible de ser categorizada en función de variables 7 Córdoba es una de las provincias importantes del interior del país. Su capital tiene más de un millón de habitantes y funcionan en ellas 4 emisoras: tres son estatales y una privada. Las emisoras de mayor audiencia popular son LV3-Radio Córdoba(emisora estatal comercial) y LV2-Radio General Paz(privatizada en 1980). LW1-Radio Universidad de Córdoba, integrante de los Servicios de Radio y Televisión de la Universidad Nacional de Córdoba, es una radio que tradicionalmente se dirige a sectores medios. De considerable audiencia en épocas anteriores, había decrecido en 1986 a un promedio oscilante entre un 12% y 15% de los oyentes provinciales, según la empresa Mercados y tendencias. Sin embargo, la incluimos dentro de nuestra investigación por una razón conceptual y metodológica: como no pensamos la popularidad o no de las radios por su rating sino en términos de configuración de destinatarios a nivel discursivo, creímos que LW1 nos daría la oportunidad de establecer comparaciones relevantes con LV2 y LV3. Dejamos sí fuera de nuestro estudio la LRA 7-Radio Nacional de Córdoba(emisora estatal no comercial) por cuanto sólo alcanza a tener un 6% de la audiencia global y porque ese porcentaje está constituido básicamente por sectores intelectuales y profesionales y estratos socioecon6micos medios y altos. Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c ra ió m n e P d o i p á u ti l c a a r 211 socioeconómicas, sino en cuanto proponen a sus destinatarios modelos identificatorios, pautas comunicativas y culturales. Estamos refiriéndonos, en consecuencia, a la capacidad de esos discursos para brindar imágenes en las cuales reconocerse y modelos de interacción simbólica. Esta perspectiva de análisis trata de restituir un papel central a los receptores en los procesos masivos de comunicación, sin desconocer que ellos son constituidos inicialmente como tales por las operaciones técnicas y discursivas realizadas por los emisores, y otorgando a los procesos de recepción un estatuto productivo equivalente. De ahí que el propio análisis de los discursos radiofónicos esté pensando desde la perspectiva de la recepción: desde el conjunto de experiencias materiales y simbólicas de los receptores. De tal modo, al preguntarnos desde dónde, a quiénes y cómo hablan las radios cordobesas, nos estamos planteando desde dónde y quiénes son constituidos como destinatarios y qué condiciones de escucha se prefiguran. Refiriéndose a la relación que se entabla entre el texto y el lector a través de la lectura, dice Beatriz Sarlo:“Los textos producen sus lectores, incluyéndolos en un proceso de adquisición de hábitos retóricos y temáticos. Es sabido: la lectura educa al lector y desarrolla ciertas disposiciones que conforman también una idea sobre lo que la literatura debe ser, sobre lo que el lector puede esperar de un relato, sobre cómo este debe, en consecuencia, ser leído”. 8 Reconociendo la distancia que existe entre un texto literario y los medios masivos, planteamos que ellos también son“leídos” según una particular gramática en la que fueron formando a sus receptores. Cuando el oyente enciende su aparato de radio no descubrirá algo nuevo. Sabe lo que puede escuchar porque el medio lo ha ido educando para ello y sabe cómo escucharlo. Pero también sabe —y no se trata necesariamente de un conocimiento de tipo racional— lo que desearía oír, lo que podría serle útil o placentero. Porque esas disposiciones del consumo-recepción no se corresponden nunca estrictamente con lo que viene delineando desde la emisión y los mensajes. Y es justamente a través de esa brecha abierta por la asimetría intrínseca de la relación emisorreceptor, que los mensajes radiofónicos serán puestos en relación con la vida total de cada quien y asimilados tal como son propuestos o resignificados —“refuncionalizados”, se dirá también— total o parcialmente. Por otro lado, una radio es más que un conjunto de mensajes. Es una institución con historia, con roles políticos jugados“a favor” o“en contra” en momentos claves de la vida del país y de la ciudad. Es un conjunto de 8 El imperio de los sentimientos, Catálogos, Buenos Aires, 1985, p. 37. 212 In-disciplinada locutores, conductores de programas, periodistas, artistas, que tienen nombre y rostro, historias particulares. Y no puede pensarse un sistema de recepción al margen del rechazo o adhesión que esas historias suscitaron y suscitan en sus oyentes. Por último, una radio también es su audiencia: los“Iguales a mí, que escucho”, o los otros. Y por allí también pasan los modos de recibir los mensajes, por las redes de naturaleza simbólica que logran diseñar entre sus públicos. Abordamos los discursos de las radios de Córdoba desde esa perspectiva general y teniendo en cuenta: - Los espacios y temporalidades que median su recepción. - Las operaciones discursivas a través de las cuales los enunciadores interpelan a sus destinatarios, es decir, los modos en que ellos son nombrados. - El tipo de interacción prefigurada en esos discursos. Esas interacciones constituyen, a nuestro juicio, una de las bases de los diferentes géneros y formatos radiofónicos en tanto ellos pueden entenderse como un conjunto de normas o“reglas de juego” que indican al público el modo en que debe comprenderse el discurso. Por lo mismo, las interacciones propuestas constituirían una suerte de guía de uso de los discursos radiofónicos. Para desarrollar este análisis constituimos un corpus sincrónico integrado por dos programaciones completas de días hábiles y dos de días sábados y domingos de las tres emisoras seleccionadas para nuestra investigación, lo que hace un total de 348 horas de programación. Durante el primer año largo de trabajo, nos abocamos a estos dos objetos de estudio. El resultado de esa labor—que compartimos en el próximo apartado— nos permitió establecer los criterios y categorías para abordar el estudio de los procesos populares de recepción radiofónica que estamos llevando a cabo actualmente. III. Discursos radiofónicos y públicos populares El análisis de las programaciones y discursos de las emisoras locales nos proporcionó elementos significativos como para establecer los dos campos de mediación que básicamente activan los procesos de producción y recepción radiofónica. 9 Uno es el terreno de la cotidianeidad individual: espacio hecho de trabajo y descanso, de horarios y rutinas, de roles 9 Utilizamos el concepto de“mediación” en el sentido que le asigna Martín Serrano en La mediación social, Ramón Akal, Madrid, 1977 y que ha sido trabajado por Jesús Martín-Barbero en De los medios a las mediaciones , Gustavo Gilli, México, 1987. Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c ra ió m n e P d o i p á u ti l c a a r 213 asignados por las tradiciones y las condiciones materiales de existencia, de deberes y deseos. Otro es el terreno de las relaciones sociales ampliadas. Es decir, aquellas que el individuo establece más o menos formalmente con los otros y a partir de las cuales se evidencian consensos y conflictos, necesidades e intereses diversos. Un terreno constituido por instancias colectivas(organizaciones e instituciones varias, el mismo Estado) en el cual se inscriben tanto los individuos como las propias radios. Desde esa doble mediación, las radios de Córdoba que gozan de la preferencia de los sectores populares—LV2 Radio General Paz y LV3 Radio Córdoba— constituyen sus públicos al configurar discursivamente unos destinatarios a quienes atribuyen modos de ser y vivir, modos de interactuar, que funcionan a la manera de propuestas identificatorias, como claves de reconocimiento. Por otro lado, al constituir a sus públicos, las radios se constituyen a sí mismas inscribiéndose activamente en la cotidianeidad de los individuos y en la escena social. 1. La construcción de la cotidianeidad Si uno afirma que la radio es un medio que trabaja en el nivel de la cotidianeidad, no encontrará mayores obstáculos para que esa idea sea admitida. Pero también puede decirse que la televisión ha ingresado definitivamente en la vida cotidiana de las masas urbanas, con lo cual poco habremos avanzado en términos de distinción. Lo que ocurre es que al decir que la radio trabaja en el nivel de lo cotidiano no nos referimos a que se escuche habitualmente, organizando de algún modo unos horarios y actividades y unos espacios de recepción, como ocurre con la televisión. La cotidianeidad, según Kosik, es, ante todo, la organización día tras día de la vida individual de los hombres... la división del tiempo y el ritmo en que se desenvuelve la historia individual de cada cual”. 10 La radio es el único medio que ingresa en esa organización no sólo replicando sus secuencias sino compartiéndolas. Los programas de la primera hora despiertan a trabajadores, estudiantes y amas de casa y brindan a los ciudadanos la información necesaria para comenzar cada jornada. Los programas mañaneros siguen el ritmo de los quehaceres domésticos o de las labores que no requieren del silencio. Después del medio día, en que la pausa del almuerzo permite escuchar con más detenimiento las noticias, música para descansar un poco o para divertirse. Y así siguen transcurriendo las horas hasta llegar a la noche, la hora del romance, la fiesta, el sereno disfrute del 10 Dialéctica de lo concreto , Grijalbo, 9a. ed., México, 1983,p.92. 214 In-disciplinada arte o el entretenimiento deportivo después de una jornada laboral que se compensa con el descanso. En parte, son ciertas características tecnológicas las que favorecen esa versatilidad del medio. Pero es posible pensar en otras épocas en que la radio supo proponer a sus audiencias la ruptura del ritmo propio a través de la entrada en su“mágico mundo”—en el espacio de la ficción o de los escenarios de sus auditorios— para formar parte de la“gran platea del aire” alrededor de los radioteatros, las series de aventuras, los conjuntos musicales del momento. Y eso nos habla de toda una redefinición del medio que, ante la irrupción y desarrollo de la televisión, dejará de ser el espectáculo o el entretenimiento que organizaba tiempos y espacios familiares—la cena“a la hora de los Pérez García”— aun cuando se la escuchara el día entero, para convertirse él mismo en un medio regido por la cotidianeidad de sus oyentes. Por ello la radio se define fundamentalmente como compañía, carácter que se asocia a su capacidad para orientar a sus públicos y prestarles un servicio, es decir, que se asocia a lo que sirve material y simbólicamente. En ese sentido planteamos que la radio trabaja desde lo cotidiano desde ese espacio donde“toda categoría de la acción y el pensamiento se manifiesta exclusivamente en la medida que es imprescindible para la simple continuación de la cotidianeidad”. 11 La radio provee indicaciones para que los individuos vayan adquiriendo los conocimientos necesarios para la vida en la sociedad global y en un determinado sector de la misma. Desde las fechas para pagar impuestos hasta los precios de las verduras en el mercado, desde las películas por ver y los libros para leer hasta esas normas de convivencia y moralidad que se leen con la voz de la experiencia, desde el estado del tiempo hasta los informativos específicos para diversas categorías profesionales, todo pretende encontrar un lugar en el repertorio estrecho pero insustituible para el día a día de los oyentes. Todo es conformado a partir de ese día a día. Pero además de su propia experiencia y sabiduría, de sus previsiones y repeticiones, la vida cotidiana también tiene sus excepciones, sus acontecimientos inesperados, sus días festivos, y las radios tienen sus sábados-fiesta, sus domingos-deporte y también sus vacaciones anuales: esa prevista suspensión de la rutina laboral que dará origen a un nuevo sujeto de las emisiones, el turista real o quien sueña con serlo. La radio que puede 11 Heller, Agnes Historia y vida cotidiana. Aportación a la sociología socialista , México, 1985, p. 57. Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c ra ió m n e P d o i p á u ti l c a a r 215 “partir de vacaciones” trasladando incluso equipos técnicos y humanos a las zonas veraniegas puede también estar allí donde lo inesperado no altera ni quiebra la cotidianeidad sino que la confirma. La inmediatez que el medio garantiza tecnológicamente permite la irrupción de lo imprevisto en la” programaciones y en la vida diaria de la audiencia sin esperar los espacios informativos fijos. Por eso, la información, lo“noticioso”, se asocia en la radio mucho más que en otros medios con el último momento—no necesariamente insólito— y con lo próximo, que cada vez viene más de la mano de las unidades móviles. Particularmente en las emisoras de audiencia popular. La vida cotidiana, definida como la vida de todo hombre, es también “la vida del hombre entero”... que“es activo y goza, obra y recibe, es afectivo y racional, pero no tiene tiempo ni posibilidad de absorberse enteramente en ninguno de los aspectos para poder apurarlo según toda su intensidad” 12 . Y a las radios de audiencia popular les pasa lo mismo. Todo cabe en ellas pero siempre“faltará el tiempo” para alegrar, para jugar, para informarse, para decirlo todo. Siempre quedará abierta la promesa de un mayor detenimiento, de un conocimiento más específico que permita superar los lugares comunes y los prejuicios, el caso aislado y singular. Siempre se acabarán resolviendo los temas y problemas apelando a simples generalizaciones, a explicaciones analógicas, tal como operamos los individuos al realizar los actos más elementales de la vida cotidiana ante los cuales“si nos paramos perdemos compás”. Sólo excepcionalmente la radio se sustraerá a ese ritmo y, de ese modo, va construyendo su lugar en la vida de todos los días. 1.1. Continuidad y personalización El tiempo cotidiano es el tiempo del fragmento y la repetición. Un tiempo que funda en la rutina la idea de lo duradero y estable. De la permanencia. La radio, al articular su discurso en función de la cotidianeidad de las audiencias populares, explicita y reafirma por sobre la fragmentariedad de espacios específicos y la diversidad de programas la idea de continuidad , a través de una serie de mecanismos que se sitúan a distintos niveles. Por un lado la radio ofrece una continuidad diaria . A lo largo de la programación de las emisoras de audiencia popular, unos cuantos asuntos centrales son tomados a cargo por diversos hablantes que operan, en muchos casos, unos como relevos de otros. La continuidad del discurso radiofónico estará dada, en parte, por esos elementos de enlace que hablarán de lo mismo “porque 12 Heller, Agnes- Op. cit., pp. 39-40. 216 In-disciplinada en radio hablamos de lo que está ocurriendo, de lo que interesa a la gente”. Pero que, además, hablarán lo mismo porque el círculo de emisores es pequeño y, por lo general, cerrado sobre sí: permanencia de los locutores de unidades móviles a lo largo de diferentes espacios, participación de los mismos conductores en distintos programas, irrupción de unos como visitantes espontáneos en los programas de otros, comentarios recíprocos… La reiteración temática se expresa también bajo la forma de un mecanismo típico”el discurso informativo de la radio, que denominamos“resumen y anticipo”: la radio“leerá” para su audiencia los“titulares de la jornada” adelantando cuestiones y sintetizando su desarrollo; pero también se encargará de“resumir lo acontecido” acumulando las noticias de los informativos horarios o interhorarios. Si bien ese mecanismo es común para todas las emisoras, en las radios de audiencia popular se advierte que trasciende los espacios informativos y se transforma en un mecanismo habitual de relación con los oyentes a través del permanente anuncio de lo que vendrá y del permanente comentario sobre lo que se acaba de decir y escuchar. El discurso radiofónico progresa a través del recuerdo y la promesa:“en un momento no más... ya vamos con... como dijo XX que nos precedía... Y ahora sí, como lo prometimos...”. Muchas veces los recuerdos no son exactamente resúmenes—justificables por la naturaleza del medio— sino simples alusiones y las promesas—recurso simple para retener la atención del receptor— quedan incumplidas. Pero ello no obsta para que ese mecanismo convierta al discurso radiofónico en una totalidad de la cual el oyente puede entrar y salir sin sentirse extrañado, porque es un continuum cuyo progreso es su volver sobre sí mismo. El discurso radiofónico popular funda también su continuidad en el tiempo . Esa especie de función continuada es una función que viene de lejos. La radio ofrece la certeza de encuentro con unos sujetos que día a día y tal como los oyentes van haciendo su vida. Los conductores y locutores de las radios populares se enferman, se jubilan, mueren en plena actividad o alejados del oficio, pero siempre recordados por sus continuadores. Y con las emisoras sucede algo similar: cambian de nombre, de conducciones de edificios y equipos, cumplen años y los celebran hablando de sí mismas. De algún modo, la diaria relación que la radio entabla con sus oyentes está inscrita en un tiempo mayor que está hecho de transformaciones, de cambios graduales o violentos, de unos modos de existencia que no son los actuales pero que forman parte del hoy. Apegada a la vida de sus oyentes y productores, la radio se historiza y es propuesta como parte y testigo de esa historia común. Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c ra ió m n e P d o i p á u ti l c a a r 217 En esa historización juega un papel clave, en las radios de audiencia popular, la personalización de los conductores cuya vida pasa a ser materia difundible, intimidad comunicada. No se trata de vedettismo cinematográfico, pero tampoco del aséptico profesionalismo que caracterizará a las radios destinadas a sectores medios, autoidentificadas como“formadoras de la opinión pública”. Los conductores de LV2 y LV3 ejercen ciertamente una profesión, pero ella se asemeja más a un“trabajo” que los involucra vitalmente y del que hablarán en el curso de sus programas. Con ellos se puede establecer, por tanto, relaciones más cercanas, no mediadas sólo por el saber profesional sino por vínculos afectivos que instalan la comunicación radiofónica en una trama de subjetividades donde se juegan fidelidades personales, sentimientos de pertenencia a una historia común. 1.2. El espacio doméstico, articulador de lo cotidiano El análisis comparativo de la programación de las tres emisoras escogidas para nuestra investigación permite afirmar que las radios de audiencia popular constituyen sus audiencias en torno al espacio doméstico, que es básicamente el espacio de la reproducción. El ama de casa es el centro de las programaciones matutinas de LV2 y LV3 menos por los temas abordados que por los géneros utilizados y las prácticas propuestas. Las revistas informativo-musicales son fundamentalmente habladas: comentarios breves, consejos, diálogos fáciles de seguir, repeticiones constantes, son los recursos de un discurso que presupone condiciones de recepción no estables, una“audiencia atareada”. Aun cuando las transformaciones operadas en la estructura económica del país en las últimas décadas han obligado a un elevado porcentaje de mujeres de los sectores populares a conseguir los empleos que escasean más para los hombres, las radios de audiencia popular no dan cuenta de ese cambio. El mundo femenino se recorta en el hogar. Pero desde las actividades que“les son propias”, las mujeres son puestas en contacto con el mercado y la esfera doméstica se abre al espacio público donde se procesan las ofertas y demandas y la intervención reguladora del Estado. El ama de casa deviene consumidora y a través de sus unidades móviles LV2 y LV3 dibujan un nuevo espacio de recepción: el de las compras diarias. Esas unidades se trasladan a ferias, supermercados y a los despachos de funcionarios públicos para brindar a las consumidoras domésticas la información que oriente sus compras. Pero además inscriben en el consumo la posibilidad del entretenimiento y el ahorro: alrededor de los móviles y 218 In-disciplinada los negocios patrocinantes se organizan concursos y sorteos y se articula la“participación” de la audiencia. De donde el consumo—única actividad que hará visible la producción— deviene utilidad y placer gracias a la doble mediación de las radios y la publicidad, que se integra en las emisoras de audiencia popular sin solución de continuidad con la música, las noticias, las preguntas y respuestas, en un mensaje global. La asociación casi directa que se da entre la programación radiofónica y las tareas domésticas de las mujeres se plantea de modo inverso para el caso de los hombres. El mundo del trabajo masculino se hace presente por ausencia o, dicho de otro modo, se hace presente tal como es vivenciado en el espacio doméstico en las primeras horas de la mañana y las últimas de la tarde. Los “programas despertadores” de LV2 y LV3 recuerdan los gestos y ritmos del diario inicio de la jornada laboral, del“tiempo ocupado”. Un tiempo cuyo carácter impuesto, obligatorio y poco gratificante se revela en los ánimos que se brindan a la audiencia, en las normas que se proponen para hacerlo llevadero, para justificar su carácter necesario 13 . Los programas vespertinos, en cambio, hablan del tiempo libre que también será convertido en tiempo de consumo al organizar el ocio masculino alrededor de los espectáculos deportivos y su fruición a través de los medios masivo“. Aludida a través del ama de casa y del hombre trabajador, la familia es sólo efectivamente interpelada en términos de fiesta: las celebraciones del“tiempo familiar” que suscitan saludos y mensajes musicales—los cumpleaños, bautismos, matrimonios— dibujan ese destinatario colectivo ligado por el parentesco que será el eje de las relaciones afectivas admitidas —junto con la amistad— por el discurso radiofónico. Y esa familia, que prácticamente ha desaparecido como destinatario en las restantes radios locales, entra también y junto con los jóvenes en la red del mercado, porque sus celebraciones serán recubiertas casi invariablemente con la convocatoria a los rituales del tiempo improductivo: los bailes del fin de semana. 13 En este sentido, existe una diferencia significativa entre este tipo de programas y sus equivalentes de las primeras horas de la mañana difundidos por LW1 y Radio Nacional. En estas dos emisoras, extensos programas de carácter informativo dibujan un público con posibilidades e interés de realizar una escucha más atenta, que responderían a la consigna“levántese informado”. Esta propuesta radiofónica es la predominante en las principales radios de la capital del país que tienen alcance nacional. Las emisoras de audiencia popular de Córdoba, en cambio, siguen respondiendo a un modelo anterior que famosos conductores impusieron en la radio argentina: el del“levántese contento”. Evidentemente uno podría pensar este tipo de diferencia en términos de atraso. Pero creemos que más pertinente resulta pensar en términos de distinción, ya que en esa categoría también podemos comprender ciertos anacronismos que serían propios de las emisoras de audiencia popular. Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c ra ió m n e P d o i p á u ti l c a a r 219 En numerosos programas d“ LV2 y LV3”—muchos de ellos comprados por las propias orquestas o casas disqueras— se promociona la actividad de conjuntos de música cordobesa(los“cuartetos”) que animan en capital y provincia los bailes populares y la música funciona como anticipo de la fiesta, como medio de encuentro. Si relevamos estos datos como significativos es porque mientras la música rock o las canciones románticas funcionan como vínculo generacional uniendo a un sector de la audiencia y distinguiéndolo del resto, la música bailable cordobesa—que no se difunde a través de LW1 ni de Radio Nacional— es propuesta como único nexo de vinculación jóvenes-familia, diseñando así un espacio cultural integrador que, al mismo tiempo, marcará la diferencia con los espacios culturales propuestos por las restantes emisoras locales. En ese sentido cabe pensar que la música y la fiesta popular, asociadas a la idea de encuentro familiar—y de encuentro vecinal, como se verá luego— permitirían que radios como LV2 y LV3 recuperen simbólicamente una centralidad(los oyentes a su alrededor) que perdieran cuando el aparato de televisión ocupó el lugar de privilegio en la sala, el comedor o la cocina. Y cabe pensar también que, aun hablando a sujetos individuales, las emisoras de audiencia popular los remitirán a un espacio grupal, propiciando vías para el reconocimiento colectivo. 2. La construcción de las relaciones sociales Acompañantes del diario vivir de cada quien, las radios también funcionan como un conectivo entre esas cotidianeidades particulares y el terreno de lo que denominamos las relaciones sociales ampliadas. El espacio privilegiado por LV2 y LV3 para diseñar tales relaciones es el lugar donde se vive la proximidad con los otros: el barrio o el pueblo. Desde ese terreno, el sistema de interpelaciones que organiza el discurso de esas radios constituye a sus destinatarios bien como vecinos, bien como usuarios o ciudadanos. A nivel urbano, los vecinos son interpelados como integrantes de una comunidad que es extensión del espacio familiar—el barrio— y que, en cuanto tal, celebra su vida o realiza acciones de bien común para mejorarla. De allí que la radio sea un canal para la difusión de la labor de clubes, cooperadoras, comisiones varias y convoque a participar en ellas. Oscar Landi ha señalado que“las interpelaciones forman las diferentes identidades a través de las cuales los agentes sociales se inscriben—consensual o conflictivamente— en el orden de las formaciones sociales. La noción de orden se desdobla en dos sentidos: como distribución de funciones en la división social y técnica 220 In-disciplinada del trabajo y como indicación de jerarquías, como ética, como relación de poder”. 14 El conjunto de interpelaciones que hacen de los habitantes de los barrios populares“vecinos”, es decir, individuos que establecen entre sí vínculos solidarios—sea espontáneamente o ayudados por las emisoras— contribuye a construir una cierta noción del orden social fundado en la cooperación como conducta básica, y en las ideas de armonía y progreso. Esos mismos habitantes también serán interpelados por las radios de audiencia popular como usuarios: sujetos que se definen por su dependencia respecto de instituciones de naturaleza pública y, generalmente, por su estado de indefensión ante ellas. Los usuarios son básicamente demandantes y es a raíz de sus demandas que entrará en el discurso radiofónico la idea del conflicto entre las partes y que las emisoras se convertirán en mediadoras, trasladando las quejas y reclamos de los usuarios a los funcionarios responsables del conflicto. El modelo de interacción propuesto en este caso no es el de la cooperación entre iguales. Por el contrario, las radios activan una“lógica del petitorio” que refuerza un modelo de relación entre vecinos y el Estado de neto corte“administrativista”. 15 Sólo en contadas ocasiones el destinatario popular es nombrado como ciudadano y estimulado a interactuar con sus representantes políticos, con sus adversarios o aliados en el terreno del poder. Los concejales o diputados, los propios dirigentes de organizaciones vecinales, no se proponen como interlocutores válidos: se privilegia a los«administradores». De algún modo, bajo la imagen del prestatario y el usuario, vuelve a insinuarse la imagen de un mercado donde los bienes se trasmutan en servicios y una cierta no pertinencia de lo político para explicar y resolver las situaciones conflictivas que, a pesar de la mediación radiofónica, se mantienen invariables. Pero las mismas emisoras que no interpelan a los vecinos como ciudadanos en el sentido de individuos con derechos y deberes de naturaleza política, les conferirán otro tipo de ciudadanía: la que deviene de su pertenencia a la ciudad y de su presencia multitudinaria en ella. Los sectores populares se hacen visibles en el espacio urbano y con ellos sus desgracias, sus modos de ser, sus alegrías, irrumpen en el discurso radiofónico y en los espacios públicos—calles, plazas— que las radios y sus audiencias ocupan con caravanas, fiestas, colectas, espectáculos. 14 “Crisis y lenguajes políticos”, CEDES, Buenos Aires, 1982,p.28. 15 Este tipo de categorías son propuestas por González Bombal, Delgado y Silva en dos estudios sobre movimientos vecinales en el Gran Buenos Aires, publicados en“Los nuevos movimientos sociales” l2, E. Jelin, comp. CEDAL, Buenos Aires, 1985, pp. 115 y 79. Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c ra ió m n e P d o i p á u ti l c a a r 221 Por último, los destinatarios de ambas emisoras son interpelados en función de su condición social—definida básicamente en relación con el nivel de satisfacción de necesidades primarias— dibujando dos tipos de sujetos bien diferenciados: por un lado, los humildes, los marginados, los desposeídos; y por el otro, los poseedores. En términos más genéricos, los“carenciados” y los“no carenciados”. Estos últimos son ahora los demandantes , activándose nuevamente la“lógica del petitorio” que en este caso resulta exitosa como vía para la satisfacción de carencias y la resolución de problemas, en tanto otros sujetos sociales—los“no carenciados”— se movilizan en ayuda de los “carenciados” gracias a la mediación de la radio. A través de esa tríada de sujetos en acción—demandantes, donantes y ayudantes— las radios de audiencia popular recuperan, en programas sistemáticos o excepcionales de“ayuda al prójimo”, un género actualmente desplazado de sus programaciones: las adversidades que sufren los humildes se convierten en relatos en los cuales son fácilmente reconocibles los rasgos del melodrama. En esas tragedias individuales los demandantes piden, se emocionan, lloran, agradecen. Actúan sus carencias. La radio tiende el puente entre ellos y los donantes: generalmente anónimos cuando son sólo“gente solidaria”, con nombres propios cuando se trata de instituciones privadas o públicas, pero, especialmente, cuando se trata de empresas comerciales. Las carencias populares a raíz de las cuales unos sujetos desposeídos se convierten en demandantes justifican y legitiman a los poseedores como donantes: legitiman el mercado convertido en benefactor , característica que de alguna manera también estas radios atribuirán o desearán ver realizada por el Estado. Pero los ciudadanos humildes también cooperan entre sí. En esos casos, la contigüidad de clase que instaura entre demandantes y donantes, legitima formas de sociabilidad como la ayuda mutua, el compadrazgo, la gauchada, que no sólo remiten a necesidades de sobrevivencia, sino a la sobrevivencia de comportamientos colectivos y solidarios que la sociedad urbano-industrial amenaza destruir con la exacerbación del individualismo. IV. Perspectivas abiertas Vivimos hoy una realidad marcada por dos lógicas que se entrecruzan y marcan fuertemente la escena social argentina: una, de la modernización de la sociedad, con todo lo que ella implica de transformaciones económicas y tecnológicas, de homogeneizaciones culturales. Otra, la de la democratización, que supone la activación de la participación política y social, la representación efectiva y plural del conjunto de sectores y grupos. 222 In-disciplinada El análisis de las estrategias discursivas de las radios de audiencia popular nos ha puesto en camino de comprender de qué manera ellas constituyen sus públicos conservando formas de sociabilidad, lazos históricos y afectivos que podríamos denominar tradicionales; cómo refuerzan lo particular y lo propio; cómo se convierten en los únicos medios de su tipo que dan cabida a las demandas populares, a los modos de ser y a la cotidianeidad de esos sectores. Pero también nos ha permitido advertir cómo recortan el terreno de las relaciones sociales a las más inmediatas y útiles; cómo operan con una restringida concepción de lo político; cómo promueven la satisfacción de necesidades simbólicas y materiales a través del mercado y a través de instancias individuales o gregarias que hablan más de relaciones primarias y afectivas que de modos de acción sistemáticos, formalizados y autogestionados. El análisis de los procesos de recepción radiofónica a nivel popular que desarrollamos actualmente 16 será la vía para aproximamos al sistema de adhesiones que se genera entre enunciadores y destinatarios, descubrir fracturas y continuidades: los ámbitos en que el discurso radiofónico recubre los modos de pensarse y actuar de los sectores populares cordobeses y las zonas contradictorias y conflictivas que descubre. De tal modo, y vinculando esos procesos de recepción con otras prácticas populares, aspiramos a poder comprender el lugar que ocupa la radio en la vida y la cultura de esos sectores, qué invierte en ella en forma de demandas y deseos y qué extraen o no en términos de reconocimiento, saberes, servicio y placer. Comprender, en suma, los complejos procesos de identificación y extrañamiento de lo popular que se articulan alrededor de esas radios. 16 Para el desarrollo de esa fase de nuestra investigación han sido sumamente importantes los aportes de Héctor Schmucler, nuestro director de beca ante el CONICET y también los avances proporcionados por Jesús Martín-Barbero acerca de la investigación que dirige actualmente en Colombia sobre Televisión, Melodrama y Vida Cotidiana, que compartimos a través del No. 17 de Diálogos de la Comunicación, FELAFACS, Lima, junio de 1987. Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c ra ió m n e P d o i p á u ti l c a a r 223 Radio: memorias de la recepción Aproximaciones a la identidad de los sectores populares(1991) * Pocas zonas tan resbaladizas en los actuales estudios sobre la cultura y la comunicación masiva como la que ocupan los que se han dado en llamar «estudios de recepción». Cierto es que la extensión de nociones de un campo de objetos a otro supone necesariamente adecuaciones y una pérdida de contornos definidos. Pero en este caso, lo resbaladizo no es esa característica propia de un camino en construcción sino, en ocasiones, muestra de ligereza, de un uso poco pertinente y riguroso de las nociones derivadas de la teoría literaria o la semiótica discursiva, que da por resultado dos tipos de posturas fácilmente reconocibles. Una, la que bien ha criticado Beatriz Sarlo y que califica como relativamente nueva y en expansión,“según la cual la libertad de producción de sentidos por parte del receptor de los mensajes culturales despoja a estos de gran parte de su peso semántico e ideológico, convirtiéndolos en meros soportes de una resemantización inevitable”. 1 Otra, verificable en diversos estudios empíricos de recepción cuya presunta originalidad dejaría perplejos a estudiosos como Lazarsfeld, Klapper, Katz, Gurevitch y tantos otros que hace mucho tiempo tematizaron la complejidad de circunstancias que relativizan la influencia de los medios y trataron de explicar la actividad de los receptores aunque fuese invirtiendo bastante mecánicamente el viejo punto de vista centrado en las intenciones de los productores. Ambas tendencias funcionan como coartadas. La primera exime de todo juicio de valor ante el sistema cultural y sus manifestaciones particulares; es más, suspende teóricamente su valoración al ser una suerte de imagen invertida de aquella cuestionada idea de la omnipotencia mediática. Así, no sólo se restauran modelos mecanicistas de interpretación, sino que se desata un proceso perverso porque inocenta el campo de la cultura masiva, las operaciones de producción que se realizan * Artículo publicado originalmente en Revista DIA-LOGOS de la Comunicación No. 30, FELAFACS, Lima, Perú. 1 “Políticas culturales: democracia e innovación” en Punto de Vista Año XI, N° 32, Buenos Aires, abril-junio de 1988. 224 In-disciplinada con unas ciertas tecnologías desde el poder de emitir, y que preconstituyen temáticas, modos de consumo y a los propios consumidores. Porque, en suma, aceptando que la hegemonía se construye con la complicidad o acuerdo de los sectores subalternos, e incluso con la aceptación de su diferencia y oposición, se minimiza el peso de las voluntades y estrategias hegemónicas que se despliegan en el campo cultural. La segunda exime de un ejercicio imprescindible en la construcción del conocimiento: el de someter a control interno los conceptos con que se opera y las metodologías con que se construyen y abordan los objetos de estudio, en orden a asegurar su congruencia. Con ello, lo que sentimos se pierde no es tanto el pedestal de la ciencia, sino la posibilidad de comprender lo que las nociones invocadas prometían: los complejos procesos que ocurren en y a través de los medios masivos de comunicación como instancias públicas de interpelación y reconocimiento, como dispositivos claves en la producción de los sentidos predominantes del orden social en tanto lugares donde emisores y receptores negocian esos sentidos. En ambos casos, la coartada es también talismán: hablar de la recepción es ingresar de lleno en una nueva perspectiva de análisis, ser parte de esa legión de constructores de un“nuevo paradigma” o“paradigma emergente” que para mayor euforia suele llamarse latinoamericano y que por pura moda y negación o desconocimiento de las fuentes, deviene una construcción paródica. Por ello, para asumir la precariedad de lo que se construye y ubicar con alguna precisión las líneas que vendrán—aunque no lleguen a salvarse del tembladeral en que reconocemos se sitúan— es necesario señalar desde dónde y cómo adquieren sentido para nosotros los estudios de recepción. Nuestro propósito, a través de una serie de estudios iniciados hace algún tiempo acerca de las radios de Córdoba, es comprender el modo en que desde una zona particular de nuestra cultura—desde los medios masivos y en ellos— se trabaja la identidad de los sectores populares, los intercambios y relaciones que se prescriben y legitiman y que, al hacerlo, van modelando las imágenes que como individuos y grupos van a tener de sí mismos en tanto sujetos de una cierta cultura y un cierto orden social. 2 Es desde esa perspectiva que a nuestro juicio resulta pertinente, necesario y productivo pensar los medios desde la recepción y ello equivale a pensarlos desde tres dimensiones sólo aislables analíticamente: 2 Entre otros autores, José Joaquín Brunner ha señalado la creciente importancia del campo cultural en la conformación de las identidades de los grupos sociales. Ver, por ejemplo, “Modernidad y transformaciones culturales” en Diálogos N° 25, Felafacs, Lima, octubre de 1989. Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c ra ió m n e P d o i p á u ti l c a a r 225 -Desde una dimensión discursiva, es decir, asumiendo los medios y sus mensajes como configuraciones de sentido en las que están inscriptas sus propias condiciones de recepción, la situación y competencias de los receptores. En esta dimensión el receptor es marca, inscripción productiva derivada de verdaderas“estrategias de anticipación” 3 y, consecuentemente, término deseado de la interpelación. -Desde la dimensión del consumo, entendida como operación en la que se ponen en juego, complejamente, las necesidades, deseos y experiencias de los receptores empíricos, generando un verdadero sistema de adhesiones y rechazos. Ello permite aproximarse a las continuidades y fracturas que se producen entre el discurso mediático y los sujetos consumidores o, con más precisión, entre sus modos de pensarse y actuar. -Desde una dimensión cultural que reconoce a los medios masivos como“prácticas específicamente significantes”, en el sentido planteado por Williams. 4 Esta dimensión ubica a los medios masivos en un sistema significante manifiesto mayor, el de la cultura masiva, y permite establecer sus relaciones con otros sistemas no específicamente significantes (políticos, económicos, etc.). El análisis de estas relaciones, que no son de tipo causal ni de mero contacto sino de copresencia y distinción, permite el reconocimiento de los cruces existentes entre las necesidades específicamente simbólicas que satisfacen y construyen los medios masivos, y las lógicas económicas y políticas que marcan su operación. Radios e identidad popular Abordar cuestiones relacionadas con la identidad de los sectores populares es, sin dudas, ingresar a una zona ambigua y compleja. Es tratar de comprender cómo se responden esa pregunta dura,“quiénes somos”, inseparable de la pregunta por“los otros”, que los confirma desde la diferencia. Tal como lo señala Luis Alberto Romero en un estudio sobre los sectores populares latinoamericanos, 5 las respuestas a esa pregunta no son inmutables porque las identidades no son esenciales sino de naturaleza 3 Según los planteos de la semiótica textual. Cfr. Mauro Wolf, La investigación de la comunicación de masas , Paidós, España 1987, pp. 146. 4 Raymond Williams, Cultura-Sociología de la comunicación y del arte , Paidós, Barcelona 1981, pp. 194 a 200. 5 “Los sectores populares en las ciudades latinoamericanas: la cuestión de la identidad”, Buenos Aires, 1987, mimeo. 226 In-disciplinada histórica y porque se constituyen, se disgregan y reconstituyen a través de procesos múltiples en los que compiten, se acoplan y rechazan diferentes vías o fuentes de identificación. Desde un punto de vista sociológico, entre esas fuentes se reconocen la propia experiencia de los sujetos populares, originada en su práctica social y transformada en representación de sí mismos; las representaciones que“el otro”—las élites— elabora acerca del“nosotros” popular; las versiones más convincentes y elaboradas sobre la sociedad que se formulan desde el Estado y desde diversas instituciones para asegurar el proceso de reproducción social y también las que se formulan desde espacios y posiciones críticas o alternativas respecto del orden social existente. Desde una perspectiva comunicativa, podríamos afirmar que las que compiten entre sí, las que se acoplan o rechazan, son un conjunto de interpelaciones, unas maneras de constituir a los sectores populares como destinatarios de diferentes tipos de discursos, de diseñar para ellos un posible campo de interacción simbólica y, desde los propios sujetos, unos modos de reconocerse en esas interpelaciones e imágenes y, a su vez, de impugnarlas, trastocarlas y nombrar así la diferencia. La centralidad que tienen hoy los medios masivos en la producción de los discursos públicos y en la esfera del consumo cultural, hace de ellos una vía privilegiada para la constitución de identidades individuales y colectivas. Su comprensión como espacios en los que también se libra la lucha por el consenso, es decir, donde están presentes aunque de manera desigual las ofertas de sentido realizadas desde el poder y las demandas provenientes de los sectores subalternos permite restituir relevancia analítica a un medio como la radio—desestimado desde otras perspectivas— no sólo por ser estadísticamente un medio de alto consumo a nivel popular, sino porque, en su competitiva relación con la televisión, ella ha debido redefinirse, ganar un nuevo puesto: no ya la del aparato que“convoca a ser oído”, sino más bien, la del que se“acomoda al oyente”, la del medio que se deja regir por la cotidianeidad de sus receptores definiéndose como acompañante y servidor. Y en este plegarse a la cotidianeidad ella es capaz de hacer visibles en las imágenes elaboradas por otros unos modos populares de sentir y pensar, de expresarse y reconocerse, de actuar entre sí y frente a los demás que pueden ser fuente de autoreconocimiento, pero también—y a veces al mismo tiempo— fuente de indiferenciación. Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c ra ió m n e P d o i p á u ti l c a a r 227 En una primera investigación que realizamos integrando las dos primeras dimensiones a que aludimos inicialmente 6 planteamos que para comprender el complejo y contradictorio movimiento de reafirmación y extrañamiento de lo popular que propician ciertas radios, para comprender el modo en que desde ese sector de la producción cultural de masas se negocian intereses y proyectos convergentes y se expresan conflictos y antagonismos, era necesario analizar de qué manera tales radios constituían discursivamente a los sectores populares como sus destinatarios y hasta qué punto y cómo ellos se constituían efectivamente en públicos de esas emisoras. Las fracturas existentes entre las representaciones radiofónicas de lo popular y el propio modo en que se piensan los sectores populares—leído en sus discurrir sobre sí mismos y en un conjunto de prácticas sociales por ellos desarrolladas— son de diversa naturaleza. En general, reconocen y cuestionan su exclusión del discurso radiofónico como sujetos políticos y productivos, como término de conflictos económicos y de poder, y reconocen la pretensión de universalizar modos de vida y actitudes propias de otros sectores sociales—en el sentido de efectivamente vividas— en detrimento de sus condiciones particulares. Llegan, incluso, a reconocer su carácter de sector utilizado por otros para ejercer presión, legitimarse social y políticamente, vender información. A pesar de tales fracturas, esas radios no sólo se escuchan, sino que son masivamente elegidas dentro del sector y actúan como referentes para desechar otras emisoras locales en las que no se sienten representados. Las razones en que se funda esa adhesión, de las que no está excluida la ambivalencia y la crítica, delimitan las zonas de reconocimiento, las zonas que posibilitan los procesos de identificación. En ese sentido, nuestra indagación nos permitió arribar a las siguientes conclusiones: - La constitución de los sectores populares urbanos como públicos de las que denominamos emisoras de audiencia popular pasa fundamentalmente por la idea del servicio y la cooperación. Servicio y cooperación material, efectiva; ayuda que sólo adquiere sentido desde el reconocimiento de la propia desposesión e indefensión. Pero, a la vez, servicio y cooperación de naturaleza 6 En un artículo aparecido en esta misma revista dimos cuenta de la etapa inicial de esa investigación. En él explicamos con mayor detenimiento las motivaciones que le dieron origen, las razones por las cuales elegimos las radios como vía de ingreso a la problemática que nos ocupa y dimos cuenta de las estrategias con que las emisoras estudiadas constituyen discursivamente a los sectores populares como sus receptores. Cfr. Mata, María C.,“Radios y Públicos Populares”, en Diálogos N° 19, Felafacs, Lima, enero de 1988. 228 In-disciplinada simbólica cuya concreción importa menos que su virtualidad y que remite a las relaciones de intercambio y ayuda mutua que entablan los sectores populares y que no sólo se establecen para obtener o brindar un aporte material sino para promover, recrear e intensificar la relación con los pares: familiares, vecinos, amigos. 7 Las radios de audiencia popular se sostienen en tanto remiten a la ilusión de un intercambio entre iguales que los sectores populares sienten ausentes en otras emisoras. Es ese intercambio ilusorio el que facilita la asimilación de las ideas de servicio y cooperación propuestas desde las emisoras: un particular tipo de interacción basado en la bondad y sensibilidad individuales más que en razones de derecho y justicia, en la cual el Estado va siendo reemplazado por la acción de múltiples instituciones de beneficencia y, fundamentalmente, por el mercado convertido en benefactor. - La constitución de los sectores populares como públicos de estas emisoras pasa por su rol de intermediarias ante el poder. Si tras las ideas de servicio y cooperación se asume una especie de representación de los“carenciados” ante el conjunto de una sociedad desigual pero sensible, ligada por lazos humanitarios, la intermediación propuesta por las emisoras habla de una sociedad escindida y de la debilidad de sus lazos institucionales. Sea cual sea la modalidad con que se ejerce la intermediación, se elabore un discurso constativo o prescriptivo hacia el poder, se muestren o ignoren sus debilidades y fallas, la adhesión a unas radios que se ofrecen como vía de acceso al terreno lejano de las esferas públicas representa el reconocimiento que de sí hacen los sectores populares como carentes de efectiva representación social y política, reforzándose la desvalorización de canales organizativos e institucionales preexistentes como pueden serlo los partidos o las organizaciones de carácter reivindicativo. -La constitución de los sectores populares como público de estas emisoras pasa, finalmente, por la recreación de un tipo de sociabilidad fundado en las relaciones cortas, el compromiso personal, los lazos de naturaleza afectiva, las expansiones sentimentales y la recuperación de gustos y modalidades de fruición ausentes en otras prácticas significantes emparentadas con la cultura ilustrada y fundadas en matrices racionales-iluministas. 8 La discriminación que los sectores populares realizan en el terreno del consumo 7 Tal como lo demuestran diversos estudios antropológicos. Ver, por ejemplo, Silvana Ramos, “Las relaciones de parentesco y ayuda mutua en los sectores populares urbanos”. Estudios CEDES, Buenos Aires, 1984. 8 En el sentido que utiliza dicha categoría Guillermo Sunkel en“Razón y pasión en la prensa popular”, Estudios ILET, Santiago de Chile, 1985. Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c ra ió m n e P d o i p á u ti l c a a r 229 radiofónico entre esa modalidad comunicativa y la que caracteriza a otras emisoras locales, habla del autorreconocimiento como sector impugnado, “de segunda”, que busca y encuentra en la cultura masiva la revalorización e integración imposible de lograr en otros ámbitos. Sin lugar a dudas, esas conclusiones nos permitían comprender las razones del éxito de unas ciertas emisoras a nivel del consumo, y su eficacia en tanto espacios de reproducción de un imaginario popular operante hoy en nuestra sociedad, con manifestaciones particularmente visibles en el terreno social y político. Pero sentíamos que el recorrido realizado por los actuales discursos radiofónicos y sus modalidades de recepción era insuficiente. Así como las identidades no se constituyen de una vez y para siempre, los públicos tampoco son cristalizaciones, categorías definibles de manera atemporal. Si las identidades sociales son impensables al margen de la tradición, de su propio proceso de constitución que va dejando marcas, sedimentos que operan en el largo plazo, algo similar ocurre con los receptores y las modalidades de recepción. La sociología de la comunicación, en sus diferentes versiones, contribuyó desde temprano a establecer el carácter“construido” del público de los medios masivos llegándose a postular su condición de categoría supra-sociológica, en tanto integradora y niveladora de clases y grupos constituidos en torno a determinaciones económicas, generacionales, educativas, poblacionales, etc. Incluso, comenzó a hablarse del público de las noticias, el cine o la televisión como peculiares agrupamientos definibles a partir del tipo de estímulos y mensajes recibidos y de los comportamientos orientados hacia y por el consumo. A pesar de ello y de los aportes realizados desde la Escuela crítica de Frankfurt acerca de las transformaciones de la experiencia cultural propias del desarrollo de la sociedad industrial, cierta idea de naturalidad fue prevaleciendo en los estudios de comunicación. El público es producto de los medios, se reconoce, pero esa afirmación pierde por lo general su fuerza explicativa por dos razones. Por una parte se la limita, autonomizando los medios en su potencialidad creadora, sin reflexionar suficientemente sobre el conjunto de cambios y condiciones que cooperan en la fabricación de unos determinados públicos. Por otra se la simplifica, al minimizar o desconocer el peso que tiene esa construcción en el comportamiento global de los individuos y los grupos sociales. Comprender el lugar y el papel de los medios masivos de comunicación en la conformación de la identidad de diversos grupos sociales requiere 230 In-disciplinada entonces“desnaturalizar” a los receptores. Los oyentes populares de radio—en nuestro caso particular— son una construcción: productos de un determinado medio en inseparable conjunción con los cambios de época, los nuevos artefactos técnicos, el crecimiento de ciudades, el ascenso social relativo y el acceso al disfrute de bienes culturales, la ampliación de su ciudadanía política. Por eso ser oyentes es algo más que un dato cuantitativo —base de mediciones— y parte de un“enorme conglomerado sociocultural”. 9 Será una condición incorporada por los individuos a su idea de sí mismos, a partir de los consumos efectivos, pero incluso, más allá de ellos, a partir de una cierta inscripción del medio y de las operaciones de consumo en el conjunto del campo cultural. El sentido de esa condición, sus implicancias en términos de competencias y expectativas, será en consecuencia insuficientemente comprendido si no nos preguntamos por qué y cómo cada medio ha llegado a ser lo que es, de qué modo han sido reconocidos dentro de la intertextualidad masiva, cómo unos ciertos sujetos fueron convirtiéndose históricamente en público de esos medios. Sin ese acercamiento de carácter diacrónico podríamos otorgar a las condiciones contextuales un peso determinante en los procesos estudiados, haciendo de la noción de recepción algo muy similar al concepto de decodificación propio de las teorías comunicativas lineales e instrumentales. Un ejemplo relacionado con las conclusiones a que arribamos en nuestra primera investigación puede reafirmarlo. Ciertamente, las estrategias discursivas de las radios de audiencia popular analizadas y las adhesiones que suscitan no pueden comprenderse por fuera de dos lógicas que atraviesan hoy nuestra sociedad: una lógica de restauración democrático-institucional, con sus apelaciones a la acción social organizada y al fortalecimiento de los canales y mecanismos que garanticen la representación de los ciudadanos, y otra lógica que entroniza el mercado como dispositivo clave para la cohesión y reproducción del orden social y desde la cual se formulan apelaciones constantes a la eficacia y a la iniciativa individual y privada como garantías del progreso. Sin embargo, no nos basta reconocer la fuerza con que estas últimas apelaciones dominan el discurso público, ni la efectiva debilidad de los mediadores políticos para expresar y contener las demandas populares básicas, para explicar la adhesión de esos sectores a unas emisoras que se 9 Utilizamos la expresión de Roger Clause(Le journal et l‘actualité, Marabout, Paris 1967, p.253) pero podríamos haber utilizado cualquiera de las tantas categorías descriptivas con que la sociología de la comunicación se refirió a los públicos de los medios masivos. Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c ra ió m n e P d o i p á u ti l c a a r 231 ofrecen como intermediarias ante el poder y como eficaces dispositivos de ayuda. Sin menospreciar esos datos de la realidad nos preguntamos, por ejemplo, si las radios no se inscribieron antes—aun en coyunturas políticas diferentes— en la vida de los sectores populares y en su imaginario cultural, como espacios de acceso a zonas vedadas; si ellas no reprodujeron también antes la ilusión del intercambio entre iguales. En suma, se trataba de preguntas que cabían en una de naturaleza más global acerca de la experiencia cultural, del saber comunicativo específico que media hoy la recepción radiofónica popular, de las imágenes del medio y de sí mismos como receptores que operan en las actuales adhesiones y expectativas populares y cuya respuesta sólo podía ser resultado de una indagación histórico-cultural. Memorias de la recepción De ahí que iniciáramos una nueva etapa de trabajo enmarcada en la tercera dimensión señalada en un comienzo. Nos propusimos construir lo que llamamos“memorias populares de la recepción radiofónica”. Una historia escrita desde el consumo, desde esa peculiar experiencia cultural y su relación con otros órdenes de experiencias que no operan como dato utilizable sino como marca. Una memoria que, al decir de Jesús Martín-Barbero, no es la que “podemos usar, sino aquella otra de la que estamos hechos. Y que no tiene nada que ver con la nostalgia, pues su‘función’ en la vida de una colectividad no es hablar del pasado, sino dar continuidad al proceso de construcción permanente de la identidad colectiva”. 10 ¿Qué esperábamos de esa labor que aún estamos desarrollando? Recuperar esas marcas y rastrear, a partir de ahí, las redefiniciones y cambios en la esfera de la producción radiofónica, los modos con que una tecnología fue convirtiéndose en medio de comunicación y en parte de la cultura de los sectores populares urbanos, los modos con que unos sujetos fueron deviniendo receptores de ese medio y asumiendo esa condición como parte de su identidad. Esa perspectiva nos situaba de lleno en el campo de la historia oral. Una modalidad de indagación que nos prometía acceder a lo que buscábamos, no tanto unos“acontecimientos en sí mismos” sino sus“significados” para quienes los protagonizaron; no tanto“hechos” sino unas“representaciones mentales”. 11 Pero situarnos en ese campo—escasamente transitado en los 10 De los medios a las mediaciones , G. Gilli, México 1987, p. 200. 11 Tal como plantean lo aportado por la historia oral Alessandro Portelli en“Las peculiaridades 232 In-disciplinada estudios sobre comunicación y cultura masiva en nuestras latitudes— 12 nos imponía un tipo de reflexión que, como señala Joutard al referirse a la introducción de la encuesta oral en historia, no“es sólo discutir sobre metodología sino interrogar la evolución de las relaciones que nuestra sociedad mantiene con su pasado”. 13 El sentido de la reconstrucción cultural a partir de la memoria de unos ciertos sujetos, sus posibilidades y límites fue el núcleo de esa reflexión. En el campo de la historia oral se admite que las personas que relatan sus experiencias o dan testimonios de ciertos hechos no son las mismas que vivieron lo relatado, no sólo por una simple cuestión de edad sino porque, como indica Portelli, pueden haberse producido cambios“en la conciencia subjetiva personal así como en la posición social y en la condición económica que pueden inducir modificaciones afectando al menos el juicio sobre los acontecimientos y la‘coloración’ de la historia”. 14 El análisis de la consistencia interna de cada testimonio, su cruce con otros y la confrontación con fuentes escritas son algunos de los procedimientos indicados por diversos historiadores para hacer frente a esa posibilidad, si bien el mismo desarrollo de la disciplina ha demostrado que los informantes son capaces de reconstruir “sus actitudes pasadas aun cuando ya no coinciden con las presentes”. 15 Nuestro caso presentaba cierta peculiaridad: la experiencia de consumo radiofónico no ha sido inmodificable a través del tiempo y se trata de una experiencia no acabada. Es decir, además de contar con la posible modificación de los informantes, la materia misma de nuestra historia era cambiante y actual. La radio sigue operando hoy, productivamente, en la constitución de sus receptores. En consecuencia, no hay memoria posible sobre el medio que no contenga también el presente, que no esté marcada por él. Esas consideraciones resultaron sustanciales a la hora de procesar de la historia oral” en Memoria, historia y sujeto popular , ECO, Santiago de Chile 1987, p.39 y Philippe Joutard en Esas voces que nos llegan del pasado , FCE, México 1983, p. 316, respectivamente. 12 Tampoco conocemos muchos trabajos de esta índole realizados en otros países. Para el caso de la radio, los más significativos son, a mi juicio, los de Shaun Moores,“The box on the dresser: memories of early radio and everyday life”, aparecido en 1988 casi al mismo tiempo en que comencé esta etapa de la indagación, en Media, Culture& Society Vol.10 N° 1, Sage, Londres, y el de Scannel y Cardiff:“Serving the public: public service broadcasting before the war” en Waites y otros, Popular culture: Past and Present, Croom Helm, Londres 1982. 13 Op.cit., p. 9. 14 Op.cit., p. 42. 15 Ídem. Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c ra ió m n e P d o i p á u ti l c a a r 233 los testimonios recogidos, pero también al determinar quiénes serían los informantes de nuestras memorias. Las posibles fuentes eran todos los oyentes populares, ya que no podíamos acotar la experiencia a un momento definido. Algunos criterios establecidos en el campo de la historia oral—calidad de la experiencia del informante y calidad del discurso— nos planteaban un problema serio: ¿cómo definir quién fue un buen oyente?, ¿cómo garantizar de antemano que un sujeto podría comunicarnos su experiencia? Las sugerencias de Thompson en el sentido de escoger personas representativas de un sector social amplio 16 tampoco resolvía el problema: ¿a qué representatividad podíamos referir nuestra elección? Los sujetos entrevistados ¿debían ser representativos de los radiómanos?, ¿de un subgrupo laboral, los obreros, por ejemplo? ¿de un subgrupo poblacional? Cualquiera de estas representatividades no era tal. Se trataba de reconstruir una historia tan larga como larga fuera la experiencia de oyente de cada quien. Los sujetos ¿no habrían variado sus empleos?, ¿no se habrían mudado?, ¿en qué período de sus vidas anclábamos para efectuar la selección? Tratamos que los criterios adoptados fueran congruentes con nuestra perspectiva de reconstrucción. Si ser receptor es asumir como propia una determinada modalidad de interacción simbólica, entrevistaríamos a personas que se reconocieran como oyentes y manifestaran recordar su experiencia como tales. Los entrevistados cubrirían una franja etaria comprendida entre los 72 y los 23 años para poder contar con sujetos iniciados como oyentes en las sucesivas décadas a partir de los años 20, momento de aparición de las primeras radios locales. Por último, ellos debían reflejar una variedad de experiencias socioculturales similar a la existente a nivel popular urbano en lo que respecta a lugares de asentamiento, tipos de ocupación, procesos migratorios, prácticas sociales y políticas desarrolladas. De este modo, y sin otorgar a esas variaciones la condición de variables, estimamos que podríamos acercarnos a una más amplia representación de lo real. Otra cuestión que debíamos resolver fue el tipo de entrevistas a realizar. Si lo que perseguíamos era recuperar la experiencia de los entrevistados como oyentes, lo sustancial era motivarlos para que la recordasen sin mayor orientación de nuestra parte en lo que correspondía a emisoras y hábitos, sin que deliberadamente insinuáramos relaciones entre la esfera del consumo radiofónico y otras esferas de su vida. Ello no negaba 16 “La historia oral y el historiador” en Debates N° 10, Valencia 1984, p. 54.Portelli, cit., p. 43. 234 In-disciplinada nuestra participación en la construcción de las historias ya que, contra toda tentación romántico-populista, consideramos que“el contenido de la fuente oral depende en su mayor parte de lo que el entrevistador ponga en él en términos de preguntas, estímulos, diálogos…”. 17 Pero debíamos limitarnos a motivar a los entrevistados para que, a partir del curso que tomara el relato, bucearan en su experiencia de oyentes sin imponerles orientaciones de naturaleza temática. De ahí que optásemos por realizar entrevistas no dirigidas, adecuadas para abordar el conocimiento de“los sistemas de valores, normas, representaciones y símbolos propios de una cultura o subcultura” en tanto son capaces de“provocar de tal modo las producciones verbales de los individuos como para constituir informaciones sintomáticas”, reveladoras al mismo tiempo de su cultura“y de ciertos mecanismos que presiden su constitución”. 18 En ese sentido, recogimos y analizamos los testimonios teniendo en cuenta que además de los datos referidos al consumo radiofónico en sí, lo poco o mucho que se recordara, la intensidad del recuerdo, la puesta en relación o no de la radio con la vida de cada quien, las idas y venidas entre ella y otros modos de entretenerse e informarse o la ausencia de ese nexo eran— para dar algunos ejemplos— datos claves de las memorias a reconstruir. Ellas también están hechas de olvido, de vacíos significativos, de lo no dicho. Y también están hechas de fallas, de errores, esos datos que, según Joutard, los historiadores positivistas enseñaron a distinguir de lo“verdadero”—lo real conocido a través de pruebas documentales— y a desechar, y que para la historia oral serán signos, síntomas, símbolos, materia sustancial. 19 Los testimonios grabados, recogidos en varias sesiones de entrevista con cada informante 20 , fueron transcriptos textualmente y, en los casos que 17 Portelli, cit., p. 43. 18 Cfr. Guy Michelat,“Sobre a utilizacao da entrevista nao-diretiva en sociologia” en Michel Thiollent, Critica metodologica, Investigacao Social e Enquete Operária , Polis, Sao Paulo 1980, pp. 192-195. 19 Op.cit, pp 225 a 373. En el mismo sentido, Portelli afirmará que no existen fuentes orales falsas:“La importancia del testimonio oral puede frecuentemente consistir no en su adherencia a hechos sino, por el contrario, en su divergencia de ellos, en donde ingresan la imaginación, el simbolismo, el deseo”., op. cit., p.40. 20 Entrevistamos a 30 personas de ambos sexos y diversas edades y ocupaciones según antes indicamos. Accedimos a ellas a través de contactos personales e institucionales que garantizaron un aceptable nivel de confianza hacia nosotros y su disponibilidad para cooperar en la investigación. El número de entrevistados es, ciertamente, limitado. Esa limitación — imposible de superar en un trabajo de carácter individual — se relativiza por tratarse de una perspectiva de indagación cualitativa pero además, por la homogeneidad de los resultados obtenidos en una muestra de individuos deliberadamente heterogénea. Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c ra ió m n e P d o i p á u ti l c a a r 235 resultaba necesario, organizados cronológicamente. Un primer análisis particular y global de las entrevistas nos permitió establecer su consistencia y la elaboración de categorías temáticas derivadas de nuestras hipótesis y objetivos de trabajo, así como de ciertos aspectos que, por su constancia en los diversos testimonios, se revelaban como de especial significación. Esas categorías nos permitieron, finalmente, encontrar normalidades y variaciones, hacer dialogar a los entrevistados entre sí y establecer, a partir de los cambios registrados en las experiencias populares, los momentos o etapas de las radios que pueden considerarse como innovaciones significativas. Ellas, como señala Williams con respecto a las innovaciones culturales en general, “pueden no sólo ser compatibles con un orden social y cultural heredado; pueden también en el propio proceso de modificación del mismo ser las condiciones necesarias para su reproducción”. 21 En consecuencia, constituyen datos de especial relevancia para dar cuenta, tal como nos lo proponíamos, del modo en que la radio ingresó y se fue haciendo parte de la cultura de los sectores populares urbanos en un proceso de constantes redefiniciones. Las memorias que elaboramos están a mitad de camino: actualmente trabajamos en la reconstrucción de las modalidades de producción radiofónica que están en la base de la experiencia de los oyentes y su puesta en relación con el cambiante orden social del que formaron y forman parte. Sin embargo, brindan ya suficientes elementos para comprender la inscripción de la radio en la vida cotidiana de los sectores populares urbanos de Córdoba y el sentido que adquirieron. No podríamos, en este artículo, dar cuenta de ellas globalmente. Por lo tanto, nos detendremos en algunos de esos elementos que nos parecen de especial significación desde nuestra perspectiva de trabajo. Medio del ascenso y el acceso La memoria que los oyentes populares tienen de la radio y su relación con ella constituye, desde nuestra perspectiva, el lugar imaginario desde el cual se la escucha y desde el cual puede y debe interrogarse su capacidad interlocutoria con el mundo popular. Y si algo emerge con fuerza significativa de los testimonios recogidos es la asociación del medio con la idea de ascenso social, dignificación e igualdad. Una asociación que como trataremos de plantear—aun fragmentariamente— adquiere diversos sentidos. 21 Op. cit., p.187. 236 In-disciplinada * Un primer sentido se inscribe en la esfera del consumo material A los oyentes de mayor edad, que ubican el comienzo de su experiencia radiofónica en la década del 30 y principios de los 40, la invitación a recordarla hace ingresar en el relato unos aparatos nombrados como instrumentos fascinantes, capaces de conectarlos con voces y espacios lejanos. Cierto tono un tanto despectivo en la caracterización de los radio-receptores, ciertos comentarios jocosos, son los recursos con que discursivamente se trata de hacer excusable aquella primera fascinación ante la irrupción tecnológica o el orgullo de haber podido apropiarse de ella. Según los entrevistados, poseer por aquellos años un aparato de radio era un lujo, similar al que representaron primero los fonógrafos y luego las vitrolas, que marcaba la diferencia con quienes los poseían sin mayor esfuerzo: “En esa época(mediados de la década del 40) el que tenía una radio era gente que podía, porque así nomás no se podía tener una radio en la casa... Era una novedad. Mire si no lo que siempre cuenta mi marido: en la casa de mi suegro había once chicos y al lado de ellos vivían unos alemanes que tenían radio. Entonces los chicos ponían el oído en la pared para poder escuchar algo. A mi suegro le daba lástima verlos así que hizo un esfuerzo para poder comprarles una radio. Entonces, cuando llegaba la hora del mate, más o menos a las 6 o 7 de la tarde, todos se reunían alrededor para escuchar las novelas”(Gladys, 53 años). El esfuerzo por acceder al aparato de radio es un dato constante en las entrevistas a personas mayores de 40 años y remite a necesidades básicas de mantenerse, trabajar para poder estudiar, mudarse a una casa más grande, instalar la luz eléctrica o establecerse en zonas de la ciudad que contaran con ese servicio. Necesidades que al irse satisfaciendo permiten acceder a la esfera del consumo radiofónico permanente. Ningún entrevistado trabajó “para comprarse una radio” o puso la luz“para escucharla”. Sin embargo, la posesión del primer aparato(o de la primera“portátil”) asociada al trabajo y la mejoría material, es vivida hasta hoy como índice de un ascenso: “Me empecé a interesar por la radio allá por el año 50 porque recién entonces nos cambiamos acá, donde ya teníamos luz eléctrica. Antes vivíamos en Colonia Lola y allá no había ni luz ni agua y como las radios de batería no resultaban mucho, allá nadie oía. Pero acá era distinto y ya nos interesamos. Compramos la primera radio Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c ra ió m n e P d o i p á u ti l c a a r 237 en 1952 ¡Fue todo un acontecimiento! Saber que ya podía oír en casa lo que más me gustaba: la música característica, el tango, las novelas...”(Lucila, 60 Años). “Yo empecé a escuchar radio allá por el 46. Tenía cerca de 13 años. Escuchaba la radio de los vecinos porque nosotros no teníamos. Era muy difícil tener una radio. A mí me gustaba el deporte y me iba a los clubes donde ponían un parlante y trasmitían los partidos... En el 48, cuando comencé a trabajar, ya me compré una radio a batería. La compré exclusivamente para escuchar el fútbol los domingos. En esa época yo vivía con mi papá y mi mamá, mis hermanos y unos sobrinos. Vivíamos en un conventillo todos juntos. Pero en el 54, más o menos, cuando ya era cadete y ascensorista del Hotel Crillón, ya pude alquilar en el mismo sitio un departamento más cómodo que eran todas piezas chiquitas y tenía una radio para mí sólo porque le supe comprar una radio a mi mamá de las primeras que salieron a transistores...”(Protacio, 56 años). Esos y otros varios testimonios similares marcan el lugar desde donde la radio ingresó a la experiencia popular: gustos y aficiones preexistentes. También aluden a los espacios que precedieron el consumo hogareño e individual; los clubes, algunos bares y confiterías provistos de parlantes, las casas de vecinos y parientes fueron, para buen número de entrevistados, el lugar inicial de escucha. Espacios en los cuales al compartir aquel lujo que era la radio, se reproducían y recreaban unas ciertas formas de sociabilidad popular. Así, mientras en otras realidades la radio pareciera haber contribuido al retraimiento de los sectores populares al ámbito privado—Scannel y Cardiff en el trabajo citado insisten en el papel jugado por la radiodifusión inglesa de los años 30 que hizo del hogar una suerte de refugio en el cual sustraerse de las presiones de la vida urbana— en nuestro medio la radio abrió las puertas de los hogares privilegiados del sector hacia el vecindario y potenció ciertos espacios de nucleamiento ya tradicionales. El ascenso económico de los sectores populares y los avances tecnológicos que produjeron un progresivo abaratamiento de los receptores hicieron que ellos perdieran su carácter lujoso contribuyendo a su uso individual. Sin embargo, esa inscripción primera de la radio en un territorio también naciente—el barrio popular y sus lugares comunes— pareciera marcarla significativamente: las radios siguen escuchándose hoy en espacios abiertos, lugares de encuentro y recreación, comercios y parlantes. Las interpelaciones que formulan a los sectores populares como“vecinos” se 238 In-disciplinada construyen también desde su reconocimiento como medio que encontró y encuentra la posibilidad de una audiencia territorial ampliada y común. * El segundo sentido está relacionado con el acceso al consumo cultural El recuerdo de los programas escuchados por los entrevistados permite reconstruir el consumo predominante en diferentes épocas y, a través de él, acercarnos a la formación de los gustos populares. Ellos y los hábitos de escucha permiten percibir el modo en que la radio fue definiéndose como medio y la manera en que esa definición marca culturalmente a los sectores populares. La década del 30 fue la década de las Cadenas Nacionales y ellas, en los recuerdos, son básicamente los radioteatros y las audiciones de tango. Es una etapa en la que predominó una audición acotada y no ocasional de la radio, concentrada en horarios nocturnos, integrando alrededor de la mesa y el aparato receptor a todo el grupo familiar, por encima de las diferencias de sexo y edad. Más que de gustos homogéneos satisfechos por igual, se trata de una etapa de formación del gusto radiofónico, de una limitada oferta inicial que operaba exitosamente gracias a la atracción provocada por el medio mismo y en tanto sus primeros productos—la música y los relatos— ya eran vividos colectivamente como formas de distracción. 22 La radio convoca a sus oyentes como medio de entretenimiento y provocará una redefinición de esa noción a nivel popular. En un proceso de creciente tecnologización e industrialización que no se detendrá y que impone a los recuerdos de aquella época un sesgo particular, la radio será sustancializada como medio de distracción. Al narrar sus años de infancia en un pequeño pueblo de la zona serrana, una entrevistada rememora cómo las familias se reunían para compartir paseos y juegos; sin embargo, en otro momento de su relato y en relación con la misma época, manifiesta: “La radio era lo único que nos entretenía porque para colmo vivíamos en esos pueblitos lejos, donde no hay nada”(Ana, 37 años). Los casos se repiten. Otro entrevistado habla de sus correrías de muchacho, de sus amigos y partidos de fútbol, de sus escapadas al río; el lugar de la radio será el mismo: 22 No sólo porque la asistencia a bailes amenizados con orquestas o a los circos ya formaba parte del repertorio de oportunidades culturales de los sectores populares sino, en un sentido más genérico, porque la música y los relatos son parte de la tradición oral constitutiva de la expresividad popular. Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c ra ió m n e P d o i p á u ti l c a a r 239 “En esa época(1946) nosotros vivíamos muy modestamente. No me avergüenza decir que vivíamos en un conventillo. Teníamos una piecita y nos consolábamos con lo único que teníamos: una radiecito”(Juan, 57 años). Aun motivadas en distintas circunstancias, esas afirmaciones que identifican el entretenimiento con el consumo de la radio incluyen invariablemente expresiones que indican su exclusividad(lo“único”) y su valor simbólico, afectivo, compensatorio de otras carencias(“consuelo”,“nuestra alegría”, etc.). Al instalarse con ese sentido en el espacio doméstico, la radio instala en la cultura de los sectores populares con la fuerza—que no habían logrado hacerlo los medios escritos o el cine— el consumo de bienes destinados al tiempo libre y una estrecha relación entre el entretenimiento y los artefactos técnicos. Así, la cultura popular ya no podrá pensarse al margen de la industria cultural porque, como varios testimonios lo revelan, acceder a ella, usufructuar los bienes ofrecidos en ese nuevo mercado, se va volviendo una necesidad que se incorpora al campo de las necesidades socialmente reconocidas y cuya satisfacción—como ocurre con las restantes— modelará comportamientos, creará conflictos, y se inscribirá en el modo global de reproducción de la vida familiar. Necesidad compensatoria, la radio representa desde entonces goce, alegría, el“gusto que uno puede darse”, la“vitrolita mía”, como todavía hoy llama a su aparato un entrevistado relativamente joven, un ex obrero metalúrgico de 51 años que rememoraba cómo en la década del 60, caracterizada en Córdoba por un notable ascenso de las luchas obreras, sus compañeros de trabajo también combatían las disposiciones patronales que impedían oír la radio en la fábrica y burlaban la disciplina interna para hacerlo. * El tercero se asocia con el acceso al saber Lentamente, la imagen de la radio que congrega a la familia va desdibujándose en los recuerdos; las emisoras se vuelven“cordobesas”, se multiplica la oferta y el consumo se vuelve descentrado y heterogéneo. Recién en la década del 60 los recuerdos aluden a la información y habrá que esperar a la década del 70 para que la memoria de los entrevistados registre las noticias como algo característico, propio del medio. Sin embargo, la información se incorporó en las programaciones poco después de que las primeras emisoras locales (LV2 y LV3) iniciaran sus transmisiones y en los primeros años de la década del 40 ya existían espacios informativos fijos. Esos datos pueden llevar a pensar que los entrevistados poco se interesaban en lo que ocurría o que 240 In-disciplinada apelaban a otras fuentes para conocerlo; puede aducirse que eran muy jóvenes... La memoria trabaja desde el presente. Por ello, tal vez, difícilmente los entrevistados puedan reconocer información—a la manera de hoy— en las radios de ayer y son otras las huellas que debemos seguir para encontrar en aquella experiencia comunicativa los rastros de un proceso: el modo en que la información—la transmisión de noticias y comentarios sobre lo que pasa, como se la define genéricamente a nivel popular— fue abriéndose camino a través del entretenimiento para ser una necesidad. La huella que seguimos es la del“saber” que los entrevistados consiguieron a partir de su calidad de oyentes. Hay un saber proporcionado por la radio fácilmente equiparable a lo que actualmente se reconoce como información: la radio funcionó como medio de confirmación de sucesos impactantes(como la muerte de Gardel o las sucesivas”revoluciones” que se produjeron en la vida político-institucional argentina). Pero hay otro saber más permanente al que ellas permitieron acceder y que no podemos asociar a las”noticias”. Las radios dieron a conocer las letras de los tangos, los nombres de quienes integraban las orquestas admiradas, respuestas sobre variados temas en programas de concursos, los cuentos que mandaban los oyentes, los“temas diarios del hogar que pasaban en Los Pérez García” 23 , las historias de pueblos y clubes de barrio, lo que pasaba en el box y el fútbol,“inventos y cosas de la historia” divulgados por algunos memoriosos conductores de programas... Un saber difícilmente distinguible del entretenimiento que les vale hasta hoy el calificativo de“instructivas”. Ese saber fue el modo originario de enterarse a través de la radio menos de lo que sucedía y más de lo que se era porque, a no dudarlo, todas las temáticas aludidas remiten a espacios, productos y prácticas constitutivos de “lo argentino”(con su hogar clase media incluido como horizonte, con sus arrabales y sus campos) y de“lo cordobés”(pueblos, barrios, los datos de la historia costumbrista local). Un saber que representaba, para los sectores populares, el acceso a una«cultura de slogans» y en coincidencia con la extensión de la obligatoriedad de la enseñanza pública, el ascenso a través de la ilustración, su integración a un horizonte nacional. 24 23 Radioteatro de gran audiencia durante la década del 50 que propone el ideal de vida de la clase media asalariada argentina. 24 Al respecto cfr. Martín-Barbero, op. cit., p.212. Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c ra ió m n e P d o i p á u ti l c a a r 241 Fruto de su competitiva redefinición con la televisión, la radio comenzará a modificar sus contenidos y su manera de inscribirse en la vida de los oyentes. El pasaje fue progresivo pero, en general y salvo quienes desde su militancia gremial o política valoran el papel informativo que cumplió una de las emisoras locales en la década del 60, el reconocimiento de las radios como proveedoras de un saber utilitario es reciente: “Nunca me ha pasado como ahora. Antes la radio era un motivo de distracción, ahora es como una necesidad porque hay que vivir pendiente de que si pagan o no pagan, que si hay paros o no hay. Y no siempre usted tiene para comprar el diario y tiene que estar pendiente de la radio para saber lo que pasa”(Lucila). La radio-necesidad, en sentido informativo, es un invento moderno: expresa las crecientes complejidades de la vida urbana con sus ómnibus que cambian de recorridos y sus cortes de servicios; con penosas situaciones económicas que tornan útiles las indicaciones sobre precios convenientes y fechas de pago, sobre planes estatales y despidos; con multiplicadas organizaciones sectoriales que se comunican a través de las radios con sus representados. Pero también es moderno como nueva racionalidad que hace de la información el instrumento de un saber que ilusoriamente transparenta el mundo del poder de cuyas decisiones se depende. Y es moderno en términos de agenda comunicativa: única posibilidad de no “quedar al margen” de lo que ocurre; de esa realidad cada vez más fabricada en los medios y de la cual depende toda posible legitimación social. Sin embargo, y aunque hoy todos los entrevistados reconocen escuchar la radio para saber lo que pasa, nadie menciona entre los programas o conductores preferidos a los noticieros o periodistas. Con excepción de los espacios o profesionales dedicados al deporte, los que se nombran son los programas ómnibus que integran la música, las noticias, los comentarios y entretenimientos a través de una nueva figura radiofónica: el conductor. Este personaje permite saber como antes—como aquellos locutores que “enseñaban”— e informarse como ahora, aunando profesionalismo y cercanía y haciendo visibles, más que nadie en los medios masivos de hoy, las carencias, necesidades y esfuerzos populares a través de los servicios de índole práctica y social que se brindan en los programas. Tras las demandas que se formulan hoy a esos conductores—que sepan, que eduquen, que ayuden—, una modalidad anterior de mediación atraviesa la nueva racionalidad informativa y desde las emisoras avanzará sobre numerosos noticieros televisivos que se abren a las demandas y reclamos populares y a 242 In-disciplinada una suerte de miscelánea o cambalache en la que puede reconocerse aquel modo popular de obtener el saber a través de la radio. * Un cuarto sentido en que la radio se asocia a nivel popular con un imaginario de dignificación es particularmente visible en el mundo femenino “Cuando compré la radio(1948) ya empecé a escuchar música. Me gustaba mucho el tango, música ciudadana. En esa época había poca música moderna y casi no había cuartetos... A la noche también sabía escuchar novelas. No recuerdo los nombres de las novelas pero yo las escuchaba porque mi madre era la que estaba al lado de la radio y yo venía tarde y ya me prendía también” (Protacio). “La radio estaba en la cocina, donde más estaba mi mamá. Ella decidía lo que se escuchaba porque mi papá estaba poco en la casa y cuando venía ya era muy tarde, ya era a poner silencio a todos porque era la hora de ir a dormir” (Ana). Si desde el comienzo la radio dibuja el hogar como ámbito de recepción y la familia como oyente, numerosos testimonios como los transcriptos recortan la figura de la madre con bastante precisión. La asociación mayoritaria del encendido de la radio y la elección de programas con la figura materna—típica de los recuerdos de infancia y adolescencia— es transferida temporalmente y reaparece en los roles cumplidos en la edad adulta por hombres y mujeres. Ellas reconocen casi invariablemente su poder decisorio con relación a los maridos e hijos: “Desde que me casé y hasta ahora es cuando más escucho la radio. Yo digo que si me falta la radio, me falta todo. A veces mi marido me deja lo justo para comer, pero yo las pilas de la radio siempre las compro. Aunque le cambie dos y siga andando con las otras dos viejas”(Griselda). La mujer madre no tuvo que ganar su derecho a escuchar lo que quiere o a determinar las horas de encendido del aparato. Parece un derecho casi natural, derivado de la adscripción femenina al ámbito doméstico. La Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c ra ió m n e P d o i p á u ti l c a a r 243 dirección del consumo radiofónico familiar—su orientación a partir del propio consumo— aparece así como resultante del cumplimiento de unos deberes impuestos socialmente y convierte a la radio en medio compensador de esas tareas sin remuneraciones materiales. La radio-diversión o la radio-compañía son, como lo definirá una entrevistada, “el otro yo” que rompe el marco estrecho de las cuatro paredes, una puerta de salida de ese ámbito y de acceso al terreno público. En un estudio muy temprano realizado por Jennings y Gill para la BBC de Londres se indica que antes de la instalación de la radio la madre“quedaba fuera” de los temas a los que accedían el marido o los hijos en el trabajo, en la escuela, el campo de deportes. En ese sentido, los autores señalan que“la radiodifusión tuvo especial importancia para la madre como nueva fuente de intereses comunes con otros miembros del hogar. En ese terreno ella no está sólo en un pie de igualdad con su marido y sus hijos, sino que los aventaja porque tiene más oportunidades de escuchar la radio”. 25 El medio deviene agente socializador para las mujeres. Sin embargo, en nuestro caso, sólo recientemente ellas le atribuyen ese papel, como si viniera de la mano de su modernización en términos informativos. Esa nueva radio es vivida como agente educativo en tanto provee modelos de comportamiento y contenidos que exceden el terreno de lo doméstico: “La radio es una compañía. La escucho para saber la hora y estar informada de lo que pasa. A veces uno las noticias feas no las quiere escuchar, pero es lindo para alertarle a los chicos. A veces uno escucha que le ha pasado algo a una criatura y yo les digo y les hago ver. Por desobedecer muchas veces pasan las cosas... Y también escucho la radio porque mi marido está trabajando y viene y yo le comento“¿escuchaste tal y tal cosa?” y dice“no”, y bueno, así uno también tiene temas de qué hablar cuando viene el marido. Muchas veces no tenemos más que la rutina de todos los días y eso nos saca un poco de eso”(Griselda). Si para las madres la radio proveyó inicialmente compensaciones y brinda hoy utilidades de naturaleza instrumental y simbólica—el saber y la compañía—, para las adolescentes y jovencitas fue capaz, hasta entrada la década del 60, de brindar un espacio de libertad frente a las restricciones impuestas por los padres para el entretenimiento independiente, es decir, fuera de su casa y sin tutela de los mayores: 25 Citado por Shaun Moores, op. cit., p.35. 244 In-disciplinada “Cuando era adolescente me acuerdo más... En el 65, más o menos, recuerdo un programa de Radio Universidad, Música y Goles, que conducía Darío Martel. Los domingos ese era el entretenimiento nuestro porque nuestro papá era muy estricto, muy a la antigua y ahí pasaban todo tipo de música y deportes. Como mi papá no nos dejaba salir a pasear, a bailar, yo desahogaba todo eso escuchando mi única compañía, la radio, y ahora la sigo necesitando”(Catalina, 39 años). Cuando ese tipo de situación se prolonga en el tiempo y las prohibiciones —aún implícitas— provienen del marido o del propio rol que la mujer se impone, la radio cumple un papel similar: sustituye otras formas de diversión a las que permite acceder sin provocar conflictos. Con la apertura de los auditorios y las transmisiones en vivo—típicos de las décadas del 40 y 50— la radio brindaría también a las mujeres la posibilidad de acceder desde lo familiar, desde los géneros consumidos en el espacio doméstico, al mundo del espectáculo. Y fue también la radio la que les brindó, de manera gratuita y sin abandonar sus cotidianas obligaciones, lo que el cine y ciertas revistas también proveían pero a cambio de dinero, una regular capacidad de lectura y cierto tiempo libre de los que carecían: unas historias en las cuales nutrir su afectividad, internarse en vidas azarosas y aventuras felices, imaginar su propia vida, reconocer lo malo y lo bueno, las transgresiones y la sanción, el ideal, lo deseable para ellas, sus hombres, y su familia. El radioteatro no fue, por cierto, un género de consumo estrictamente femenino; sin embargo, las memorias elaboradas permiten afirmar—aunque aquí no nos detengamos en ello porque el radioteatro merece un capítulo aparte— que marcó un peculiar tipo de relación femenina con la radio que hasta hoy está inscripto de manera residual en el consumo radiofónico. 26 Se trata de una implicación afectiva no sólo a nivel argumental sino a nivel actoral. Las voces que cotidianamente entraban en los hogares desgranando dolores y alegrías eran personajes doblemente presentes: en la ficción y en la realidad. El radioteatro representado en diversos escenarios de la ciudad y pueblos del interior de la provincia permitió“tocar los sueños con las manos”. Esas giras que aseguraban y estimulaban el consumo radiofónico sirvieron para que el público femenino exteriorizara un afecto correspondido por los 26 Siguiendo a Williams, estamos proponiendo aplicar las categorías residual, dominante y emergente no sólo al modo de producir y a los productos culturales sino también al modo de consumirlos. Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c ra ió m n e P d o i p á u ti l c a a r 245 actores que ilusoriamente liquidaban las distancias y abrían para las mujeres populares la puerta al mundo vedado de los grandes: “Ellos(los artistas) estaban en la puerta cuando el público iba entrando, no se disparaban. Al contrario, dialogaban con nosotros y nosotros los aplaudíamos a rabiar porque ellos no eran mezquinos, estaban con nosotros... Íbamos a encontrarnos con ellos y eran tan gentiles con el público que fuera como usted fuera vestida, no tenían distinción, como desgraciadamente sucede ahora con ciertos artistas que están en la cumbre...”(Lucila). El radioteatro, más allá de otras consideraciones, está así en la base de la relación personalizada—gentil, solidaria, atenta— que especialmente las mujeres demandan a los actuales conductores de programas, esas nuevas estrellas radiofónicas que ya no hacen soñar pero a quienes también mayoritariamente las mujeres recurren ahora para satisfacer necesidades inmediatas o tratando de comunicar sus problemas y acciones comunitarias. Entre lo propio y lo ajeno(tradición y modernidad) Las memorias de la radio que elaboramos dejan ver algunos rastros de la heterogeneidad y conflictividad del mundo popular y de la sociedad en general: la subordinación femenina, diferencias económicas, distancias generacionales. Pero son trazos débiles; apenas los que admite la cultura masiva para construirse con“radical ambigüedad” y garantizar sus propuestas universales. 27 Las diferencias que descubre el discurso popular sobre la radio encuentran en el propio medio un espacio muelle donde sin desaparecer, y al desplegarse, van perdiendo su dimensión conflictiva. La música, el componente más permanente de las programaciones radiofónicas constituye en ese sentido un campo particularmente revelador. Rememorando las emisiones de las primeras décadas radiales(años 30 y 40), los entrevistados califican genéricamente a la música difundida como “propia” y“común”: “...esas canciones(escuchadas en la radio y publicadas en Cancioneros) eran de todos porque en ese entonces(1939-1943) no había lo moderno, era todo común”(Antonio, 60 años). “Las radios de ahora ya no son como las de antes. Yo, cuando me compré la última radio, quería que fuera FM ¿Pero qué pasa? Usted 27 Según lo plantea Franco Rositi en Historia y Teoría de la Cultura de Masas , G. Gilli, Barcelona 1980, p.41. 246 In-disciplinada pone una FM y lo único que hay es música yanki, de esos rockeros. O sea que si usted quiere escuchar una música melódica o un tango, o una música clásica de esa medio barata que nosotros, el pobrerío, podemos entender, no pasa nada. Pero los chicos están en esas FM y dicen que son fantásticas”(Walter, 51 años). “Nosotros escuchábamos las orquestas típicas. Estaba la de Julio Ceballos con un cantante que ya falleció, Jorge Montes, de lo mejor que había acá en Pueblo Güemes. Vivía en Bolívar y Achával Rodríguez. En la calle Fructuoso Rivera había un baile que se llamaba Güemes Central. Ahora ya desapareció, pero ahí se armaban bailes y Ceballos y otros músicos iban a tocar. En ese tiempo(1942) recién asomaban las orquestas de Lorenzo Barbero y Mateo Colino. Eso escuchábamos en LV2, música nuestra”(Pedro). En esos y muchos testimonios más, el uso del plural no alude—como en otros tramos de las entrevistas— a la familia. Nosotros es, en un caso,«el pobrerío». En los otros, unos sujetos colectivos que en función del contexto discursivo se definen como cordobeses. La música es así campo de identificación, de reconocimiento en producciones locales, nacionales o internacionales que fueron la oferta musical de las propias radios desde la década del 30 y hasta comienzos de los 60. Lo propio, como se advierte, no es sólo el producto autóctono en sentido vernacular y tampoco se ciñe a unos géneros musicales. El mestizaje cultural—aquella cultura aluvial de la que hablara José Luis Romero— 28 será la base para un nuevo mestizaje entre la música hecha y cantada por la gente en sus lugares de origen provincianos, la música gozada y bailada en fiestas y clubes, la música que remite a los orígenes familiares extranjeros. La radio rescatará esa variedad musical producto de diversas experiencias y las convertirá en bienes mediados por músicos y cantantes que, antes que por el disco, se hicieron ídolos en los micrófonos de los bailes, de las radios y sus auditorios. 29 Las primeras emisiones radiales fueron un hecho innovador y, por ende, moderno. Sin embargo, ellas fueron las que produjeron lo que hoy, desde el presente, se nombra en los testimonios como lo musicalmente tradicional y propio. Pero el mismo medio constituirá una cultura ajena. Campo de identificación y reconocimiento la música es, necesariamente, espacio de 28 “Las ideologías de la cultura nacional y otros ensayos”, Col. Capítulo, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires 1982, pp.66-70. 29 Lo anterior es válido para la música de cuartetos(típica de la ciudad de Córdoba y hoy de difusión nacional). Pero también lo fue para el tango según lo cuenta Edmundo Rivero en sus memorias: Una luz de Almacén , Emecé, Buenos Aires 1982. Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c ra ió m n e P d o i p á u ti l c a a r 247 distinciones y exclusiones, el ámbito donde se manifestarán los conflictos generacionales, la materia con que se moldean discriminaciones sociales. Hasta la década del 60, las tres emisoras locales que trasmiten en AM y las cadenas de las que formaron parte son diferenciadas entre sí sólo por el mayor o menor gusto que suscitan unos programas y artistas particulares. Eran parte de un mismo campo en construcción y disputa. En los años 60, a partir de la existencia de la televisión y la notoria influencia de la industria discográfica e internacional, la competencia se entablará no sólo a partir de la calidad, sino de una distinción de la oferta. “A mí, como era jovencita, me gustaba escuchar los temas musicales modernos, pero la LV2 era más popular. Ahí empezaban a surgir Berna, Carlitos Rolán con la Leo, entonces yo prefería LW1 porque pasaban cosas más modernas. Ahora, en cambio, me gusta el cuarteto... A mi hijo, el más grande, le gustan las FM. Es lo mismo que cuando yo tenía 16 años y oía LW1”(Catalina). Los campos se dividen y, en esa división, lo“nuestro” comienza a ser nombrado como”popular” porque también con esa categoría comenzaron a identificarse, a denominarse a sí mismas, las emisoras que con más énfasis asumieron su propia continuidad musical en una clara estrategia de diferenciación de los públicos para mantener e incrementar el consumo. De ahí en más lo“popular-nuestro” se opone a lo“moderno-extranjeroporteño”. Y lo nuestro es el cuarteto, producto típico sin dudas, que primero se afianzó en los pequeños pueblos de la zona rural recogiendo tradiciones de inmigrantes, que se hizo urbano en bailes de la periferia para llegar recién después de su ingreso al centro de la ciudad y de dos décadas con altibajos de difusión en los medios masivos, a ser la única música que distingue socialmente a las emisoras, la que en este campo las constituye como populares o no. Pero el espacio radial promete nuevas distinciones y construcciones. El cuarteto comienza a convivir con él, contradictoriamente con“lo moderno”, eso que tal vez mañana sea nombrado como lo propio, entre otras cosas por obra y gracia de las radios: “Yo también escucho la música joven de la FM 88.5 porque ya me han contagiado mis hijas. Me gustan los cuartetos—que también es cultura— y también me gusta la música cheta”(Argentino). 248 In-disciplinada Significativamente, la música“cheta” 30 , la de los otros—que casi compulsivamente lleva a rescatar para el cuarteto su condición de ”cultura”— es escuchada a través de unas de las nuevas radios locales—FM no autorizadas— que recortan audiencias y que, a su modo, expresan otras fragmentaciones de la sociedad; en este caso, la existencia de los jóvenes que buscan modos expresivos y propuestas identificatorias más allá de estrictos límites de pertenencia a un sector social. 31 La programación musical de las emisoras emerge así, en estas memorias, como el espacio en que se vuelve más visible el efecto integrador de la cultura masiva desde el campo del consumo. Ese campo vivido desde los sectores populares urbanos de Córdoba como vía de ingreso a la modernidad, diferenciada de su tradición pero en vías de ir formando parte de ella, aunque expresen su nostalgia—e incluso hay jóvenes que lo manifiestan— por aquel territorio más cercano y accesible de ritmos y conductores conocidos, de orquestas y representaciones donde la norma era”lo común” y que sigue marcando“desde abajo” la oferta radiofónica. Porque en Córdoba, quien quiera tener audiencia masiva—popular— y más allá de las intenciones del mercado y sus operadores, debe abrir las ondas al cuarteto a los sonidos estridentes, a un discurso que, aun pensado para ser consumido individualmente, remita, temática y formalmente, al lugar aún básico de reconocimiento, el barrio popular, hoy escenario de nuevas búsquedas de agregación y acción social. La inscripción de las memorias Dijimos antes que estas memorias de la radio, algunos de cuyos elementos hemos apuntado, están a medio escribir. Su inscripción en la trama histórica global permitirá conferirle el sentido que en muchos casos preanuncian, pero también encontrar otros sólo visibles al releer los testimonios del consumo a la luz de los datos que ella proporcione y los que provengan del lado de la producción. 30 La expresión«cheto» no es utilizada frecuentemente para designar un tipo de música. Designa más bien, en el lenguaje popular cordobés, lo fino, lo«bien», lo«high», en términos de condición y estilo de vida. 31 En”Jóvenes de sectores populares urbanos. Prácticas sociales y vida cotidiana”, Ana Wortman señala el plano de los consumos culturales como uno de los planos en los cuales los jóvenes construyen universos de sentido en los que se reconocen y perciben las desigualdades. En Revista Paraguaya de Sociología, Año 25 N° 72, Centro Paraguayo de Estudios Sociológicos, Asunción, mayo-agosto 1988. Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c ra ió m n e P d o i p á u ti l c a a r 249 Sin duda alguna la radio se hace medio popular desde un imaginario de ascenso social y visibilidad pública que no está desligado de las condiciones objetivas que caracterizaron social y económicamente las décadas del 40 y el 50, época que aún se reconoce como momento de oro del medio. Un momento que coincide con el auge de la radio-entretenimiento, un espacio de reunión generado simbólicamente entre familiares, vecinos, locutores y actores, unos géneros musicales sentidos como propios, unos auditorios que borraban distinciones sociales. Pero una época en que también el acceso y ascenso era objetivable en el terreno de la producción. Las anécdotas recogidas al comenzar a reconstruir las modalidades predominantes en el mercado radiofónico cordobés—importantes conductores y ejecutivos del medio que llegaron a serlo porque de muchachitos se paraban con la nariz pegada a los cristales de las salas de transmisión que daban a la calle— o las que conocidos cantantes y los propios oyentes populares recuerdan con respecto a los concursos a través de los cuales surgieron nombres famosos del espectáculo nacional hablan también de esa época en que la radio era cercanía, posibilidad de ver y verse, de“llegar a ser”. Del mismo modo que las mujeres llegaron a ser ciudadanas a través de la implantación del voto femenino; del mismo modo que los trabajadores se sintieron dignificados con leyes que los protegían y representaciones políticas en que se reconocían. Las distancias actuales entre el campo de la producción y el consumo no son sólo mayores sino cualitativamente diferentes. Las identidades políticas no son las únicas que están en crisis; también lo está toda una cultura del trabajo y del progreso fundada en el esfuerzo, el estudio, la lenta pero posible acumulación a través del ahorro; también los modos de representación sectorial y global. Sin embargo, desde ese aparentemente intrascendente terreno del consumo radiofónico hecho experiencia cultural, los sectores populares adhieren a unas maneras de hacer radio que deben multiplicar el uso del teléfono, los móviles recorriendo las calles, los programas abiertos a las demandas, como mecanismos de participación y recreación de vínculos. Tal vez desde ahí, desde el ejercicio de su condición de receptores, estén expresando su voluntad de apropiarse nuevamente de la ilusión de protagonismo y ascenso que se les regatea económica y socialmente; ilusión que con su doble faz—aquello de lo que se carece y con lo que se sueña— nos permite acceder al complejo campo de la identidad popular. 250 In-disciplinada Medios masivos: lo que nombra el consumo(1997) * Cientos, miles, millones de individuos extienden con mayor o menor fastidio las manos para desactivar las campanillas de sus relojes despertadores y, completando un recorrido ritual, encienden sus aparatos de radio. Cientos, miles, millones de familias tienden manteles, disponen platos, fuentes, vasos y cubiertos sobre las mesas y encienden sus televisores para almorzar. Son menos los que desayunan combinando las noticias de último momento difundidas por múltiples emisoras y canales con una rápida visión de titulares en diarios cuyas secciones se distribuyen—según gustos y expectativas varias— entre quienes comparten la vivienda. Pero muchos más los que preanuncian su descanso nocturno vinculándose displicente o atentamente con las pantallas rebosantes e imágenes. La magnitud de las cifras, la extensión de los hábitos y el reconocimiento de las estrategias económicas e ideológicas que rigen la producción y distribución de los bienes leídos, oídos y escuchados fue la base sobre la que se articularon, durante años, las explicaciones acerca del formidable poder de esa maquinaria a pesar de las contradicciones que coyunturalmente solía revelar y de los erráticos o imprevistos comportamientos de colectivos sociales que de manera casi espasmódica, en épocas electorales o ante acontecimientos públicos de carácter fuertemente controversial, se sacudían —por así decirlo— de la lógica implacable contenida en los textos y sus mecanismos de producción. Más allá de la linealidad de las nociones comunicativas que se manejaban y del determinismo estructural que presidía los análisis, aquel lejano escenario —el de los años 60 y 70— daba cuenta de la constitución de esos medios como espacios centrales de la producción cultural, en competencia o alianza con otros ámbitos de reproducción ideológica. Resueltas sus consecuencias en el inmanentismo de su funcionalidad conductual y cognitiva o de su poder devastador de conciencias, los receptores no estaban ausentes de la escena. Pero eran sin duda un objeto final: los beneficiarios o víctimas que, desde su lugar de consumidores, sufrirían los efectos nocivos o benéficos de los medios. Así, la problematización de su consumo, ligada a los propios orígenes * Artículo publicado originalmente en Revista Estudios Nº 7-8, CEA(Centro de Estudios Avanzados) Universidad Nacional de Córdoba, Córdoba, Argentina. Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c ra ió m n e P d o i p á u ti l c a a r 251 de la investigación de la comunicación masiva y a los desarrollos que durante las décadas del 40 al 60 se realizaran en el terreno de la mass communication research, no encontró en los estudios críticos un lugar donde desplegarse. Por otro lado, la definición del consumo en términos conductistas, reducido a simple relación entre las necesidades y los bienes creados para satisfacerlas, o en términos economicistas—como puro lugar de reproducción de la fuerza de trabajo y mero requisito necesario para la expansión del capital— impedía abordar esa extendida práctica social como un modo de organización y funcionamiento de la cultura, como un terreno de compleja interacción entre los sujetos y con el mundo de objetos que les rodeaba. 1 A esos tiempos sobrevinieron los que bien podrían llamarse de la dispersión y el estallido. Las explicaciones causales, lineales, de cuño positivista, cedieron paso a las derivas interpretativas. Así se multiplicaron las preguntas orientadas a comprender lo que esos medios podían significar para el sujeto, un actor que se reponía en la escena sociológica y que devenía, en otros registros, destinatario/descifrador, productor de significaciones aún en situación asimétrica. No ya receptáculo de sentidos como término de una operación de trasmisión, sino término activo de una relación que pone en juego múltiples discursos inscriptos en su experiencia social. 2 El rechazo del determinismo de las estructuras—que dificultaba la comprensión de esa relación— tuvo efectos singulares en el campo de los estudios de comunicación: se compensó desmedidamente con la postulación de la autonomía de los receptores—individualidades resistentes a cualquier constricción textual— y con una escasa o débil consideración de la capacidad estructurante de las condiciones económicas y sociales de la producción cultural sobre lo producido. En el terreno del consumo de los medios de comunicación, una actividad que aportes sociológicos, antropológicos y culturales 3 permitieron comprender 1 Ver Néstor García Canclini,“Los estudios sobre comunicación y consumo: el trabajo interdisciplinario en tiempos neoconservadores”, en Diálogos de la Comunicación Nº 32, FELAFACS, Lima, marzo de 1992 2 No podría retomar aquí, sin empobrecerlos, los excelentes estados de la cuestión y los recorridos críticos propuestos acerca de esos corrimientos, entre los cuales se destacan los producidos por David Morley, Graham Murdock, Ien Ang, Mauro Wolf, Armand Mattelart y en América Latina por Jesús Martín-Barbero y Mabel Piccini. 3 A nivel sociológico son sustanciales los aportes de Pierre Bourdieu(cfr. La distinción. Criterio y bases sociales del gusto , Taurus, Madrid 1988) y los trabajos de los españoles José Luis Piñuel Raigada, José Gaitán Moya y José García Lomas acerca del consumo cultural . A nivel antropológico revisten particular interés los planteos y estudios realizados en México por Néstor García Canclini y las conceptualizaciones provistas por Mary Douglas y Baron Isherwood en El mundo de los bienes. 252 In-disciplinada como conjunto de prácticas en las que se construyen significados y sentidos del vivir, a través de la apropiación y uso de bienes, esa autonomización de los sujetos llevó a desconocer la dimensión significante de la oferta y su carácter prefigurador de un nuevo sujeto—el consumidor de bienes culturales masivos— que, bajo la denominación de público, devino hecho natural. Tan natural como lo había sido antes, en los cuestionados análisis funcionales, en los cuales un dato objetivo—el individuo o los grupos expuestos al estímulo de los medios— se adoptó como categoría de análisis, fruto de aquella actitud empirista que Adorno enfrentó durante su corta permanencia en el Princeton Radio Research Project conducido por Lazarsfeld 4 , y que unilateralizó y autonomizó las relaciones entre medios y sujetos, obturando la reflexión acerca del conjunto de transformaciones y condiciones que cooperan en el surgimiento de unos determinados públicos. A partir de esa naturalización, las preguntas acerca de los sujetos en tanto público consumidor se construyen en torno al eje de su hacer: hábitos, gustos, opiniones, expectativas, demandas, interpretaciones, sentidos producidos. Su ser resulta incuestionable. En el límite de esa naturalización, se articularán, incluso, discursos paradojales. Aquellos que, reconociendo la“arrolladora” intervención de la televisión y su introducción estable en el“horizonte cultural” de quienes por ello mismo son designados como“hijos de la televisión”, demandan la construcción de un pensar simbiótico, del que deben desterrarse categorías“anteriores”, construidas a partir de otro sensoriun y otro logos que impediría toda posibilidad de comprensión. 5 Pero también aquellos como el enunciado por Eliseo Verón, quien apartándose de los presupuestos acerca de la“indeterminación relativa del sentido” 6 , llega a reponer lo que Stuart Hall denominara el mito del“consumidor racional en un libre y perfecto mercado” 7 , como se constata en recientes declaraciones de prensa: Hacia una antropología del consumo Grijalbo, México, 1990. En el campo de los estudios culturales se destacan los desarrollados por David Morley y James Lull, ente otros. 4 Ver Consignas , Amorrortu, Buenos Aires, 1993, p.113 5 Como lo postula Giovanni Bechelloni, en“¿Televisión-espectáculo o Televisión-narración?, en AAVV, Videoculturas de fin de siglo , Cátedra, Madrid, 1990 6 Que aceptamos en toda su capacidad explicativa y que fueran desarrolladas en obras tales como Perón o muerte. Los fundamentos discursivos del fenómeno peronista (en colaboración con S. Sigal) Legasa, Buenos Aires, 1986, y La semiosis social. Fragmentos de una teoría de la discursividad , Gedisa, Buenos Aires, 1987 7 En la introducción al libro de David Morley, Family Television. Cultural Power and domestic leisure , Routledge, Londres, 1988. Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c ra ió m n e P d o i p á u ti l c a a r 253 “La televisión sufre una crisis de credibilidad, sobre todo entre los jóvenes. Esta cosa de que lo que se ve en televisión es cierto creo que no va más... La gente se ha empezado a dar cuenta de que existen otros puntos de vista. Esto de que la imagen es lo real no corre más. La gente no es ingenua. En función misma de la mediatización la gente es cada vez más consciente del funcionamiento de los medios. Hay un proceso de comparación de discursos que se acentúa con la creciente competencia. Es el resultado del zapping, de ir viendo lo que me van mostrando, de la multiplicación de la oferta, y eso ha significado un cambio muy grande en la conciencia de la gente. La actitud comparativa es cada vez más natural. La agudización de la competencia entre productos similares en prensa gráfica, en radio y en televisión hace que la gente tome cada vez más distancia. Eso no quiere decir que no consuman, sino que saben qué están consumiendo, no se la venden. Y eso me parece que es un fenómeno general, de fondo y de largo plazo”(La Voz del Interior, Córdoba, edición del 24/8/1995). Las complejas e interdependientes vinculaciones entre emisores y receptores, entre producción y consumo, entre lo ofertado y lo realmente apropiado, incomprendidas desde las teorías unidireccionales de la manipulación, resultan ahora impensables. El único camino abierto parece ser el de las miradas particulares a esa actividad individual e individualizante que confronta la homogeneización en tanto construye desde peculiares condiciones experienciales un sentido lúcido, preservado de toda marca de fábrica. Preguntas cruciales “Los mensajes de los mass media—ha señalado Beatriz Sarlo— circulan en un espacio donde se producen procesos de mezcla e hibridación, intercambios, resignificaciones, desplazamientos de los sentidos, reciclajes y refuncionalización de los temas, géneros y formas. La idea—prosigue Sarlo— es sugerente mientras no se la exagere y se la convierta en el inverso simétrico de la manipulación y mientras no se caiga en la prisión de la circularidad que la amenaza. La hermenéutica indica que el sentido se construye en la intersección del horizonte del texto y el horizonte del receptor, pero ¿quién constituye el horizonte del receptor?” 8 8 “Estética y política: la escena massmediática”, en Schmucler y Mata(coord.) Política y comunicación ¿Hay un lugar para la política en la cultura mediática? , Catálogos- Universidad Nacional de Córdoba, Buenos Aires, 1992 254 In-disciplinada Se trata, en medio de ese pensamiento fascinado por el objeto que desea aprehender, de una pregunta crucial para recolocar el debate acerca de los medios masivos de comunicación en el terreno del poder, es decir, en el terreno de los conflictos por la producción de un pensar hegemónico que actúa como principio de inteligibilidad y justificación de lo real. Supone, a nuestro entender, la necesidad de desnaturalizar los públicos revelando su condición de construidos. De producto resultante de dos movimientos: el que se genera desde las estrategias industriales de producción cultural y el que resulta de las actividades de consumo que, por sobre las diferenciadas atribuciones de sentido que pueden operarse en relación con lo obtenido y utilizado, siempre suponen algún grado de adhesión a las proposiciones interactivas diseñadas desde los medios, los productos, el mercado y sus agentes. Es esa adhesión, que niega cualquier pretensión autonomista, la que debe problematizarse evitando a su vez el riesgo culturalista de negar al consumo—entendido como práctica significante— su carácter de práctica inscripta en el mercado, espacio regido por la necesidad de obtener ganancias para asegurar su reproducción y expansión. En ese sentido, ser público no es una mera actividad; es una condición que se funda en la aceptación de un rol genérico diseñado desde el mercado mediático que abre sus escaparates para diversificadas elecciones y usos de sus productos, con arreglo a normas y competencias que él mismo provee y que se entrecruzan con las adquiridas por los sujetos en otros ámbitos de la vida social. Lo que marca el carácter construido del público es, justamente, la adopción de ese rol que constituye un nuevo referente identitario. Desde él—en convergencia o conflicto con otros referentes— los individuos actúan. No sólo consumen medios. Frente a ellos pueden desarrollar variadas lecturas posibles. Sin embargo, cuando pese a sus casi incontables variaciones el mercado está conformado por objetos equivalentes y estructurado en base a la unicidad de modelos exitosos y por ende reiterados, esas posibilidades, sostenidas en las competencias y experiencias diversificadas del público, se reducen. Máxime cuando ese mercado es, para la mayor parte de la población, la única vía de acceso a bienes y prácticas culturales e invade con su presencia todas las zonas de la vida social. “... Los públicos—ha afirmado Ien Ang— pueden ser activos de muy diversas maneras al utilizar e interpretar los medios, pero sería ingenuamente optimista confundir su actividad con un poder efectivo. De hecho ellos no poseen ningún control sobre los medios a un nivel estructural o institucional Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c ra ió m n e P d o i p á u ti l c a a r 255 durable. Decir que los espectadores que negocian activamente su relación con los textos y tecnologías de los medios obtienen un cierto dominio sobre el contexto de su vida cotidiana(que además es el contexto de la recepción de los medios) es un punto de partida razonable, pero no podemos perder de vista la marginalidad de ese dominio”. 9 Desde el mercado frecuentes referencias a las mediciones de rating como sustento de la caducidad o permanencia de los productos ofrecidos, fabrican un ilusorio poder de los receptores que por simple“sintonía” o“encendido” tendrían en sus manos la última palabra. Sin apelar a esa capacidad decisoria, desde ciertos estudios y reflexiones acerca del consumo comunicativo los receptores ejercen su poder desbaratando las ofertas: las audiencias nomádicas producidas por los sistemas de videoreproducción o el control remoto son el paradigma de la libertad. 10 Que su actitud itinerante y fragmentaria sea producto de los mismos artefactos que las liberarían de toda constricción es un dato intrascendente. Lo que hacen y sus determinaciones subjetivas desplaza la interrogación por el orden en que se inscriben productivamente habiendo sido producidas por él. Al considerar el consumo de medios masivos como práctica constituyente del público, la mirada descubre en cambio otro objeto: las constricciones derivadas de su estructuración. No ya el simple recuento de los hábitos de los consumidores o un minucioso detalle de los sentidos producidos en recepción, sino lo que en esos hábitos y sentidos deviene marca estructural, en tanto actitud organizadora de las relaciones que se entablan dentro del mercado mediático y sus productos, pero también dentro del más vasto conjunto del campo cultural. Esa mirada describe comportamientos, situaciones, comprensiones; revela regularidades y singularidades; pero no se detiene en esos datos como universo autoreferencial. Busca traspasarlos indagando lo que por encima y por debajo de las particularidades repone la noción de un sistema cuyo estallido y fragmentariedad son expresión del férreo orden del mercado. La búsqueda admite diferentes caminos: no son las técnicas de recolección y análisis de información las que separan los campos; lo central siguen siendo las preguntas porque el imperativo es, como lo planteara hace tiempo Graham Murdock en diálogo y debate con diferentes perspectivas teóricas,“ir más allá de los actos inmediatos de 9 “Culture et communication. Pour une critique etnographique de la consommation des médias dans le système médiadique transnational” en Hermès 11-12. A LA RECHERCHE DU PUBLIC. Réception, télévision, médias . Edición del Centre National de la Recherche Scientifique, París, 1993. 10 Ver referencias a esas posturas en Elizabeth Lozano,“Del sujeto cautivo a las audiencias nomádicas”, Diálogos de la Comunicación Nº 30, FELAFACS, Lima, junio de 1991. 256 In-disciplinada consumo y respuesta y analizar las estructuras subyacentes que preveen los contextos y los recursos para la actividad del auditorio”,“trazar los conexiones entre biografía e historia en su plena complejidad”...reconectar “los mundos en los que vive la gente” con“los contornos de las más amplias formaciones que los envuelven y organizan”. 11 Con esa intención venimos desarrollando una serie de estudios en torno a los públicos y el consumo de medios y productos culturales masivos en la ciudad de Córdoba. Las preguntas que los orientan y las respuestas que vamos produciendo nos permiten cuestionar un conjunto de nociones— algunas de las cuales abordaremos para cerrar la reflexión que hemos propuesto en estas páginas— acerca de esos bienes y los individuos y relaciones que prefiguran. 1. La abundancia comunicativa como garantía de pluralidad y capacidad confrontativa de los consumidores Ya aludimos—a través de las afirmaciones realizadas por Eliseo Verón— a ese pensamiento celebratorio de la multiplicación de las ofertas—en particular de las televisivas, con la extensión del cable a grandes segmentos de la población— como una suerte de reaseguro contra una otrora ingenua tendencia de los públicos a creer en lo que ese medio les dice. Más allá de que ciertas posturas semióticas cuestionan la falsabilidad o la veredicción como ejes de los contratos enunciativos en la televisión, nuestro cuestionamiento se basa en la dinámica que se establece entre la oferta y el consumo televisivo. En ese sentido, la amplitud de la primera guarda escasa relación con los límites que revela la actividad de los consumidores ¿O más bien deberíamos decir que se trata de una prescripta y estructurante relación? Consideremos algunos datos. Los programas mencionados como“vistos” representan un escaso porcentaje respecto de los emitidos(hecho que no se altera significativamente por el acceso a la televisión por cable 12 ); quienes más programas ven, los frecuentes hacedores de zapping—técnica que también suele valorarse 11 En“La investigación crítica y las audiencias activas”, Estudios sobre las culturas contemporáneas , Vol.IV, Nº 10, Programa Cultura de la Universidad de Colima, México, noviembre de 1990. 12 En la ciudad de Córdoba un 50% de los hogares cuentan con ese tipo de servicio, dato que concuerda en términos generales con el promedio nacional de cableado según datos provistos por la ASTVC(Asociación de Televisión por Cable) y con los resultados del estudio Los medios y mercados de Latinoamérica dirigido en 1994 por Audits& Surveys New York y realizado en Argentina por IPSA-Nielsen. Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c ra ió m n e P d o i p á u ti l c a a r 257 como estrategia comparativa—, sólo brindan datos identificatorios(nombres, horarios, conductores) acerca de un reducido número de ellos; los índices de «no preferencia» de programas son muy elevados; la ocurrencia de criterios de valoración y selección de espacios elaborados en torno a la credibilidad de que gozan o a partir de la confrontación entre productos equivalentes es muy escasa. En ortodoxas encuestas empiristas de consumo, la inconsistencia entre respuestas a preguntas que aluden a un mismo comportamiento implica su mutua anulación. En nuestro estudio, la inconsistencia entre la descripción de rutinas de consumo y lo que efectivamente se menciona como consumidores, en cambio, fue indicio de una significativa incapacidad o imposibilidad de distinguir unidades discretas de significación dentro de un continuum del ver por el que se transita aprovechando«lo que haya». O, cuando menos, puede indicar una internalizada irrelevancia respecto de la propia acción de distinguir. Más cercanas a las lógicas que el mercado mediático impone a los consumidores, parecen, en cambio, las afirmaciones realizadas desde él también encomiásticamente. Los empresarios locales del cable aseguran con fines publicitarios que la oferta pronto será tan grande,“que la gente ya no sabrá qué ver”. El artificio de la abundancia prometedora de experimentados sujetos en el arte de la distinción y la elección se derrumba ante las prácticas organizadas mercantilmente que construyen un sujeto limitado física y simbólicamente por el exceso. Pero también ante lo que los empresarios no pueden nombrar y lo que se elude en muchas reflexiones: el desigual equipamiento electrónico e informático de nuestras poblaciones, el significativo papel que juegan en los“no consumos” de medios y productos masivos tales como los diarios, las revistas, el cine, los espectáculos de diverso tipo, su elevado costo, el no tener dinero, el no poder leer o el no entender. 2. Las mediaciones micro-sociales como garantía de comprensión del sentido de la cultura mediática La consideración del consumo de medios como vía de intrusión o exclusión en determinados agrupamientos, franjas o ambientes sociales ha permitido aprehender la transversalidad de prácticas que desbordan territorios nítidamente diferenciados tales como las naciones, las clases sociales, las pertenencias de género o los rangos etarios. Los extendidos consumos de ciertos productos televisivos y musicales, por ejemplo, pero también las más reducidas prácticas letradas—desde la lectura de libros a las de revistas de todo tipo— promueven la elaboración y uso de categorías que 258 In-disciplinada aluden a nuevos y fluctuantes mecanismos de reconocimiento, integración y diferenciación social. 13 ¿Dónde percibir esas operaciones y las significaciones resultantes? Se postula que, básicamente, desde las múltiples instancias que median las actividades de consumo. Sin embargo, tal como lúcidamente ha señalado María Inmacolata Vassallo Lopes, 14 esas instancias son reducidas en numerosas investigaciones empíricas a las micro-esferas en que los sujetos se inscriben de manera inmediata; las instancias de mediación estructural—que aparecen alejadas de él y escapan a su control— no parecen alcanzar, desde esas perspectivas, el estatuto de categorías comprensivas. Así, adquieren creciente relevancia la edad, el género, los grupos y espacios institucionales de socialización—la familia, el vecindario, la barra o la pandilla, la escuela—, y la pierden las pertenencias e identidades de clase y sus similares regionales, que sólo se articulan como variables descriptivas. Los estudios así emprendidos no suelen sino convalidar—en un proceso mimético y circular— lo que dice el mercado. Una somera reflexión acerca de los modos en que se manifiestan en el consumo los dos procesos que complejamente marcan la cultura mediática, la homogeneización y segmentación de públicos nos permitirá sustentar esa afirmación. Nuestros estudios de índole descriptiva permiten constatar una notoria segmentación del consumo a partir de las diferencias de edad y sexo de los individuos mientras que ella se relaciona en menor medida con sus diferentes posiciones en el sistema productivo y social. Pero ¿cómo desligar la importancia de esas categorías de fragmentación de los sujetos y agrupamientos que produce el propio mercado? La homogeneización también acepta y requiere las diferencias. En ese sentido, sin dejar de considerar la capacidad portadora y constructora de identidad que contienen culturalmente el sexo y la edad, es necesario reconocer que lo joven y lo adulto, lo femenino y lo masculino se construyen desde y en los medios y productos masivos a partir de un complejo y permanente sistema de interpelaciones. Por el contrario, esos medios y productos encubren su destinación económica y de clase ¿Quiénes son interpelados, llamados a participar de la oferta como pobres, extranjeros privados de derechos, 13 Por ejemplo, la categoría de comunidad hermenéutica de consumidores planteada por García Canclini en el artículo citado. 14 En“Estratégias metodológicas da pesquisa de recepção”, INTERCOM. Revista Brasileira de Comunicação Vol.XVI Nº 2, São Paulo, julio/diciembre de 1993 y en“Recepção dos média: classes, poder e estrutura”, documento presentado al VIII Encuentro Latinoamericano de Facultades de Comunicación, Cali, octubre de 1994. Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c ra ió m n e P d o i p á u ti l c a a r 259 trabajadores explotados, como grupos subalternizados económica y culturalmente?, ¿quiénes pueden en consecuencia construir desde esas mediaciones su relación con los medios? Es el análisis quien puede y debe reponerlas. Hacerlas emerger y problematizar desde allí las igualadoras y democráticas virtudes del consumo, asumiendo que los consumidores, ese nuevo sujeto universal que desde las propuestas del mercado reemplaza a los ciudadanos, a los habitantes de países y regiones, a los marginados de bienes materiales y simbólicos, a los carenciados de poder efectivo en términos económicos y políticos, no es más que una construcción. Entrampadora, coercitiva, dominante; pero, en tanto construcción, posible de ser desarmada, interrogada, cuestionada como única y necesaria lógica sobre la cual fundar el pensamiento sobre los medios y la cultura de nuestro tiempo. 260 In-disciplinada De la cultura masiva a la cultura mediática(1999) * ”Toda profecía generalizada que parte de un solo sector de lo social, aun cuando se trate de un sector tan espectacular como el de las tecnologías de la comunicación, es evidentemente una profecía imprudente porque subestima por fuerza la pluralidad y la complejidad sociológicas de la innovación en un conjunto planetario que aún está en gran medida diversificado... ... La cuestión particular se refiere al hecho de saber cuál es nuestra relación con lo real cuando las condiciones de la simbolización cambian”. Marc Augé, La guerra de los sueños 1. La aparición de la noción de cultura mediática o de las equivalentes y/o contiguas nociones de mediatización de la cultura o sociedades mediatizadas (o incluso en vías de mediatización) en textos de diverso carácter disciplinario —sociológicos, antropológicos, semióticos— tuvo la pretensión, o al menos sembró la ilusión de proveer un nuevo principio de comprensión acerca de los fenómenos de producción colectiva de significados en las sociedades actuales, calificadas al mismo tiempo como postindustriales. Esa pretensión o ilusión habló, consecuentemente, de la insuficiencia de anteriores categorías para dar cuenta de tales fenómenos. En particular, aludió a la insuficiencia de la noción“cultura masiva” o“cultura de masas”, bajo cuyo genérico campo se habían analizado los intercambios de productos culturales elaborados de manera industrial y destinados a grandes masas de la población. Sin embargo, y creo que este es el primer rasgo interesante en la aparición de esas nociones, ellas revelaron que esa insuficiencia no sólo se debía a transformaciones materiales en los modos de producción cultural, sino a una transformación de los puntos de vista adoptados para el análisis * Artículo publicado originalmente en Revista Diálogos de la comunicación , Nº 56, Felafacs, Lima, Perú. Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c ra ió m n e P d o i p á u ti l c a a r 261 de la comunicación y la cultura. En otras palabras, si la noción de cultura masiva ya no alcanzaba era porque ella fue entendida básicamente como un conjunto de objetos producidos para las masas y consumidos por ellas. De todos modos, no era esa la única perspectiva—descriptiva y clasificatoria— desde la cual se construyó y utilizó dicha categoría. Planteos como el de Franco Rositi, ampliando su alcance no sólo a un conjunto de objetos culturales sino a un conjunto de“modelos de comportamiento operantes que le habilitaron para plantear la unidad de dicha cultura tras su aparente indeterminación” 1 o proposiciones como las formuladas por Jesús MartínBarbero, planteando que la cultura masiva es el modo en que se producen las significaciones en las sociedades donde“todo”(las relaciones sociales) se ha masificado 2 , introdujeron una dimensión dinámica a la noción y la volvieron apta para dar cuenta de particulares configuraciones de sentido características de situaciones y momentos determinados: valores, modos de vincularse entre los individuos, divisiones del tiempo, organización del espacio público y el espacio privado, modos de legitimación, etc. y no sólo de un conjunto de mensajes producidos estandarizadamente y consumidos más o menos indiscriminadamente. Desde perspectivas de ese tipo fue posible hipotetizar y analizar empíricamente ciertos rasgos que dotaban de unidad a esa cultura colectiva en el marco de la cual eran pensables todavía ciertos islotes subculturales —en terminología de Rositi— o modos particulares de vivir lo masivo, en términos de Martín-Barbero, para seguir con esos autores. No detallaré aquí la totalidad de rasgos, pero resultará útil señalar algunos que, a título indicativo, pueden situarnos en el tipo de caracterizaciones que nos permitieron reconocer la cultura masiva como un estadio del desarrollo de la modernidad. Podemos, por ejemplo, reconocer la centralidad que fueron adquiriendo los medios masivos de comunicación en la vida cotidiana como fuentes de información y entretenimiento, como fuentes de la construcción de imaginarios colectivos entendidos como espacios identitarios nacionales, epocales, generacionales. El saber al mismo tiempo y el compartir modos de ser a través de ciertos relatos estuvieron en la base de la constitución cultural de los Estados nacionales latinoamericanos; la información acerca de las 1 Ver Historia y teoría de la cultura de masas , Gustavo Gili, Barcelona, 1980. Especialmente la Introducción y los capítulos X y XI. 2 Todas las citas y referencias corresponden a De los medios a las mediaciones, Comunicación, cultura y hegemonía , Gustavo Gili, Barcelona, 1987. 262 In-disciplinada innovaciones estilísticas y la difusión de un modelo de cuerpo estuvieron en la base de la instauración de la moda como regulación vestimentaria... Pero también pueden reconocerse papeles equivalentes en la configuración de los modos de acción pública: el diseño de reglas del decir que constituyeron hablantes legitimados y atentos oyentes; dirigentes y dirigidos; variadas formas de intermediación ante el poder político. Se tematizaron de ese modo, las diferentes zonas de lo real que las tecnologías y medios de producción y trasmisión de información y mensajes cubrieron con estrategias que, en términos de resultados, bien podrían definirse como de extensión o multiplicación. En otras palabras, los medios alcanzaban donde la interacción personal y la influencia institucional no llegaban. Y no aludimos sólo a la dimensión espacial sino al terreno del poder hacer. Los medios—y ese era el carácter más estructural de la cultura masiva— se hacían cargo de una serie de tareas confinadas anteriormente a una diversidad de instituciones y modos de vinculación personalizados, los completaban y complementaban, conflictiva o congruentemente. Los análisis más agudos acerca de la cultura masiva fueron permitiendo constatar que ese“hacerse cargo” no podía ser asumido de manera instrumental, desconociendo la capacidad configuradora de las tecnologías y los lenguajes. Superando justamente ese tipo de visiones que redujeron los canales a instancias transportadoras de significados, fue posible pensar la cultura articulada en torno a medios y tecnologías como una nueva matriz para la producción simbólica dotada de un estatuto propio y complejo en tanto fundía anteriores modos de interacción con nuevas formas expresivas, anteriores circuitos de producción con nuevas estrategias discursivas y de recepción. En ese sentido, lo masivo se imponía como forma cultural dominante. Un dominio fundado básicamente en datos cuantitativos vinculados a la esfera del consumo—desde la cantidad de horas que los individuos pasaban frente a la pantalla del televisor, por ejemplo, o la cantidad de información que recogían a través del conjunto de medios masivos consumidos— o a la esfera de la producción—la dimensión de las inversiones en el sistema de medios y su articulación con otras esferas de la producción— y en la fuerza que adquiría la realidad construida desde los medios como agenda pública y espacio de legitimación de nociones. De todos modos, lo predominante en el campo de los estudios sociológicos fue considerar que esa forma cultural se vinculaba con el conjunto de lo Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c ra ió m n e P d o i p á u ti l c a a r 263 social a través de relaciones de funcionalidad. Rositi plantearía la necesidad de establecer“cuánta realidad social son capaces de comprender y organizar los discursos que entienden la cultura de masas como fuente y reflejo de modelos reales de comportamiento”(1980:37). Fue justamente la voluntad de encontrar otro camino de comprensión que superase dualismos y visiones instrumentales la que estuvo en el origen de otras nociones que enriquecieron y complejizaron el campo. Así, por ejemplo, la de mediaciones, acuñada por Jesús Martin-Barbero, plantearía la articulación entre los procesos de producción de sentido en torno a los medios masivos de comunicación y otras prácticas cotidianas de significación; aludiría a los dispositivos a través de los cuales dos medios adquirieron“materialidad institucional y espesor cultural”(1987:177); a las complejas interacciones e intersecciones entre variadas y plurales temporalidades sociales y matrices culturales(Id. 203): a la articulación entre las técnicas y procedimientos de producción de una cultura para todos—y en ese sentido masiva— y las transformaciones de las culturas subalternas; a los “dispositivos a través de los cuales la hegemonía transforma desde dentro el sentido del trabajo y la vida de la comunidad”(ld. 207); a los lugares“de los que provienen las constricciones que delimitan y configuran la materialidad social y la expresividad cultural de los medios masivos”(ld. 233). Lejos estábamos entonces de un pensamiento que hacía de la cultura masiva una estructura, un sistema dentro del orden social y, como tal, aislable y estudiable en sus mutuas interacciones e interdependencias con el todo o alguna de sus partes. Por el contrario, enraizada en el proceso histórico de la constitución de la modernidad latinoamericana, la cultura masiva llegaba a confundirse con ciertas nociones de la hegemonía: todo un cuerpo de prácticas y expectativas en relación con la totalidad de la vida: nuestros sentidos y dosis de energía, las percepciones definidas que tenemos de nosotros mismos y de nuestro mundo[...] un vivido sistema de significados y valores—fundamentales y constitutivos— que en la medida que son experimentados como prácticas parecen confirmarse recíprocamente[…] en el sentido más firme[...] una“cultura, pero una que debe ser considerada asimismo como la vívida dominación y subordinación de clases particulares” (Williams 1980: 131 132). Y si llegaba a confundirse con esa noción era porque, de diversos modos, la tematización de la cultura masiva provenía de una interrogación básica acerca del poder, de sus mecanismos de producción y reproducción, de las posibilidades de resistir a él o de subvertirlo. 264 In-disciplinada En ese sentido, hablar de cultura masiva era nombrar las masas: las clases sociales pretendidamente reunificadas sin conflictos en el campo del consumo; hablar de cultura masiva era nombrar lo que se producía como efecto de igualación en sociedades atravesadas por las diferencias; reconocer en el campo de la producción de sentido los efectos de la industrialización y la mercantilización capitalista que, entre otras cosas, había supuesto el desarrollo creciente del sector de las tecnologías de comunicación y su paulatina y notoria institución como espacios significativos de la trama social. Los abordajes más fructíferos dentro de esta perspectiva general fueron, sin dudas, aquellos que transitando distintas vías metodológicas, intentaron recomponer la homogeneidad sin desconocer las particularidades y diferencias dando cuenta de la compleja trama en que se articulaban las instituciones, los textos, las prácticas y los actores. Pero hubo un momento—temporal y teórico, deberíamos entender— en que ello ya parecía no alcanzar. 2. “Las sociedades preindustriales son sociedades en vías de mediatización, es decir, sociedades en que las prácticas sociales(modalidades de funcionamiento institucional, mecanismos de toma de decisión, hábitos de consumo, conductas más o menos ritualizadas, etc.) se transforman por el hecho de que hay medios.... Una sociedad en vías de mediatización[...] no por eso es una sociedad dominada por una sola forma estructurante, lo cual explicaría la totalidad de su funcionamiento. La mediatización opera a través de diversos mecanismos según los sectores de la práctica social que interese y produce, en cada sector, distintas consecuencias”(Verón 1992: 124). Con esa noción—equivalente en otros textos a la de cultura mediática e incluso a las de sociedad informatizada o sociedad de la información—, Eliseo Verón nos coloca en un escenario temporalmente nuevo: el del tiempo de lo post: tiempo que habla en ciertos casos de superación o en otros, como constituirían los términos“modernidad reciente” o“sobremodernidad” de realización plena de lo que en ciernes estaba en el proyecto mismo de la modernidad. Pero la cultura mediática no se concibe sólo como un estadio más avanzado en el intercambio de productos culturales: un estadio en el que se han incrementado las tecnologías e instituciones destinadas a la producción de mensajes y en el que se ha incrementado el uso y consumo de esas tecnologías y medios. Constituiría, en cambio, un nuevo modo en el diseño de las Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c ra ió m n e P d o i p á u ti l c a a r 265 interacciones, una nueva forma de estructuración de las prácticas sociales, marcada por la existencia de los medios. En ese sentido, la mediatización de la sociedad—la cultura mediática— nos plantea la necesidad de reconocer que es el proceso colectivo de producción de significados a través del cual un orden social se comprende, se comunica, se reproduce y se transforma; el que se ha rediseñado a partir de la existencia de las tecnologías y medios de producción y transmisión de información y la necesidad de reconocer que esa transformación no es uniforme. Ello no sólo nos habla de un cambio epocal: remite también a un modo de pensar que, de alguna manera, pone de manifiesto la necesidad de recuperar la materialidad de los procesos significantes o, si se quiere, de reponer la centralidad de los medios en el análisis cultural pero no ya en su carácter de transportadores de algún sentido añadido—los mensajes— o como espacios de interacción de productores y receptores, sino en tanto marca, modelo, matriz, racionalidad productora y organizadora de sentido. Al reflexionar sobre los aspectos constitutivos de la modernidad, Anthony Giddens señalaría que una de las características más evidentes que la separan de cualquier otra época anterior es su“extremo dinamismo”, su carácter de“mundo desbocado”, en tanto no sólo implica una aceleración de los cambios sino que alude a la“profundidad” con que afecta a las prácticas sociales y“a los modos de comportamiento antes existentes”(1995: 28). Ese dinamismo constitutivo de la modernidad está dado, básicamente, por lo que denomina la separación entre tiempo y espacio—la condición para la articulación de las relaciones sociales no mediadas por los lugares el desenclave de las instituciones sociales— operada a través de señales simbólicas y mecanismos expertos que extraen las relaciones sociales de sus circunstancias particulares y la reflexividad, vale decir, la“utilización regularizada del conocimiento de las circunstancias de la vida social en cuanto elemento constituyente de su organización y transformación” (Id.: 34). En la“modernidad reciente” el desarrollo interrelacionado entre medios impresos y comunicación electrónica potenciará, según Giddens, ese dinamismo. Analizando un conjunto más o menos vasto e incluso contradictorio de textos 3 que, más allá de la casuística, intentan exponer con alguna sistematicidad los rasgos de la cultura llamada mediática, lo que se encuentra es, ni más 3 Nos referimos, entre otros, a obras como las de Paul Virillo, Marc Augé, Tomás Maldonado, Javier Echeverría, Gianni Vattimo, Regis Debray, Jean Baudrillard. 266 In-disciplinada ni menos, la exacerbada mostración de esos aspectos tematizados por Giddens. Nos detendremos en algunos de ellos. Una de las constantes remarcadas es la transformación de dos nociones fundamentales en la constitución de las nociones de tiempo y espacio. “Los cuentos infantiles ocurren en países muy lejanos... Y por eso son cuentos... Porque ningún lugar es muy lejano”. De ese modo, Telecom, una de las compañías que detentan el monopolio telefónico en Argentina, y que se autopromociona como “ un mundo próximo”, nos anunciaba estar“preparada para el futuro”. La copresencia e intercambiabilidad discursiva de la espacialidad y la temporalidad, de la irrealidad y la lejanía no son casuales. Si uno de los mecanismos productivos de la modernidad fue la desarticulación del tiempo y el espacio de situaciones o lugares específicos mediante el vaciamiento—la abstracción— de ambas nociones, facilitando de ese modo su recombinación sin referencias obligadas a lugares precisos, requisito para organizar“las acciones de muchos seres humanos físicamente ausentes entre sí”(Id.: 30), el perfeccionamiento de las tecnologías de información ha permitido construir un nuevo régimen espacio-temporal: el de la coexistencia, el de la cohabitación. Se trata de un régimen que, entre otras cosas, impone la inmediatez, en tanto “aceleración” del saber, como nueva categoría valorativa(Virilio, 1996) que altera las jerarquías establecidas en los sistemas informativos y cognitivos. “Jueves 26 de julio: Domingo Cavallo se entera a través del Rotativo del Aire de que ya no era Ministro. Viernes 16 de agosto: En presidencia se enteran por el Rotativo del Aire de que se había convertido en Ley el proyecto que eximirá a diputados y senadores del pago del impuesto a las ganancias. Martes 21 de agosto: se confirma lo adelantado por la Oral Deportiva en días anteriores, Menotti es el nuevo técnico de Independiente. USTED NOS ESCUCHA POR QUE NOS ENTERAMOS ANTES QUE OTRAS RADIOS. LOS PROTAGONISTAS NOS ESCUCHAN PORQUE NOS ENTERAMOS ANTES QUE ELLOS. RIVADAVIA, ANTES LA VERDAD”. 4 4 Aviso aparecido en Argentina, en diarios de circulación nacional. Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c ra ió m n e P d o i p á u ti l c a a r 267 Tradicionalmente el periodismo fue constituyéndose en torno de la valoración de la primicia: los medios competían por la novedad y ella pasó a identificarse con la propia noción de estar informado. Hoy, de lo que se trata no es ya de“saber inmediatamente”, sino de“saber antes” y es esa capacidad de anticipación la que otorgará a los medios y las técnicas de información un carácter performativo, instaurando una nueva dimensión de lo real: lo real informativo. Un real que no es asociable con una construcción fantasiosa o imaginaria, sino con una realidad anterior, que incluso operará como instancia de contrastación con los hechos efectivamente acontecidos pero en cuya producción intervendrá activamente. Hasta el cansancio se ha dicho que esperábamos la Guerra del Golfo, más allá de las evaluaciones geopolíticas, como relato anunciado; hasta el cansancio vemos producir resultados electorales en función de su modelación paulatina por los sondeos de opinión. Ese“saber antes” va a ligarse estrechamente con otro conjunto de modificaciones espacio-temporales que vienen de lejos y hoy resultan potenciadas por las tecnologías de trasmisión a distancia. Si el teléfono habilitó las comunicaciones más íntimas o personalizadas sin importar la lejanía, si fue capaz de mantener y crear comunidades afectivas, comerciales o políticas con sólo una llamada, el celular deviene hoy la prótesis ineludible para asegurar el contacto permanente: no importa dónde se esté; siempre se está: al alcance y pudiendo ser alcanzado, informándose e informando; en conexión. La idea del acceso y del acceso inmediato, multiplicada por las transmisiones en directo y por las redes informáticas, aceleran la necesidad de conocer o, mejor, tornan obsoletas y poco eficaces las apropiaciones diferidas. Por ello la relevancia de otro de los aspectos destacados de esta nueva cultura, lo que se ha dado en llamar la mediatización de la experiencia. Eduardo Subirats reflexiona sobre el particular aludiendo al confinamiento de lo real y a la exclusión de la experiencia frente a“una sola instancia que goza del privilegio absoluto de atravesar impunemente las barreras: En las situaciones más íntimas o en la más letal de las guerras, en los eventos políticos o en los accidentes, sólo los media parecen tener acceso universal”(1995: 55). Ya no se trata, como Giddens lo postularía, de la siempre mediada experiencia humana a través del lenguaje y los procesos de socialización consecutivos de la cultura en tanto somos con los otros. Se trata ahora de una nueva circunscripción político-epistemológica, al decir de Subirats, del actuar humano que, al mismo tiempo, revela el nuevo carácter “ontológicamente privilegiado de los medios de comunicación” como 268 In-disciplinada productores centrales de la realidad. Se acrecientan, de tal suerte, las zonas de la existencia de los individuos que se realizan—o prometen realizarse— a través de los medios y tecnologías que, en consecuencia, se constituyen en garantes de la posibilidad del ser y el actuar. Las autoridades locales ofrecen a los ciudadanos la posibilidad de comunicarse directamente con ellas a través de Internet, los productores de La Biblioteca Total 5 prometen a los usuarios viajar por el mundo de Borges con un CD Rom de muy fácil manejo y sumamente entretenido, las hotlines aseguran excitación y placeres sin riesgos ni desilusiones físicas ¿Qué se sustrae, en medio de las promesas? El cuerpo, la interacción, el esfuerzo, la posibilidad de fracasar por la complejidad de las situaciones físicas y espirituales. En el caso del CD hasta se valoriza el ahorro de espacio y su condición portable 6 . Las garantías de comodidad y éxito operan como las nuevas condiciones de validación de las experiencias mediadas. Siguiendo a Giddens, puede reconocerse que la modernidad proveyó una vida cotidiana más previsible en tanto las cuestiones existenciales capaces de provocar inquietud son«desarmadas» por el concurso de sistemas “internamente referenciales” dotando a los individuos de una cierta necesaria seguridad ontológica. La delegación experiencial en los artefactos técnicos constituye un reaseguro de primer orden en tanto aparecen despojados de la falible condición de lo particular-individual, de lo subjetivo, para inscribirse en el marco de los sistemas expertos que restauran la confianza que la propia modernidad, constituida sobre el desencantamiento del mundo y sobre la impronta de la duda metódica, no puede proporcionar. Podríamos—como lo venimos haciendo hasta aquí— precisar otro conjunto de rasgos y transformaciones conceptuales que no habrían hecho sino ahondar las ideas de alcance ilimitado, de potencialidad de las técnicas de producción, procesamiento y distribución de información para hacer de los individuos seres soberanos y capaces de superar las barreras que los alejan entre sí; es decir, para lograr cada vez más capacidades de saber y obrar en un único universo interconectado. En tal sentido, podríamos referirnos a las posibilidades del ciberespacio como espacio democrático o a las promesas de reconversión laboral basadas en los sistemas interactivos(Maldonado 1998); a la seguridad 5 Producción de Nicolás Helft reseñada y publicitada en la edición del 6 de octubre de 1996 del diario La Nación de Buenos Aires. 6 “Es decir que La Biblioteca Total es un laberinto lleno de seriales... Si, es una forma linda de decirlo. Busqué tratar temas muy complejos en una forma simple y agradable y crear un ambiente de intimidad[...] Además es un objeto liviano, chico. Lleva un librito como prólogo…” Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c ra ió m n e P d o i p á u ti l c a a r 269 que proveerían las construcciones inteligentes a los ciudadanos acosados por la violencia urbana o limitados por la edad o las enfermedades 7 ; a las rediseñadas experiencias respecto de lo propio y lo ajeno, del sí mismo y de los otros, de lo local y lo global, de lo público y lo privado. Para nuestra intención basta con lo hasta aquí planteado. Porque de lo que se trata es de interrogar estas miradas y, en consecuencia, la propia noción de mediatización. Para ello creemos conveniente reponer en el centro de la reflexión lo que ella ilumina y oscurece, tal como viene siendo asumida en el campo de los estudios de comunicación. 3. Es evidente que con la noción de mediatización de las sociedades—y de la cultura mediática— se hace referencia a una alteración sustantiva que producirían las tecnologías y medios de producción y distribución de información en dos órdenes que, convergentes, no pueden confundirse; el de las prácticas sociales y el de su representación. Poder comunicarse efectiva y rápidamente vía satelital entre varias personas, por ejemplo, y tejer una red que las acerca superando distancias, no es lo mismo que experimentar el sentimiento de interconexión y menos aún haber eliminado barreras comunicativas. Asistir a través de los medios electrónicos en tiempo real a una manifestación callejera no es lo mismo que experimentar el roce con los otros, la sensación de que la voz particular se funde en el grito colectivo, el miedo a los riesgos físicos. Ser filmados mientras se plantea una demanda no es lo mismo que acceder con ella al poder. Sin embargo, no puedo dejar de recordar una escena televisiva que pone de relieve cierta dosis de confusión. En medio de una jornada de protesta sindical en la que se habían organizado ollas populares, la policía arremetió contra una de ellas. Mientras los comestibles rodaban por el suelo de una céntrica plaza, un dirigente manifestaba ante las cámaras:“Lo que sucede es que el gobierno no quiere que se vea por televisión lo que está pasando”. La frase resultaba paradójica ya que no existía ninguna censura o restricción para la labor periodística. Pero, en realidad su decir era otro:“El gobierno no quiere que el hambre se vea por televisión”, el hambre que las ollas populares simbolizaban. Porque la visibilidad que otorga la pantalla 7 Tal como se diseñan y experimentan en el área de infraestructuras adaptables del MIT, dirigido por Chris Luebkeman, según se informa en la Revista de La Nación de Buenos Aires, 28 de marzo de 1999. 270 In-disciplinada —podríamos recomponer así su razonamiento, que todos entendimos— garantiza la existencia de lo que padecemos aún. De algún modo nos enfrentamos, en este caso, con la alucinación-límite que produciría la cultura mediática: su capacidad para con-fundir el mostrar/ ver con el ser/saber en el orden de las representaciones pero, al mismo tiempo, él revela la doble transformación a que he aludido. Si el dirigente entrevistado confía en la capacidad configuradora de lo real de las imágenes televisivas, es esa confianza la que opera como base para el diseño de las modalidades de protesta que significarán modificaciones en las prácticas: la olla popular, fruto de la reunión de lo poco que cada pobre aporta el pocillo de aceite, el hueso, alguna verdura organizada en el lugar que se vive y/o se trabaja, deviene“puesta en escena” en la que los insumos comprados en abundancia en algún mercado y trasladados en repletos canastos hacia las plazas sedes de la representación, constituyen toda una utilería. 8 Tal—queremos afirmar— la riqueza de la noción. En primer lugar, porque permite y obliga reconocer los modos de expresión y simbolización en cada zona de lo real, reponiendo para la cultura su estatuto de dimensión significante de todas las prácticas. En segundo lugar, porque permite y orienta el reconocimiento de que en todas ellas, independientemente de la intervención que en ellas tengan las tecnologías y medios de información, operan unas nociones que las incluyen por cuanto ellas se proponen como organizadoras de las interacciones de los hombres entre sí y de ellas con el mundo en que viven 9 . En tercer lugar, porque reubica a los medios masivos de comunicación como una práctica más entre aquellas que son transformadas, aun cuando por su propia naturaleza intervengan en la modelación social adquiriendo, de tal modo, un doble estatuto. Pero esa misma riqueza y la remisión a los dos órdenes que antes señalamos pueden convertir la noción en un fetiche; dotarla de una capacidad comprensiva y explicativa que convierta en“mediático” todo lo que toque como ocurre en cierta literatura ensayística y algunas que otras investigaciones que equiparan a las tecnologías y medios en nuevos determinantes de nociones y comportamientos de manera generalizada. En ese sentido, no sólo deberíamos afirmar que, como afirma Eliseo Verón, 8 Hemos reflexionado en detalle sobre esta temática en“Entre la plaza y la platea” en H. Schmucler y M.C. Mata(coords.) 1992. 9 En ese sentido, Judith Sutz(1998:41) señala que la probablemente inigualada convergencia tecnológica provocada por la informática deriva de aquello a lo que se dirige no se trata ya de movimiento o de energía sino de organización, es decir, el todo. Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c ra ió m n e P d o i p á u ti l c a a r 271 no todas las prácticas sociales se mediatizan de manera homogénea, sino que debería reconocerse que esa capacidad transformadora se revelará en grado desigual y operando distintas alteraciones según los particulares actores de esas prácticas; según los profundamente desiguales universos materiales en que ellas se desarrollan. Ambos resguardos conceptuales tienen, evidentemente, implicancias metodológicas. Si para conjurar el poder de determinación textual de la cultura masiva fue necesario reponer las figuras productivas de la recepción y el complejo entramado de las“mediaciones”—entre las cuales los modos de producción de la cultura masiva encontraban su lugar— se impondría ahora la necesidad de evitar cualquier“desenclave” de las tecnologías y medios de transmisión de información. Ello implica no sólo su historización y localización como procedimientos de vinculación a los procesos económicos y políticos que las viabilizan, sino como procedimientos de vinculación con quienes las usan en términos materiales y simbólicos, diseñadoresproductores y usuarios-consumidores en peculiares interacciones. La necesidad de una tarea semejante se impone, por otro lado, ante lo que quisiera calificar como la tendencia a postular una gradual desaparición de la materialidad individual y social que se virtualizaría hoy en las sociedades mediatizadas. Si la cultura de masas nombraba una sociedad en la cual las mayorías consumían complejamente, desde particulares condiciones de subordinación, los productos que se fabricaban desde diversas estrategias de poder económico e ideológico, si ello no lograba encubrir que su condición de públicos y consumidores se entremezclaba con su condición económicosocial, ciertas nociones asociadas a la mediatización de la sociedad parecen tornar irrelevante—insignificante— el estar en el mundo. No otra parece la perspectiva que se encuentra en un texto como el citado de Subirats.“Junto al proceso concentracionario de lo real, y de su confinamiento simbólico como package informativo, se constituye la masa electrónica... Una masa inducida, definida y controlada por las instancias metadiscursivas del flujo electrónico... la masa confinada dentro del espacio y tiempo virtuales que estos medios de comunicación definen, desde su disposición física o biológica en el asiento frente a la pantalla, hasta su producción metonímica de imágenes automatizadas”(1995:56). Toda consideración acerca de sus condiciones materiales de existencia y de su particular vinculación con medios y tecnologías resulta para el autor“una objeción trivial”. La masa producida por los medios“es tanto más eficaz instrumental o simbólicamente hablando, cuanto más invisible y etérea 272 In-disciplinada es su existencia”(Ídem, 57). Pero lo que se atribuye a los medios bien podría predicarse de este propio modo de pensarlos: la trivialización de la materialidad de las prácticas y los individuos virtualiza el poder. Si algo se ha reclamado con insistencia como debilidad de la investigación comunicativa es su repentismo teórico: la adopción poco reflexiva de perspectivas y categorías que se prometen reveladoras y superadoras de aquellas que no alcanzan para comprender los procesos, siempre más complejos. Doble limitación, deberíamos decir, en tanto se elude considerar las perspectivas y categorías como configuradoras de sus propios objetos. El riesgo, en el campo que venimos transitando, es considerable: perder de vista que los sentidos inscritos en la materialidad de las tecnologías y medios pueden disolver la de aquellas prácticas que transforman. De ahí el requerimiento de encontrar las proposiciones teóricas metodológicas que aseguren su articulación. Al respecto no sería pertinente postular alguna vía privilegiada en desmedro de otras. Así, las reflexiones sobre el sentido comunicativo inscrito en las tecnologías, propuesto por Héctor Schmucler, las marcas que su”imaginación”» deja en las culturas populares y letradas y que Beatriz Sarlo rastrea resultan a nuestro juicio tan productivas e inspiradoras como los estudios acerca de los consumos tecnológicos hogareños 10 , o las investigaciones en torno a la articulación de las tecnologías de información y comunicación y el espacio urbano 11 . Lo que todas esas vías permiten valorizar, en esta nueva comprensión de la sociedad y la cultura como“mediatizadas”, es que más allá de lógicas ineludibles y efectos prediseñados, lo que debemos enfrentar son dispositivos modeladores, anticipaciones, tendencias y potencialidades cuya realización hegemónica sólo podrá comprenderse en tanto se revelen los conflictos de los que forman parte, las desigualdades que refuerzan, las creaciones desviadas y alternativas que suscitan. En suma, los nuevos mundos donde se siguen manifestando las contradicciones sociales. 10 Cabe resaltar entre ellos los aportes realizados por Roger Silverstone(1996) y por otro conjunto de investigadores ingleses impulsados por el Centre for Research into Innovation Culture and Technologie de la Universidad de Brunel. 11 Como las realizadas entre otros por Tomás Maldonado o Manuel Castells y que, a nivel nacional se revelan en los aportes que se expresaron en 1996 en la Jornada Innovación tecnológica, ciudad y territorio. Las redes de información y comunicación, organizadas por el Instituto Gino Germani de la Universidad Nacional de Buenos Aires y el Centro de Estudios e Investigaciones de la Universidad Nacional de Quilmes. Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c ra ió m n e P d o i p á u ti l c a a r 273 Reflexionando acerca del“Cómo leer desde la periferia las nuevas relaciones entre tecnología y sociedad”, Mario Albornoz se preguntaba, por ejemplo, por el sentido de utilizar un concepto neo schumpeteriano como el de “innovación”, propio de sociedades organizadas competitivamente,“para aplicarlo a sociedades de marginalización creciente, aparentemente destinadas a perder en la competencia”. Se preguntaba hasta qué punto ese concepto permitía pensar los problemas de esas sociedades y postulaba su redefinición, su lectura desde las propias condiciones(1998:24). Nuestra interrogante acerca de la cultura mediática aspira a colocarse en esa dirección. Referencias bibliográficas Marc Augé, La guerra de los sueños Ejercicios de etno-ficción, Gedisa, Barcelona, 1998. Finquelievich, Schiavo, Albornoz, Sutz y otros, La ciudad y sus TICs, Universidad Nacional de Quilmes, 1998. Anthony Giddens, Modernidad e identidad del yo. El yo y la sociedad en la época contemporánea, Península, Barcelona, 1995. Jesús Martin-Barbero, De los medios a las mediaciones Comunicación, cultura y hegemonía, Gustavo Gili, Barcelona, 1987. Franco Rositi, Historia y teoría de la cultura de masas, Gustavo Gili, Barcelona, 1980. Beatriz Sarlo, La imaginación técnica. Sueños modernos de la cultura argentina, Nueva Visión, Buenos Aires, 1992. Héctor Schmucler, Memoria de la comunicación, Biblios Buenos Aires, 1997. Héctor Schmucler y Maria C. Mata(coords.) Política y comunicación ¿hay un lugar para la política en la cultura mediática?, Catálogos, Buenos Aires, 1992. Roger Silverstone Eric Hirsch(eds.) Los efectos de la nueva comunicación, Bosch, Barcelona, 1996. Roger Silverstone, Televisión y vida cotidiana, Amorrortu, Buenos Aires, 1996. Eduardo Subirats,«La masa electrónica en Confines Nº 2, Buenos Aires, noviembre de 1995. Eliseo Verón, Interfaces sobre la democracia audiovisual evolucionada», en Ferry, Wolton y otros, El nuevo espacio público, Gedisa, Barcelona, 1992. Paul Virilio, El arte del motor. Aceleración y realidad virtual, Manantial, Buenos Aires, 1996. Raymond Williams, Marxismo y literatura, Península, Barcelona, 1980. 274 In-disciplinada Interrogaciones sobre el público(2001) * “…son los trajes los que nos usan y no nosotros los que usamos los trajes: podemos imponerles la forma de nuestro brazo o de nuestro pecho, pero ellos forman a su antojo nuestros corazones, nuestras lenguas, nuestros cerebros”. Orlando, Virginia Woolf “Durante algún tiempo tuve ocasión de trabajar con un joven de unos treinta años, vivaz y simpático, que todas las mañanas me hacía el comentario de las noticias de actualidad. Yo no tenía trabajo en seguir su comentario, pues ya lo había oído(como él, por supuesto) palabra por palabra, en una radio periférica algunos minutos antes. Aquel hombre era sin embargo de una total buena fe y se identificaba con lo que decía. A veces llegué a sorprenderme imaginando que un día me contaría su último sueño y que yo reconocería en él el mío, porque lo habríamos vistos ambos en la televisión”. La Guerra de los Sueños, Marc Augé Pensar que lo que usamos nos usa, pensar que existen improntas personales que sólo modelan superficialmente lo que en cambio se vuelve constitutivo de la razón y el sentimiento, es, comunicativamente hablando, una proposición que hoy genera más de un debate. Lo mismo ocurre con la sola posibilidad de imaginar que incluso en el terreno de los sueños—ese lugar no íntimo sino recóndito y tantas veces inexpugnable— podemos ser igualados por un acto de consumo mediático. En la aventura de Orlando y en los ejercicios de etno-ficción propuestos por Marc Augé, lo que resulta inquietante es la pregunta acerca del poder, de la capacidad de cierto tipo de objetos para normalizar a los sujetos. Y si es legítimo hoy equiparar trajes y televisión es porque, no sólo ella sino los medios en general y en particular las tecnologías de producción y distribución de información van convirtiéndose día a día en una segunda piel, tan fuerte es su presencia y pregnancia en el ambiente en que prácticamente todos los individuos nacemos, vivimos y hasta morimos. Esta centralidad indiscutible de los medios multiplica la significación que adquiere, para considerar la cultura de nuestro tiempo, la figura de * Texto publicado originalmente en Vasallo de Lopes y Fuentes Navarro(comps), Comunicación, campo y objeto de estudio Perspectivas reflexivas latinoamericanas. ITESO, México, 2001. Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c ra ió m n e P d o i p á u ti l c a a r 275 esos individuos que somos alcanzados por ellos: el público. Una figura que, naturalizada es su condición de destinatario de esos medios por la mayoría de las corrientes de la mass communication research , ha sufrido, en los estudios de comunicación, una suerte errática: masa dominada o libre usuario, paciente o agente, televidentes, oyentes, espectadores… no importa el término que se usa, que consumen o usan ciertos mensajes, ciertos medios, ciertas tecnologías. Es cierto que, tal como se plantea en diversos trabajos 1 , el desarrollo de nuevas perspectivas teóricas y disciplinarias en torno a los destinatarios de los medios y mensajes masivos constituyó una de las renovaciones más profundas en el campo de los estudios de comunicación durante las últimas décadas en tanto supuso confrontar las concepciones positivistas que habían guiado hasta entonces y de manera predominante dichos estudios. Los“estudios de recepción” como genéricamente se denominaron, pusieron en cuestión las explicaciones mono-causales acerca de los comportamientos de los destinatarios de los medios y mensajes masivos; impugnaron las concepciones instrumentales del lenguaje; redescubrieron los sujetos y su acción, antes opacados por el peso de las estructuras y los sistemas; reconceptualizaron la cultura como proceso social continuo y contradictorio de producción de significaciones. Así, los destinatarios de los medios devinieron productores: no ya receptáculos de sentidos preconstituidos, términos pasivos de operaciones de trasmisión, sino sujetos activos de una compleja relación. La renovación a que aludimos enriqueció la comprensión de los procesos culturales y comunicativos. Sin embargo, también introdujo nuevos problemas conceptuales y metodológicos que, en ocasiones, cuestionan el alcance de sus logros. Una de las consecuencias problemáticas derivadas de la multiplicación de “estudios de recepción”, ha sido la configuración de un territorio teórico vasto y hasta cierto punto disperso a raíz de la imprecisión que rodea al objeto de 1 Ver, entre otros, Jesús Martín-Barbero,“Recepción de medios y consumo cultural: travesías” en G. Sunkel(coord.) El consumo cultural en América Latina , Convenio Andrés Bello, Santafé de Bogotá, 1999; David Morley, Television, Audiences and Cultural Studies, Routledge, Londres, 1992; Armand Y Michèle Mattelart, Pensar sobre los medios , Fundesco, Madrid, 1987; los balances acerca de la investigación latinoamericana en comunicación organizados por la revista Telos en sus números 7(1986) y 19(1989); el número 30 de la Revista DIA-LOGOS de la Comunicación, Felafacs, Lima, 1991; el artículo“Lo que va de ayer a hoy. De la política al mercado” de Héctor Schmucler, publicado en Telos N° 47, Madrid 1996 y el nuestro. 276 In-disciplinada estudio propuesto: los procesos de recepción y sus actores. Así, aparecen equiparadas actividades tales como consumir, interpretar, decodificar, percibir, comunicarse, y se confunden diversos sujetos de la acción: los consumidores, los públicos, los receptores, los destinatarios. Como ha señalado Mabel Piccini, esa indefinición se complica más si se consideran los estudios procedentes de diferentes disciplinas herederas de las ciencias del lenguaje. En efecto, mientras en el marco de los estudios estético-literarios o semióticos, el receptor es inscripción productiva, destinatario constituido en el propio proceso de enunciación, entidad de una situación interdiscursiva; cuando se pasa a los estudios sociológicos se produce una“...ruptura que escinde, por exigencias del método, a los actores de la producción cultural[...] el problema surge cuando se intenta situar al lector abstracto de las teorías estéticas de la recepción en las esferas de la realidad objetiva; o de otro modo, cuando se pretende efectuar el pasaje del lector implícito al lector empírico: una figura, esta última, representada por actores y escenas individualizadas—con una trayectoria y una situación social concreta— que consume determinados bienes materiales y objetos estéticos en un momento dado y que, según esto, tendría que operar un determinado proceso de decodificación ante mensajes particulares”. 2 Otro problema, destacado en algunas investigaciones que hemos realizado 3 , es el efecto de totalización contraria que se produjo en muchos casos. El rechazo del determinismo de las estructuras—que dificultaba la comprensión de la experiencia cultural inscripta en los procesos de consumo y recepción de medios y mensajes masivos— se compensó desmedidamente con la postulación de la autonomía de los receptores—individualidades resistentes a cualquier constricción textual— y con una escasa o débil consideración de la capacidad estructurante de las condiciones económicas y sociales de la producción cultural sobre lo producido. Esa autonomización, que niega el carácter prefigurador de la oferta respecto de los consumidores, provoca una suerte de naturalización del público de los medios masivos, semejante a la que se había operado en los cuestionados análisis funcionales, en los cuales un dato objetivo—el individuo o los grupos expuestos al estímulo de 2 “La sociedad de los espectadores. Notas sobre algunas teorías de la recepción” en Versión , UAM Xochimilco, México, 1994,p 24. 3 Públicos y consumos culturales en Córdoba, Centro de Estudios Avanzados-UNC, Córdoba, 1997 y“La oferta de productos culturales en la ciudad de Córdoba. Su relación con el consumo”. Algunas consideraciones sobre la primera de estas investigaciones se encuentran contenidas en “Medios masivos: lo que nombra el consumo” en Estudios N°7, Centro de Estudios Avanzados, Córdoba, 2° semestre de 1996. Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c ra ió m n e P d o i p á u ti l c a a r 277 los medios— se adoptó como categoría de análisis, obturando la reflexión acerca del conjunto de transformaciones y condiciones que intervienen en el surgimiento de unos determinados públicos y el modo en que ellos se insertan en los procesos de producción mediática. 4 Desde el campo de los estudios culturales, varios autores han planteado este problema. 5 Ien Ang, por ejemplo, señala:“La etnografía de los públicos ha llevado a numerosos investigadores a estudiar los modos en que tal o cual público produce activamente significaciones y placeres específicos a partir de tal o cual texto, género o medio de expresión. El positivismo puede satisfacerse de semejante acumulación de verificaciones empíricas de una hipótesis central. ¿Pero puede hablarse aún de crítica cultural?”. 6 Su respuesta es categórica:“validar la experiencia del público o tomar sólo el punto de vista del público no es suficiente[...] Una perspectiva verdaderamente cultural de la recepción no se detendría en ese momento pseudo-íntimo del encuentro medios/público. Ella debería tener en cuenta las diferencias entre modelos específicos de recepción y articularlos con las relaciones sociales de poder[…] La etnografía debe apelar a una comprehensión más amplia, a la condición cultural contemporánea. 7 Un tercer problema, lúcidamente planteado por Dominique Wolton, se vincula con la intencionalidad subyacente en muchos estudios de recepción: su funcionalidad al desarrollo de un mercado mediático cada vez más amplio cuya rentabilidad depende de la captación de públicos diferenciados.“Los estudios de recepción—indica— tienden a menudo a confundir la recepción con la demanda”, confusión de la que sólo es posible escapar si, con independencia de los datos empíricos, dicha problemática se aborda en el marco de una“teoría del público”, que necesariamente implica una teoría acerca de los medios de comunicación y una“representación de la sociedad”. 8 4 Ver, las críticas formuladas por Theodor Adorno a esa actitud empirista que enfrentó durante su corta permanencia en el Princeton Radio Research Project conducido por Lazarsfeld, en Consignas , Amorrortu, Buenos Aires, 1993, p.113. 5 Ver entre otros varios de los textos contenidos en Daniel Dayan(com.) En busca del público, Gedisa, Barcelona, 1997. 6 “Culture et communication. Por une critique ethnographique de la consommation des médias” en Hermès 11-12. A la recherche du public , Ed. du Centre National de la Recherche Scientifique, París, 1993, p.78. 7 Idem, p.79. 8 “Pour le public” en Hermès 11-12 , cit. pp.12-13. 278 In-disciplinada Los problemas teórico-metodológicos que hemos señalado relativizan o cuestionan la productividad que los estudios de recepción perseguían y prometían en diversos sentidos. Por un lado, impiden inscribir los actos particulares de consumo y decodificación en la trama más compleja de constitución de las culturas, es decir, en un“proceso continuo de intertextualidad” y en el marco de“prácticas sociales más vastas”. 9 Por otro, sustituyen la intencionalidad comprensiva acerca de las relaciones de poder inscriptas en los procesos simbólicos, por una actitud prioritariamente descriptiva y celebratoria de las audiencias y de sus capacidades de resistencia frente a las propuestas hegemónicas. 10 Para hacer frente a ese tipo de limitaciones reconocemos necesaria la tarea que Wolton propone: la elaboración de una teoría del público, y dentro de ella consideramos particularmente significativo comenzar por interrogarnos acerca de algo que parecería una obviedad o un desatino. Porque en lugar de preguntarnos quién es el público o cómo se comporta ante los medios elegimos preguntarnos qué es el público. Es decir, nos propusimos desnaturalizar los públicos, revelando su condición de construidos 11 y consecuentemente, aprehender los mecanismos de su constitución y el sentido que esa operación tiene en relación con el modo en que los individuos nos reconocemos y actuamos en la sociedad. Desde esa perspectiva, es lícito pensar la noción de público en términos de experiencia cultural y, por consiguiente, de una experiencia histórica, es decir, que se ubica temporalmente y procede por acumulación o sedimentación, configurando una suerte de tradición en la que se articulan espacios y modalidades de consumo, artefactos, géneros, contratos comunicativos, expectativas y maneras de satisfacerlas. Pensado de esta manera, el público deja de nombrar unos sujetos empíricos para convertirse en una categoría 12 . En ese sentido, ser público no es una 9 Como lo plantea M. Piccini en el artículo citado, p. 31. 10 Una problemática claramente planteada por Martin Barker y Anne Beezer en el artículo inicial del libro del que son editores, Introducción a los Estudios Culturales , Bosch, Barcelona, 1994, y por David Morley en“La‘reception’ du travaux sur la reception” en Hermès 11-12 , cit. 11 En un sentido convergente con nuestra proposición, Daniel Dayan orienta sus reflexiones sobre la recepción de productos culturales afirmando:“[...]el encuentro entre el texto y su lector no se hace en el vacío; está desequilibrado por las estructuras de poder. Un poder que se deriva del hecho de que los espectadores pertenecen a los públicos y que ellos son construidos”, en “Raconter le public” en Hermès 11-12, c it, p.19. 12 En el sentido en que lo plantea J. Habermas cuando indica:“con el público difuso formado a partir de la comercialización del tráfico cultural, surge una nueva categoría social”. Cfr. Historia y crítica de la opinión pública. La transformación estructural de la vida pública”, G. Gilli, Barcelona, Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c ra ió m n e P d o i p á u ti l c a a r 279 mera actividad; es una condición, un modo de existencia de los sujetos o, si se prefiere, un mod“ específico en que se expresa su socialidad. Una socialidad particular que, siguiendo a J. Habermas, registraría sus orígenes a fines del Siglo XVII, cuando la“publicidad representativa” se reduce dando paso a la“publicidad burguesa” 13 y que no cesará de modificarse, en estrecha interacción con las transformaciones económicas, sociales, culturales y tecnológicas propias de la modernidad hasta devenir un principio identitario central en la actual sociedad mediatizada. Una sociedad en la cual, al decir de Jean-Marc Ferry,“el público es virtualmente toda la humanidad y, de modo correlativo, el‘espacio público’ es el medio en el cual la humanidad se entrega a sí misma como espectáculo”. 14 Una sociedad que consecuentemente, y a manera de hipótesis de trabajo, asumimos como una“sociedad de los públicos”, es decir una sociedad constituida por individuos que aceptan un rol genérico diseñado desde el mercado mediático—que abre sus escaparates para diversificadas elecciones y usos de sus productos— con arreglo a normas y competencias que él mismo provee y que se entrecruzan con las adquiridas por los sujetos en otros ámbitos de la vida social. Lo que marca el carácter construido del público, lo que nos permite caracterizar a nuestra sociedad como“sociedad de los públicos” es justamente la adopción de ese rol que constituye un nuevo y significativo referente identitario. Desde él—en convergencia o conflicto con otros referentes—, los individuos actuamos. No sólo consumimos medios. Un modelo conceptual básico o cómo salir del atolladero Asumiendo esas nociones nos encontrábamos entonces ante un problema teórico relevante: cómo dar cuenta de ese proceso de constitución de los públicos que al mismo tiempo, especificando la categoría, nos habilitara para comprender esa condición y desde ahí la actividad de los públicos como tales, sin recaer en el empirismo que cuestionamos y sin desdibujar esa figura social bajo la noción de receptor. Para abordar ese problema diseñamos ya hace dos años, en el Área de Comunicación del Centro de Estudios Avanzados, una indagación orientada, 4a. ed,1994, p. 75. 13 Cfr. op.cit.,pp.53 a 56. 14 “Las transformaciones de la publicidad política” en Ferry, Wolton y otros, El nuevo espacio público , Gedisa, Barcelona, 1992, p. 20. 280 In-disciplinada en su etapa inicial, a elaborar un modelo conceptual con el cual comenzar a operar. Para ello sistematizamos y confrontamos diferentes nociones a partir de las cuales se definieron, caracterizaron y analizaron los públicos de los medios masivos en distintas tradiciones y disciplinas. Esas nociones son, más allá de la existencia de sujetos empíricos que desarrollan actos particulares en relación con los medios masivos, construcciones conceptuales operantes en los estudios de comunicación y en otro vasto conjunto de estudios. Es decir, son categorías más o menos explicitadas que, por efecto del proceso de naturalización al que aludimos, se han asumido y se asumen muchas veces como equivalentes, como nombrando a esos mismos sujetos empíricos y sus prácticas, sin advertirse que las figuras y acciones que se nombran no guardan entre sí más que una aparente identidad. Para decirlo de otro modo: el público alienado de“La industria cultural como engaño de las masas” no es, de ninguna manera, el mismo receptor de “Codificar/Decodificar”. 15 Y ello implica que no son sólo los sujetos empíricos y sus acciones en relación con los medios masivos los que se piensan de diferente manera sino, sustancialmente, que hay modos de comprensión del orden social y cultural que, al distinguirse e incluso oponerse, contienen y diseñan esas figuras diferenciadas. El comprenderlas sólo es posible si se reconoce la noción de público como una noción compleja, que implica dimensiones disímiles aunque no desvinculadas. Y esa fue tal vez la primera enseñanza de nuestra indagación: comprobar que, la unidimensionalización del concepto es, en general, el mecanismo reduccionista que primó en los estudios de comunicación. En segundo lugar, nuestra investigación 16 precisa las que consideramos dimensiones sustantivas que no pueden dejar de considerarse al abordar la problemática del público de los medios masivos. Son cuatro dimensiones: 1. El público: una nueva formación social Una de las nociones que resultan más fructíferas desde el campo sociológico es la que asimila la formación de un tipo de agrupamiento social, el público 15 Esa tarea no tuvo un carácter exhaustivo, sino que tuvimos en cuenta corrientes y autores que consideramos han ejercido la más fuerte influencia en el modo de pensar la problemática que nos ocupa. 16 Nos referimos a los clásicos textos de M. Horkheimer y T. Adorno, por un lado, y de Stuart Hall, por otro. Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c ra ió m n e P d o i p á u ti l c a a r 281 —y un sujeto que lo integra-—,a las transformaciones de la vida en la sociedad, es decir a transformaciones en los modos de organización de la producción de bienes lo que implica transformaciones en los ámbitos urbanos y rurales y en los modos de habitar e interactuar en los mismos. Esta asimilación fue clave, desde el siglo XIX para todo un pensamiento que vio en las masas una nueva forma de ser social a disciplinar, controlar o persuadir—como bien expresan las ideas de Le Bon o Sighele— pero también más cerca nuestro para teóricos como Jürgen Habermas, Hanna Arendt o Richard Sennett, que van a interrogarse acerca de las condiciones de producción de las ideas dominantes y acerca de los modos de organización social y política bajo las nuevas condiciones de desarrollo del capitalismo y la burguesía. Es por ello que los primeros aportes significativos para pensar el público masivo como una formación social nueva en términos temporales y diferenciada de anteriores formas de agregación y representación social provienen de la sociología clásica. Es Gabriel Tarde quien sienta las bases para pensar la sociedad moderna como sociedad de los públicos: una agregación que es fruto de las transformaciones económico-organizativas producidas por la industrialización, del accionar de nuevas instituciones y del desarrollo de los intercambios comunicativos que engloban desde los caminos y vías férreas hasta los medios impresos. Desde su perspectiva, el público puede entender como una colectividad mental que se entabla entre individuos aislados o separados y como una nueva condición que se superpone a divisiones y agrupamientos existentes y de variado tipo: grupos primarios, institucionales, etc. Esta nueva condición y modo de agrupamiento implica cambios y sustituciones en las anteriores formas de interacción y producción de sentido, tal como lo intuyera certeramente Walter Benjamin 17 . Los principales cambios se registrarán en los modos de vinculación—activa vs pasiva— de los individuos con los productos culturales y en los modos de vinculación de los individuos en y con los grupos sociales. También desde la sociología del arte y la cultura, en sus visiones históricas y materialistas, como la representada por el pensamiento de Arnold Hauser 18 , el público se percibió—en distintas épocas y momentos— como resultado de un proceso de“diferenciación de funciones” derivado de un tipo de organización social que distingue sectores y clases sociales y les adjudica papeles específicos en términos artístico-culturales. Esta perspectiva resulta 17 En textos tales como“La obra de arte en la época de su reproductivilidad técnica”,“El narrador” o“Historia y coleccionismo”. 18 En su clásica Historia Social de la Literatura y el Arte , Guadarrama, Madrid, 1964. 282 In-disciplinada enriquecedora porque, de alguna manera, habilita a pensar la constitución de públicos específicos, de mercados, de consumos culturales, como prácticas previas al desarrollo de la sociedad de masas y las tecnologías comunicativas que acompañaron e incluso impulsaron tal proceso. En ese sentido, podría postularse que, en el terreno cultural, sólo el momento comunitario original es el momento en que no se registra la existencia de esta categoría social—el público, sujeto individual y colectivo a un tiempo— a quien se destina la producción que realizan especialistas. Lo anterior tiene, a nuestro juicio, una importancia central a la hora de “desnaturalizar” los públicos. En esas versiones“naturalizadas”, el público es un conjunto de individuos que están en condiciones de recibir, utilizar, consumir lo que le proponen unos ciertos productores siempre y cuando cuenten con el tiempo y los recursos materiales para hacerlo y unas ciertas competencias intelectuales. De ahí que mientras todas las preocupaciones científicas estén dirigidas a conocer las modificaciones de los valores, actitudes y conductas de los individuos debido al contacto con las ideas divulgadas en los productos consumidos, no se planteen idénticas inquietudes respecto de la transformación de su experiencia individual (social-cultural) con las necesarias implicancias colectivas. Sin embargo, si pensamos el público como una nueva“forma de ser en sociedad”, no sólo estaremos dando cuenta de sus relaciones y actitudes con respecto de los productos y productores culturales de carácter masivo, sino que necesariamente debemos historizar esa forma de ser y relacionarla—es decir, establecer nexos, consecuencias— con las de las otras modalidades del ser en sociedad y con otros actores sociales. Por otro lado, y gracias a los aportes de la historia social de la literatura y el arte en su rastreo sistemático de la formación de diferentes y específicos tipos de públicos, podemos responder, es decir, cuestionar la tesis sostenida por Mc Quail-entre otros- acerca de la“inestabilidad” de la noción de públicos o audiencias en tanto y en cuanto depende totalmente de los cambios tecnológicos que se producen en los medios masivos y a nivel social. 19 Sin cuestionar y al contrario, relevando la articulación entre públicos y productos culturales—como veremos en el siguiente punto—, debe reconocerse que esa variación, más que imposibilitar la construcción de dicha noción, es parte constitutiva de ella. Es propio del público ser un colectivo cambiante en tanto determinado por los modos en que socialmente se legitiman y cristalizan 19 Tal como lo postula en Introducción a la teoría de la comunicación de masas , Paidós, México, 2a.ed., 1977. Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c ra ió m n e P d o i p á u ti l c a a r 283 las posiciones en el campo de producción de la cultura, modos que se transforman históricamente no sólo en virtud de cambios tecnológicos, sino de un conjunto vasto de elementos tales como pueden serlo los dispositivos económicos que regulan la producción cultural, las condiciones políticas que abren o cierran ese campo, la aparición de movimientos sociales y culturales innovadores, etc. 2. El público: creación de los medios masivos Debido a la tendencia predominante en la mass communication research a adoptar una actitud empiricista frente los públicos, los principales aportes para pensarlos como resultado de las operaciones de los medios masivos de comunicación deben rastrearse en fuentes tales como la sociología del arte y de la literatura y en ciertas corrientes de los estudios de recepción vinculadas a los estudios culturales. En ellas el público es siempre una categoría relacional—en ocasiones dual, en otras tríadica— en cuya configuración intervienen diversos aspectos o elementos: • La idea del público como término o destino de las producciones y como entidad productiva(condicionante de la producción), doble vínculo asociado a las condiciones de vida de grupos particulares de individuos y a sus transformaciones. En este sentido, resulta de particular interés distinguir diversas matrices o fuentes para entender la condición “productiva” del público. Una es la que, inspirada en los postulados de ciertas corrientes de la teoría literaria y la semiótica textual, lo vinculan sea a lo que Escarpit denomina el público“ambiente”, es decir, la comunidad intelectual de la que es parte el productor 20 , sea a figuras tales como la del“lector modelo” tematizada por Umberto Eco 21 , sea a las figuras de los enunciatarios o al papel que juegan los horizontes de expectativas de los destinatarios 22 . Otra es la que se desprende de las nuevas estrategias de mercado y a partir de las cuales el público se incorpora, convertido en informante-dato estadístico, al mismo proceso de producción de aquello que se le destina 23 . 20 Ver Sociología de la literatura, Compañía General Fabril editora, Buenos Aires, 1962. 21 Lector en fabula. La cooperación interpretativa en el texto narrativo , Lumen, Barcelona, 1981. 22 En el sentido que lo plantea Jauss. Ver al respecto“Estética de la recepción y comunicación literaria” en Punto de Vista , N° 12, Buenos Aires, 1981 y “ El lector como instancia de una nueva historia de la literatura” en Mayoral, J.(comp.) Estética de la recepción , Madrid, Arco, 1987. 23 Tal como planteará lúcidamente Armand Mattelart en La internacional publicitaria , Fundesco, Madrid, 1989. 284 In-disciplinada • La asociación entre formas de producción y formas de consumo, no sólo entendidas como acción sino en el plano de la representación, es decir, vinculadas con los sentidos que adquieren el producir y el consumir para grupos específicos en determinados momentos. Se trata, esta, de una perspectiva que trata de reponer en las prácticas desarrolladas por el público, los sentidos que el uso y el consumo adquieren en términos simbólicos. Lejos de asociarlo con las nociones de“comunidades interpretativas” tematizadas por Fish, 24 estamos refiriéndonos a las nociones de públicos como“colectividades mentales”. Aquella noción trabajada por Tarde que hoy podemos recuperar en términos de procesos de inclusión y reconocimiento, en estrategias—tal vez sería mejor decir en tácticas recuperando las enseñanzas de De Certeau— desde las cuales los individuos agraviados por el anonimato del mundo globalizado restauran lazos que no requieren la copresencia pero sí un conjunto de competencias y prácticas compartidas. En este sentido, revalorizamos los aportes de Roger Chartier en cuanto a las modificaciones culturales— segmentaciones, posicionamientos— que una práctica cultural como la lectura provoca, y al sentido reordenador de las jerarquías culturales que ello implica. 25 • El reconocimiento de dos niveles de existencia del público: un nivel teórico y un nivel empírico tematizados de diversos modos en los estudios de corte sociológico, en la teoría del arte y la literatura y en las concepciones semióticas del discurso. El público como sujeto/destinatario construido y/o inscripto en los textos y los receptores empíricos que se relacionan con dichos textos. El público como resultado históricamente cambiante y no predeterminado de los encuentros/desencuentros de ambos niveles de existencia de la categoría. En este sentido, el público es siempre lugar de negociación, intersticio. Ni pura autonomía resignificante, ni pura determinación textual. Ello, a nivel metodológico, adquiere consecuencias significativas: imposible derivarlo de las huellas que deja en los textos pero, al mismo tiempo, imposible—como muchos de los estudios etnográficos de audiencia pretenden hoy— asumirlo como entidades desvinculadas de ellos. 3. El público: un particular tipo de consumidor 24 En Is there a text in this class? The Authority of Interpretative Communities , Harvard University Press, Cambridge, 1980. 25 Cfr. Libros, lecturas y lectores en la Edad Moderna, Alianza, Madrid, 1994. Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c r i a ó m n e P d o i p á u ti l c a a r 285 La asociación del público con el consumidor de cultura o de productos simbólicos de carácter masivo se verifica desde varias tradiciones o perspectivas. Desde la tradición crítica frankfurtiana, el público consumidor es el producto paradigmático de la industria cultural; el consumo es el mecanismo clave de los procesos de masificación, entendida no sólo como recepción simultánea y colectiva de productos sino como imposición de una matriz generalizada de comportamiento y pensamiento que aliena a los individuos y garantiza la reproducción del sistema capitalista. En una visión parcialmente heredada del pensamiento frankfurtiano, también J. Habermas asocia la idea de “consumo” a un modo de relacionarse con los productos culturales que se caracteriza por la privacidad y la individualidad, y que se diferencia sustantivamente del carácter colectivo y racional de la vida pública en el sentido burgués. Desde la sociología de la comunicación y también desde la sociología de la literatura y el arte, el público deviene consumidor en el marco de la conformación de los mercados más generales o específicos de productos culturales, aun cuando varíen las nociones en torno del mercado: espacio creado por la libre competencia de medios y las estrategias publicitarias, disposiciones que revelarán las ideas de jerarquización, distinciones y asimilación, respectivamente. En este último sentido resultan particularmente significativos los aportes realizados desde la antropología-económica 26 : la consideración de los sistemas de intercambio de los bienes culturales masivos como relativamente autónomos con respecto a las órbitas de producción y consumo de los mismos bienes y como elementos activos en los procesos de creación del“valor” de los objetos contribuye a reflexionar acerca de las implicancias que tiene la mercantilización y/o la gratuidad de los intercambios en la constitución de los públicos. 4. El público: una nueva identidad Se trata de una noción pensable desde diversas tradiciones: desde las sociológicas—toda colectividad mental supone el reconocimiento del compartir ideas con otros— hasta las hermenéuticas, en tanto dichos procesos de reconocimiento funcionarían como claves comprensivas de la práctica. 26 En tal sentido, resultan sustanciales los aportes de Mary Douglas y Baron Isherwood citados en el Anexo bibliográfico. 286 In-disciplinada En todos los casos, se trata de una noción que resulta del cruzamiento de las anteriores: en el marco de nuevas formaciones sociales y en el interjuego con unos textos, medios y productos culturales determinados, los individuos van reconociéndose como términos de interpelaciones a las que prestan consentimiento y que les integran a otros distantes y diversos pero equiparados en términos de la interpelación como públicos. La constitución de esos colectivos marca, incluso, a quienes por alguna razón—falta de las competencias necesarias, decisión personal, etc.— no forman parte de ellos. Tal como indicamos antes, desde la producción y el consumo se van diseñando, según postula Chartier, las“marcas culturales predominantes” en cada momento y sociedad, en virtud de las cuales los individuos se reconocen y posicionan entre sí. Pero más allá de esa dimensión, cuando nos referimos al público como categoría identitaria, estamos nombrado una nueva dimensión que no atraviesa sólo el campo de los consumos de bienes culturales sino todo el ordenamiento social. Nos referimos a una condición que es rastreable desde los postulados de Benjamin en“La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica” pasando por los aportes de Hanna Arendt hasta las actuales consideraciones de Anthony Giddens acerca de lo que denomina la modernidad tardía 27 . Se trata de esa nueva condición adquirida por los seres humanos en vinculación con el desarrollo de las tecnologías que, en tanto sistemas expertos, permiten la prosecución de la existencia mediante el“uso” de diversos artefactos. En ese sentido, el público se asocia al“usuario”, esto es alguien a quien se destinan variados servicios mediante los cuales encuentra seguridad, y posibilidad de desenvolverse eficazmente en la vida cotidiana. 5. Principios articulatorios Son esas cuatro dimensiones, pero además su peculiar modo de articularse, las que consideramos categorías centrales para la comprensión de los públicos de los medios masivos. De ahí que postulamos que ellos deben ser considerados como una nueva formación social—un nuevo tipo de agrupamiento colectivo— que guarda relación con: • transformaciones estructurales que afectan la producción de bienes y la vida cotidiana de las personas; 27 Ver Modernidad e identidad del yo, Península, Barcelona, 1996. Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c r i a ó m n e P d o i p á u ti l c a a r 287 • transformaciones institucionales que implican nuevos modos de ordenamiento, disciplinamiento, jerarquización, normalización social; • el desarrollo de técnicas y medios de comunicación que constituyen un mercado a partir del cual se formulan interpelaciones en las cuales determinados conjuntos de personas se reconocen como destinatarios o establecen distinciones. Lo que a la manera de una amalgama da especificidad y consistencia a esa noción de público es el peculiar modo de articularse de todas las dimensiones contenidas en ella que tienen una doble naturaleza. Por un lado, se trata de articulaciones empíricamente verificables en tanto situaciones y condiciones que se desarrollan epocalmente. Pero, al mismo tiempo, sería imposible pensar tales articulaciones, indagarlas, si no tuviésemos—si no elaborásemos— algunos principios que hacen posible y rigen tal articulación. Entre ellos destacamos la necesaria vinculación entre: - El modo en que los individuos son interpelados individual y colectivamente desde los medios masivos para constituirse como público de los mismos y su constitución empírica como tales; en otras palabras, el contraste entre el destinatario textual y las personas que utilizan los diversos medios o mensajes. - Las relaciones—cercanías, desfasajes, etc.— entre ese sistema de interpelación y las condiciones de vida particulares de diversos grupos sociales(entendiendo por grupos diferentes modos de asociación y pertenencia: desde la clase social hasta el género, la edad o la consecución de una idéntica práctica), más allá de la efectiva adhesión de tales grupos a las propuestas formuladas desde los medios. - Las consecuencias simbólicas y prácticas que tienen—en tanto diseño de un modo de ser social— las condiciones y discursos que prefiguran públicos específicos. Es decir, cómo participan junto a otros en aquello que se denomina públicos masivos y qué lugar ocupa esa participación—vía el consumo mediático— en los procesos de formación de las identidades. Esos principios conceptuales tienen una clara incidencia metodológica que permite distinguir lo que llamaríamos estudios acerca de los públicos de los medios masivos(y no sería mayor problema que en términos léxicos intercambiáramos esa palabra por audiencias o receptores) con respecto de los estudios de consumo o recepción. Porque si en estos dos últimos casos de lo que se trata es de la reconstrucción de los procesos de producción de sentido que, superando el estrecho nivel de la decodificación—tal como plantean algunos autores de la corriente de estudios culturales—, implica reconstruir una práctica social que involucra el uso y consumo de medios y 288 In-disciplinada mensajes, en nuestro caso, es decir, en el estudio de los públicos, su“hacer” sólo adquiere relevancia en tanto puede tener vinculación con su“hacerse”. En tal sentido, estudiar los públicos masivos es, por un lado, encontrar las claves por las cuales los individuos aceptan, en situaciones específicas y en relación con interpelaciones particulares, convertirse en seres genéricos como medio de inclusión en la dinámica de la producción cultural de la sociedad, es decir, en los procesos de elaboración colectiva de los significados que la distinguen. Y, al mismo tiempo, estudiar los públicos es comprender de qué manera dicha conversión modela los comportamientos que, más allá de la relación que se entabla con los medios masivos, regulan las interacciones y legitiman las institucionalidades y el poder, incluido el de esos propios medios. 6. Consideraciones metodológicas Si como venimos planteando el público es una formación imposible de ser asida sino en su dinámica compleja, su estudio será siempre el estudio del modo en que se ha constituido, para lo cual es necesario abordar ese objeto de estudio desde múltiples espacios de observación: la trama social en que se conforman los públicos, los sistemas de interpelación diseñados desde los medios y las prácticas de reconocimiento de diferentes grupos sociales. Estas prácticas son pasibles de ser estudiadas a partir de dos estrategias diferentes—que incluso deben adoptarse de acuerdo a la temporalidad de los estudios—: una es la perspectiva etnográfica, enriquecida con los planteos de A. Giddens; 28 otra es una perspectiva bibliográfica documental que permite recuperar esas prácticas a través de las huellas que han dejado en diferentes conjuntos textuales: fuentes directas tales como diarios, revistas de circulación masiva, mensajes publicitarios, obras literarias, etc., y estudios sociológicos, históricos y culturales. Por otro lado, asumir el supuesto de que los públicos se constituyen implica otorgar a la indagación un carácter histórico o diacrónico. Sin embargo, ello no anula la dimensión sincrónica en tanto y en cuanto en cada momento del 28 Ver al respecto los planteos que realiza James Lull en“La estructuración de las audiencias masivas”, Diálogos de la comunicación , N° 32, FELAFACS, Lima, 1992. También lo sostenido por Graham Murdock en“La investigación crítica y las audiencias activas, en Revista Estudios sobre Las Culturas Contemporáneas, N°10, Universidad de Colima, México, 1990, y el capítulo de la investigación que reseñamos en esta ponencia y que dedicamos a la posibilidad de redimensionar los estudios de recepción— y sobre todo sus versiones etnográficas— desde la teoría de la estructuración. Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c r i a ó m n e P d o i p á u ti l c a a r 289 devenir histórico-social debe indagarse el constante proceso de constitución y sus mecanismos. En tal sentido es que adoptamos a nivel metodológico lo postulado por Raymond Williams en torno a la necesidad de no asumir “ningún principio de explicación universal o general” cuando se trata de dar cuenta de las relaciones necesarias entre“cultura y sociedad”. 29 En función de lo anterior, consideramos que metodológicamente es adecuado asumir el estudio de los públicos masivos como estudios de caso cuya delimitación podrá ser de variados tipos: temporal—estudio de la constitución de públicos masivos en un período establecido—; temática —estudio de la constitución de públicos por medios—; localizada—estudio de la constitución de públicos en determinados ámbitos físico-geográficos—; o individualizada—estudio de la constitución de públicos conformados por individuos particulares—. Pero en ese sentido, y para no recaer en una casuística que contravenga nuestra idea de articulación, asumimos otro de los postulados de Williams referidos a la sociología de la cultura, cuando plantea que“una sociología de la cultura adecuada debe articular los conceptos locales específicos con los conceptos generales”. De ahí que“no puede evitar la aportación instructiva de los estudios empíricos y de las posiciones teóricas y cuasi-teóricas existentes. Pero debe estar en condicione” de reelaborar y reconsiderar todo el material y los conceptos heredados, y presentar sus propias contribuciones dentro de la interacción abierta entre la evidencia y la interpretación que es la verdadera condición de su adecuación”. 30 De tal modo, en cada estudio de caso no sólo es imprescindible articular las diferentes dimensiones que hemos identificado, sino que ellos deben convertirse en recursos para la redefinición de las nociones y la elaboración de nuevas hipótesis comprensivas que nos permitan acercarnos a nuestro problema crucial: respondernos de qué manera somos hoy una sociedad de públicos y lo que ello implica en términos de vida, es decir, en los modos que los seres humanos tenemos de ser y actuar. 29 Cultura. Sociología de la comunicación y del arte , Paidós, Barcelona, 1981,.31. 30 Idem, p. 33. 290 In-disciplinada El público de la radio: modos de oír, modos de ser(2006) * La investigación de la que daré cuenta es un estudio acerca de la constitución del público de la radio en Córdoba. Fue realizada durante 2003 y 2004 como parte de una investigación mayor, un proyecto subsidiado por la Secretaría de Ciencia y Técnica de la Universidad, que dirigí a partir de 2000, cuyo objetivo principal fue aportar elementos para una“teoría sobre el público”, como Dominique Wolton denomina a ese necesario trabajo conceptual para la comprensión de nuestra sociedad, como“sociedad de los públicos”. En el marco de esa investigación colectiva diseñamos tres estudios de caso desarrollados de manera individual por cada uno de los integrantes del equipo de investigación(uno sobre la constitución del público de la televisión por cable en Córdoba; otro sobre la constitución del público lector de revistas cordobesas en la década del 70 y el tercero, el estudio sobre la constitución del público de la radio en Córdoba). Esos estudios de caso fueron pensados desde una perspectiva deudora de las proposiciones de Raymond Williams acerca de la sociología de la cultura. En particular de la proposición según la cual toda sociología de la cultura debe ser una sociología histórica. Ante lo que reconoce como enorme variedad de relaciones de producción cultural en sociedades y períodos históricos diferentes, Williams plantea que sería imprudente adoptar, como constructo teórico, algún esquema de explicación universal o general de esas relaciones. Por el contrario, plantea que una“sociología de la cultura adecuada” debe“articular lo que denomina conceptos locales específicos con los conceptos generales”. Es decir, articular el análisis de realidades particulares con posiciones teóricas existentes reconsiderando y reelaborando a la luz de lo particular los conceptos heredados. Por esa razón y para ubicar adecuadamente el estudio de caso que expondré, considero necesario dar cuenta de los fundamentos de la investigación marco que le dio origen, así como de las categorías y lineamientos metodológicos que se elaboraron a partir de ella. Una de las zonas de reflexión y debate más significativas en los estudios de comunicación latinoamericanos desde mediados de la década del 80 * Artículo inédito, publicado por primera vez en este libro. Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c r i a ó m n e P d o i p á u ti l c a a r 291 y durante la década del 90 fue la problemática de los destinatarios de los medios y productos culturales masivos. En general, puede afirmarse que lo que se produjo fue un profundo cuestionamiento a las concepciones lineales y mecánicas de la comunicación propias de tendencias positivistas. Los“estudios de recepción”, como genéricamente se denominaron, pusieron en cuestión las explicaciones mono-causales acerca de los comportamientos de los destinatarios de los medios y mensajes masivos; impugnaron las concepciones instrumentales del lenguaje; redescubrieron los sujetos y su acción, antes opacados por el peso de las estructuras y los sistemas; reconceptualizaron la cultura como proceso social continuo y contradictorio de producción de significaciones. Así, los destinatarios de los medios devinieron productores: no ya receptáculos de sentidos preconstituidos, términos pasivos de operaciones de trasmisión, sino sujetos activos de una compleja relación. Sin embargo, esas operaciones de reconceptualización tuvieron varias limitaciones. Una de las más graves o evidentes fue lo que llamo el efecto de totalización contraria que se produjo en muchos casos. El determinismo de las estructuras —que dificultaba la comprensión de la experiencia cultural inscripta en los procesos de consumo y recepción de medios y mensajes masivos— se compensó desmedidamente con la postulación de la autonomía de los receptores—individualidades resistentes a cualquier constricción textual— y a las constricciones vinculadas con las lógicas de la producción cultural masiva. Entre otras razones, esa limitación se debió a una suerte de abstracción de la figura o noción del receptor—entidad productora de significaciones—, del colectivo del que forma parte—el público—, y que siendo, como bien lo indicara Habermas, una“nueva categoría social” surgida a partir del tráfico y la comercialización de los bienes culturales, fue naturalizado en los estudios de comunicación, especialmente en los concebidos desde la perspectiva de la mass communication research, al punto de reducirlo a un dato empírico; es decir, al punto de considerarlo simplemente como el conjunto de individuos expuestos a medios y productos culturales masivos. Fue por eso que, en aquella investigación marco donde se originó el estudio de caso al que voy a referirme, propusiera como tarea central la desnaturalización del público—revelando su condición de construido— y, consecuentemente, la comprensión de los mecanismos de su constitución y del sentido que esa operación tiene en relación con el modo en que los 292 In-disciplinada individuos nos reconocemos y actuamos en la sociedad. Lo que buscaba era elaborar un modelo conceptual y metodológico para poder abordar el análisis de esa nueva categoría social—el público— y llegar a comprender qué significaba en términos de experiencia cultural, para utilizar también una noción que remite al pensamiento de Raymond Williams. A partir de la sistematización y confrontación de diferentes nociones que se elaboraron desde la sociología, la teoría del arte y la literatura y los estudios de comunicación en torno a los públicos, llegamos a definir una noción multidimensional del público de los medios masivos en la cual se articulan cuatro dimensiones sustantivas. Postulamos que en el proceso de modernización de la sociedad, el público de los medios masivos puede concebirse como una nueva formación social —un nuevo tipo de agrupamiento colectivo— que guarda relación • con transformaciones estructurales que afectan la producción de bienes y la vida cotidiana de las personas; • con transformaciones institucionales que implican nuevos modos de ordenamiento-disciplinamiento,jerarquización- social; • y con el desarrollo de técnicas y medios de comunicación que constituyen un mercado • a partir del cual se formulan interpelaciones en las que determinados conjuntos de personas se reconocen como destinatarios o establecen distinciones. En tal sentido, estudiar los públicos masivos es estudiar ese conjunto de dimensiones y su particular modo de articulación en circunstancias específicas. Y esas circunstancias específicas pueden ser tanto algunas transformaciones estructurales que afectan la producción de bienes(por ejemplo, la globalización de los mercados); o transformaciones institucionales que redefinen el orden social(por ejemplo, el advenimiento de un período dictatorial, la división de un país en regiones); o el desarrollo de una nueva tecnología o medio expresivo(por ejemplo, el desarrollo de la radiodifusión o de las telenovelas). De lo que en todos los casos se trata es de encontrar la claves para comprender los mecanismos por los cuales los individuos aceptan, en situaciones específicas y en relación con interpelaciones particulares, convertirse en seres genéricos, es decir, parte de un colectivo mayor que se autorreconoce como público de ciertos medios o productos. Y, al mismo tiempo, estudiar los públicos es comprender de qué manera Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c r i a ó m n e P d o i p á u ti l c a a r 293 dicha conversión modela los comportamientos más allá de la relación que se entabla con los medios masivos. Ese fue, planteado muy sucintamente, el modelo conceptual-metodológico a partir del cual desarrollé la investigación sobre la constitución del público de la radio en Córdoba. Para dar cuenta de ese proceso de acuerdo con nuestro modelo conceptual, era necesario reconstruir los momentos, las estrategias y prácticas que posibilitaron que la población fuese asumiendo su condición de público de la radio y que, al mismo tiempo—y esta fue una de las hipótesis de la investigación—, eran los momentos, estrategias y prácticas a través de los cuales la radio se transformó, de mero hecho técnico en práctica cultural. Por esa razón, consideré que para trabajar la constitución del público de las radios de Córdoba era necesario tener en cuenta los siguientes aspectos: a) El contexto socioeconómico en que el medio se insertó. b) Las prácticas culturales preexistentes y, especialmente, aquellas vinculadas a los modos de obtener informaciones y de entretenerse. c) Las modalidades de emergencia del medio: sus estrategias de instalación y los mecanismos de legitimación desarrollados. d) La oferta realizada a la audiencia. Y el sistema de interpelación desplegado en ella. e) La articulación del medio con otras instancias sociales y culturales(instituciones y prácticas). f) Las respuestas de la audiencia. Al mismo tiempo, sentí que era necesario acotar temporalmente la investigación. Una cuestión a ser tenida en cuenta en cualquier estudio de constitución de públicos de medios y productos masivos. En ese sentido, me propuse trabajar en el período comprendido entre comienzos de la década del 20 hasta la década del 50, en que básicamente queda perfilada una escena radiofónica que se mantendrá en Córdoba durante muchos años y que es la escena caracterizada por la presencia de 4 emisoras en AM más el complemento de las redes nacionales de radiodifusión de las que formaron parte. Dado que se trataba de un extenso período de casi 30 años, me fue necesario operar con algún criterio de periodización. Así que, luego de consultar bibliografía sobre el desarrollo de la radiodifusión en Argentina, establecí tres etapas o momentos para el análisis de la constitución del público: la época experimental, desde 1921 a 1927, año de las primeras transmisiones locales; la época de la emergencia del medio, décadas del 30 y 40; y la época de expansión, década del 50. 294 In-disciplinada Un rastreo de fuentes disponibles para realizar la investigación me reveló que existían poquísimos documentos escritos o sonoros producidos por las radios cordobesas. Debí entonces apelar a un conjunto de materiales diversos y hasta cierto punto fragmentarios, por lo cual trabajé combinando diversas fuentes y técnicas de recolección de información. a. Utilicé fuentes documentales de carácter histórico y periodístico para situar la emergencia y desarrollo del medio en el contexto socioeconómico y relevar las prácticas culturales preexistentes. Trabajé en ese sentido con textos referidos a la historia local y con los diarios de mayor tirada de la época. b. Esas mismas fuentes periodísticas—en las que han quedado registradas básicamente informaciones acerca del medio y sus mensajes publicitarios— me permitieron recuperar las estrategias de instalación y legitimación del medio, su articulación con instituciones y prácticas sociales y culturales, y la oferta realizada a la población. Pero, ante la carencia de materiales propios de las radios cordobesas y en tanto los estudios consultados sobre el desarrollo de la radiodifusión en Argentina indicaban para el caso de Córdoba una fuerte articulación con la radiodifusión nacional, recurrí como fuente significativa a una de las publicaciones especializadas de alcance nacional: Radiolandia. c. Completé la información provista por ese tipo de fuentes con entrevistas en profundidad realizadas a protagonistas significativos de la radiodifusión local. Principalmente realicé entrevistas a productores y actores de radioteatros, a locutores, periodistas y conductores de revistas radiofónicas. d. Otra fuente de especial importancia fueron las personas de diferentes sectores sociales que accedieron a la escucha de la radio en las tres etapas definidas previamente. A fin de recuperar la experiencia de los individuos constituidos en público por la radio, utilicé como fuente documental las memorias de recepción de individuos de sectores populares que había construido en una anterior investigación y que, al haber sido elaboradas con técnicas propias de la historia oral me permitían analizar el proceso de escucha en relación con la vida cotidiana de los individuos y la modificación de esa cotidianeidad así como la modelación de un conjunto de categorías vinculadas a dimensiones simbólicas como el conocer, el entretenerse, el reconocerse como parte de grupos y colectivos sociales, participar de un mundo en común. Esas historias fueron completadas con entrevistas en profundidad realizadas a individuos de sectores medio y medio-alto. Organicé el trabajo de interpretación de los datos recogidos de manera tal que pudiese dar cuenta de los dos tipos de resultados—los dos tipos de Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c r i a ó m n e P d o i p á u ti l c a a r 295 finalidades— que perseguía el estudio de caso. Por un lado, comprender el proceso específico de constitución del público de la radio en Córdoba. Por otro, poner a prueba el modelo conceptual metodológico acerca del proceso de constitución de públicos, encontrando en este caso específico elementos de interpretación que pudieran confrontarse con los obtenidos en los otros dos estudios de caso que realizaban otros colegas paralelamente en el marco de nuestro proyecto global de investigación. Los principales resultados del estudio fueron los siguientes: - La constitución del público de la radio en Córdoba se produce inicialmente alrededor del medio en tanto hecho tecnológico que, como todos los descubrimientos y avances científico-técnicos del momento, prometía una vida mejor. Esa mejoría estaba asociada a dos aspectos: uno, los beneficios del disfrute de la cultura legítima y mayores niveles de conocimiento. Otro, la posibilidad de emular los avances técnicos y culturales logrados por los dos centros referenciales, en aquel momento, para Córdoba, la Capital Federal y Rosario. Hasta los primeros años de la década del 30, los oyentes comparten con los aficionados técnicos un idéntico mundo de experiencias. Por eso el público de la radio es inicialmente un“entendido” en materia tecnológica y un propulsor del uso del medio más que un consumidor. - En ese sentido, el público de la radio local—y eso se corrobora a nivel nacional— puede considerarse una formación social moderna. Narrativa y estéticamente las interpelaciones radiofónicas de aquel momento se afincan en numerosos elementos propios de la tradición(historias, música, modos de decir). Pero la integración a la Nación y al mundo mediante“el milagro de las ondas hertzianas” constituye un mecanismo de abstracción de la experiencia inmediata y su articulación con dimensiones universales. Además la radio propone ese“milagro” de la técnica como horizonte de expectativa de la población ya no sólo ligado a las prácticas culturales sino a la vida cotidiana toda. La publicidad que financia una revista como Radiolandia, y que en gran medida coincide con la que financia las emisiones radiofónicas locales, plasma, luego del período inicial, un modelo de consumidor guiado por las nociones de confort, racionalidad y eficacia como clave de un nuevo modo de vivir. Son básicamente publicidades de productos de alimentación, de salud y belleza, en las que pueden leerse las marcas de un tiempo en el cual, abandonados los saberes tradicionales, la sociedad requiere “seguridades” para afrontar el vivir. 296 In-disciplinada - La constitución del público de la radio se produce alrededor de la idea de acceso a la vida urbana y de ampliación de oportunidades. Córdoba capital había duplicado su población con respecto de principios de siglo recibiendo numerosa cantidad de inmigrantes de los departamentos del norte y noroeste provincial a los cuales se buscaba integrar por diversos medios. Esa integración y ampliación de oportunidades se expresa básicamente en tres dimensiones: las radios locales interpelan a la población como medios a través de los cuales puede accederse a prácticas culturales—de índole musical y teatral, por ejemplo— antes reservadas a minorías provistas de recursos económicos o de competencias culturales específicas. También como medios de acceso a acontecimientos de carácter social-institucional(inauguraciones, exposiciones) reservadas a las élites políticas y económicas de la época. Y en tercer lugar, como medios apropiados para asegurar una“sana diversión” al“público pobre”, una necesidad expresada de manera reiterada en diarios de la época, y que no era ajena a las preocupaciones en torno a la necesidad de disciplinamiento y moralización de ese sector de la población como modo de garantizar la cohesión social. - El público de las radios se constituye fundamentalmente en torno a la idea del consumo colectivo de bienes culturales en el ámbito hogareño, haciendo de la familia el término obligado de las interpelaciones. Aun cuando a fines de la década del 40—y en estrecha relación con los procesos de industrialización y crecimiento urbano experimentados en Córdoba— la audiencia comienza a ser designada sectorialmente destinándose además géneros específicos en función de sexos y edades, las características tecnológicas de los aparatos de recepción refuerzan esa interpelación colectiva. La radio, que transforma la noción de entretenimiento al punto de que ella comienza a ser asociada crecientemente con la utilización de recursos tecnológicos, opera como regulador de relaciones familiares consolidando roles, pero, al mismo tiempo, dotando a los niños y a las mujeres de específicos derechos al consumo de bienes simbólicos, lo que refuerza la noción de acceso a la que me referí. - La constitución del público de las radios cordobesas se realiza apelando a las nociones de proximidad e interconexión. Proximidad en tanto espacio de reconocimiento de lo cordobés e interconexión de lo local con lo nacional. En ese sentido, el público de la radio es una formación social cuyo horizonte desborda el carácter local porque es articulado desde las estrategias de producción al ámbito nacional. En 1930, momento en que Radio Nacional inaugura la primera cadena Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c r i a ó m n e P d o i p á u ti l c a a r 297 argentina de broadcastings , las emisoras locales retransmiten entre cuatro y seis horas producciones de la Capital Federal que, en función de esa retransmisión en diversos puntos del país, comenzarán a ser denominadas“argentinas” o“nacionales”. Por ello, el público de la radio es una comunidad que está integrada en torno al idioma, la música, y los datos sobre el país. Da cuenta de ello la importancia que una revista como Radiolandia concede a la promoción de los programas de colectividades extranjeras que hacia 1937 han crecido notablemente en número y duración; pero también el reconocimiento de las pugnas y diferencias, expresadas en notas que informan, por ejemplo, que“la música folklórica entra lentamente en Buenos Aires”, y la valoración de trasmisiones realizadas desde puntos alejados del país que permiten conocer geografías y costumbres distintas. - La constitución del público de las radios de Córdoba como parte de una colectividad integrada a nivel nacional revela, al mismo tiempo, una cesura—característica de la cultura argentina— entre las masas y un sector de la intelectualidad. La minusvalorización que en los primeros años de la radiodifusión local existía hacia ella por parte de los“doctos” en Córdoba tendría, en la escena nacional y en las páginas de Radiolandia, manifestaciones beligerantes. Así, mientras se celebra la incorporación al medio de escritores y conferencistas tales como Arturo Capdevila, María de Maeztu, Pedro M. Obligado o Gregorio Marañón, las críticas de Victoria Ocampo a una trasmisión“interoceánica” son leídas como “ataques al gusto popular”. En tal sentido, la constitución del público de la radio habla de una emergencia: la de los sectores populares que aparecerán en ella no sólo interpelados en sus gustos sino en sus necesidades básicas. Las emisoras asumirán una dimensión“social” que se traduce en campañas solidarias, entregas de“víveres y ropas”, funciones especiales en hospitales y asilos, provisión de albergue a familias sin viviendas. Ciertos programas y conductores se autopresentarán como benefactores y entablarán una exitosa interpelación con un público convertido en beneficiario, rasgo que marcó la radiodifusión cordobesa al menos hasta la década del 90. - La constitución del público de la radio como nueva formación social se realiza a través de verdaderas estrategias“educativas”, necesarias para que la interpelación de las emisoras fuese efectiva. Los directivos de LV2 y LV3, las primeras emisoras cordobesas, apelaban a la necesidad de que el público interactuara con ellas a fin de construir programaciones adecuadas a sus gustos e intereses y confiaban en que los medios gráficos especializados podían contribuir en ese sentido. Y son los 298 In-disciplinada medios nacionales quienes cumplen ese papel como lo prueban diversas secciones de Radiolandia. Secciones como“¿Qué desea usted saber?”, “¿Qué quiere usted decir?” y los“Cuentos de ambiente radiofónico” están destinadas a la construcción de esa comunidad: a través de una iniciación a las condiciones de producción del medio y a un particular tipo de conocimiento e interacción con sus protagonistas. - Además de esas estrategias“educativas”, las emisoras y Radiolandia, como uno de los órganos oficiales de esta nueva modalidad de interacción comunicativa, instauran bajo el formato“concursos” un verdadero sistema de entrenamiento estético-técnico en el nuevo lenguaje de la radiodifusión. Concursar redactando“avisos en verso” que den cuenta de las“virtudes” del Jabón Federal, auspiciante de una audición que llevaba su nombre; o sugiriendo títulos para piezas musicales; o mostrando las destrezas musicales para formar la orquesta infantil de Radio El Mundo; o escribiendo“obras radiotelefónicas” son prácticas que generan un saber hacer compartido entre medios y oyentes. - Esas estrategias desbordan el marco de las emisoras para articularse con un conjunto de nuevas instituciones orientadas a la formación profesional: academias de“arte radial” dedicadas al canto, la vocalización, la radioteatralización, el arte escénico, la declamación, ofertan sus servicios en radios y diarios locales y nacionales instaurando circuitos que vincularán la radio con el cine, el teatro y las actividades musicales. En ese sentido, el público de la radio es público de una cultura de masas constituida mercantilmente en torno al entretenimiento y en torno a nuevos rituales y competencias sociales. En otras palabras, uno puede afirmar que el mercado que constituye“el público”, constituye al mismo tiempo la figura del“alumno” que durante décadas permitirá a las emergentes clases medias cordobesa y argentina soñar“el sueño común” del ingreso a la cultura a través del cultivo de prácticas reconocidas como artísticas. Hasta acá los principales resultados de este estudio de caso que, en términos generales, es decir, en relación con la problemática mayor de la constitución de públicos de los medios masivos, nos permitió comprobar— al igual que ocurrió con los estudios de caso específicos acerca de la TV por cable y las revistas de información de la década del 70— que el público es un tipo de comunidad que se configura en relación con dimensiones y ámbitos que exceden los medios y productos culturales masivos. Para el caso de las radios, La Nación y el mercado fueron términos de referencia insoslayables Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c r i a ó m n e P d o i p á u ti l c a a r 299 como lugares de constitución de sujetos y al mismo tiempo fueron en parte construidos por ellas. En ese sentido, las radios locales construyeron las primeras ideas de acceso a los bienes culturales y al espacio público para grandes masas de población como característica de la cultura de una época marcada por las posibilidades de movilidad social y la confianza en el progreso colectivo a pesar de las diferencias sociales. 300 In-disciplinada El público en escenas(2015) * Escena 1 Ayabaca es una de las provincias del norte peruano adonde llegan las ondas de Radio Cutivalú, una emisora popular con la que hace muchos años compartí una investigación orientada a comprender el papel que jugaba como medio de expresión y educación regional. En sus comunidades serranas, de difícil acceso y economías de subsistencia, vivían campesinos sufridos pero orgullosos de“conocer las verdades de los cerros y los misterios de las lagunas”, un conocimiento que los hacía sentirse diferentes y alejados de los habitantes de los valles, que perdieron o nunca tuvieron ese saber pero que sin duda eran más prósperos económica y socialmente gracias a sus cultivos de algodón, uno de los bienes exportables del país. En debates realizados como parte de nuestra investigación, los campesinos de las alturas se reconocieron fieles oyentes de Radio Cutivalú. Ella los tenía en cuenta en su programación, les permitía interconectarse con otras personas y comunidades a través de su servicio de mensajes, difundía la música que sentían propia, hablaba de su situación y sus problemas, les ayudaba a superar algunos a través de programas dedicados a la salud y la agricultura. Sin embargo, pese a esa fidelidad, manifestaron que preferían escuchar los informativos de la más importante emisora nacional, de naturaleza comercial:“En esa radio podemos enterarnos todos los días del precio del dólar”, explicaron. “ ¿Y para qué les sirve eso?”, preguntaron los entrevistadores asombrados por ese interés ante un conocimiento tan poco vinculado al quehacer económico y las necesidades más inmediatas de la comunidad. Con la rapidez y naturalidad con que se responde a las preguntas banales, los campesinos replicaron:“No nos sirve para nada... pero estamos informados”. Esa experiencia, como tantas otras que viví desarrollando investigaciones vinculadas con radios populares y educativas del continente, fueron el origen de mis reflexiones—mis interrogaciones, las llamé siempre— acerca del público de los medios masivos de comunicación. * Texto inédito, preparado en 2015 como material del Curso“Los Medios Audiovisuales y sus Audiencias”, en la Especialización en Gestión y Producción de Medios Audiovisuales, CEAFacultad de Ciencias Sociales, Universidad Nacional de Córdoba. Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c r i a ó m n e P d o i p á u ti l c a a r 301 Hablar del público de los medios masivos parece algo común y hasta cierto punto sencillo. Se refieren a él los que miden ratings, los que comentan las reacciones de las personas ante programaciones y mensajes, los que diseñan productos cuando imaginan a quien quieren“alcanzar”, como suele decirse. El público está ahí, a la espera de las propuestas de los productores, de los emisores o como se les llame, o mejor, como objetivo de esas propuestas. El público es real, si efectivamente consume un medio en particular, o potencial, si se aspira a ganarlo. Así mirado, en estos tiempos en que resulta imposible pensar nuestra sociedad sin la presencia ubicua de los medios masivos de comunicación, el público es la población misma, porque no existen casi individuos que puedan sustraerse a la vinculación con esos medios. Y, como ocurre con la población, el público puede caracterizarse por su edad, su género, su adscripción a uno u otro sector social, su pertenencia a distintas zonas geográficas y, además, por su comportamiento en tanto público, es decir, por sus maneras de informarse, entretenerse, por sus maneras de relacionarse con los medios masivos. Así se hablará de públicos fieles o fluctuantes, de públicos constantes o inestables, del público de las telenovelas o de los informativos, del público del cine, la radio, la televisión, de los lectores, los oyentes, los usuarios de internet… En suma, cuando se piensa y se habla del público, se habla de individuos que desarrollan una actividad específica, el consumo de medios, que puede ser planificada y evaluada. De ahí que, en general, tengamos la sensación de que sabemos quién es el público o, al menos, que nos sintamos en condiciones de imaginarlo y conocerlo. Las cosas, sin embargo, son un poco más complejas, como lo sugiere la afirmación que hicieron hace tanto tiempo los oyentes campesinos de Radio Cutivalú . Sin duda ellos eran su público pero también eran público de otra emisora cuya programación y contenidos se situaban en las antípodas. Cutivalú les permitía sentirse reconocidos étnica, cultural y socialmente, respetados y ayudados. Se los interpelaba como sujetos dignos de derechos y ellos respondían a esa interpelación con un reconocimiento casi grandilocuente:“El Cutivalú lo dijo”, indicaban cuando querían esgrimir la legitimidad de sus derechos ante quienes se los negaban 1 ¿Y cómo se los interpelaba en Radio Programas del Perú, la emisora cuyo informativo escuchaban porque les daba a conocer el precio 1 Así lo decían, por ejemplo, cuando la policía trataba de detenerlos en la vía pública sin que hubiese fundamentos para ello, luego de una campaña educativa sobre derechos humanos realizada por la emisora. 302 In-disciplinada del dólar? La interpelación era genérica: se les hablaba como oyentes que debían ser informados, más allá de condiciones específicas, acerca de un aspecto inherente a la agenda económica de las sociedades capitalistas. Sin embargo, esa interpelación genérica era respondida desde una situación absolutamente particular. Para esos campesinos que no comercializaban casi nada de lo que producían, estar informados acerca del precio del dólar no les servía“para nada”, es decir para hacer nada . Pero en nuestros diálogos con ellos comprendimos que ese saber les igualaba a los campesinos de los valles. Esa información les incluía, a pesar de su pobreza, en el mismo espacio en el que se movían los campesinos más ricos. La cuestión, comprendimos, era que esa información que no servía para hacer, servía para ser , para no quedar nuevamente fuera. A partir de entonces y a través de diferentes indagaciones, recogí suficientes elementos como para afirmar que ser público de los medios masivos es algo más que consumir uno u otro. De ahí, a mi entender, la necesidad de diferenciar las nociones de consumidor y de público. Después de mucho tiempo en que el consumo fue pensado como una actividad simplemente mercantil, diversas perspectivas teóricas permitieron comprender el consumo como un conjunto de prácticas en las que se construyen significados y sentidos del vivir, a través de la apropiación y uso de bienes. Es justamente a través del consumo de medios de comunicación y de sus productos que los individuos se convierten en su público. Pero aun existiendo esa vinculación, es necesario distinguir ambas nociones. Mientras los actos de consumo pueden ser más o menos estables o fugaces, derivados de necesidades más o menos permanentes o de situaciones ocasionales, ser público es una experiencia a través de la cual los individuos se identifican. Un ejemplo bastará, seguramente, para aclarar la distinción. Un cordobés puede ocasionalmente escuchar o bailar música de cuartetos: su consumo es casi un acto obligado al subir a algunos taxis de la ciudad o al asistir a algunas fiestas, independientemente del sector social que organice el festejo. Pero ser público del cuarteto—público incluso de algunos de sus representantes consagrados— es mucho más que escuchar o bailar cuartetos de vez en cuando. Implica el reconocimiento y asistencia a unos circuitos de entretenimiento, la adhesión a unos modos de organizar el disfrute, unos ciertos modos de pensar y sentir el cuerpo, unas maneras de vincularse con otros con quienes se comparten hábitos y códigos. Y para añadir otro ejemplo menos localizado, digamos que uno puede ver ocasionalmente documentales en algún canal de televisión, pero Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c r i a ó m n e P d o i p á u ti l c a a r 303 el público del documental como género audiovisual es ese conglomerado de individuos que reconoce autores y tipos dentro del género, que se informa al respecto, que comenta y opina acerca de ellos, que se distingue de quienes no valoran ese tipo de producciones. En suma, ser público de un medio es reconocerse como parte de un conjunto mayor que realiza las mismas acciones y, en ese sentido, supone compartir códigos, saberes, percepciones, gustos, valoraciones, actitudes que permiten comunicarse con otros, identificarse, distinguirse, acordar, polemizar. Porque, como también enseña la experiencia de Cutivalú , el público de un medio determinado no es uno y único ; y sus diferencias no estriban sólo en la edad o el sexo de las personas sino en el tipo de vínculos que se entablan, las necesidades que se sienten satisfechas, la interacción que—a partir del consumo— puede establecerse material o imaginariamente con otros. Los primeros aportes significativos para pensar el público masivo como una formación social nueva diferenciada de anteriores formas de agregación y representación social provienen de la sociología clásica. Fue Gabriel Tarde quien a fines del Siglo XIX sentó las bases para pensar la sociedad moderna como sociedad de los públicos: una agregación fruto de las transformaciones económico-organizativas producidas por la industrialización, el accionar de nuevas instituciones y el desarrollo de los intercambios comunicativos que entonces englobaban desde los caminos y vías férreas hasta los medios impresos. Desde su perspectiva, el público debía entenderse como una colectividad mental que se establece entre individuos aislados o separados y como una nueva condición que se superpone a divisiones y agrupamientos existentes y de variado tipo: grupos primarios, institucionales, etc. 2 Esa nueva condición y modo de agrupamiento, postuló Tarde en aquel tiempo con lúcida visión, implica cambios y sustituciones en las anteriores formas de interacción y producción de sentido, tal como más tarde lo complejizara certeramente y desde otra perspectiva Walter Benjamin 3 . De ahí que afirmemos que ser público no es una mera actividad sino una condición, un modo de existencia de los sujetos o, si se prefiere, un modo específico en que se expresa su socialidad. Una socialidad particular que desde comienzos del siglo XX no ha cesado de modificarse, en estrecha 2 Su libro La Opinión y la Multitud apareció en Francia en 1901 y fue traducida al español por Taurus,(Madrid) en 1986. 3 En textos tales como“La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica”,“El narrador” o“Historia y coleccionismo”. 304 In-disciplinada interacción con las transformaciones económicas, sociales, culturales y tecnológicas propias de la modernidad hasta devenir un principio identitario central en la actual sociedad mediatizada. Una sociedad en la cual, al decir de Jean-Marc Ferry,“el público es virtualmente toda la humanidad y, de modo correlativo, el‘espacio público’ es el medio en el cual la humanidad se entrega a sí misma como espectáculo” 4 . Una sociedad constituida por individuos que aceptan un rol genérico diseñado desde el mercado mediático—que abre sus escaparates para diversificadas elecciones y usos de sus productos— con arreglo a normas y competencias que él mismo provee y que se entrecruzan con las adquiridas por los sujetos en otros ámbitos de la vida social. Es por ello que el público no es algo dado o natural sino construido; una condición, un modo de ser que se ha convertido en un significativo rasgo o referente identitario. Desde él—en convergencia o conflicto con otros referentes— los individuos actuamos, no sólo consumimos medios. Escena 2 Una escuela primaria en la que indagábamos la articulación de los medios masivos con los procesos de enseñanza-aprendizaje. La maestra apela a sus mejores estrategias pedagógicas para que los alumnos comprendan la incidencia de la quema de rastrojos en el empobrecimiento de los suelos. Algunos pocos atienden; la mayoría se aburre. Indaga las causas. La respuesta es casi unánime:“Señorita, eso ya lo vimos en la tele” . Al día siguiente el pesar de la maestra por esa nueva competencia se acrecienta: “Lo que usted dice no es cierto, seño; los faraones no esclavizaban a la gente para construir las pirámides. En un programa dijeron que las construyeron los extraterrestres”. Es desde su condición de públicos que los niños son hoy, además, alumnos. Y ello quiere decir algo más que la cantidad de horas que dedican a la televisión o los programas que miran, o el tiempo que dedican a navegar por la web. Lo que significa es que los medios son una de sus fuentes de información, tan legítima—o más— como pueden serlo padres y maestros. Es uno de los lugares—si no el privilegiado— desde el cual se asoman al mundo más distante. Y es esa condición y no la televisión o internet en sí mismos los que alteran las reglas del juego escolar, aunque todavía existan docentes que lo ignoren y lo resistan. Y es esa condición la que 4 “Las transformaciones de la publicidad política” en Ferry, Wolton y otros, El nuevo espacio público , Gedisa, Barcelona, 1992, p. 20. Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c r i a ó m n e P d o i p á u ti l c a a r 305 ha llegado a modificar ciertas estrategias y dimensiones de la enseñanza. Hace algún tiempo asistí a un congreso docente en el cual varios maestros y profesores se quejaban de la“estética videoclip” en tanto lenguaje que empobrecía las capacidades del razonamiento causal y argumentativo por parte de los alumnos. Sin tomar partido ante esa afirmación les pregunté si la misma estética construida a partir del fragmento, la yuxtaposición, la combinación de entretenimiento e información, no era la predominante en los manuales escolares. Porque la condición de públicos de la televisión, modeladora de maneras de ver, atender, aprender, llega a trascender el consumo de ese medio y ejerce su condicionamiento sobre diversas producciones culturales. Escena 3 Junio de 2009. El caso fue conocido. Los vecinos de Zavaleta, un barrio de la zona sur del conurbano bonaerense, decidieron realizar un festival ante el edificio de América TV—un canal de televisión abierta— como respuesta ante el relato de un periodista en un programa promocionado como de investigación. Visitar el barrio, había dicho el conductor,“es poco menos que desafiar la muerte”. Su caracterización del lugar como terreno de narcotraficantes—para lo cual, y sin explicitarlo, había utilizado escenas de un documental hecho por los propios vecinos para tareas de prevención, como si fuesen escenas reales— y su caracterización de las víctimas de la pasta como“muertos vivos” habían suscitado cartas de reclamo de curas villeros y llamadas al canal de los propios habitantes. Pero nada había servido para que la información se modificase. Entonces salieron a las calles del barrio porteño de Palermo con música y carteles para decir, entre otras cosas, que en Zavaleta habían aprendido a leer, que tenían amigos, que había solidaridad. Pero además relataban de qué modo ese programa había incrementado su situación de inseguridad porque los ómnibus ya no paraban en el barrio; porque decir que se vivía allí equivalía a perder el trabajo, o a que las chicas se alejasen de los muchachos en un baile. Esto amplificó las condiciones de por sí inseguras en que se desenvolvía la vida en esa zona. El caso habla de esos públicos televisivos—pero mediáticos en general, podríamos decir— tantas veces hechos presentes en los medios masivos como objetos o fuentes de información y que tantas veces ven distorsionada su voz. Lo singular es que, en ese caso, los vecinos del barrio hicieron público su derecho a comunicar, confrontando con el espacio periodístico-empresarial que se lo negaba ¿Por qué hablar de singularidad? 306 In-disciplinada Hace ya muchos años, Paul Virilio reconocía en las sociedades democráticas una suerte de paradoja. Mientras en ellas es ampliamente generalizado el rechazo de todo tipo de censura a los medios de comunicación por parte de los Estados y los grupos políticos que en cada coyuntura ejercen el poder, se reclama a los directivos de esos medios“responsabilidad” para decidir qué y cómo difundir. Ese reclamo encubre, según Virilio, el reconocimiento de una“censura aceptable” ejercida por los directivos de los medios. Una censura no sólo legal, ya que poseen las atribuciones empresariales o institucionales para decidir qué se difunde y qué no, sino que además es considerada legítima en tanto esos medios resultan consumidos por el gran público. 5 Ese razonamiento, a partir del cual planteaba la existencia en nuestras sociedades de una“legitimidad informacional con un poder distinto al de la legitimidad democrática, una usurpación de hecho, siempre presente”, 6 nos llevó a formularnos una pregunta perturbadora en términos conceptuales y políticos: preguntarnos si es posible que quienes hemos sido constituidos como públicos seamos capaces de no delegar nuestros derechos a la libre expresión y a la información en tanto existe un mercado—un sistema de producción industrial, de distribución y consumo de los bienes comunicativos-culturales— como instancia hegemónica de organización de los intercambios simbólicos. Una considerable evidencia empírica obtenida en numerosas investigaciones 7 nos permitió comprender la tensión sustantiva que se establece en nuestras sociedades entre la condición de públicos—esa condición individualcolectiva que resulta de reconocerse como término de las interpelaciones que formulan los medios masivos— y la condición ciudadana, cuando ella ya no es pensada desde estrechos marcos jurídicos sino en términos políticos, como posibilidad de una presencia que irrumpe en el espacio público para demandar derechos e, incluso, para discutirlos, exigirlos, ampliarlos. Esas investigaciones evidenciaron que aún quienes cuestionan desde su experiencia individual y/o colectiva la“legitimidad informacional” de la que gozan los medios, es decir, aún aquellos individuos u organizaciones que reconocen la mercantilización de la información, el sometimiento de 5 El arte del motor. Aceleración y Realidad Virtual, Manantial, Buenos Aires, 1996 6 Idem, p.62 7 Se trata de estudios realizados desde 2005 en el marco del Programa de Estudios sobre Comunicación y Ciudadanía del Centro de Estudios Avanzados de la Universidad Nacional de Córdoba. Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c r i a ó m n e P d o i p á u ti l c a a r 307 periodistas a los dictados del poder económico y/o político, la utilización de las necesidades de visibilización y expresión de la sociedad para fines corporativos, podían caracterizarse como sujetos que se sentían impotentes para modificar el estado de cosas existentes en relación con esos medios. Así, las demandas de modalidades informativas fundadas y plurales, las demandas de ampliación de agendas, las demandas de presencia no manipulada, entre tantas otras, no se formulaban como tales sino como deseos prácticamente imposibles de alcanzar. En parte porque los medios no están al alcance de todos, en parte por la concentración existente en el sector; pero también, como ocurría en el caso de Zavaleta, porque es muy difícil que alguna demanda o queja hacia los medios masivos logre masificarse en tanto ellos no la vehiculizan 8 . Esas constataciones nos habilitaron para pensar al público como sujeto de indefensión, como individuos que aun exhibiendo significativos niveles de criticidad ni siquiera pueden esgrimir la rebeldía del no-consumo porque ello significaría, a todas luces, negarse la posibilidad de ser parte del mundo en que se vive. Tal como lúcidamente ha señalado Liliana Córdoba, “es preciso destacar que esta condición de los públicos como sujetos “indefensos” supone ya una distancia respecto de la autorrepresentación de los medios en relación a la ciudadanía, en la que estos buscan instituirse como sus auténticos representantes. La“indefensión” alude entonces a un tipo particular de subjetivación y no a una anulación de la subjetividad. Puede interpretarse como una forma de distanciamiento respecto de ese dispositivo que posee el poder de mostrar/mostrarse/mostrarme/ mostrarnos(o no) y hablar/hablarse/hablarme/hablarnos(o no) en los medios” 9 . Un distanciamiento que no implica de por sí empoderamiento o capacidad de acción pero que, sin dudas, es la base a partir de la cual la vinculación públicos-ciudadanía puede pensarse como tensión y no como determinación que implica la resignación de derechos. 8 Al decir de Virilio, los medios industriales de comunicación son“la única de nuestras instituciones capaz de funcionar al margen de todo control democrático eficaz, ya que cualquier crítica independiente dirigida contra él, cualquier solución de recambio, son desconocidas por el gran público, simplemente porque no tienen ninguna posibilidad de ser difundidas con amplitud y, por consiguiente, de alcanzarlo”. Ídem. 9 Medios masivos y ciudadanía: conceptos y prácticas para la democratización del espacio público mediatizado. El caso de la Coalición por una Radiodifusión Democrática(Argentina 2004-2009). Tesis de Doctorado en Ciencias Sociales, UBA, 2013, p. 180. 308 In-disciplinada Escena 4 2005. En Radio Nacional Córdoba se organiza un Foro denominado“La disputa por el aire, el poder y los medios concentrados” 10 . En esa ocasión me dediqué a reflexionar quiénes éramos los que“peleábamos por el aire”. La Coalición por una Radiodifusión Democrática apenas acababa de producir aquella suerte de manifiesto por el derecho a la comunicación que fueron los“21 puntos” y quienes dábamos la disputa éramos por entonces sectores especializados o muy restringidos. Me preguntaba entonces, en ese Foro, cuánto de la condición de públicos y de la“legitimidad informacional” tematizada por Virilio estaban en la base de esa fuerte disociación que caracterizaba nuestra sociedad civil, en la que innumerables organizaciones que reivindicaban el derecho al trabajo, a la salud, a la justicia, no asociaban esas demandas a la exigencia de derechos a comunicar, a expresarse mediáticamente en condiciones de autonomía. Imposible dejar de reconocer los cambios que se han producido durante los últimos años en el escenario mediático argentino. El proceso de discusión de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, su aprobación y las disputas jurídicas y culturales que todavía la rodean, el desarrollo de la Televisión Digital Abierta y los programas de producción de contenidos e investigación que se han generado en torno a ella, los nuevos medios audiovisuales que paulatinamente se van creando o habilitando legalmente constituyen las marcas decisivas de un nuevo tiempo y un nuevo horizonte, signados por el renovado estatuto que adquirieron los derechos a la comunicación en tanto comenzaron a ser colocados en el mismo terreno en que se desarrollan los conflictos por la redistribución de la riqueza. Hoy, la“legitimidad informacional” se discute en las páginas de diarios y en las pantallas de televisión. Hoy, los periodistas discuten públicamente entre sí. Hoy la comunicación masiva no es sólo los productos que circulan y se consumen sino el objeto de debates y combates públicos. ¿Dónde queda, en esta nueva escena la tensión entre públicos y ciudadanos? Hoy, ciertamente, los vecinos de Zavaleta hubiesen tenido a mano—además de su presencia festiva, demandante y reafirmante ante las puertas de 10 Accesible en http://www.prensared.org/2252/la-disputa-por-el-aire-el-poder-y-los-mediosconcentrados Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c r i a ó m n e P d o i p á u ti l c a a r 309 América TV— una herramienta jurídica para hacer valer sus derechos a la comunicación en los medios audiovisuales: la defensoría del público que la Ley 26.522 creó como instituto orientado a ese fin. Pero así como con anterioridad a la sanción de esa ley el reconocimiento de las lógicas mediáticas que modelaron tecnológica y mercantilmente el derecho a la expresión en el espacio público no alteraba la condición de impotencia de los públicos, cabe pensar que no es la simple existencia de la nueva norma lo que permitirá que esa condición se revierta. Es necesario reconocer que nuestra condición de públicos, producto de un proceso histórico de inclusión en la escena pública mediante el cotidiano consumo de bienes simbólicos, ha naturalizado modos de saber y disfrutar, modos de interactuar, modos de opinar y debatir, de hablar, de hablarnos y de ser hablados. Para que el ejercicio de nuestro derecho a tener derechos en materia de comunicación sea posible, no se trata de optar por uno de los términos de la tensión pretendiendo que así ella puede desaparecer. Los ciudadanos de nuestro tiempo, esas figuras que se constituyen al emerger en la escena pública cuando con su voz—que es su acción— dicen al mundo que existen y que cuentan, no se despojan del ropaje que los cubre como habitantes de una sociedad mediatizada. También desde la condición de públicos, desde los saberes comunicativos que ella implica, se muestran y relatan, dicen de sí a otros. Porque lejos de pensar al público como inerme masa consumidora de medios, insistimos en que, indefenso o con mayores posibilidades de incidencia, ser público es condición y actividad, uno de los modos en que hoy vivimos e interactuamos. 310 In-disciplinada La información mediática y la regulación de la experiencia(2019) * “Ya hay en la nevera tres botellas de champán. Da un paso hacia el reproductor de cedés, pero cambia de idea porque nota el tirón, como la gravedad, del inminente telediario. Es una característica de los tiempos, esta compulsión de saber cómo está el mundo y de sumarse a la generalidad, a una inquietud comunitaria. La costumbre se ha vuelto más intensa en los dos últimos años; escenas monstruosas y espectaculares han infundido a las noticias una escala distinta de valores. La posibilidad de que se repitan es un hilo que ensarta los días”. (McEwan, 2005, p.208) Seguramente podría haber elegido varios, muchos textos semejantes. Retazos de historias literarias que dan cuenta de hombres y mujeres de nuestro tiempo, de su vida cotidiana impensable sin el recurso a los medios masivos y la información. El caso de Henry Perowne, el cirujano protagonista de Sábado , la novela de Ian McEwan tiene tal grado de similitud con lo que hacemos, con lo que sabemos que muchos otros hacen y con lo que se relata y comenta en diferentes tipos de textos, que bien puede considerarse paradigmático de la condición contemporánea. Pero más que paradigmático, diría que puede considerarse tan conocido y previsible que sólo representa un rasgo más del personaje, como lo es su modo de cocinar pescados y mariscos. A fines de 2016, al diseñar uno de los proyectos colectivos de investigación que desarrollaríamos como parte de las labores del Programa de Estudios sobre Comunicación y Ciudadanía, nos propusimos asumir un particular desafío: estudiar lo que ya no parecía estudiable por tratarse de una cuestión respecto de la cual todos parecían saber. Me refiero a la cuestión del informarse, a esa suerte de actual condición humana que el novelista inglés despliega con maestría en diversos pasajes de Sábado. Nos decíamos, por aquel entonces: ¿quién tiene dudas sobre de qué se habla cuando alguien se refiere a la información?, ¿quién niega la importancia que * Ponencia presentada en el I Congreso Nacional de Ciencias Sociales organizado por la facultad de Ciencias Sociales, Universidad Nacional de Córdoba, Argentina. Se publica por primera vez en este libro. Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c r i a ó m n e P d o i p á u ti l c a a r 311 tiene en nuestras sociedades?, ¿quién ignora el tipo de prácticas y medios que pueden desarrollarse y emplearse para estar informados?, ¿quién desconoce la diversidad de necesidades que ella satisface y moviliza? Reconocíamos, además, que en el campo de estudios de la comunicación—y me atrevo a añadir que en general dentro del quehacer sociológico—, abundaban las indagaciones y reflexiones que se habían hecho cargo del tema. Desde las miradas innovadoras que asumieron la“sociedad de la información” como categoría explicativa de transformaciones tecno culturales hasta las reiteradas perspectivas contendistas en el análisis de medios masivos de comunicación, la información-conocimiento y la información-noticia habían sido objeto de incontables análisis que permitieron describir estados socio-culturales, someter a discusión lógicas y estrategias comunicativas, educativas y hasta económicas e, incluso, prescribir modalidades de intervención político-cultural. Si tanto se sabía experiencial y académicamente, ¿cuál era el sentido de nuestra investigación?, ¿qué preguntas podríamos formular que ya no hubiesen encontrado respuestas?, ¿de dónde surgían esas preguntas? Nuestros interrogantes eran fruto de investigaciones anteriores en las que habíamos indagado las tensiones y convergencias entre los públicos y la ciudadanía, dos configuraciones subjetivas a nuestro entender fundamentales de las sociedades mediatizadas. De las mismas surgió un dato significativo: mientras más de la mitad de los cordobeses consideraba que a través de los medios masivos poseía suficiente información acerca de lo que sucedía, casi el mismo porcentaje de la misma población reconocía que no podía conseguir informaciones sobre temas significativos para ellos como habitantes de la ciudad. Enfrentados a esta suerte de paradoja, elaboramos—más que una hipótesis— una manera de interpretarla: sostuvimos que las construcciones que los propios medios masivos han realizado acerca de la actualidad y lo noticiable han configurado performativamente lo que puede saberse a través de ellos. Y en tanto reiteran ese orden de lo decible con lógica incontrastable, la población, en su condición de público, se siente mayoritariamente satisfecha con su labor informativa. Sin embargo, cuando la misma población es interpelada en su condición de ciudadanos con derechos frente al poder estatal, reconocen mayoritariamente una falta de información respecto de la cual responsabilizan a los poderes públicos. Porque la información que demandan—sus temas, sus características, su finalidad— no forma parte de las operaciones discursivas constitutivas de la agenda mediática y, en 312 In-disciplinada consecuencia, no piensan los medios como posible fuente de satisfacción de sus necesidades. Un monitoreo de noticias de los informativos locales de televisión de aire que realizamos durante 2014 nos permitió reafirmar dicha interpretación. En ese estudio pudimos dar cuenta de la homogeneidad y estabilidad en el tiempo de las agendas informativas de los canales locales. Constatamos que pese a la variedad de situaciones coyunturales que se habían vivido a lo largo del año en la provincia y el país, los tópicos sobre los que informaron los canales cordobeses se mantuvieron prácticamente invariables: el principal, Deportes; en segundo lugar, Política; en tercer lugar, Información General; en cuarto, Espectáculos junto con Clima y Pronóstico. En ese sentido, no sólo reconocíamos la escasa variedad temática de los informativos locales sino que comprobamos la existencia de una agenda preestablecida, que prácticamente no sufría modificaciones en función de las cambiantes circunstancias que se viven en sociedades complejas como las nuestras. Esas investigaciones nos permitían sostener lo que bien había señalado tiempo antes Roger Silverstone(2010), al afirmar que los medios masivos no sólo producen información, no sólo instalan debates, no sólo son los lugares en los que se expresan opiniones, sino que también son los lugares en los que se elaboran las pautas a partir de las cuales tenemos una cierta idea de lo que es la información, las pautas a partir de las cuales pensamos debe construirse la opinión. Razón por la cual resultan cruciales en tanto“recursos para el pensamiento, el juicio y la acción en el ámbito personal y político” (Silverstone, 2010, p.19). Pero al diseñar nuestro proyecto—y lo que sigue es parte de los argumentos teóricos en que lo sostuvimos—, consideramos que en las sociedades mediatizadas los públicos que recurren a esos medios para satisfacer la necesidad“de elaborar su entorno cotidiano”(Ford, 1999, pp. 41-51) se enfrentan a“innumerables regímenes semióticos” y producen“multiplicidad de niveles de reconocimiento en el ámbito del consumo” vinculados con “distintos modos de interpretar e interpelar el mundo” que, no obstante, “actúan en simultaneidad”(Valdettaro, 2007, pp. 59-62). La mediatización conlleva la incorporación progresiva de nuevos registros significativos, el aumento exponencial de la complejidad discursiva de la sociedad, la transformación de las formas de la visibilidad pública y la hegemonía de formas técnicas en la producción y organización de sentido(Verón, 2002; Sodré, 1998; Mata, 1999; Silverstone, 2010, entre otros). Los medios masivos y las nuevas tecnologías de información y comunicación ya no son Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c r i a ó m n e P d o i p á u ti l c a a r 313 sólo portadores de mensajes sino“racionalidad productora y organizadora de sentido en la sociedad”(Mata, 1999). Ellos operan, cada vez más, como verdaderos“dispositivos de ruptura de escalas” espaciales, temporales e intersubjetivas(Verón, 2002) y se ubican en el centro de las nuevas formas mediadas de la experiencia, reorganizando las relaciones sociales y las identidades individuales y colectivas. Ya no pueden ser considerados como espejos precisos o deformantes de una realidad que es anterior y exterior a ellos, sino que su participación es constitutiva y constructiva de lo real:“se convierten progresivamente en el lugar por excelencia de producción social del sentido, modificando la ontología tradicional de los hechos sociales” (Sodré, 1998, p.30) y se configuran como parte central de la“textura general de la experiencia”(Silverstone, 2004). En ese contexto de mediatización de la experiencia, y en particular de la experiencia informativa, las tecnologías del directo conviven al mismo tiempo con las del diferido y han contribuido a la hegemonía del soporte pantalla con su“imaginario pasional, somático, de presente absoluto, inmediatez y celeridad”(Valdettaro, 2007, p. 9). Ha podido postularse así la emergencia de una“cultura del info-entretenimiento”(Ford, 1999, p. 95), con una tendencia acentuada hacia la serialización de la noticia y su narrativización que, de modo paralelo o emparentado con los cambios socioeconómicos y tecnológicos, descolocan al sujeto en cuanto público y en tanto ciudadano. Por ello, es necesario superar nociones clásicas utilizadas para pensar la relación entre información y ciudadanía, tales como la noción de opinión pública o agenda setting , proponiendo un abordaje complejo cuyo punto de partida debe ser el reconocimiento de la convergencia entre: “las tecnologías del video y de la información en cuanto a producción y consumo; su mutua mediación en las esferas pública y privada; la fusión entre la fantasía y la realidad, la información y el entretenimiento que ambos fomentan; la imagen poco precisa de actividad y pasividad que la cablevisión, el ordenador y el video generan; y por encima de todas, las tecnologías incorporadas a nuestro mundo cotidiano”(Silverstone, 2004, p.172). De ahí que en nuestra investigación buscamos analizar y comprender las formas en que actualmente se elaboran los entornos cotidianos informativos de las audiencias, los vínculos que mantienen con los discursos y formatos informativos(de los medios y de otras instituciones), qué se entiende por información y por estar informados en el marco del continuum mediático en el cual estamos inmersos, qué se reconoce como desigualdad informativa e 314 In-disciplinada información socialmente necesaria. Creíamos que de ese modo estaríamos mejor pertrechados para comprender la experiencia de la información en sociedades mediatizadas y, consecuentemente, la relación actual entre derecho a la información y el ejercicio de la ciudadanía, tomando en cuenta las condiciones y prácticas de consumo informativo realmente existentes. Se trata de una necesidad que se refuerza porque, lo que a menudo conocemos de esa compleja escena en que medios y tecnologías dan forma informativa—y no sólo informativa a la experiencia— son datos planos. Indicaré algunos datos de ese tipo sin citar ningún estudio en particular, pero basándome en varios que circulan como fuentes de verdad revelada: “los jóvenes ya no utilizan la televisión en la misma medida que los mayores”.“Las redes sociales superan a los medios gráficos en credibilidad”. “Cada vez más personas se informan a través de internet….”. Llamo datos planos a esas afirmaciones porque en general se basan en resultados de estudios cuantitativos asumidos sin la necesaria criticidad, y se convierten en explicaciones aparentemente convincentes que a mi juicio llegan a encubrir, más que revelar, la complejidad de la situación. Es decir, explicaciones en las que se da por sentado, por ejemplo, que cuando alguien dice informarse a través de los diarios, la televisión, la radio o las redes sociales está hablando de una idéntica experiencia. Es contra ese aplanamiento rayano en el sentido común, bien extendido, que nos propusimos trabajar. Por eso diseñamos un estudio cualitativo en base a entrevistas no estructuradas (Guber, 2004). Siguiendo un criterio de polifonía, que buscaba garantizar que los entrevistados diesen cuenta de un rango amplio de experiencias individuales(Mallimaci y Giménez Béliveau, 2006), realizamos un muestreo selectivo, trabajamos con personas pertenecientes a distintos grupos etarios, de género, laborales, socio económicos, educativos, que—suponíamos— podían ofrecernos un panorama suficientemente heterogéneo en términos de consumos informativos. A partir de aquí, y aun cuando se trata de una investigación en curso, compartiré un conjunto de ejes base para la comprensión de la cuestión. No son, por ahora más que los primeros hallazgos, los insumos para pensar que están orientando la segunda etapa de nuestra indagación. ¿Qué es informarse? Comenzar a clarificar ese interrogante es tal vez el punto de arranque para poder dislocarnos de lo que el mercado dice y el público en cuanto tal Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c r i a ó m n e P d o i p á u ti l c a a r 315 reproduce. Y aun en nuestro no muy amplio universo de entrevistados—30 individuos—, tras la aparente homogeneidad de los relatos, constatamos diversas actitudes y nociones en relación con la información. En suma, pudimos concluir con bastante rapidez y precisión que la experiencia de la información es mucho más variada y compleja de lo que usualmente se supone. Un rasgo constante, y sin dudas previsible, es la asociación de la información con la actualidad; pero lo actual no implica necesariamente algo nuevo o antes no conocido(como durante mucho tiempo se postuló en términos periodísticos) sino lo que está siendo. Y acá de nuevo el matiz: porque lo que está siendo es lo que ocurre en la vida diaria, en la escena pública local, nacional e internacional, pero también es lo que se está produciendo en términos de conocimientos, de saber. En este sentido, mientras que para los entrevistados pertenecientes a sectores socioeconómicos más bajos y con situaciones laborales de menor calificación intelectual la información se restringe a la actualidad fáctica, la de los hechos que ocurren, para los profesionales, los académicos y militantes sociales y políticos la información son los saberes—hechos y conocimientos— necesarios para sus prácticas específicas. Por eso, además de la actualidad, para ellos la información es un insumo para su acción hecho de datos, opiniones y experiencias. También, como era previsible, en términos generales existe una primera o cuasi inmediata asociación del informarse con el acceder a un medio de comunicación o a alguna red con mayor o menor intencionalidad, decisión y precisión en la búsqueda de datos. En ese sentido, la información que sin duda proveen cotidianamente las personas que integran los grupos de pertenencia de los entrevistados—familiares, amigos, compañeros de trabajo, etc.— sólo se revela como tal en una segunda instancia: como complemento de la primera; cuando los entrevistados son interrogados específicamente al respecto o en el devenir de la conversación acerca del modo en que se organiza la vida cotidiana. Pero la primera respuesta sobre cómo se conoce lo que ocurre remite invariablemente a los profesionales y medios instituidos cultural y mercantilmente como responsables de esa labor. Y esto no supone una desvalorización de la comunicación interpersonal—convengamos que en las redes gran parte de lo que se conoce es lo que alguna otra persona ha dado a conocer, aunque no sea de directa autoría—; sin embargo, indica claramente cuáles son los espacios de mediación que marcan la experiencia del informarse. 316 In-disciplinada Estrategias informativas Muchas más variadas que las nociones acerca del informarse son las estrategias que los individuos despliegan para ello. Los medios, redes y personas son, sin dudas, los instrumentos empleados en la práctica para obtener información; pero en la variedad de estrategias se articulan, además, disposiciones de índole fáctica—desde la tenencia de aparatos hasta el tiempo con que se cuenta— con otras del orden de la subjetividad y los posicionamientos ideológicos. El lugar que ocupan los medios masivos de comunicación en esas estrategias informativas varía, por supuesto, en función de los perfiles de los entrevistados. Lejos de ofrecer datos comparables a los de estudios cuantitativos—que suelen asociar, por ejemplo, generacionalmente la preferencia por las redes sociales en detrimento de los medios tradicionales—, lo que nos interesa resaltar son cierto tipo de hallazgos que estamos actualmente profundizando pero que interesan a los fines de problematización y comprensión que alienta nuestra investigación. Los enumero sucintamente. - En general, se eligen o prefieren aquellos medios con los que se siente cercanía en términos ideológicos y es posible advertir una vinculación emotiva/afectiva con ellos. Se sufre con ellos cuando trasmiten situaciones dolorosas; enojan de diversas maneras; acompañan; distienden…. Aun informando. - Sin duda—y como indican también los estudios cuantitativos de consumo mediático—, la televisión es el medio privilegiado para informarse. Pero lo que destacamos es su uso individual. Más allá de esos aparatos que están prendidos permanentemente y funcionan como ambientadores hogareños, llama la atención que, bien sea por la posesión de varios aparatos en la vivienda o por las lógicas de trabajo y convivencia existentes, hay soledad en el consumo televisivo, aun estando junto a otros. - Al mismo tiempo, destacamos la vigencia de la radio. Un medio utilizado fundamentalmente como compañía pero cuya ubicuidad y facilidad de uso la convierten en vía adecuada para recibir de manera sistemática información acerca de lo que sucede. Y en particular de lo que sucede localmente. - Subsiste en algunos entrevistados la preferencia por el diario como medio informativo. Se refieren a ellos como ese lugar donde quedan las Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c r i a ó m n e P d o i p á u ti l c a a r 317 noticias. Lo que permanece y no es volátil. En cierto sentido, pareciera que lo que subsiste es la propia construcción que los diarios hicieron y hacen de sí mismos y una aún débil internalización de las potencialidades de la web para el almacenamiento y posible recuperación y uso de datos que tal vez son conseguidos más rápidamente y consumidos más fugazmente que en soportes impresos. - Las redes de información se entremezclan de diferentes modos con los medios tradicionales en las prácticas de la mayor parte de entrevistados. Los recorridos varían según los ritmos cotidianos de trabajo y descanso; según los dispositivos y aparatos con que se cuentan; los intereses más generales y específicos de cada quien. No es posible establecer tendencias ni es el objetivo de nuestro estudio sino reconocer posibilidades. Y la más evidente es la combinación de fuentes: algunas primeras y/o principales por confianza y/o disponibilidad, casi siempre completadas con otras dependiendo de la necesidad o la ocasión: querer saber más, por ejemplo, o tener tiempo para hacerlo. - Lo que también resulta evidente son los diferenciados modos de ser usuarios de redes: los que sólo leen o miran y no participan intercambiando o produciendo información. Quienes con mayor frecuencia o sistematicidad usan las redes para difundir informaciones y opiniones son, sin duda, quienes las requieren como parte de sus prácticas político-culturales. Por ello, si bien hay significativo consenso al valorar las posibilidades de difusión que brindan, los resultados obtenidos hasta ahora nos permiten cuestionar la tan tematizada noción del prosumidor como nueva figura comunicativa que sustituiría a la noción de público y que incluso redefine la profesional del periodista. Más bien pensamos que debería poder indagarse mucho más a fondo lo que implica informarse y ser informado en las redes o, si se quiere, hasta qué punto quienes producen información para ellas o quienes distribuyen en ellas información que recogen de otras fuentes, se sienten comunicadores o productores o, simplemente dirigentes sociales, artistas, docentes, que se vinculan con sus pares. - En ese sentido, obtuvimos reflexiones sugerentes acerca de una suerte de distinción entre posibilidades de difusión y legitimidad que gana lo difundido; como si una cosa fuese la posibilidad de casi sin restricciones expresarse en las redes contando con ciertos dispositivos tecnológicos y el manejo básico de un código, y otra bien distinta fuera contar con el reconocimiento socio-cultural necesario para que esa expresión adquiera legitimidad y pueda participar en condiciones simétricas o 318 In-disciplinada equivalentes en el espacio público mediatizado. - Finalmente, destacamos de qué modo los entrevistados otorgan gran peso a los medios tradicionales en las posibilidades de conversación. Son esos medios los que parecen establecer la agenda. Sin embargo, y en tanto reconocemos que resulta hasta cierto punto complicado distinguir entre lo que difunden los medios y mucho del contenido que circula en las redes, creemos que para avanzar en la comprensión de los complejos procesos informativos actuales deberíamos indagar más profundamente cómo se produce esa interacción. ¿Y qué es informarse bien? Menos previsible que las nociones de información que encontramos fue el significado acerca del estar“bien informado”. Menos previsible porque en lugar de constituir un derecho a demandar; es decir, un derecho que se materializaría a partir de la acción responsable, completa y compleja de los medios de comunicación, estar bien informado implica, entre otras cosas, para los entrevistados que se refirieron al tema, comprobar que la información sea verídica, contrastarla consultando distintas fuentes, combinar diferentes tipos de medios, leer en profundidad y no sólo los titulares. Detrás de esa noción del informarse bien se revelan dos dimensiones: por un lado una notoria desconfianza en la información provista por medios y en la que circula por las redes y, por otro pero consecuentemente, la necesidad de desarrollar una práctica intencional que depende del interés, las disposiciones y aptitudes de cada individuo. En otras palabras, la responsabilidad de informar bien no se atribuye a los medios. Estar bien informado se asume como cuestión-obligación personal; un trabajo a realizar con la información que esos medios proveen. Sin que podamos plantear todavía conclusiones, nos preguntamos si esta idea de lo que es informarse bien está vinculada a ciertos rasgos socioeconómicos —es decir, si es propia de los sectores medios más ilustrados— o si es más propia de las personas que asumen el estar informados como un valor estrechamente ligado al uso que dan a la información en términos de su sociabilidad e independientemente del sector social al que pertenecen. La posibilidad de estar bien informado es, en términos generales, una posibilidad reconocida por los entrevistados. Dos son los elementos que la sustentan: la disponibilidad de información—el estar ahí de los datos y las noticias— y las facilidades de acceso. En ese sentido, hay un Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c r i a ó m n e P d o i p á u ti l c a a r 319 claro reconocimiento de la abundancia informativa que caracteriza a las sociedades mediatizadas y del impacto que ha tenido el desarrollo tecnológico de las últimas décadas. Sin embargo, esa misma abundancia y accesibilidad representan, para algunos entrevistados, un límite para la calidad informativa por dos razones sustantivas. En primer lugar, porque en tanto no se puede conocer la totalidad de la oferta existente, no se puede escoger con plena libertad. En segundo, porque el flujo ininterrumpido de informaciones lleva a un consumo ligero, al picoteo , para no quedar fuera de esa corriente que no cesa . Para otros entrevistados la abundancia no es necesariamente tal debido a la incesante repetición de algunos pocos temas e informaciones que diseña en los distintos medios idénticas agendas que las redes fortalecen aun cuando en ellas puedan encontrarse datos y opiniones alternativas o silenciadas. Ante ello el público sabe cómo responder: mira los titulares en unos medios, chequea el contenido en otras fuentes rápidamente, busca cotejar, siempre sabiendo lo que puede encontrar. Si hace años pudimos hablar de un público impotente porque reconociendo sus propias demandas insatisfechas en los medios creía que se trataba de una situación imposible de modificar, nos preguntamos ahora si a esa condición no se le sobrepone la de un público que experimenta un nuevo sentimiento: el del cansancio o aburrimiento por la repetición constante que, sin embargo, sigue consumiendo. Verosimilitud, confianza y necesidad En general los entrevistados no creen en los medios a pesar de que para saber qué ocurre recurren a ellos. Ante la contradicción que representa el reconocimiento de la dificultad de creer lo que esos medios dicen y la necesidad de contar con ellos, cabe pensar si se trata de una paradoja o, más bien, de un recurso de orientación en la escena mediática que es, en buena medida, la escena político-social. Es decir, podríamos preguntarnos si los medios se utilizan para saber lo que pasa o más bien para conocer cuál es la realidad que ellos construyen; esa realidad de la que todos hablan y a la que nadie puede sustraerse aunque desconfíe. En ese sentido, es esa desconfianza en el alimento que puede nutrir la sed de pertenencia la que articula las operaciones de búsqueda y cotejo aunque sean fugaces, ligeras. Algo así como un periscopio que permite atisbar para no ser tragado por el proceloso mar de 320 In-disciplinada las informaciones repetidas y vaya a saber si realmente verídicas. Porque en suma, saber lo que pasa es saber lo que dicen los medios aunque no gocen de credibilidad. Y se nos ocurre aún ir más lejos y preguntarnos si la desconfianza no es acaso también un producto mediático fruto de su progresiva conversión en espacios que han admitido la imposible o engañosa idea de la objetividad y van transitando—en el sentido de transición, como lo plantean Ure y Schwarz (2014, p. 128)— hacia la idea de la inevitable imparcialidad, aunque ella no implique necesariamente la invención o tergiversación de los hechos. Cambios y continuidades Internet y la telefonía móvil aparecen, en el discurso de los entrevistados, como las dos innovaciones que han modificado sustantivamente su vinculación con la información: sus ideas acerca de ella y sus modos de consumirla. Internet ha permitido acceder a cantidades y variedades antes impensadas de datos y la telefonía móvil ha permitido hacerla portable: cargar con ella en el bolsillo o la cartera. La posibilidad de estar informado permanentemente en el mismo momento en que suceden los hechos, y al mismo tiempo la posibilidad de compartir con otros instantáneamente las reacciones u opiniones sobre lo que sucede, son los dos aspectos que han transformado la experiencia informativa. Lo que no ha cambiado, aseguran varios entrevistados, es que se sigue hablando de lo que hablan los medios. En ese sentido, no ha cambiado la organización de la conversación cotidiana en torno a ellos desde que comenzaron a instalarse como fuentes de socialización, más allá que su cantidad, instantaneidad y potencia hayan sobrepasado límites antes alcanzados. Concluir para no concluir… Luego de años de realizar investigaciones empíricas revisando materiales y conceptos heredados y presentando las propias contribuciones dentro de la“interacción abierta entre la evidencia y la interpretación”, como sabiamente nos indicó hace tanto tiempo Raymond Williams(1981), considero que nuestro primer acercamiento a la cuestión de la información en tanto experiencia de los individuos que asumimos en su doble condición de públicos y ciudadanos nos permitió remover algunas inercias del pensamiento común en torno al tema y, al mismo tiempo, abrir preguntas y nuevas complejidades que he tratado de enumerar más arriba. Pero además de todo lo indicado, quisiera resumir parte de lo expuesto y destacar algunos Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c r i a ó m n e P d o i p á u ti l c a a r 321 aspectos que requieren una más profunda consideración y que hoy guían la continuidad de nuestro trabajo. Primer nivel de conclusiones: Informarse es estar al tanto de lo que ocurre en diferentes planos que interpelan o interesan a diferentes tipos de individuos. Ese estar al tanto equivale a ser parte(que no es lo mismo que participar). Ser parte en términos de inclusión en comunidades que justamente comparten lo que está siendo, lo que está ocurriendo, lo que se está diciendo y sabiendo. Y se trata, fundamentalmente, de una inclusión a través de los datos y opiniones que se obtienen de los medios masivos y redes. El dato no es menor, porque, aunque esas opiniones y datos pueden compartirse luego interpersonalmente o aunque hay opiniones y datos que se obtienen de personas y entornos familiares o institucionales, el recurso a medios y redes como principal fuente informativa habla de la pertenencia a comunidades ampliadas y virtuales mediadas técnicamente. Comunidades, en suma, en las cuales la autonomía del individuo es siempre limitada por regulaciones en cuyo diseño difícilmente participa y que intervienen en la construcción de la propia idea acerca de lo que es informarse. Incluso de lo que es informarse bien o mal. Segundo nivel de conclusiones: Informarse no es un derecho. Es un deber para lograr ser parte de la sociedad, un requisito y una responsabilidad del receptor informarse bien. Lo que motiva esa responsabilidad es, podríamos decirlo, la conciencia de la condición mediada del que se informa; es decir, la conciencia de que existen unos mediadores—periodistas, medios, redes, el mercado— que construyen la realidad que debe compartirse: que diseñan una escena informativa abundante pero repetitiva o concentrada; accesible pero inalcanzable a causa del poco tiempo del que se dispone. El trabajo del público—por elementales o complejas que sean las operaciones que realiza— es siempre un trabajo de reconstrucción de la realidad armada en medios y redes, más allá de la conciencia que se tenga respecto de lo que eso implica. Tercer nivel de conclusiones: una fuerte y larga modelación cultural que antes establecía medios, formatos y rutinas precisas—algunas de ellas rememoradas por los entrevistados como cosas del pasado— se sigue sosteniendo como memoria, como término de comparación; pero ha sido subvertida por el desarrollo tecnológico y las consecuentes transformaciones de los medios tradicionales así como por el surgimiento de nuevas posibilidades comunicativas. 322 In-disciplinada La tecnología,“nuestra interfaz con el mundo”,“nuestro modo de encarar la realidad”, como la caracteriza Silverstone(2004, p.41), se revela tal como el mismo autor sostiene, más como“habilitante” o“inhabilitante” (2004, p.44) que como determinante de los consumos informativos pero, sobre todo, de las nociones de información que se van construyendo en la experiencia cotidiana. Pero nos quedaríamos cortos si pensáramos en los dispositivos técnicos como meras máquinas y no los pensáramos como artefactos productores de sentido, cargados de un imaginario que— hemos comprobado— les da sustento: la abundancia prometida de la web; la rapidez de acceso del teléfono móvil, la posibilidad de interacción y expresión en las redes, pero también la trivialidad de los intercambios de mensajes grupales…. En suma, pensar la experiencia del informarse por fuera de las dimensiones tecno-productivas puede conducirnos a un callejón sin salida si queremos comprenderla en su complejidad. Y si queremos comprender el proceso de mediatización que, recurriendo una vez más a Silverstone, podemos pensar como“el movimiento del significado de un texto a otro, de un discurso a otro, de un acontecimiento a otro”(2004, p. 32). Son esos movimientos los que hemos comprobado caracterizan la experiencia informativa, nunca única o atada a una sola fuente o equipamiento por condiciones tecnomateriales existentes, pero también por condiciones y subjetivaciones político-ideológicas. Porque si el peso de las oportunidades para estar al día es fuerte, no lo es menos la necesidad de cotejar y confrontar porque nada resulta demasiado creíble o porque las reiteradas agendas son insuficientes cuando se necesita saber más y con mayor precisión. Cuarto nivel de conclusiones: Entre las diversas dimensiones de la cotidianeidad que interjuegan en los discursos de los entrevistados con sus ideas acerca de la posibilidad de informarse, existe una que con más relevancia que otras parece dificultarla: el tiempo, que a su turno marca los modos de informarse. En general, el acercarse a las noticias se acompasa con el inicio o el fin de la jornada, con los espacios de preparación o reparación respecto del tiempo ocupado, incluyendo los momentos de traslado hacia los lugares de ocupación. Y ese tiempo es siempre escaso para la cantidad de la oferta o el interés en acceder a ella. Las personas se informan rápido porque se vive rápido. Pero se vive más rápido porque la sucesión informativa apura el tiempo aunque las historias se repitan. De ahí, en ciertos casos, la espera del momento en que se pueda consumir información con más tranquilidad, el reconocimiento de que ella también Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c r i a ó m n e P d o i p á u ti l c a a r 323 puede ser objeto de placer y no de compulsiva satisfacción de la necesidad de estar enterado que sumerge al público en una sucesión en la cual unas noticias se van reiterando o aniquilando sin que necesariamente se sepa por qué. Excepto para quienes, como le ocurre al protagonista de Sábado, empiezan a sospechar: “No hace mucho sus pensamientos eran más imprevisibles y abarcaban una lista más larga de temas. Sospecha que se está convirtiendo en un incauto, en el consumidor ávido y febril de forraje periodístico, de las opiniones, especulaciones y migajas que las autoridades sueltan[…] Sus nervios, como cuerdas tensadas, vibran obedientes con cada nueva‘primicia’. Ha perdido el hábito del escepticismo, le ofuscan las opiniones contradictorias, no piensa con claridad y, lo que es peor, intuye que tampoco lo hace con independencia”(McEwan, 2005, pp.212-213). No quiero de ningún modo, con esta cita literaria, cerrar este escrito aludiendo a la dominación o manipulación social por vía de la información. Pero a partir de lo que nuestra investigación nos ha permitido ir comprendiendo, creo que no avanzaremos mucho más si no producimos un tipo de abordaje conceptual y metodológico que nos permita reconstruir, en casos particulares, las dimensiones fundamentales de esa experiencia de inclusión en un común,“la generalidad”,“la inquietud comunitaria” que se reconoce construida mediante artificios, dispositivos e instituciones en cuyo diseño no se tiene parte activa. Que nos permita, en esos casos, reconocer expectativas, necesidades, satisfacciones, frustraciones. Que nos permita acercarnos a comprender de qué manera esos procesos operan cognitiva y afectivamente en la producción del saber de cada quien sobre la realidad y sobre sí mismo. Seguramente no será sencillo, pero creo que si no avanzamos por ese camino no será mucho ni nada nuevo lo que podamos decir acerca del sentido de la información en nuestras sociedades mediatizadas. Es decir, seguiremos reproduciendo datos planos, casi puro sentido común. La capacidad reflexiva del público sobre su experiencia informativa como experiencia de búsqueda de legítimo saber pero al mismo tiempo como experiencia regulada por las tecnologías, los modos de producción que ellas habilitan y los modos del diario vivir de cada quien son, seguramente, lo que deberíamos poder comprender a través de diversos acercamientos para desde allí con mayores fundamentos saber de qué hablamos cuando hablamos de información. 324 In-disciplinada Bibliografía citada Ford, Aníbal(1999) La marca de la bestia. Buenos Aires, Argentina: Norma. Guber, Rosana(2004[1994]) El salvaje Metropolitano . Buenos Aires, Argentina: Paidós. Mallimaci, Fortunato y Giménez Béliveau, V.(2006)“Historias de vida y métodos biográficos”. En Vasilachis de Gialdino, Irene(coord..) Estrategias de investigación cualitativa. (pp. 175-212) Barcelona, España: Gedi sa. Mata, María C.(1999)“De la cultura Masiva a la cultura Mediática”. En Diálogos de la comunicación, 56,(pp.61-69) Lima, Perú: Felafacs. Mitchelstein, Eugenia y Boczkowski, Pablo.“Noticias fusión” en Anfibia (2017) Recuperado de http://www.revistaanfibia.com/ensayo/noticias-fusion Silverstone, Roger(2004) ¿Por qué estudiar los medios? Buenos Aires, Argentina: Amorrortu. _________________(2010). La moral de los medios de comunicación. Sobre el nacimiento de la polis de los medios. Buenos Aires, Argentina: Amorrortu. Valdettaro, Sandra(2007)“Medios, actualidad y mediatización.” En Medios y Comunicación, Boletín 123 de la Revista del Congreso de la Nación (pp.51-65) Buenos Aires, Argentina. Verón, Eliseo(2002) Espacios mentales. Buenos Aires, Argentina: Gedisa. Ure, Mariano y Schwarz, Christian(2014), Las identidades del periodismo argentino: estudio cualitativo de la percepción de los propios periodistas. Buenos Aires, Argentina: KAS – UCA. Williams, Raymond(1981) Cultura. Sociología de la comunicación y del arte, Barcelona, España: Paidós. Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c r i a ó m n e P d o i p á u ti l c a a r 325 Marcas de género en las prácticas y estudios de comunicación(2020) * Cuando conocí la convocatoria para el actual número de Viator y la intención de incluir artículos que diesen cuenta de“investigaciones sobre comunicación, géneros y/o feminismos, ya sea desde el análisis de casos o la revisión del estado del arte, tanto localizados en una zona o región puntual como de colectivos sociales específicos” 1 , celebré la iniciativa por las mismas razones en que la revista fundamentó esa decisión y me sentí llevada a mirar para atrás: a rememorar los que fueron para mí—y para muchas otras mujeres comunicadoras e investigadoras del campo de la comunicación— los primeros pasos en un territorio que las organizaciones feministas habían comenzado a construir en diálogo con espacios de educación y comunicación popular en diferentes países latinoamericanos como Perú, República Dominicana o Colombia, por nombrar sólo algunos, desde finales de la década del 70 del siglo pasado. Ese mirar para atrás, me dije, no alentaba una actitud genealógica tratando de encontrar orígenes, marcas de continuidad o diálogos entre aquellos pasos y las actuales reflexiones e indagaciones en torno a la articulación comunicación y género o, como también suele decirse, en torno a las actuales búsquedas y proposiciones en torno a la comunicación desde una perspectiva de género. Una tarea semejante me excedería y excedería los límites de este texto. Sin embargo, pensando que esa tal vez sea una de las tareas que tenemos pendientes en nuestro campo—en el que tan a menudo temas y problemas aparecen a partir de fuertes motivaciones sociales o teóricas y desaparecen o mutan extrañamente sin saber muy bien por qué—, recordé las afirmaciones de Aníbal Ford:“No hay conocimiento crítico sin conocimiento concreto de la realidad concreta. Pero también de las nuevas, o viejas formas, en que conocemos”(Ford, 1999, p.295). Y de ahí el interés en compartir sucintamente los lugares y modos en que, fruto de aquel caminar que supo ir entrelazando las prácticas comunicativas con la lucha por los derechos de las mujeres, se plasmaba a comienzos de los años 90 la reflexión y la investigación sobre esas cuestiones. * Artículo publicado en revista VIATOR N° 5, Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales. Universidad Nacional de Jujuy, Jujuy, Argentina. 1 http://revista.fhycs.unju.edu.ar/revistaviator/index.php/viator/navigationMenu/view/5 326 In-disciplinada Los desafíos del quehacer Al presentar el libro Mujer y Radio Popular (Mata, 1995), la Secretaría Ejecutiva de ALER—la Asociación Latinoamericana de Educación Radiofónica—, una institución que ya por entonces nucleaba a cientos de emisoras populares y educativas del continente, asumía una carencia que buscaba subsanarse: “Cuando en 1993 nos planteábamos la necesidad de comenzar a trabajar más sistemáticamente la problemática de la mujer en las radios populares estábamos reconociendo, de algún modo, que poco y nada habíamos hecho como asociación en ese terreno, a pesar de que en varias instituciones afiliadas hacía tiempo que se desarrollaban significativas experiencias destinadas a valorizar y expandir la palabra femenina”(Mata, 1995, p.7). Ese reconocimiento derivó en la realización de un seminario en el que diseñamos una investigación que coordiné y desarrollamos junto con investigadoras-comunicadoras de diferentes países 2 . El estudio, que recogía y sistematizaba experiencias radiofónicas protagonizadas por mujeres pero que también indagaba acerca de la escucha femenina de radio, buscaba, como se expresa en la introducción del mencionado libro: “Identificar los temas o cuestiones que deberían centrar la reflexión acerca de la problemática mujer y radio desde una perspectiva de género, para que la asociación pudiera redefinir su trabajo en ese sentido”(Mata, 1995, p.9). Hoy ese objetivo puede parecer casi banal. O al menos muy poco original. Pero nos lo planteábamos hace 26 años cuando, para citar algunos datos del estudio cuantitativo que integró la investigación, pudimos comprobar el lugar subsidiario ocupado por las mujeres en una muestra de emisoras afiliadas a ALER 3 . Sólo el 32% de quienes trabajaban en distintas áreas eran mujeres; pero más grave aún, sólo el 23% de los cargos directivos estaban ocupados por ellas; y sólo había mujeres en el 29% de los cargos de locución y en el 12% de los cargos de operación. Esas cifras reproducían la inequidad laboral existente en muchas otras instituciones y si bien resultaban alentadoras al compararlas con las mayores desigualdades típicas de los medios de radiodifusión comercial, eran preocupantes. Datos de anteriores 2 Rosa María Alfaro(Perú), Fresia Camacho(Costa Rica), Dulce García(Venezuela) y María Helena Hermosilla(Chile). 3 17 emisoras de 6 países, Bolivia, Guatemala, Ecuador, Perú, República Dominicana y Venezuela. Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c r i a ó m n e P d o i p á u ti l c a a r 327 investigaciones realizadas por ALER indicaban que la situación en las radios populares no se había modificado en una larga década. Por otro lado, más allá de la escasa presencia femenina, lo que perturbaba—en medios que se suponía hacían de la educación y la comunicación popular paradigmas orientadores— era lo que comenzamos a denominar las marcas de género : las mujeres se encargaban básicamente de tareas administrativas vinculadas al cuidado del orden de las emisoras—en una clara continuidad de su reconocimiento como guardianas del orden doméstico— y a la producción de programas educativos, pero no por reconocer en ellas capacidades profesionales específicas sino en tanto se trataba de programas destinados a mujeres o niños y niñas. Es decir, en una clara asimilación a las clásicas figuras maternales y docentes asignadas a las mujeres. Y también registrábamos marcas en la negación de la diferencia. En el 53% de las emisoras no existían normas laborales específicas para hombres y mujeres. Bajo la remanida explicación“todos los trabajadores son iguales” se escondía la falta de reconocimiento de diferencias biológicas y asimetrías culturales y sociales que limitaban a las mujeres para ejercer su trabajo en las mismas condiciones que los hombres. Datos como los anteriores hicieron que nuestro estudio profundizara especialmente el análisis de la experiencia de las productoras de radios. La indagación acerca de las motivaciones y procesos a través de los cuales decidieron seguir ese camino de toma de la palabra, los modos de ejercer derecho y profesión, fue tal vez la dimensión más enriquecedora del estudio porque, de algún modo, fue capaz de revelarnos que, como decíamos en uno de los capítulos de aquel texto: “la búsqueda de una palabra de mujer no sólo aludiría al derecho femenino de expresarse en igualdad de circunstancias y similares condiciones de posibilidad que los hombres, sino a la elaboración de un discurso que, recuperando marcas nunca esenciales sino construidas histórica y socialmente, las reconozca como propias y valiosas. Un discurso que merece ser hablado públicamente aun cuando provenga del territorio privado, íntimo, personal o justamente por provenir de él recuperando así las ideas de integralidad de los seres humanos. Una palabra digna de ser pronunciada porque identifica—permite asimilarse a unas y distinguirse de otros— y desde la diferencia busca construir la igualdad”(Mata,1995, p.35). Esa fue la razón por la cual dedicamos el segundo capítulo de aquel libro a reflexionar sobre las vinculaciones entre género, lenguaje y comunicación. 328 In-disciplinada Un intento de problematizar lo dado cultural y socialmente en torno al habla y los hablantes que nos permitiera, desde ese cuestionamiento, transitar en los procesos de formación de comunicadoras radiofónicas articulando proposiciones del pensamiento feminista con dimensiones específicamente comunicativas. Lo que sigue es parte de aquellas reflexiones elaboradas al tiempo que avanzaba nuestra investigación colectiva y que de manera íntegra difundí en 1994 en una publicación de AMARC—la Asociación Mundial de Radios Comunitarias 4 —, y que ese mismo año, en versión inglesa, integró bajo el título“Being Women in the Popular Radio” un volumen colectivo que la editorial Sage dedicó al papel de las mujeres en la comunicación popular 5 . Palabra de mujer Numerosas aproximaciones feministas al tema nos indican que la paradójica asimilación de la figura de la mujer con un sujeto silenciado no es tal. El chisme, los cuentos de mujeres y los relatos infantiles, los consejos de viejas y los de las brujas y curanderas, el parloteo entre comadres—en la puerta de las casas, en los mercados y en las puertas de las iglesias— son equiparables temática y enunciativamente a un habla menor. Aquella que se despliega en el espacio doméstico y sus extensiones y cuyos referentes se sitúan en la esfera privada: la tópica familiar, afectiva y personal; cuando más, la de los sueños, las creencias, las ilusiones. Un habla cuya minusvalía remite a la existencia de otra valorada, la que nombra los temas públicos, conectados con la razón, el poder y el saber socialmente legitimados y cuyos ámbitos de realización son los foros que cada sociedad reconoce como escenarios de construcción de la opinión, las normas, las decisiones. Si como señalan Moser y Levi“el género nos remite a lo que es socialmente esencial en el hecho de ser hombre o ser mujer”, al modo como se construyen socialmente las relaciones entre ambos(1988, p. 45), bien podría afirmarse que no existe una única lengua—el castellano, el inglés, el francés o cualquier otra normada en tanto sistema— que acepta usos genéricamente diferenciados a la manera de lo que ocurre con las hablas de grupos sociales particulares, las jergas o incluso los dialectos. Lo que existiría en cada caso 4 En los dos apartados siguientes transcribo de manera textual partes de ese artículo indicando cuando corresponde las omisiones de párrafos[…]. 5 Women in Grassroots communication. Furthering Social Change . Riaño, Pilar(ed). Thousand Oaks, USA. Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c r i a ó m n e P d o i p á u ti l c a a r 329 serían dos lenguajes, el femenino y el masculino, y tal como ocurre con los géneros“el uno no existe sin el otro...van siempre en pareja...”(Scott, 1986), revelando así su mutua incompletitud, su complementariedad, sin que de allí pueda naturalmente inferirse cualquier tipo de jerarquización entre ambos. En un provocador análisis acerca de la destrucción de la sociedad articulada en función de los géneros y su sustitución por el económicamente indistinto pero profundamente injusto sistema industrializado y sexista, Iván Illich señala que: “la percepción de la realidad, distintiva de género, encuentra su expresión en el lenguaje. A la edad de cinco años niños y niñas suenan por lo general distinto, aunque no se haya encontrado diferencia anatómica en sus órganos del habla. Al pasar del balbuceo al habla, adoptan la forma y el estilo apropiados a su género, incluso cuando juegan entre sí“(1990, p.149). Sin embargo, y como él mismo hipotetiza,“el lenguaje común de la era industrial resultó carente de género...”(1990, p.11) tendiéndose a la imposición de un lenguaje agenérico, el lenguaje neutro o humano, que “consistentemente domina el habla masculina”(1990, p.152). Toda una serie de estudios—muchos de ellos citados justamente por Illich— dan cuenta de las diferencias genéricas en el lenguaje o de su desaparición bajo la ilusoria e ideológica creación de una lengua única que instaurará la desigualdad asimétrica—la dominación— en la que antes podía reconocerse la ambigüedad y la desigualdad complementaria: la de voces particulares nombrando lo real desde su peculiar adscripción social a uno de los géneros constitutivos de lo humano. De ese conjunto de reflexiones y de otras que no provienen del campo lingüístico sino histórico y político, nos interesa retener las que nos ayudan a pensar el lenguaje femenino como lengua menor—en el sentido ya indicado— y consecuentemente como lenguaje sometido o reprimido. María Milagros Rivera recuerda que: “la famosa primera epístola de Pablo los Corintios mandando callar a las mujeres en la Iglesia, no es más que un eslabón en la cadena en la cual las frases de Aristóteles sobre el silencio que deben guardar las mujeres son también, simplemente, otro eslabón más antiguo” (1991, p. 129). 330 In-disciplinada Por su parte, Celia Amorós indica que en el pensamiento griego“la mujer aparecía como la excluida del logos, el espacio del aner agathos 6 portador del discurso articulado que intercambia razones”(1990, p.19). Revisando la tradición judía, la del cristianismo helénico y paulino y posteriormente la de la Ilustración, la propia Celia Amorós va a tender un puente entre la exclusión de la mujer como sujeto de la palabra trascendente y de la razón. En el pensamiento ilustrado, concluye, la mujer no es sujeto social, “su voluntad está contenida antes de todo pacto, o sea precontenida en el pacto. Es un espacio precívico que requiere la mediación de otro intérprete que no es ella misma, sino el portador del logos que es el sujeto del pacto social entre los diversos intérpretes del logos: los patriarcas y cabezas de familia”(1990, p. 28). La trayectoria que desde la antigüedad hasta la instauración de la sociedad capitalista burguesa hace del hogar y el mundo privado el reino de la mujer es inseparable de la que convierte al lenguaje femenino en íntimo y doméstico, afectivo y práctico, en contraposición con el discurso racional, público y especulativo que se adjudicará a los hombres pero que, borradas las marcas del género, se asumirá socialmente como la lengua garante de toda comunicación entre sujetos sociales autónomos. En este sentido, el silencio femenino no es pensado como ausencia de palabra, sino básicamente como exclusión de un determinado espacio y como veto: descalificación para nombrar lo que excede el campo asignado socialmente a las mujeres y para expresarse en él. De ahí que la reivindicación de la palabra femenina y los movimientos por su apropiación sean, en muchos casos, búsquedas tendientes a ampliar el universo de hablantes públicos, a conquistar un nuevo espacio social y obtener el reconocimiento de la mujer como individuo pleno, cívicamente igualitario, actor per se y sin necesidad de ampararse o de ser amparado por el intérprete o el mediador-varón. El ejercicio de la palabra como vía de recuperación de la dignidad, como paso de la condición de ser reificado a la de sujeto de pleno derecho, es un ejercicio de entrada en la escena pública, de extensión de las competencias lingüísticas socialmente determinadas, de construcción de una nueva identidad: la de la mujer que asume roles tradicionalmente asignados a los hombres en términos de representación y dirección social, en términos de participación y liderazgo. 6 Expresión que denomina al varón perfecto. Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c r i a ó m n e P d o i p á u ti l c a a r 331 Ahora bien, ¿es esa pugna por acceder al dominio de la lengua instaurada como norma agenérica la condición de posibilidad de una nueva identidad femenina, liberada de la opresión del varón y de la automarginación que toda situación de esa índole provoca?, ¿es la indiferenciación discursiva el objeto deseado de esos múltiples intentos por quebrar el silencio y proferir una palabra propia? En ciertos casos-prácticas y reflexiones inspirados en lo que se ha dado en llamar el“feminismo de la igualdad”(Amorós,1990, pp. 37 y sges.), sí. Pero en muchos otros, no tan lisa y llanamente.“En lo que respecta a nosotras, divididas entre la timidez de entrar en un movimiento de liberación de mujeres y el sentimiento de un camino sin regreso, balbucíamos disculpas, explicaciones, justificaciones ¿En qué lengua hablar?”(Darcy de Oliveira y Harper,1980, p. 40).[…] preguntarse por la lengua es el modo de escapar a la asimilación del mundo masculino como única garantía de poder ser sujeto social reconocido. Es decir, el modo de escapar a “la tradición secular pagana y luego cristiana que sostenía que las mujeres, para hacerse visibles en la sociedad y por tanto en la historia, tenían que convertirse en hombres. Es decir, pasar a ser lo que el pensamiento clásico y patrístico denominó mulier virilis,“mujer viril”, combinación de sexo de mujer y género masculino, ser liminar inclasificable y, en cuanto tal, mucho menos peligroso para el orden patriarcal que un modelo de género nuevo”(Rivera,1991, p.128). […] Sistematizando una experiencia educativo-comunicativa desarrollada con señoras peruanas migrantes, Rosa María Alfaro se refiere al sentimiento de no saber hablar de esas mujeres y a su deseo de aprender de otras— de ellas, las promotoras universitarias— para poder ingresar al dominio exclusivamente masculino. Al respecto señala: “La dominación así asumida se relaciona con la oposición entre los espacios públicos y los privados. La palabra familiar de la mujer sí es considerada valiosa, incluso es gritada. En el propio mercado y en el hogar, la palabra femenina es expresiva y bullera. Se hace escuchar en el ámbito del litigio personal y en la relación exclusiva entre cliente y vendedor. Pero en las asambleas, allí no, la palabra es del hombre. La participación femenina se limita a su presencia y al voto, como también al comentario de persona a persona”(1987, p. 239). Pero, como puede inferirse a partir de otros tramos de su reflexión, la posibilidad de expresión propia de esas mujeres cuestiona las nociones de 332 In-disciplinada igualitarismo e instrumentalidad. No se trata de acceder a un nuevo saber técnico, al dominio de un código y de ciertas reglas de comportamiento social, sino de encontrarse a sí mismas en su habla y desde allí fundar las posibilidades de interlocución en la escena ampliada: “Pues la palabra privada es silencio social y la liberación exige cuestionar aquella barrera que la empuja a la aventura pública, sin tomar en cuenta el valor adquirido en la experiencia cotidiana. Por ello, esa palabra privada debe convertirse en palabra social. No se trata de otra, la pública, sino de ampliar y complejizar la fuerza social y política de la vida cotidiana y su enseñanza”(1987, p.144). La experiencia femenina es, desde esta óptica, el territorio desde el que puede pronunciarse una nueva palabra. Pero siendo esa propia experiencia negación de lo femenino como valor productivo, territorio de la reproducción y el servicio a otros, él mismo se constituye como territorio a renombrar. De donde la palabra de mujer no es mera verbalización positiva sino acto creador que debe desbrozar, destruir, recomponer, hacerse, en definitiva. Como todo hacer—aun el del lenguaje—, es obra de individuos multidimensionales, insertos en contextos específicos, en tiempos y espacios particulares. La noción de“posiciones de sujeto”(Mouffe,1984) que nos ayuda a superar reduccionismos y sustancializaciones en extremo simplificadoras, el reconocimiento de que cada quien está comprometido en un juego múltiple de identidades, nos alertan contra la tentación de reflexionar en torno al habla femenina como si ella no fuese también—y siempre al mismo tiempo— habla de mujeres que se reconocen en otros referentes: en un determinado sector social, en un color de piel, en una cultura nacional y epocal. Si el silencio y su contrario, como hemos tratado de indicar[…] parecen marcar genéricamente los esfuerzos femeninos por la conquista de una identidad valorada, no es menos cierto que otras restricciones y opresiones se conjugan de diversa manera complejizando la cuestión(Sojo,1988). Para las mujeres populares, el habla pública será, en ese sentido, doblemente ajena: por mujeres y mal habladas, por domésticas y poco o nada instruidas, por intuitivas, afectivas, irracionales y pobres, por compartir con sus hombres las lenguas conquistadas o que se intentaron históricamente conquistar y sobreviven y una común opresión económica y social. Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c r i a ó m n e P d o i p á u ti l c a a r 333 Mujeres y radios populares […] Diversos estudios realizados acerca de las radios populares latinoamericanas 7 indican que las mujeres reconocen en ellas medios que les han ayudado a perder el miedo a hablar. En todos los casos que esto ocurre, el atreverse aparece ligado a dos dimensiones básicas de la labor desarrollada por dichas emisoras. Por un lado, la incorporación temática de aspectos consustanciales a la vida cotidiana de las mujeres, sus actividades de amas de casa, esposas y madres, como temas dignos de ser compartidos masivamente. Por otro, su incorporación al discurso radiofónico como agentes de transformación social, como actoras de procesos que desde lo cotidiano—las necesidades más básicas ligadas a la sobrevivencia familiar— las equipara a los hombres al desarrollar prácticas organizativas de carácter poblacional y productivo. En el primer caso, sea en programas destinados a mujeres y conducidos por ellas, o en espacios educativos menos específicos referidos a temas de salud, agricultura o problemas sociales, el día a día femenino popular, hecho de rutinas y dificultades es transformado en materia de reflexión: las características de esa vida a menudo oscura son objeto de análisis y propuestas por parte de expertos en la cuestión, pero también por parte de las mujeres cuya experiencia es igualada al saber profesional. Señoras entrevistadas en los mercados acerca de cómo cocinarán el producto que compran masivamente por ser más económico, esposas y madres que a través de sociodramas comparten sus maneras de enfrentar el autoritarismo masculino, descubren en las radios populares que sus asuntos, esos conversados entre parientas y amigas y sin ninguna trascendencia a nivel de las agendas informativas, son materia del decir. Y hablar se torna más sencillo cuando el micrófono no implica la necesidad de ingresar al campo del saber de los otros , en el cual históricamente sólo se ha callado o se ha balbuceado. En el segundo caso, dada la importancia que las radios populares confieren a los procesos organizativos de base y a su autodefinición como canales para la difusión y fortalecimiento de experiencias colectivas, las prácticas exclusivamente femeninas—las desarrolladas por grupos de madres— o el 7 En especial, para estas reflexiones hemos tenido en cuenta los resultados de investigaciones realizadas con la cooperación de ALER acerca de la práctica de Radio Enriquillo(República Dominicana), La Voz de la Selva y Cutivalú(Perú), Radio Yungas(Bolivia) y otros estudios impulsados por la Asociación de Comunicadores Calandria, de Perú. 334 In-disciplinada desempeño de las mujeres en movimientos y organizaciones de carácter vecinal, ocupan un lugar relevante en términos informativos. La igualación de las mujeres en tanto actoras en el terreno público cobra incluso, muchas veces, dimensión histórica: en numerosas emisoras populares comienza a leerse el pasado desde el papel que jugaron mujeres particulares o colectivizadas como“campesinas”,“palliris” 8 o“madres” en momentos cruciales de la vida de cada país y región. Y hablar es más fácil cuando, por minúscula que sea la acción que se desarrolla, esa palabra se pronuncia en un espacio en el cual las mujeres—aunque no dirijan las emisoras— no son relegadas a la cocina o al tocador. Pero la pérdida del miedo a hablar y el ingreso de temáticas y voces femeninas a las emisoras no equivalen siempre y necesariamente a la presencia de esa palabra de mujer a la que nos referíamos en un comienzo. El mundo privado y el público permanecen escindidos en la mayoría de los casos. A las mujeres se las interpela como habitantes de uno u otro, pero muy difícilmente como sujetos que transitan de manera peculiar los dos terrenos. En muchos casos, especialmente cuando las emisoras no están vinculadas a grupos u organizaciones de mujeres que conjugan la identidad sectorial con una perspectiva de género, el peso de las determinaciones económicas y de clase en la construcción de las relaciones sociales anula o minimiza el peso que tiene el modelo sexista predominante. En otros, o a veces al mismo tiempo, la representación fragmentaria del ser mujer se produce a partir de la imposición y/o la adopción de la lógica comunicativa valorada en las emisoras por su eficacia comunicativa y política: la de la argumentación refractaria a toda otra posibilidad enunciativa que no se asocie al ejercicio de la razón. “Participar en la radio no es fácil, más aún para las mujeres, no sólo porque no estamos acostumbradas, sino porque nos han hecho creer que nuestra palabra no vale, que sólo pueden hablar los cultos, los instruidos y los hombres. Por eso que muchas veces no queremos ser dirigentes, porque no sabemos hablar, ni usar palabras difíciles que impresionen. Y siempre tenemos miedo y preferimos que otros hablen por nosotras. Por esa actitud pasiva, alguna gente se aprovecha y sin consultarnos habla por nosotras... Pero nosotras tenemos que saber qué queremos, qué buscamos, y 8 En las minas bolivianas es el nombre que reciben las mujeres viudas o abandonadas que trabajan por su cuenta en los desmontes recogiendo las piedras de desecho que contienen partículas de mineral. Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c r i a ó m n e P d o i p á u ti l c a a r 335 hablar, porque así podemos estar seguras de que no nos utilicen y controlar bien lo que estamos diciendo y cuándo nos conviene callar. Es decir, ser dueñas de nuestra palabra. Para ello tenemos que hablar como somos, sencillamente. La sabiduría no se dice con palabras difíciles ni imitando a los de otras clases, porque así se nos ve ridículas y nos distanciamos de nuestro pueblo. […] Entonces tenemos que partir de lo que sabemos hacer. Y somos muy buenas dramatizando, contando nuestros problemas con sociodramas; lo hacemos con tanta emoción que convencemos. Poco a poco, a partir de esos sociodramas que los pueden escuchar muchas personas, podemos empezar a valorar nuestra palabra, a perder el miedo y comunicar nuestra vida. Aunque también tenemos que hablar en asambleas, hacer noticias, denuncias, etc. Pero siempre relatando, porque sabemos hacernos escuchar así. Nuestros hijos son testigos de que sabemos relatar y dramatizar” (AAVV, 1987, p. 40). La reflexión realizada por un grupo de promotoras de comunicación de diferentes barriadas limeñas pone de relieve algunos elementos que suelen estar ausentes en el habla radiofónica de las mujeres populares. Constreñidas por formatos típicos de la radiodifusión—el noticiero, las revistas, las entrevistas articuladas en base a preguntas de opinión, los debates, entre otros— y por las formas expresivas derivadas de las metodologías de corte racionalista que han predominado en el campo de la educación popular—ver, juzgar, actuar, por ejemplo—, las mujeres requieren moderar la expresión de sus sentimientos, sustituir las anécdotas por nociones, formular opiniones claras y distintas y desechar intuiciones, precisar las fuentes negando valor a la que generalmente recurren como lugar de su saber: la conversación con otros. Las constricciones a que nos referimos no sólo dificultan en las emisoras populares la participación de la mujer al desvalorizarse los que culturalmente han sido configurados como rasgos del pensar y el decir femeninos, como rasgos esenciales de su identidad. Lo que dificultan es la asunción de la diferencia como requisito de presencia plena de la mujer en el medio masivo y, por extensión, en la escena pública. Pero además, este recorte de la palabra de mujer revela una de las limitaciones más típicas no sólo de las radios, sino en general de las prácticas de comunicación popular, fruto de una restrictiva y reduccionista mirada acerca de los sujetos populares. 336 In-disciplinada La representación radiofónica de lo popular en esas radios durante mucho tiempo privilegió, entre los múltiples actores populares, un protagonista: la clase social; entre los variados contextos de representación, es decir, entre los variados ámbitos donde los actores populares desarrollan su existencia, unos recortados escenarios: los delimitados por las relaciones laborales y las prácticas organizativas; entre los múltiples conflictos—afectivos, familiares, generacionales, etc.— que recorren la vida popular, uno de carácter económico social: la contradicción entre capital y trabajo o entre burguesía y proletariado. Al analizar los contenidos de múltiples programaciones de emisoras populares es posible constatar, temáticamente, el predominio de los temas económicos, políticos y sociales. El mundo de los sentidos y los sentimientos, las cuestiones ligadas con las dificultades para construirse como individuos y relacionarse con otros, el campo de los deseos y expectativas personales, sólo aparece ocasionalmente. Al corazón sólo se le destinan los horarios nocturnos, los de la música melódica que como ocurre en cualquiera de las restantes radiodifusoras, suelen ser conducidos por locutores de encantadora voz. La emoción, la ensoñación, la expansión afectiva se reservan al espacio privado y los temas que tradicionalmente se incluyen en él, como si en la esfera pública los seres humanos—populares o de cualquier otro sector social— no actuásemos(e incluyo el pensar dentro del actuar) también guiados por pasiones, aspiraciones, creencias. Indudablemente, empiezan a desarrollarse hoy, en América Latina, propuestas que cuestionan esos modos de representación y construcción radiofónica de lo popular. También comienzan a impugnarse los discursos articulados únicamente en función de matrices racionales e ilustradas que no dan cuenta de las dimensiones simbólicas, míticas y dramáticas que operan en la cultura de los sectores populares y en la cultura femenina. Sin embargo, todavía las mujeres—y significativamente también los jóvenes— sienten que en muchas de esas radios están ausentes buena parte de sus inquietudes, sus ensueños, sus problemas o lo que no es lo mismo pero igualmente fragmentador, su modo peculiar de pensarlos y sentirlos. […] No cabe duda de que con desniveles, con mayor o menor presencia de las mujeres como productoras de espacios referidos a ellas, las radios populares de América Latina han contribuido a legitimarlas como hablantes aunque la voz propia, capaz no sólo de nombrar lo femenino sino de nombrar desde allí el mundo entero en diálogo con la palabra masculina, sea todavía un susurro. El acceso a los micrófonos y los formatos y el dominio de los Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c r i a ó m n e P d o i p á u ti l c a a r 337 recursos imprescindibles para utilizar el medio masivo igualan técnicamente a hombres y mujeres de los sectores populares. Pero es una igualación que, borrando las diferencias, perpetúa la injusticia, la supremacía masculina. Por eso, como en la vida, ser mujer es todavía hoy en las radios populares latinoamericanas una tarea costosa: supone horadar las barreras que escinden lo público y lo privado como esferas privativas de uno u otro género restituyendo a lo humano su complejidad y a las mujeres y hombres una dignidad complementaria. Otras voces Hasta aquí las reflexiones realizadas por entonces. Ese modo de finalizarlas dialogaba con significativas palabras masculinas y femeninas que por aquellos años retomaban los aportes iniciales, realizados en nuestro continente durante los años 80 por investigadoras como Adriana Santa Cruz, Mercedes Charles, Viviana Erazo, Rosa María Alfaro, Paula Edwards, María Helena Hermosilla, Jean Franco, entre otras 9 . En ese sentido, una expresión acabada de la significación que alcanzaba la problemática del género en el campo de la comunicación fue la edición, en 1996, del número 28 de la revista Signo y Pensamiento , de la Facultad de Comunicación y Lenguaje de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá (Colombia). Su temática central,“Formas de mujer”, era presentada por el editor del número, Omar Rincón, como“otra propuesta para reconstruir la subjetividad, hacer la comunicación y producir la cultura de este final de siglo”(p.8). Esa otra propuesta—delineada a través de los diversos artículos de docentes e investigadoras e investigadores de América Latina— resalta de variados modos lo arduo del camino para producir modos de pensar lo femenino y la mujer en los medios y escenarios de comunicación. Modos de pensar que recuperasen lo sensible como categoría de comprensión de intercambios y procesos(Rincón, 1996), que reivindicasen el silencio femenino no necesariamente como condición de dominación sino como signo de resistencia(Riaño, 1996), que se atreviesen a pensar en estéticas femeninas para leer/ver desde allí las producciones culturales antiguas y contemporáneas(Gutiérrez, 1996; Ramírez, 1996). Modos de pensar que seguramente hoy se encuentran multiplicados y enriquecidos por el decidido 9 Un destacable aporte bibliográfico sobre la labor de estas investigadoras y otras constituye el artículo“El espejo de Venus: una mirada a la investigación sobre mujeres y medios de comunicación” de la propia Mercedes Charles, citado en la bibliografía. 338 In-disciplinada quehacer político e intelectual de los movimientos feministas y por la labor académica desplegada desde aquellos tiempos hasta ahora en el campo de la comunicación y que seguramente se expresarán en este número de Viator. Bibliografía citada AAVV(1987) Palabra de Mujer. La experiencia de ser promotora popular de comunicación, Lima, Perú, Calandria- Tarea. Alfaro, Rosa María(1987), De la conquista de la ciudad a la apropiación de la palabra, Lima, Perú, Tarea. Amorós Puente, Celia(1990), Mujer. Participación, cultura política y Estado, Buenos Aires, Argentina, Ed. De la Flor. Charles, Mercedes(1996)“El espejo de Venus: una mirada a la investigación sobre mujeres y medios en América Latina”, en Revista Signo y Pensamiento N°28, Bogotá, Colombia, Facultad de Comunicación y Lenguaje, Pontificia Universidad Javeriana. Darcy de Oliveira, R. y Harper, Babette,“As mulheres em movimiento. Ler a própia vida, escrever a própia história” en Freire, Oliveira y Ceccon, Vivendo e aprendendo. Experiencias do IDAC em educacao popular, Sao Paulo, Brasil, Brasiliense, 2a. edición. Ford, Aníbal(1999), La marca de la bestia. Identificación, desigualdades e infoentretenimiento en la sociedad contemporánea, Buenos Aires, Argentina, Ed. Norma. Gutiérrez, Eduardo(1996)“Para pensar la comunicación: metáforas femeninas”, en Revista Signo y Pensamiento N°28, Bogotá, Colombia, Facultad de Comunicación y Lenguaje, Pontificia Universidad Javeriana. Illich, Iván(1990), El género vernáculo, México Df, México, Joaquín Mortiz/Planeta. Mata, María Cristina(1994),“Ser mujer en las radios populares latinoamericanas” en Materiales de Estudios Cali, Colombia, Asociación Mundial de Radios Comunitarias (AMARC). ---------------------------(1994),“Being Women in the Popular Radio” en Riaño, Pilar(ed.), Women i” grassroots communication. Furthering social change, Thousand Oaks, USA, Sahe Publications. ---------------------------(1995),“coord.) Mujer y radio Popular, Quito, Ecuador, ALER. Moser, Caroline y Levi, Caren(1988)“Género, capacitación y planificación”, en Barrig, Maruja(ed.) De vecinas a ciudadanas. La mujer en el desarrollo urbano, Lima, Perú, Sumbi. Mouffe, Chantal(1984)“Por una teoría para fundamentar la acción política de las feministas”, en Jornadas de feminismo socialista, Madrid, España, Instituto de la Mujer. Ramírez, Fernando(1996)“Imagen es un nombre de mujer”, en Revista Signo y Pensamiento N°28, Bogotá, Colombia, Facultad de Comunicación y Lenguaje, Pontificia Universidad Javeriana. Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c r i a ó m n e P d o i p á u ti l c a a r 339 Riaño, Pilar(1996)“El género en la comunicación: las contribuciones de las mujeres”, en Revista Signo y Pensamiento N°28, Bogotá, Colombia, Facultad de Comunicación y Lenguaje, Pontificia Universidad Javeriana. Rincón, Omar(1996), Mujeres de comunicación: si lloviera un día de ternura”, en Revista Signo y Pensamiento N°28, Bogotá, Colombia, Facultad de Comunicación y Lenguaje, Pontificia Universidad Javeriana. Rivera, María Milagros(1991),“La historia de las mujeres y la conciencia feminista en Europa” en Lola Luna(comp.) Mujeres y sociedad. Nuevos enfoques teóricos y metodológicos, Barcelona, España, Universidad de Barcelona. Scott, Joan(1986),“Gender, a useful category of historical analysis”, en The American Historical Review, N° 91, recuperado de https://warwick.ac.uk/fac/arts/history/students/modules/sexuality_and_the_body/ bibliography/joan_scott_gender_1986.pdf Sojo, Ana(1988) Mujer y política. Ensayo sobre el feminismo y el sujeto popular, San José, Costa Rica, 2a.edición. 340 In-disciplinada Públic C o o s m y u c n u i l c t a u c r i a ó m n e P d o i p á u ti l c a a r 341 Cuestión 3 POLÍTICA Y COMUNICACIÓN 342 In-disciplinada Política y comunicación 343 Introducción Por Liliana Córdoba El binomio comunicación y política remite a una asociación intensa, evidente, prácticamente indiscutible en nuestras sociedades. Sin embargo, en tanto la conexión se sobreentiende, suele carecer de definiciones conceptuales como de claridades heurísticas. Como afirmaba hace ya varios años Sergio Caletti,“la variedad de caminos con que esta conexión suele ser pensada es tan heterogénea como débiles son sus desarrollos sistemáticos”(S. Caletti, 2001: 38). La obra de Marita Mata resulta una excepción a ese diagnóstico. A fines del siglo pasado la mediatización de la política se convirtió en una “noción-desván”—según plantea nuestra autora— donde hacer descansar la perplejidad frente a las nuevas complejidades. Frente a este panorama, Marita inició un recorrido que llega hasta el presente—el último trabajo de este apartado fue escrito en 2022—, recorrido en el que la pretensión fundamental es salirse de la dicotomía construida aquellos primeros años: la que ensalzaba o condenaba a la comunicación mediática por lo que ella“le hacía a la política”(Mata, 2015). En virtud de esa búsqueda es que construye una propuesta original respecto a“la comunicación como caución de ciudadanía”(Mata, 2011) y también desarrolla investigaciones empíricas que le permiten arribar a nociones sumamente originales como la de“ciudadanía comunicativa”. Los textos que seleccionamos muestran los resultados de esos esfuerzos. Representan un conjunto que cimienta una perspectiva teórico-metodológica asentada en, al menos, cuatro consideraciones que comentamos brevemente. La primera es el enfoque no instrumental sobre la relación entre la política y la comunicación. En Mata, la política se asume en sus dimensiones institucionales pero también“como esfera y práctica de la vida colectiva en la cual se diseñan y discuten los sentidos del orden social”, y la comunicación “como esos complejos intercambios a través de los cuales los individuos y grupos sociales producimos las significaciones colectivas en permanente tensión y confrontación”(Mata, 2015). Así planteadas, la articulación entre 344 In-disciplinada política y comunicación es constitutiva e indisoluble pero adquiere formas históricas concretas. En virtud de esto es que una búsqueda central de su trabajo es identificar cuáles son los rasgos que la mediatización le imprime a esa relación. La conjetura que produce al respecto conserva eficacia y lucidez: la mediatización no produce un desplazamiento de la política“desde la plaza hacia la platea” sino que se crea un nuevo espacio virtual“entre” la plaza y la platea. Un espacio nuevo en el cual la política se produce y en el cual el principal efecto de sentido que se busca construir es el de la visibilidad, el de“dejarse ver y oír”(Mata, 1992). Y sigue: un efecto de sentido que“se reclama desde la plaza pero que solo pareciera realizarse desde la platea” por esa condición hegemónica de la visibilidad mediática en la construcción de lo público donde se opera constantemente“una confusión entre la práctica y su representación mediática”(Mata, 1992). Diez años después, en“La construcción técnica de la democracia”(2002), la autora trata con gran consistencia el papel de los medios en la pérdida del sentido político de las democracias, reconvertidas en sistemas técnicos que apuntan a la eliminación de los conflictos y de las contingencias a través del uso de herramientas que pretenden regular técnicamente las interacciones—como las encuestas o los sondeos—, vaciando a la política de la reflexión ética que le otorga fundamento(Mata, 2002). La segunda consideración teórico-metodológica refiere a la centralidad del sujeto en su tratamiento de esta cuestión. Pero Mata no busca reponer una trascendencia del sujeto sino especificar el conjunto de disposiciones y condiciones que, en un momento histórico determinado, pueden contribuir a su emergencia y actuación, estudiando las tensiones y convergencias entre dos formas de esa subjetividad: los públicos y la ciudadanía. La pregunta por las posibilidades de que quienes fuimos constituidos como públicos frente a los medios—como“sujetos de indefensión”— podamos constituirnos frente a ellos como ciudadanos—como“sujetos de demanda y proposición”— recorre sus artículos desde 2006 en adelante. En la respuesta arriba a otra hipótesis fundamental: en sociedades mediatizadas existe la posibilidad de que emerja una nueva forma de subjetivación frente a los medios, la“ciudadanía comunicativa”, entendida como“el reconocimiento de la capacidad de ser sujeto de derecho y demanda en el terreno de la comunicación pública, y el ejercicio de ese derecho”(Mata, 2006). La tercera consideración que destacamos es acerca de la preeminencia de lo informacional en la consideración del vínculo entre política y comunicación. P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 345 Sostiene que la noción de“agenda” se ha vuelto meramente descriptiva y ha perdido capacidad explicativa”(Mata, 2008) para argumentar la necesidad de un trabajo cada vez más denso“de producción de información que permita, a quienes menos posibilidades tienen, nutrirse de los conocimientos a menudo inaccesibles que son imprescindibles para imaginar nuevos órdenes económicos, políticos y culturales”(Mata, 2015). La cuarta consideración es sobre el nuevo paradigma que supone asumir a la comunicación como“caución de ciudadanía”(Mata, 2011) y como vector de esa democratización el objetivo de“ciudadanizar” las políticas de comunicación(Mata 2010a). Esto habilita una revisión, un tratamiento novedoso de la problemática de la democratización de la comunicación que inició ya en los años 60 y 70. Avanzado ya un cuarto de este siglo, es obvio que el panorama se ha transformado superlativamente. La aceleración de los cambios tecnológicos, la crisis ambiental, la profundización de las desigualdades y la creciente desafección en torno a las instituciones democráticas por parte de diversos sectores de la ciudadanía son procesos complejos que impactan decisivamente. Es indudable que resultan necesarias nuevas preguntas y categorías para conocer, por ejemplo, cuál es el impacto de la mediación algorítmica en la modelización de las subjetividades. O para dar cuenta de la superioridad casi absoluta de las corporaciones globales en el flujo informativo y la manipulación de datos. O para reconocer la posibilidad real que tienen los Estados para garantizar derechos en el ámbito comunicacional. Nuevos métodos de investigación serán necesarios para examinar empíricamente esos asuntos. Sin embargo, los núcleos centrales del pensamiento de Marita Mata—inescindibilidad, subjetividad, información y ciudadanía— son fundamentales para pensar política y comunicación si en esa búsqueda queremos, siguiendo también su huella, alejarnos de las dicotomías, las meras denuncias o las nociones que funcionan como tranquilizador“desván”. Referencias Caletti, Sergio(2001) Siete tesis sobre comunicación y política. Revista Diálogos de la comunicación (63) 37-49. https://dialnet.unirioja.es/servlet/ articulo?codigo=2369916 Mata, María C.(1992) Entre la plaza y la platea. (2002a) La construcción técnica de la democracia. 346 In-disciplinada (2006) Comunicación y ciudadanía. Problemas teórico-políticos de su articulación. (2010a) Ciudadanizar las políticas de comunicación. (2011) Comunicación y ciudadanía: dilemas pendientes. (2015) Los medios públicos desde las luchas por el poder comunicar. Mata, María C. y Córdoba, María L.(2009) Ciudadanía, información y acción colectiva. P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 347 Entre la plaza y la platea(1992) * Interrogarse acerca de la existencia de un lugar para la política en la cultura mediática implica dudar de esa existencia o, por lo menos, sospechar que algo obstruye su despliegue, que algo emborrona su espacio de realización. Pero al mismo tiempo, resulta imposible no advertir que la pregunta por un lugar es al mismo tiempo una pregunta acerca de lo que él puede albergar ¿Cómo dudar que la política existe?, ¿cómo cuestionar la visibilidad de las decisiones que día a día se toman desde el poder y orientan el rumbo de la sociedad prescribiendo y normando las relaciones entre los individuos y las instituciones?, ¿cómo no reconocer en el ejercicio de las formas de elección y representación democrática un ejercicio de naturaleza política? Entonces, ¿a qué viene esa pregunta?, ¿sobre qué zona nos interroga? La propia convocatoria al Seminario no deja demasiadas dudas al respecto. En ella se alude repetidas veces al eclipse de lo político, a su desventura en el marco de una nueva cultura, la mediática, que, organizada en torno a dispositivos tecnológicos, informativos y a canales de naturaleza masiva y creciente ubicuidad, actúa“sobre las prácticas políticas que se constituyeron en marcos sociales sustentados en otras tradiciones intelectuales y que durante siglos mantuvieron algunas continuidades”. La pregunta, al fin, construye su propia inteligibilidad. Es en principio y aunque soporte múltiples y variadas respuestas una pregunta que tiende a hacernos reconocer el campo, las manifestaciones, las transformaciones de los modos en que lo político se corporiza hoy ante nuestros ojos; de los modos en que hoy se nos propone vivir ese peculiar tipo relaciones entre los individuos que, nombradas como políticas, aluden al gobierno de los seres y las sociedades, a las formas de acumulación y administración del poder, a las maneras de construir la convivencia presente y de diseñar posibles futuros. 1. El desplazamiento Cuando comencé a organizar algunas ideas en torno a la pregunta propuesta por el Seminario, pensé en la tentación—en la facilidad— de proponer una respuesta a partir de la imagen de un desplazamiento acabado entre los lugares que antes y ahora podrían ser reconocidos como lugares específicos, * Artículo publicado originalmente en Schmucler H. y Mata, M.C.(coord.) Política y Comunicación. ¿Hay un lugar para la política en la cultura mediática? Universidad Nacional de Córdoba-Ed. Catálogos, Buenos Aires, Argentina, 1992. 348 In-disciplinada claves o centrales de la política. Un desplazamiento de la plaza a la platea, siempre y cuando se confiera a ambos términos unos ciertos sentidos: “La plaza como lugar público donde se suceden intercambios directos; como lugar de la acción. Como ágora, espacio material y simbólico de la vida política en la tradición clásica. La plaza como centro articulador de los espacios ciudadanos y, en nuestro imaginario político nacional, como lugar de la irrupción de actores colectivos(el pueblo, la masa); como territorio en que se traban adhesiones y se procesan enfrentamientos: la plaza del 17 de octubre del 45, la del 25 de mayo del 73, la del 1 de mayo del 74, la de la pascua de abril de 1987... La plaza, en suma, como centro del reconocimiento de la política como mediación y confrontación de intereses; como la localización del actuar colectivo articulado en representaciones sociales y partidarias. La platea como espacio bivalente, público y privado al mismo tiempo. Público en tanto oferta genérica que permite acceder a un espacio común de representación. Privado, particular, en tanto lugar—asiento— de la contemplación, de la producción en recepción. La platea como ámbito natural del espectáculo y el espectador, no identificable con lo pasivo o meramente asimilador y reproductor, pero constreñido por los límites de lo representado. La platea, por tanto, aludiendo más que a la acción a la actuación”. El predominio de la platea sobre la plaza como lugar de construcción de lo político constituiría una primera respuesta de carácter descriptivo a la pregunta que nos propone el Seminario; un modo de dar cuenta de una de las transformaciones más significativas operadas en nuestro tiempo y que se expresa con una noción que ya es de uso frecuente: la de la mediatización de la política. Se trata de una noción de usos múltiples. Se presta tanto para aludir a la centralidad que adquieren los medios masivos en el conjunto de las prácticas políticas como para aludir a su influencia específica en los resultados electorales; tanto para nombrar aggiornadamente las viejas operaciones manipulatorias que se realizan desde el poder para legitimar temas y actores, como para descubrir novedosas y democráticas operaciones informativas que transparentan las relaciones sociales y favorecen la pluralidad discursiva. En medio de esa dispersión y ambigüedad que hace de la mediatización de la política una de esas nociones-desván en las que se corre el riesgo de poner todo y no encontrar nada, vale la pena tratar de precisar los contornos P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 349 que adquiere en una serie de trabajos de comunicadores, sociólogos y politólogos dedicados a describir y explicar las actuales relaciones entre cultura, medios y política. En términos globales, por mediatización de la política se entiende el proceso en y por el cual los medios de comunicación masivos—preferentemente los que emplean tecnología audiovisual e informática— imponen crecientemente su lógica en la construcción de la realidad política(Catalán y Sunkel, 1991). Ello entre otras cosas, significa lo siguiente: -Que tales medios son los principales mediadores entre los espacios clásicos de la política o tradicionalmente legitimados como tales(el gobierno, el parlamento, los partidos) y la ciudadanía, transformada en público masivo. Esta mediación se verifica en momentos en que se produce un alejamiento de los partidos de la vida cotidiana de los ciudadanos(Schenk, 1991) y un cambio de los escenarios y actores que intervienen en la formulación de proposiciones y la agregación de intereses: debilitamiento de las militancias, de la labor educativa y proselitista directa, el abandono de la inserción en espacios sociales ampliados y una creciente utilización de los recursos de la ingeniería política. No se trata, en ese sentido, de un uso instrumental de ciertos medios o canales por parte de las organizaciones políticas para la difusión de sus idearios o de su empleo relacional como dispositivos para la construcción de carácter organizativo. La mediación es entendida como un mecanismo que permite establecer lazos, vínculos entre actores y estructuras ajenas o por lo menos alejadas de la vida de cada quien, como intervención deliberada en ese espacio vacío. La mediatización de la política significa, al mismo tiempo, la construcción de nuevos espacios de procesamiento, debate y legitimación de las ideas políticas a través de estrategias y géneros menos emparentados con la argumentación racional que con la adhesión afectivo emocional(Landi, 1991). Por otro lado, se trata de espacios en que los actores políticos clásicos (gobernantes, parlamentarios, dirigentes partidarios) conviven y compiten con actores que provienen del mundo del espectáculo, hecho que les exige adecuar sus comportamientos y propuestas de interlocución. Por encima de sus roles e identidades políticas que se presumen diferenciadas y en búsqueda de adhesiones sectoriales distintivas se impone una identidad nueva y común, creada por la situación que les coloca(y en que se colocan) como figuras públicas en busca de los más altos índices de consumo privado. 350 In-disciplinada Esos nuevos espacios—las entrevistas televisivas que coinciden con desayunos y almuerzos donde se come y toma la mayor cantidad de publicidad posible y donde las locutoras usan el set como pasarela, las notas en páginas de revistas a todo color que develan la intimidad de los dirigentes y gobernantes como dato insustituible para su valoración colectiva, y tantos otros que podríamos mencionar— se multiplican hasta el cansancio. Mientras tanto, las relaciones e imaginarios político-sociales se modifican decisivamente, entre otras cosas por la pérdida de peso específico de los partidarios en el“proceso de formación de las decisiones del Estado”, su precariedad institucional como articuladores de proyectos diferenciados y en competencia, como espacios de identificación y representación de la ciudadanía, y por el correlativo protagonismo de actores no estrictamente partidarios(empresas, funcionarios, banqueros) en los procedimientos de formación del poder(Landi, 1991). - Por último, la mediatización de la política alude a un movimiento más global de remodelación de las formas de sociabilidad en una época de creciente complejidad de la vida urbana y notoria regulación tecnológica de la cotidianeidad. En una época en que la crisis económica provoca tanto el ensimismamiento en lo propio(con fines de sobrevivencia o preservación) como la multiplicación de estrategias particularizadas para enfrentar sus manifestaciones más impactantes(desde la gestión de ollas populares o microemprendimientos productivos a la organización vecinal de la seguridad pública). La proliferación de movimientos sociales acotados puede inscribirse en este movimiento de particularización derivado de necesidades de individualización y de restitución de lazos entre el mundo público y la vida privada que los partidos políticos tradicionales no satisfacen con sus propuestas“omnicomprensivas”. La fragmentación de las experiencias, problemas, demandas y reivindicaciones cuestiona y aleja la posibilidad de totalizar el sentido de los procesos que se viven. El consumo multiplicado de productos culturales—entre ellos la información y la ficción— se legitima como vía de acceso al“complejo universo existente” y provee una suerte de guía o mapa para reconstruir la escena en que ocurren las experiencias particulares. De la plaza a la platea sería entonces la imagen del movimiento sustitutorio que revela los nuevos espacios físicos y simbólicos que se admiten como lugares de producción del sentido político y unas estrategias propias de tales espacios, articuladas por la mediación tecnológica y el consumo cultural. P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 351 Sin embargo, hay algo en esa primera respuesta inducida por la pregunta planteada por el Seminario, hay algo en esa imagen de desplazamiento posible de ser reconstruida a partir de toda una literatura comunicológica, que nos resulta insatisfactorio. De la plaza a la platea puede sugerir un tránsito lineal entre épocas y modalidades, una transformación graciosa—es decir, con escasas consecuencias de los actores—, un traslado de cuestiones del espacio de la acción al de la representación que impide ver lo que la primera siempre representa y lo que la segunda implica como práctica productiva, como construcción deliberada de la acción. De la plaza a la platea sugeriría—y eso se advierte cuando se usa ligeramente la noción de mediatización de lo político a la que nos hemos referido— la clausura de la primera, su oclusión, su olvido. Su desaparición sin rastros en el imaginario político que se construye desde ese otro lugar central que es la platea. 2. El espacio virtual La insatisfacción que nos produce la linealidad y las simplificaciones derivadas de esa imagen, se nos vuelve incomodidad ante las que día a día nos brindan las pantallas de los televisores, las fotografías de periódicos y revistas, las transmisiones en directo de los móviles radiofónicos: ante las imágenes de las marchas del silencio por María Soledad, ante las carpas y ollas comunes de los jubilados, ante las carreteras cortadas frente a las casillas de peaje, ante los adolescentes pronunciándose contra el autoritarismo del sistema educativo o las ruidosas batucadas de los bancarios. Para disipar esa incomodidad, podría aducirse que los últimos 1º de mayo y 17 de octubre las pantallas poco tuvieron que mostrar, que la plaza estuvo vacía; alguien podrá decir que nadie salió al balcón para anunciar que había finalizado la última intentona militar. Es obvio que debemos reconocer la profunda mutación en los estilos de liderazgo que a su vez expresan nuevas estrategias de poder, las modificaciones de los espacios y mecanismos de constitución de las identidades políticas y de solicitación y cesión colectiva de la confianza. Pero ello no puede ocultar que la plaza subsiste como escenario de la acción política, como territorio público donde ciertos actores pugnan por intervenir, por participar en la orientación del poder. Frente a esa insatisfacción y esa incomodidad, ensayamos entonces otra respuesta conjetural para la pregunta que nos ocupa. Una respuesta que pretende suplantar la idea del desplazamiento acabado o la simple 352 In-disciplinada sustitución por la de una tensión, por la idea de un espacio virtual, construido entre la plaza y la platea. Una respuesta que creemos nos permite avanzar en la comprensión del complejo proceso de resignificación de la política que se está operando en nuestra sociedad. Sin pretensiones de fundar empíricamente lo que es una conjetura, un otro modo de leer ciertas transformaciones, me voy a permitir recordar ciertas imágenes tal vez frescas todavía en la memoria de muchos. Me refiero a las imágenes de los mineros de Hipasan ocupando alternativa pero empecinadamente la Plaza de Mayo y la Plaza del Congreso“para que los vieran”, para que el país supiera lo que les estaba ocurriendo, lo que le ocurriría a la empresa y a Sierra Grande, y a las imágenes de los canales de televisión—tal vez todos, pero consigno aquí el tipo de operación llevada a cabo por Canal 13 de Buenos Aires— ampliando esa presencia—”efectivamente estamos logrando que todo el país los vea”— y dramatizándola con las visiones de un pueblo en quiebra, talleres y negocios cerrados, casas medio derruidas, las marcas de la pobreza. Día tras día las imágenes se multiplicaron: las iniciales declaraciones de los mineros acerca de la protesta protagonizada por los que quedaron en Sierra Grande, particularmente por sus propias mujeres, hizo redoblar la labor de los corresponsales. A la inmovilidad de una población casi en extinción sucedía su efervescencia: rutas cortadas, carteles y consignas en manos y bocas del pueblo interpelaban a las autoridades locales y regionales, a los habitantes de la zona. La televisión ampliaba nuevamente la acción en términos discursivos: esos carteles y consignas se transformaban en declaraciones ante las cámaras, discursos tensados entre las reivindicaciones gremiales y las súplicas de piedad, que apelaban al gobierno nacional, al país. La simultánea ocupación física de espacios públicos como forma visible de la demanda, como estrategia de acción(que desde un punto de vista sociológico revelaría la convergencia de tradicionales y nuevas prácticas sociales, la multiplicación de los sujetos de la acción y la complejización del mundo productivo-laboral por su entronque con la esfera familiar-doméstica), fue también amplificada televisivamente: todo el país pudo constatar el carácter colectivo-obrero, femenino y poblacional de la lucha. Pero aún más, mineros y pobladores pidieron verse actuando simultáneamente en las pequeñas pantallas de las unidades móviles. Cada uno, desde su lugar público de acción, fue convertido en espectador del otro: cada uno pudo decirle al otro lo que le significaba su actuación:“aliento”,“pena”,“alegría”, “saberse acompañados”... Tras varios días de movilización simultánea se P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 353 conocieron las promesas de pagar los sueldos adeudados y de revisar la situación de la empresa. Los rostros de los mineros—preocupados por ciertas ambigüedades oficiales— eran, de todos modos, rostros sonrientes. Pero nadie habló tanto del“triunfo” obtenido como la propia televisión— insisto que me refiero en particular a Canal 13—. Tanto habló de su presencia continua en ambos escenarios permitiendo que el conflicto se viera y se sufriera colectivamente, que los propios mineros contagiados por la emoción comenzaron a conferir a los reporteros el galardón del reconocimiento: el ustedes devino compañeros y el resultado positivo un logro derivado de esa formidable capacidad amplificatoria desplegada por el medio. Con el dramatismo propio de todo relato articulado en función de una situación inicial adversa, de un orden imperfecto que se transforma positivamente a través de una prueba, la televisión, que inicialmente se adjudicó el rol de“ayudante”, se transformó a sí misma en“sujeto” modificando el sentido principal del conflicto. Si la acción de los mineros de Sierra Grande expresaba no sólo una demanda laboral sino el cuestionamiento—más o menos explícito— de un modelo económico social, las operaciones de televisación de esa acción pusieron entre paréntesis, dejaron en suspenso, tal sentido recubriéndolo (casi hasta sustituirlo) por la propia acción del“dejar ver”. El triunfo de la causa no pasaba por una revisión de las políticas cuestionadas: consistía en haber otorgado visibilidad a lo ignorado, a lo desconocido. Por ello, tras ese triunfo, el caso Hipasan desaparece de la escena: el conflicto subsiste pero el acontecimiento se borra y sólo ocasionalmente, en la escenificación de un nuevo caso—el de Somisa y San Nicolás— se aludirá a él como referencia. El caso de Hipasan se nos presenta, así, como una concreción paroxística del entre que no sólo denota ser un lugar en medio de la acción y la representación, sino un lugar construido en cooperación por ambas estrategias. Pero no se trata de un caso aislado y remite a otros múltiples, similares o equivalentes de los que sólo mencionaré uno más. Mientras arreciaban las noticias acerca de las deficiencias del sistema de salud pública, los trabajadores del Hospital Fernández de la Capital Federal se reúnen en asamblea para discutir la estrategia oficial en ese campo, el virtual abandono del sector. La pantalla—mediante la acción del móvil de Canal 13— nos ubica ante un debate acalorado: el dirigente que cumple la función de orador es interpelado por sus compañeros con preguntas y comentarios a los que incluye en sus réplicas. De pronto, desde el estudio 354 In-disciplinada del canal, en pantalla dividida, César Massetti sobreimprime su voz llamando a Mónica Mihanovich, quien cumple funciones de reportera sugiriéndole una pregunta cuyo destinatario es el dirigente-orador. La periodista, incluyéndose en la escena colectiva, formula la pregunta; varios asambleístas piden silencio al resto y desarman el abigarrado grupo hasta formar una media luna que favorezca la labor de la cámara. La asamblea deviene entrevista con un fondo de trabajadores que, de interlocutores, de actores de una situación político-comunicativa que les concierne y compromete, pasan a ser receptores, consumidores presenciales de un típico producto de la racionalidad informativa: las permanentes y variadas entrevistas en vivo. Casos como los anteriores podrían suscitar comentarios acerca del vaciamiento de sentido de la acción política directa que opera la televisión, con lo que nuevamente simplificaríamos las cosas. Cuando los mineros de Hipasan llegan a Buenos Aires explícitamente manifiestan que su objetivo es“hacerse ver”. Los trabajadores del Fernández no rechazan airados la intromisión de la reportera convirtiendo su asamblea en un formato periodístico convalidando y legitimando, de tal modo, la importancia que tiene para la acción que desarrollan el hecho de que ella se vea bajo ese formato. Una de las ventajas que tiene el revisar las ponencias presentadas a un seminario antes de su publicación estriba en la posibilidad de ratificar o rectificar lo originalmente dicho. En este caso, la ratificación viene por la vía de los hechos aunque, como dije antes, no se trata aquí de probar alguna hipótesis. A poco de comenzar 1992 Hipasan efectivamente cerró. Pero ya no hubo cámaras ni imágenes. Incluso las notas periodísticas que dieron cuenta del caso fueron escuetas, con pequeños titulares. Ni la acción desarrollada previamente por los trabajadores ni su representación—su espectacularización— habían funcionado como espacios de construcción de una demanda en contra del modelo neoliberal privatizador. De haber sido así, el verdadero fin del relato se hubiese articulado en términos de éxito y derrota, en una nueva representación—no importa cuán melodramática fuera— del cierre del establecimiento, del desempleo de los mineros, de su dispersión. Si ello no ocurrió no es, como suele argumentarse, por el escaso seguimiento que el periodismo brinda a las noticias 1 . El“dejarse ver y oír”, como sentido 1 Noción engañosa, si las hay, porque presume que las noticias existen por fuera de las operaciones de producción que las constituyen como tales. P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 355 clave construido en esa suerte de limbo, en ese espacio creado entre la plaza y la platea, no requiere una posterior consumación; el sentido se congela y autoconsuma en el propio espacio que lo produce 2 . Ahí radica, a mi juicio, la productividad de ese entre al que vengo refiriéndome. Ese espacio, construido cooperativamente por quienes protagonizan la acción—los sujetos de la plaza— y por emisores, mediadores y receptores—los protagonistas de la platea— permite reconocer unas estrategias que, desde ambos lugares, se orientan a producir básicamente un efecto de sentido: el de la visibilidad. Permite, en consecuencia, asumir que lo que está en crisis—o por lo menos lo que se ha transformado— son unas formas orgánicas de representación y participación en el poder que, por más que nunca se hayan realizado plenamente en nuestra sociedad, aseguraba efectiva o imaginariamente a múltiples actores la visibilidad social que hoy reclaman desde la plaza pero que sólo pareciera realizarse desde la platea, en ese espacio virtual que la televisión pero también la radio y los medios en general prometen y realizan emborronando otros sentidos de la acción. Al mismo tiempo, reconocer ese espacio virtual nos lleva a reflexionar acerca de la importancia que él ha ido adquiriendo en el imaginario social como lugar público por antonomasia y como máximo referente de la acción pública, es decir, como su objeto constitutivo. Frente a él, como vimos, palidecen o resultan intercambiables y escasamente significativos los objetos de referencia a raíz de los cuales se desarrolla tal acción: los reclamos, las demandas, en fin, las acciones directas que, por precaria que sea su explicitación, están hablando de necesidades, intereses, sueños, proyectos. Los mismos que el“hacerse ver” desdibuja. No se trata, en ese sentido, de que la ficción haya suplantado lo real; es decir, que toda suerte de acontecimientos, incluidos los políticos, se representen en pantallas y páginas utilizando recursos provenientes de géneros asociados a lo inventado, a lo imaginario. Toda ficción, por último —y máxime cuando los receptores competentes en una cierta cultura, en unos ciertos códigos, pueden descifrarla— nombra la realidad, la recrea y hasta puede transformarla. Lo que desafía nuestra comprensión y nuestro juicio al asumir que la política se construye hoy en esa tensión entre la plaza y la platea y no en virtud de 2 De ahí que empleemos la imagen del limbo, como lugar donde“las almas se detienen” pero al que también figuradamente suele aludirse cuando alguien está alelado o distraído. 356 In-disciplinada una lisa y total destrucción de la primera bajo el imperio de la segunda, es la cesión que ello implica, el sometimiento de todo aquello por lo que la plaza convoca a la necesidad y al placer de verse,“la nueva percepción del mundo que engendra la espectacularización: esa sensación de llenura en el vacío... esa sensación de participación que engendra la satisfacción de ver” 3 . Consagrar la platea como lugar de construcción de la política es tal vez enmascarar o, por lo menos, disimular ese desafío. Asumir la tensión nos obliga y posibilita a reingresar desde ese nuevo espacio—lleno y vacío al mismo tiempo— la discusión acerca de la política como práctica de articulación de intereses y definición de propuestas, como espacio de reconocimiento y diferenciación, conscientes de ese entre , de ese lugar de detenimiento en el que hoy ella se debate. Referencias bibliográficas Landi, Oscar“Videopolítica y cultura” en Diálogos de la comunicación Número 29, FELAFACS, Lima, marzo de 1991. Catalán Carlos y Sunkel, Guillermo“Comunicaciones y democracia en Chile”, en Diálogos de la comunicación Número 29, FELAFACS, Lima, marzo de 1991. Schenk, Michael“Participación. Nuevas estrategias de persuasión”, en Diálogos de la comunicación Número 29, FELAFACS, Lima, marzo de 1991. 3 Martín-Barbero, Jesús, Procesos de Comunicación y Matrices de Cultura. Itinerario para salir de la razón dualista, FELAFACS-G. Gilli, México 1987. pág.65. P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 357 Comunicación, ciudadanía y poder. Pistas para pensar su articulación (2002) * “El poder sólo es realidad donde palabra y acto no se han separado, donde las palabras no están vacías y los hechos no son brutales, donde las palabras no se emplean para velar intenciones sino para descubrir realidades, y los actos no se usan para violar y destruir sino para establecer relaciones y crear nuevas realidades.” Hanna Arendt, La condición humana El ejercicio de la ciudadanía ha desbordado hace tiempo en el marco de la teoría política, la estrecha esfera de la titularidad y ejercicio de los derechos civiles y políticos de carácter universal íntimamente relacionados con el sistema de gobierno y la estructura social y económica de un país” 1 para complejizarse y expandirse, incorporando la problemática de la diversidad y la diferencia y desbordando los marcos de referencia estrechamente estatales. Así, reconociendo la lógica de la globalización, la noción de ciudadanía es el recurso necesario para repensar un modo de ser en el mundo ampliado; es decir, para pensar el intercambio y la vinculación simbólica de los individuos en un espacio vuelto común por las tecnologías de producción y distribución de información y productos mediáticos, así como por la desterritorialización de procesos productivos, los procesos migratorios y las interacciones mundiales en términos de negocio y entretenimiento. En esta esfera, la noción de ciudadanía se tematiza en vinculación con la problemática de las identidades y el multiculturalismo; en referencia a consumos y comunidades hermenéuticas; pero también a demandas y reivindicaciones que trascienden las fronteras. El Estado-nación, fuente de reconocimiento y marco jurídico de pertenencia y garante de derechos cívicos, ya no es capaz de contener * Artículo publicado originalmente en Revista Diálogos de la Comunicación, Nº 64, Felafacs, Lima, Perú. 1 Torcuato Di Tella, Hugo Chumbita y otros, Diccionario de Ciencias Sociales y Políticas , Emecé, Buenos Aires, 2001, pp. 85-88 358 In-disciplinada problemas que lo sobrepasan como lo expresan los movimientos ecológicos o de género—para dar sólo dos ejemplos clásicos— ni resulta el proveedor sustantivo de imágenes colectivas. Mundo y mercado configuran nuevos espacios en los cuales el individuo sufre constricciones—obligaciones— y puede demandar o esperar reconocimiento. A su vez y concomitantemente con el proceso de globalización, en América Latina, la redefinición de los Estados de bienestar, su achicamiento en razón de su sometimiento a la fuerza del mercado ha provocado, como bien lo padecemos, ajustes estructurales que han erosionado anteriores modalidades colectivas de satisfacción de los requerimientos básicos para la vida de las grandes mayorías. Esta transformación multiplicó objetivamente los espacios de poder con los cuales los individuos deben vincularse en orden a satisfacer sus necesidades, produciendo una consecuente multiplicación de esferas de negociación y enfrentamiento para hacer valer los derechos individuales y colectivos que el Estado ya no respalda. La multiplicación de agrupaciones o movimientos constituidos en torno a la provisión de servicios y al consumo da cuenta de ello. Pero esa redefinición de los Estados latinoamericanos no puede leerse sólo en clave economicista como producto de políticas de ajuste de corte neoliberal. En ella se hacen patentes profundas mutaciones políticas: desde las denominadas crisis de representatividad que afectan a estructuras políticas y reivindicativas, incapaces de contener a los individuos en su calidad de espacios de construcción de idearios y proyectos comunes, hasta su pérdida de centralidad en términos de referencia, como señales demarcatorias del orden social. Esta dupla, constituida por la diversificación de las fuentes del poder y el estallido o debilitamiento de los lugares colectivos que históricamente habían aglutinado a la ciudadanía en orden a la reproducción o confrontación del mismo, se produce, como precisa Manuel Garretón, en el marco de una experiencia social que se“presenta como irreductiblemente multidimensional”, es decir, como una experiencia en que anteriores correspondencias entre economía, organización social, política y cultura, también son cuestionadas en tanto se revelan dinámicas no reductibles a un único principio de articulación. “La ciudadanía—planteará el mismo Garretón— es la reivindicación y reconocimiento de derechos y deberes de un sujeto frente a un poder. Si los ámbitos o esferas de la sociedad no se corresponden, P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 359 si se separan y se autonomizan, si a su vez la política se restringe en su ámbito de acciones y pierde su función integrativa, si aparecen múltiples dimensiones para poder ser sujeto y si, a su vez, los instrumentos que permiten que esos sujetos se realicen son controlados desde diversos focos de poder, lo que estamos diciendo es que estamos en presencia de una redefinición de la ciudadanía en términos de múltiples campos de su ejercicio” 2 . Así, la ciudadanía comenzó a nombrar, en la última década del siglo pasado, un modo específico de aparición de los individuos en el espacio público, caracterizado por su capacidad de constituirse como sujetos de demanda y proposición en diversos ámbitos vinculados con su experiencia: desde la nacionalidad y el género hasta las categorías laborales, y las afinidades culturales. Pero esta ampliación que lleva a algunos pensadores a hablar de “nuevas ciudadanías” definidas en el marco de la sociedad civil no llega a encubrir, como bien lo señala Hugo Quiroga 3 , que el debilitamiento de la clásica figura de la ciudadanía—marcado por un evidente escepticismo hacia la vida política— implica serios desafíos para pensar en la transformación de los órdenes colectivos injustos vigentes en nuestras realidades. Asociada con esta remozada noción de ciudadanía, la comunicación ha adquirido, desde diversas perspectivas, un estatuto polivalente y de primer rango. La creciente exhibición en los medios masivos de comunicación de distintas prácticas tradicionalmente reconocidas como prácticas políticas—desde las habituales presentaciones de gobernantes, funcionarios y candidatos exponiéndose ante“la opinión pública” hasta las sesiones de debates parlamentarios— suelen ser tematizadas como un enriquecimiento y ampliación del espacio público que contribuiría al fortalecimiento de la ciudadanía, entre otras razones, debido al incremento de las posibilidades informativas de la población, una creciente expresividad de lo social, una mayor posibilidad de ejercer la vigilancia y el control de los actos de gobierno y de otros sectores de poder. Por otro lado el mercado mediático—pero sustantivamente la televisión y la radio— reproduce constantemente rostros y voces sufrientes demandando 2 Manuel A. Garretón,“Democracia, ciudadanía y medios de comunicación. Un marco general”, en AAVV Los medios: nuevas plazas para la democracia, Calandria, Lima, 1995, pp.102-103. 3 Hugo Quiroga,“El ciudadano y la pregunta por el Estado democrático”, Colección Papeles de Investigación, Documentos. 360 In-disciplinada justicia, servicios, trabajo, vivienda, la restitución de hijos muertos o perdidos, ayuda para curar sus enfermedades. Se trata de imágenes y sonidos acompañados por los rostros y voces de los periodistas y conductores de programas convertidos en hermanos en desgracia, en padres o madres que contienen el sufrimiento, en abogados y jueces recusadores de las normas y mecanismos institucionales que se revelan incapaces de responder a los dramas privados, lo que justifica su puesta en escena, su“aparición” pública. Ante ello se habla de los medios masivos como lugar del encuentro, del reconocimiento, de la construcción plural de la opinión. Son, para algunos, el lugar de realización plena de esa comunidad inclusiva que nuestros países niegan, de esa ciudadanía meramente nominal o incompleta derivada de las profundas desigualdades económicas y sociales en que vivimos y que conculca no sólo los derechos ciudadanos, sino que impide el cumplimiento de las obligaciones que esa condición conlleva y hasta la misma posibilidad de reconocer y reivindicar aquellos derechos. “La presencia de otros que ven lo que vemos y oyen lo que oímos—ha señalado Hanna Arendt— nos asegura la realidad del mundo y de nosotros mismos”; de ahí que afirme el valor de la“apariencia” para el ser en el mundo, es decir para que sea posible la“existencia de una esfera pública” que asegure esa realización y que necesariamente es precedida por“el espacio de aparición” ese espacio“que cobra existencia siempre que los hombres se agrupan por el discurso y la acción” 4 . Desde perspectivas que asumen este horizonte filosófico, la comunicación se reconoce como fundante de la ciudadanía en tanto interacción que hace posible la colectivización de intereses, necesidades y propuestas. Pero, al mismo tiempo, en tanto dota de existencia pública a los individuos visibilizándolos ante los demás y permitiendo verse—representarse— ante sí mismos. Ese reconocimiento de la comunicación como condición de posibilidad de la ciudadanía es, al tiempo, condición de posibilidad de la política. Sergio Caletti ha desarrollado in extenso esa proposición. A su juicio, ello es así en un doble sentido. En primer lugar, porque la política no puede ser pensada al margen de la“puesta en común de significaciones socialmente reconocibles”; en segundo lugar, porque es ese procedimiento de puesta en común lo que habilita que justamente“lo común” pueda convertirse en“horizonte” para las aspiraciones provenientes de múltiples y diversas aspiraciones y acciones ciudadanas. 5 4 Hanna Arendt, La condición humana, Paidós, Barcelona, 1993, pp. 60 y 222. 5 Sergio Caletti, Comunicación, política y espacio público. Notas para repensar la democracia en P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 361 Llegados a este punto, creo necesario formularnos una interrogación. Preguntarnos si acaso este modo de pensar la vinculación con la política y la ciudadanía—presente por otra parte en significativas experiencias de comunicación que, aunque en muchos casos han comenzado a designarse como“ciudadanas”, hay quienes no resignamos seguir denominando alternativas, populares o comunitarias 6 — reconoce en el funcionamiento y las ofertas del mercado mediático la realización de esas ideas—de esos ideales— de la comunicación. La respuesta no es simple. Reconociendo la improcedencia de cosificar en el tiempo algún modelo de espacio público no tecnologizado, hay que reconocer que una cantidad de trabajos ensayísticos y numerosas prácticas conjugan muchas veces concepciones antagónicas que se borronean tras la recurrencia a términos, expresiones y citas que se liberan de referencias teóricas y también de especificaciones históricas y materiales. En un texto escrito hace muchos años que titulé“Comunicación popular, de la exclusión a la presencia”, trataba de reflexionar acerca de la monocorde voz que ahogaba, desde los medios masivos, la polifonía que una comunicación y una sociedad democrática requerían. Postulaba entonces que esa polifonía no podía restaurarse a través de la simple y llana“inclusión mediada” de hablantes, refiriéndome a su aparición en pantallas, emisiones radiofónicas e impresos, según la lógica mercantil y mediática. Hoy, cuando la presencia de lo individual y lo particular y la sobreexposición de protagonistas satura los impresos, las ondas y las pantallas, me parece pertinente continuar aquella reflexión asociándola a la consideración de la cuestión de la representación, como vía para contribuir al esclarecimiento de lo que valdría la pena interrogar, para distinguir y confrontar las perspectivas antes enunciadas. Acerca de la noción de representación Es al historiador francés Roger Chartier a quien debemos aportes sustantivos para comprender la vinculación productiva existente entre las prácticas sociales y su representación simbólica. Buscando superar las oposiciones la sociedad contemporánea. Documento Borradores de Trabajo 1998-2002, p. 13. 6 Me refiero concretamente a experiencias de comunicación radiofónica vinculadas, por ejemplo, a la Asociación Latinoamericana de Educación Radiofónica(ALER) o a FARCO, para el caso argentino. Pero también a numerosas experiencias impulsadas en Perú por la Asociación Calandria y otras tantas a las que se refiere Germán Rey, para el caso colombiano en Balsas y medusas. Visibilidad comunicativa y narrativas políticas, CEREC, FESCO, Fundación Socia, Santafé de Bogotá, 1998. 362 In-disciplinada entre objetividad de las estructuras y subjetividad de las representaciones, Chartier retomará el pensamiento de Luis Marín para reconocer en toda representación dos dimensiones: una dimensión transitiva, en tanto toda representación es la presentificación por algún medio de algo ausente y otra dimensión reflexiva, en tanto aquello que se presentifica se exhibe autorrepresentándose de un modo específico solicitando para sí la condición de imagen legítima o creíble. 7 Trabajando con esa noción, Chartier postula la posibilidad de comprender “la construcción de las identidades sociales como resultantes de una relación forzada entre las representaciones impuestas por aquellos que poseen el poder de clasificar y designar y la definición, sumisa o resistente, que cada comunidad produce de sí misma”, pero también de analizar“la traducción del crédito acordado a la representación que cada grupo hace de sí mismo, por lo tanto, su capacidad de hacer reconocer su existencia a partir de una exhibición de unidad”. 8 Nuestra actual cultura puede definirse como un“mercado de representaciones”; ellas no son sólo espacios donde se libra la lucha por los sentidos hegemónicos sino al mismo tiempo elementos de esa misma disputa. De ahí que el análisis de los dispositivos de representación mediática de las prácticas políticas y ciudadanas y de los sujetos que las encarnan resulte una tarea insoslayable si tratamos de comprender de qué modo ellas se inscriben productivamente en la definición de dichos sujetos, en sus modos de constituirse y actuar como tales. Un camino semejante nos parece productivo para superar una lógica a menudo presente en los estudios que vinculan comunicación, ciudadanía y política, deudora de concepciones deterministas, incapaces de dar cuenta de la índole de los dispositivos que obran como sustrato de ciertas transformaciones que se producen tanto a nivel político como a nivel de los medios de comunicación y en los vínculos existentes entre ambas instancias de la acción social. Transformaciones complejas, como lo reconocen diversos 7 De Roger Chartier ver, entre otros, Escribir las prácticas. Foucault, de Certau, Marín, Manantial, Buenos Aires 1996 y El mundo como representación. Historia cultural entre práctica y representación, Gedisa, Barcelona 1996. Como el señala en este último texto,“cualesquiera que sean las representaciones, no mantienen nunca una relación de inmediatez y de transparencia con las prácticas sociales que dan a leer o a ver. Todas remiten a las modalidades específicas de su producción, comenzando por las intenciones que las habitan, hasta los destinatarios a quienes ellas apuntan, a los géneros en los cuales ellas se moldean” , p. VIII. 8 “Entrevista con Roger Chartier” en Historia y Educación , Buenos Aires 1998, p. 139 P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 363 analistas 9 , en las que se ponen en juego una variedad de dimensiones: desde los modos en que la política y los asuntos públicos adquieren visibilidad en los medios masivos de comunicación, hasta la pérdida de la función integradora y ordenadora de la política respecto de las sociedades y la multiplicación de fragmentarios espacios de encuentro e interacción social, de la mano de tecnologías que operan según la lógica del contacto y la virtualización de la experiencia. Pero, fuera de todo determinismo, bien ha señalado Germán Rey que“la política se transforma casi a la misma velocidad y profundidad que la comunicación” 10 . Imposible diferenciar nítidamente los cambios; imposible asociarlos causalmente; imposible asimilarlos pero también imposible desvincularlos. El desafío sigue consistiendo en reconocer, en el campo de la producción de la cultura, es decir, en el terreno donde se construyen las convenciones colectivas con que se diseña y sustenta el ser de los hombres en el mundo, algunas zonas de articulación. El devenir público de la sociedad En anteriores investigaciones y ensayos 11 venimos analizando las consecuencias de lo que denominamos el“devenir público de la sociedad” o, dicho de otro modo, la definición de nuestra sociedad como“sociedad de los públicos”, categoría que designa una socialidad particular que, siguiendo a J. Habermas, registraría sus orígenes a fines del Siglo XVII, cuando la“publicidad representativa” se reduce dando paso a la“publicidad burguesa” 12 que no cesará de modificarse, en estrecha interacción con las transformaciones económicas, sociales, culturales y tecnológicas propias de la modernidad hasta devenir un principio identitario central en la actual sociedad mediatizada. Es decir, en una sociedad impensable por fuera de la 9 Ver, entre otros muchos, los trabajos de Jesús Martín-Barbero, German Rey y Fabio López de la Roche en Jorge I. Bonilla y Gustavo Patiño,(eds) Comunicación y política. Viejos conflictos, nuevos desafíos, CEJA, Santafé de Bogotá, 2001 y el trabajo de Sergio Caletti,“Repensar el espacio de lo público”, ponencia presentada al Seminario Internacional“Tendencias y retos de la investigación en Comunicación en América Latina”, FELAFACS-PUC del Perú, Lima, julio de 1999. 10 “Espacios abiertos y diversidad temporal: las relaciones entre comunicación y política” en Bonilla y Patiño(eds.) cit, p.166. 11 Nos referimos a nuestro estudio“La Sociedad de los públicos. Nociones e Historia de su Constitución”, realizado en el Centro de Estudios Avanzados de la Universidad Nacional de Córdoba con subsidios de la SECYT(Secretaría de Ciencia y Tecnología) de dicha universidad. También a reflexiones como las contenidas en“La construcción técnica de la democracia”, Revista Conciencia Social Nº 2, Escuela de Trabajo Social-UNC, Córdoba, 2002. 12 Cfr . Historia y crítica de la opinión pública, Gustavo Gilli, Barcelona, 2ª. Edición, 1994, pp. 53 a 56 364 In-disciplinada existencia de unas tecnologías que implican modelaciones de las formas de interacción social y del individuo consigo mismo. 13. Una sociedad en la cual, al decir de Jean-Marc Ferry,“el público es virtualmente toda la humanidad y, de modo correlativo, el‘espacio público’ es el medio en el cual la humanidad se entrega a sí misma como espectáculo”. 14 Una sociedad integrada por individuos que aceptan un rol genérico diseñado desde el mercado mediático—que abre sus escaparates para diversificadas elecciones y usos de sus productos— con arreglo a normas y competencias que él mismo provee y que se entrecruzan con las adquiridas por los sujetos en otros ámbitos de la vida social. 15 Lo que nos permite caracterizar a nuestra sociedad como “sociedad de los públicos” es justamente la adopción de ese rol como un nuevo y significativo referente identitario. En tal sentido, el ser públicos deviene una condición disciplinada que supera el mero consumo y/o recepción de determinados tipos de medios o bienes culturales. Una condición que implica la aceptación de constantes sistemas de interpelación mediados técnicamente como vía de construcción de colectividades o comunidades, es decir, como vía de inclusión social. Además, implica el reconocimiento de una capacidad performativa en la aceptación o rechazo de las interpelaciones recibidas: la capacidad de legitimar al interpelante y de crear las condiciones básicas que aseguran la eficacia de su interpelación. Desde la instauración del rating televisivo o el porcentaje de venta de un título editorial como instancias que determinan la perdurabilidad de programas y libros, hasta la calificación y estabilidad de programas educativos de acuerdo con la cantidad de inscripciones que reciben, ser público opera imaginariamente como recurso efectivo de intervención en la toma de decisiones en el ámbito institucional y en el espacio del mercado. Al mismo tiempo, sustraerse a las interpelaciones implica la desconexión: no conocer—en nuestro país— la última disputa entre los hermanos Süller resulta tan sospechoso, tan restrictivo de una mínima socialidad, como no incorporar en términos alimenticios las 13 Ver al respecto nuestro trabajo“De la cultura masiva a la cultura mediática” en Revista DIALOGOS de la Comunicación, Nº 56, Felafacs, Lima, octubre de 1999. También John B. Thompson, Los media y la modernidad. Una teoría de los medios de comunicación, Paidós, 1998, Barcelona. 14 “Las transformaciones de la publicidad política” en Ferry, Wolton y otros, El nuevo espacio público , Gedisa, Barcelona, 1992, p. 20. 15 Asumimos, en este sentido las reflexiones de Adorno y Horkheimer en sus consideraciones acerca del público de los medios masivos: un conjunto de“seres genéricos” donde el sujeto se desdibuja pasando a ser parte de nuevas categorías constituidas desde la propia industria cultural: oyentes, audiencias, público de espectáculos. P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 365 proposiciones(benéficas o no) de un régimen rico en fibras. Pero, en un mismo movimiento, aceptar algunas interpelaciones y desechar otras sienta las bases del reconocimiento entre iguales y la diferenciación, la ubicación en franjas, rangos, espacios distintivos que proveen cierta seguridad en un mundo cada vez más homogéneo y contradictoriamente fragmentado. Ser público implica así una suerte de obligación y una esfera de posibilidad: la obligación de integrarse superando incluso mediante ese procedimiento diferencias económicas, territoriales, étnicas, de género u otras, y una doble posibilidad, la de distinguirse y la de participar mediante demandas—en que se traman complejamente intereses contradictorios y hasta antagónicos y cuya satisfacción es clave para la estabilidad de diversos poderes— en la dinámica social. Este devenir“público” de la sociedad constituye un dispositivo clave con consecuencias significativas para lo que se representa hoy como sistema democrático y para la representación de la política y la ciudadanía. Una de sus manifestaciones más nítidas, en la escena política argentina anterior al momento de ruptura que significó diciembre de 2001, fue la fundamentación de los actos de gobierno en variados sistemas de consulta individual a los ciudadanos: candidatos que encargaban sondeos de opinión para traducir sus resultados en plataformas electorales, funcionarios que utilizaban datos proporcionados por encuestas de diversa naturaleza como razón suficiente de decisiones, reparticiones públicas que“evaluaban” su labor mediante cuestionarios sometidos a los contribuyentes en las boletas de pago de servicios. Esas estrategias—al igual que las permanentes consultas implementadas por los medios masivos de comunicación y ofrecidas como base para decisiones de políticos, gobernantes y ciudadanos—, que colocan a los individuos particulares y aislados en el centro de la formulación de lo que se convertirá en“acción política”, son deudoras de una de las tecnologías que, como señalan, entre otros, Jacques Rancière y Loïs Wacquant, modelan hoy con mayor pregnancia la idea de colectividad y de saber: la encuesta de opinión. 16 Un procedimiento inclusivo y aglutinador en tanto propone a 16 En Las cárceles de la miseria (Manantial, Buenos Aires, 2000), desentrañando la vinculación entre el“menos Estado social” y el“más Estado policial y penal” característico de las sociedades neoliberales, Wacquant resalta el lugar ocupado entre los dispositivos que naturalizan esa creciente sustitución por lo que denomina la configuración científica. Una operación en la que convergen de manera sistemática intelectuales, representantes del poder político y medios masivos de comunicación y uno de cuyos recursos emblemáticos para justiciar el incremento 366 In-disciplinada todos interrogantes comunes cuyos resultados revelan colectivos abstractos pero distinguibles por rasgos que reenvían a la materialidad de lo que se es: mujer u hombre, habitantes de tal o cual sector, jóvenes o viejos. La “población encuestada”—que en ciertos casos presenta rostros particulares en sus apariciones gráficas o televisivas— constituye un nuevo modo de ser colectivo en el que cada sujeto se reúne en ausencia con sus pares, participando en la construcción de un ideario común. Al mismo tiempo, esa estrategia enunciativa pone en juego un efecto de igualación: cada individuo sometido a encuesta, interpelado con un instrumento común tiene, imaginariamente, las mismas posibilidades y oportunidades de respuesta. La normalización discursiva producida por un cuestionario encubre la modelación histórica del habla, sus particularidades y constricciones de clase, de género, de raza, de localización geográfica, de edad… Se encubre, para decirlo de otro modo, la regulación política de lo social, el lento pero marcadamente férreo diseño de un orden hecho de jerarquías y distinciones, los conflictos que, en razón de los modos de obtención de la información y de su procesamiento, se disuelven en un sistema de diferencias. El recurso a los individuos en tanto informantes pone entre paréntesis la existencia de organizaciones y grupos como espacios de expresión de necesidades y problemas y ámbitos de conformación de opiniones legitimadas. La“opinión pública” es asimilada a lo que cada quien verbaliza negando su carácter de juicio elaborado colectivamente mediante el debate de ideas y dificultando la identificación de los procedimientos y fuentes a partir de los cuales se construye ese pensar particular. La figura del individuo —con necesidades e intereses subjetivamente vividos— ocupa el centro de la escena democrática desdibujando la trama constituida por intereses y vivencias socializadas y la existencia de proyectos ideológicos más o menos afines o antagónicos. Por otra parte, las verbalizaciones individuales transformadas en información —la que resulta del procesamiento de una encuesta y que a menudo se difunde en los medios— se erigen en incuestionable saber social en tanto se objetivan y distancian de lo inmediato gracias a procedimientos estadísticos. Así, la encuesta es propuesta y asumida como un sistema experto que de la represión es un particular manejo de los datos estadísticos. Por su parte, en El desacuerdo. Política y Filosofía,( Nueva Visión, Buenos Aires, 1997), Ranciére reflexiona también sobre“la ciencia que se realiza inmediatamente como opinión”, una ciencia que gobierna la comunidad poniendo“a cada uno en su lugar con la opinión que conviene a ese lugar”(p.134). P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 367 reduce la incertidumbre y que, en consecuencia, tendría la capacidad de definir per se los cursos de acción de políticos, gobernantes y funcionarios que, de tal suerte, quedarían exentos de toda responsabilidad intrínseca, de todo riesgo, bajo el amparo de la representatividad y la objetividad. La centralidad de los hablantes particulares, la centralidad de su decir como fuente de la acción política, remite a la indiferenciación de los saberes diluyendo imaginariamente el diferencial de poder que se concentra en sitios estratégicos y permite encubrir la racionalidad de decisiones ideológicamente orientadas. De tal modo, políticos y gobernantes diluyen su rol de formuladores de diagnósticos y proyectos derivados de particulares comprensiones de lo real y de diferenciables modelos de sociedad a construir, para asumir crecientemente el de ejecutores de acciones sustentadas en la transparente evidencia de las cifras, los datos, las tendencias. Así, se subvierte la antigua función de representación política, asociada a la idea de coparticipación en un ideario común y a la figura de sujetos capaces de resumir en sí y defender un conjunto de intereses opuestos a otros. Si el representante político hacía suyas las voces particulares y las articulaba en un discurso con pretensión de liderazgo y validez nunca universal—porque se enunciaba frente a otros como palabra adversativa—, este nuevo político se convierte en un operador que sopesa posibles estrategias de acción en base a la valoración de información que se presenta sólo técnicamente manipulada. No hay proyectos: la realidad particular, colectivizada mediante su procesamiento estadístico y su exhibición mediática, es la que manda. Por otro lado, así como se diluyen los propósitos hegemónicos, esa colectivización de lo individual mediante el recurso de la abstracción, diluye “el único factor material indispensable para la generación de poder”, según lo plantea Hanna Arendt:“el vivir unido del pueblo”, condición necesaria para que persistan“las potencialidades de la acción”. 17 Juan Enrique Vega ha señalado que“la asimilación de la idea de comunidad política a la de mercado de ciudadanos ha conducido a que la discusión sobre los bienes públicos, cada vez más, se asemeje a una elaboración de ofertas en que el mismo ciudadano es entendido simplemente como consumidor”. 18 El dispositivo de la interpelación individual a los ciudadanos con el fin de distinguir y agregar intereses como sustento de la acción política, nos enfrenta 17 Op.cit, p. 224. 18 En“Globalización y política: Chile, las tres transiciones”, documento presentado en el“Taller Internacional Efectos de la Globalización en Bolivia”, CEDLA, septiembre de 1999. 368 In-disciplinada a un modelo de comunidad constituida técnicamente y a un modelo de representación fundado en la capacidad de“interpretación” de las respuestas que pone en cuestión todo discurso o práctica que quiebre esa lógica dominada por la cantidad y la adecuación a ella. Porque no se trata de que los índices que no alcanzan significación estadística, los porcentajes marginales, representen en este modelo de construcción del saber para el hacer, una parte desechable. Es decir, no se trata de que las posiciones o propuestas minoritarias pierdan eficacia, en un sentido pragmático. El efecto transformador consiste, como bien lo ha postulado Jacques Rancière, en la desaparición de la política como forma de cuestionamiento de“todo orden de la distribución de los cuerpos en funciones correspondientes a su‘naturaleza’ y en lugares correspondientes a sus funciones”. 19 En ese sentido, y tal como él mismo lo plantea, la conjunción de lo científico y lo mediático—de la abstracción estadística y de la visibilización de las regularidades y discontinuidades de personas contables en función de sus opiniones— impide el reconocimiento de lo“no contable”,“la constitución política de sujetos no identitarios que perturban la homogeneidad de lo sensible al hacer ver juntos mundos separados, al organizar mundos de comunidad litigiosa”. 20 La lógica de la interacción y el consenso Ranciére cuestiona—como verdadera borradura del obrar democrático— esa idea del consenso que se postula como su ideal: el acuerdo razonable de individuos y grupos sociales imbuidos de la convicción de que“el conocimiento de lo posible y la discusión entre interlocutores” es para todos —y para cada uno— preferible al conflicto como vía para obtener lo mejor, a partir de los datos objetivos con que se cuenta. El conocimiento de las ofertas y las capacidades de negociación(búsqueda, selección, estrategias de transacción) en función de intereses particulares, como comportamientos habilitantes para integrar una sociedad de públicos y consumidores, asoma así en la esfera política. La gestión será el nuevo nombre con el cual se estigmatiza la confrontación. “No son las quejas las que producen cambios, sino las reflexiones, las propuestas y la acción. Si queremos otro país, un país mejor, 19 Rancière, op. cit, p.128 20 Idem, p.132. P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 369 debemos cambiar primero nosotros mismos. Tenemos que participar y ser más activos. Depender de otro no nos hace felices. En la democracia es el Ciudadano, es Usted la máxima autoridad. Quiero abrir el diálogo con usted, quiero escuchar su opinión ¿Cuál es el problema que le preocupa?, ¿cómo se puede resolver?, ¿cuál es su propuesta?” Así se vinculaba con la ciudadanía un candidato de la Unión Cívica Radical en las últimas elecciones legislativas realizadas en Argentina en octubre de 2001 invitando a cada elector a responder una carta que llegaba a cada hogar. En la misma carta, el candidato planteaba una explícita oposición entre los“habituales rituales” de la práctica política—entendida como lucha por el poder— y actividades tales como el escuchar y el pensar que adquirían así una significación positiva, asociada a la idea de diálogo racional entre individuos iguales: el candidato que destinaba la carta y el destinatario poseedor de opiniones y propuestas, equiparados en esa posibilidad epistolar. Esa positivización de un recurso comunicativo interactivo y personalizado como modo de construcción de propuestas para la construcción de la República—en su más lata significación de res-pública — 21 , como opción frente a las estrategias propagandísticas propias de los momentos electorales, bien hubiera podido interpretarse como una respuesta adecuada frente al creciente descrédito de los políticos, las instituciones partidarias y sus típicos modus operandi. También podría haberse interpretado como un saludable llamado a la actividad ciudadana, como promoción de una cultura superadora de instaurados modos de individualismo e indiferencia. Intenciones aparte, el recurso es parte de variados dispositivos orientados a reconfigurar la política como esfera y práctica de articulación entre demandas y satisfacciones, entre individuos con necesidades, carencias, expectativas, e individuos con competencias para satisfacerlas. La figura del“interpretante” se consolida aquí como caución de participación. La condición de político y legislador habilita para solicitar la palabra reservada(privada) de la ciudadanía que será tenida en cuenta en la construcción colectiva del cambio. El interpretante-analista fundirá cada voz(cada texto recibido) en el crisol de una homogeneidad incuestionable: ni siquiera sabrá—como ocurre 21 Ver al respecto el trabajo de Sergio Caletti,“¿Quién dijo República? Notas para un análisis de la escena pública contemporánea, o de cómo el orden ha vuelto a imperar” en Versión. Estudios de Comunicación y Política , Nº 10, UAM, México 2000. 370 In-disciplinada mediante la técnica del sondeo— a qué categoría pertenece ese decir. Tras la hipostasiada búsqueda de un espacio de recreación del debate como recreación del sentido de la política y la participación ciudadana, el candidato ofrece la más palmaria reducción de los individuos a preocupaciones y problemas particulares, a la esfera de la pura contingencia y la necesidad. El ciudadano corresponsable se transforma en ciudadano corresponsal en un movimiento asimilable a la ficción comunicativa que a diario puebla las trasmisiones radiales y televisivas de la mano de conductores que leen mensajes de espectadores participativos o simplemente los agradecen porque el tiempo es tirano y es tan grande la voluntad de decir que desborda las posibilidades del compartir y del confrontar. Pietro Barcellona indica que“el conflicto que estructura la democracia lleva en sí, inevitablemente, el valor de la convivencia, pues de por sí consiste en la posibilidad de un orden infundado y, por tanto, de un orden que se hace cargo de la pluralidad de las razones, de la posibilidad de que una gane y que otra pierda, sin ser negada definitivamente por ello”. 22 Cuando el conflicto se diluye en problemas y cuando los problemas se asumen como consecuencia de una falta o un retardo de los medios para solucionarlos, sobreviene una suerte de“despolitización tecnológica”: la que hace recaer en la construcción de consensos en torno a las soluciones viables el sentido último de la democracia. Por el contrario, la idea del antagonismo y la confrontación, la de la lucha por el poder—que necesariamente tiene inscripta la posibilidad de la derrota y su aceptación como riesgo democrático— resultan estigmatizadas como no incluyentes de la heterogeneidad, de las diferencias. Quien no opina bajo los formatos establecidos, no participa y se margina del cambio; quien radicalmente se silencia o profiere una palabra no normalizada deja de hacerse visible en las pantallas. Quien en tiempos de crisis rechaza las visiones o versiones mayoritarias, merece la exclusión del campo de interlocutores. 23 22 Postmodernidad y comunidad. El regreso de la vinculación social, Ed. Trotta, Madrid, 1992, p.132. 23 Los docentes universitarios argentinos transitamos, como muchos otros sectores de la sociedad, un conflicto de envergadura que no sólo se expresa en recortes salariales sino en la inminencia de un cambio del sistema de la educación superior. En medio de esa coyuntura, y a raíz de las elecciones que se realizaron en una asociación gremial del sector, quienes consideramos necesario confrontar la conducción sindical existente en función de otra propuesta políticogremial, resultamos estigmatizados por provocar“desunión” y debilitamiento”. La posibilidad de una alternativa que se nombra como tal es combatida en nombre de una“unidad” que asimila consenso con fuerza y conflicto con desintegración. P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 371 Refiriéndose a la televisión, Beatriz Sarlo ha afirmado que“construye a su público para poder reflejarlo, y lo refleja para poder construirlo; en el perímetro de este círculo, la televisión y el público pactan un programa mínimo, tanto desde el punto de vista estético como ideológico. Para producirse como televisión basta leer el libro del público; para producirse como público, basta leer el libro de la televisión. Después el público usa la televisión como le parece mejor o como puede; y la televisión no se priva de hacer lo mismo”. 24 Una misma lógica de mercado—fundada en el exhaustivo conocimiento del otro como portador de necesidades e intereses a satisfacer garantizando la reproducción económica— prima en la acción política característica de las democracias liberales, en las cuales esa primacía no puede ponerse en tela de juicio porque, como sostiene Barcellona,“la posibilidad de decidir/innovar sobre el tipo de conflicto permitido y de introducir intereses no negociables(...) que permitirían establecer por consiguiente una‘jerarquía de valores’ queda fuera de este esquema”. 25 Al relacionar ambas consideraciones no estamos tratando de establecer una suerte de analogía. Lo que postulamos es una unicidad de pensamiento y acción. Los ciudadanos, como los públicos, son resultado de un orden categorial que define los límites de lo que puede problematizarse y los modos para hacerlo. Luego, cada quien puede formular sus propuestas y acordar con unos u otros representantes. Pero lo que no puede hacerse bajo esos dispositivos regulatorios es“dar valor a algo que todavía no está definido, incluido en el orden existente, en los lenguajes codificados”. 26 Lo que no puede construirse—pensarse— es otra idea de comunidad y de acción expresiva que no sea la de quien interactúa en base a interpelaciones normalizadas y virtualizadas. Representaciones propuestas, impuestas e interrogantes Frente a esta lógica dominante—que excede el caso argentino— emergen y se desarrollan, sin embargo, movimientos, agregaciones y luchas colectivas que refiguran práctica y simbólicamente los modos de expresión y representación de actores, interacciones, intereses y demandas, entrelazando fuertemente dimensiones políticas y ciudadanas. Germán Rey, en su sugerente trabajo “Espacios abiertos y diversidad temporal. Las relaciones entre comunicación 24 Escenas de la vida posmoderna , Ed. Ariel, Buenos Aires,1994, p.89. 25 Op. Cit., p.129. 26 Idem, p.132 372 In-disciplinada y política”, incluye un variado abanico de experiencias que se resisten a ser normalizadas para expresar viejos y nuevos conflictos vinculados a la nominación y ubicación de los individuos en la sociedad. Hoy son millares los argentinos que demandan desde plazas y calles pero también desde pantallas televisivas y en los minúsculos espacios de conversación cotidiana“que se vayan todos”. Esas demandas por lograr la revocatoria de mandatos de los representantes políticos trascienden en algunos casos la mera consigna y se materializan en acciones: la propuesta de una nueva asamblea constituyente, la movilización político-jurídica para dar por finalizada la función de algunos gobernantes. Hoy, miles de argentinos sin trabajo cortan calles y caminos. Con sus cuerpos—estadísticamente depositados fuera de los márgenes del circuito productivo— los llamados piqueteros interrumpen la circulación en un gesto que tal vez persiga menos alcanzar las reivindicaciones planteadas que restaurar aunque más no sea simbólicamente la existencia del Estado como garante de pactos y derechos y decir a la sociedad que cuentan y que rechazan ser excluidos por su condición de“desocupados”. Hoy, miles de argentinos restauran la creencia en que la puesta en común y la organización son vías que deben retransitarse: las plazas cobijan asambleas—algunas incluso llegan a denominarse “populares” reponiendo el uso de una palabra casi caída en el olvido—; los barrios ven florecer múltiples espacios de cooperación e intercambio— comedores comunitarios, cooperativas de producción, clubes del trueque— que responden a la necesidad de colectivizar la carencia pero en los que apuntan nociones de solidaridad y, en ciertos casos, búsquedas de órdenes alternativos. Pero hoy también miles de ahorristas exigen la devolución de los dólares que creyeron tener por obra y gracia de los mismos políticos cuyo alejamiento reclaman y que, sin duda, produjeron el desempleo, el hambre, la privación de quienes esos mismos ahorristas miran temerosamente porque representan, de algún modo, el límite del país posible. Lenta y desigualmente, estas prácticas ciudadanas novedosas realizan esa conjunción de discurso y acción que confiere poder. En ciertos casos, sea con el recurso a medios y tecnologías de información—emisoras, publicaciones, redes informáticas—, o sea con el recursos a los cuerpos, las cacerolas, las teatralizaciones, los escraches; es decir, con la producción de un espacio público urbano que altera la fisonomía de los ámbitos cotidianos de interacción 27 , hay una ciudadanía que se constituye desde lugares 27 Al respecto nos parecen de gran interés los aportes de Sydney Tarrow en su trabajo Poder en movimiento. Los movimientos sociales, la acción colectiva y la política . En él, refiriéndose a P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 373 diferenciados y que desde ellos busca no sólo su expresividad particular sino imaginar un futuro común y diferente. Pero ello no borra las representaciones que se construyen hegemónicamente acerca del poder político y el rol ciudadano, una construcción en la cual el espacio de los medios y redes informativas es central. Ello no borra la estigmatización del conflicto político y la idea de consenso como acuerdo de partes ya constituidas e inmodificables en tanto ideal democrático. Ello no altera esa creciente despolitización del espacio público construido desde los medios en el cual los referentes y actores políticos han sido sustituidos de manera creciente, por personas privadas que exhiben a toda hora conflictos en torno a temas íntimos que, manifestándose incluso con extrema violencia, siempre resultan zanjados por acuerdos negociados. Como escribiera en octubre de 2001 José Nun,“el malestar y la bronca no son lo mismo que la voluntad de cambio y, mucho menos democrática... Máxime cuando la composición de los sectores populares es tan heterogénea y fragmentada y son tan escasas todavía las instancias de representación genuina capaces de dar forma, de expresar y unificar sus demandas. Para construir se pueden emplear muchos tipos de materiales, pero es decisivo no confundirse y saber cómo y con qué se emprende la construcción”. 28 Si, como se afirma, la política es el espacio en el cual se define la vida en común, ella resulta amenazada hoy por una doble fragmentación: por un lado, por las exclusiones impuestas por los modelos políticos y económicos hegemónicos; por otro, porque la regulación técnica de lo representable como práctica ciudadana y política en el espacio público dificulta la aparición en él de la diferencia radical, única posibilidad de construir alternativas de poder. Y cuando hablamos de diferencia radical no nos referimos a una radicalización violenta de las presencias, sino a la aparición de lo que hace hoy inviable la democracia como sociedad de iguales. Como ha señalado Hanna Arendt,“la pobreza es mucho más que la indigencia; es un estado de constante indiferencia y miseria extrema cuya ignominia consiste en su poder deshumanizante” en tanto pone a los hombres“bajo el dato absoluto de la necesidad” 29 . En contextos de esa naturaleza y con lo que denomina la“acción directa disruptiva”, indica que,“al sentarse, levantarse o caminar juntos en un espacio público, los manifestantes ponen de manifiesto su existencia y refuerzan su solidaridad... la disrupción obstruye las actividades rutinarias de los oponentes, los observadores o las autoridades... la disrupción amplía el círculo del conflicto”, p. 180. 28 “El enigma argentino” en www.Bazaramericano.com, Bazar Opina.,(la página de la Revista argentina Punto de vista). 29 Sobre la Revolución , Alianza, Madrid, 1988, p.61. 374 In-disciplinada sociedades civiles débiles, la falta de alternativas no supone“la eliminación de las diferencias—diferencias que, por el contrario, tienden a agravarse socialmente—, sino la anulación misma de la instancia de conciliación. Y negando la conciliación, debido simplemente a la marginación política, se expone al riesgo de instalar la violencia en los bordes de la sociedad”. 30 La conciliación no es el acuerdo sino la búsqueda necesaria, aunque siempre resulte imposible e inacabada, de la restauración de la unidad. Frente a ella, la unanimidad de las representaciones es, efectivamente su contrario.“El fin del mundo común ha llegado cuando se ve sólo bajo un aspecto y se le permite presentarse únicamente bajo una perspectiva”. 31 En ese sentido, la posibilidad de la comunicación, de una ciudadanía redefinida—porque no se restringe a sus dimensiones jurídicas y estatalistas y se amplía para dar cuenta de la multiplicidad de poderes que los individuos debemos construir y confrontar— y de la vigencia de la política son una misma posibilidad. 30 María de los Angeles Yanuzzi,“Ciudadanía y derechos fundamentales; las nuevas condiciones de la política” en Kairos, Año 3, Nº 4, 2do Semestre 1999. 31 Hanna Arendt, La condición humana, cit, p.67. P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 375 Comunicación y ciudadanía. Problemas teórico-políticos de su articulación (2006) * Hace pocos días fue 24 de marzo, día en que los argentinos recordamos toda la destrucción humana, moral y material que significó hace 30 años la instauración de la dictadura militar. Por eso no puedo hoy estar aquí, con ustedes, compartiendo la inauguración anual de sus postgrados, sin hacer referencia a lo que vivo como una de las deudas más graves que como sociedad, pero también como profesionales y académicos dedicados a la comunicación, tenemos todavía con aquellos sueños de igualdad y justicia que alentaron las luchas y los proyectos que justamente aquella sangrienta dictadura trató de destruir. Me refiero a la vigencia aún hoy, en Argentina, de la Ley de Radiodifusión dictada por el régimen militar 1 . Durante estos 30 años, primero unos pocos, luego muchos más y hoy buena parte de la sociedad, dijimos NUNCA MAS a los horrores vividos en nuestro país. El juicio a las juntas militares, la militancia de las Madres, las abuelas, los H.I.J.O.S, los familiares de detenidos y desaparecidos, una creciente conciencia de que los indultos y las leyes de obediencia debida y punto final debían ser rechazadas y derogadas, un creciente reconocimiento de que la pobreza y la exclusión que agobian a vastos sectores de argentinos fue— más allá de posteriores complicidades— otro de los horrores que la dictadura engendró, son datos que nos permiten afirmar que existe en nuestro país una práctica política y social inspirada en valores de verdad, de equidad, de democracia y libertad que pugna por revertir las injustas condiciones de vida que tenemos. Sin embargo, todavía tenemos una Ley de Radiodifusión concebida según los parámetros de la doctrina de la seguridad nacional, favorecedora de las * Publicado originalmente en Fronteiras, estudos midiáticos , VIII(1), enero/abril 2006, Unioversidade do Vale do Rio do Sinos(UNISINOS) Sao Leopoldo, Brasil. 1 Se trata de la Ley 22.285, dictada en septiembre de 1980,“resultado de las instrucciones impartidas por la Junta Militar el 20 de septiembre de 1977. En el documento, se daban las directivas en materia de radiodifusión y se determinaban los objetivos, las políticas y las bases que deberían observar los servicios de radiodifusión, de acuerdo con lo oportunamente establecido en el acta del 24 de marzo de 1976. En esta última estaban desarrollados los propósitos y objetivos básicos del autodenominado Proceso de Reorganización Nacional”, según plantea Miguel J. Rodríguez Villafañe, en“El 24 de marzo de 1976 y la ley de radiodifusión vigente” en La Voz del Interior, Córdoba, edición del 22 de marzo de 2004. 376 In-disciplinada restricciones a la expresión pública masiva y funcional al mercado. Y no sólo está vigente esa ley sino que, durante estos 30 años, su carácter restrictivo fue reforzado mediante reglamentaciones que favorecieron la concentración mediática. Incluso, hace menos de un año, el modelo que sustenta esa ley fue legitimado y consolidado mediante el Decreto Nº 527/05 del Poder Ejecutivo Nacional que prorrogó, por diez años, las licencias de los actuales prestadores de servicios de radio y televisión. ¿Por qué acercarles a ustedes, en esta sesión inaugural, esta problemática tan particular, tan argentina? Porque no quisiera que mi presencia hoy, aquí, en este ámbito académico estuviese desligada de ese contexto de experiencias. Desde él adquieren sentido ciertos recorridos teóricos a partir de los cuales quiero reflexionar con ustedes acerca de la temática específica que escogí para este encuentro: los problemas de carácter político y teórico que suscita la articulación entre comunicación y ciudadanía. Como ustedes saben se trata de una articulación bastante reciente en nuestro campo de estudios, ya que si bien comienza a perfilarse durante los años 90, es a partir de principios de este siglo que ella se despliega en casi cualquier texto de comunicación, en especial, en aquellos que tratan de dar cuenta de las dimensiones políticas de la comunicación 2 . No sería posible aquí, ni es mi intención, pasar revista a esos textos en una suerte de balance que nos permitiera establecer la consistencia y productividad de esa articulación para comprender lo que en general ella promete: por un lado, el reconocimiento del modo en que se desarrollan los procesos de producción de la hegemonía; por otro, la constitución de sujetos políticos en las sociedades actuales. Más bien, trataré de compartir con ustedes un conjunto de reflexiones y avances producidos conjuntamente con un equipo de investigación con el cual llevo adelante el Programa de Estudios sobre Comunicación y Ciudadanía en el Centro de Estudios Avanzados de la Universidad Nacional de Córdoba, y que justamente tienen la pretensión de ir desbrozando el campo. Es decir que pretenden reconocerlo, precisarlo, cuestionando la emergencia de la noción de ciudadanía en los estudios de comunicación y 2 Basta recorrer algunas colecciones de revistas del campo, como DIA-logos de la Comunicación de la Federación Latinoamericana de Facultades de Comunicación, o los programas de Congresos, Encuentros y Seminarios Latinoamericanos, para dar cuenta de ello. P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 377 cuestionando la articulación entre ambas nociones, no para negar su validez, sino justamente para poder sustentarla y precisar sus alcances y su valor. Esa pretensión no es casual. Comparto lo que ya hace mucho tiempo planteara Jesús Martín-Barbero(1987, p. 220-224) con respecto al estado de los estudios de comunicación: la importancia de haber cuestionado las seguridades que una teoría—sociológica, semiótica o informacional— podía brindarnos para comprender la comunicación; la importancia de reconocer que no existía un“objeto” llamado comunicación que pudiese deslindarse con precisión verificable, sino que debíamos construirlo haciendo inteligibles los múltiples intercambios y sentidos propios de los procesos sociales; la importancia de reconocer la riqueza y validez de la convergencia disciplinar para construir ese objeto, que no era obra de sistemáticos planes académicos sino fruto del encuentro de miradas y preocupaciones que se negaban a escindir la cultura y la política para entender nuestras realidades. Pero reconociendo todo eso, siempre he sospechado que muchos trabajos, muchos estudios de comunicación renuncian a esa tarea. Es decir, no construyen objetos de indagación nuevos y diferenciados, sino que sustituyen términos. No avanzan en precisiones categoriales sino que modulan con otra voz idénticos problemas, sin poder demostrar lo que la pretendida novedad ilumina o descubre. Algo de eso pasó, y muchas veces lo he sostenido, con la noción de recepción y la promesa que venía de la mano de la estética y la teoría literaria, de los estudios culturales, del llamado paradigma de las mediaciones... Pasó que el reconocimiento de la“actividad de los receptores” como productores de sentido se instaló como el fruto más preciado en numerosísimos textos que se limitan a dar cuenta de la vinculación medios-mensajes-usos-significados atribuidos, volviendo a restringir así la fecunda y compleja operación cultural que nos proponían pensar quienes asumían las interacciones mediáticas más que como“lectura situada y particular” de unos bienes producidos industrialmente, como la marca distintiva de una cultura mediatizada impensable por fuera de las matrices tecnológicas, mercantiles, estéticas y políticas que nos constituyen como receptores(Mata, 2001, p. 185). Tal vez por eso, trabajé durante algún tiempo tratando de elaborar un modelo conceptual que permitiese comprender la significación que ha tenido para nuestras sociedades la constitución de los públicos masivos, convencida de la necesidad de desnaturalizar las nociones de público que con fuerte sesgo empirista habían dominado los estudios sobre los“efectos de la comunicación” desarrollados desde perspectivas sociológicas 378 In-disciplinada y psicológicas conductistas y funcionalistas, así como desde algunas simplificadas corrientes dentro de los estudios de recepción(Mata, 2001, p. 184). Ese trabajo nos permitió dar cuenta de un objeto complejo—el ser público— postulando su condición de nueva formación social y nueva referencia identitaria construida a partir de múltiples interpelaciones, y la necesidad de aprehender los mecanismos de su constitución y el sentido que esa operación tiene, como vía para la comprensión del modo en que los individuos nos reconocemos y actuamos en las sociedades mediatizadas. Y fue como resultado de ese camino que produjimos un cruce tenso entre esa condición—la de público de los medios— y la condición ciudadana. La tensión públicos-ciudadanía En diversas investigaciones realizadas según nuestra particular comprensión de los públicos de los medios masivos, reconocimos la validez de lo postulado hace diez años por Paul Virilio:“los medios de comunicación industriales disfrutan de una depravación singular de las leyes democráticas”. Una afirmación que sostiene en dos argumentos. En primer lugar, en la convicción de que“el cuarto poder” es“la única de nuestras instituciones capaz de funcionar al margen de todo control democrático eficaz, ya que cualquier crítica independiente dirigida contra él, cualquier solución de recambio, son desconocidas por el gran público, simplemente porque no tienen ninguna posibilidad de ser difundidas con amplitud y, por consiguiente, de alcanzarlo”(Virilio, 1996, p. 11). En segundo lugar, en la constatación de una suerte de paradoja: mientras es ampliamente generalizado el rechazo de todo tipo de censura a los medios de comunicación por parte de los Estados y los grupos políticos que en cada coyuntura ejercen el poder, se reclama a los directivos de esos medios responsabilidad para decidir qué difundir y cómo hacerlo. Ese reclamo encubriría, según Virilio, el reconocimiento de una“censura aceptable” ejercida por los directivos de los medios. Una censura que no sólo es legal, ya que poseen las atribuciones empresariales o institucionales para decidir qué se difunde y qué no, sino que, además, es considerada legítima en tanto esos medios resultan consumidos por el gran público(Virilio, 1996, p. 62-63). Ese razonamiento le lleva a plantear la existencia, en nuestras sociedades, de una “legitimidad informacional con un poder distinto al de la legitimidad democrática, una usurpación de hecho, siempre presente”(Virilio, 1996, p. P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 379 62); algo que en otro sentido la argentina Beatriz Sarlo puso en evidencia al reflexionar acerca de la democracia de la opinión como contrapuesta a la democracia de las instituciones, contraposición que reconoce como característica de nuestras sociedades mediatizadas(ver Sarlo, 1995). Esa problemática, expresada en el texto de Virilio al igual que en las reflexiones de Sarlo, representaba para nosotros un verdadero desafío en términos conceptuales y políticos: nos preguntamos si es posible que quienes hemos sido constituidos como“públicos” seamos capaces de no delegar nuestros derechos a la libre expresión y a la información en tanto existe un mercado, es decir, un sistema de producción industrial, de distribución y consumo de los bienes comunicativos-culturales, que es hoy hegemónico como instancia de organización de los intercambios simbólicos. Esa pregunta se vinculaba con la reconceptualización que en el campo de las ciencias sociales y políticas se venía desarrollando con respecto a la noción de ciudadanía 3 , y que permite pensarla como práctica que implica la capacidad de ser sujeto en todos los ámbitos en que se construye el poder y, por consiguiente, como práctica que implica el participar efectivamente en la elaboración de las reglas que, con validez de norma instituida o legitimada, tienen capacidad de ordenar la vida en sociedad. Esa conceptualización implica reconocer, como lo plantea el chileno Manuel Garretón, que“la gran contradicción contemporánea es que la multiplicidad de posibilidades de constitución de sujetos se enfrenta, sin embargo, a la apropiación—por parte de algunas naciones, Estados, empresas, instituciones, actores— de los instrumentos que permiten dicha constitución, como la riqueza, los conocimientos, el poder, la expresividad de lo subjetivo, la afectividad y la comunicabilidad”(Garretón, 1995, p. 105). En ese sentido, la práctica ciudadana nombra no sólo el ejercicio de deberes y derechos de los individuos en relación con el Estado, sino un modo específico de aparición de los individuos en el espacio público caracterizado por su capacidad de constituirse en sujetos de demanda y proposición respecto de diversos ámbitos vinculados con su experiencia. Es decir, por su capacidad de intervenir en el espacio público tratando de revertir esas apropiaciones de derechos y posibilidades. Una ampliación de la noción de ciudadanía que, como indica Martín Hopenhayn(2005, p. 255),“permite pasar del individuo como sujeto privado y libre de acción, al individuo como forjador de proyectos”. 3 Ver, entre otros aportes que dan cuenta de esas reconceptualizaciones, el esclarecedor trabajo de Hugo Quiroga, El ciudadano y la pregunta por el Estado democrático . 380 In-disciplinada Indudablemente, en nuestras sociedades mediatizadas, si bien el espacio público integra numerosos ámbitos y modalidades de organización, los medios masivos y las redes informáticas adquieren una centralidad insoslayable, como escena privilegiada de intercambios. Por eso las reflexiones sobre la condición ciudadana como condición necesaria de la democracia resultan limitadas si no se relacionan con esta nueva característica del espacio público. Esa es la primera razón por la cual considero válida en términos políticos y analíticos la articulación comunicación-ciudadanía. De ahí la necesidad de dar cuenta, aunque sea de manera general, de qué modo los ciudadanos se hacen visibles en el espacio mediático, de analizar cuáles son las representaciones que los medios construyen de la ciudadanía, y cómo se auto-representan en tanto espacios de ciudadanización, es decir, como espacios de visibilización y producción de derechos y deberes. ¿Cómo somos ciudadanos en los medios? Cotidianamente, los medios y redes de información nos dicen lo que somos y nos ocurre en un decir que nos interpela y nos constituye desde la adhesión o el rechazo que, en variados grados y modos, ellos suscitan. La información sobre nosotros mismos y la realidad que hacemos y vivimos y que los medios nos proveen a través de miles de palabras e imágenes no es el único alimento para pensarnos y actuar. Sin embargo, la magnitud que adquieren en nuestras sociedades mediatizadas esas palabras e imágenes, la fuerza que alcanzan en tanto no podemos pensarnos sin ellas—sobre todo sin la relación con ellas que se ha vuelto un modo dominante de relacionarnos con los demás— les confiere un estatuto particular: podemos reconocerlas como regulaciones discursivas que expresan, instauran y reproducen regulaciones sociales. Si tomamos para nuestro análisis los medios de mayor consumo en nuestros países, la radio y la televisión, podemos reconocer, al menos en el caso de la Argentina, tres figuras emblemáticas bajo las cuales los programas de información y opinión de la mayor parte de esos medios audiovisuales presentifican a los ciudadanos. El ciudadano como sujeto de necesidad La pérdida de derechos básicos que se expresa hoy en las crecientes situaciones de pobreza, desnutrición, falta de instrucción y marginación de todo beneficio de carácter social es, sin duda, uno de los modos emblemáticos P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 381 de representación de los ciudadanos. Las pantallas y ondas se pueblan de imágenes lacerantes: niños que mueren de hambre, inundados sin lugares adónde vivir, víctimas de delitos públicos y privados... todos están allí todo el tiempo. Nadie puede alegar ignorancia o desconocimiento al punto que ciertas imágenes se convierten en motivo de conversación cotidiana. Más que opinión pública—producto de deliberaciones, confrontaciones y acuerdos—, esos casos se convierten en parte de la agenda pública construida desde las agendas informativas. Así, uno de los modos de representación más extendidos es el de los ciudadanos como sujetos de necesidad . Los modos de aparición de esos sujetos de necesidad pueden variar, recorriendo el arco que va desde la exhibición impúdica del dolor, desde un uso de cámaras y micrófonos destinado a promover lágrimas y gritos, hasta el tratamiento distante impuesto por cifras, opiniones expertas y filtros para emborronar rostros y desfigurar las voces de los protagonistas de los casos presentados. De todos modos, la aparición es predominantemente del orden de la exhibición y, en ocasiones, vinculada a la lógica del acontecimiento. Así, la pobreza permanente y generalizada es mostrable cuando se hace estallido en un poblado, cuando ya los cuerpos esqueléticos remiten“a Biafra”—a la irrupción de lo impensado en nuestra realidad—; así, la degradación sistemática del ambiente y la imprevisión gubernamental se vuelven noticias cuando las aguas rediseñan la traza urbana de una ciudad o cuando los niveles de contaminación ya han dejado secuelas irreversibles en la salud de la población. El ciudadano, sujeto de necesidad e indefenso ante el poder, es el emblema de la no-ciudadanía, el emblema de quien prácticamente ha perdido el derecho a tener derechos 4 . Sus apariciones episódicas y fulgurantes, pero constantes, remiten a un estado permanente de cosas que, cerrado sobre sí mismo, encubre sus causas y vinculaciones estructurales. El ciudadano como sujeto de demandas Un segundo modo de representación nos muestra a los ciudadanos como sujetos de demanda . Son los mismos carenciados quienes también pueblan las ondas y pantallas a partir de su capacidad de reclamar, a través de organizaciones específicas o en movilizaciones de carácter amplio. 4 Retomamos en este sentido la idea de Hanna Arendt en tanto desde el estado de necesidad se produce una situación de privación mayor: la privación de la mundanidad que implica posibilidades de hablar y ser reconocido por otros. 382 In-disciplinada Los medios de comunicación masivos darían cuenta, de ese modo, de lo que Jesús Martín-Barbero ha llamado la“ciudadanización” de la política, aludiendo con ello al complejo proceso en el cual se entretejen la caducidad de las organizaciones antes encargadas de“representar” a los individuos como partícipes de un proyecto colectivo y nuevos modos de expresión de anhelos, intereses, búsquedas, que encuentran en ciertas lógicas mediáticas la posibilidad de recuperar dimensiones sensibles(Martín-Barbero, 2002). En este sentido, la aparición de los ciudadanos como sujetos de demanda en los medios es presentada como garantía de su condición de tales porque, como bien ha señalado Isidoro Cheresky, más allá de los aspectos jurídicos de la noción,“al decir ciudadanía se alude también a los individuos que participan de alguna forma de la deliberación pública y más específicamente de la vida asociativa política y político-social” y, en ese sentido,“son ciudadanos aquellos que manifiestan interés efectivo en los asuntos públicos, es decir que traducen una condición potencial en alguna forma de actividad, aunque sea tan sólo la de constituir opiniones publicitadas”. 5 Independientemente de las versiones que esos medios, como actores implicados en la dinámica social, producen respecto de las verdaderas metas que los ciudadanos activos persiguen con sus demandas y reclamos; independientemente de las peculiares interpretaciones a que son sometidas sus acciones por parte de los periodistas y conductores de programas; independientemente de la fugacidad y fragmentariedad con que prácticas sostenidas y construidas cotidianamente se dejan ver u oír, la presencia en la escena mediática otorga visibilidad y condición ciudadana, significa su irrupción en el espacio público. Organizaciones sociales y reivindicativas de diverso tipo pueden ser ensalzadas o denigradas por los medios masivos; pueden ser calificadas como artífices o destructoras del régimen democrático. A pesar de ello, están ahí con la fuerza constativa del derecho asumido, ejercido; con la fuerza constativa de haberse reconocido“sujetos de derecho” frente al poder o los poderes que los desconocen, y de actuar en consecuencia. El ciudadano como sujeto de decisión Un tercer modo emblemático de representación de los ciudadanos en los medios masivos es el del individuo con posibilidades de tomar decisiones políticas: el argentino elector. Un argentino elector que se representa 5 Según lo plantea Isidoro Cheresky en Ciudadanía, opinión pública y medios de comunicación. P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 383 específicamente en coyunturas electorales pero cuya figura se expande y recrea como fruto de la actividad de los propios medios, a través de variadísimos modos de consulta, algunas de las cuales llegan a incluir momentos cuasi-deliberativos, en tanto suceden a la exhibición de debates entre“representantes” de diferentes idearios. Un conjunto heterogéneo de temas—popularidad de personajes artísticos, posibles culpables de delitos, medidas a tomar por entes gubernamentales, entre otros— son sometidos cotidianamente a consideración de una audiencia convertida en“electora” mediante sistemas de encuestas, de votos telefónicos, o de votos presenciales en los auditorios donde se desarrollan programas en vivo. Si los sujetos de necesidad están en los medios como demostración de marginación de la vida en común constituida por deberes y derechos, si los sujetos de demanda visibilizan la caducidad o debilidad de anteriores formas políticas de representación, los sujetos de decisión constituyen el modelo mediático de la democracia: el que se construye con el voto individual, con la elección desde la intimidad hogareña mediante el recurso a algún dispositivo técnico o desde la interpelación igualmente técnica que producen las encuestas de opinión sobre variadas cuestiones de carácter público 6 . La auto-representación de los medios A partir de estos modos de presencia emblemáticos de la ciudadanía en los medios masivos de comunicación, ellos han construido una representación de sí mismos como espacios de saber y colectivización de saber vinculados con la condición ciudadana, como lugares insustituibles para la vida en común y la producción de la política. Desde la visibilización de la exclusión hasta la proposición de alternativas para el ejercicio de las decisiones, pasando por sus ejercicios investigativos y la escenificación de debates en torno a cuestiones de la más diversa índole, la radio y la televisión se erigen a sí mismas como insustituibles recursos para la acción de las grandes mayorías sociales en tanto ella requiere de datos, informaciones y nociones que la orienten. De ahí que, en buena medida, sustraerse a su consumo significa una restricción de las posibilidades deliberativas por desconocimiento de “lo que está en juego”, por separarse de lo vuelto común a través de palabras e imágenes que ellos producen y difunden. 6 He trabajado esa problemática en Comunicación, ciudadanía y poder: pistas para pensar su articulación . 384 In-disciplinada Fue justamente esta auto-representación de los medios la que sometimos a análisis en una investigación que realizamos hace algún tiempo en la Escuela de Ciencias de la Información de la Universidad Nacional de Córdoba y que constituyó la primera etapa de un programa institucional orientado a comprender el papel de la información proporcionada por los medios masivos en orden al ejercicio de la ciudadanía(Mata et al ., 2003). En el marco de las elecciones presidenciales que tuvieron lugar en abril de 2003, creímos pertinente indagar de qué manera la información brindada por los medios masivos de comunicación era reconocida por los ciudadanos cordobeses como elemento significativo a la hora de decidir su voto. El objetivo del estudio consistía en poder valorar el papel de la información poniéndola en relación con el conjunto de dispositivos que se activan en los momentos de decisiones electorales: pertenencias y tradiciones partidarias, conocimientos acumulados acerca de la realidad, experiencias sociales, políticas y cotidianas. Esperábamos contar, a partir de dicha investigación, con elementos orientadores para pensar la relación ciudadanía-mediosinformación complejizando la simple necesidad de lograr la presencia de diversos actores en los medios como caución de legitimidad y expresividad social y política de la ciudadanía. Uno de los resultados más contundentes de esa investigación en la que participaron grupos representativos de diversas organizaciones ciudadanas 7 fue la constatación de la“mediocridad de la información social” provista por los medios masivos, para utilizar la expresión acuñada por Alain Minc(1995) y que alude, entre otras cuestiones, a la denegación de la información de base sobre recursos y proyectos económicos y sociales, la oscuridad acerca de los procedimientos con que ellos se distribuyen y gestionan, la falta de datos precisos acerca de la diferenciada situación de sectores involucrados en diversos temas, la no identificación de fuentes pertinentes para cada tópico, la saturación del receptor a partir del sobredimensionamiento de temas superfluos. Los ciudadanos cordobeses conocían muy poco acerca de las elecciones en las cuales estaba en juego nada menos que la nueva conducción política del país—en general sólo se conocían algunos candidatos, ciertas propuestas generales, fechas, modalidades de la votación—. Ese escaso conocimiento 7 Trabajamos con una veintena de organizaciones de diverso tipo: sindicatos, organismos de derechos humanos, asambleas barriales, grupos de vecinos nucleados en torno a demandas urbanas, cooperativas y comedores populares, grupos de mujeres, ahorristas y deudores damnificados. P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 385 tenía una fuente privilegiada, los medios masivos de comunicación— básicamente la radio y la televisión—, ya que las reuniones de carácter partidario, la propia práctica organizativa, los lugares de trabajo y las relaciones familiares o amicales no aparecían identificados como ámbitos de información. La escasa información fue valorada negativamente por todos los grupos y asociada a un cierto estado de confusión en tanto impedía la comparación, la discriminación de proyectos, una mayor fundamentación de la elección a realizar. Pero esa valoración negativa no estaba acompañada por demandas precisas acerca del tipo de información necesaria para tomar decisiones. Como si, de alguna manera, el efecto más grave de la desinformación fuese la imposibilidad de identificar el saber necesario para actuar, más allá de que ese saber pudiese contribuir al logro de un resultado electoral positivo para la sociedad en general y los grupos participantes en la investigación en particular. La escuela, la familia, los dirigentes, los partidos políticos, la iglesia y los intelectuales fueron los espacios y actores identificados, por algunos ciudadanos, como posibles oferentes de un impreciso saber. Mientras tanto, los ciudadanos no confiaban en que los medios masivos pudiesen proporcionar ese saber. “...vos no conocés las propuestas porque los medios no te van a dejar pasar una sola gota de una propuesta(Trabajador afiliado al Sindicato Único de Obreros y Empleados Municipales). “Es terrible las cosas que te venden los medios. Porque, qué se yo, que nos ocupemos tanto de si Carlos Menem tiene un hijo o no. Pensar que en este país podés ganar las elecciones porque a los 60 años tenés un hijo... Los medios le dan bolilla a eso. O te tienen dos días enteros con la muerte de un tipo que fue gobernante y que de pronto se convirtió en un héroe... Así sube y baja un candidato“ (Mujer integrante de una organización femenina). “A mí los medios me tienen decepcionado. Vos mirás todos los programas políticos de Buenos Aires, estuviste dos horas frente al televisor y te vas a acostar y decís‘no hay nada claro’; son los mismos que vienen diciendo lo mismo, los mismos participantes de lo mismo“(Integrante de un grupo de vecinos organizados contra emprendimientos inmobiliarios que afectan las condiciones de vida urbanas). 386 In-disciplinada Los resultados obtenidos en aquella investigación permiten afirmar que la labor que cumplen los medios masivos de comunicación en épocas electorales y con relación a la política es enmarcada por la ciudadanía en una valoración de carácter más general: los medios son reconocidos como instituciones vinculadas a los poderes económicos y políticos, funcionales a ellos y controladas por ellos. Son caracterizados, en consecuencia, como medios de los que ya se sabe lo que puede esperarse: nada que beneficie al pueblo. Su importancia estriba en la capacidad que tienen para construir opiniones y para entretener o distraer a las personas de los temas verdaderamente importantes acerca de los cuales no se informa ni investiga. La realidad se tergiversa para acatar los dictados del poder; las fuentes adversas a ese poder no son tenidas en cuenta y si bien se reconoce que existen medios alternativos y periodistas que“se juegan”, la censura y el control por parte de los dueños de los medios y de los gobernantes muestran los límites de la libertad de expresión. Esas valoraciones ponen en cuestión la auto-representación de los medios masivos de comunicación como dispositivos de un espacio público ciudadano, es decir, como espacio de interacción que hace posible la colectivización de intereses, necesidades y propuestas en tanto brinda existencia pública a los individuos y grupos visibilizándolos ante los demás. Es justamente eso lo que manifestaron necesitar las organizaciones con quienes trabajamos. No tanto unas informaciones de las que carecían, sino que los medios cumplieran una función orientada a producir articulaciones ciudadanas y a cubrir las distancias existentes entre la ciudadanía y quienes ejercen funciones dirigenciales en términos políticos. “Nosotros no nos sentimos reflejados por esos medios. Creemos que hay otra opinión, otro punto de vista, otra perspectiva distinta “ (Integrante de una Asamblea barrial). “A mí me gustaría que los medios salgan a los barrios, tomen las necesidades de la gente y después vayan a los políticos y les digan “usted está diciendo esto pero el pueblo quiere esto”. Ese tipo de información y confrontación, creo yo“(Integrante de grupo de vecinos organizados en torno a problemas urbano-ambientales). “...que piensen en el pueblo... que informen para el pueblo“ (Integrantes de la Asociación de Deudores Argentinos). “Y que si uno está escuchando una radio y llama, que el mensaje salga como uno lo dice, no que lo cambien. Y que si tienen ganas de estar ahí, que trabajen bien, que sea abierto y no que te digan“no P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 387 te podemos atender porque estamos ocupados””(Integrante del grupo Vecinos Autoconvocados). “...que traten de representarnos, que pregunten lo que nosotros como ciudadanos preguntaríamos, que no tenemos acceso a tener el candidato al frente...”(Trabajadora afiliada al Sindicato de Luz y Fuerza). La mediación entre la ciudadanía y el poder, entre el pueblo y los candidatos, entre los pobres y el conjunto de la población, fue, sin duda, una de las necesidades que escuchamos con más persistencia en los grupos entrevistados. En ella es posible reconocer el quiebre de los sistemas de representación, así como el reconocimiento del enorme poder atribuido a los medios masivos en su calidad de conformadores de la opinión pública y de los temas que se instalan como agendas de discusión. Esa demanda, la de “escuchar a la gente” y trasladar lo que se escucha al resto de la ciudadanía y a las esferas de poder, es expresada en términos de servicio esencial a cumplir por los medios, a los que se reclama“que no nos usen sólo para tenernos sentaditos, entretenidos, nada más”. Otra necesidad es de carácter formativo. Se reclama a los medios“que apelen a la capacidad de pensar de la gente”, que“den al pueblo información útil para mejorar”, que se recupere la historia y se proporcionen pautas éticas, que se busquen opiniones diversas y expertas para analizar los problemas, que investiguen,“que nos formen”, que“ayuden a conocer los derechos ciudadanos”. Esa demanda vinculada a la capacidad educativa de los medios puede leerse también en la que se hace a“la escuela” como institución que debería contribuir con conocimientos vinculados a la posibilidad de tomar elecciones electorales ya que, si la educación no se ocupa de eso,“sólo tenés la tele”. Por último, se necesita visibilidad, presencia pública, canales para la vinculación ciudadana:“...si nosotros tuviéramos la oportunidad de difundir las cosas que hacemos de manera sistemática y general, más gente se daría cuenta que es posible hacer otra cosa... que lo que hay que hacer es participar, que vivir en democracia no es únicamente ir a votar una vez cada año”. Las valoraciones hechas por las organizaciones ciudadanas cordobesas respecto de los medios masivos no difieren sustancialmente de las que, en condición de públicos de los mismos, hemos recogido a través de diversos estudios de consumo realizados en Córdoba. 8 La población conoce al 8 Aludimos a ellos en el artículo citado Medios ¿desde dónde pensar la acción ciudadana? 388 In-disciplinada detalle las programaciones informativas de los canales locales; identifica con precisión los conductores radiofónicos que lideran la audiencia. Sabe lo que puede esperar. Sabe lo que no puede esperar. Desearía, por ejemplo, que los informativos televisivos brinden datos precisos acerca de la realidad; investiguen lo que sucede; profundicen las noticias y les den seguimiento para que los hechos puedan ser debidamente comprendidos y valorados. Al mismo tiempo se espera que los periodistas tengan y manifiesten sensibilidad social ante la realidad que se vive y que se comprometan en ese sentido con el público. Se demanda a los periodistas independencia de juicio. Se desea todo lo que de algún modo los medios prometen o, mejor aún, lo que han construido como auto-representación. Al mismo tiempo, se sabe que nada de eso ha de ocurrir a raíz de la mercantilización de los medios y de sus compromisos con los poderes económicos y políticos dominantes. A partir de las constataciones realizadas, es evidente que en tanto público de los medios masivos los ciudadanos revelan una condición de impotencia : desde la condición de públicos no se formulan las expectativas bajo la forma de derechos propios o de obligaciones de otros, o bajo la forma de desafío, de objetivos a lograr. Situados como públicos frente a los medios que de distintos modos los presentifican—sea en su condición de excluidos de todo derecho frente a los poderes económicos y políticos, sea como demandantes ante ellos, sea como sujetos convocados a elegir incesantemente entre las propuestas que pantallas y ondas hacen públicas— los ciudadanos se autodefinen como sujetos de indefensión , como individuos que ni siquiera esgrimen la rebeldía del no-consumo porque ello significaría, a todas luces, negarse la posibilidad de ser parte del mundo en que se vive. Hablamos de sujetos de indefensión porque las críticas y demandas frente a los medios no se traducen en acciones u opiniones que tengan niveles de colectivización visibles. No hay espacio en los medios masivos para mostrar a los excluidos del derecho de ser informados de otro modo; no hay movimientos que los agrupen para demandarlo; no hay al respecto debates abiertos en ondas y pantallas tras los cuales, aún desde la intimidad del hogar y de manera individual, se los convoque a elegir unos programas u otros, unos medios u otros. Las mediciones de rating y las encuestas de consumo sólo son recursos empresariales para optimizar ganancias o competir en el mercado. En ese sentido, la imposición de la lógica mercantil como único regulador de los medios—tendencia creciente en nuestras sociedades— eliminaría la mera P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 389 posibilidad de pensar cualquier efectivo ejercicio de la ciudadanía—es decir, de la reivindicación de derechos y el ejercicio de deberes— en ese terreno. Ciertamente, cualquiera puede negarse a comprar lo que el mercado oferta, pero lo grave es que la idea de que“nos pueden vender” la información, la cultura, el entretenimiento ha sido instalada como idea legítima, y que el único recurso oposicional parece ser una simple abstención de consumir, asumida de manera individual y sin consecuencias transformadoras. Públicos y ciudadanos: convergencias Es en este punto donde ubico la tensión que considero necesario asumir como constituyente de la problemática comunicación-ciudadanía tanto en términos políticos como conceptuales: en la imposibilidad de pensarla sin reconocer, al mismo tiempo, la condición de públicos que los ciudadanos tenemos en nuestras sociedades mediatizadas. Por eso mismo, creímos necesario hacer visible conceptualmente esa convergencia entre dos condiciones de sujeto desde las que actuamos y cuya escisión podría llevarnos peligrosamente a esas simples sustituciones de términos a las que me referí antes, cuando de lo que se trata es de construir nuevos problemas y objetos de conocimiento. Porque sin una adecuada comprensión de esa convergencia, los ciudadanos podrían ser, sin más, el simple equivalente de los públicos y nada hubiéramos ganado con el cambio terminológico para profundizar, por ejemplo, nuestras reflexiones sobre la comunicación y la democracia. A partir de esa necesidad elaboramos una noción, la de ciudadanía comunicativa, que entendemos como el reconocimiento de la capacidad de ser sujeto de derecho y demanda en el terreno de la comunicación pública, y el ejercicio de ese derecho. Se trata de una noción compleja que envuelve varias dimensiones y que reconoce la condición de público de los medios que los individuos tenemos en las sociedades mediatizadas. La noción de ciudadanía comunicativa remite necesariamente a derechos civiles—la libertad de expresión, el derecho a la información, la posibilidad de exigir la publicidad de los asuntos públicos, etc.— jurídicamente consagrados por diversos instrumentos tales como la constitución de los Estados, leyes, decretos, disposiciones reglamentarias. En este sentido, y como ocurre en general con los derechos civiles, la ciudadanía comunicativa 390 In-disciplinada representa un límite a la acción del Estado con el fin de garantizar la libertad de las personas 9 y representa un estatus jurídico. Por otro lado, recuperando el concepto republicano de ciudadanía, que “asocia el ejercicio ciudadano al compromiso de las personas con la “cosa pública”, es decir, la participación en la deliberación pública y en la contingencia política, y el compromiso activo en la construcción colectiva de proyectos de sociedad”(Hopenhayn, 2005, p. 215), la ciudadanía comunicativa implica el desarrollo de prácticas tendientes a garantizar los derechos en el campo específico de la comunicación. En ese sentido, la noción excede la dimensión jurídica y alude a conciencia práctica, posibilidad de acción. Pero además, la ciudadanía comunicativa involucra dimensiones sociales y culturales vinculadas a los“valores de igualdad de oportunidades, calidad de vida, solidaridad y no discriminación”(Hopenhayn, 2005, p. 216) presentes en los llamados derechos de tercera generación. De este modo, la ciudadanía comunicativa se entrelaza con las referencias identitarias y los reclamos más generales de igualdad ya no sólo en relación con el Estado sino en relación con la acción del mercado y todo tipo de dispositivos que promueven la desigualdad. Pensado de este modo, y reconociendo la indisociable articulación entre discurso y acción, el ejercicio de la“ciudadanía comunicativa” se vuelve imprescindible para la existencia de una sociedad de ciudadanos. Si no existen posibilidades de ejercer ese conjunto de derechos y prácticas expresivas, se debilitan las capacidades y posibilidades de los individuos para constituirse como sujetos de demanda y proposición en múltiples esferas de la realidad, toda vez que la producción de esas demandas y proposiciones resulta impensable sin el ejercicio autónomo del derecho a comunicar, es decir, a poner en común. Es por eso que la emergencia de la cuestión ciudadana en los estudios de comunicación adquiere sentido político. Porque a partir de ella podemos y debemos revelar hasta qué punto la apropiación de los recursos expresivos de carácter público por parte del Estado y el mercado es reconocida como límite sustantivo del ejercicio del conjunto de derechos que hacen democrática a una sociedad. 9 Tal como lo plantea Martín Hopenhayn(2005, p. 215). P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 391 La necesaria complejidad Ahora bien, ¿cómo hacer de esta cuestión un recurso productivo a la hora de pensar nuestras sociedades?, ¿cómo abordar su análisis con fines de comprensión e intervención en términos de políticas comunicativas y culturales orientadas a democratizarlas? Dado que el orden social imperante está hecho de desigualdades, conflictos y tensiones entre sectores dotados de poder y excluidos de él, sostenemos que el ejercicio de la ciudadanía comunicativa reconoce niveles diferenciados. Uno es el nivel de la“ciudadanía comunicativa formal”, representada por el conjunto de individuos depositarios de derechos consagrados jurídicamente en el campo comunicativo. Pero otro es el que denominamos“ciudadanía comunicativa reconocida”, es decir, la condición de quienes conocen tales derechos como inherentes a su condición de integrantes de una comunidad determinada. Y otra es la“ciudadanía comunicativa ejercida”, reconocible en quienes desarrollan prácticas sociales reivindicatorias de dichos derechos, en pos de su vigencia y/o ampliación. Y, finalmente, otra es la que podríamos llamar“ciudadanía comunicativa ideal”, aquella que, desde postulaciones teórico-políticas y de expectativas de transformación social, se plantea como utopía o meta alcanzable en vinculación con los procesos de democratización de las sociedades. Son esos diferenciados niveles o grados de existencia de la ciudadanía comunicativa los que debemos indagar en cada situación particular si pretendemos que la emergencia de esta cuestión en los estudios de comunicación sea algo más que una simple novedad terminológica. Del mismo modo, así como desde la teoría social y política se plantea que la condición ciudadana no es un estado natural de los individuos, sino una condición y práctica resultante de órdenes sociales conflictivos e históricamente situados, el trabajo con la noción de ciudadanía comunicativa implica, por un lado, reconocer la existencia de actores en pugna: quienes tratan de obtener, usufructuar y ampliar derechos, quienes tienen el poder legítimo y/o legal de concederlos y quienes obstaculizan, pervierten o restringen tales derechos. Por otro, implica reconocer que el ejercicio de esa condición debe vincularse no sólo con los aspectos jurídicos que son su sostén más visible, sino con las condiciones económicas y políticas de cada coyuntura particular, así como con las condiciones culturales que la posibilitan o limitan. 392 In-disciplinada Las regulaciones comunicativas vigentes en una sociedad determinada, las lógicas informativas predominantes, los recursos tecnológicos disponibles para diferentes sectores sociales, las modalidades de organización social y política deben ser tenidas en cuenta como condiciones objetivas para el ejercicio de la ciudadanía comunicativa. Pero existen múltiples condiciones subjetivas que deberemos interrogar a fin de no simplificar nuestros análisis. Los modos de imaginarse como sujetos de derecho propios de diferentes individuos y colectivos sociales, sus maneras de vincularse con quienes detentan la legalidad y legitimidad social para expresarse y producir normas al respecto, las representaciones hegemónicas y contrahegemónicas acerca de lo que significa comunicarse y comunicar hoy, en sociedades mediatizadas, las expectativas depositadas en las instituciones, los medios, las propias fuerzas expresivas son dimensiones ineludibles para comprender hasta dónde y en qué condiciones la indefensión o la impotencia de los públicos es una condición irreversible o no para reivindicar el derecho a informarse, a expresarse, a ampliar el espacio público con múltiples palabras. Para volver al punto con el que comencé estas reflexiones, no basta, para el caso argentino, atribuir al enorme poder económico de las corporaciones de medios y tecnologías de la información y a las complicidades que el poder político mantiene con ellas la vigencia de la Ley de Radiodifusión de la dictadura militar. Tampoco creo que podría explicarse esa vigencia por la debilidad de movimientos alternativos en el campo de la comunicación, cuando el país cuenta con significativas organizaciones sindicales de prensa, con redes de radios comunitarias, con entidades y asociaciones académicas que promueven ideas críticas y posturas democráticas. Seguramente todos esos aspectos deberían ser analizados para encontrar claves de comprensión de nuestra situación. Pero ese análisis no debería eludir una profunda reflexión acerca de las variadas condiciones que en Argentina han debilitado la conciencia y la práctica social en relación con la necesidad y viabilidad de un ordenamiento jurídico que siente, a su vez, condiciones diversas y democráticas para la expresividad del conjunto de la sociedad. Es decir, todos esos aspectos y seguramente otros más deberían ser interrogados desde esa zona que nombra la articulación ciudadanía-comunicación y que a nuestro entender restituye la complejidad de las dimensiones políticas y culturales en nuestro campo de estudio. Una complejidad a la que debemos apostar para que la cualificación académica que se persigue en nuestras universidades con sus carreras de postgrado permita, a su vez, la cualificación de la vida en nuestros países. P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 393 Referencias AAVV. 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Es decir, particularmente reveladoras de la capacidad de convertir en realidad empíricamente existente —con todo lo que en esa empiria existen de datos fácticos, representaciones, vivencias e interpretaciones sobre los mismos— la realidad que ellos construyen en sus textos e imágenes. La hemos vivido recientemente, en el llamado conflicto“del campo”—una denominación instalada desde los medios y que bien podríamos debatir, si ello no nos llevara por otros rumbos en esta exposición—. Esas coyunturas tienen la virtud de reponer debates acerca de los medios masivos que parecen esclarecer sus modos de operar y su influencia. Sin embargo, esos debates suelen estar teñidos por la propia capacidad preformativa de los medios; es decir, incorporan nociones y lógicas argumentativas que ellos mismos han puesto en circulación y que dóxicamente adoptan distintos enunciadores. Por eso mismo, esas coyunturas representan un desafío para el pensamiento crítico. En un texto en el cual reflexiona sobre la naturaleza de las ciencias sociales, Renato Ortiz reconoce, en el origen de la sociología, la intención de diferenciarse de otros discursos: “Al instituirse como espacio autónomo de conocimiento, la sociología se separa del periodismo, de la filosofía, de la política, de la religión, en fin, de otros textos y del sentido común, pero sin anularlos[…] Todo el problema consiste en saber qué constituye el carácter diferencial de las ciencias sociales, cómo se define. El sentido común representa el contrapunto necesario en relación con el cual se elabora el pensamiento sociológico. Él es su polo negativo, el desafío que permanentemente se quiere superar” (Ortiz, 2004:15). * Ponencia presentada en el VI Encuentro Nacional de Carreras de Comunicación(ENACOM) organizado por Fadeccos y la Universidad Nacional e Entre Ríos en Paraná, Argentina. Se publica por primera vez en este libro. 396 In-disciplinada Pero más adelante señala que las ciencias sociales se encuentran hoy en una posición distinta a la que ocupaban en la época en que conquistaron su autonomía. Y lo plantea de este modo: “Ya no se trata de separarse de otros saberes,de delimitar un territorio, sino que es la misma lógica de algunos saberes, hegemónicos en la sociedad, la que penetra y reestructura el campo académico, alejándolo de sus raíces. La relación sociología/periodismo, ciencias sociales/empresa no constituye simplemente una contraposición de prácticas distintas; el texto sociológico se torna muchas veces periodístico, o una mera descripción administrativa. Pierde así en comprensión, en densidad analítica”(Ortiz,2004: 18-19). Si he utilizado in extenso el texto de Renato Ortiz es porque me permite postular la necesidad de retomar—dentro de nuestro campo de estudios— temáticas que, habiendo sido objeto de elaboraciones conceptuales que derivaron en proposiciones metodológicas para el análisis de los medios masivos de comunicación, han sido de algún modo puerta de entrada para el sentido común y las apreciaciones mediáticas que adelgazan nuestra capacidad de interpretar el papel de los medios en su doble condición: el de industrias de la información y el conocimiento, pero también el de espacios centrales en la constitución de la esfera pública de nuestras sociedades. De ahí mi interés en proponer una serie de reflexiones en torno a noción de agenda de los medios, utilizada hasta el cansancio en estos últimos tiempos. Ya sabemos que, en el marco de los denominados estudios de efectos a largo plazo, la hipótesis de la“agenda setting ” fue la perspectiva teórico-metodológica que sentó las bases, desde el campo de la investigación, para la construcción más sólida de la noción. Las formulaciones casi canónicas realizadas por Lang y Lang, Cohen, Noelle Neuman y Shaw, entre otros, permitieron atribuirle los siguientes alcances. 1 Por agenda de los medios se ha entendido: - Los elementos específicos de los“escenarios públicos” que son incluidos por el público como parte de sus conocimientos, en tanto son incluidos por los medios como parte de su contenido(Wolf 1987:163). - El listado de todo aquello que los medios presentan al público como los temas sobre los cuales se debe pensar, tener una opinión y discutir(Wolf 1987:163). 1 A fines de simplificar las referencias, remitimos la mención que del pensamiento y proposiciones de estos autores realiza Mauro Wolf en su conocido texto sobre diferentes perspectivas de la investigación en comunicación masiva que incluimos en bibliografía. P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 397 - El marco interpretativo producido por la constante difusión de algunos temas que termina por proporcionar al público las categorías dentro de las cuales puede“ordenar” o“ubicar” la información de manera significativa (Wolf 1987:165). - El temario y la jerarquía de temas propuestos por los medios(Wolf 1987:166). Independientemente de la propia hipótesis, de las estrategias de indagación empírica que prohijó y de los resultados más o menos cuestionables que produjo, no puede soslayarse que en ella el establecimiento de la agenda constituye un recurso analítico central para la comprensión del modo de operar de los medios masivos de comunicación. Sin embargo, la categoría elaborada desde esas perspectivas fue descomplejizándose y asimilándose al lenguaje ordinario. Recordemos que, en términos lexicales y coloquiales, el término agenda se aplica a un cuaderno o libreta donde se apunta lo que debe realizarse en un cierto período temporal y que, recurriendo a un anglicismo, hemos adoptado el término como equivalente a orden del día aplicable a reuniones, asambleas y por extensión a zonas de la actividad social, como cuando lo utilizamos para referirnos a la agenda política o la agenda del gobierno, por ejemplo. La noción ya no es utilizada—excepto en caso de indagaciones específicas— para permitir medir, en cierto sentido, la capacidad modeladora de los medios masivos sobre los conocimientos y representaciones de lo real de sus audiencias. Es empleada en el lenguaje mediático y cotidiano para nombrar lo que sería un elemento constitutivo e ineludible de la cultura y la socialidad de nuestro tiempo, acerca del cual pueden distinguirse límites—lo que está o no en la agenda—, postularse rasgos—agendas limitadas, concentradas, únicas, variadas, plurales— e hipotetizar consecuencias—“lo que no forma parte de la agenda de los medios no existe”—, por ejemplo. Como parte del sentido común, la noción se ha vuelto meramente descriptiva y ha perdido capacidad explicativa aun cuando se la utilice con frecuencia en argumentaciones de carácter general respecto del papel de los medios masivos en nuestras sociedades. El adelgazamiento se ha producido en función de dos recortes sustanciales: por un lado, la asimilación de los llamados“contenidos” o elementos de los“escenarios públicos” a los que aludía la hipótesis de la“agenda setting ” a la información periodística o, para ser más precisa, a los temas acerca de los cuales informan los medios. 398 In-disciplinada Por otro, la asimilación de la idea de“marcos interpretativos” al conjunto de opiniones asociadas a la información periodística. Esa transformación de la noción—la transformación de un elemento analítico en un“dato de la realidad”— no ha sido inocua. Porque ya no se trata de interrogar mediante la utilización de un concepto la capacidad modeladora que los medios masivos de comunicación tienen respecto del discurso social, sino que ella es propuesta como la realidad que todos debemos necesariamente compartir. En el último capítulo de uno de los textos paradigmáticos de los estudios culturales ingleses, El campo y la ciudad , de Raymond Williams 2 , encontramos afirmaciones y sugerencias de extrema riqueza acerca de esta cuestión. Reflexionando sobre los procesos de urbanización promovidos en el marco del desarrollo capitalista, sostiene: “[…] actualmente, una cantidad suficiente de personas ha estado viviendo durante un período suficientemente largo en las ciudades para que los nuevos tipos de comunicación lleguen a ser necesarios; y estos, a su vez, revelan, por un lado, la extensión y la movilidad de los procesos industriales y urbanos y, por otro, el modo en que esos mismos medios han sido apropiados y explotados con propósitos capitalistas. Y con esto no me refiero sólo a la publicidad, aunque esa es una deformación específica de la ciudad capitalista. Tampoco me refiero únicamente a la propiedad y los propósitos minoritarios de la prensa. Lo que quiero decir es que asistimos a la conversión de un modo social necesario en formas específicas. Es muy llamativo que, como reacción a la ciudad y a una sociedad y un mundo más profundamente interrelacionados, hayamos desarrollado respuestas habituales a la información, en un sentido alterado. El periódico de la mañana, el programa de radio de las primeras horas, la televisión vespertina, son, en este sentido, formas de orientación que solicitan y confirman, de maneras específicas y limitadas, nuestro sentido social central”(Williams, 2001: 364). Más allá de los cambios tecnológicos que han modificado rutinas y medios empleados, lo que quiero resaltar de la afirmación anterior es esa suerte 2 Tal vez una de las producciones a partir de las cuales más contundentemente puede refutarse la simple y llana asociación de esa perspectiva de estudios con la desmaterialización del proceso cultural y su aislamiento de lo que, como el propio Williams afirmara, constituyó un modo de analizar las consecuencias del desarrollo del capitalismo en la sociedad británica. P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 399 de“alteración” a la que alude Williams. Es que a su entender 3 , frente a la incertidumbre provocada por la vida en un mundo poblado de gente extraña y de fuerzas“aparentemente externas e irreconocibles”, los caminos que se abren a los habitantes urbanos son únicamente dos: o el retiro a la subjetividad profunda en busca de seguridad, o la búsqueda de imágenes, signos, mensajes sociales con los cuales tratan de vincularse como individuos pero a través de los cuales también tratan de descubrir una cierta“comunidad”. Por ello, afirmará que“gran parte de la satisfacción que producen las comunicaciones modernas es este tipo de sustituto de las relaciones directamente reconocibles y transitivas del mundo”; un sustituto al que considera“una forma de conciencia compartida antes que meramente un conjunto de técnicas”(Williams, 2001: 364). Se trata de una conciencia que, según su parecer, no puede ser comprendida “en virtud de analogías retóricas” como una“aldea global”. La distancia entre esa experiencia y cualquier tipo de aldea o comunidad activa y arraigada consiste, a su juicio, en el hecho de que se trata de“una forma de conciencia desigualmente compartida acerca de acontecimientos persistentemente externos”. Se trata de una conciencia constituida a partir de un conjunto “paradójico de relaciones en una sola dirección, que determina por sí mismo qué información y qué noticias consideramos relevantes”(Williams, 2001: 364). Por eso la considera una “forma específica de conciencia inherente a un modo dominante de producción, en el cual, de maneras notablemente semejantes, nuestras aptitudes, nuestras energías, el ordenamiento cotidiano de nuestras vidas, nuestras percepciones sobre la configuración de toda una vida quedan definidos y determinados, en un grado alarmante, por formulaciones externas de una realidad necesaria: esa realidad externa, ordenada—externa porque sus medios están en manos de una minoría— de la cual, durante gran parte de nuestras vidas, nos parece que no tenemos otra opción más que aprender”(Williams, 2001: 365). Me he demorado en exponer estas consideraciones de Raymond Williams porque permiten recolocar la noción de agenda mediática como uno de los dispositivos sustantivos de esa forma específica de conciencia que acepta como necesarias un conjunto de“formulaciones externas” que ordenan no sólo los temas sobre los que debe pensarse y opinarse sino acerca del modo en que ello debe hacerse. 3 Retomando afirmaciones de Wordsworth en su obra poética. 400 In-disciplinada En ese sentido, la agenda mediática es menos un producto—un listado descriptible de temas— que un conjunto de operaciones discursivas cuyo carácter ideológico y prescriptivo queda soslayado. Bajo la apariencia de instrumento necesario para organizar la producción informativa de modo tal de integrar una comunidad asegurándole un saber compartido, se encubren dos rasgos que deben resaltarse. Por un lado, su carácter de orden fabricado según intereses particulares o sectoriales. Por otro, su carácter altamente“desintegrador” en virtud de su capacidad de exclusión de actores, temas, discursos, de la esfera pública. O, al menos, su utilización como potencial recurso de exclusión y deslegitimación, tal como lo ha planteado con precisión Stella Martini, cuando al reflexionar sobre el peso de las modalidades informativas dramáticas en la agenda mediática, indica de qué manera la inclusión en los“casos televisivos” de individuos con evidentes diferencias dialectales respecto de nuestro uso del lenguaje, los convierte irremediablemente en seres discriminados 4 . Pero sin dudas, lo más inquietante a nuestro juicio consiste en esa especie de consenso instalado acerca de que son esas“formulaciones externas”, esas operaciones discursivas realizadas desde los medios y sus agendas, los dispositivos a partir de los cuales debemos aprender; es decir, saber unos respecto de los otros y respecto del mundo en que vivimos Alcances Los resultados de algunas investigaciones que hemos realizado acerca de lo que ofrecen los medios masivos de comunicación a los cordobeses para su vida ciudadana y de las posibilidades de expresión y representación que les brindan para la constitución de una comunidad que se reconoce, que se piensa a sí misma, que debate y propone, ofrecen elementos que fortalecen dicha inquietud. En un estudio desarrollado en 2006 encontramos una suerte de paradoja 5 . Casi un 60% de los cordobeses consideró que a través de los medios masivos poseían suficiente información acerca de lo que sucedía. Sin embargo, un 50% de la misma población reconocía que no podía conseguir 4 Ver su artículo“El sensacionalismo y las agendas sociales” en Dia-Logos de la Comunicación, Nº 55, FELAFACS, Lima, junio de 1999. 5 Se trató de una encuesta poblacional a mayores de 18 años, realizada como parte del Proyecto “Públicos y ciudadanía comunicativa: convergencias y tensiones en la sociedad mediatizada” en el marco del Programa de Estudios sobre Comunicación y Ciudadanía del Centro de Estudios Avanzados de la UNC. P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 401 informaciones sobre las acciones desarrolladas por los poderes ejecutivo, legislativo y judicial de la provincia; un 60% no estaba satisfecho con la información que brindaban los gobiernos municipal y provincial sobre el tema de los servicios públicos y un 70% consideraba que no tenían información sobre algunos temas significativos para ellos como habitantes de la ciudad tales como seguridad, salud y educación. Enfrentados a esa paradoja, elaboramos una manera de interpretarla. Las construcciones que los medios masivos han realizado acerca de la actualidad y lo noticiable han construido performativamente lo que puede aprenderse a través de ellos. Y en tanto con lógica incontrastable reiteran ese orden de lo decible, la población, en su condición de público, se siente mayoritariamente satisfecha con su labor. Sin embargo, cuando la misma población es interpelada en su condición de ciudadanos con derechos frente al poder estatal—es decir como parte de una comunidad a la cual el Estado debe servir e integrar en términos normativos— reconocen mayoritariamente un no saber respecto del cual responsabilizan a los poderes públicos. Porque la información que demandan—sus temas, sus características, su finalidad— no forma parte de las operaciones discursivas constitutivas de la agenda mediática. En otros dos estudios trabajamos la percepción de integrantes de organizaciones sociales cordobesas sobre el papel de los medios en relación con conocimientos y posibilidades expresivas necesarias para el ejercicio de la ciudadanía 6 . En 2003, en el marco de la campaña electoral presidencial, integrantes de sindicatos, organizaciones barriales, de mujeres, de derechos humanos, reconocían que los medios masivos no proveían información apropiada para sustentar sus decisiones electorales: los compromisos políticos-económicos de esos medios y unos cristalizados modos de tratar las cuestiones políticas impedían—según sus experiencias— que ello ocurriese. En 2007, analizando con organizaciones de sectores excluidos social y económicamente 7 sus posibilidades de participación en el espacio público local, estas manifestaban las restricciones que les imponen la mayor parte de los medios masivos, pues lo que se exhibe y encuentran de ellas es una imagen estigmatizada, producida por una mirada que los excluye de la condición de trabajadores para visibilizarlos como estorbo y fuente de peligros. 6 El primer estudio fue realizado en la Escuela de Ciencias de la Información de la UNC como consta en la bibliografía. El segundo fue parte del proyecto anteriormente mencionado. 7 Nos referimos a integrantes de cooperativas de“carreros”, denominación local para la ocupación de“cartoneros” en otros lugares del país. 402 In-disciplinada Ese tipo de resultados—aquí necesariamente sólo consignados como indicadores de una situación más extendida y compleja— nos permiten realizar diversas afirmaciones: - Que existen enormes necesidades de“saber” que involucran necesidades de diversos sectores de poder decir a los demás lo que es y se vive para recrear de otro modo el saber colectivo sobre la sociedad. - Que en general no se demandan cambios a los medios masivos de comunicación porque su agenda se ha naturalizado como aquello posible y admisible por una inexistencia de alternativas o modos diferenciados de producción de la comunicación masiva. - Que en otros casos esos cambios no se demandan—aunque lleguen a imaginarse y desearse— por la convicción existente respecto de cierto estado de la correlación de fuerzas existente en términos materiales y simbólicos que los impide. - Que a pesar de todo ello, la población sigue consumiendo medios—la televisión mayoritariamente— como modo de integración a esa comunidad a la que, en caso de no pertenecer, refuerza las inseguridades y exclusiones existentes. Discusiones y perspectivas Suele afirmarse—y como pocas veces en estos últimos tiempos— la necesidad de rescatar espacios públicos y espacios alternativos de comunicación como lugares de producción diversa de la comunicación que constituiría una condición de posibilidad de otra forma de conciencia en la cual—y parafraseando a Williams— el ordenamiento cotidiano de nuestras vidas y nuestras percepciones sobre su configuración, no quedasen definidos de maneras notablemente semejantes y desde la exterioridad de la experiencia propia sometida a decisiones que están fuera de nuestro control. En lo que respecta a los medios públicos—ya que referirnos a ellos y a los medios alternativos excedería los límites de esta intervención—, esa necesidad puede resultar sólo una expresión de deseos si no se ponen en discusión algunos de los supuestos que suelen sostenerla. En primer lugar, debería discutirse el alcance que se otorga a lo público como carácter o condición de dichos medios. Mientras los medios privados de comunicación son instituciones que pertenecen al grupo que los crea y que desde sus intereses específicos constituye un destinatario que puede P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 403 adoptarlos o no, debería discutirse si se acuerda que los medios públicos —más allá de su propiedad jurídica 8 — son tales porque pertenecen a una comunidad que les preexiste en términos materiales, constituida por todos quienes integran el ámbito institucional en relación al cual ellos existen(la nación, una provincia o municipio, una universidad). Pero, además, que son medios que, en función de esa comunidad preexistente, sólo podrían justificar su existencia en tanto habiliten al fortalecimiento y constante construcción de ese colectivo comunitario. Es decir, en tanto posibilitan que esa comunidad se exprese y reconozca en sus diferencias y coincidencias, en sus gustos, necesidades, intereses y conflictos y que, a partir de ese reconocimiento y el debate que ello suscite, pueda consolidarse y transformarse. En segundo lugar, debería discutirse de qué manera se piensa la inserción de los medios públicos en el sistema comunicativo general de una sociedad. Usualmente, se postula que existen dos modelos para la producción mediática—especialmente para la producción de medios sonoros y audiovisuales—: el competitivo y el complementario. El primero es característico de los medios que persiguen fines de lucro y básicamente implica que disputan los mismos segmentos de audiencia en los mismos horarios. El segundo, en cambio, implica una alternativa de programación para públicos diferenciados. Suele postularse que este modelo tendría una función de contrapeso respecto del primero, y estaría a cargo del sistema público y de otras experiencias alternativas. Esta manera de pensar los modelos de producción mediática que ubica a los medios públicos como complementarios, puede inducir al error de concebirlos acotados a un tipo de prestaciones subsidiarias. Lo que debería discutirse, entonces, es si se acepta esa caracterización o más bien se asume un modelo de complementariedad competitiva . Esto es, pensar que los medios públicos deben constituir un complemento de lo que el mercado mediático ofrece buscando, desde esa complementariedad—es decir, desde su particularidad— competir con los restantes medios negando, de ese modo, cualquier idea de elitismo, subsidiariedad o marginalidad. Porque no se trata de una competencia por fuera de la forma de conciencia inherente al modo hegemónico de producción sino una disputa que asume la necesidad de transformar esa forma de conciencia. Así, la propia noción de competencia se aparta de la lógica mercantil a la que suele asociarse, para vincularse con una lógica política en la que el objeto de la competencia es el poder decir. 8 Nos referimos a la propiedad que pueden tener sobre ellos gobiernos nacionales, provinciales, municipales o instituciones públicas de carácter educativo, por ejemplo. 404 In-disciplinada Sólo de ese modo resultaría pensable una transformación de las agendas mediáticas dominantes e, inclusive, de la propia noción de agenda como guion inmodificable que, incluso, orienta en muchos casos la formación profesional que se desarrolla en nuestras escuelas y facultades. Las necesidades de nuevos saberes y espacios y modos de representación, así como el sentimiento de que ellos no podrán ser satisfechos por el mercado mediático que constatamos en nuestras indagaciones, representan, sin dudas, posibilidades—condiciones favorables— para intentar con éxito renovados sistemas de interpelación, información y constitución de enunciadores. Tal vez el mayor desafío esté dado por la naturalización que se produce constantemente de ciertos modos de producir y por esa suerte de orientación segura que nos provee lo ya conocido. La inclusión de nuevas problemáticas y actores, de nuevos modos de narrar, de nuevas propuestas estéticas, cuyo impacto podría hipotetizarse en términos de novedad, no puede desconocer el carácter modelado y rutinario de la cultura colectiva. Y mucho menos el sentimiento consolidado de que los medios se producen desde instancias distantes de la posibilidad de injerencia de quienes están pensados en calidad de consumidores. En ese sentido, la transformación de las agendas mediáticas dominantes sólo es posible si se revierten los modos de producción. Algo que excede la mera transformación de formatos y temáticas y que, por ejemplo, debe sostenerse en unas nuevas articulaciones entre medios públicos y la comunidad a la cual pertenecen. Son esas articulaciones las que podrían transformar los marcos interpretativos, las jerarquías y prioridades temáticas, las inclusiones de modos de decir plurales y diversos sin exclusiones o exotismos, las confianzas en encontrar lo que se busca porque se es parte del debate acerca de lo que debe ser dicho, visto y oído por todos. Y es en este punto donde reside justamente el viraje conceptual que debemos producir en torno al extendido modo de pensar las agendas de los medios. Dejar de concebirlas como su producto, para asumirlas como construcción colectiva en que, junto con los dispositivos tecnológicos y las operaciones discursivas inherentes a los medios masivos de comunicación, se ponen en juego los intereses, las necesidades y los conflictos múltiples y variados que nos constituyen como sociedad. P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 405 Bibliografía citada MARTINI, Stella(1999) DIA-LOGOS de la Comunicación, “El sensacionalismo y las agendas sociales”, Lima, FELAFACS, Nº 55, pp. 55-65 MATA María C; CORDOBA, Liliana, SGAMINNI, Marcela y otros(2003) Demandas informativas ciudadanas ante la coyuntura electoral, Córdoba, Informe de Investigación ECI-UNC. MATA María C; CORDOBA, Liliana, DEBANNE, Luciano; SEGURA, Soledad y otros (2005), Córdoba, Anuario de Investigación y Extensión 2004-05, “Estrategias para la construcción de agenda desde las organizaciones ciudadanas” , ECI-UNC, pp. 73-78 ORTIZ, Renato(2004). 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Muchas de las acciones colectivas de protesta desarrolladas en nuestro país durante los últimos años tienen como núcleo central el reclamo de algún derecho negado, suspendido o no reconocido por el Estado, lo que ha dado lugar a un tipo de comprensión de la ciudadanía como un modo específico de aparición de los sujetos en el espacio público, caracterizado por su actividad como sujetos de demanda y proposición. De ese modo, y como plantea el mismo Schuster, acción colectiva y ciudadanía quedan fuertemente unidas: “Protestas sociales, movimientos y organizaciones civiles surgen continuamente en el espacio público reclamando al Estado garantías básicas de libertad, seguridad ciudadana, igualdad ante la ley, no discriminación; a lo que se agregan demandas sociales por derechos elementales a la subsistencia, la salud, la educación, pero también por el derecho a condiciones ambientales de resguardo básico”(Schuster, 2004: 73). Y no es porque existen derechos instituidos que existen ciudadanos, sino que la ciudadanía es resultado de ese acto de aparición“litigiosa”(Vermeren, 2001) en el espacio público que implica, siempre, la reivindicación de la * Ponencia publicada en Protesta Social, Acción colectiva y Movimientos Sociales,(edición digital en CD) UBA, UNQ, UNC y otros, Buenos Aires, Argentina ISBN 978-987-24976-2-0, pp.1-15. P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 407 expresión propia,“del nombrar desde sí el mundo particular,” y el acceso a la información entendida como el“saber sobre los asuntos públicos” (Mata, 2006). Es decir, que implica el ejercicio de lo que la tradición política democrática ha denominado derechos a la comunicación pública(libertad de expresión y opinión, libertad de prensa, derecho a la información). Tanto desde los enfoques políticos democráticos liberales como desde los republicanos, esos derechos han sido conceptualizados como constitutivos e intrínsecos a la posibilidad de vida democrática. En nuestras investigaciones empíricas hemos constatado, también, que ellos son reconocidos por amplios sectores poblacionales como derechos fundamentales. 1 Particularmente, el derecho a la información ha dado lugar a un importante desarrollo en el terreno jurídico-normativo nacional e internacional, recientemente revitalizado en el marco de los debates promovidos por la UNESCO en torno a la sociedad de la información . Esas nociones, reconocimientos y desarrollos dejan en el tintero cuestiones que consideramos cruciales para una perspectiva pragmática que articule la dimensión comunicativa en el estudio de la acción colectiva: ¿Cuál es la información necesaria para la acción y la práctica ciudadana?, ¿cuál es el papel y valor atribuido a la información por los protagonistas de esas acciones?, ¿de qué modo los movimientos sociales están demandando, accediendo y construyendo esa información a la vez constitutiva e intrínseca a su práctica?, ¿qué rol juegan los medios masivos en ese accionar? Se trata de cuestiones que necesariamente obligan a reflexionar acerca del concepto hegemónico de información que opera en diferentes ámbitos prácticos y discursivos. II: La información y los medios masivos La asociación de la información con datos mensurables, cuantificables y regulables en diversos tipos de sistemas técnicos está estrechamente vinculada desde sus inicios con los intentos por comprender y hasta predecir los comportamientos sociales, como bien lo demuestran los desarrollos de diversas teorías de la información y/o la comunicación y los usos empíricos del término. 1 Nos referimos a las investigaciones colectivas desarrolladas desde el año 2004 bajo la dirección de la Profesora María Cristina Mata: Proyecto:“Públicos y ciudadanía comunicativa: tensiones y convergencias en la sociedad mediatizada”, primera, segunda y tercera etapa, con subsidio SECYT-UNC(años 2004 a 2007). 408 In-disciplinada En la actualidad, como bien ha planteado entre otros Aníbal Ford (1999), el acopio y procesamiento complejo e instantáneo de información sobre los individuos, los grupos, las instituciones y sus prácticas, suelen presentarse como“una forma de progreso”(Ford, 1999:177). Pero ese progreso tiene las marcas de una desigualdad estructural: “toda una generación de administradores de bases de datos, altamente especializados y de formación principalmente técnica, tiene acceso privilegiado a la recolección y análisis de los datos personales de mucha gente y participan en las decisiones sobre su ulterior uso[…] Al margen quedan los‘infopobres’, condenados a que su identidad sea reducida a una intersección de diversas bases de datos, sin tener el conocimiento ni el poder necesarios para balancear en su favor la brecha informacional”(Ford,1999:210). La mentada brecha informacional no es de ningún modo un fenómeno natural. Es, como todas las desigualdades materiales y culturales, producto de un complejo proceso de nominación de lo real y de distribución de aquello que esa nominación propone como bien valorado. La información—en términos mercantiles y mediáticos— ha sido definida como novedad—datos nuevos que se añaden a lo ya conocido—, como noticia y como registro sistemático del acontecer. Lo significativo es que, en un mundo en el cual la información así definida—y el estar informado — opera como llave de acceso al poder ser y hacer, la circulación de ese bien revela las distancias existentes entre unos y otros. Y no nos referimos a las distancias existentes entre quienes producen la información y quienes la reciben y/o usan—un clásico en los estudios de comunicación— sino entre los diferentes receptores y/o usuarios de la información. Lo que Herbert Schiller(1966) ha denominado información“socialmente necesaria” es un bien escaso en la llamada sociedad de la información . Esta es una cuestión también desarrollada desde una perspectiva diferente por Alain Minc(1995), al referirse a la“mediocridad de la información social”: “Los datos macroeconómicos nos asaltan sin cesar. Tanto es así que hemos terminado por adquirir una mínima cultura económica, a menudo muy a pesar nuestro. Más aún, la realidad económica baña el conjunto de nuestras preocupaciones. En cambio, el ámbito social sigue siendo una tierra incógnita: ni datos globales, ni conocimiento preciso de los sectores afectados, ni información exhaustiva sobre el conjunto del sistema, ni interés de la sociedad P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 409 por una materia que sin embargo determina su vida cotidiana, ni siquiera, en un plano más general, una‘cultura social’ en vías de constitución”(1995:71-72). A lo que se alude en tales reflexiones es a la imposibilidad, para grandes capas de población, de acceder a la información—datos, análisis, opiniones autorizadas, diversidad de interpretaciones— que no sólo de cuenta de las problemáticas que les afectan de manera directa—tanto individual como colectivamente—, sino de las cuales sean protagonistas, vale decir fuentes. O, en otras palabras, a la imposibilidad de acceder a la producción de información propia que pueda ser compartida entre iguales y entre diferentes como expresión de vivencias, necesidades, reclamos y propuestas. Es en esta situación en la que los medios masivos de comunicación y las tecnologías de información juegan un papel que es, a la vez, central y ambivalente, en dos dimensiones(Garretón, 1995). Por un lado, pueden favorecer—o impedir— el acceso de la ciudadanía a la información que resulta indispensable para el ejercicio de derechos en distintos campos(social, económico, político y cultural). Por otro, pueden favorecer—o impedir— el reconocimiento de la pluralidad de formas de vida, derechos y demandas que los ciudadanos y ciudadanas expresan en el espacio público. La centralidad mediática en ambas dimensiones se relaciona directamente con un rasgo de la actual situación socio-cultural: las instituciones tradicionalmente proveedoras de información—como las instituciones educativas, las organizaciones sociales o las propias instancias gubernamentales— han ido perdiendo su jerarquía, reduciendo la información que brindan y, perdiendo, con ello, su carácter referencial para grandes conjuntos de población. Mientras tanto, los medios masivos— especialmente la televisión y la radio, por su enorme penetración y facilidad de acceso material— se convierten en canales privilegiados para la difusión y acceso a datos. Las brechas informacionales no son, por ende, exclusiva responsabilidad mediática. Pensemos en el sistema educativo vigente y veremos cómo la información provista por los manuales de uso corriente para la gran mayoría de alumnos de las escuelas públicas—o las fotocopias con que se los suplanta— no son equivalentes a las compilaciones y fuentes especializadas que tienen a su alcance estudiantes de instituciones que cuentan con mayores recursos económicos. Hace algunos años, en una investigación empírica acerca de las vinculaciones escuela-televisión, la directora de una escuela cordobesa ubicada en un barrio marginal, fue la única que no criticó al medio por perturbar las labores docentes. Por el 410 In-disciplinada contrario, resaltaba que los alumnos de esa escuela sólo conocían algo del país y del mundo a partir de los programas televisivos que proveían no los numerosos canales de TV por cable, sino las limitadas emisiones de los tres canales abiertos de la ciudad. Sin embargo, la centralidad de los medios y tecnologías de información resulta innegable por su capacidad de modelar las ideas acerca del alcance de la noción misma de información y de producir lo que usualmente se denomina agenda informativa , ese dispositivo que más que un conjunto de temáticas priorizadas por los medios masivos, deviene como lo hemos planteado en otras ocasiones, un aspecto constitutivo e ineludible del quehacer periodístico acerca del cual pueden distinguirse límites—lo que está o no en la agenda—, postularse rasgos—agendas limitadas, concentradas, únicas, variadas, plurales— e hipotetizar consecuencias—“lo que no forma parte de la agenda de los medios no existe”(Mata, 2008)—. Pero se trata de un quehacer que excede en mucho a un mero proceder técnico, aunque se lo justifique usualmente de ese modo. Al respecto, decía Raymond Williams reflexionando sobre los fenómenos de la urbanización: “Es muy llamativo que, como reacción a la ciudad y a una sociedad y un mundo más profundamente interrelacionados, hayamos desarrollado respuestas habituales a la información, en un sentido alterado. El periódico de la mañana, el programa de radio de las primeras horas, la televisión vespertina son, en este sentido, formas de orientación que solicitan y confirman, de maneras específicas y limitadas, nuestro sentido social central.”(Williams, 2001: 364). Es que a su entender, frente a la incertidumbre provocada por la vida en un mundo poblado de gente extraña y de fuerzas“aparentemente externas e irreconocibles”, los caminos que se abren a los habitantes urbanos son únicamente dos: o el retiro a la subjetividad profunda en busca de seguridad, o la búsqueda de imágenes, signos, mensajes sociales con los cuales tratan de vincularse como individuos pero a través de los cuales también tratan de descubrir una cierta“comunidad”. Por ello, afirmará que“gran parte de la satisfacción que producen las comunicaciones modernas es este tipo de sustituto de las relaciones directamente reconocibles y transitivas del mundo”; un sustituto al que considera“una forma de conciencia compartida antes que meramente un conjunto de técnicas”(Williams, 2001: 364). Sin embargo, lejos de asociarla con algún tipo de“aldea global” o de “comunidad activa y arraigada”, Williams planteará que se trata de“una P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 411 forma de conciencia desigualmente compartida acerca de acontecimientos persistentemente externos”, en tanto constituida a partir de un conjunto “paradójico de relaciones en una sola dirección, que determina por sí mismo qué información y qué noticias consideramos relevantes”(Williams, 2001: 364). Por eso la considera “(una) forma específica de conciencia inherente a un modo dominante de producción, en el cual, de maneras notablemente semejantes, nuestras aptitudes, nuestras energías, el ordenamiento cotidiano de nuestras vidas, nuestras percepciones sobre la configuración de toda una vida quedan definidos y determinados, en un grado alarmante, por formulaciones externas de una realidad necesaria: esa realidad externa, ordenada—externa porque sus medios están en manos de una minoría— de la cual, durante gran parte de nuestras vidas, nos parece que no tenemos otra opción más que aprender”(Williams, 2001: 365) En suma, un aprendizaje sobre qué debemos informarnos. Sobre lo que la propia información es y sobre lo que somos como individuos y colectivos sociales. III. Información y acción Decíamos al comienzo que en las investigaciones empíricas que hemos desarrollado en el marco del Programa de Estudios sobre Comunicación y Ciudadanía del Centro de Estudios Avanzados de la UNC hemos constatado que la libertad de expresión y el derecho a la información son reconocidos por amplios sectores poblacionales como derechos fundamentales en la vida democrática. Pero esos mismos resultados nos permiten postular una diferencia sustantiva entre las percepciones de la población cordobesa acerca de sus derechos a la información y la comunicación, y las de algunos movimientos sociales de la misma localidad. En términos poblacionales predomina una satisfacción generalizada respecto de la información brindada por los medios masivos de comunicación 2 y, al mismo tiempo, una clara demanda a diversos actores estatales por lo que 2 Según los datos obtenidos en la investigación“Condiciones objetivas y subjetivas para el desarrollo de la ciudadanía comunicativa”, el noventa por ciento de los cordobeses consultados se siente suficientemente informado por los medios masivos. Los resultados de esta investigación están disponibles en http://www.c3fes.net/docs/ciudadaniacomunicativa.pdf. 412 In-disciplinada se considera una escasa información de carácter público. Ello ratifica lo que consideramos es una de las tensiones constitutivas de nuestra sociedad mediatizada: la constitución de los individuos que jurídicamente son ciudadanos y cuya ciudadanía civil, social y política es indisociable de la posibilidad de ampliar y fortalecer la democracia, como públicos. En otras palabras, la tensión entre dos sistemas de interpelaciones que coexisten. De alguna manera, lo que los medios definen como actualidad y agenda informativa pareciera estar adecuadamente cubierta por ellos en una suerte de exitosa interacción entre nociones y necesidades creadas por ellos y mecanismos y materiales propuestos también por ellos para su satisfacción. De lo contrario, no podría explicarse la altísima insatisfacción de la población respecto de la información con que cuentan respecto de los actos de gobierno del Estado provincial y municipal, así como del funcionamiento de los poderes legislativo y judicial. En el mundo de la información que los medios hacen circular, habla el público. En relación con la información pública, parece querer oírse la voz de la ciudadanía. Pero entre los movimientos sociales 3 , el panorama cambia sustantivamente. A diferencia de lo que ocurre en términos de la población, el reconocimiento del derecho a la información y la comunicación supera, en estos casos, la enunciación genérica y aparece asociado a la propia práctica política. En todos los casos, la vinculación entre información y acción colectiva—o, desde nuestra perspectiva, entre información y ciudadanía— reviste una doble dimensión. Por un lado, la información es el saber necesario para poder constituirse como colectivo y diseñar las acciones que se emprenderán desde esa identidad. Por el otro, la información es el dispositivo de presentación ante el resto de la sociedad, mediado por las representaciones hegemónicas de los medios masivos. Esa es la primera conclusión a la que arribamos en una investigación realizada en la ciudad de Córdoba con tres movimientos sociales que, aunque diferenciados en sus niveles de institucionalidad, naturaleza y alcance, han permitido la emergencia, en el espacio público local, de actores y temáticas que amplían los límites de lo hegemónicamente representado y excluido: 3 Un movimiento social es tal si incluye: identidad colectiva, organización, continuidad en el tiempo y extensión en el espacio. Los movimientos suponen, por ende, acción colectiva y, en muchos casos, protesta. Pero la protesta no supone, en cambio, la existencia de un movimiento social. Sobre estas distinciones puede consultarse específicamente Schuster(2006: 48-49). P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 413 H.I.J.O.S,(Hijos e hijas por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el silencio) cuya finalidad central es la lucha por la verdad y la justicia en relación a los crímenes cometidos durante la dictadura militar; la agrupación“Madres de Ituzaingó”, una organización de carácter territorial fundada a partir de la defensa al derecho a la salud y la vida en su zona; y la Cooperativa de Carreros de Villa Urquiza, que nuclea alrededor de 250 familias dedicadas al cartoneo. III.1. La información como saber para la acción Para los trabajadores informales que integran la Cooperativa de Carreros, el acceso a la información contribuye decisivamente a un mejor funcionamiento de la cooperativa, pero también a consolidar el rol que la organización cumple como mediadora entre el barrio, la sociedad y el Estado, en un contexto de carencias socioeconómicas extremas. Por eso, lo que necesitan saber, la información que demandan, se relaciona con la planificación familiar, la alimentación, la educación, y con la propia organización de la cooperativa. Una información que no es, ciertamente, la que proveen los medios masivos de comunicación. El relato de sus estrategias organizativas, del modo en que han conseguido nuclearse y hacer frente a las adversidades que sufren, es en parte el relato de varios aprendizajes: la adquisición de conocimientos sobre salud para poder interactuar con los funcionarios de dispensarios y centros sanitarios e incluso para poder sustituirlos; la adquisición de conocimientos sobre alimentación para utilizar los desechos que recogen y convertirlos en fuente de nutrición; la adquisición de conocimientos administrativos para que su cooperativa funcione, entre otros muchos saberes. Pero en esos aprendizajes la información es siempre un bien escaso. Por un lado, porque son pocos quienes actúan para ellos como proveedores de esa información. Por otro, porque en muchos casos, los universitarios, los integrantes de organizaciones no gubernamentales o los funcionarios que poseen esa información son incapaces de interactuar con sus saberes previos; es decir, incapaces de reconocer su habla. Los integrantes de la Cooperativa de Carreros relatan diversas situaciones en las que es evidente que la lógica de la burocracia estatal actúa como filtro, impidiendo el acceso a la información requerida; es decir, negando el derecho ciudadano a la información. Los procedimientos, los códigos de relación y los lenguajes de las agencias estatales provocarían opacidad y profundizarían la exclusión: 414 In-disciplinada “Uno no se sabe expresar, ni tampoco sabe entender cómo el otro se expresa porque nosotros hablamos así...” “Ellos te salen con esas frases, con esas palabras que uno no las conoce, no las entiende...” La forma de contrarrestar esta opacidad—que no es planteada como la negación de un derecho por parte del Estado— remite al establecimiento de relaciones personales con funcionarios o agentes públicos, que son capaces de“entenderlos” o“ponerse en su lugar” y que, a partir de ello, les brindan datos relevantes para su organización—por ejemplo, la existencia de financiamiento para emprendimientos cooperativos, programas de salud a los que pueden acceder, entre otras—. Para los carreros, las organizaciones no gubernamentales(ONGs) son otra de vía de acceso a la información. Sin embargo, plantean que muchas veces no encuentran respuestas a sus necesidades. Consideran que las instancias denominadas de“fortalecimiento comunitario” son poco útiles a su accionar, a la vez que reconocen como positiva toda la información y el apoyo técnico que asiste a la consolidación productiva de la organización. Por último, para los integrantes de la Cooperativa, la universidad y los universitarios son una vía de información y capacitación. Valoran, centralmente, las intervenciones de los estudiantes de medicina que“se arrimaron a la cooperativa” . Pero a su vez consideran que la universidad no prepara a los egresados para trabajar en su barrio, y encuentran grandes dificultades para comunicarse: “Todos los años me llevan los chicos que se van a recibir de médicos, hacen las prácticas, yo les hablo y les digo que aprendan cómo somos nosotros los pobres para que los atiendan bien... Se reciben de médicos, pero nuestra realidad no la saben”. En el caso de las Madres de Ituzaingó, la información ha sido central en su motivación y consolidación organizativa. La sospecha primero—y la certeza después— de que las enfermedades que sufrían sus hijos y sus vecinos provenían del uso de agroquímicos 4 era una realidad negada, escondida, que debía ser revelada. Por eso, en este caso, la información fue un elemento 4 El barrio Ituzaingó Anexo está ubicado en las afueras de la ciudad de Córdoba, rodeado por campos de soja que son regados, periódicamente, con endosulfán y glifosato. Actualmente, de los cinco mil habitantes del barrio, doscientos padecen cáncer. El 30 de diciembre del año 2008, casi una década después de las primeras denuncias realizadas por las Madres, la justicia cordobesa ha prohibido que se fumigue en las cercanías del barrio. P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 415 clave en su constitución como litigantes frente al poder. Se trataba, en este caso, de una información particular, que involucra conocimientos científicos y técnicos, y cuya obtención y puesta en público fue parte central de su lucha: “¿Qué se reclama? Que se sepa lo que pasa en el barrio… Porque todavía no sabemos; sabemos y no sabemos”. Como ellas indican, mientras algunos actores colaboraron en esa búsqueda de información relevante, otros limitaron y entorpecieron su tarea: “(…) en todo lo que se refería al Estado, en todas las jurisdicciones municipal, provincial, nacional, hemos recorrido todo, se fue acercando gente, voluntariado o hubo organizaciones. Cada uno con sus intereses, eh… porque vinieron a ayudar, pero otros vinieron a hacer sus prácticas y sus experiencias acá en el barrio, se llevaron la información y no volvió[…] Venía gente, elaboraba proyectos, o hacía trabajos, y después lo presentaban como si fueran de ellos y en realidad nos sacaron toda la información a nosotros porque era nuestra”. En este caso, el Estado(con relativas diferencias a favor del municipio por sobre la provincia) ha actuado como un poder que no sólo ha negado su responsabilidad de producir información sobre una problemática que afectaba la salud de gran cantidad de ciudadanos y ciudadanas, sino que obstaculizó el acceso de las Madres a la información pública existente recurriendo, insistentemente, a dos estrategias combinadas: la invisibilización del problema y la deslegitimación de la información producida/obtenida por las Madres por otras vías: “(…) Salíamos nosotros diciendo“acá la gente se está enfermando, tiene leucemia, tiene púrpura, los chicos están enfermos, tienen diarrea, gastritis, tienen de todo, tenemos…” Y viene el señor ministro de salud y dice”acá no pasa nada” ¿A quién le cree la gente?, ¿a unas locas que, como nos decían así, unas locas que no han estudiado y que no saben nada?, ¿o al señor Ministro?” La universidad y el sector científico tampoco han sido aliados de las Madres en esta búsqueda y construcción de la información que les permitiera defender su derecho a la vida: “Te da bronca muchas cosas, te da bronca que estando en la universidad no se haga nada, porque la universidad es la que tendría 416 In-disciplinada que, como institución, movilizar un poco más[…] Los mismos que están formando a los demás no saben lo que está pasando. Porque el médico no sabe lo que es el endosulfan”. “Porque no saben, los mismos médicos no saben[…] a nosotros nos dijeron que nos estábamos enfermando porque éramos pobres, porque comíamos mal”. Por eso, son otros movimientos sociales los que han funcionado, en el caso de las Madres, como fuentes centrales de información relevante para su accionar colectivo. Tanto para acceder a información sobre la problemática específica, como para dar a conocer el problema, sus vínculos con el Grupo de reflexión Rural—ingenieros agrónomos que trabajan críticamente sobre el uso de los agroquímicos—, el Movimiento Campesino de Santiago del Estero, el Movimiento Campesino de Córdoba, y la participación en encuentros como la Asamblea Mundial de la Salud de los Pueblos, han resultado para ellas las instancias más significativas para valerse de la información que les permitió enfrentar al poder en la arena pública judicial, gubernamental y también mediática. M1:“[…] si nos decían“tienen endosulfa n”, ir a buscar que era el endosulfan, lo que producía el endosulfan, todo, todo. O sea, vamos delante de los… M2: Científicos M1: De las personas que saben, nosotros también sabemos, ¿entendés? No nos pueden decir“el endosulfan… no tiene nada; no les va a pasar nada”. M2: Y esto yo creo que pasa porque el contacto con tantas organizaciones, yo creo que uno tiene esta metodología o política hacia la gente. No los que dirigen sino la gente común, de educarla para que avance en ese sentido, porque también es parte de lo mismo[…]” Junto a esto, sus acciones directas en el barrio para registrar los casos de enfermedades en las zonas donde los relevamientos ordenados por el gobierno provincial omitieron llegar,“las diez manzanas del fondo del barrio, donde estaba la mayor cantidad de gente enferma”, constituyen su principal capital informativo. En el caso de H.I.J.O.S., se plantea la existencia de diferentes niveles y tipos de información necesaria para su funcionamiento organizativo y para el logro de sus objetivos. P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 417 Por una parte, un tipo de información pública que está en poder de organismos estatales. A esta información pública la dividen en dos tipos: accesible e inaccesible. La accesible es aquella que obtienen por ser parte litigante de los juicios por violaciones a los derechos humanos que llevan adelante: “Somos parte de un proceso judicial. Tenemos acceso a la información que necesitamos, en ese tema no hay problema”. La información pública inaccesible es aquella información igualmente útil (por ejemplo, las listas de policías en actividad que actuaron durante la dictadura, o la documentación que generaron las fuerzas de seguridad y las Fuerzas Armadas en ese período), que definen como “ impenetrable ”. Pese a manifestar explícitamente que está entre sus derechos reclamar al Estado el acceso a esa información, plantean que ello“puede entorpecer otras búsquedas” y que, por lo tanto, es una decisión política de la organización no solicitar esa información por el momento. Por otra parte, consideran que hay otro tipo de información, que también es pública, pero que no está en manos del Estado, sino que proviene de“otras fuentes”: una suerte de memoria oculta que de hacerse pública, contribuiría a dar respuestas a preguntas que son fundamentales en su lucha: “¿Dónde están los desaparecidos?, ¿dónde están las fosas comunes?, ¿dónde están los archivos de la represión?, ¿dónde viven los milicos libres hoy?, ¿dónde están los chicos apropiados?” III.2. La información como dispositivo de presentación/representación Decíamos que los movimientos sociales que participaron de esta investigación también consideran la información como un dispositivo de presentación/ representación del que depende, en buena medida, su legitimación ante el conjunto de la sociedad. Con diferentes niveles de reconocimiento acerca del carácter estructurante que ha adquirido el proceso de mediatización, lo constante es la certidumbre de que la información que difunden los medios masivos no es inocua, ni neutral ni unívoca y que de ella depende, en gran medida, el reconocimiento público de su demanda. En el caso de la Cooperativa de Carreros, se plantea como central la discrepancia entre la información que circula entre la población—producida y/o difundida en gran medida por los medios masivos— y la información que los carreros quisieran que se difunda en torno a su identidad. Es decir, la 418 In-disciplinada discrepancia que existe entre sus duras condiciones de vida y de trabajo —al margen de todos los derechos ciudadanos— y el estigma edificado a partir de esa condición. Su experiencia como trabajadores informales que desarrollan su tarea en las calles de la ciudad resulta definitoria para la percepción de esa distancia, que pone en duda su propia identidad: “No nos ven como trabajadores, personas que nos levantamos todos los días para laburar. Nos ven como un estorbo que anda rompiendo las bolas y haciendo basurales”. “Si la gente mira de otra manera, es la única forma que nosotros vamos a tener para avanzar; porque si nos siguen mirando como un estorbo, bueno, vamos a seguir siendo un estorbo”. Perciben que los medios de comunicación, antes que ámbitos de construcción ciudadana, producen y reproducen las representaciones condenatorias/ admonitorias sobre su trabajo, reforzando las marcas de la exclusión y la marginación: “La televisión discrimina también. Cuando escuchas al noticiero te dicen:“uy, mirá, andan los carreros con los chiquitos en el carro”, y te hacen quedar como una mala persona que anda con sus hijos en el carro. Eso hace que la gente nos mire mal. Porque si la televisión dijese`”os carreros son personas luchadoras, trabajadoras, que andan con sus hijos trabajando porque es lo único que tuvieron…” Si bien los carreros asumen que los medios construyen el espacio público, y que buena parte de la legitimidad de los grupos y las prácticas urbanas se dirime en la TV, insisten en que, en su caso, la visibilidad mediática actúa como amplificadora del estigma. Por eso, aun cuando visualizan al espacio público mediático como un lugar para ser escuchados y demandar por sus derechos, saben que allí sólo pueden expresarse mediante intervenciones directas(cortar calles, quemar gomas o hacer ollas populares) emprendidas con el objetivo de obtener la cobertura mediática para“ser escuchados ” y comunicar públicamente sus necesidades: “Sería más lindo poder hablar, decir lo que hace falta y las necesidades que tenemos sin llegar al extremo, a quemar gomas”. En los bordes de la exclusión, los carreros se constituyen como actores colectivos desprovistos de las convenciones expresivas que la sociedad demanda para admitir las interacciones y la legitimidad de los interlocutores en una situación de comunicación normalizada. Por eso, en este grupo, P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 419 el derecho a la comunicación está relacionado con la aspiración a su reconocimiento como“trabajadores y personas”; al reclamo de una visibilidad que les permita ser tenidos en cuenta, escuchados, comprendidos en su propia vo z ; y al deseo de difundir un relato que dé cuenta de sus padecimientos, esperanzas y proyectos: “Pienso que si los medios lo hacen(difunden el proyecto), va a llegar un poco más a la sociedad que ir puerta a puerta. Porque vos vas puerta a puerta y la gente te escucha, toma el folletito, pero no lo va a tomar tanto como si fuera público, porque cuando es público lo ven con otra cara, con otra lente ” (En referencia a la difusión de un proyecto de reciclaje de papel que impulsa la Cooperativa). Para las Madres de Barrio Ituzaingó, la presentación pública de su problemática reviste un carácter fundamental, que va más allá de la construcción de su propia legitimidad: la construcción de soluciones concretas que se puedan demandar al Estado depende de la colectivización del problema con todos los vecinos del barrio. Pero cuando se les consulta sobre posibles estrategias para instalar la problemática de la contaminación desde la mirada de los propios afectados, ellas señalan una limitación principal: los medios masivos, en tanto instituciones formadores de opinión que, al mismo tiempo, son empresas con intereses políticos y económicos, vinculadas al poder: “Los medios — decían las Madres de Barrio Ituzaingó — hacen la denuncia tatata[…] Al lado, lo ponían al señor ministro, que decía “no pasa nada”, ¿entendés? Venía la denuncia y el descargo de los demás y ahí quedaba todo…” “Porque el medio te pasa la noticia, digamos, y nosotros queremos expresar por qué está pasando esto y las consecuencias de la fumigación. Y ellos directamente pasan“hay un caso de cáncer atribuido a los agroquímicos”, lo espectacular digamos, pero no explicando(…) porque es lo que mantiene la economía del país”. Es decir, si bien no hay un reconocimiento explícito de la comunicación como derecho que puede ser demandado, sí hay una reflexión en torno al poder que estaría imposibilitando su ejercicio: los medios. “Qué complicado. Yo creo que tendríamos que cambiar todo, es la única forma, porque todo responde a lo que vivimos, cómo 420 In-disciplinada está organizada esta sociedad, ¿no? Que lo único que interesa es abaratar costos y maximizar ganancias; y los medios son parte de ello, porque incluso son los formadores de opinión, algunos medios son más formadores de opinión que otros pero… entonces todo eso influye en la gente. La televisión te vende un montón. Yo creo que no toda la gente debe leer los diarios, pero la televisión y la radio…” En cuanto a los periodistas, las representaciones son contradictorias. Por un lado, se presenta la idea construida por los propios profesionales de los medios de que para ser objetivos y conservar su independencia es necesario mostrar las distintas versiones de los hechos,“mostrar las dos campanas”. Por otro lado, plantean que los periodistas saben lo que está sucediendo en el barrio y que, en ese marco, entienden a qué sectores benefician o no con el tratamiento que ofrecen de cada problemática. “Y mirá, el problema está en que a veces te da ganas de ahorcarlos […] Porque a veces vos decís una cosa y te salen con otra. Y cuando están escribiendo… o vos estás hablando y te pasan una frasecita que no tiene lo anterior y lo último y vos decís“Pero yo no dije eso solo” y dan a pensar mal de la gente...” Cabe destacar que sí se reconoce, en cambio, la labor diferenciada de algunos medios y periodistas de nuestra ciudad: las radios La Ranchada, Sur, Revés y Nacional; los sitios web PrensaRed e Indymedia, entre otros, que no son vistos por las Madres sólo como canales de difusión sino también como espacios de encuentro e información: “Los de Prensared nos han bajado artículos que ellos han conseguido, fueron muy buenos. Por ejemplo, del glifosato, que todo el mundo dice que no hace nada …” En el caso de H.I.J.O.S., la comunicación y la información también tienen una relevancia central y se llevan adelante en el marco de fundamentos teórico-conceptuales consistentes, habida cuenta de que muchos de sus integrantes tienen estudios universitarios en comunicación social. Esto se materializa en la creación de un área específica de comunicación encargada de la producción de materiales informativos, la creación y mantenimiento de la página web de la organización y, fundamentalmente, del establecimiento de relaciones planificadas con medios y periodistas. Los miembros de la organización reconocen comunicarse con la sociedad, principalmente, a través de los medios masivos de comunicación. Esta P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 421 relación, sin embargo, ha variado en el tiempo, y repercute tanto en los modos de entender la comunicación, como en los vínculos que el grupo entabla con los medios y con otras organizaciones de la sociedad civil. En cuanto a lo primero, se observa un desplazamiento de los sentidos acerca de aquello que constituye una práctica comunicativa. En la actualidad, esta se define principalmente en función de la visibilidad que el hecho o la noticia tenga en los medios. Curiosamente, otras formas de comunicación no mediáticas propias de la organización, tales como los escraches o las charlas en escuelas, que fueron centrales en la práctica de la organización, no son mencionadas sino hasta que se pregunta directamente por ellas. Las razones quizás deban buscarse en la creciente visibilización y legitimación pública que la discusión sobre los derechos humanos ha tenido en los últimos años. En relación al vínculo que H.I.J.O.S. establece con los medios, concuerdan en que, en la actualidad, estos producen informaciones vinculadas a la organización que tienen un sentido“bastante cercano” a la visión que ellos mismos proponen. También consideran que los medios de comunicación de Córdoba les otorgan un lugar de importancia como interlocutores legítimos y fuentes de información en todo lo referido a derechos humanos. Esto es el resultado de un trabajo sostenido en el tiempo por la organización, que produjo un cambio en el modo en que los medios la consideran: “Hoy, en Córdoba, los medios nos ven como interlocutores válidos para pensar, para reflexionar sobre determinados temas. O sea, hoy habría una acumulación legitimada en la que H.I.J.O.S dejó de tener esa imagen de jóvenes revoltosos que solamente hacían escraches y hoy es una organización de la sociedad civil que trabaja en temáticas de derechos humanos”. Esta nueva situación es atribuida a dos factores: por una parte al cambio de estatus que desde 2003 ha tenido en la agenda pública todo lo relativo a la temática sobre violaciones a los derechos humanos ocurridas durante la última dictadura militar y, por otra, a una estrategia política propia de la organización“con los medios de comunicación y con los comunicadores” que surge como resultado de evaluar lo más conveniente en cada oportunidad: “A la hora de hacer una noticia, evaluamos y definimos a qué medio se la damos[…] si hacemos una conferencia de prensa con todos los canales de televisión o si primero lo rebotamos en un medio gráfico”. 422 In-disciplinada Esto se basa en una particular conceptualización del sistema de comunicación social en el cual los medios no son vistos como estructuras monolíticas o herméticas sino como lugares en los que pueden producirse fisuras y permear información. Hay en ello una relación pragmática con los medios de comunicación, en función de sus intereses concretos como organización. A partir de las transformaciones señaladas, los entrevistados consideran que hoy“la disputa no está en la visibilización sino en el sentido”. Es por ello, que dedican un tiempo importante a la discusión sobre“quien habla, cómo se dice lo que se dice y qué se calla” en función de no producir malas interpretaciones, dando por descontadas las posibilidades de aparición en la escena pública. IV. Conclusiones Los diversos niveles y sentidos que la noción de información adquiere en las experiencias analizadas ponen de relieve los límites de las pretensiones de encerrarla en modelos matemáticos. Pero, también, muestra los contornos difusos de su definición, dada su asociación con otros conceptos relevantes: conocimiento, saber, comunicación, interacción. Y es que, despojada de sus reminiscencias instrumentales y estadísticas, la información no puede desvincularse de la memoria y la cultura de los sujetos. Junto a su reconocimiento jurídico formal, el ejercicio del derecho a la información involucrará capitales simbólicos, niveles de institucionalización, recursos económicos, y legitimidades preexistentes. Las tres experiencias han mostrado la centralidad de la información para el desarrollo de prácticas y reivindicaciones ciudadanas, a la vez que indican que, más allá de la consideración formal de esos derechos(tanto en la constitución provincial como en la nacional), las dificultades en el acceso a la información pública son categóricas ¿Qué indica, si no, la enorme tarea de las Madres de Ituzaingó relevando ellas mismas las manzanas del barrio para poder mostrar que efectivamente el problema de salud no era aislado; para poder decir, fundadas en datos, que en barrio Ituzaingó el Estado no garantiza el“derecho a la vida”?, ¿o qué indica si no el reconocimiento, por parte de H.I.J.O.S., de que existe una información pública que es, contradictoriamente, inaccesible?, ¿o qué implica, por ejemplo, el desconocimiento por parte de los carreros, de numerosas políticas públicas que podrían favorecer sus proyectos cooperativos? La información como saber se revela, por ende, como un bien concentrado en ámbitos y actores P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 423 poco dispuestos a garantizar su publicidad. Y esto vale, y no dejamos de decirlo con dolor, también para la universidad pública y sus investigadores. Por otra parte, el carácter ambivalente de los medios en relación con la ciudadanía, en sus dos dimensiones—como ámbitos para la información y como lugares para el reconocimiento— aparece relativizado en el contexto de las experiencias estudiadas. Por un lado, y en cuanto a la obtención de información relevante, ninguna de las organizaciones estableció a los medios como una fuente de información significativa. Muy por el contrario, abundaron las críticas a los modos superficiales con que suelen tratarse las cuestiones y se señalaron las vinculaciones explícitas entre intereses mediáticos e intereses económicos y políticos. Por el otro, relacionado con el papel de los medios en la visibilización pública, la cuestión adquirió mayores matices. Quienes han ganado en institucionalidad y en recursos parecen mantener con los medios un tipo de interacción que sería productiva o funcional a sus propios fines. De parte de los sujetos—no desde los medios— se prioriza establecer un vínculo marcado por una intencionalidad estratégica que, desplegando diversas tácticas, pretende garantizar esa funcionalidad. Los medios, fieles a una lógica productivista y mercantil, darán lugar a esas tácticas en tanto y en cuanto no alteren sus propios cánones de producción informativa(celeridad, novedad, espectacularidad). Sin embargo, lo que un movimiento como H.I.J.O.S. parece decirnos es que esos cánones no siempre serán contradictorios con la lucha ciudadana y que, en muchos casos, resultarán asimilables en el marco de sus propias estrategias. Para quienes ostentan, en cambio, las marcas de la exclusión y una mayor marginalidad, los medios son un poder más al cual enfrentarse para emerger ciudadanamente. Son, antes que un aliado o una herramienta, un otro poder a resistir. Pese a la importancia de estas distinciones, y a la necesidad de continuar su exploración empírica, hay un rasgo común que perturba nuestras esperanzas y que, en el cierre de estas reflexiones quisiéramos explicitar: en ninguno de los casos, aunque las razones sean distintas, los medios se reconocen como un nuevo ámbito para el ejercicio de la ciudadanía. Es decir, como un ámbito frente al cual posicionarse como sujetos de demanda y proposición, como sujetos de derecho. De alguna manera, la inquietante pregunta que Manuel Garretón dejara planteada hace ya más de una década aún espera ser respondida:“¿Cómo se es ciudadano frente a un medio de comunicación?” 424 In-disciplinada (Garretón, 1995: 107). El pasado treinta de diciembre, en un fallo inédito, la justicia cordobesa prohibió la fumigación con glifosato y endosulfán a menos de quinientos metros de zonas urbanizadas, por considerar que eso viola la Ley Provincial de Agroquímicos y constituye un delito penal de contaminación ambiental. Bajo la figura de“contaminación dolosa del medio ambiente de manera peligrosa para la salud”(Aranda, 2008), el fiscal de Instrucción del Distrito III, Carlos Matheu, ha procesado a los productores, sentando precedente para todo el país. El fallo de la justicia y la Ley se sustentan en la misma información que las madres de Ituzaingó lucharon por construir y revelar. Esa información que, en manos de la ciudadanía, se muestra como un arma categórica para el ejercicio y conquista de derechos. Las decenas de grupos que actualmente se organizan contra los agrotóxicos sojeros se verán fortalecidas por el camino recorrido por las madres. Un camino que no es sólo político y judicial, sino también mediático. El ingreso del tema a la agenda pública ha obligado a los medios a hablar del fallo, de los agrotóxicos y de las madres, demostrando que la producción de información socialmente relevante también es un modo, una estrategia, para la ampliación de la agenda mediática. Y mostrando que, en la construcción de esa“conciencia compartida” que hace posible la“comunidad”(Williams, 2001:364), las imágenes, los signos, y los mensajes de la ciudadanía adquieren el peso revelador y libertario de las palabras que el poder pretende silenciar. Bibliografía y fuentes consultadas Aranda, D.(2008)“El veneno que asoló el barrio de Ituzaingó”, nota publicada en el diario Página 12, 12 de enero de 2009. Disponible en http://www.pagina12.com.ar/ diario/elpais/1-118075-2009-01-12.html .[Consultada el 26 de enero de 2009]. Ford, A.,(1999): La marca de la bestia , Buenos Aires, Norma. 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Minc, A.,(1995): La borrachera democrática , Madrid, Temas de Hoy Vermeren, P.(2001):“El Ciudadano como personaje filosófico” en Quiroga, Villavicencio y Vermeren(comp.) Filosofías de la ciudadanía. Sujeto político y democracia, Homo Sapiens, Rosario, 2ª Edición. Schiller, H.,(1966): Information Inequality, Londres, Routledge. Schuster, F(2005):“Las protestas sociales y el estudio de la acción colectiva” en Schuster F, Naishtat, F y otros(Comp)(2005): Tomar la palabra. Estudios sobre protesta social y acción colectiva en la Argentina contemporánea , Prometeo, Bs.As. Williams, R.,(2001), El campo y la ciudad, Buenos Aires, Paidós. 426 In-disciplinada Ciudadanizar las políticas de comunicación: los nuevos desafíos (2010) * Hace algunos años, reflexionando acerca del horizonte de los debates en torno a las políticas de comunicación en América Latina, Sergio Caletti (2007) advertía en ellas una“relativa autonomización respecto de otros contextos de lucha social y política” y sus dificultades para alzarse más allá de sus posibles alcances en el terreno del ordenamiento jurídico del Estado y su administración, su reposar casi exclusivo en una noción de política “como aquello que es propio de los institutos de gobierno y su ámbito de iniciativa”(Caletti 2007, 64). Para fundamentar esa polémica consideración, Caletti aludía a un conjunto de cuestiones político-culturales que, a su juicio, dibujan actualmente un contexto diferente al que daba marco al debate sobre políticas de comunicación durante los años setenta. Por un lado señalaba que, mientras en aquellos años existía claridad en torno a los“sin voz” que reclamaban tenerla y que eran, por así decirlo, los sujetos destinatarios de la inclusión de las políticas por las que se batallaba en el terreno de la comunicación, el panorama actual resulta opaco e incierto en varios sentidos:“No creo que tengamos hoy—afirmaba— una mínima claridad respecto de cuáles son las voces excluidas de los medios, ni de cuáles son los modos sutiles de exclusión que componen el escenario, así como los modos de aparente inclusión”(Caletti 2007: 65). Por otro lado, y más grave aún, Caletti consideraba que existe una suerte de aislamiento entre las batallas“comunicacionales” y sus posibles pero inciertos destinatarios, lo que le lleva a preguntar:“¿nos acompañan ellos en la lucha?, ¿les importa que ganemos?”(ídem). En el mismo panel del III Congreso Panamericano de Comunicación en el cual Caletti formulara esas consideraciones, Antonio Pasquali—uno de los pioneros latinoamericanos en la reflexión y acción en pos de políticas democráticas de comunicación— afirmaba de manera sencilla y contundente: “Las libertades que no liberan y son acaparadas no sirven a la causa de la integración, la solidaridad y la paz entre los hombres”(Pasquali 2007: 79). * Artículo publicado originalmente en Gustavo Cimadevilla y Doris Fagundes Haussen(orgs.) La Comunicación en tiempos de crisis, II Coloquio Argentina-Brasil de Ciencias de la Comunicación, Universidad Nacional de Río Cuarto, Universidad Nacional de Cuyo y FADECCOS. Río Cuarto, Argentina, ISBN 978-950-665-606-5. pp. 27-35. P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 427 Los dos planteos me resultan fructíferos para reflexionar acerca de la politicidad, de la capacidad emancipatoria de las políticas de comunicación —como campo de conceptualización y de intervención—, porque hacen centro en algunas cuestiones que venimos constatando en diversas investigaciones empíricas: la existencia de lo que podríamos llamar“libertades acaparadas que no liberan” en el terreno de la comunicación porque se trata de libertades que difícilmente se asocian con el campo más amplio de otras libertades confiscadas. En nuestras investigaciones hemos constatado que la población de Córdoba reconoce ampliamente la existencia de la libertad de expresión, el derecho a opinar y a informarse. Aun sin conocer el alcance de normas constitucionales y tratados internacionales, se tiene conciencia de que es inherente a las personas o al ciudadano el poder hablar, opinar, preguntar. Una conciencia que crece a nivel de las organizaciones sociales que reconocen la importancia que tienen esos derechos para su propia acción. Una conciencia que se expresa, además, en la convicción de que esos derechos no se cumplen y que existen, en nuestra sociedad, visibles desigualdades en materia de posibilidades expresivas y de conocer. Sin embargo, se trata de un reconocimiento de libertades sustentadas en derechos que no liberan, es decir, que no se traducen en efectivo y eficaz ejercicio porque, sustantivamente, han sido acaparadas por unos pocos. Acaparadas hegemónicamente por un mercado que tiene a su servicio marcos legales y condiciones macroeconómicas altamente beneficiosas. Pero también acaparadas por gobiernos que, empleando diversas estrategias, utilizan el poder que la ciudadanía les concede con su voto, usufructuando a favor de su propio sostenimiento y del sostenimiento de los sectores con mayor capacidad de presión económica y política, los bienes que deberían favorecer la expresión igualitaria y plural de la sociedad. Se trata, por lo demás, de una apropiación que ha perdido su carácter de tal en tanto se ha ido naturalizando y legitimando sin perjuicio de su mayor o menor legalidad. Así como la institucionalización de derechos y de regímenes democráticos no ha garantizado históricamente ni garantiza hoy condiciones de justicia e igualdad para todos, la consagrada libertad de expresarnos, de preguntar y obtener respuestas, de opinar, cuya negación jurídica resultaría hoy inaceptable en sociedades democráticas, se niega en los hechos, cotidiana y sistemáticamente para la mayoría. 428 In-disciplinada Sin embargo, mientras la confiscación de otros derechos—la posibilidad de trabajar, de tener salarios dignos, de contar con servicios básicos adecuados, de poder decidir sobre nuestra sexualidad, sobre el ambiente en que se desea vivir, para indicar algunos entre tantos— genera en nuestra sociedad la movilización de los afectados—sean actores clásicos organizados sindicalmente, o actores que emergen nucléandose de variados y renovados modos—, los derechos de comunicación no suscitan similares iniciativas. O al menos, no las suscitan del mismo modo en tanto parecieron quedar reservados—desde la recuperación del régimen democrático tras la dictadura militar— a algunos entendidos en el tema, a ciertas agrupaciones profesionales del sector, o a medios alternativos, que disputaron y todavía disputan desde los márgenes de la legalidad en que los coloca la ley de radiodifusión de la dictadura el derecho a ser parte del sistema comunicativo nacional. Es decir, reservados a especialistas o a quienes desde ciertas instancias laborales o de opción político-cultural, reconocen la comunicación como terreno de acción. 1 Contra toda voluntad de simplificación—seguramente existen muchas razones que deberíamos indagar en cada realidad—, no creo arriesgado plantear dos hipótesis al respecto. Una se la debo a Paul Virilio, quien considera que los medios masivos de comunicación son“la única de nuestras instituciones capaces de funcionar al margen de todo control democrático eficaz, ya que cualquier crítica independiente dirigida contra él, cualquier solución de recambio, son desconocidas por el gran público, simplemente porque no tienen ninguna posibilidad de ser difundidas con amplitud y, por consiguiente, de alcanzarlo”(Virilio 1996: 11). La otra es fruto de reflexiones propias acerca de la lenta pero sistemática modelación técnica y cultural que convirtió a nuestras sociedades en sociedades de públicos(Mata 2001: 183-199). Es decir, sociedades organizadas, entre otras lógicas, a partir de la diferenciación, de la separación de funciones entre profesionales de los medios masivos—profesionales del decir, bajo diferentes modalidades— y audiencias. Esa diferenciación que fue naturalizándose como rasgo característico de la cultura moderna escamotea, tras la legitimidad que adquirieron las tecnologías, las profesiones y las instituciones especializadas, la confiscación de la posibilidad de decir y 1 Un caso paradigmático lo constituye en este sentido la constitución y labor de la“Coalición por una Radiodifusión democrática” que incidió sustantivamente en la decisión gubernamental de elaborar y presentar, en marzo de este año, un anteproyecto para una nueva Ley de Servicios Audiovisuales. P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 429 de preguntar, de opinar y saber de todos, que justamente la modernidad prometía tanto en términos tecnológicos como de secularización y democratización de la sociedad. Tras los beneficios del estar informado y del estar entretenidos en la propia casa, la condición de público ahogó los derechos. Actualmente, tras los avances tecnológicos, la naturalización del proceso de apropiación se refuerza bajo la forma de una presunta reunificación de las funciones productoras y receptoras ya que, mediante un simple dispositivo, cada uno de nosotros, simplemente aceptando las invitaciones a participar, podemos convertirnos en periodistas… De ahí que no extrañe constatar, en nuestras investigaciones, que por muchos reparos y críticas que algunos individuos y organizaciones lleguen a formular al actual sistema de medios, se viva como imposible una acción alteradora de la situación. O más aún, que las desigualdades existentes en el terreno de la comunicación, se adjudiquen a diferencias económicas, sociales y educativas y muy escasamente a la propia lógica y al modo de operar de los medios. Es desde esta mirada que debiera pensarse lo que llamo el desafío de ciudadanizar las políticas de comunicación, para lo cual se impone volver a pensar la comunicación menos como medios o mensajes para pensarla como condición de subjetivación; es decir, como práctica necesariamente vinculada a la posibilidad de la existencia de la ciudadanía. Durante muchos años, la cuestión de la ciudadanía fue básicamente una cuestión de derechos y obligaciones propios de un tipo particular de individuos caracterizados por su edad, su sexo, su nacionalidad, entre otros tantos rasgos. Vale la pena recordar—porque la naturalidad con que a veces pronunciamos ciertas palabras tiende a borrar la historia o los datos de la realidad— que durante muchos años de vida republicana de nuestros países las mujeres no fueron ciudadanas plenas al estar privadas del voto o que no son hoy ciudadanos plenos los migrantes de países hermanos que en muchas de nuestras sociedades son víctimas de brutal explotación laboral en talleres y campos. Los procesos de democratización de los países del continente que se vivieron desde la década del 80, marcados por el quiebre de los Estados de bienestar y el auge neoliberal en el escenario mayor de la globalización económica y cultural, pusieron de relieve, como bien lo señaló en su momento el chileno Manuel Garretón, que la gran contradicción contemporánea es que la multiplicidad de posibilidades de constitución de sujetos—entendiendo por 430 In-disciplinada sujetos a quienes gozan de autonomía de acción y capacidad de decisión— se ve limitada porque algunos Estados, algunas empresas, algunas instituciones, algunos actores, se apropian de los instrumentos que permiten esa constitución; es decir, porque algunos se apropian de la riqueza, de los conocimientos, del poder, de la comunicabilidad necesarias para ser sujetos (Garretón 1995:102). Haciéndose cargo de esa contradicción, un conjunto de teóricos de las ciencias sociales y políticas produjeron, durante la década del 90, una significativa reconceptualización de la noción de ciudadanía. Sin negar sus aspectos eminentemente jurídicos, ella comenzó a pensarse como una práctica que reivindica la posibilidad de ser sujeto en todos los ámbitos en que se construye el poder y, por consiguiente, como práctica que implica el participar efectivamente en la elaboración de las reglas que, con validez de norma instituida o legitimada, ordenan la vida en sociedad. Es decir, como una práctica a través de la cual se dirimen las luchas por establecer las concepciones dominantes de la política y las ideas acerca de la justicia y la democracia. 2 Nuestros países han sido escenario, en las últimas décadas, de numerosas y renovadas movilizaciones y prácticas articuladas en torno a la demanda por derechos. Unos derechos que no sólo se reclaman ante los Estados sino ante el conjunto de poderes locales, nacionales y globales que los coartan, los niegan o que no permiten ampliarlos. Son esas demandas colectivas las que constituyen eso que hoy nombra para nosotros la ciudadanía ya no como un grupo de individuos a quienes se reconoce la titularidad legal de ciertos derechos y obligaciones, sino como condición asociada a la reivindicación de ser y contar, de tener arte y parte en las decisiones que afectan a la vida en sus múltiples dimensiones. Una actitud y condición que, por eso mismo, tiene la capacidad de revelar la politicidad de esferas antes consideradas apolíticas como las relaciones de género, las diferencias generacionales y culturales, el terreno de la recreación, el del consumo, entre muchas otras. Esta renovada concepción de la ciudadanía nombra un modo específico de aparición de los individuos en el espacio público caracterizado por su capacidad de constituirse en sujetos de demanda y proposición respecto de diversos ámbitos vinculados con su experiencia. Es decir, por su capacidad de intervenir en el espacio público tratando de revertir esas apropiaciones 2 A nivel latinoamericano, han desarrollado reflexiones en ese sentido autores como Manuel A. Garretón, Atilio Borón, Hugo Quiroga, Susana Villavicencio. A nivel europeo, son sustantivos los aportes de Jacques Rancière, Luigi Ferrajoli, Patrice Vermeren, entre otros. P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 431 de los instrumentos necesarios para ejercer derechos y posibilidades que se realizan con mayor o menor violencia desde múltiples espacios de poder. Asumir la ciudadanía como la irrupción en la esfera pública de lo excluido, negado o reprimido que manifiesta el derecho a tener derechos por sobre el orden estatuido implica asumir que, aunque no es lo único que la hace posible, la comunicación es consustancial a su existencia en un doble sentido. Por un lado, porque la comunicación resulta imprescindible para colectivizar las necesidades, las demandas y las propuestas; por otro, porque ella es necesaria para hacerlas presentes en el espacio público. En nuestras indagaciones, hemos constatado la existencia de grupos y movimientos que revelan ese papel central que tiene el acceso a la información y el poder expresarse para que otros derechos puedan hacerse realidad. Es en esas articulaciones donde la palabra silenciada habla en plenitud porque se reivindica como práctica fundante de la posibilidad de ser y actuar, en tanto en un mismo movimiento impugna el poder de decidir de los grupos hegemónicos y el poder decir funcional a ellos expresado en el mercado mediático. Baste un caso para mostrar la potencialidad de esa articulación: el de las Madres de Barrio Ituzaingó de Córdoba, Argentina, que hace años comenzaron a luchar en contra de quienes contaminaban con agrotóxicos el ambiente en que viven y provocaban la enfermedad y muerte de los vecinos. La información acerca de lo que ocurría les era vital para demostrar lo que sospechaban. Los sectores interesados negaban datos; el Estado provincial no cooperaba en su obtención; la propia universidad pública no sabía o no quería comprometer su saber. Y las madres resultaban desautorizadas porque, como ellas relatan, “(…) salíamos nosotros diciendo“acá la gente se está enfermando, tiene leucemia, tiene púrpura, los chicos están enfermos, tienen diarrea, gastritis, tienen de todo”... Y viene el señor ministro de salud y dice“acá no pasa nada” ¿A quién le cree la gente?, ¿a unas locas, nos decían así, a unas locas que no han estudiado y que no saben nada?, ¿o al señor Ministro?” 3 Por eso hicieron de la producción de información sobre el tema una de sus estrategias de lucha; por eso en el barrio, y en los medios y en todos los espacios a su alcance—locales, provinciales, nacionales e internacionales—, difundieron sin cansarse datos, casos, informes, con la convicción de que su derecho a la vida iba de la mano con el derecho a saber y a compartir ese saber. 3 Testimonios recogidos en una de las investigaciones a que hicimos referencia, realizada durante 2007. 432 In-disciplinada El 30 de diciembre de 2008, casi una década después de las primeras denuncias realizadas por las Madres, la justicia prohibió la fumigación de los campos de soja cercanos al barrio con endosulfán y glifosato y procesó a los productores sojeros responsables, sentando un precedente para todo el país que puso de relieve la significación de una lucha que no sólo fue política y judicial sino también simbólica, en tanto se reivindicaba el saber necesario para poder hablar en los medios de otro modo: desde el reverso de agendas banales y normalizadas que acallan y encubren la realidad que se sufre. Desde esta perspectiva, creo que las políticas de comunicación podrían y deberían encarnarse y reivindicar para sí esa condición de herramientas de acción política que Caletti reclamaba, al asociar sus búsquedas y alcances con pocesos más amplios de reivindicación y restitución de derechos. Con procesos de búsqueda de igualdad e inclusión; con apuestas para que el hablar no sea mera reproducción del discurso que domina ni simple afirmación de aquello que lo dominante niega, oculta o deslegitima, sino apuesta para conquistar una palabra“otra”, impugnadora, cuestionadora, fundante de nuevas realidades a conquistar. Una palabra que reivindique el derecho al conocimiento y los derechos a contar con los medios y regulaciones jurídicas necesarias para que las realidades acalladas y tergiversadas puedan irrumpir en las agendas cotidianas y públicas con legalidad y posibilidades de legitimidad. Una palabra que, utilizando expresiones de Etiénne Balibar, obligue a la sociedad“[…] a ver lo que no quiere ver y a oír lo que no quiere oír: la violencia de la exclusión y de las desigualdades que ella engendra, y sacar así a la luz de un discurso público la negativa a‘mantenerse en su lugar’ de aquellos cuyo lugar es insostenible, aquellos a quienes en realidad no se reconoce ningún lugar y que son cada vez más numerosos”(Balibar 2004: 134-135). En ese esfuerzo no podemos ni debemos relativizar la centralidad de las tecnologías y medios de comunicación, pero sería muy riesgoso detenerse en lo que sus lógicas hoy predominantes habilitan, sin recuperar todas las modalidades de presencia e interacción pública posibles; sin trabajar creativamente dentro del sistema info-comunicacional y hasta en sus márgenes apelando a lógicas y sensibilidades que permitan, desde las voces silenciadas, realizar esa tarea que el chileno Norbert Lechner consideraba imprescindible para la construcción democrática de las naciones: el contar y contarse un relato común. Un relato donde la diversidad se convierta en efectiva pluralidad. Un relato en el cual la inequidad no sea negada y su visibilización represente la P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 433 posibilidad de hacerla cuestión de todos y que a todos compete revertir si se aspira a la construcción de un orden justo y solidario. Por eso, ciudadanizar las políticas de comunicación equivale a sacarlas del terreno de los expertos y colocarlas en el terreno de las luchas sociales y políticas, en la vida cotidiana, formando parte de las agendas públicas que no debemos dejar agotar con lo que pasa en los medios masivos de comunicación. La articulación entre derechos de comunicación y derechos en general es una conciencia a generar y potenciar, un lugar desde el cual pueden empezar a identificarse los silencios socialmente existentes; un lugar desde el cual poder reunir y hacer productiva la insatisfacción de grandes capas del público que sigue consumiendo los medios existentes—porque no hacerlo significa quedar fuera de la sociedad de nuestro tiempo— pero que, si lo creyese posible, alentaría y apoyaría transformaciones. En ese sentido es que afirmamos que hacer políticas de comunicación emancipatorias es básicamente hacer política, poniendo en cuestión la distribución del habla y el conocimiento. Sin esa puesta en cuestión podemos confundir las políticas de comunicación con leyes y marcos regulatorios; instrumentos que siendo imprescindibles, pueden correr el riesgo de instituir libertades que no liberan. Referencias bibliográficas Balibar Etiénne,(2004) Derecho de ciudad, Nueva Visión, Buenos Aires Caletti, Sergio(2007)“Políticas de comunicación: acentos en debate” en Loreti, Mastrini, Baranchuk(compiladores), P articipación y democracia en la Sociedad de la Información – Actas del IIII Congreso Panamericano de Comunicación , Ed . Prometeo, Buenos Aires Garretón, Manuel(1995)“Democracia, ciudadanía y medios de comunicación. 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Aceleración y Realidad Virtual , Manantial, Buenos Aires P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 435 Medios/seguridad/inseguridad: pistas para la reflexión(2010) * ¿Cómo se construye la seguridad en los medios de comunicación?, ¿cómo pensar comunicativamente el asunto de la seguridad humana? Las preguntas con que se convoca este encuentro nos indican dos supuestos que comparto: los medios masivos intervienen en la construcción de la seguridad que circulan socialmente y, por lo tanto, resulta necesario pensar la dimensión comunicativa de la problemática para contribuir a la reflexión que pueda orientar las intervenciones en torno a ella. Es por ello que organizaré esta exposición partiendo de algunas consideraciones acerca de los medios masivos y nuestra relación con ellos, para luego intentar un acercamiento a lo que los medios nombran como seguridad. Acerca de los medios masivos En primer lugar, es necesario señalar que los medios masivos de comunicación constituyen un dispositivo central en la construcción de lo público, es decir, de ese terreno común y compartido en el cual quienes integran una sociedad ponen en juego—contradictoriamente— las representaciones de sí mismos y del orden que consideran existente y deseable. Esa centralidad está dada por los altos índices de consumo y por el lugar relevante que se les concede para la circulación de ideas y el entretenimiento. Por eso, segundo lugar, debe reconocerse que los medios constituyen uno de los espacios más significativos de la producción de la cultura, entendida como el conjunto de los sentidos/significaciones que compartimos socialmente. Pero hablar de centralidad no equivale a hablar de soledad o de autonomía. No son los medios los únicos espacios de producción de la cultura y de lo público. Interactúan con otros actores; se articulan y refuerzan con otros; disputan entre sí y con otros actores. Para pensar esas interacciones es útil recurrir a una noción compleja a menudo trivializada. Se dice frecuentemente que vivimos en sociedades mediatizadas. Pero esa noción se ha convertido en una simple expresión, como tantas que usamos y que, en lugar de problematizar la experiencia, la simplifican. Así, por ejemplo, se llega a afirmar que la crisis de la política * Artículo publicado originalmente en Revista Interferencia N° 1, Secretaría De Extensión, Universidad Nacional de Córdoba, Córdoba, Argentina. ISSN 1853-4236,pp 45-50. 436 In-disciplinada es fruto de su mediatización; del mismo modo en que las tecnologías y medios de comunicación se convierten en el lugar escogido por algunas instituciones, como la escuela, para depositar buena parte de los nuevos problemas que se enfrentan en ellas. Para no quedar presos en ese extendido uso de sentido común, es necesario asumir esa noción en toda su complejidad, que es donde radica su capacidad explicativa. El brasileño Muniz Sodré comprende la mediatización como “el nombre que ha recibido el proceso de articulación del funcionamiento de las instituciones sociales con los medios de comunicación[…] la impregnación del orden social por los dispositivos maquínicos de estetización o culturalización de la realidad” 1 . Para el argentino Eliseo Verón, esa impregnación implica la transformación de las prácticas sociales“por el hecho de que hay medios” aunque esa transformación no sea homogénea y tenga diversas consecuencias en diferentes ámbitos de prácticas. 2 Una de las consecuencias de ese proceso de mediatización, una de las esferas de prácticas en las cuales la transformación es más evidente, es la que se vincula con los procesos de producción de saber. Los medios han ido modelando unas ciertas ideas acerca de lo que debe y puede saberse; acerca de quienes pueden difundir ese saber; y han ido modelando también unos ciertos modos de saber en detrimento de otro. En ese sentido, y entre otras cosas, los medios han tenido la capacidad de instalar la idea del estar informado como valor social y la información periodística(la que ellos producen y difunden) como bien cultural del que no puede prescindirse para adquirir ese valor. En ese proceso, han tenido la capacidad de producir lo que ya funciona como un dato naturalizado de la realidad: las“agendas”, es decir, aquellos repertorios de temas acerca de los cuales debe saberse y debe hablarse para poseer el valor de estar informado y una nominación de esos temas que adquiere la jerarquía de verdaderas definiciones de los mismos. En tercer lugar, los medios se representan a sí mismos—y se trata de una representación exitosa— como espacios imprescindibles para hacerse visibles ante los demás. Consecuentemente, son dispositivos que abren o cierran para los individuos y grupos la posibilidad de ser vistos, legitimándolos o 1 En Reinventando la cultura, Gedisa, Barcelona, 1998, p.9. 2 En“Interfaces. Sobre la democracia audiovisual evolucionada”, Ferry, Wolton y otros, El nuevo espacio público, Gedisa, Barcelona 1992, p. 124. P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 437 privándolos de legitimidad para estar presentes en esa particular esfera pública mediática. Por último(para señalar sólo las principales características de esa modelación del saber que se ha producido), han instalado—–a partir del modo en que operan— un conjunto de nociones-valores entre las cuales las más significativas son, a mi juicio, la instantaneidad del conocimiento como garantía del saber útil; la preeminencia de lo experiencial y sensible por sobre lo argumental; lo testimonial como forma de lo verdadero; el caso —esas narraciones de sucesos individuales o microsociales— como modo privilegiado de acceso a la realidad y recurso para la generalización, por encima de las aproximaciones y explicaciones complejas basadas en análisis de problemas. Existen muchos modos de probar la capacidad modeladora de los medios. Sólo apelaré a un dato obtenido en nuestras investigaciones: en términos generales, la población de Córdoba está satisfecha con la información que le brindan los medios masivos que consume. Sin embargo, al interrogarla acerca de qué cosas deberían saber en su condición de habitantes de la provincia y la ciudad de Córdoba—una formulación en la que insinuábamos su vinculación con un territorio y un Estado determinado—, se mencionan numerosos temas sociales, económicos, políticos. Y al indagar acerca de quiénes deberían proveerle esa información, se otorga esa función y responsabilidad al Estado y al sistema educativo. Esto podría representar una paradoja y no es así. Como público de los medios, la población responde desde la propia noción de información que ellos han modelado. Interpelados en términos de ciudadanos, pueden reconocer otros saberes necesarios que no les reclaman. En parte, porque existe una suerte de naturalización de la lógica informativa por ellos instalada como norma; en parte porque no se confía en que los medios sean susceptibles de cambios en virtud de las lógicas de poder—mercantiles y políticas— que les sustentan. Este tipo de constataciones permite comprender otra de las características más significativas de la mediatización de la sociedad; la transformación de los procesos de socialización de los individuos que se expresa fundamentalmente en el hecho de haber sido constituidos como públicos de los medios masivos. Es decir, en el hecho de haber internalizado, como uno de nuestros rasgos identitarios, ser interpelados desde un poder decir que ellos ostentan como legítimo y que, coincidiendo o discrepando en mayor o menor medida con lo que nos dicen, tiene la fuerza de obligarnos a aceptar esa interpelación para no quedar aislados, para no quedar fuera del juego. 438 In-disciplinada La marginación del consumo de medios instala una suerte de minusvalía y de sospecha: la segregación de la comunidad de iguales que, más allá de las diferencias y desigualdades extremas que caracterizan nuestras sociedades, ellos hacen virtual y vicariamente posible. Ser público de los medios implica así una suerte de obligación y una esfera de posibilidad: la obligación de integrarse superando incluso mediante ese procedimiento diferencias económicas, territoriales, étnicas, de género u otras, y una doble posibilidad. Por un lado, significa una vía de inclusión cultural, es decir el ser parte de comunidades que producen colectivamente ciertos significados compartidos. Por otro, significa la posibilidad de distinguirse—a través de consumos o usos específicos— y la de participar, la de hacerse visible y llegar a tener protagonismo en el espacio que toda la sociedad comparte. Una ilusión que cotidianamente es alimentada por los medios masivos a través de diversas estrategias y que opera imaginariamente como recurso efectivo de intervención en el espacio institucional y mercantil en que se produce la comunicación colectiva. Una ilusión necesaria, diría yo, como recurso para hacer frente a la necesidad de reconocimiento y afirmación para individuos y grupos en sociedades con problemas y demandas no satisfechas por el poder, pero también en el contexto de los crecientes procesos de pérdida de lazos comunes y de fragmentación propios de las sociedades modernas organizadas bajo los principios neoliberales. El poder de los medios para producir significaciones sociales hegemónicas debe entenderse desde entonces desde esos dos lugares: su enorme ubicuidad (no hay prácticamente zona de la vida en que ellos no estén presentes) y nuestra condición de públicos. Esta modelación que voluntariamente aceptamos como parte de nuestra cultura y que compite con otras modalidades de socialización que han ido perdiendo legitimidad y capacidad de convocatoria: la pertenencia a colectivos de identificación y referencia y hasta el ejercicio de la condición ciudadana como capacidad de reconocer y ejercer derechos no sólo frente al Estado sino ante múltiples espacios con poder de intervenir en la definición y restricción de esos derechos. Pero quiero afirmar, al mismo tiempo, que el reconocimiento de ese poder no equivale, como algunos plantean, a pensar que la capacidad de los medios para producir nociones y construir imaginarios es fruto de una maquiavélica estrategia de sus dueños y sus profesionales, sino producto de ciertos desarrollos tecnológicos y culturales y ciertas condiciones de las sociedades actuales cuya responsabilidad es compartida por otros actores. P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 439 Medios y seguridad A partir de esa caracterización de los medios, les propongo reflexionar sobre el tema central que nos ocupa: cómo se construyen en ellos las ideas predominantes acerca de la seguridad humana. Sería imposible agotar en este espacio el análisis que puede—y debe— hacerse al respecto. Por ello voy a concentrarme en algunos aspectos que considero sustantivos afirmando que, en términos generales, esas ideas se construyen básicamente a partir de dos tipos de procedimientos: a) procedimientos restrictivos; b) procedimientos simplificadores. Entiendo por procedimientos restrictivos todos aquellos que implican una parcialización de la cuestión de la seguridad. En primer lugar, puede afirmarse que los medios operan una restricción tópica, en tanto parcializan las cuestiones o temas vinculados a la seguridad humana. Una constatación que puede realizarse si adoptamos lo que diversos teóricos en la materia plantean, entre ellos Robert Castel cuyas ideas resultan a mi juicio insoslayables para pensar este tema“comunicativamente” 3 . Según plantea Castel, existen dos grandes tipos de protecciones. Las“civiles garantizan las libertades fundamentales y la seguridad de los bienes y de las personas en el marco de un Estado de derecho”. Las“sociales cubren contra los principales riesgos capaces de entrañar una degradación de los individuos tales como la enfermedad, el accidente, la vejez empobrecida”. Si bien nuestra sociedad no ha alcanzado nunca los niveles de seguridad que Castel reconoce en los países desarrollados, a los que caracteriza como “sociedades aseguradoras”, hay que reconocer que la“seguridad social’ ha sido experimentada como un derecho para buena parte de la población, y ha generado diversas instituciones que se ocupan de la salud, la educación, de las discapacidades propias de la edad o de ciertas deficiencias. Desde esa perspectiva, según Castel, no habría que oponer inseguridad y protecciones como si pertenecieran a registros opuestos de la experiencia colectiva. Estar protegido no es estar instalado en la certidumbre de poder dominar perfectamente todos los riesgos de la existencia, sino más bien vivir rodeado de sistemas que dan seguridad, que son construcciones 3 Ver, LA INSEGURIDAD SOCIAL. ¿Qué es estar protegido? Manantial, Buenos Aires, 2004, pp.1112 440 In-disciplinada complejas y frágiles, las cuales conllevan en sí mismas el riesgo de fallar en sus objetivos y de frustrar las expectativas que generan. Por eso es posible afirmar que las sociedades modernas están construidas sobre el terreno de la inseguridad porque son sociedades de individuos que no encuentran, ni en ellos mismos ni en su medio inmediato, la capacidad de asegurar su protección. Máxime si se tiene en cuenta que la seguridad jamás está dada, ni siquiera conquistada, porque la aspiración a estar protegido —dice Castel— se desplaza como un cursor y plantea nuevas exigencias a medida que se van alcanzando sus objetivos anteriores. No es necesario indicar de qué manera en nuestra sociedad la seguridad social se ha debilitado a partir de un proyecto de ajuste y desguace del Estado que comenzó con el proceso dictatorial y que apenas pudo revertir en algunos aspectos la restauración democrática luego de la particular intensificación que tuvo en los años 90. El desempleo ha sido, sin dudas, el principal factor en ese debilitamiento. Porque no sólo provoca pobreza e imposibilidad de atender necesidades básicas y coloca a los individuos fuera de la cadena de prestaciones aseguradoras, sino que les impide proyectar el futuro, imaginar la posibilidad de un mañana confiable para ellos y quienes les rodean. Pero junto con él —asociado o no en casos específicos— se encuentran la falta de vivienda, de posibilidades de atender la salud, las malas condiciones ambientales que producen enfermedades… la lista podría ser enorme. Y también hay que reconocer el aumento de la inseguridad civil, vinculada a protección de la integridad de los bienes y las personas y que el Estado debe garantizar mediante mecanismos que impidan que la libertad de unos afecte la de otros. Es decir que unos se apropien indebidamente de los bienes, las propiedades, los cuerpos y las almas de otros. No hace falta investigar demasiado en detalle para reconocer a qué se nombra predominantemente como falta de seguridad en los medios masivos: lo que se nombra es la pérdida de libertades a manos de quienes cometen delitos contra la propiedad y la vida corporal o espiritual de las personas. No es que las temáticas sociales no estén presentes en ellos; nuestra hipótesis, y estamos realizando estudios en ese sentido, es que no son tematizadas como problemas de seguridad sino como problemas económicos, laborales o de políticas públicas y gestión gubernamental. Por el contrario, todos los delitos contra la propiedad y la vida son presentados como las causas de la inseguridad en que vivimos. P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 441 Esto es de una evidencia indiscutible en los noticieros televisivos(el principal medio por el cual se informa la población), pero está presente en otros medios. El Monitor Ciudadano de La Voz—sección que en la edición en línea del diario se autodefine como un“observatorio para estimular la participación y el interés público sobre asuntos vinculados con seguridad, prevención y administración de justicia que busca colaborar en la construcción de ciudadanía”— es un ejemplo claro de esta restricción a la que me estoy refiriendo: en el Monitor, no existe un mapa de los despidos; o de los dispensarios cerrados o sin insumos; sí un mapa de los homicidios. La sección de ayuda, es decir, en la que se brindan consejos para prevenir la inseguridad, incluye recomendaciones vinculadas a lo que llamamos la “seguridad social”; pero el conjunto de temas incluidos—seguridad vial, doméstica, ambiental, institucional— representa el 60% del total de notas mientras el 40% se dedica a un único tema: la prevención de delitos. Y algo similar ocurre en la sección de información legal. Es cierto que en la sección sobre sociedad civil se recogen iniciativas de variado tipo vinculadas a la seguridad social. Sin embargo, en la sección que alienta directamente a la participación ciudadana—denominada“Cuéntenos su caso”—, a lo que se invita es a“contar algún episodio delictivo que usted haya sufrido o conocido. Su relato puede servir para informar o alertar a otras personas y a las instituciones responsables de la investigación y la seguridad”. Esa restricción tópica que se advierte en la mayoría de medios masivos de comunicación implica necesariamente una restricción de los actores—víctimas y causantes de lo que se tematiza prioritariamente como inseguridad— y consecuentemente una restricción de sus causas y sus responsables. Los niños que mueren a diario por desnutrición o a causa de enfermedades curables no son noticia cotidiana; cuando más dan lugar a alguna referencia estadística en programas de opinión o debate o cuando las circunstancias permiten tratamientos sensacionalistas encerrados en la lógica de los“casos periodísticos”. Pero uno puede asegurar, casi sin temor a equivocarse, que todos los muertos por conductas calificadas como delictivas tienen su lugar en los medios, inclusive como“noticias de último momento” o en la portada o contratapa de los diarios. Y no hace falta señalar que los responsables de la muerte de esos niños, por ineficiencia o por los modelos económicos y sociales que impulsan desde el poder, no son caracterizados como delincuentes. Pero no es ese el único tipo de restricciones que se producen. También son de orden territorial y de clase. Pensemos, por ejemplo, en la cantidad de delitos ocurridos en villas y asentamientos marginales que se dan a conocer 442 In-disciplinada en comparación con los que ocurren en otras zonas urbanas… Pensemos, por ejemplo, por qué razón la persona que asesinó a un joven del asentamiento vecino a Villa Giardino, en el conurbano bonaerense, no fue caracterizado como delincuente sino como un vecino—cuando más exaltado o violento— y por qué razón ese hecho fue tematizado no como delito sino como un “enfrentamiento”. Pensemos por qué ocurre eso. En ese sentido, y no voy a detenerme en la construcción de la figura de los delincuentes en los medios, tema que se abordará específicamente en la segunda parte de este encuentro, pero debo aludir en un punto a ellos para indicar de qué modo los procedimientos restrictivos a que me estoy refiriendo se complementan con procedimientos simplificadores, basados en la construcción de sistemas de clasificación dicotómica. Las víctimas y los victimarios, los territorios seguros e inseguros, son figuras emblemáticas de una construcción fragmentada e irreconciliable de la sociedad hacia las cuales, y debido a las estrategias narrativas que utilizan los medios para presentar las informaciones referidas a delitos, se nos lleva, en nuestra condición de públicos, a posicionarnos más emocional que argumentativamente. En ese sentido, Germán Rey ha indicado de qué modo, si bien es evidente que existe una entrada de los temas de seguridad a la opinión, no puede decirse que exista una opinión pública sobre la seguridad, si es que ella se entiende como espacio de argumentación, de acceso libre a puntos de vista en competencia y lugar de controversia y conversación de los ciudadanos. Generalmente—dice Rey— sobre los temas de seguridad hay una fruición del registro, pero una notable falta de análisis, una aproximación emocional a los hechos y una ausencia de densidad en la discusión de las causas o en la evaluación ponderada de las consecuencias 4 . Uno de los habitantes del asentamiento lindante con Villa Giardino, al que me referí, enfrentó a un periodista televisivo diciéndole casi con lágrimas en los ojos—unas lágrimas que en otros ojos hubiesen ocupado minutos y minutos de pantallas—“no es justo, hermano”. Le decía que no era justo que ellos estuviesen hablando de enfrentamiento ante lo que había sido un homicidio. Y es posible pensar que el apelativo“hermano” intentaba, justamente, apelar a esa humanidad que los periodistas suelen exhibir cuando, como bien señalan muchos analistas, ellos asumen frente a las víctimas, y frente a una justicia garantista, las mismas actitudes que siendo 4 Ver“La relación seguridad ciudadana y medios de comunicación” en Cuadernos de seguridad Nº 7 08/2008, Ministerio de Justicia, Seguridad y derechos Humanos, Buenos Aires, p.85 P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 443 comprensibles en quien ha sufrido un delito—por sus estados emocionales y de indefensión— en los medios adquieren características de agitación antinstitucional, es decir, de condena inmediata a los victimarios presuntos o comprobados. Del mismo modo, pedían justicia, pedían respeto, los vecinos de Zavaleta, una villa de la zona sur del conurbano bonaerense, cuando decidieron realizar ante el edificio de América TV un festival el 31 de mayo pasado, como modo de responder ante la caracterización que el Facundo Pastor había realizado del barrio en su programa promocionado como de investigación periodística. Visitar la villa, había dicho,“es poco menos que desafiar la muerte”. Su caracterización del lugar como terreno de narcotraficantes—para lo cual y sin explicitarlo, había utilizado escenas de un documental hecho por los propios vecinos para tareas de prevención como si se tratase de escenas reales—, su caracterización de las víctimas de la pasta como“muertos vivos”, había suscitado cartas de reclamo de curas villeros y llamadas al canal de los propios habitantes. Pero nada había servido para que la información se modificase. Entonces salieron a las calles de Palermo con música y carteles para decir que en Zavaleta habían aprendido a leer, que tenían amigos, que había solidaridad… Pero además relataban de qué modo ese programa había incrementado su situación de inseguridad porque los ómnibus ya no paran en la villa, porque decir que se vive en ella equivale a perder el trabajo, o a que las chicas se alejen de los muchachos en un baile, amplificando, como se entiende, las condiciones de por sí inseguras en que se desenvuelve la vida en esa zona. Independientemente de las cifras que alcancen los hechos delictivos y de las cifras que las estadísticas pueden arrojar acerca de las condiciones de inseguridad social que se padecen, este tipo de procedimientos utilizados por los medios masivos construye una sensación de inseguridad fundada en la presencia amenazante no de quienes delinquen a todo nivel, sino de unos otros que, por su condición de marginación y exclusión—que ciertamente no han provocado— resultan colectivamente estigmatizados como potenciales enemigos. El sentimiento de inseguridad—ha indicado Robert Castel 5 — no es un dato inmediato de la conciencia. Por el contrario, va de la mano de configuraciones históricas diferentes, porque la seguridad y la inseguridad no existen como tales en sí mismas sino que son relaciones que se establecen con los tipos de 5 Op. cit., p. 13 444 In-disciplinada protecciones que asegura—o no— una sociedad, de manera adecuada. Pero yo añadiría que los tipos de protecciones que se nos asegura tampoco son un dato inmediato de la conciencia—es decir, de lo que podemos experimentar directamente— sino que está mediado por las representaciones que de ellas se hacen. En ese sentido, si la protección frente a los delitos y la violencia física que afectan la propiedad y la vida es lo que se demanda ante el Estado como principal demanda de seguridad, es porque nuestras innumerables y extendidas incertidumbres y riesgos no son tematizadas como tales en ese lugar público que constituyen los medios masivos con insistencia. Pero los medios no están solos en esa tarea. Por una parte, cuentan con una sociedad que se ha convertido en público, que acepta genéricamente sus lógicas y sus interpelaciones y que encuentra en los miedos que ellos construyen un modo de depositar y procesar múltiples incertidumbres. Un tema del que acá no podremos dar cuenta pero que ha sido tematizado por diversos autores 6 . Pero además cuentan con otras fuentes institucionales que producen similares nociones de seguridad. Y eso lo estamos viendo particularmente en este tiempo electoral, cuando también desde algunos discursos se nos interpela con procedimientos restrictivos y simplificadores. Baste como ejemplo uno de los spots televisivos de la Coalición Cívica. Sobre un fondo azul intenso se perfila una bala. Una voz severa, en off, dice lo siguiente:“Para brindar seguridad para todos, las balas no son la mejor opción. Tenemos que ponernos de acuerdo en tener fuerzas de seguridad bien preparadas y educación en el respeto cívico a la ley” . El fondo va mutando a verde y la bala se convierte en una tiza. Una mano escribe con ella la palabra“educación”, mientras la voz en off, con modulación más suave, dice:“Y tenemos que educar a todos los niños para que tengan un futuro digno y sin drogas. Seguridad es educación”. La mano desaparece y el rostro de los candidatos a legisladores llena la pantalla para anunciar que la Coalición Cívica es“el cambio seguro”. “ Las balas no son lo mejor para brindar seguridad…” el comienzo del spot es alentador. Uno está tentado a imaginar que se hablará de la seguridad de manera integral. Pero la introducción inmediata de la necesidad de contar con fuerzas de seguridad bien preparadas—aun cuando se señale que eso implica el respeto cívico a la ley— no puede sustraernos de un imaginario casi 6 Podemos citar entre otros a Zygmunt Bauman para el caso europeo y a la mexicana Rossana Reguillo para el caso latinoamericano. P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 445 excluyente, porque son ellas las fuerzas encargadas de combatir el delito, causa eficiente de inseguridad. Y la tentación final de imaginar que se está hablando de una de las vitales inseguridades que padecen muchísimos niños y adolescentes argentinos de hoy, cuyo futuro sin educación será incierto laboral y socialmente, también se frustra cuando simplificadoramente se la asocia a la posibilidad de erradicar el narcotráfico: un delito que encuentra en los pobres y en los jóvenes sus principales víctimas. Por eso insisto: los medios que construyen esas restrictivas, simplificadoras y maniqueas nociones de la inseguridad no están solos. 446 In-disciplinada Comunicación y ciudadanía: dilemas pendientes(2011) * La vinculación entre la comunicación y la ciudadanía constituye un tópico relevante en los actuales estudios de comunicación al que venimos dedicando diversas investigaciones colectivas e individuales en el marco del Programa de Estudios sobre Comunicación y Ciudadanía del Centro de Estudios Avanzados de la Universidad Nacional de Córdoba. Se trata de una vinculación compleja, con toda la promisoriedad que ello supone, pero también plagada de oscuridades no siempre debidamente reconocidas. Es decir, fruto de ligerezas que encubren las dificultades propias de la articulación de nociones de por sí polisémicas. De ahí que la realización de estas Jornadas me alentara a tratar de echar un poco de luz sobre ese encuentro de nociones desde lo que de algún modo podría denominar una visión retro. Para decirlo en pocas palabras, resulta que estas Jornadas se organizaron, se pensaron, reponiendo una tensión—la de las culturas populares y las culturas masivas— y me encontraron a mí sintiendo la necesidad de recomponer lazos, trayectorias, entre problemas propios de la articulación comunicación-ciudadanía y otros que tal vez dejamos de lado—o fueron dejados de lado— cuando los debates acerca de las prácticas alternativas en el campo de la comunicación fueron debilitándose, seguramente por su propia incapacidad o limitación para revisar críticamente el aparato político-conceptual que los sostenía. Es decir, y aunque lo formularé de manera un tanto esquemática, cuando se produjeron al menos tres desafíos no asumidos por esos debates: Cuando ante la caída teórica y práctica del pueblo, como sujeto político transformador preconstituido, se impuso la necesidad—también teórica y práctica— de pensar los procesos de subjetivación. Cuando ante el avance tecnológico, las miradas instrumentales y reduccionistas de la comunicación no pudieron asumir la complejidad de los procesos de mediatización de nuestras sociedades y quedaron atrapadas en los discursos con que desde el mercado y las tecno-burocracias se entronizaba a los medios como lugares de realización casi total de la vida en común. * Artículo publicado originalmente en B. Alem y A. Ameigeiras(eds) Culturas populares y culturas masivas. Los desafíos actuales a la comunicación, Universidad Nacional de General Sarmiento, Los Polvorines. 1/06/2011.ISBN 9789507931062.pp. 111-120. P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 447 Cuando ante el avance de las concepciones políticas consensualistas y deliberativas, la palabra adversativa de las alternativas comunicacionales pareció tener que diluirse en cauces de pluralidad y reconocimiento de las diferencias, so pena de ser acusada de antidemocrática. En ese sentido tenemos una deuda pendiente al menos quienes fuimos parte de los esfuerzos prácticos y conceptuales por construir alternativas de comunicación. Unas alternativas que entendíamos como expresión y parte consustancial de proyectos de cambio que no dejaban para después la transformación de las normas del intercambio simbólico, porque se reconocían como aspectos configurantes del orden social que se buscaba alterar 1 . Nos debemos, todavía, el rastrear de qué modo el modo el pueblo—bajo sus diversas nominaciones— devino ciudadano en los estudios de comunicación. Un devenir más legible en el campo de la teoría política pero que a mi juicio, en el nuestro, permanece emborronado. No es ese rastreo pendiente el que haré aquí. Pero como intento de comenzar a saldar la deuda es que, en el marco de estas Jornadas, ensayaré esa visión retro a la que hice referencia en un comienzo enlazando algunas vinculaciones entre comunicación y ciudadanía y su distancia o cercanía con dimensiones y problemas entrevistos en el campo de las alternativas comunicacionales. Para ello, voy a recurrir inicial y fragmentariamente a las palabras que Etiénne Balibar—uno de los pensadores franceses que está discutiendo sostenidamente la cuestión de la ciudadanía— pronunció en 1997, en un acto en homenaje a los“sin papeles” de su país: “Nosotros — decía en esa ocasión Balibar — ciudadanos franceses de todos los sexos, orígenes, profesiones, somos en gran medida deudores de los indocumentados, quienes rechazando la clandestinidad que se les asignaba han planteado con fuerza la cuestión del derecho de residencia.[…] Les debemos nuestro reconocimiento por haber forzado las barreras de la comunicación, por haberse hecho ver y oír como lo que son: no fantasmas de delincuencia y de invasión, sino trabajadores, familias a la vez de aquí y de otras partes, con sus particularismos y la universalidad de su condición de proletarios modernos. Han hecho circular en el espacio público hechos, cuestiones, incluso contradicciones 1 He citado casi textualmente el modo con que yo misma conceptualizaba la alternativa comunicacional a comienzos de la década del 80(Mata,M. 1987:218). 448 In-disciplinada en relación con los problemas reales de la inmigración, en lugar de los estereotipos repetidos por los monopolios que dominan la información. Así nosotros comprendemos mejor lo que es una democracia: una institución del debate colectivo, pero un debate cuyas condiciones no son jamás impuestas desde arriba. Siempre es necesario que los interesados conquisten el derecho a la palabra, la visibilidad, la credibilidad, corriendo el riesgo de represión[...] Les debemos[…] el haber recreado entre nosotros la ciudadanía, en cuanto que ella no es una institución o un estatus, sino una práctica colectiva[...] Así, los indocumentados, excluidos entre los excluidos, han dejado de figurar simplemente como víctimas, para convertirse en actores de la política democrática”(Balibar, E.2004:27-29). Al leer ese texto sentí que encerraba—a pesar de su brevedad— una suerte de programa básico acerca de la articulación entre comunicación y ciudadanía. De ahí mi elección para emplearlo como base de este ensayo. 2 Y digo ensayo en tanto más que conclusiones, propondré pistas que deberíamos profundizar para que esa articulación sea algo más que una ligera enunciación de alcances imprecisos. Indudablemente la noción de ciudadanía propuesta por Balibar excede las dimensiones que desde las tradiciones liberal y republicana nombran el ejercicio de deberes y derechos de los individuos en relación con el Estado. La noción que propone—sin desconocer esas dimensiones— se emparenta con aquellas que aluden a un modo específico de aparición de los individuos en el espacio público caracterizado por su capacidad de constituirse en sujetos de demanda y proposición respecto de diversos ámbitos de poder a los que se vinculan. Es decir, por su capacidad de constituirse como sujetos políticos. 3 Existe hoy toda una perspectiva comunicacional denominada ciudadana que se asocia con derechos constitucionales tales como el acceso a la información pública y a la libertad de expresión; que se asocia con el respeto a la condición humana que los medios masivos deben resguardar; con la valoración del debate público de ideas e incluso con la necesidad 2 El recurso al texto de Balibar es, en cierto sentido, circunstancial. Podrían realizarse ejercicios semejantes a partir de textos de diversos teóricos políticos y sociales que desde su especificidad no pueden dejar de soslayar la dimensión comunicativa de la ciudadanía. 3 Entre nosotros, argentinos y latinoamericanos, han desarrollado reflexiones en ese sentido autores como Manuel A. Garretón, Atilio Borón, Hugo Quiroga, Susana Villavicencio. A nivel europeo, son sustantivos los aportes de Jacques Rancière, Luigi Ferrajoli, Patrice Vermeren, entre otros. P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 449 de promover causas colectivas en torno a diversos derechos. Frente a esas perspectivas—representadas entre nosotros por el denominado periodismo social, por ejemplo, o por el periodismo público norteamericano— y que guardan relación con visiones sociológicas y políticas que vinculan la ciudadanía y la comunicación en términos de opinión pública 4 , las afirmaciones de Balibar postulan otra vinculación. Colocan la comunicación como caución de ciudadanía . Voy a detenerme en algunas notas distintivas de ese comunicar que luego confrontaré con algunas proposiciones presentes en los debates respecto de las alternativas comunicacionales a que aludí. Fundamentalmente y casi glosando las palabras de Balibar, voy a detenerme en los alcances que tiene en su propuesta el hacerse ver y oír . Hacerse ver y oír son, sin duda, condiciones elementales de comunicabilidad. Pero hacerse ver y oír “ como lo que se es” añade, en tanto caución de ciudadanía, una restricción que no es de naturaleza esencialista sino contingente, particular. No son ciudadanos preexistentes quienes se hacen visibles y audibles en el caso expuesto por Balibar, sino individuos que, a causa de su situación—la de migrantes indocumentados— son colocados en los márgenes de la sociedad y representados desde miradas que hacen de esa marginalidad un dispositivo que invisibiliza sus específicos modos de reconocerse o identificarse y de nombrar su experiencia. La restricción consiste en que no cualquier habla es la que tiene capacidad de configurar una presencia ciudadana, sino aquella que se produce“forzando las barreras de la comunicación”. Ese forzamiento implica, siguiendo a Balibar, tres operaciones. Por un lado, una imposición tópica; es decir, una introducción de temas ausentes en el espacio público. Por otro, una modificación de las reglas discursivas, en tanto lo que se pone en cuestión, a partir de un habla particular, es lo que hace mucho tiempo Pierre Bourdieu había caracterizado como“abuso de autoridad”, refiriéndose con ello a la“palabra legítima”—esa palabra dominante pero imposible de ser reconocida como tal— que instaura la imposibilidad de decir por fuera de lo que ella prescribe o designa como aceptable 5 . En ese sentido, Balibar considera que ese forzamiento“no quiere decir hallar una estrategia de comunicación mediática para los‘excluidos’”, 4 Varios trabajos incluidos en el volumen colectivo Ciudadanía, sociedad civil y participación política , compilado por Isidoro Cheresky, producen este tipo de vinculación. 5 Al respecto pueden revisarse“Lo que quiere decir hablar” y“El mercado lingüístico”, dos de las intervenciones públicas de Bourdieu en congresos y universidades, recogidas en su libro Sociología y Cultura , Grijalbo, México, 1990 450 In-disciplinada lo que a su juicio constituye literalmente“una contradicción en los términos”, en tanto“la sordera y la ceguera del sistema de comunicaciones a las realidades concretas de la pobreza y la exclusión, y sobre todo al habla, al modo de pensar y expresarse de los‘excluidos’, de lo cual el discurso de la televisión representa una realización casi caricaturesca, son por sí mismas formas y medios de reproducción de la exclusión, justamente porque esta no tiene una significación puramente económica”(Balibar, E.2004:134-135). El forzamiento al que alude consiste en“obligar a la sociedad” a ver y a oír aquello que cuestiona un orden que mantiene a cada quien en un lugar también legítimamente asignado. Por ello, la tercera operación implicada en ese forzamiento de las barreras de comunicación será siempre un acto de arrojo, una conquista. Una diferenciación radical respecto del sistema comunicativo vigente. Llegamos así a un punto que considero de especial relevancia para nuestras reflexiones. Y es exactamente desde él que quiero comenzar a mirar para atrás, como modo de cuestionar esa suerte de dilema planteado por Balibar al recusar las estrategias mediáticas como cauces posibles para hacerse ver y oír como lo que se es. A principios de los 80, en un texto que presenté en el primer encuentro que CLACSO organizaba en Argentina luego de los años de dictadura, destinado a pensar la comunicación y las culturas populares en Latinoamérica, reflexioné acerca del sentido que integrantes de los sectores populares de diferentes países otorgaban a algunas prácticas radiofónicas alternativas. A partir de investigaciones que había realizado en relación con esas prácticas, postulé que el“hablar como lo que se es”(utilizaba las mismas palabras que Balibar)—mujeres consideradas ignorantes; campesinos desposeídos, haitianos esclavizados por las trasnacionales y denigrados racialmente por los dominicanos…— significaba recuperar una posibilidad mutilada y perder el miedo a hacerse ver exhibiendo los mismos rasgos que determinaban su exclusión. 6 “Decir al mundo y al pueblo sus sufrimientos” equivalía a trastocar una distribución establecida de los cuerpos y de los bienes materiales y simbólicos y permitir que se viese“vibrar el movimiento”. Expresiones con que se aludía a la capacidad de actuar impugnando el orden excluyente y los discursos de ese orden. Una capacidad que afirmaban“no se quería perdonar”… y que solía acarrear ataques y restricciones a esas radios que, en tanto espacios de producción de esa palabra particular y adversativa 6 Las expresiones entrecomilladas corresponden a citas de entrevistas realizadas en esas investigaciones. P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 451 —y más allá de los niveles de popularidad y de los índices de audiencia que podían alcanzar— representaban islotes en el escenario masivo de comunicación(Mata, M. 1987). Pero también eran islas desde la dimensión de la vida cotidiana. Islas a las que se recurría en los momentos de lucha y movilización, a las que se acudía para defender sus trasmisores hasta con la vida—como supo ocurrir en Radio Pío XII de Bolivia— pero a las que se abandonaba buscando otras costas para el entretenimiento, la ensoñación, el mirar un poco más allá de los límites que marcaban el territorio propio, de iguales pobres o excluidos, para asomarse al mundo de los otros en que estaban ausentes. Esa condición insular de los medios alternativos respecto del escenario mediático y de la cultura que llamándose masiva se pretendía tenía límites netos con la cultura popular, fue durante un buen tiempo, al igual que su organicidad—en sentido gramsciano— respecto de las organizaciones y movimientos sociales, el foco de interrogaciones y debates de los que no daré cuenta aquí. Pero, a los fines de volver sobre lo que postula Balibar, recordaré, al menos, que fue la convicción de que la constitución de sujetos políticos no podía escindirse de las condiciones cotidianas de existencia, lo que permitió explorar la trama cultural masiva como complejo y contradictorio espacio de lo legitimado, pero también de lo reprimido y de lo resistente 7 . Una exploración que a mi juicio quedó a medio camino. Se avanzó en la comprensión de las razones por las cuales los medios y tecnologías constituían sus públicos—lo que en ese movimiento existía de extrañamiento, pero también de identificación, reconocimiento y gratificación—. Pero en cambio, fueron limitadas las consideraciones sistemáticas acerca del modo en que desde esos mismos medios y tecnologías se regulaba lo representable y pensable como práctica ciudadana y política. Una regulación técnica que dificulta la aparición de la diferencia radical y del conflicto en el espacio público como condiciones ineludibles de la democracia(Mata, M. 2002). “En un régimen democrático—sostiene Etienne Tassin, otro filósofo francés cuyo pensamiento ha sido difundido por politólogos argentinos— la subjetivación política, esta manera de singularizarse en la acción y de conquistar así una consistencia y una visibilidad 7 Uno de los aportes más significativos en la motivación de esas reflexiones lo constituyó, sin ninguna duda, el pensamiento de Jesús Martín-Barbero que, antes de la publicación de De los medios a las mediaciones en 1987, había animado fructíferos debates en congresos, seminarios y encuentros de trabajo. 452 In-disciplinada pública, es indisociable de las confrontaciones políticas, de las relaciones de fuerza y de los intercambios argumentativos, porque es de estos que surge, porque ninguna entidad comunitaria le es preexistente”(Tassin, E. 1999:56). Si pensamos el espacio público como escenario, como terreno de actuación y representación de individuos y grupos sociales, y en consecuencia como espacio de constitución de las identidades y subjetividades contemporáneas y de los sujetos políticos; y al mismo tiempo consideramos que ese espacio es una esfera de interlocución, es decir un conjunto de interacciones— diálogos, conflictos, alianzas, diferenciaciones— que permiten la constitución y visibilización de actores y de los tópicos que se reconocen como públicos, no podemos soslayar que en ambos sentidos los medios y tecnologías de comunicación se representan hoy—en discursos científicos y dóxicos— como dispositivos dotados de alta capacidad reguladora. Pero, al mismo tiempo, como dispositivos centrales para ver y hacerse ver; para hablar y ser escuchado. En ese sentido, plantear del modo en que lo hace Balibar la función meramente reproductora de exclusión de los medios masivos puede llevarnos otra vez, como en aquellos viejos tiempos, a imaginar una ciudadanía que sólo es pensable en términos conceptuales y prácticos al margen de los medios. O, mejor dicho, a pensar que la ciudadanía sólo sería aquella capacidad de aparición y expresividad que rompe toda legitimidad constituida a partir del espacio mediático. Cuando tomando “la idea de ciudadanía en sentido amplio, el del derecho a la palabra en el espacio público”, Balibar sostiene“hay que recuperar ese derecho a través de un grito de dolor y de desesperación: huelga de hambre, ocupación de edificios y de lugares públicos”(Balibar,E. 2004:123), pareciera negar que gritos y susurros no pueden existir con independencia de lo que Sergio Caletti acertadamente ha definido como uno de los rasgos del espacio público: su tecnologicidad , esto es, las marcas que le imprimen las tecnologías de comunicación que no sólo suponen ciertos instrumentos y cierto lenguaje sino, sobre todo,“una arquitectura para las relaciones políticas de la sociedad consigo misma y con el Estado, y un horizonte de posibilidades para esas relaciones”(Caletti, S. 2000:3). Desde este tipo de consideraciones, bien podría decirse que, más que un dilema, el pensamiento de Balibar nos enfrenta a una verdadera aporía: reconociendo la tecnologicidad del espacio público, si los medios sólo reproducen la exclusión, no existiría ninguna posibilidad de aparición de la ciudadanía entendida como voz-cuerpo-práctica que irrumpe para P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 453 ejercer derechos o expandirlos, porque justamente esa tecnologicidad no es equiparable al sistema de medios—cualquiera sea su grado de concentración o diversidad o sus posicionamientos políticos—, sino que opera en el modo en que los individuos y los colectivos sociales se dotan de un habla, comprenden los límites de lo público, reconocen posibilidades y limitaciones de actuación. Desde numerosas prácticas de movimientos y organizaciones sociales y también desde modalidades de producción mediática, ese pensamiento aporético puede cuestionarse. El modo desviado en que los discapacitados pobres, excluidos del derecho a la salud en nuestro país, son representados en esos melifluos fragmentos con que Tinelli nos los deja ver y oír en sus bailes y patinajes de la mano de soñadores que asumen misiones solidarias, no es equiparable a la presencia que los“nadies” adquieren en cine y televisión de la mano de un realizador como Pino Solanas, para dar sólo un ejemplo. Mientras existen líderes y organizaciones sociales que para ganar en publicidad se someten a las regulaciones que los medios masivos imponen, existen otros y otras que buscan—y en ocasiones consiguen— revertir esas regulaciones apropiándose de recursos y lenguajes legitimados para diseñar estrategias comunicativas disruptivas. Por eso dilema y no aporía. En realidad, lo que revela ese tipo de pensamiento aporético—reconocible en muchos pensadores de la política— es una problemática mal planteada. Lo que está en juego y se impone problematizar no es sólo la centralidad que fácilmente se reconoce a los medios y tecnologías en la constitución de la esfera pública como lugar de realización del ciudadano, sino un conjunto de nociones que también soslayamos en los debates sobre las alternativas comunicacionales. Problematizar la noción de identidad con que se opera cuando al asociar la ciudadanía a las posibilidades de hacerse ver y oír “como lo que se es” se restringe el“ser” a una dimensión fuerte —la de la exclusión o falta de derechos que se padece— y se desconocen las que serían dimensiones débiles , asociadas a los mecanismos de integración que incluso los más pobres y excluidos desarrollan y que también los convierte, por ejemplo, en consumidores y disfrutadores de medios masivos. Problematizar igualmente las nociones de presencia y representación y la tensión entre lo que podríamos llamar el pueblo por sí mismo o el pueblo a través de sus mediadores El propio Balibar puede en ese sentido ayudarnos. Discutiendo a Pierre Rosanvallon, cuando en La nueva cuestión social afirma que“los excluidos son de algún modo“irrepresentables” porque no constituyen una clase que 454 In-disciplinada podría tener sus delegados o sus portavoces”, Balibar sostiene la necesidad de impugnar las ideas“corporativistas” de representación, subyacentes en esa posición porque“lo que debe ser“representado” en política no es una condición o un grupo, es un problema”. Lo excluido se torna así, y como él lo sostiene, eminentemente representativo porque la representación“no se ubica en un cuadro representativo preexistente, sino que es la operación que crea ese cuadro y para ello“deforma o subvierte” el legitimado modo de hacer ver y hacer oír”(Balibar, E. 2004:135). Si asumimos la ciudadanía como la emergencia, siempre posible de ser desactivada de una urgencia, de una necesidad de ser que sólo puede adquirir presencia en tanto es comunicada públicamente, contra todo intento reduccionista de asimilar la comunicación a los medios y tecnologías que constituyen el horizonte público por antonomasia en nuestras sociedades, creo que tenemos desde nuestro campo de estudio muchas preguntas para plantearnos y plantear a la teoría política si no queremos ceder nuevamente a posiciones marginalistas o, en las antípodas(y he ahí el dilema), identificar cualquier estrategia de aparición mediática a las ideas democráticas liberales de participación por el mero acceso regulado a los escenarios donde los conflictos radicales se diluyen en simples problemas de diferenciación y en desigualdades reparables mediante procedimientos de gestión y gobernabilidad. Reconocer este tipo de dilemas, profundizar su alcance, proponer vías de superarlos tal vez nos permita reconectar la búsqueda de alternativas con el ejercicio de la ciudadanía en un horizonte político de transformación que incluya tanto los sistemas y medios de comunicación como los múltiples espacios donde la palabra pública legitimada escamotea la presencia de lo que ella niega. Bibliografía citada Balibar, Etienne(2004) Derecho de ciudad , Nueva Visión, Buenos Aires Bourdieu, Pierre(1990) Sociología y cultura , Grijalbo, México Caletti, Sergio(2000)“¿Quién dijo República? Notas para un análisis de la escena pública contemporánea, o de cómo el orden ha vuelto a imperar ” en Versión. Estudios de comunicación y política , Nº 10, División de Cs. Sociales y Humanidades, Universidad Autónoma; Metropolitana. México DF. Cheresky, Isidoro(comp.) Ciudadanía, sociedad civil y participación política , Miño y Dávila, Buenos Aires, 2006 P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 455 Mata, María C.(1987)“Cuando la comunicación puede ser sentida como propia. Reflexiones sobre una experiencia popular” en AAVV Comunicación y culturas populares en Latinoamérica , FELAFACS-Gustavo Gilli, México DF (2002)”La construcción técnica de la democracia” en Jardim Pinto y Marenco dos Santos(org.) Partidos no Cone Sul. Novos ángulos de pesquisa , FKA-UFRGS, Río de Janeiro Tassin, Etienne(1999)“Identidad, ciudadanía y comunidad política: ¿qué es un sujeto político?” en Quiroga, H, Villavicencio, S, Vermeren, P.(comp.) Filosofías de la ciudadanía. Sujeto político y democracia , Homo Sapiens, Rosario. 456 In-disciplinada Los medios públicos desde las luchas por el poder comunicar(2015) * Es una satisfacción compartir este panel, con que cerramos el coloquio sobre medios públicos y ciudadanía organizado por la Maestría en Comunicación y Cultura Contemporánea, la Especialización en Gestión y Producción de Medios Audiovisuales y el Programa de Estudios sobre Comunicación y Ciudadanía del Centro de Estudios Avanzados de nuestra universidad. En este coloquio han participado investigadoras e investigadores, pero también integrantes de medios públicos de nuestro país porque en nuestro Programa consideramos que la problemática de los derechos a la comunicación ha dejado de ser en América Latina una cuestión de especialistas, para instalarse como uno de los conflictos en que se expresan las luchas por el poder. Por eso sostenemos que la cuestión de los medios públicos excede en mucho sus aspectos institucionales y jurídico-normativos: en ella se conjugan dimensiones técnicas y productivas con dos aspectos político-culturales claves de nuestras sociedades: su carácter de democracias incompletas—es decir todavía signadas por restos autoritarios y condiciones de profunda desigualdad—; y su carácter de sociedades mediatizadas, es decir, sociedades en las cuales la construcción de interacciones y representaciones no puede pensarse por fuera de su articulación con tecnologías y medios info-comunicacionales. Hace ya varios años se publicaba en Diá-Logos, la revista de la FELAFACS, un texto que Sergio Caletti denominó“Siete tesis sobre comunicación y política”. En él buscaba formular siete invitaciones—yo creo que eran más bien incitaciones— para discutir la articulación entre comunicación y política. En aquel texto, que conserva toda su vigencia, Caletti señalaba que una de las dificultades que existían para el desarrollo de un pensamiento radical sobre las vinculaciones y entrecruzamientos entre los fenómenos comunicacionales y políticos era la naturalidad misma de esos cruces aunada a la persistencia de una“concepción en última instancia técnica de la comunicación y la política”(39). Con ello aludía a la persistente conceptualización de la comunicación como estrategia de producción y * Intervención en el panel de cierre del I Coloquio Nacional sobre Medios Públicos y Ciudadanía, realizado en el marco del VII Seminario regional de ALAIC Cono Sur, que tuvo lugar en la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina, el 28 de agosto de 2015. Inédito. P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 457 diseminación de mensajes y de la política como aparato o maquinaria social y, por consiguiente, como institucionalidad regulada. Ese modo de pensar la comunicación y la política sigue hoy predominando. A pesar de las complejizaciones realizadas en nuestro campo—las que producimos desde nuestro Programa sobre Comunicación y Ciudadanía, las que realiza el equipo conducido por el propio Caletti en la Universidad Nacional de Entre Ríos, las que han hecho intelectuales como Rossana Reguillo o Jesús Martín-Barbero, por mencionar sólo algunos esfuerzos desarrollados en ese sentido—, esa persistencia sigue reflejándose en las numerosas reflexiones e indagaciones que se interrogan acerca del modo en que la comunicación—en términos de tecnologías y estrategias— afecta a la política en términos de actividad institucionalizada. Así—y creo innecesario detenerme mucho en ello— proliferan los estudios que culpan a medios y tecnologías del deterioro de la política convertida en espectáculo o entretenimiento y, en las antípodas, los que auguran avances democratizadores y participativos gracias a las redes y la interactividad. Ciertamente no es posible superar esas perspectivas restringidas y dicotómicas si se opera con concepciones instrumentales de la comunicación y la política. El horizonte se modifica, en cambio, si no pensamos la política sólo en sus dimensiones institucionales—sus organizaciones, sus momentos de deliberación y decisión—, sino si además y fundamentalmente la pensamos como esfera y práctica de la vida colectiva en la cual se diseñan y discuten los sentidos del orden social, es decir, los principios, valores y normas que regulan la vida en común. Y si junto a ello pensamos la comunicación como esos complejos intercambios a través de los cuales los individuos y grupos sociales producimos las significaciones colectivas en permanente tensión y confrontación. Desde esas nociones se hace comprensible y aceptable la sexta tesis de aquel texto de Caletti, que afirmaba que“la comunicación constituye la condición de la política en un doble sentido”: porque no puede pensarse el quehacer de la política como discusión de ideas sin actores que discutan, y porque no puede pensarse esa práctica en términos de construcción de proyectos de futuro sin la colectivización de intereses y propuestas. Esa articulación no es novedosa. Siempre existió. Sin embargo, es necesario asumir que ella se produce hoy en un espacio público constituido tanto por lo que yo he llamado“la plaza”, es decir, los espacios tradicionales de agregación y acción colectiva—que hoy se dotan de nuevas formas—, y“la platea”, es decir, las prácticas mediáticas que se sostienen en nuestra condición de públicos de medios y usuarios de tecnologías de información 458 In-disciplinada y comunicación. Es en ese espacio público mediatizado en el que se dirimen hoy las luchas por el poder político, es decir por la conducción de la sociedad, que no es independiente del poder comunicativo-cultural, es decir, de la posibilidad de construir ideas hegemónicas. Una posibilidad en la que hoy intervienen decididamente los dispositivos técnicos que permiten la aparición y representación mediática de temas y actores. De ahí que John Thomspon pueda postular que“la lucha por hacerse oír y ver (y de evitar que otros hagan lo mismo) no es un aspecto periférico de las conmociones sociales y políticas del mundo moderno; todo lo contrario, es su característica central”. En nuestras sociedades, que a pesar de la institucionalidad democrática están atravesadas por desigualdades y exclusiones notorias, esas luchas por hacerse ver y oír en contra de quienes buscan impedirlo, no son nuevas. Se expresaron en las luchas por la independencia, en la resistencia de los pueblos originarios, en las búsquedas culturales alternativas. Sin embargo, es indudable que el siglo XXI ha sido escenario de particulares esfuerzos por someter a discusión los sistemas de medios masivos y sus regulaciones legales e institucionales. Por eso afirmamos que la problemática de los derechos a la comunicación no es una cuestión de especialistas sino uno de los ámbitos en que se producen las pugnas por el poder. No creo necesario referirme—para sostener esa afirmación— a las confrontaciones que se vivieron y se viven aún hoy en nuestro país en torno a la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual o a las que se han dado en otros países de la región en el mismo sentido. Podría también sostenerla en una larga tradición de medios populares, alternativos y comunitarios construidos desde la necesidad y vocación de recuperar la capacidad y legitimidad de expresarse para las mayorías desposeídas de las condiciones legales para acceder a medios y tecnologías pero también para las minorías excluidas de ellos. En todos esos casos es posible reconstruir discursos y prácticas que identifican claramente intereses antagónicos y sus consecuentes justificaciones ideológicas: es decir, intereses encontrados que afirman o niegan la universalidad de los derechos a la comunicación. Sin embargo, hay una zona, una dimensión de los sistemas comunicativos que parece ponerse al margen o abstraerse de esa confrontación; una dimensión cuya naturaleza pareciera impedir la emergencia de la cuestión del antagonismo. Me refiero a los denominados medios públicos. Un tipo de medios cuyo régimen de propiedad es variado, según las legislaciones de diferentes países, pero que resultan prácticamente igualados en P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 459 términos de sus objetivos o de las características que deben tener, tanto en esas normativas como en el pensar de quienes desde la academia o los organismos internacionales se dedican a reflexionar sobre ellos. La bibliografía latinoamericana producida en torno a los medios públicos ofrece un considerable consenso acerca del papel que deben cumplir como instrumentos de democratización de la comunicación. Diferentes teóricos e investigadores sostienen que, entre otras cosas, esos medios deben garantizar el acceso a la información para toda la población; fomentar su participación en debates; contribuir a su desarrollo cultural y educativo; respetar y promover el pluralismo político, étnico, religioso, social, lingüístico; brindar programación adecuada a sectores no debidamente atendidos por el sistema de medios con fines de lucro. Explícita o implícitamente en esas propuestas se asume la existencia de un daño que los medios públicos deben contribuir a reparar: la apropiación, la monopolización de la palabra por unos pocos sectores. Y lo que resulta más significativo aún es que en esa bibliografía, a pesar de haber sido producida desde diferentes perspectivas disciplinarias y teóricas, y aun cuando en esos textos se emplean términos como públicos o audiencias, el destinatario de los medios públicos se concibe como sujeto de derechos y como potencial actor social. Es por eso que usualmente se afirma que una de las características diferenciales de los medios públicos es“interpelar al ciudadano, más que al consumidor”. Así lo sostenían allá por el 2000 Jesús Martín-Barbero, Omar Rincón y Germán Rey en Colombia al formular aportes para pensar la televisión pública de su país. Pero ocurre algo similar en Cajas Mágicas , una especie de“libro blanco” sobre la cuestión preparado recientemente por varios autores, entre ellos Martín Becerra, a pedido del Banco Mundial, el PNUD y la FIIAPP: ellos afirman que esos medios se caracterizan por“dirigirse al ciudadano a diferencia de los medios privados que se dirigen a los consumidores y a diferencia de los medios puramente gubernamentales que se dirigen al ciudadano como elector”. Ahora bien, ¿qué significa que desde miradas diferentes pueda coincidirse en esa particular destinación de los medios públicos a la ciudadanía cuando por lo demás, los mismos teóricos e investigadores indican la necesidad de esos medios de conquistar amplias audiencias? A mi juicio esa es una pregunta inquietante porque sostengo que del modo en que se la responda dependerá el tipo de interacción comunicativa que puede proponerse. Y eso porque, a pesar del generalizado acuerdo sobre el destinatario principal de los medios públicos, lo que no existe es un único modo de pensar la ciudadanía. 460 In-disciplinada Según la clásica concepción jurídica liberal, la ciudadanía es un estatuto fundado en normas constitucionales; el ciudadano es el individuo poseedor de derechos y obligaciones, un actor preconstituido por las normativas existentes. Los medios públicos tendrían la finalidad de asegurar a la ciudadanía, entendida de ese modo través del Estado o de otras instituciones —el caso de las universidades, por ejemplo, en nuestro país— ciertos derechos que el mercado podría llegar a no satisfacer. En ese sentido, el correlato directo con esa concepción de ciudadanía es el de la comunicación como servicio público, lo que permite asociar esos medios con el sistema de salud o de educación pública: sistemas a través de los cuales derechos de diferente naturaleza se garantizan al conjunto de la población. Por ello se considera que los medios públicos cumplen sus funciones al proveer bienes necesarios para el ejercicio de derechos que distribuyen atendiendo a valores tales como la universalidad y pluralidad. Este modo de articular medios públicos y ciudadanía es el más frecuente y se sostienen además en lo que se ha dado en llamar la democracia consensual. Los medios que la asumen buscan diferenciarse del mercado que, al priorizar ganancias, se formula pocas preguntas ético-políticas en torno a los derechos de distintos individuos y grupos sociales. En consecuencia, son medios que piensan en destinatarios que deben saber, a través de ellos, lo que los restantes medios no informan; que deben poder ejercitarse en el arte de la argumentación por sobre los sensibles modos del reaccionar; que deben interesarse más en graves problemas que en meros pasatiempos. Así, los medios públicos se conciben como espacios de variedad y armonía en los que todo cabe y convive en igualdad; medios que por algunos mecanismos institucionales—su régimen de propiedad y gestión, por ejemplo— estarían alejados de intereses y luchas sectoriales y en consecuencia de cualquier posicionamiento excepto el del bien común que nunca se explicita por quién es definido. En otras palabras, medios extraídos de las condiciones económicas, sociales y políticas objetivas de nuestras desiguales y conflictivas sociedades y más aún, extraídos de las luchas por el poder. Pero, por otro lado, esos medios se parecen más a formalísimos textos de educación cívica o de cultura general que a ese alimento del cual los ciudadanos a quienes desean interpelar están hechos, el alimento que, en tanto públicos, les proveen constantemente los medios y tecnologías de comunicación. Porque justamente lo que en esos medios públicos no parece reconocerse es que esa población constituida como ciudadanía P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 461 por el sistema jurídico y la matriz político-institucional de nuestros países, ha sido además constituida como público de los medios: una condición identitaria propia de quienes formamos parte de sociedades mediatizadas y que implica básicamente aceptar un tipo específico de interpelación— informativa, recreativa, educativa—, aceptar a unos enunciadores como legítimos interlocutores y aceptar determinadas estrategias de interlocución. Una condición que a menudo se olvida o que se acepta sin que provoque necesarias consecuencias. Veamos ahora otra noción de ciudadanía desde la cual pensar los medios públicos. A partir de revisiones sociológicas y propias de la teoría política, esa noción permitió dar cuenta de una figura que fue emergiendo en los últimos tiempos a través de movilizaciones y prácticas articuladas en torno a la reivindicación de derechos tras décadas de políticas neoliberales que achicaron los Estados nacionales reduciéndolos a su mínima expresión y tras el quiebre de anteriores sistemas de representación política y sectorial. La ciudadanía, en esta perspectiva, no alude a una condición jurídica sino a una práctica. Consiste en la irrupción en la esfera pública de unos sujetos que demandan derechos no sólo ante el Estado sino ante el conjunto de poderes locales, nacionales y globales que los coartan y niegan. Pero la lucha ciudadana no se agota en el reclamo de derechos, sino que además cuestiona la organización desigual de las sociedades que implica la subordinación de unos al poder de otros. Como se advierte, esa noción de ciudadanía es impensable por fuera de su dimensión comunicativa porque el ciudadano sólo se realiza en tanto expresa públicamente sus demandas y propuestas ante los iguales o posibles aliados y ante sus antagonistas. Es por ello que puede afirmarse que el derecho a la comunicación es una de las dimensiones en que se expresan las luchas por el poder. Sabemos bien que no se puede pensar y nombrar la realidad con autonomía cuando a uno se le despoja de la palabra propia, como fueron despojados los pueblos originarios de nuestros países. O cuando alguien es acallado en la esfera pública, como durante tanto tiempo nos ocurrió a las mujeres. Sabemos que no se pueden colectivizar necesidades y deseos para producir sentidos comunes acerca del vivir, cuando hay individuos y grupos enteros que son acallados y cuando los espacios para esa puesta en común—escuelas, organizaciones políticas, parlamentos, medios de comunicación— están férreamente controlados por unos pocos que fijan temas, modos de actuar, de argumentar, de llegar a acuerdos. Por eso la constitución del poder ha estado siempre articulada con la capacidad de establecer las reglas del comunicar y las legitimidades 462 In-disciplinada prescriptas para hacerlo. Y por eso las luchas por el poder siempre han sido luchas por conquistar o reconquistar la palabra. En las sociedades mediatizadas, esa irrupción y constitución de la ciudadanía en el espacio público es imposible al margen de las tecnologías de información y los medios masivos. Pero la capacidad de los poderes mediáticos para recuperar e incluso banalizar las voces que demandan y proponen desde situaciones de exclusión y desigualdad, o desde perspectivas innovadoras y emancipatorias, representa una verdadera limitación del ejercicio de la ciudadanía: por los condicionamientos con que esas voces tienen que expresarse y las manipulaciones a que se las somete; por la fragmentariedad con que ellas se pronuncian en los medios hegemónicos, por el carácter episódico que ahí adquieren los reclamos y luchas, por su transformación en relatos más o menos violentos, espectaculares o morbosos. Pensando así la ciudadanía y asumiendo la democracia como ese orden que, en palabras de Ricardo Forster,“tiene que lidiar con la diversidad y multiplicidad de una sociedad en estado de litigio”, es posible concebir de otro modo los medios públicos: ya no desde la perspectiva del servicio público sino como instituciones y prácticas potenciadoras de derechos, capaces de producir un diferencial de poder en la tarea de democratizar la comunicación y la sociedad. Independientemente de su institucionalidad en términos de propiedad y gestión, si los medios públicos están llamados a reparar las desigualdades expresivas de nuestras sociedades y contribuir a su democratización, deberían permitir fundamentalmente la expresión del conflicto. Claro que eso supone enfrentar unos cuantos desafíos, derivados del reconocimiento de la dimensión política propia de la comunicación, cuando es pública y que por lo tanto es propia de todos los medios masivos, incluidos los medios públicos. Y aunque en lo que sigue muchas veces llegue a emplear el verbo“deber”, no estoy elaborando un discurso prescriptivo. Hablo de desafíos, es decir, de consecuencias inevitables si se asumen ciertas nociones como puntos de partida. Uno de los desafíos derivados de pensar políticamente los medios públicos consiste en comprender que las demandas de pluralidad no pueden confundirse con aquel pluralismo liberal que criticaba lúcidamente Henri Lefevbre allá por los años 70, y que Armand Mattelart asociaba, a comienzos de los años 80, con el modo en que se pensaba el servicio público en materia de comunicación en Europa. Él decía que las televisiones públicas europeas eran“una forma de organización del consenso”, ya que eran más el espejo de las“opiniones admitidas” que el lugar de expresión de nuevas P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 463 contradicciones e innovadoras búsquedas políticas y sociales. Un tipo de apreciación que difícilmente encontramos en los teóricos e investigadores que aún siguen proponiendo como modelos de“buenas prácticas” a los medios públicos europeos. En la perspectiva de la construcción de un poder democrático, el igualitarismo suele provocar inequidad; la redistribución de los bienes materiales y simbólicos sólo puede reparar exclusiones e injusticias si es desproporcional a los bienes con que cuentan los distintos actores. Por ello si los medios públicos se piensan vinculados con la ciudadanía, es decir, con las luchas por derechos, ellos deberían trabajar sistemáticamente para reconocer la diversidad de opresiones que se sufren en nuestras sociedades y la diversidad de estrategias con que ellas se enfrentan. Para que lo plural sea mucho menos la forma de una organización del consenso, y mucho más una forma de expresión del litigio, de los conflictos que nos constituyen como democracia. Por eso hay que dar cabida a la pluralidad de expresiones que reivindican diferentes órdenes posibles. Se trata de un desafío considerable porque siempre cuesta reconocer a los diferentes el derecho a esa diferencia. Porque siempre es más fácil abrir micrófonos y brindar cámaras para los iguales. Contra esa valorada idea de una escena pública polifónica(y por tanto armónica) con que suele asociarse la escena pública plural, creo que hay que dejar entrar los instrumentos precarios o innovadores, los ruidos y los sonidos discordantes. Si se acepta ese desafío, se impone inmediatamente otro. Los medios públicos deben ser—y pueden ser— espacios de agregación. Por minúscula o irrelevante que parezca una demanda, una impugnación al poder o una propuesta de transformación, ella debe dialogar con otras demandas y propuestas. Si la lógica del poder opera buscando el aislamiento en la individualidad y la particularidad, si en los medios con fines de lucro los casos aislados no permiten comprender las causas que los producen y mucho menos tejer correlaciones y entrever estrategias colectivas, los medios públicos deberán pensarse como puentes para reconocer parentescos y establecer convergencias y para que, al mismo tiempo, se expresen las contradicciones y hasta los antagonismos irreductibles. En ese sentido, creo que los medios públicos, como en otras ocasiones he planteado en relación a medios populares o comunitarios, deben disputar a los medios de comunicación hegemónicos lo que me gusta llamar el trazado del mapa de la ciudadanía. Contra la proliferación de individuos y colectivos 464 In-disciplinada aislados entre sí que reclaman en pantallas y ondas por su sufrimientos; contra la irrupción también parcial de propuestas, se trata de hacer visible una urdimbre, una trama hecha con hilos de diferente espesor y color pero capaz de entretejerse diseñando combinaciones que alteren los lugares y jerarquías establecidas en las prioridades de gobernantes, en las agendas mediáticas, en las ofertas culturales del mercado. Ese nuevo mapa, ese nuevo territorio audiovisual debe posibilitarnos comprender las regularidades y conexiones que existen entre los diferentes tipos de exclusión y la posibilidad de colectivizar las alternativas de inclusión y equidad. Además, los medios públicos deben asumir otro desafío: disputar las agendas que se construyen desde los medios hegemónicos, proveyendo aquello que hace muchos años Herbert Schiller denominaba la información “socialmente necesaria”. Una información sin la cual la brecha que existe entre quienes tienen los recursos técnicos para recolectar datos, analizarlos y decidir luego sobre su uso y difusión, y los“infopobres”, como denominaba Aníbal Ford al público de los medios hegemónicos, se agranda día a día. El fortalecimiento de las luchas democráticas requiere de un cada vez más denso trabajo de producción de información que permita, a quienes menos posibilidades tienen, nutrirse de los conocimientos a menudo inaccesibles que son imprescindibles para imaginar nuevos órdenes económicos, políticos y culturales. Por su pertenencia al Estado o a instituciones que producen y/o poseen saberes específicos, los medios públicos deberían revisar, repensar, las nociones de información que suelen agotarse en los cánones periodísticos, operar con nuevas concepciones sobre el conocimiento público o compartido y atreverse a innovar, a experimentar nuevos géneros y formatos para contribuir a producir saberes en común, conocimientos pertinentes y situados que fortalezcan las voces ciudadanas, sus demandas y propuestas. Trabajando algunas de estas ideas con compañeros y compañeras involucrados en medios y productoras audiovisuales universitarias y en medios estatales, hemos advertido que estos desafíos derivados del hecho de pensar políticamente a los medios públicos no excluyen asumir otro, propio de cualquier medio de comunicación: ser un habla que busca la interlocución. Los medios públicos no pueden asumir seriamente el reto de ser esos actores político-culturales necesarios para la constitución de una ciudadanía fuerte, con capacidad de intervenir en la dinámica social y producir transformaciones inspiradas en los ideales de justicia y democracia P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 465 plena, sin aceptar, al mismo tiempo e indisociablemente, el desafío de ser vistos y oídos. Pero esa es otra cuestión que excede el tiempo y la temática que estamos abordando. Por eso cierro esta intervención reafirmando lo que espero poder haber planteado con alguna claridad. No existe un único modo de pensar los medios públicos; no hay buenas o malas prácticas en abstracto. Lo que hay, también en relación con ellos, es la politicidad intrínseca de todas las prácticas comunicativas públicas, esa dimensión en la que se juega el poder hablar o el tener que callar que, para parafrasear una vieja afirmación de Antonio Pasquali, no es el genuino silencio de quien no quiere hablar sino el de quien no puede hacerlo al no contar con los medios y posibilidades para hacerlo. O peor aún, el de quien no siente la necesidad de hablar porque ha sido convencido de que su palabra es ilegítima. 466 In-disciplinada Agendas y voces concentradas: el declive de los derechos a la comunicación(2016) * Agradezco a la Defensoría del Público, y a su titular, la Lic. Cynthia Ottaviano, la invitación para compartir con ustedes algunas reflexiones sobre el modo en que la concentración de medios de comunicación afecta los derechos a expresarse e informarse de grandes mayorías sociales. Además, celebro la realización de esta Conferencia en nuestro país. Tal vez, cuando se decidió que Argentina fuera sede del encuentro, no se preveía que nos encontraríamos en momentos tan críticos para el ejercicio de esos derechos. Por eso, mis palabras de hoy estarán marcadas por la necesidad de hacer visibles las voces que quieren ser acalladas en este país. Esas voces que la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual—elaborada participativamente, aprobada por una amplia mayoría parlamentaria en 2009 y hoy derogada parcialmente por Decretos del actual gobierno— había posibilitado que comenzaran a expresarse desde la condición de público de los medios. Esa condición consustancial a nuestra pertenencia a sociedades mediatizadas y que ustedes, quienes se congregan en esta Conferencia, asumen como objeto de sus trabajos, de sus intervenciones, de su compromiso. Pero más allá de esa marca inevitable, mi reflexión buscará generalizar la cuestión. Porque son muchas, muchísimas, las realidades nacionales en las cuales sólo unas pocas voces, unos pocos temas, unas pocas miradas, se despliegan en el espacio público, esa“instancia en la cual y a través de la cual, según nos enseñara Sergio Caletti, la sociedad se muestra—se presenta y representa— ante sí misma”(Caletti, Sergio, 2007:218) y cuya pluralidad es imprescindible para la vida democrática. Esas voces que buscan pronunciarse por encima, por debajo o junto al monocorde hablar de los medios concentrados, se escuchan desde hace algunos años en las audiencias organizadas por la Defensoría del Público en diferentes regiones del país. Durante el año pasado, esas audiencias tuvieron una orientación específica: convocaron a la población a expresarse acerca de las representaciones que los medios audiovisuales construyen sobre diferentes sectores sociales y sobre las temáticas que les involucran. * Conferencia pronunciada en la Conferencia Anual de la ONO(Organization of News Ombudsmen) organizada por la ONO y la Defensoría del Público de Servicios de Comunicación Audiovisual en Buenos Aires, Argentina, 17 al 20 de abril de 2016. Inédita. P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 467 En una de esas audiencias, la correspondiente a la provincia de Buenos Aires, un grupo de adolescentes y una de las profesoras de la escuela a la que asisten en la localidad de Trenque Lauquen participaron para hablar de Estamos todos bien , un noticiero comunitario que producen junto con un espacio de comunicación popular del municipio y que difunden a través del canal público local. Candelaria Gómez tiene 16 años. Presenta a su grupo diciendo“la idea fue mostrar nuestro barrio, nuestra escuela, nuestra forma de vida, nuestra propia realidad porque no nos sentíamos identificados con lo que mostraban los medios de nosotros”. 1 Leticia, su profesora, apelando a un texto de un reconocido pensador de la comunicación, Jesús Martín-Barbero, precisa la intención que les animó:“lo que nosotros nos proponíamos era la posibilidad de narrar, y narrar como dice Barbero, narrar es contar, pero además ser tenidos en cuenta”. Ser tenidos en cuenta implica, entre otras cosas, según el citado texto de Martín-Barbero,“contar en las decisiones que nos afectan” y ello depende, destaca,“de la capacidad que tengan nuestros relatos para dar cuenta de la tensión entre lo que somos y lo que queremos ser”(Martín-Barbero, Jesús, 2005:10). Los jóvenes no estaban presentes en la pantalla del canal público que finalmente acogió el programa y tampoco en el sistema de televisión por cable que abastece a la ciudad y que fue objeto, desde que se aprobó la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, de numerosos reclamos del público por no cumplir las disposiciones que exigían la inclusión de señales que ampliaran la variedad informativa 2 . Algo que lamentablemente ya no podrá reclamarse ahora, en función de que el gobierno ha derogado las disposiciones de la ley que consideraba a la televisión por cable un servicio audiovisual. Esa ausencia les impedía a los jóvenes, en buena medida, construir el discurso que les permitiera pensarse. Diseñar el querer ser. Así lo expresaba Leticia, la profesora: 1 Todas las citas de intervenciones en las Audiencias Públicas organizadas por la Defensoría del Público pueden consultarse en http://www.defensadelpublico.gob.ar/es/secciones/audienciaspublicas 2 Se trata de Cablevisión, cuestionado en diferentes ocasiones por no incluir señales como Paka Paka, Telesur, IncaTV y CN23 así como por cobrar tarifas superiores a las autorizadas. Ver, entre otras referencias, las siguientes notas periodísticas: http://www.lanoticia1.com/noticia/ trenque-lauquen-los-trabajadores-de-televison-piden-a-cablevision-el-cumplimiento-de-la-leyde-medios-2111010352.html http://laopinion.com.ar/se-realizo-una-audiencia-con-cablevision/ http://www.blogsatsaid.com.ar/abonados-de-cablevision-de-trenquelauquen-reclamaron-la-inclusion-de-las-nuevas-senales/ 468 In-disciplinada “En Trenque Lauquen se consumen muchísimo las noticias de capital, por lo tanto, los jóvenes son vistos cuando se drogan, se matan, se golpean en la calle …, faltaban nuestros jóvenes trenquelauquenses y faltaba otra mirada sobre la realidad de los jóvenes y sobre lo que a los jóvenes les interesa, como tantos otros sectores que no están presentes en los medios. Entonces, a partir de eso, pensamos en la posibilidad de realizar un noticiero comunitario. Los chicos se comprometieron con esa idea. Fue muy difícil para ellos empezar a pensar en una noticia que no fuera la noticia a la que estaban habituados ver. Incluso para los adultos es difícil pensar la noticia desde otro lugar, desde otro lugar que no sea la violencia, por ejemplo… Una vez que pudimos empezar a pensar, empezamos a trabajar en la producción”. En medio de un sistema comunicacional que impregna casi sin resquicios la cotidianeidad prometiendo de manera incesante el saber sobre sí mismos y sobre los demás, poder“empezar a pensar” remite a la necesidad de provocar cierto silencio, remite al distanciamiento que los jóvenes tuvieron que hacer con relación a las imágenes y los datos provistos por los medios que consumían para poder contar y contarse de un modo diferente, y así construir el relato a partir del cual querían ser tenidos en cuenta. Esa necesidad asoma de diferentes modos en cada una de las exposiciones que se produjeron en las audiencias desarrolladas por la Defensoría. La estereotipia que generan mayoritariamente los medios masivos es, sin dudas, uno de los principales impedimentos para que diversos sectores se sientan representados por sus discursos. Los adultos mayores, incluso nombrados afectivamente como“abuelos”, rechazan el espejo que les ofrecen para verse sólo como improductivos, pasivos, débiles, dependientes de los demás. Las mujeres rechazan las construcciones que las identifican con roles clásicos, diseñados desde una larga historia de subordinación: “Las mujeres de a pie, las de todos los días y las de todos los espacios no nos sentimos representadas en los medios masivos de comunicación. Decimos que los medios masivos de comunicación no nos ven a las mujeres sino a partir de los estereotipos que construyen… amparados en la cultura patriarcal que a pesar de las leyes vigentes sigue reproduciéndose de manera cotidiana”. Eso manifiestan las integrantes de la Fundación Tramando de Paraná, quienes dan un paso más al vincular la producción de estereotipos con el P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 469 ocultamiento de derechos conquistados y de injusticias culturales—para emplear la noción acuñada por Nancy Frazer— que han comenzado a superarse. La“heterosexualidad como único modo de validación identitaria”, el trabajo doméstico“como función obligatoria e indelegable” son, para ese grupo de mujeres, algunos ejemplos del desconocimiento de luchas y logros que supone retrotraer los avances alcanzados 3 . En relación con ello vale recordar, como lo hace la propia Frazer, las implicancias que adquieren ese tipo de representaciones distorsionadas y que Charles Taylor vincula a la cuestión del reconocimiento . Él plantea que: “…Un individuo o un grupo de personas puede sufrir un verdadero daño, una auténtica deformación si la gente o la sociedad que lo rodean le muestran, como reflejo, un cuadro limitativo, o degradante o despreciable de sí mismo. El falso reconocimiento o la falta de reconocimiento puede causar daño, puede ser una forma de opresión que aprisione a alguien en un modo de ser falso, deformado y reducido[…] el falso reconocimiento no sólo muestra una falta del respeto debido. Puede infligir una herida dolorosa[…] El reconocimiento debido no sólo es una cortesía que debemos a los demás: es una necesidad humana vital(Taylor, Charles, 2001: 44-45). Son también del orden del reconocimiento las demandas que formularon en las audiencias diferentes grupos de trabajadores. “Nuestros avances no existen, nuestras acciones colectivas de construcción de la organización sindical o del fortalecimiento de nuestro propio puesto de trabajo como docentes y su lugar en la comunidad son totalmente invisibilizados…” Eso dicen los integrantes del Sindicato Unificado de Trabajadores de la Educación de Buenos Aires. Tampoco se ven en los medios los trabajadores de subterráneos de la ciudad capital del país, excepto cuando la distorsión les alcanza del mismo modo que a los docentes; es decir, cuando al ejercer 3 Pero lo que ellas critican desborda los límites nacionales. El Informe 2015 del Proyecto de Monitoreo de Global de medios(GMMP) desarrollado por la WACC, muestra la reproducción de esa situación:“Los estereotipos de género han permanecido firmemente incrustados en los medios informativos en el último decenio. En 10 años no hubo avance en la proporción de notas informativas sobre política que cuestionaron claramente los estereotipos de género, al mismo tiempo que da la impresión de que la presencia de estereotipos se incrementó en noticias sobre temas sociales y legales”. Accesible en http://cdn.agilitycms.com/who-makes-the-news/ Imported/reports_2015/highlights/highlights_es.pdf 470 In-disciplinada un derecho constitucional—el derecho de huelga—, son representados como meros causantes de problemas a otros—a los pasajeros y a los estudiantes— y no como parte de conflictos económicos y sociales. Tampoco se reconocen en el discurso mediático quienes integran la Unión de Trabajadores Rurales sin Tierra, ni quienes hablaron en nombre del Movimiento Nacional Campesino Indígena.“Sepan que tenemos la capacidad y la voluntad de seguir alimentando, y con alimentos sanos, a nuestro pueblo”, dijeron ellos en la audiencia, como dicen a diario desde sus propias emisoras comunitarias creadas con esfuerzo y constancia porque en el resto de medios masivos están ausentes sus luchas y sus capacidades productivas. La estigmatización completa el conjunto de dispositivos a raíz de los cuales se produce el extrañamiento y la crítica respecto del discurso mediático. La sufren con particular intensidad los integrantes de pueblos originarios, los afrodescendientes, los sindicalistas, los jóvenes y adolescentes en general, pero especialmente aquellos que están privados de libertad o que padecen adicciones. Esos procedimientos discursivos constituyen, como manifestaron diversos actores, barreras para su reconocimiento público. Esos modos en que son hablados desde lugares comunes y banales, desde tergiversaciones y clasificaciones lesivas para la propia dignidad, fueron señalados una y otra vez en las audiencias dibujando un panorama comunicativo con escasas particularidades regionales. De norte a sur del país, de este a oeste, parece desplegarse un sistema comunicativo relativamente homogéneo que, además, presenta otra característica común: la simplificación de situaciones conflictivas, el aplanamiento de las complejidades que caracterizan nuestras sociedades, el dibujo de un mapa a partir de trazos gruesos, sin matices ni caminos intermedios, sin indicadores que permitan comprender las que se proponen como cuestiones problemáticas. Representantes de la comunidad mapuche de Allen plantean de qué modo en los medios de comunicación del Alto Valle de Río Negro y de Neuquén ellos son caracterizados como extranjeros, usurpadores y agresores, cuando en realidad ejercen su derecho al territorio ante las empresas que buscan desalojarlos para poder explotar los recursos naturales que ellas encierran. Ana Nicora, representante de la Corriente Agraria Nacional y Popular de la provincia del Chaco, interviene enfatizando la reducción de la realidad agrícola del país a una región—la más rica, la Pampa Húmeda— y a un solo sector—el más rico, el de los agroexportadores—. La enorme variedad de productores y productos, la variedad de condiciones de vida y trabajo que P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 471 pueblan los extensos campos del país desaparecen. Los medios, dice Ana, la“uniforman mediante los cientos y miles de repetidoras, que tienen en el país, formal o informalmente”. En su voz parece resonar la de Clara Busso, secretaria general de la seccional Viedma de la Unión de Trabajadores de la Educación de Río Negro cuando alude al modo con que se abordan las problemáticas de su sector, restringiendo lo que sucede en el sistema educativo a la violencia escolar o los paros docentes, sin permitir que la sociedad pueda conocer y comprender ese mundo lleno de riqueza y variedad donde transcurre la vida de niños y adolescentes y la de quienes cotidianamente interactúan con ellos en una gama amplísima de situaciones. Y también resuena esa queja por las ausencias de tópicos y matices en las palabras de la representante de una emisora salteña, FM de Adentro, la primera radio nacional en un contexto de encierro: “Hay una criminología mediática muy clara. La sabemos todos. Los pibes son usados como chivos expiatorios para no hablar realmente de las causas, de los problemas sociales que llevan a esta población a los contextos de encierro, que son el uso problemático de las drogas, que es la violencia institucional, que es la vulneración de derechos en general”. Las constantes señaladas hasta aquí se agravan al vincularlas con las restringidas agendas temáticas que los medios hegemónicos ofrecen. No entraré en mayores detalles. Pero el monitoreo de informativos de canales de televisión abierta con origen en Buenos Aires que realiza la Defensoría del Público desde hace algún tiempo y el que nosotros desarrollamos conjuntamente con ella desde la Universidad Nacional de Córdoba, analizando la oferta de los canales de nuestra ciudad, demuestran que son muy pocos y similares los tópicos que predominan en las pantallas—en términos generales predominan las informaciones referidas al deporte, a la seguridad, a la política y a los espectáculos—, mientras que esporádica y circunstancialmente se da cabida a la vasta temática que recubre la vida colectiva. Es por ello que las informaciones referidas, entre otras cuestiones, a los derechos humanos, la educación, los pueblos originarios, la problemática ambiental y la de género, temáticas que en las audiencias fueron foco de críticas y demandas, apenas son tratadas 4 . 4 Los resultados de los estudios referidos están disponibles en http://www.defensadelpublico. gob.ar/es/secciones/monitoreos 472 In-disciplinada El panorama no es demasiado diferente en otras realidades. Ya en el Informe 2004 de la Relatoría de Libertad de Expresión de la Corte Interamericana de Derechos Humanos se indicaba que“a pesar de las grandes cantidades de información procesadas en las salas de prensa de diarios, estaciones de radio y de televisión, el público en ciertos casos tiene la impresión de leer, escuchar o ver los mismos titulares en todo lugar”. En algunas ocasiones, planteaba el documento“ello se debe a que estos medios tan sólo repiten la información que ha sido previamente provista por las agencias de noticias locales o extranjeras”(Relatoría, 2004:122) 5 . Pero también se indicaba que “Cuando las fuentes de información están seriamente reducidas en su cantidad, como es el caso de los oligopolios, o bien existe una única fuente, como los monopolios, se limita la posibilidad de que la información que se difunda cuente con los beneficios de ser confrontada con información procedente de otros sectores, limitando de hecho, el derecho de información de toda la sociedad. La existencia de monopolios u oligopolios públicos o privados constituye de esta forma un serio obstáculo para la difusión del pensamiento propio, así como para la recepción de opiniones diferentes“(Ídem: 121). Año tras año la Relatoría ha insistido en el tema actualizándolo en función de las nuevas condiciones y desarrollos tecnológicos. De ahí que el Informe Anual de 2014 dedique especial atención a los procesos de digitalización en los que advierte posibilidades de desconcentración, siempre y cuando los Estados nacionales asuman los estándares propuestos desde el sistema interamericano.“Las normas de competencia no son suficientes para asegurar la diversidad cultural y el pluralismo informativo en los medios en el sector de la televisión digital” se afirma, y por ello se sostiene que“los Estados también deberían considerar adoptar políticas públicas activas para promover la diversidad de contenidos audiovisuales dentro de los propios medios de comunicación siempre y cuando‘sea compatible con las garantías internacionales a la libertad de expresión’”. Un tipo de recomendación que también ha realizado el Consejo Europeo y que, en el caso latinoamericano, se completa con la necesidad de que los Estados nacionales promuevan medios comunitarios y fortalezcan y diversifiquen las emisoras públicas, con el fin de contribuir a generar“mayor diversidad de informaciones y opiniones en el sistema de medios audiovisuales”(Relatoría, 2014: 365-366). 5 Los informes de la Relatoría Especial de Libertad de Expresión están disponibles en http:// www.oas.org/es/cidh/expresion/informes/anuales.asp P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 473 La concentración mediática que provoca la reiteración extendida de agendas, la multiplicación en espejo de los mismos rostros, idénticas voces y perspectivas, resulta fortalecida en sus efectos perjudiciales para el ejercicio de los derechos a la comunicación por modos de producción que de algún modo también pueden asociarse a la búsqueda de la máxima rentabilidad económica. Como resultado de una investigación realizada en Argentina, pero que considera puede extenderse al espacio iberoamericano, Pablo Boczkowski identifica un rasgo paradójico del actual escenario de medios: el hecho de que a medida que crece su cantidad y que se acrecienta la frecuencia de publicaciones o emisiones, es menor la cantidad de noticias que se difunden, produciéndose una notable superposición temática entre los medios de cada país ¿Por qué sucede eso? A manera de respuesta plantea que “La industria periodística argentina comparte con la de otros países de Iberoamérica tres rasgos claves[…]: unos pocos medios gráficos y audiovisuales de alcance nacional acaparan la mayor parte del mercado; dichos medios suelen tener una presencia dominante en el espacio online, y en los últimos años estos sitios online han incrementado notablemente la publicación constante de noticias de último momento”(Boczkowski, Pablo, 2007: 299). Esa permanente actualización noticiosa, señala Boczkowski, facilita el acceso permanente de un medio al contenido publicado por los demás,“lo cual, a su vez, lleva a un aumento en los procesos de consenso en la formación de la agenda”. Sabemos bien que los medios de comunicación concentrados, cuyo fin es la reproducción del capital y del poder que él confiere para la reproducción de las ideas hegemónicas, excluyen deliberadamente de la agenda las cuestiones, problemas y puntos de vista que pueden poner en riesgo el orden de cosas establecido. Pero a veces prestamos menos atención a los efectos que tienen para la diversidad y el pluralismo las lógicas mercantiles asociadas a los desarrollos tecnológicos que han convertido la instantaneidad y la simultaneidad informativas en criterios de competitividad. Son esas lógicas y finalidades mercantiles las que llevan a los grupos concentrados de medios—como ha ocurrido en nuestro país— a resistir las políticas de regulación que en nuestro continente alentamos para que los públicos puedan verse y escucharse como lo que son: consumidores, espectadores, oyentes, televidentes, pero individuos con derechos que no deben ni pueden resignarse. 474 In-disciplinada Llego así al punto con el que cerraré esta intervención, aludiendo a una tensión que hace tiempo trabajamos desde el Programa de Estudios sobre Comunicación y Ciudadanía del Centro de Estudios Avanzados de la Universidad Nacional de Córdoba. La tensión entre la condición de público de los medios masivos de comunicación y la condición ciudadana. Una condición que, más allá de sus dimensiones netamente jurídicas, asumimos, como muchos pensadores latinoamericanos y de otros continentes, como un estado de conciencia y una práctica. Desde esa perspectiva consideramos que la ciudadanía consiste en la irrupción en la esfera pública de unos sujetos que, reconociendo sus derechos, los demandan no sólo ante el Estado sino ante el conjunto de poderes locales, nacionales y globales que los coartan y niegan. Como se advierte, esa noción de ciudadanía es impensable por fuera de su dimensión comunicativa, porque el ciudadano sólo se realiza en tanto expresa públicamente sus demandas y propuestas ante los iguales o posibles aliados y ante sus antagonistas. En las sociedades mediatizadas, esa irrupción de la ciudadanía en el espacio público es imposible al margen de las tecnologías de información y los medios masivos. Pero las voces que demandan y proponen desde situaciones de exclusión y desigualdad, o desde perspectivas innovadoras y emancipatorias, tienen que enfrentar condicionamientos y manipulaciones derivados de la lógica de los medios hegemónicos. Enfrentar, como lo dijeron con sus propias palabras los participantes en las audiencias convocadas por la Defensoría, los estereotipos, el ocultamiento, la distorsión, la estigmatización, el silenciamiento de temas, el aplanamiento de las diferencias. Tenemos que reconocer que la condición de públicos, producto de un proceso histórico de inclusión en la escena común mediante el cotidiano consumo de bienes simbólicos, ha naturalizado modos de saber y disfrutar, modos de interactuar, modos de opinar y debatir, de hablar y de ser hablados. Pero quiero señalar que ese hecho, esa modelación y condicionamiento, no es algo que voluntaristamente podamos desconocer o desear superar. Para que el ejercicio del derecho a tener derechos en materia de comunicación sea posible, no se trata de optar por uno de los términos de la tensión que existe entre la condición de públicos y la de ciudadanos pretendiendo que así ella puede desaparecer. Los ciudadanos de nuestro tiempo, esas figuras que se constituyen al emerger en la escena pública cuando con su voz—que es su acción— dicen al mundo que existen y que cuentan, no se despojan por ello del ropaje que los cubre como habitantes de una sociedad mediatizada. P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 475 También desde la condición de públicos, desde los saberes comunicativos que ella implica, se muestran y relatan, dicen de sí a otros. Porque lejos de pensar al público como inerme masa consumidora de medios, consideramos que, con mayores o menores posibilidades de incidencia, ser público es condición, rasgo identitario y actividad, uno de los modos en que hoy vivimos e interactuamos. Es por ello que los públicos siguen sintonizando en muchísimas ocasiones diferentes emisoras y canales que niegan sus voces y vidas; porque no consumir esos medios equivale a quedar fuera de los cauces de la socialidad, quebrar los lazos que nos constituyen culturalmente como comunidades. Pero la existencia de espacios donde el ser público no implica resignación, sino desafío crítico y posibilidad de participación, significa—lejos de toda pretensión alternativista que se coloca en las antípodas de lo existente— la asunción del contradictorio juego de poder y resistencia del que está hecha la democracia cuando la pensamos como territorio de litigio, como modo de procesar el inacabado conflicto que jalona las luchas en pos del reconocimiento y la igualdad. Los medios que por pertenecer a pocos conglomerados empresariales y por buscar las máximas ganancias producen una restricción y simplificación de las agendas en tanto reiteran temáticas y encubren la complejidad de situaciones y actores de la vida pública, representan verdaderas instancias de precarización de la ciudadanía porque operan como freno al ejercicio de esos derechos. Pero como lo demostraron los participantes en las audiencias cuyas intervenciones he compartido, esos medios que pueden ocultar y distorsionar, que pueden estereotipar y estigmatizar, no pueden producir la desaparición del disenso y el conflicto. Apenas se abren espacios para su enunciación, ellos emergen con la potencia de lo contenido, de lo reprimido. Por eso, los medios sin fines de lucro, los medios públicos que asumen funciones de representación plural de las audiencias, los medios locales que operan con apego y respeto por las comunidades de las que forman parte, las instituciones que de diversas maneras se ofrecen como ámbitos para que se pronuncien las palabras acalladas o tergiversadas, representan para los públicos lugares desde donde reconocerse y fortalecerse. “Uno de los efectos de la dominación sociocultural es, precisamente, no pedir otra cosa que la que se tiene. Desear otra cosa, emprender, ya es situarse en un límite dinámico de cuestionamiento, de emancipación” (Wolton,D, 2000: 106). Esto ha postulado lúcidamente Dominique Wolton al 476 In-disciplinada reflexionar sobre la tensa dinámica entre la oferta y la demanda vinculada a los medios audiovisuales. Pero desear algo que no se tiene, demandar lo que falta, supone un ejercicio de reflexividad. Es por eso que, reconociendo que la concentración mediática supone una declinación de los derechos de todos a la comunicación, quiero plantear la necesidad de asumir una doble tarea si efectivamente deseamos caminar en pos de sociedades en las cuales todos y todas tengamos el derecho a saber y expresarnos sin que nuestras identidades y realidades sean violentadas. Por un lado, habrá que seguir luchando para desmonopolizar el sistema de medios, reivindicando para el Estado la capacidad regulatoria a través de normas democráticamente debatidas. Pero además, habrá que seguir generando espacios para que las palabras del deseo, del querer ser a partir de lo que se es, puedan pronunciarse diseñando renovadas y plurales agendas. Referencias Boczkowski, Pablo(2007),“Menos comunicación, más noticias” en Díaz Nosty, Bernardo, Tendencias 07: Medios de comunicación. El espacio Iberoamericano , Ariel – Fundación Telefónica, Madrid-Barcelona Caletti, Sergio(2007)“Repensar el espacio de lo público. Un esbozo histórico para situar las relaciones entre medios, política y cultura”, en Boletín de la Biblioteca del Congreso de la Nación , Edición Nº 123, Buenos Aires Frazer Nancy,“De la redistribución al reconocimiento. Dilemas de la justicia en la era postsocialista”, accesible en newleftreview.es/article/download_ pdf?language=es&id=1810 Martín Barbero, Jesús(2005) Poner este roto país a comunicar, Facultad de Comunicación y Lenguaje, Universidad Javeriana de Bogotá, Bogotá. Taylor, Charles(2001) El multiculturalismo y la“política del reconocimiento ” , Fondo de Cultura Económica, México, D.F Wolton, Dominique(2000) Internet y después , Gedisa, Barcelona. P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 477 Comunicación Política: conflicto, acuerdos y hegemonía(2022) * Al recibir la invitación para dictar la clase inaugural de la Diplomatura en Comunicación Política, sentí que no era mala idea estar hoy acá, en la facultad que fue el lugar de trabajo y debates de quien yo considero fue el más lúcido pensador de esa articulación difícil, compleja y muy a menudo banalizada que existe entre comunicación y política. Me refiero a Sergio Caletti, colega inspirador, amigo de muy viejos tiempos, a quien creo debemos leer y releer para comprender nuestro presente. En especial volver a leer sus“Siete tesis sobre comunicación y política”, o sus lúcidos ensayos sobre el espacio público. Después de esta suerte de homenaje, les cuento que pensé mucho cómo encarar esta conversación acerca de la temática que ustedes abordarán muy detalladamente en los diferentes módulos de la diplomatura. Supuse, y espero no haberme equivocado, dados los objetivos de la carrera, que están acá por un interés que no se agota en el comprender la cuestión sino que busca herramientas para el hacer; es decir, que tienen ustedes un interés reflexivo, ciertamente, pero también una clara orientación hacia la acción en este campo. Por eso decidí abordar la problemática de la comunicación y la política sin perder de vista o, mejor dicho, teniendo muy presente, que ustedes van a ser actores de ella, o por lo menos que desean serlo. Para comenzar quiero recordar que han quedado lejos los tiempos en que la vinculación entre comunicación y política representaba un verdadero parte aguas. Me refiero a los debates que tuvieron lugar en los años 90 y los comienzos de este siglo y que, para simplificar un poco las cosas, podemos decir que enfrentaban dos tipos de pensamientos: por un lado el que expresaba el recelo, las acusaciones a la comunicación—a las tecnologías y medios, muy especialmente a la televisión— de todos los males que padecía la política, es decir, la crisis del sistema de partidos, la desafiliación de muchas personas de los espacios organizativos y militantes, la falta de representación de la ciudadanía, la pérdida de centralidad de relatos colectivos como principios de identidad nacional, por nombrar algunos de * Conferencia dictada en la apertura de la Diplomatura en Comunicación Política, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires, Argentina. Este trabajo no fue publicado antes. 478 In-disciplinada esos males. Por otro lado, el lugar en el que se atrincheraba la fascinación de quienes sin desconocer la crisis de la política, confiaban que su restauración e incluso la restauración de una democracia vigorosa, tenía un poderoso instrumental en las tecnologías y estrategias de comunicación. Seguramente ustedes conocen las argumentaciones que desarrollaron intelectuales de todo el mundo. Se me ocurre recordar los más citados, como Giovanni Sartori, el principal acusador de la televisión en sus dos libros básicos sobre el tema, Homo videns y Videopolítica. Del otro lado y desde muy distintos lugares y razones, teóricos como Robert Dahl y Daniel Bell, auguraban el acercamiento entre el pueblo y las elites políticas gracias a las tecnologías de comunicación e inclusive el advenimiento de democracias plebiscitarias. En nuestro espacio académico, en nuestra tradición intelectual, también se dieron similares debates. Uno de los más significativos tuvo lugar allá por la década del 90, más precisamente en 1991, en un Seminario que organizamos en la Universidad de Córdoba. El Seminario fue convocado a partir de una pregunta que, como ustedes verán, presuponía enormes dificultades para la política; el título del seminario fue“¿Hay un lugar para la política en la escena mediática?”. Las respuestas que dimos los participantes—y aunque algunos tratamos de escapar de esas posturas dicotómicas—se manifestaron claramente y pueden leerse en el capítulo final del libro que dio cuenta del seminario, en el que transcribimos la intensa discusión que se produjo durante la última jornada entre quienes habíamos asistido, y en el que había figuras tan relevantes como las de Oscar Landi, Beatriz Sarlo, Héctor Schmucler, Nicolás Casullo, Christian Ferrer, Ricardo Forster, Alberto Quevedo. Hoy es poco frecuente encontrar vestigios de esa dicotomía. Creo que las transformaciones tecnológicas y culturales producidas en estos últimos 20 años y las crisis y redefiniciones políticas obligaron a realizar lecturas más complejas para superar los problemas centrales de ese binarismo que ensalzaba o condenaba lo que la comunicación mediática le hacía a la política. Se trata de problemas que me parece necesario recordar. No por un afán historicista sino porque ellos suelen persistir en muchos análisis que se producen académicamente y, convertidos en sentido común, reaparecen en los comentarios que se desarrollan en la vida cotidiana e incluso en los ámbitos políticos. 1. El primero de esos problemas tiene que ver con una suerte de deshistorización de la política. Es decir, la construcción de un modelo conceptual muy cercano P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 479 al deber ser en tanto incluye aspectos ideológicos y éticos. La política como un modo de asociatividad que habría tenido lugar en otros tiempos más o menos imprecisos y rodeado de referencias cuestionables o controversiales —como la del ágora griega, o la esfera pública burguesa, por ejemplo— y que, debido a las tecnologías y medios de comunicación, había sufrido un deterioro irreparable. Sergio Caletti supo decir que en esas concepciones la política democrática se asimilaba a“la abstracción mitológica del debate racional y la participación responsable”. Unas prácticas que habrían sido subvertidas y empobrecidas por las lógicas de la imagen, del espectáculo y de todas las formas de comunicación sensible o emocional promovidas entonces por los medios audiovisuales y hoy agravadas por la brevedad y fragmentariedad que impone el uso de redes. 2. En paralelo, una suerte de descontextualización de medios y tecnologías. O, si me permiten la expresión, una suerte de descorporización de esos medios y tecnologías. En otras palabras, la consideración de que por sí mismos—dadas sus potencialidades materiales y simbólicas— son capaces de producir efectos independientemente de quienes las operan y usan. Y esto quiere decir, muy en particular, independientemente del modo en que las personas y por tanto la sociedad que componen piensan y sienten la política. 3. Finalmente una serie de problemas de corte reduccionista: la reducción de la esfera pública al ámbito de lo estatal; la de la política a lo gubernamental o partidario y la de la comunicación a la producción y trasmisión de mensajes a través de medios tecnológicos. En todos esos casos, lo que se revela claramente son concepciones instrumentales, es decir, modos de pensar la acción social como secuencia encadenada de medios y fines que se vinculan causalmente. Consecuentemente, una manera de pensar la comunicación y la política como exteriores entre sí y vinculadas por razones de eficacia. Lo que permitió cuestionar y superar esas miradas dicotómicas fueron algunas operaciones conceptuales que se produjeron desde diversos marcos disciplinarios y desde diferentes corrientes de pensamiento. No podría en este momento dar cuenta de todas ellas pero sí decir al menos que todas resaltaron la necesidad de considerar la consustancialidad entre la comunicación y la política. Se habló de que eran inseparables porque sin lenguaje no existe la posibilidad de producir ideas o colectivizar intereses. Se asumió que históricamente la construcción del poder requirió y requiere necesariamente de símbolos. Se postuló que la palabra y la acción no pueden escindirse porque configuran en conjunto lo real. Ese tipo de afirmaciones 480 In-disciplinada en las que se puede reconocer la impronta de los estudios culturales, de visiones semióticas y de miradas filosóficas, permitieron asumir que ni todos los medios y modalidades de comunicación en su conjunto ni alguno en particular producen por sí mismos la degradación de la política y que tampoco ellos pueden resolver los problemas de la representación política y la gobernabilidad. Y no porque carezcan de poder, es decir, no porque ellos no contribuyan a generar los sentidos socialmente dominantes, sino porque también la política contribuye a esa generación y ambas prácticas son parte de un mismo contexto, de un tiempo y unas lógicas económicas, tecnológicas y culturales determinadas. En ese sentido fueron cruciales las reflexiones en torno a lo que se dio en llamar la mediatización de la sociedad y la cultura—hay quienes actualmente van a hablar de hipermediatización—. Esa noción alude, sin entrar en mayores detalles, al proceso por el cual en nuestras sociedades todas las prácticas—las educativas, las económicas, las de la salud, la información, el entretenimiento, todas… también las políticas— se transforman por su articulación con medios y tecnologías de comunicación. Prácticas que se transforman cada una según su naturaleza y según precisas circunstancias. Creo que el efecto teórico más importante de ese conjunto de reflexiones se expresó en la desaparición de la y , como nexo entre comunicación y política, para dar paso al sintagma comunicación política como una práctica diferenciada, como un modo específico de comunicar, rechazándose así cualquier idea de empobrecimiento o enriquecimiento de la política y reafirmando la consustancialidad de ambas dimensiones. La indisociable imbricación entre la política, como práctica orientada a la construcción del orden social y el poder desde la constante del antagonismo entre diferentes sectores, y la comunicación social, que es siempre producción de significados colectivos en el marco de la lucha por los sentidos predominantes o hegemónicos que constituyen la cultura. Ustedes me dirán que ahora es la comunicación política a quien algunos y algunas achacan los males que padecemos, y es cierto, pero espero que durante sus estudios ustedes desarrollen argumentos suficientes como para contradecir esa idea que empobrece el análisis de lo que ocurre. Lo que ahora me interesa es precisar qué es lo que nombra la comunicación política no en tanto disciplina sino como práctica. Porque tampoco hay unanimidades al respecto y porque muchos intentos de definición representan, a mi juicio, una nueva manera de simplificar la cuestión. Para P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 481 hacerlo voy a retomar aportes de distintos autores clásicos que seguro ustedes leerán y comentarán a lo largo de la carrera. El discurso político, y esta es la primera ayuda a la que recurro, es, según Paolo Fabbri—ese notable semiólogo italiano— lo siguiente. Lo cito textualmente: “el discurso político no es un discurso“representativo”. No se lo puede describir como un conjunto de enunciados en relación cognitiva con lo real, sino que puede ser caracterizado como un discurso de campo, destinado a llamar y a responder, a disuadir y a convencer; un discurso de hombres para transformar hombres y relaciones entre los hombres, no sólo un medio para reproducir lo real”. La verdad, en estos tiempos—y es bueno que eso ocurra—, resulta molesta la enunciación patriarcal de Fabbri, pero si nos tomamos el trabajo de cambiar la palabra hombres por seres humanos o personas, creo que podemos aprovechar esa afirmación en toda su riqueza. Porque en la noción propuesta por Fabbri se condensan de manera ejemplar los datos que no pueden estar ausentes en ninguna conceptualización de la comunicación política; es decir, datos acerca de cómo se piensa la comunicación y la política. En su afirmación, resulta claro que la comunicación es pensada como interacción discursiva; ese llamar y responder; esa búsqueda de crear determinados vínculos con otras personas por parte de quien enuncia un discurso. Por su parte, la política es concebida como una práctica del enfrentamiento y la seducción; una práctica que busca modificar lo dado, modificar a los demás y a las relaciones existentes. Está presente aquí la tradición semiótica pero también la de los estudios culturales, que asumen la comunicación como diferentes interacciones en que se producen múltiples sentidos y no como una mera trasmisión de mensajes. Y está presente una noción de política como la que plantea Chantal Mouffe—y también la cito textualmente—“entiendo la política como el conjunto de prácticas e instituciones a través de las cuales se crea un determinado orden, organizando la existencia humana en medio de la conflictividad derivada de lo político”. Lo político que es, para Mouffe, la dimensión del antagonismo constitutiva de las sociedades humanas. A partir de aquí, y recurriendo a lo que Eliseo Verón nos enseñara en su viejo texto“La palabra adversativa” y también recurriendo a Dominique Wolton, quien, a pesar de cierto esquematismo, aportó algunas dimensiones de interés sobre el tema, voy a enumerar algunos rasgos que identifican la 482 In-disciplinada comunicación política, aunque ellos también puedan estar presentes en otros tipos de comunicación. En primer lugar, asumiendo que existe un antagonismo constitutivo de nuestras sociedades y que es fruto del modo en que en ellas se ha distribuido y se distribuye el poder—el poder decir, el poder hacer, el poder ser—, la comunicación política, en tanto práctica, es uno de los modos en que se manifiesta ese antagonismo. Verón definió justamente al discurso político como un discurso polémico, inseparable de la construcción de un adversario. Eso implica que la comunicación política puede pensarse también como el conjunto de prácticas a través de las cuales se van definiendo colectivos de identificación enfrentados, identidades que pueden asumir carácter partidario o no, porque también pueden ser identidades ideológicas—reconocerse de izquierda o derecha, conservadores o liberales o progresistas, etc—. Pero al mismo tiempo, así como es espacio de construcción de enfrentamientos, la comunicación política es aquella que permite la colectivización de intereses, la producción de acuerdos. En otras palabras, el lugar donde, tal como Verón lo postulara, se construye necesariamente la figura de los adherentes, el nosotros que comparte ideas, valoraciones, sentimientos, proyectos. Finalmente, como expresión de la dimensión transformadora del discurso político de la que hablaba Fabbri, la comunicación que teje adhesiones y al mismo tiempo genera polémica y confrontaciones en torno al orden social, aspira a construir hegemonía, a ganar, a conquistar a quienes son prescindentes o indecisos; el tercer tipo de destinatarios que Verón identifica en el discurso político; el que se necesita convencer; seducir, sumar a la causa del nosotros. Resumiendo, pienso la comunicación política como una práctica de interacción entre actores y actoras que protagonizan los conflictos existentes en torno a las características y modos de construcción del orden social en un momento determinado, práctica que se realiza según tres modalidades sustantivas: produciendo polémicas en relación con los adversarios, produciendo refuerzos o mecanismos de consolidación de los seguidores o adherentes y produciendo mecanismos de persuasión en relación con quienes no se identifican con ninguna de esas posiciones. Fíjense que definida de ese modo, la comunicación política presupone la existencia de dimensiones que no son necesariamente compatibles entre sí. Piensen hasta qué punto o en qué medida un actor político puede P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 483 articular esas dimensiones en un mismo acto de enunciación: por ejemplo, cómo pueden articularse en un mismo discurso la polémica sostenida en argumentaciones destinadas a rebatir las ideas de un oponente, con la emocionalidad y sencillez necesaria para suscitar adhesiones masivas a las causas propuestas o para fidelizar adherentes. Los modelos clásicos o tradicionales de funcionamiento de los sistemas políticos democráticos en sociedades no mediatizadas, basados en establecidos modos de representación partidaria permitían pensar que para cada una de esas dimensiones y funciones discursivas existían ámbitos y medios específicos. Pensemos, por ejemplo, en los debates internos realizados en reuniones partidarias, o en asambleas y congresos; por otro lado, en las polémicas encendidas en las sesiones parlamentarias o en las que se reflejaban en los medios de prensa partidaria; pensemos, además, en las arengas en plazas colmadas de adherentes, en los discursos de campañas electorales exhibiendo propuestas y forjando confianzas. Todas eran modalidades discursivas y escénicas bastante precisas. Modos de razonar y actuar, de exhibirse y emocionarse en lugares preestablecidos y ante auditorios previstos. Pero ya sabemos que eso cambió. Y no sólo porque se produjeron modificaciones tecnológicas que alteraron el espacio público y los modos de saber y sentir por parte de los individuos, sino porque también se transformaron las prácticas políticas: sus espacios institucionales, sus regímenes deliberativos, los modos de adscribir a propuestas, la vinculación de las personas a múltiples espacios identitarios de naturaleza política e ideológica. No importa si le llamamos política débil o desencantada; si añoramos viejos modos de organicidad y de representación. Lo que necesitamos es reconocer esas transformaciones. Y para dar sólo un ejemplo en el que supongo vamos a estar de acuerdo, pensemos cómo el discurso vibrante ante una multitud enfervorizada puede adquirir sentidos impensables al ser trasmitido por pantallas de televisión gracias a la posibilidad de edición de las imágenes y de recontextualización a través de zócalos o comentarios en off. Pensemos cómo ese discurso rápidamente puede engarzarse en variadas cadenas hipertextuales con significaciones siempre inciertas; cómo puede convertirse en pieza de análisis rigurosos o en memes que se viralizan rápidamente. En ese sentido, debemos admitir que en nuestras sociedades mediatizadas o hipermediatizadas, la comunicación política tiene, tanto analítica como pragmáticamente, un estatuto en cierto 484 In-disciplinada sentido inclasificable, una condición de imprevisibilidad que somete a sus actores a desafíos y actuaciones inesperadas. Dicho esto, conviene preguntarnos quiénes son empíricamente esos actores y actoras. Una cuestión respecto de la cual también existen divergencias. Algunas limitadas visiones reconocen que la comunicación política es la protagonizada por quienes asumen la política como ocupación y/o profesión o a quienes desempeñan funciones de gobierno. La noción que acabo de esbozar rechaza de plano ese modo de determinar sus actores y no soy muy original en eso. Hace más de 20 años, Dominique Wolton, en una definición que propuso para comprender el funcionamiento de las democracias masivas sostenía que la comunicación política era un espacio en el que intercambiaban sus discursos contradictorios tres actores legitimidados para expresarse públicamente sobre política:“los políticos, los periodistas y la opinión pública a través de los sondeos”. No voy a discutir aquí la concepción de Wolton, que ciertamente es discutible, pero quiero retener de ella dos ideas que me parecen centrales: por un lado, la idea de que no existe comunicación política sin lo que él denomina discurso de los periodistas y sin la presencia de la opinión pública. Es decir, el reconocimiento de que los intercambios comunicativos referidos al diseño del orden social y el poder en las sociedades mediatizadas, aun cuando en algunos casos pueden darse sin mediación alguna son, sustancialmente, intercambios que se producen mediante soportes y formatos que requieren o suponen la intermediación profesional ¡Hasta los discursos en las plazas públicas suponen hoy algún tipo de mediación de ese tipo! Por eso, en este escenario tecno-mediático, las políticas y políticos no sólo deben reforzar sus vínculos con sus adherentes, neutralizar a sus adversarios y persuadir a los prescindentes o indecisos, sino que requieren construir un vínculo que siempre tiene el carácter de una negociación con las figuras que operan cotidianamente los medios y tecnologías: entrevistadores, presentadores, periodistas, pero también—aunque ello sea menos visible— los especialistas: desde diseñadores y diseñadoras de estrategias de red hasta expertos y expertas en marketing. Según Wolton, los actores de la comunicación política tenían diferentes y desiguales legitimidades. La legitimidad de los periodistas provenía de su profesionalidad—es decir, del reconocimiento que la sociedad les otorga como mediadores de lo real, llegando incluso a aceptar que ellos encarnan el derecho a la libertad de expresión. Mientras tanto, la legitimidad de las P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 485 y los enunciadores políticos provenía de su práctica dentro del sistema político. Pero lo que Wolton no llegó a reconocer—y a pesar de haber dicho que no iba a cuestionar su planteo lo estoy haciendo— es de qué manera la legitimidad de esos actores, cuyo origen se sitúa en el sistema político, es mediada por los comunicadores cada vez que se someten a la lógica del espacio mediático para pronunciar sus palabras. Y la idea de sometimiento no alude aquí a ningún poder malévolo de los medios masivos, las redes o las y los comunicadores, sino a ciertas condiciones de la producción de la comunicación. Por empezar, a ciertas constricciones tecno-discursivas(el tiempo en televisión es tirano, Twitter admite cierto número de palabras, etc., etc.). Pero además, a las condiciones y modos de actuación de los mediadores. Están, bien lo sabemos, quienes exhiben escasa profesionalidad y sólo están inspirados por intereses mercantiles. Pero aun quienes se amparan en ideas de neutralidad, o quienes manifiestan intenciones interpretativas rigurosas, no pueden eludir posicionamientos, ciertas marcas de su labor. Porque no existe lenguaje neutral; porque los procesos de connotación, las dimensiones ideológicas y la ambigüedad son propios del comunicar. De allí que debe aceptarse que la comunicación política, como intercambio de discursos conflictivos, excede a los adversarios que forman parte del sistema político-institucional porque también involucra a las y los mediadores que, en virtud de su función y sus discursos terminan reforzando o debilitando la legitimidad de origen de esos contrincantes y sus posiciones. Y es en este punto que quiero formular la primera interpelación hacia ustedes, a quienes están comenzado esta Diplomatura suponiendo, como dije, que les interesa actuar en el campo de la comunicación política. Creo necesario asumir desde el vamos que, en tanto profesionales especializados, son parte del conflicto. Reconocer que con su actividad serán facilitadores de los enfrentamientos, del diseño de acuerdos; reconocer que con su trabajo garantizarán o no los procesos de persuasión y de seducción de vastos sectores de la sociedad. Y reconocer que más allá de las técnicas de las que puedan apropiarse en este trayecto de formación, de las capacidades que puedan desarrollar, ser parte del conflicto político, es decir, de la disputa por el orden social y el poder, tiene un costo ético que no se evaluará en ningún trabajo final sino en la medida que contribuyan o no con esos debates honesta y rigurosamente, es decir, asumiendo como mediadores la condición de actores políticos y explicitando sus posiciones. En estos tiempos somos testigos de polémicas encendidas entre oficialismo y oposición pero también dentro de las diversas fuerzas políticas mayoritarias 486 In-disciplinada de nuestro país. Y supongo que al igual que yo asisten con mayor o menor paciencia a esos encendidos paneles televisivos en los cuales las y los mediadores juegan sus cartas, siendo muy pocos los casos—casi contados con los dedos— que exhiben claramente sus posiciones partidarias o sus referencias ideológicas. El efecto de sentido que se produce—y no hay que ser muy perspicaz para advertirlo— es una sugestiva descalificación del quehacer político—que se califica como errado, irresponsable, moderado, atrevido, intolerante, etc., etc.— frente al cual se levanta como contrario la lengua franca de la mediación, el discurso de comunicadores que buscan aparentar razonabilidad y prescindencia de los conflictos y que sin embargo juzgan, opinan, dictan veredictos, ofrecen soluciones y alternativas, consejos y sanciones. Para terminar, quiero referirme al tercer protagonista de la comunicación política. Ese actor que para Wolton era la opinión pública hecha presente o revelada en el espacio público mediático a través de los sondeos de opinión. Sin entrar a debatir exhaustivamente este punto porque daría para otra charla tan larga como esta, me atrevo a afirmar—y me amparo en fuentes tan legitimadas como Sergio Caletti y más allá de nuestro campo en pensadores como Jacques Ranciére o Pierre Bourdieu— que considerar que los resultados de sondeos de opinión representan la opinión pública es una simplificación grave, porque supone una construcción técnica del demos, del pueblo, que encubre lo que él tiene de contradictorio y complejo. Porque es un modo de negar el carácter antagónico de lo político y de posibilitar la transformación de la política en gestión, es decir, la operación por la cual unas instituciones y sistemas producen respuestas a unas creencias, opiniones y demandas que otras instituciones construyen. Sin embargo, hay que reconocer que hacer entrar la palabra de la sociedad, la palabra del pueblo, en la comunicación política representa un aporte que debemos retomar. Quienes son interpeladas e interpelados por el discurso de políticos y mediadores, las personas a quienes ellos les hablan, no son mudas y mudos receptores de un espectáculo televisivo o usuarias y usuarios ensimismados que acceden desde sus móviles y computadores al infinito universo de mensajes vehiculizados a través de redes y aplicaciones. Son personas que cotidianamente sufren la acción de los actores políticos. Y digo sufren en el sentido en que es en sus cuerpos—en nuestros cuerpos— que esa acción impacta para bien o para mal. Y son quienes a veces desde espacios institucionalizados—los movimientos sociales, por ejemplo—, y en otros casos sin siquiera constituir esos espacios, se proponen intervenir P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 487 en esa conflictividad comunicativa y hacer oír su voz, hacer visible su ciudadanía, que yo pienso no como una condición jurídica sino como la capacidad y posibilidad de individuos y colectivos de pronunciar su palabra en el espacio público demandando derechos y discutiendo el orden que los consagra o restringe. Son las mujeres del Ni Una Menos, las madres de las víctimas de la violencia institucional, los grupos de jóvenes de barrios que buscan en el rap sus modos de confrontar la sociedad que los excluye. Son las diversidades sexuales que cuestionan el orden establecido de los cuerpos; son quienes, en general, situados en los márgenes del sistema quieren que el centro repare en ellos porque cuestionan la centralidad que les niega lugar. Esas palabras, esas acciones, son parte de la comunicación política. Son parte de los discursos que buscan crear alianzas y adhesiones, que se enfrentan con quienes los niegan y que ansían persuadir a quienes, en sus mismas condiciones de marginalidad responden mansamente a la voz del amo: que puede tener el rostro de las y los políticos o el de las y los mediadores mediáticos. Y acá les formulo mi segunda interpelación. Que es también una interpelación a quienes diseñaron y conducen la carrera. Asumir plenamente, cabalmente, la función de mediación en la comunicación política implica reconocer a este tercer protagonista. Es cierto que muchas veces se expresará a través de las encuestas con que los medios masivos nos inundan y que se replican en las redes sociales. Pero quedarnos en esa expresión es, como planteaba Bourdieu, admitir que el demos , el pueblo, sólo“puede tener voz cuando alguien le pregunta algo que se le ocurre”. Admitir que la complejidad del pueblo puede ser reducida a una cuestión de porcentajes construidos en base a variables e indicadores que definen los expertos en medir lo que a ellos les interesa. Por eso es necesario que asumamos que ese tercer protagonista tiene que ser ese conjunto de voces ciudadanas a las que tanto les cuesta encontrar espacios de amplificación de sus ideas, propuestas y demandas. Esas voces a las que tanto les cuesta potenciarse entramando problemas y búsquedas semejantes en una red de equivalencias que les permita acumular poder. Esas voces a las que les resulta tan difícil ser legitimadas ante el gran público, que es el conjunto de la sociedad. Y entonces me pregunto en qué curso, en qué lugar caben los aprendizajes destinados a escuchar esas voces, a identificarlas, a diseñar estrategias para que ellas puedan dialogar entre sí y a fortalecerse para entrar con pleno derecho en el espacio público 488 In-disciplinada mediatizado que es sin dudas, en nuestro tiempo, el escenario por excelencia de la comunicación política. Les dejo esas inquietudes. Gracias por la escucha. A mí me resultó enriquecedor volver a pensar los desafíos que supone la comunicación política. Volví a sentir la utilidad de aclarar nociones y precisar conceptos para situarnos comunicativanente en el terreno del conflicto que atraviesa nuestra sociedad signada por desigualdades crecientes para, desde ciertas convicciones, trabajar en favor de su transformación. P C o o lí m tic u a n y ic c a o c m ión un P i o ca p c u i l ó a n r 489 Cuestión 4 LA INVESTIGACIÓN EN COMUNICACIÓN 490 In-disciplinada La investigación en comunicación 491 Introducción Por Liliana Córdoba Los artículos de este apartado operan como verdaderas orientaciones para ejercer el oficio de investigar en comunicación. Orientaciones que no refieren a los temas que debiéramos investigar o las técnicas que podríamos utilizar sino a cuestiones más sustantivas—epistémicas, podríamos decir— a partir de las cuales establecer el qué, el cómo y el para qué hacer investigación en comunicación. Qué: no son las discusiones internas del campo académico o las preocupaciones exclusivamente teóricas las que deben provocar los problemas de investigación. Por el contrario, es la problematización de la realidad vivida y la adecuación—o no— de los conceptos que se tienen para dar cuenta de esa realidad lo que debe motivar y orientar la labor investigativa. Cómo: la guía es buscar la congruencia entre el objeto y el método de estudio, amalgamando rigurosidad y creatividad. Los métodos“no son simples instrumentos de análisis; son puntos de vista, cristalizaciones de enunciados teóricos que permitirán revelar o no los aspectos y relaciones fundamentales supuestas por el objeto estudiado, según su adecuación o no a dicho objeto”(Mata, 1981a). Para qué hacer investigación en comunicación: investigar es producir conocimiento científico, pero al mismo tiempo ese conocimiento debe ser“un saber socialmente productivo”(Mata, 2006). Capaz de dialogar con saberes producidos por otros actores—el Estado, el mercado, la sociedad civil— con el objetivo último de comprender y cuestionar“los modos de comunicar que nos caracterizan socialmente, estrechamente implicados en nuestros modos de vivir” para fortalecer desde allí“la multiplicidad de esfuerzos que se realizan por alterar injusticias y revertir silenciamientos”(Mata, 2022). Un rasgo distintivo en la trayectoria de Marita Mata es que su identidad como investigadora fue forjada en la intersección—poco habitual— del mundo académico con las prácticas de la comunicación popular. Los artículos de esta sección muestran esa originalidad que tuvo, como pretensión principal, investigar las interacciones masivas para“comprender dónde y cómo se 492 In-disciplinada producen los sentidos hegemónicos del vivir; tratando de desnaturalizar esos sentidos[...]; tratando de inventar algunos saberes para que la comunicación no sea sólo el nombre de una operación tecno mercantil sino un derecho, un modo de poder ser en convivencia”(Mata, 2022). En“La investigación asociada a la educación popular”(1981a),“Investigar lo alternativo”(1981b) y“La investigación en las radios populares”(1992), Marita despliega reflexiones asociadas con las dos rupturas epistemológicas que considera claves para investigar en el campo de la comunicación popular. Una de ellas es que los propios sujetos que están realizando las experiencias de comunicación popular no acepten como‘’naturales” o ‘’fácilmente explicables los hechos que los rodean” para que puedan dar relevancia a la producción de conocimiento(Mata, 1981a). La otra es que sea posible cuestionar la“naturalidad” del conocimiento científico tal como este es producido y difundido por los sectores hegemónicos”(Mata, 1981ª). Para Mata, la investigación de la comunicación popular no es una“actividad ejercida desde fuera y sobre o acerca de un objeto, sino ejercida dentro del objeto mismo” por lo que no puede ampararse en los supuestos de la neutralidad sino que debe asumir“como propia la elaboración ideológica y práctica de una posición de ruptura”(Mata, 1981b). En“Radio Enriquillo: el proceso de una evaluación”(1982) puede constatarse hasta qué punto esas rupturas epistemológicas operan en una investigación concreta desarrollada por Marita a comienzos de los años 80, considerada una referencia ineludible en toda América Latina. Pero esas mismas reflexiones son retomadas en “La investigación en las radios populares”, escrito 20 años después, para consolidar argumentos sobre la importancia de integrar a la investigación como parte del desarrollo de los medios populares y alternativos, algo que aún hoy es poco frecuente. Otros artículos de este apartado se dedican a considerar el estado de la investigación en el ámbito académico. Son dos conferencias—la primera escrita en 2016, la segunda en 2022— que Marita pronunció frente a investigadores e investigadoras, con fuertes interpelaciones críticas. Señala que pese a los muchos avances que muestran la consolidación del campo, los rasgos principales y sostenidos son más bien“la escasa incidencia práctica” de las investigaciones tanto a nivel académico como político y social(Mata, 2006); la persistencia de cierta“pereza teórica” que“no permite la invención metodológica y que, consecuentemente, aleja la posibilidad de dar cuenta de las novedades y complejidades”(Mata, 2022); el“ensimismamiento” que inhabilita diálogos o cruces disciplinares(Mata, 2022); el“escaso La investiga C c o ió m n u e n n ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 493 trabajo científico colaborativo”(Mata, 2022). En la conferencia de 2022, pronunciada al cierre del XIII Encuentro de la Asociación Latinoamericana de Investigadores en Comunicación, refirió con vehemencia a lo urgente que resulta revertir este panorama y ofreció pistas para avanzar en ese camino, un verdadero programa para repensar nuestro hacer, que queda ahora en muchas manos. Al final quiero referirme a“Memoria y acción popular”(1988), un artículo sumamente original por varias razones. Por la sutileza con la que trata a lo popular como categoría teórica y política a mediados de los años 80, cuando el tema recién comenzaba a tratarse en las ciencias sociales. Por la vocación temprana que muestra por conocer cuáles son las marcas que la dictadura militar dejó en la vida de los sectores populares, los más desprotegidos de la sociedad. Por la apelación a la historia oral como metodología para indagar en esas memorias, una perspectiva poco utilizada en los estudios de comunicación. Por la producción colectiva de esta investigación, realizada junto a jóvenes que conocieron de la mano de Marita—recién llegada del exilio— una perspectiva de trabajo, la investigación-acción, que no sólo no oponía sino que vinculaba a la investigación con la intervención. Las personas que trabajaron con Marita en aquellos años—especialmente en ese proyecto— insisten en lo mucho que implicó en sus vidas. Fue la apertura a un mundo novedoso en materia de prácticas académicas porque la intervención dictatorial de las universidades había eliminado cualquier iniciativa crítica o comprometida con el cambio social. Fue un aprender de nuevo y de otro modo. Eso que nos ocurre siempre a quienes tuvimos, o tenemos, la oportunidad de compartir con Marita una investigación, una búsqueda por comprender que también es una manera de intervenir y de hacer. Referencias Mata, María C.(1981a) La investigación asociada a la educación popular (2006) La investigación en comunicación en la Argentina: deudas y desafíos (2022) Deudas y desafíos de la investigación latinoamericana en comunicación 494 In-disciplinada La investigación asociada a la educación popular. Repensando un modo de acción (1981) * Investigar la realidad para producir un conocimiento crítico orientado a su transformación es un postulado básico de la educación popular. Sin embargo, debemos reconocer que, en líneas generales, la investigación continúa siendo una actividad no integrada totalmente a las prácticas educativas populares. En muchos casos, sigue apareciendo como una actividad tabú: consagrada como práctica teórica, sujeta a reglas y leyes propias, permanece vedada a los no iniciados, rodeada de un halo de especificidad y un carácter“científico” que la aleja de los educadores populares. Y más aún, que hasta llega a obstaculizar debates y profundizaciones necesarios si pretendemos ser coherentes con los postulados que definen nuestra práctica. Esta suerte de contradicción, entre la importancia que conferimos a la investigación en nuestro discurso y el poco desarrollo que ella tiene, tanto a nivel de las elaboraciones conceptuales y metodológicas, como a nivel de su implementación práctica, no es casual y no nos situamos fuera de ella. Mientras ordenábamos papeles e ideas para redactar estas notas, tratábamos de hacer un recuento de manifestaciones concretas de la misma y dimos con varias que creemos significativas. Una está contenida en el Informe Final del primer Encuentro de Investigación-acción y Educación Popular en Chile. Entre sus objetivos, dicho encuentro postulaba“iniciar un intercambio de experiencias entre quienes se desempeñan en el campo de la investigación-acción y educación popular y analizar los fundamentos teóricos que sustentan esta acción, las metodologías utilizadas, formas de evaluación y difusión de experiencias… ”. 1 Durante la reunión se otorgó principal importancia a la descripción y análisis de los proyectos realizados por las instituciones representadas: doce, de los treinta y un proyectos de batidos, se definían como“proyectos de investigación-acción”. Tres de los textos base del encuentro se referían específicamente a ese tema e incluso, se contó con la participación de un grupo de investigación teatral, con el fin de ilustrar algunos rasgos característicos de la investigación participativa y sus proyecciones en el campo de la educación popular. * Artículo publicado originalmente en Revista Cultura Popular, Nº 2, CELADEC, Lima, Perú. 1 Primer Encuentro de investigación-acción y educación popular en Chile. Informe Final, Santiago de Chile, PIIE, Academia de Humanismo Cristiano, 1980, p. 2. La investiga C c o ió m n u e n n ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 495 A pesar de todo ello, leemos en las recomendaciones finales de la reunión cuyo informe, por otro lado, revela un trabajo intenso y productivo, así como proposiciones teóricas y metodológicas muy desarrolladas a nivel de la educación popular: “La investigación-acción o investigación participativa y su significado fue visualizada como uno de los aspectos que presentó mayores vacíos. Si bien los documentos base del encuentro incluyeron un número importante de aspectos sobre el tema, no se profundizó en sus fundamentos teóricos y/o metodológicos. A juicio de los participantes, se hace necesaria una mayor profundización de este tipo de actividad investigativa y los métodos que en ella se utilizan. Se destacó la importancia que los procesos de investigación tienen como componentes de la educación popular sin que se llegara a mayores precisiones...” 2 La segunda—para no alargar demasiado este recuento— forma parte de una experiencia de investigación que desarrollamos actualmente con diversos grupos de educación popular en la República Dominicana. La necesidad de investigar la práctica educativa de uno de ellos no provenía de una exigencia exterior a dicha práctica, por el contrario, era consecuencia de cuatro años de esfuerzos por construir un modelo alternativo de comunicación y educación popular radiofónica. Por otro lado, como la educación popular no se concebía como la acción aislada de un grupo o institución, sino como una práctica transformadora de la realidad, desarrollada por los sectores populares de manera organizada y en la cual convergen y aportan diversos grupos o instituciones, se imponía compartir, con los grupos de educación que inciden en la zona y las organizaciones populares existentes en ella, un proceso de producción grupal de conocimientos. Estaban fijados así, desde un comienzo, dos aspectos esenciales de la investigación como parte de la educación popular: era una necesidad para el desarrollo de la práctica y debía realizarse empleando un método de producción colectiva que implicase a los sujetos de la misma. Esta claridad inicial no impidió, sin embargo, que al concluir tres intensas semanas de trabajo durante las cuales se elaboraron colectivamente el marco teórico de la investigación, la propuesta metodológica, las técnicas e instrumentos a utilizar, los participantes en el proceso experimentáramos, asombrados, que era posible investigar una práctica de educación popular desde dentro, que éramos capaces de producir ese conocimiento en conjunto. Y el asombro 2 Ibidem, p. 14. 496 In-disciplinada mayor se debía a que el proceso a través del cual habíamos comenzado a investigar, esas tres semanas de trabajo, hubiera sido—como lo definiera un compañero al evaluar la labor—“un buen ensayo de educación popular”. Tal vez, el vacío teórico y metodológico, al que se hace referencia en las recomendaciones del encuentro que hemos comentado explique en parte el hecho de que nos asombremos cuando la práctica no hace sino confirmarnos los postulados en que asentamos nuestra labor. Recuperados de ese asombro, hemos querido aprovecharlo—en lo que todo asombro supone de comprensión— elaborando una serie de notas acerca de la investigación-acción como parte de las prácticas educativas populares. El sentido de la acción Si en algo fundamental diferenciamos los métodos tradicionales de investigación, aun aquellos que se inscriben en una perspectiva sociológica crítica de la investigación-acción, es porque definimos a esta como un método de producción de conocimiento asociado a una práctica política 3 y la educación popular lo es, en la medida en que, por medio de su especificidad pedagógica, se inscribe como factor coadyuvante en el proceso global de concientización y acción organizada de los sectores populares, cuya finalidad es la construcción de una nueva sociedad. De ahí que una investigación de este tipo no puede realizarse sino a partir de las necesidades que surgen del desarrollo de esas prácticas y que son de índole diversa. En unos casos, es preciso conocer aspectos específicos de la realidad sobre los que se cree necesario incidir especialmente; en otros, se requiere el conocimiento sistemático de la propia práctica para su retroalimentación y orientación; en otros, son los niveles de conciencia superiores que se han ido alcanzando en esa práctica los que hacen surgir como problemas a indagar aspectos de la realidad económica, política, cultural, que antes no se cuestionaban. Independientemente del tipo de necesidad que sustente la investigación y que determina el objeto a conocer, ese carácter necesario es básico y confiere a este tipo de actividad otro carácter no menos fundamental: es un momento dentro del proceso de concientización y acción organizada. 3 Véase Thiollent, Michel,“Pesquisa-Ação no campo da comunicação sociopolítica”, en Comunicação e Sociedade, No. 4, São Paulo, Cortez Editora metodista, pp. 63 a 79. También “Sobre a Enquete Operária” en el libro del mismo autor Crítica metodológica, investigação social e enquete operaria, São Paulo, Polis, 1980. La investiga C c o ió m n u e n n ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 497 Porque, así como el reconocimiento de la necesidad expresa un avance en la problematización de la realidad, un no aceptar como“naturales” o “fácilmente explicables” los hechos que nos rodean y de los que formamos parte, la elaboración de propuestas y metodologías para conocer lo que necesitamos supone problematizarse el cómo conocer; lo que también implica un cuestionamiento de la“naturalidad” del conocimiento científico tal como este es producido y difundido por los sectores hegemónicos. Por el hecho de inscribirse en una práctica educativa popular, la investigación-acción adquiere de inmediato determinadas características. La educación popular rechaza tanto la idea de diferenciación jerárquica entre educadores y educandos—los primeros dueños de una verdad que llevan a los segundos— como la idea de un“educador pasivo que por un malentendido‘respeto’ al pueblo se desresponsabiliza de la finalidad del proceso educativo y se inhibe de hacer su aporte” 4 . Consecuentemente, la investigación-acción debe ser un proceso colectivo de análisis y explicación de lo real, en el cual se entablan relaciones horizontales. Ellas son, justamente, las que posibilitan una síntesis entre las experiencias distintas de los sujetos que intervienen en la investigación. Ellas permiten que el conocimiento elaborado no resulte ser la explicación de lo real hecha por los que“saben” y transmitida a quienes“no saben”, sino una“apropiación” conjunta de un nivel superior de inteligencia respecto de lo real, una acción en la cual todos participan de manera productiva. En consecuencia, definimos hasta aquí a la investigación-acción, como: “Un proceso de producción de conocimientos que se desarrolla para satisfacer una necesidad surgida de la práctica educativa y que supone — por parte de quienes la llevan a cabo — no sólo la problematización de aspectos específicos de la realidad, sino también de lo que significa el conocimiento mismo”. De qué acción se trata A veces, de manera muy simplista, se confunden los principios fundamentales de la investigación-acción con algunos de sus aspectos exteriores. Así, por ejemplo, el hecho de que los mismos investigados apliquen en ciertos casos los instrumentos de investigación elegidos, da a muchos la idea de que esa “participación” o“actividad” en el proceso ya implica todo un cambio en 4 Juan Eduardo García Huidobro y Sergio Martinic,“Educación popular en Chile: algunas proposiciones básicas” en Informe Final, Op. cit., p 17. 498 In-disciplinada la concepción de cómo y quiénes producen el conocimiento. Nada más ingenuo y a menudo falso. La acción que se añade como calificativo de la investigación no equivale a la realización más o menos mecánica de unas tareas precisas por parte de todos los implicados en el proceso de investigación. La acción a que se hace referencia es, más bien, una actitud opuesta a la pasividad con la que se carga a los investigados en las investigaciones tradicionales y en las cuales los investigadores conciben a las personas y/o grupos involucrados en su objeto o universo de estudio sólo como fuentes de información o datos básicos del análisis. 5 Si de lo que se trata es de conocer un aspecto impuesto necesariamente por la práctica, ello supone que cada sujeto involucrado en la misma asuma una posición activa: que sea llevado—a través de un método de indagación— a cuestionarse ese aspecto de lo real, a reflexionar sobre él, a considerarlo como problema y, por lo tanto, a formular su explicación e interpretación del mismo. A través de esa acción que produce el conocimiento, las personas o grupos que constituyen el objeto o el universo de estudio no son ya meros “informantes”(porque proveen unos datos que otros estudian) sino que son autores de una reflexión, de un análisis que, en un segundo momento, es base de análisis e interpretación global y colectiva. Esa manera de concebir la acción dentro de la actividad investigativa ligada a las prácticas educativas populares supone una definición previa de lo que se entiende como el punto de partida para la elaboración de un conocimiento autónomo de los sectores populares, que es expresión coherente y, por lo tanto, crítica, de su experiencia como clase dominada y, al mismo tiempo, expresión progresiva de la creación de una nueva hegemonía. Si bien en términos generales el saber, la cultura popular, refleja la situación de dominación económica y cultural que sufren los sectores populares, indudablemente, junto a las concepciones y representaciones que son fruto de la dominación, existen de manera dispersa, y poco elaborada, manifestaciones de un situarse en el mundo a partir de la propia experiencia de“dominados”, que constituyen lo que Gramsci denominaba el“núcleo 5 Pensemos en las investigaciones realizadas bajo el signo del empirismo sociológico, donde los individuos son considerados como emisores individuales de“opiniones” analizadas luego por los investigadores mediante métodos estadísticos que las reducen a“cifras comprobables y comparadas”. Pensemos en las investigaciones que, reclamándose de la sociología crítica, apelan a los“informantes clave” para reconstruir — sin su participación en ese proceso — el objeto de análisis. La investiga C c o ió m n u e n n ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 499 sano del sentido común, precisamente lo que se podría llamar buen sentido, el cual merece que se le desarrolle para darle unidad y coherencia” 6 . Es a partir de ese buen sentido que la investigación-acción se propone como un medio de superar el nivel del sentido común, entendido como el momento del conocimiento en el cual se hallan especialmente acentuados “los caracteres difusos y dispersos de un pensamiento genérico de una determinada época en un determinado ambiente popular” 7 y que, por lo tanto, reproduce mayoritariamente las ideas y valores dominantes. Por ello, a nivel metodológico, la investigación-acción es tal si en lugar de recoger opiniones y sentimientos de los investigados(que no revelarían tal vez más que ese nivel incoherente y contradictorio de su concepción del mundo) los estimula a describir y analizar lo que conocen a partir de su propia experiencia de la vida material. Este es, por así decirlo, el carácter definitorio de la acción a realizar en la investigación: “Una acción que consiste en provocar en los investigados una actitud cognitiva; los coloca en situación de observadores de sí mismos y de su propia realidad y les entrega — para superar el nivel de las representaciones primeras, inmediatas, incoherentes — una información dirigida, cuestionadora, que orienta la reflexión a partir de la propia experiencia”. Actores y niveles de la acción Llegados a este punto, hay un conjunto de cuestiones que se imponen por sí solas; son las que confrontamos en la práctica cuando tratamos de poner en acto los principios esbozados hasta aquí y que pueden resumirse inicialmente en una pregunta global: ¿cómo es posible implementar una investigación que dé por resultado conocimiento producido colectivamente a través de un proceso donde todos y cada uno de los participantes sean activos? Poder aproximarnos a una respuesta nos lleva, en primer lugar, a distinguir los posibles actores y niveles de un proceso de investigación de esa naturaleza. Partiendo de lo que constituyen los núcleos dinámicos o más avanzados de los sectores populares, reconocemos en ellos al actor principal de toda 6 “Relaciones entre ciencia-religión-sentido común”, 11.3: 1932-35, Antología, México, XXI, 1978, p. 368. 7 Gramsci, Antonio, Ibidem. 500 In-disciplinada investigación-acción. Se trate de grupos u organizaciones sindicales, barriales, femeninos políticos; se trate de grupos de educación o comunicación popular, de comunidades de base, etc., es de su práctica de donde surge la necesidad de progresar en el conocimiento lo real que la transformación sea posible. Y es, consecuentemente, como parte de esa práctica, que se desarrolla el proceso de investigación. Estos grupos son los investigadores por excelencia y son a su vez— como parte dinámica de la realidad a investigar— investigados; los que partiendo de la propia situación y experiencia se proponen avanzar en la construcción de un pensamiento propio. Los educadores populares, los agentes de centros de promoción y los intelectuales que trabajan en estrecha relación con esos grupos cumplen una función orientadora a nivel teórico y metodológico; proporcionan a los actores principales de estos procesos los elementos técnicos de los que pueden carecer; acompañan el análisis que esos grupos realizan en una actividad de intercambio constante. Su participación en este tipo de investigación posibilita una reacción orgánica con los sectores populares a través de la cual aquellos elementos dispersos e incoherentes del saber popular, pero intransferibles fuera de la situación social de dominación y resistencia, son profundizados y organizados. Ahora bien, sea cual fuere el objeto a investigar y, por ende, el universo de la investigación, siempre excede el núcleo dinámico del proceso que hemos definido como actor principal del mismo, y engloba a los sectores del pueblo con quienes esos núcleos desarrollan su labor. Esos sectores(que resultan investigados, pero parte de los cuales pueden ser involucrados como agentes de la investigación) se constituyen también en actores del proceso: la reflexión a la que son llevados por el grupo o núcleo dinámico permite su incorporación consciente al mismo. Veamos, en una experiencia concreta, de qué manera estas tres categorías de actores se ubican en el proceso de investigación. La organización de pobladores de un barrio popular(núcleo dinámico) se plantea la necesidad de realizar una investigación sobre la tenencia de la tierra en el sector, con el objeto de proponer medidas correctas de acción en defensa del derecho a la vivienda, amenazado por la pretensión del Estado —en colusión con sectores inmobiliarios— de producir desalojos masivos. Planteado dicho objeto de estudio, comienza un proceso de recolección de información básica, de discusión acerca de cómo abordar el problema— tanto a nivel teórico como metodológico— durante el cual los investigadores La investiga C c o ió m n u e n n ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 501 resultan investigados porque son llevados a reflexionar sobre aspectos varios: su concepción acerca de las tareas a impulsar por su organización, las maneras de relacionarse con sus bases, el significado de las acciones reivindicativas, los mecanismos a través de los cuales es posible lograr una progresiva toma de conciencia—por parte de los pobladores— respecto de la racionalidad del sistema que determina su situación, etc. Es en ese momento donde se opera el intercambio con los educadores y/o intelectuales que aportan en el proceso y donde, a partir de la reflexión colectiva, se elaboran los marcos teóricos necesarios para abordar el problema, los instrumentos metodológicos para realizar la investigación. Llegados a ese punto, existen dos opciones: una que implicaría restringir la “acción” a estas dos categorías de actores; otra que la extiende al conjunto de los sujetos implicados en el problema aun cuando puedan no tener clara conciencia de ello. En el primer caso, los investigadores que ya se han enriquecido y transformado elaborando su objeto de estudio y su propuesta de trabajo acopiarían una información brindada por los pobladores del barrio—a través de encuestas, entrevistas, etc.— que luego analizarían y difundirían entre esos mismos pobladores para“darles a conocer la realidad”. En el segundo caso, lo que se propicia no es sólo la obtención de una información necesaria (cantidad de pobladores con tenencia definitiva de sus lotes, con tenencia precaria, etc.), sino que esa información sea expresión de una reflexión de los pobladores investigados acerca de su propia situación. Sólo en este caso se logra que la“actividad” se extienda a todo el conjunto, si bien, como se advierte, ella tiene matices diversos en cada caso. ¿Cómo hacer posible esa extensión de la acción a nivel de los investigados? No creemos que existan fórmulas únicas para ello, pero sí algunas pautas mínimas, orientadoras: • La labor de investigación-acción asociada a una práctica política no es neutral, porque no lo son dichas prácticas; este rasgo debe ser planteado a los investigados como criterio básico de indagación. Lo anterior supone que no se oculta, ante el investigado, la posición e intención de quienes investigan y, más bien, se trata de provocar su reflexión a partir de ella. En este sentido, la investigación-acción busca eliminar la habitual distancia entre investigadores e investigados, dando a los segundos la posibilidad de reaccionar frente a la propuesta de los primeros y de enriquecerla u orientarla con dicha reacción. 502 In-disciplinada • De tal manera, cualesquiera sean las técnicas utilizadas para provocar por parte del investigado la descripción de los problemas que vive, o su comprensión de los problemas que le son planteados(entrevistas, encuestas, debates grupales, etc.), los instrumentos empleados (cuestionarios, guías, y otros)“deben contener información dirigida que produzca diversos efectos de desbloqueo o cambio de perspectiva”. 8 • Por último, y dentro de las posibilidades reales del grupo u organización popular que conduce el proceso de investigación, el lograr la participación de parte de sus bases como agentes de dicho proceso favorece la dinamización de más amplios sectores ante el mismo. Esta participación, insistimos, no consiste—no puede consistir— en“utilizar” a los miembros de las bases como meros recolectores de información. Supone, por el contrario, un proceso de discusión acerca del proyecto global en el cual este se enriquece, y una tarea de formación o capacitación para que la participación sea plena y enriquecedora. Pero el proceso de investigación-acción no finaliza cuando, obtenido el conocimiento buscado de manera colectiva y activa se opera ya un cambio de perspectiva, un esclarecimiento mínimo o mayor según los diferentes niveles de implicación en el mismo. A partir de ese conocimiento buscado, se inicia un trabajo que algunos llaman“fase explicativa” o“específicamente educativa”, que consiste en la discusión de los resultados obtenidos por parte de las tres categorías de actores que hemos individualizado. Ello torna posible la redefinición de acciones, el visualizar nuevas zonas problemáticas de lo real, y este proceso nuevo, surgido de la misma experiencia, es también parte la práctica transformadora; es, en suma, lo que permite que la investigación-acción se convierta en ese“momento”, al que nos referíamos en un comienzo, de construcción de una alternativa política global. Michel Thiollent, en cuyos trabajos hemos encontrado una valiosa fuente de cuestionamiento y esclarecimiento respecto de la investigación-acción, señala con claridad que ella no se debe confundir con un medio de concientización o de difusión de ideas o propaganda. Es, exactamente, un modo de indagación de lo real, y se distingue del momento en el cual sus resultados son utilizados como elementos de debate y esclarecimiento. Sin embargo, también destaca que el hecho de contener un elemento didáctico o esclarecedor, el hecho de llevar a investigadores e investigados a asumir una posición activa y reflexiva ante lo real, es lo que le confiere su dimensión 8 Thiollent, M., art. cit., p. 65. La investiga C c o ió m n u e n n ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 503 pedagógica, lo que le convierte en un instrumento que contribuye a la creación de una“nueva voluntad colectiva capaz de actuar y de pensar la sociedad de modo distinto”. 9 Hasta aquí estas notas iniciales, y que no planteamos como iniciales para justificar carencias o limitaciones, sino porque representan para nosotros nada más que eso: un esfuerzo por comenzar a reflexionar sobre las prácticas que hoy desarrollamos. Si en este momento inicial hemos hecho hincapié en el sentido que adjudicamos al término acción dentro de los procesos de investigación ligados a las prácticas educativas populares, es porque vemos en ese aspecto la mayor fuente de definición de esa modalidad de producción de conocimiento, y también—en muchos casos— la mayor fuente de confusión. Esclarecer su sentido es pues, a nuestro criterio, el punto de partida para poder avanzar hacia mayores precisiones técnicas y metodológicas que nos orienten en la acción. 9 García Huidobro y Martinic, art. cit., p. 3. 504 In-disciplinada Investigar lo alternativo(1981) * “La investigación crítica en ciencias sociales, particularmente en lo que se refiere a la comunicación masiva, se ha definido casi siempre por su ruptura con el funcionalismo. Pero quizás esa ruptura ha sido más afectiva que efectiva. Al funcionalismo se lo descalifica en teoría pero se sigue trabajando desde él en la práctica. Con frecuencia se ha roto solamente con su jerga, pero no con la racionalidad que lo sustenta. La verticalidad y la unidireccionalidad no son efectos sino la matriz epistemológica y política del modelo mismo”. (J. Martín-Barbero) Si introducimos estas reflexiones con afirmaciones tan tentativas como las de Martín-Barbero 1 es porque lo que, según él, resulta evidente en el campo de la investigación de la comunicación masiva, resulta flagrante si nos referimos al espacio ocupado por las prácticas populares alternativas de comunicación. Valoramos su significación social y política; nos esforzamos por desarrollarlas y potenciar su eficacia; se recogen y evalúan experiencias, pero prácticamente no se las estudia sistemáticamente. Y cuando se lo hace, da la impresión de que ni siquiera su ser alternativo, su carácter de oposición, de instrumento constructor de nuevas relaciones sociales, es capaz de alterar los métodos de indagación, la concepción epistemológica presente en todo ejercicio de conocimiento. Esta comprobación no nos pertenece con exclusividad. Es compartida por comunicadores populares, profesionales e intelectuales que—a veces muy aisladamente— tratan de encontrar nuevos métodos. Por ello, las reflexiones que siguen no son individuales ni acabadas; son fruto de una práctica de investigación compartida, que actualmente desarrollamos y en la que tratamos de ser coherentes con una comprensión de lo alternativo como proyecto político dentro del cual la comunicación se realiza. * El artículo fue publicado originalmente en Revista CHASQUI, II Época, No. 1, CIESPAL, Quito, Ecuador. 1 Conferencia Internacional de AIERI, en Comunicación, Nos. 30- 31, Centro de Comunicación Social J.M. Pellín, Venezuela, p.40. La investiga C c o i m ón u e n n ic c a o c m ión un P i o ca p c u i l ó a n r 505 Una nueva definición del sujeto y del proceso Si algo se trastoca en las prácticas alternativas con relación a los tradicionales modelos de comunicación, es la definición del sujeto. Estalla la noción de un emisor que es sujeto por poseer los medios para emitir(económicos, tecnológicos, culturales) y el poder(político-legal) para hacerlo; estalla la noción de un receptor objeto porque es recipiente de la acción del primero. Se plantea, en cambio, la existencia de sujetos que se intercomunican si bien unos operan medios determinados y otros no: porque lo que da sentido al modelo alternativo no es la posesión de unos instrumentos para dirigirse a otros sino básicamente la construcción de una relación y acción mancomunada de quienes participan en ella. Recibir un mensaje no equivale así a ser un recipiente, sino coautor, porque el mensaje está inserto en una práctica social común y tiende a desarrollarla; emisores y receptores son iguales(se identifican) en la misma. En segundo lugar y de manera correlativa, lo que se trastoca es el proceso de producción y uso de la comunicación. Situados emisores y receptores dentro de un mismo proyecto político global que genera una práctica específica(religiosa, educativa, partidaria, gremial, etc.), el proceso de producción de mensajes tiende a lograr la representación mayoritaria del conjunto, la colectivización de necesidades, expectativas y propuestas. Para ello, se trata de ir superando las intermediaciones y de ir convirtiendo a los propios destinatarios en productores colectivos. Como bien señala Reyes Matta, cuando la comunicación alternativa emerge, sólo puede hacerlo con un propósito que va más allá de la mera perspectiva comunicacional; debe ser expresión de un proyecto histórico de cambio, de resistencia cultural y de construcción solidaria. Un proyecto que va en dirección inevitablemente opuesta a los autoritarismos políticos, económicos y culturales que son propios de la racionalidad del modelo capitalista transnacional. Se trata de una perspectiva de confrontación con una dinámica de hegemonía que anula la participación de las mayorías sociales 2 . Para que esa confrontación sea posible, el proceso de producción y uso de la comunicación se toma un proceso educativo. En él los sujetos intervinientes van reconociendo su situación de mayorías dominadas, marginadas del poder de decisión a todo nivel: van comprendiendo la 2 “La comunicación alternativa como respuesta democrática’’, ponencia presentada al Grupo de Comunicación CLACSO. mimeo, p. 2. 506 In-disciplinada racionalidad del modelo económico-social bajo el que son dominadas y, al mismo tiempo, van adquiriendo los instrumentos teóricos y prácticos necesarios para que la confrontación se convierta en alternativa viable. De ahí que el tradicional concepto de retroalimentación según el cual el emisor recibe respuestas del receptor que permiten reorientar, mejorar, etc. el mensaje difundido también estalle dentro de la perspectiva en la que nos situamos. Ya no existe un emisor fuera del grupo o sector que genera el mensaje sino un conjunto organizado que debe crecer en niveles de conciencia y organización. Existe, además, un número de personas que deben ser integradas a ese conjunto no mediante la manipulación, la persuasión, sino a través de un proceso educativo que vuelva conscientes las ideas difusas, que rompa los modelos impuestos de pasividad e individualismo, que permita la adhesión activa de esas personas al proceso de cambio. Por ello no se buscan respuestas del receptor al emisor; se propicia en cambio el diálogo, el debate, la formación del conjunto. Un método que dé cuenta del objeto Si hemos individualizado las alteraciones fundamentales que operan las prácticas alternativas a nivel del modelo de comunicación, es porque la construcción teórica que realicemos del objeto a investigar predetermina la adopción o construcción de un método para abordarlo. Y al afirmar ello estamos haciendo explícita una postura: los métodos no son simples instrumentos de análisis; son puntos de vista, cristalizaciones de enunciados teóricos que permitirán revelar o no los aspectos y relaciones fundamentales supuestas por el objeto estudiado, según su adecuación o no a dicho objeto. Sin la pretensión de plantear aquí el método válido para la investigación de las prácticas alternativas de comunicación, trataremos entonces de identificar algunas cuestiones metodológicas a tomar en consideración para llegar a dar cuenta de ese objeto de estudio en su dinámica propia. Si la comunicación alternativa es producto de una práctica que apunta a la transformación social, la investigación de la misma no puede ser ajena a dicha práctica y al proyecto que le da sentido. Se trata pues de una indagación de lo real que apunta a su transformación y que surge de esa necesidad alteradora. En tanto la comunicación popular alternativa supone la desaparición de la dicotomía sujetos-objetos en el proceso de producción de mensajes, la La investiga C c o i m ón u e n n ic c a o c m ión un P i o ca p c u i l ó a n r 507 investigación de la misma no puede resucitar esa dicotomía que en la práctica se traduciría en unos investigadores(sujetos) que producen activamente un conocimiento mientras otros individuos y grupos(objetos) son tenidos como datos pasivos a ser estudiados. O cuando más, como receptores en última instancia de un conocimiento elaborado por otros acerca de su práctica. Consecuentemente, así como las prácticas alternativas de comunicación tienden a colectivizar la producción y utilización De los mensajes para el eficaz desarrollo de una práctica social, su investigación debe realizarse como un proceso colectivo de producción de conocimientos que se revertirán sobre dicha práctica. Todo ello supone una alteración de la perspectiva a partir de la cual se realiza una investigación: ya no se trata de una actividad ejercida desde fuera, sobre o acerca de un objeto, sino ejercida dentro del objeto mismo. También supone, por cierto, una alteración del rol del investigador. Tampoco supone, como a veces se plantea con ligereza, que los únicos en condiciones de analizar y estudiar las prácticas de comunicación alternativa sean quienes las protagonicen. Implica, sobre todo, que los investigadores—que pueden o no ser protagonistas directos de esas prácticas— forjen con los investigados una relación dinámica a través de la cual ambos progresen en el conocimiento del objeto de estudio 3 . Por último, los señalamientos realizados admiten una alteración fundamental: la investigación ya no se ampara en los supuestos de la neutralidad y, muy por el contrario, asume como propia la elaboración ideológica y práctica de una posición de ruptura 4 : la objetividad no le viene dada por el distanciamiento del investigador en tanto sujeto munido de técnicas que permiten medir y verificar los datos, sino por el grado de coherencia con que se logre confrontar la práctica comunicativa desarrollada con el proyecto en cuyo marco se desenvuelve y con las condiciones reales en las cuales esa práctica y ese proyecto se van realizando. Repensar los problemas Así como a nivel metodológico buscamos un acercamiento acorde a nuestro objeto, lo que nos lleva a una línea de investigación-acción, también es necesario revisar los que han sido problemas fundamentales a indagar en el campo de la comunicación y preguntarnos si mantienen su 3 Al respecto, ver Thiollent, Michel, Pesquisa-acao no campo de comunicacao sociopolítica, Comunicacao e Sociedade, No. 4. 4 Reyes Matta, cit, p. 2. 508 In-disciplinada validez desde la práctica de la comunicación alternativa o si esta conlleva una problemática nueva, diferente, que sólo la aplicación de métodos y concepciones encubiertos por estos problemas impiden identificar. Porque si, por ejemplo—señala Martín-Barbero— lo único investigable desde un método es lo medible cuantitativamente o lo que se ve, todo el resto de lo real queda automáticamente descartado como no objetivable. Y de ese modo, lo posible, el conflicto, el cambio, lo imaginario, lo simbólico, quedan definitivamente fuera del análisis. 5 La función emisora es tal vez lo primero a revisar. Desde que hay producción de mensajes, esta función subsiste como problemática a ser analizada. Pero, ¿es posible hacerlo ahora aisladamente de lo que es el receptor, de lo que es la relación social a partir de la cual se torna necesaria la comunicación? Por cierto que no. Necesitamos, por ejemplo, investigar aspectos tales como el tipo de práctica social a partir de la cual se constituye el emisor (que se sobreentiende colectivo); los mecanismos de legitimación que, en tanto integrante de un conjunto social más amplio, permiten a ese emisor ser reconocido como tal, el nivel de desarrollo ideológico y organizativo alcanzado por el emisor. La función receptora, privilegiada como toda un área de investigación en lo que se refiere a la comunicación dominante, también implica una problemática diferente en las prácticas de la comunicación alternativa. Desde el comienzo debemos preguntarnos si el emisor establece los mecanismos apropiados para que los receptores puedan compartir una práctica común pero al mismo tiempo si existen, a nivel de los receptores, las condiciones necesarias para esa participación activa ¿Cuál es, por ejemplo, la práctica social de los receptores?, ¿cuáles sus niveles de conciencia?, ¿cuáles sus hábitos culturales?, ¿cuáles sus propuestas en torno a la necesidad de cohesionarse como grupo, sector o clase y de utilizar para ello mecanismos y medios de comunicación? Los mensajes, su producción y uso son aspectos también esenciales en la investigación de la comunicación alternativa. De qué manera se ha eliminado la verticalidad y unidireccionalidad en el proceso de producción; qué criterios determinan los formatos a utilizarse; cuál es la correspondencia de los mensajes con los niveles ideológicos y organizativos alcanzados por los emisores y receptores; qué mecanismos son propuestos para la lectura 5 Martín-Barbero, cit. p. 37. La investiga C c o i m ón u e n n ic c a o c m ión un P i o ca p c u i l ó a n r 509 de tales mensajes; de qué manera y con qué resultado se utilizan para la organización grupal y el desarrollo de la acción social organizada. Pero las prácticas alternativas no se dan en un vacío de comunicación. Muy por el contrario, el sistema de comunicación dominante, a través de sus variados medios, penetra las relaciones sociales y las condiciona. No sólo porque provee unos determinados contenidos sino fundamentalmente porque configura un modelo informativo—de organización e interpretación de la realidad— y un modelo comunicativo—de roles y actitudes— que se convierten en paradigmáticos. La investigación de la comunicación alternativa—que se desarrolla como una práctica opuesta, en colisión con dicho modelo— no puede eludir esta problemática porque emisores y receptores están inmersos en ella. Consecuentemente, necesitamos investigar el papel adjudicado a la comunicación dominante por los grupos y sectores implicados en las prácticas alternativas; indagar los niveles de cuestionamiento o adhesión que suscitan los modelos propuestos por los diversos medios a partir de la experiencia concreta y los intereses específicos de dichos sectores: investigar la correlación existente entre esos niveles de cuestionamiento o adhesión y las prácticas alternativas desarrolladas. La problemática a investigar no se agota aquí y, como se supone, cada experiencia concreta determina los aspectos específicos de la indagación. Lo apuntado, más vale, pretende haber puesto de relieve la necesidad de que la comunicación alternativa no pierda su carácter de tal, cuando nos acerquemos a ella con la intención de potenciar mediante su análisis, su eficacia como instrumentos de transformación social. 510 In-disciplinada Radio Enriquillo: El proceso de una evaluación(1982) * Este texto es un testimonio y, como tal, mucho más una prueba que un ejemplo o un modelo. Como testimonio pretende probar una posibilidad que, demasiado a menudo, es negada por múltiples causas. Nos referimos a la posibilidad de investigar la comunicación alternativa desde su misma práctica y sin desnaturalizarla o, por lo menos, tratando de no hacerlo. Como suele ocurrir con las pruebas, su valor es relativo. Dependerá de hasta qué punto hemos sentido la necesidad práctica y teórica de hacer de lo alternativo algo más que un discurso; de cuántas veces nos hemos encontrado sin herramientas para apuntalarlo con un conocimiento sistemático; de cuántas veces nos hemos reconocido corresponsables por el pragmatismo y espontaneísmo de tantas alternativas de comunicación que grupos y organizaciones populares van generando, y frente a las cuales no éramos capaces de proponer alternativas metodológicas. A esa relatividad propia de cada particular situación desde la cual se lea este texto, hay que sumarle otra, intrínseca a él. Cuando decimos que pretende probar una posibilidad, no estamos usando un eufemismo. Tal vez sólo pruebe hasta qué punto y de qué manera buscamos esa posibilidad. Por el momento, es cuanto podemos ofrecer como producto de un trabajo en curso que desde hace diez meses desarrollamos con el equipo coordinador y trabajadores de Radio Enriquillo, con integrantes del CEDEE(Centro Dominicano de Estudios de la Educación) y miembros de grupos de promoción y organizaciones populares del suroeste dominicano. Necesidades y primeras exigencias Radio Enriquillo es una emisora de 10 kws. de potencia ubicada en Tamayo, localidad del sur dominicano que empezó a operar en febrero de 1977. La emisora es propiedad de una asociación de lucro, cuyos accionistas son quienes coordinan el trabajo de la radio y representantes de la iglesia católica local. No es por tanto una emisora de la iglesia, si bien pertenece a grupos y personas de iglesia. El equipo coordinador está integrado por dos religiosos y tres laicos. Aunque la emisora tiene ingresos publicitarios, * Artículo publicado originalmente en Revista Comunicación y Cultura, No. 8, México, 1982. La investiga C c o i m ón u e n n ic c a o c m ión un P i o ca p c u i l ó a n r 511 ellos son mínimos(por la selección de avisos que realiza y por la escasa relevancia de la zona como mercado); por lo tanto, el equipamiento así como los gastos de operación se solventan con fondos provenientes de agencias financieras extranjeras. Los datos anteriores ayudan a determinar el tipo de institución que es Radio Enriquillo y comprender el por qué de su instalación en 1977. Por ese entonces, diversos grupos, casi todos alentados por sacerdotes religiosos, desarrollaban en la zona suroeste del país tareas pastorales y de educación popular cuyos efectos iban reflejándose en un incipiente avance de la organización popular de la región. El suroeste dominicano, colindante con Haití, es la región más pobre y atrasada económica, social y políticamente del país. Una región fundamentalmente campesina, en la que el Estado es el mayor empresario y donde el movimiento campesino organizado, que cuenta actualmente con unas 110 asociaciones, sólo contaba en 1972 con una docena ellas. Durante esos duros años del balaguerismo, la activación de grupos campesinos y comunidades cristianas a partir de la labor de agentes pastorales ponía en evidencia la dispersión de esa labor en la vastedad de la región. De ahí que planteasen a una orden religiosa a la cual pertenecía un buen número de esos agentes, la creación de una emisora que fuese instrumento de educación e intercomunicación entre los sectores populares que comenzaban a organizarse. La idea fue aceptada y se conformó un equipo coordinador integrado inicialmente por un religioso y tres laicos con reducida experiencia en materia radiofónica. La emisora fue concebida, desde un comienzo, como una“emisora horizontal”,“en medio del pueblo”,“lugar de encuentro”,“donde el que nunca tuvo oportunidad de decir su palabra ahora tenga voz”. Su punto partida, manifiestan documentos producidos por el coordinador,“ha de ser el mundo real del campesino” para devolverle la realidad en que vive. Se trataba así de favorecer el reconocimiento de“los oprimidos entre sí”, de provocar la solidaridad entre grupos y comunidades campesinas por lo general incomunicadas, y desarrollar una conciencia crítica respecto de la realidad. Para ello la emisora se planteó la participación real del campesino en su programación y el fortalecimiento de las estructuras campesinas ya existentes, sin dejar de considerarse que, en calidad de medio de comunicación masivo, la emisora estaría en contacto con un pueblo no organizado que debería ir 512 In-disciplinada integrándose en ese nuevo proceso de producción y recepción de mensajes. De ahí que, en diversos documentos de trabajo, el equipo coordinador de Radio Enriquillo plantee la necesidad e intención de“coordinar el trabajo masivo del medio de comunicación con el selectivo de los grupos que tienen impacto real en la zona”, de“apoyarse en las estructuras grupales existentes en las comunidades para alcanzar a través de ellas a la gran masa”. Tras cuatro años de trabajo, durante los cuales esos principios generales se trataron de transformar en propuestas de“comunicación distinta”—tanto con relación al modelo radiofónico dominante como a modelos preexistentes de“educación o escuelas radiofónicas”—, los integrantes del equipo de coordinación hacen explícita una necesidad sentida poco a poco. La emisora cuenta en ese momento con una treintena de trabajadores, dieciocho horas diarias de programación, una gran popularidad y un reconocimiento genérico de ser“popular”,“alternativa”. Y ese mismo“éxito”(por llamarle de alguna manera) lejos de llevar al equipo a una conformidad con el trabajo realizado, los lleva a su cuestionamiento. ¿De dónde le viene la popularidad a la emisora?, ¿cuál es el significado de lo«popular» o«alternativo» que ella parece representar?, ¿cuál es el rol que está cumpliendo en relación con los sectores populares de la región y cuál el rol que ellos le atribuyen o esperan que cumpla?, ¿hasta qué punto la emisora es canal, instrumento, para tales sectores, o hasta qué punto ellos son instrumentos de su actividad comunicativa? Esas son algunas de las preguntas que el equipo coordinador se formula; manifestación de la necesidad de«sistematizar su experiencia de trabajo; conocer más allá de la simple intuición o del saber espontáneo la validez y limitaciones de la misma como proyecto de comunicación y educación alternativa; obtener y organizar una información que pudiese servir de base para la reorientación y profundización de la experiencia». 1 Acompañan al equipo, en esa inquietud, un centro de educación popular que desde hacía un tiempo había comenzado a prestarles asesoramiento (el CEDEE) y en equipo de promoción campesina de la zona. Pero junto a la inquietud se planteaba la limitación, la casi imposibilidad, expresada en un“no sabemos cómo hacerlo; cómo llegar a obtener ese conocimiento”. El CEDEE solicitó entonces el concurso del Programa de Comunicación de CELADEC y juntos empezamos a preguntarnos esos cómos. Porque algo estaba claro desde un comienzo: se buscaba un conocimiento propio, desde 1 Diseño de la Investigación, Documento de Trabajo, mimeo, mayo 1981, p. 1. La investiga C c o i m ón u e n n ic c a o c m ión un P i o ca p c u i l ó a n r 513 dentro. Lo que de alguna manera formalizábamos hace un tiempo, al decir: “En tanto la comunicación popular alternativa supone la desaparición de la dicotomía sujetos-objetos en el proceso de producción y uso de mensajes, la investigación de la misma no puede resucitar esa dicotomía que en la práctica se traduciría en unos investigadores(sujetos) que producen activamente un conocimiento mientras otros individuos y grupos(objetos) son tenidos como datos pasivos a ser estudiados. O, cuando más, como receptores en última instancia de un conocimiento elaborado por otros acerca de su práctica”. 2 No se trataba, pues, de encargar a un grupo de investigadores el estudio que pudiese dar respuesta al conjunto de interrogantes levantados. Se trataba, por el contrario, de iniciar un proceso colectivo de producción de conocimientos en el que estuviesen involucrados de manera activa todos quienes están a su vez involucrados en el hecho comunicativo Radio Enriquillo. De esta convicción participábamos gente con prácticas y formaciones diversas: comunicadores, educadores, promotores campesinos; muy pocos con experiencia previa en trabajos de investigación. Durante la primera semana de mayo de 1981 el grupo se reunió en un taller cuya finalidad era precisar las bases teóricas y metodológicas que guiarían el proceso de investigación. Como no podía ser de otro modo, el punto inicial del trabajo fue la explicitación de las necesidades que motivaban dicho proceso y los objetivos que correlativamente se querían alcanzar con la investigación. En líneas generales esos objetivos se ubican en una doble vertiente. Por un lado, se trataba de conocer el desarrollo y sentido del proyecto: “- Conocer la percepción que los diferentes sectores de la población —organizados y no organizados— tienen de Radio Enriquillo. Fundamentalmente la percepción que de ella tienen los sectores populares, sujeto del proyecto de la emisora. - Detectar los sectores más identificados con la labor de educación popular de la emisora: conocer sus expectativas respecto de ella y las posibilidades reales de coordinar esfuerzos y tareas para enrolarse eventualmente en un proceso de educación permanente. - Conocer más sistemáticamente las limitaciones y posibilidades reales del medio radiofónico como instrumento al servicio del desarrollo y fortalecimiento del movimiento popular. 2 “Investigar lo alternativo” en Chasqui, No. 1, Ciespal, Quito, 1981, p. 73. 514 In-disciplinada - Lograr una mejor comprensión, por parte del equipo coordinador y trabajadores de la emisora, de su rol como educadores populares en el campo específico de la radiodifusión.” 3 Por otro lado, a través del conocimiento anterior se buscaba un camino para: - Reformular el proyecto global de educación popular de Radio Enriquillo y los espacios más sistemáticos(actuales y posibles) de dicha educación. - Reelaborar la programación para que ella responda, canalice y apoye toda iniciativa de acción coherente con los intereses reales de los sectores populares sureños. - Elaborar métodos más coherentes de trabajo con respecto a los objetivos que persigue la emisora y a la realidad en que está inserta. - Sistematizar un modelo de trabajo masivo-grupal alternativo al modelo tradicional de la radio en el sistema de comunicación vigente. - Lograr una nueva y mayor interacción entre Radio Enriquillo y el pueblo organizado del sur, creando así las condiciones para que tanto el personal de la emisora como las organizaciones de la región, vayan siendo, progresivamente, gestores de su propia emisora.” 4 Bases teóricas La primera comprobación y eje de la reflexión del grupo fue la imposibilidad de investigar la práctica de Radio Enriquillo apelando lisa y llanamente a los métodos deudores del empirismo, cuyos supuestos teóricos y prácticos se corresponden con una concepción funcionalista de la comunicación masiva. Era prácticamente imposible conocer el tipo de interrelación existente entre la población del Sur y la emisora si, de entrada, a nivel metodológico, nos valíamos de instrumentos que presuponían un modelo de interacción comunicativa que, precisamente, la labor de la emisora pretende alterar. Partíamos, evidentemente, del entendimiento de que los métodos no son simples instrumentos de análisis sino más bien puntos de vista, cristalizaciones de enunciados teóricos que permiten luego, al ser aplicados, revelar o no los aspectos y relaciones fundamentales supuestas por el objeto a estudiar, según ellos se adecúen o no a dicho objeto. Y por eso necesitábamos, en un 3 Diseño cit., p. 19. 4 Ibid., p. 18. La investiga C c o i m ón u e n n ic c a o c m ión un P i o ca p c u i l ó a n r 515 primer momento, construir teóricamente el objeto que queríamos investigar (más allá del conocimiento pragmático que teníamos de él; más allá de nuestras intenciones y prejuicios frente a él). Porque esa construcción teórica predeterminaría la adopción o construcción del método más adecuado para abordar su estudio. Nuestro objeto de investigación no era algo estático ni acabado sino una relación—la de Radio Enriquillo con la población del sur dominicano—, entendiendo por relación el desarrollo de una interacción sin la cual no podría plantearse la existencia de un proyecto comunicativo ni educativo. Definir la particular naturaleza de esa relación suponía determinar previamente la naturaleza de cada uno de sus términos para luego precisar la manera con que cada uno opera en relación con el otro. La población del sur Un diagnóstico de la zona realizado previamente por los participantes en el taller y discutido en el mismo, fue la base para entender a su población como el sujeto de la acción económica, política y social que se desarrolla en ella, y a la región como un espacio de enfrentamientos y contradicciones entre diferentes clases sociales y sectores de dichas clases.“De tal suerte, la población del sur no es un conjunto de individuos susceptibles de ser reagrupados como iguales por el hecho de ocupar un mismo territorio y sólo diferenciados por indicadores biológicos(sexo-edad) o socioeconómicos (ocupación-ingresos nivel de instrucción, por ejemplo) que los ubican como átomos más o menos comparables dentro del conjunto social. Muy por el contrario. Sin dejar de tomar en consideración tales indicadores en lo que ellos tienen de descriptivo, la población del sur se entiende como un conjunto de relaciones sociales que“no pueden reducirse a relaciones entre subjetividades animadas de intenciones o motivaciones, porque ellas se establecen entre condiciones y posiciones sociales y tienen, al mismo tiempo, más realidad que los sujetos que ligan”. 5 Esa discontinuidad, esa ruptura introducida en“la población del sur” y que asume la forma de oposición entre el bloque dominante y el bloque dominado impide, en el terreno de la comunicación,“aceptar la hipótesis de un‘público’ o‘audiencia’ que subsuma esa discontinuidad. Un público que en vez de un carácter real tiene un carácter abstracto, en cuanto se lo entiende como masa portadora de una medida del gusto, intereses 5 Ibid., p. 8. 516 In-disciplinada y motivaciones en lo que concierne a la información, la educación y el entretenimiento.“Al concepto abstracto de público es preciso anteponer públicos que representen tendencias, gustos e intereses de clase muchas veces antagónicas’ si queremos dar una explicación de lo real”. 6 Pero la población del sur es algo más que ese conjunto escindido y en conflicto de sectores sociales y, por lo tanto, susceptible de contener “públicos” diferenciados en relación con un medio masivo. Es, por un lado, un conjunto de grupos organizados y, por otro, un conjunto de individuos sólo relacionados entre sí por lazos primarios u ocasionales(parentesco, amistad, vecindario, etc.). Ambos subconjuntos no tienen ni un peso equivalente, desde una perspectiva sociopolítica ni tampoco desde un proyecto alternativo de organización, de comunicación. No porque de manera mecánica y dicotómica se atribuya a los“organizados”, por el mero hecho de serlo, un avance en la configuración de su conciencia(de clase) respecto de los no organizados. Sino porque ellos son quienes al participar como sectores y clases(no a nivel individual) en el conflicto social, lo dinamizan; y porque además, su propia organización supone ya redes de intercomunicación dentro de cada sector y clase que un proyecto alternativo no puede desconocer. Por último, dentro de lo que definimos como sectores populares de la región, la“población organizada” no es un subconjunto homogéneo; así, grupo predominante y más dinámico—en términos económicos y de significación social y política— mientras que es muchísimo menor la relevancia de las organizaciones obreras o de los partidos políticos. La emisora En lo que concierne a Radio Enriquillo, corresponde definirla, por un lado, como un medio de comunicación masiva(el de mayor penetración en la región según los estudios de medición de audiencia realizados por agencias publicitarias) y funciona—en ciertas áreas de su programación— con el mismo sistema de producción y difusión de mensajes que es propio de ese tipo de medios de nuestra sociedad: unidireccionalidad, pseudoparticipación del oyente a través de recursos dirigidos, tales como concursos, envíos de cartas, encuestas de audiencia, etcétera. 6 Ibid., p. 9. La investiga C c o i m ón u e n n ic c a o c m ión un P i o ca p c u i l ó a n r 517 Por otro lado, este mismo medio masivo se reclama horizontal , participativo , instrumento de expresión , intercomunicación y educación de la población del sur. Y, evidentemente, en otras áreas de su programación, funciona con criterios más propios de la educación popular y la comunicación alternativa que de la comunicación masiva: recepción organizada de programas; coproducción de mensajes con grupos y asociaciones populares; sistema de corresponsales y uso colectivo de folletos educativos, etc. En suma, un medio en el que conviven de manera contradictoria modelos existentes y posibles de comunicación. Pero la emisora no es un ente que funciona con una dinámica aislada de la dinámica sociopolítica de la región. En tanto institución, a nivel interno, es resultado y expresión de la conjunción de individuos con proyectos específicos que detentan de manera desigual el poder y el manejo de un “saber hacer” comunicativo y educativo. A nivel externo, es uno de los tantos instrumentos de acción ideológica que expresan intereses y proyectos contrapuestos, en medio del conflicto social. No es, por tanto, un ente que se desenvuelve al margen de la coyuntura global, de un determinado estado de la correlación de fuerzas entre los sectores sociales en pugna, y al margen de la problemática que supone el ser—como equipo humano y medio de comunicación— un mediador. La relación La relación entre la emisora y la población del sur se verifica de manera diversa: - En su carácter de medio masivo sus mensajes son percibidos(pueden serlo) por una audiencia global constituida por públicos(sectores) diferenciados; en tanto medio alternativo sus mensajes se dirigen a sectores específicos (los sectores populares). - Frente a la audiencia global, su naturaleza es la de un emisor que se distingue del resto por unos diferentes contenidos y por su ser abierto a la voz y la expresión de la población del sur; frente a los grupos populares organizados, propone su participación orgánica en la producción y recepción de mensajes. - En calidad de medio de comunicación alternativo propone una redefinición de roles y fomenta su uso—como canal directo de comunicación— por los grupos populares; como medio de educación, desarrolla planes más 518 In-disciplinada sistemáticos de acuerdo a las necesidades planteadas por dichos grupos, adjudicándose la función de coordinar tales planes. - Mientras para unos sectores de la población la radio se opone o es un medio que dificulta la realización de su proyecto socioeconómico, identificándola por tanto como un adversario, para otros sectores la emisora es un medio que los representa y apoya. Pero mientras para los sectores populares no organizados esa representación y apoyo es algo que corre por cuenta de la emisora, para los grupos organizados es también una posibilidad más directa de intervención con relación a la población en su conjunto. Bases metodológicas: la investigación-acción Definida así la relación Radio Enriquillo-población del sur, la reflexión se centró en la necesidad de adoptar una metodología que, por un lado, permitiese captar la dinámica propia de dicha relación con todos sus niveles de ambivalencia e incluso de contradicción. Y que, por otro, permitiese involucrar en el proceso de producción de ese conocimiento a los sujetos implicados prioritariamente, aunque de manera desigual, es cierto, en el proceso comunicativo: básicamente los sectores sociales organizados, los grupos y equipos de educación popular y los trabajadores y colaboradores de la emisora. El sentido de la acción Ello determinó la adopción de una metodología de investigación-acción que definimos como un proceso de producción de conocimientos que se desarrolla para satisfacer una necesidad surgida de una práctica social; un proceso colectivo de explicación y análisis de lo real en el cual se entablan unas relaciones horizontales que posibilitan una síntesis entre las experiencias distintas de los sujetos que intervienen en la investigación. 7 Tal vez sea necesario detenernos más en este punto. Cuando hablamos de un método semejante, cuando nos decidimos a adoptarlo, precisamos que la acción que se añade como calificativo de la investigación no equivale a la realización más o menos mecánica de unas tareas precisas por parte de todos los implicados en el proceso de investigación. Más bien es una 7 Debemos reconocernos deudores de los aportes realizados por Michel Thiollent en varios trabajos sobre el tema:“Pesquisa-Ação no campo da conmunicação socio-política” en Comunicação e Sociedade, No. 4, Cortez Editora-Metodista, Sao Paulo, 1980. Critica metodológica, investigação social e enquete operária, Polis, Sao Paulo, 1980. La investiga C c o i m ón u e n n ic c a o c m ión un P i o ca p c u i l ó a n r 519 actitud opuesta a la pasividad con que se carga a los investigados en las investigaciones tradicionales en las cuales los investigadores conciben a las personas y/o grupos que integran su objeto o universo de estudio sólo como fuentes de información o datos básicos del análisis. 8 Si de lo que se trata es de conocer un aspecto impuesto necesariamente por la práctica, ello supone que cada sujeto involucrado en la misma asuma una posición activa: que sea llevado a través de un método de indagación a cuestionarse ese aspecto de lo real, a reflexionar sobre él, a considerarlo como problema y, por lo tanto, a formular su explicación e interpretación del mismo. No se trataba pues solamente de obtener un conocimiento esclarecedor de la relación Radio Enriquillo-población del sur. Se trataba de que el problema (los problemas) que esa relación suponía se plantease como tal a quienes participan más directamente en ella; que se viesen llevados a adoptar una actitud cognitiva frente a ella; es decir, que más allá de los sentimientos y opiniones(que a menudo no sobrepasan el terreno del sentido común), fuesen estimulados—teniendo en cuenta sus opiniones y sentimientos— a describir y analizar su propia experiencia dentro del hecho, de la situación comunicativa que significa Radio Enriquillo en la región. Una perspectiva metodológica de ese tipo posibilitaría que buena parte de los sujetos que constituían el objeto y el universo de la investigación se transformasen en investigadores, que pudiesen cuestionar y cuestionarse su ubicación y rol dentro de ese hecho comunicativo. Y ese producir un conocimiento “en conjunto”,“a partir de cada posición específica” y desde dentro de la relación, era la única vía que considerábamos apta para alcanzar los objetivos de reformulación, reelaboración, elaboración, etc.(de acción, en suma) que nos habíamos propuesto. O, más que para alcanzarlos, para garantizar que se alcanzaran, no desde y en la emisora, sino desde y en conjunción con quienes el proyecto de la emisora identifica como sujetos del mismo. Es evidente que el trabajo y la reflexión desarrollados por el grupo en aquel taller inicial, nos iba conduciendo a una profundización de los mismos objetivos que habíamos identificado en un primer momento. La perspectiva metodológica adoptada nos llevaba a ello. A considerar, por ejemplo, que a 8 Pensemos en las investigaciones realizadas bajo el signo del empirismo sociológico, donde los individuos son considerados como emisores individuales de“opiniones” analizadas luego por los investigadores mediante métodos estadísticos que las reducen a cifras“comparables”. Pensemos en las investigaciones que, asumiéndose partidarias de la sociología crítica, apelan a los“informantes claves” para reconstruir sin su participación en el proceso el objeto de análisis. 520 In-disciplinada través de la investigación-acción se operaría una transformación del objeto investigado y de los sujetos intervinientes en él ¿Por qué se operaría y no“se espera que se opere una transformación”? Porque el reinstalar críticamente la relación R. Enriquillo-población del sur dentro del universo conocido significa, desde el momento en que se lo hace, ubicar de otra manera los términos mismos de la relación que son, por otro lado, los mismos investigadores e investigados. Significa negar a dicha relación un carácter dado, estable, cuasi natural, para resituarla como objeto no terminado, revisable, susceptible de ser transformado por quienes la revisan. Y en eso, precisamente, consiste su primera transformación. Quedaba claro entonces que el plantear una metodología de investigaciónacción no equivalía a plantear que fuesen los propios investigados quienes aplicaran los instrumentos o técnicas de investigación elegidas, aunque ello también ocurriría. Lo definitorio era que investigadores e investigados eran llevados a realizar una acción consciente reflexiva, con respecto al objeto de estudio, aunque esa acción asumiera formas diversas. Niveles de la acción Lo que inmediatamente ocupó nuestra reflexión fue otro aspecto central: si tal como habíamos definido la relación R. Enriquillo-población, ella revelaba una diversidad de maneras en su realización, era imposible(so pena de desnaturalizar el objeto) plantear una intervención uniforme de los investigados en el proceso. Se imponía definir esa intervención de acuerdo “a las características con que cada grupo o sector se inserta en el desarrollo del proyecto comunicativo/educativo de la radio; de acuerdo al propio rol que asumen en el proceso económico, social y político de la zona sur del país”[...]“el carácter masivo del medio, aunado a su manejo con fines educativos populares, supone el trabajo de investigación en un doble nivel (que respete y acompañe el accionar de lo real); extensivo e intensivo; vale decir, teniendo en cuenta por un lado la audiencia(en los términos que fue definida) y los grupos u organizaciones populares presentes y actuantes dentro de ella”. 9 De ese modo, ciñéndonos a nuestro objeto de estudio, llegábamos a la afirmación que más tarde veríamos formulada por M. Thiollent:“por sus características, la investigación-acción no pretende substituir todas las formas de investigación. Pues ella establece un contacto más profundo con 9 Diseño cit., pp. 16 y 26. La investiga C c o i m ón u e n n ic c a o c m ión un P i o ca p c u i l ó a n r 521 los grupos implicados en el problema real, pero no se aplica a un universo mucho más amplio. La comunicación de masas engloba a millones de personas y, por eso, los métodos de menor profundidad y de mayor extensión permanecen indispensables. Las técnicas de muestreo, los cuestionarios y entrevistas son utilizables, pero con las restricciones antes anotadas. La concepción de esas técnicas tiene que ser repensada a la luz de las críticas de sus distorsiones que no son apenas de orden cuantitativo pero sí de orden cualitativo(problemas de categorización, rotulación, significación, etc.)”. 10 La implicación activa en el proceso de producción de conocimientos se reservaba a los sectores populares organizados de la zona con quienes la emisora desarrolla su proyecto(asociaciones campesinas, grupos de mujeres, comunidades cristianas, clubes juveniles, organizaciones obreras, políticas); a los grupos de educación y promoción popular y a los integrantes de la emisora(equipo coordinador, trabajadores, colaboradores, corresponsales). La investigación de la audiencia, en términos más cuantitativos, se realizaría mediante técnicas más tradicionales(encuestas) a las que adjudicamos dos funciones. Por una parte, permitirnos obtener una información básica(descriptiva) acerca de la incidencia de medios de comunicación en la zona, nivel de audiencia y preferencia de programas de Radio Enriquillo, expectativas frente a ciertas acciones concretas de la emisora. Por otra, los cuestionarios elaborados sin la pretensión de obtener respuestas“objetivas” o“neutrales” buscarían obtener datos acerca de la relación actual y/o potencial de la población sureña con la emisora y acerca de la distancia que existe, o no, entre la percepción del proyecto Radio Enriquillo por parte de la audiencia y el proyecto mismo(más que en sus objetivos y definiciones en su materialización). En este sentido, rescatamos para este terreno una noción propia de la metodología de investigaciónacción, la de“información dirigida”; vale decir, una información que se proporciona al encuestado y que busca producir en él“diversos efectos de desbloqueo o cambios de perspectiva”, orientarlo hacia un tipo de reflexión que lo pueda sustraer de la“opinión generalizada”. Agentes de la investigación Finalmente, siempre en el terreno metodológico, fue necesario reflexionar acerca de lo que llamamos“agentes” de la investigación; quienes en diversos niveles y realizando diferentes tareas harían posible el proceso. 10 “Investigación-acción”, en Chasqui, No. 1, Ciespal, Quito, 1981, p. 78. 522 In-disciplinada “La relación dialógica que supone todo proceso de investigación-acción no permite encubrir el hecho de que toda situación de investigación supone una situación artificial que debe tomarse en cuenta. Existe inevitablemente una distancia entre investigador e investigado, una diferencia de roles en el momento de la recolección de datos y en el proceso global de investigación. Por más que el método por el cual optamos permite reducir esa distancia—en tanto investigadores e investigados están implicados en un proyecto común respecto del cual tienen diversos niveles de conciencia e integración—, la distancia existe y asumirla es condición fundamental para relativizar los resultados que se obtengan. Un modo eficaz de reducirla es la pertenencia del investigador al grupo investigado o, en su defecto, la aceptación del primero por el segundo como no-extraño. Esto, por otro lado, facilita la máxima implicación posible del investigado en el proceso y asegura al investigador una comunicación preexistente que contribuye al desarrollo de la labor”. 11 Los agentes, pues, debían ser integrantes de los grupos organizados de la zona o personas relacionadas con ellos en un proceso previo de trabajo, lo que incluía al personal de la emisora y a integrantes de equipos de educación y promoción popular. En aquel momento, y aun cuando ello constituyó una etapa posterior, se era consciente de la necesidad de desarrollar un proceso de integración al proyecto y de capacitación que posibilitase que los agentes no resultasen ser meros instrumentos para la recolección de información. Aspectos centrales a investigar Si bien el objeto relación R. Enriquillo-población del sur estaba definida, era necesario ahondar en cada una de sus determinaciones. Por ello, el siguiente paso del taller fue la discusión acerca de lo que serían los aspectos centrales a investigar y las variables que entraban en juego en cada uno de ellos. Uno de esos aspectos fue lo que denominamos“análisis institucional de Radio Enriquillo”, entendiendo que su manera de ser emisor(y actuar en relación con) no está desligada de su manera de existencia y operación, y que estudiar este aspecto resultaba imprescindible para poder confrontar el proyecto de la emisora con las condiciones objetivas de su realización. Se incluía, dentro de este aspecto, el análisis de la estructura de poder de la emisora, su estructura económica y su organización interna(formal y real). 11 Diseño cit., p. 32. La investiga C c o i m ón u e n n ic c a o c m ión un P i o ca p c u i l ó a n r 523 Ello suponía una autoevaluación de las relaciones de comunicación internas que permitiera resituar las motivaciones de los integrantes de la emisora y su nivel de conciencia y responsabilidad en el proyecto. Pero, además, un análisis que recuperara la dimensión histórica de ese proyecto al situarlo en medio de las diferentes coyunturas globales vividas en los cuatro años de trabajo. Por último, comprendía un análisis de los sistemas y mecanismos de producción radiofónica que los diversos equipos desarrollan dentro de la emisora y que no sólo determinan la existencia de los diferentes programas, sino de otra serie de mensajes y de relaciones específicas con la población. El segundo aspecto central era el“análisis de la programación” y de los objetivos perseguidos con él: establecer los mecanismos de significación utilizados y los significados producidos. En este caso fue necesario profundizar la reflexión:“...Aislar los mensajes(y la programación también es mensaje globalizante) de las condiciones y mecanismos de producción a partir de los cuales se genera, o de las condiciones en que circulan y se reciben, implica quitarles su significación social. A nivel de la producción nos preguntamos si es lo mismo, por ejemplo, un mensaje producido en coyunturas políticas de democracia formal o en períodos de graves restricciones a esas“libertades democráticas”. Nos preguntamos si es lo mismo un mensaje producido en vivo con la participación de la comunidad, al que elabora, corrige y emite un equipo de especialistas. Por otra parte, ¿es acaso idéntico el mensaje para todos los receptores?“La significación de un mensaje podrá indagarse a partir de las condiciones históricas sociales en que circula. Estas condiciones significan, en primer lugar, tener en cuenta la experiencia sociocultural de los receptores. Es verdad que el mensaje comporta significación, pero esta sólo se realiza, significa realmente, en el encuentro con el receptor. El primer problema a indagar, pues, es la forma de ese encuentro entre el mensaje y el receptor: desde dónde se lo recepta, desde qué ideología, desde qué relación con el mundo. “Por ello, el análisis de la programación incluye tanto el análisis del contenido de un corpus de mensajes seleccionados como el de sus condiciones y mecanismos de producción(lo que remite el aspecto del análisis institucional); pero sólo será interpretado finalmente a la luz del tercer aspecto de la investigación”. 12 Ese tercer aspecto recupera la problemática de la población del sur y su relación con la emisora y constituye el eje de trabajo de campo“...En primer 12 Ibid., p. 24. 524 In-disciplinada lugar se trata de reconstruir el mundo ideológico político de la población del sur, indagando en aquellos aspectos sustanciales para el desarrollo del proyecto educativo de la emisora, como lo son: la incidencia de los medios de comunicación masivos y en particular de otras radios de la zona; las actitudes frente a la educación, la religión, la familia, el problema racial; los niveles de conciencia alcanzados y las prácticas sociopolíticas desarrolladas. En segundo lugar, se trata de reconstruir la relación existente entre la emisora y la población del sur a partir de aspectos tales como: los niveles de audiencia global y por programa; la percepción de la emisora con relación a los demás medios de comunicación de la zona, con relación a los problemas que vive la población y con relación a sus propias expectativas y necesidades; el nivel de impacto(generación de acciones) en la población; la participación del pueblo en la programación; los criterios utilizados por la emisora y los grupos organizados para coordinar el trabajo y los niveles de participación alcanzados”. 13 Articulación con el universo a investigar Determinados estos aspectos de la investigación, se nos planteaba un problema: su articulación con el universo a investigar. “Porque la población del sur no participa de igual manera ni en el proceso social global ni en el proyecto educativo de la emisora, se da el hecho de que la temática propuesta en cada aspecto de la investigación no corresponde del mismo modo a todas las categorías en que hemos dividido el universo de la misma. Suponer que una idéntica temática tiene el mismo sentido para sujetos sociales distanciados por diferencias de prácticas y de ubicación en la sociedad, suponer que todos ellos tienen idénticas posibilidades de reflexionar sobre las mismas cuestiones, sería recaer en la noción de público que impugnábamos en un comienzo...” “...Del mismo modo, suponer que una misma y única técnica puede ser apta para investigar un objeto dinámico y complejo como el que nos ocupa y para investigarlo en un universo atravesado por contradicciones y diferenciaciones profundas en cuanto a prácticas sociales, es olvidar que las diferentes técnicas pueden contribuir, en medida variable y con desiguales rendimientos al conocimiento del objeto, sólo si la utilización está controlada por una reflexión metódica sobre las condiciones y los 13 Ibid., p. 25. La investiga C c o i m ón u e n n ic c a o c m ión un P i o ca p c u i l ó a n r 525 límites de su validez, que depende en cada caso de su adecuación al objeto, es decir, a la teoría del objeto”. 14 Por ello fue necesario establecer algunas distinciones básicas que fueron ajustándose al determinar las técnicas y elaborar los instrumentos para la recolección y análisis de la información, y en el curso mismo de ese trabajo. Se distinguió, dentro de la audiencia, por ejemplo, la población del Valle de Neiba(zona donde no sólo está radicada la emisora y sus ondas penetran con facilidad, sino donde se desarrollan básicamente las relaciones con grupos organizados y se han desarrollado numerosas experiencias de participación de la población) de la de las provincias de San Juan y Azua (donde la entrada de la emisora es dificultosa y muy escasa su presencia en relación con comunidades y grupos). Para dar otro ejemplo: definido que el tercer aspecto se indagaría a nivel de los sectores populares organizados mediante entrevistas y debates con dirigentes y miembros de base de los diferentes grupos, se elaboraron instrumentos específicos adecuando las variables generales a cada uno de ellos en particular. Sólo así sería posible indagar el universo ideológico, sus niveles de conciencia y acción, su concepción del medio radiofónico, su interacción con la emisora, etcétera. Cuestiones y momentos relevantes Las bases teóricas y metodológicas propuestas en el taller inicial fueron trabajadas luego por un equipo más reducido que las transformó en un diseño orientador del proceso de investigación; posteriormente, por otros equipos que prepararon los instrumentos necesarios para su desarrollo: muestras, cuestionarios, guías de debate, etcétera. Tras un mes de trabajo, era posible circunscribir un conjunto de cuestiones que habían ido surgiendo por la propia dinámica de la reflexión y que, de alguna manera, marcarían todo el proceso: - La investigación por realizar suponía un replanteo de las relaciones posibles entre grupos mediadores y organizaciones de base; entre intelectuales y organizaciones de masa. Este era un dato que debía profundizarse en el curso de la investigación porque contenía la posibilidad, la vía para ir logrando mayores niveles de organicidad entre mediadores y base. - El proceso colectivo de reflexión en torno del hecho comunicativo Radio Enriquillo conduciría a un nuevo tipo de interacción entre la emisora y los grupos organizados; conduciría a un nuevo tipo de vínculo comunicativo. 14 Ibid., pp. 26 y 27. 526 In-disciplinada - Si convenimos con Baudrillard en que, a nivel del intercambio simbólico, “dar y hacer de manera que no se nos pueda devolver es una manera de desequilibrar el proceso social” 15 , o sea, de detentar el poder; el proceso que iniciábamos era una apertura, un hacer para que otros hicieran en reciprocidad; ara que, desde las propias organizaciones y grupos“para quienes” y“con quienes” trabaja la emisora, se devolviera su propia práctica problematizada, cuestionada… - El proceso que se iniciaba, si bien era un proceso de investigación, de indagación, contenía una dimensión pedagógica. Su finalidad no era, por cierto, educar a nadie en la problemática de la radio educativa o de la zona sur del país. Pero el hecho de llevar a investigadores e investigados a asumir una posición activa, reflexiva frente a tales problemáticas, el hecho de plantearse como un proceso de producción de conocimiento propio, la convertía en instrumento para la creación de una modalidad y una voluntad colectiva de pensar tales problemas. Esas cuestiones, entrevistas en aquel momento, fueron cobrando cuerpo al irse desarrollando el trabajo, particularmente en algunos momentos que, por lo mismo, creemos resultan relevantes desde un punto de vista metodológico. 16 Etapa de integración y formación Esta etapa se desarrolló durante dos meses consecutivos. La investigación, tal como había sido diseñada, suponía la integración de miembros de los grupos organizados como agentes de la misma y, para ello, se les convocó a través de las vías y canales propios de cada grupo. Se realizó entonces una“Jornada Piloto” de capacitación con representantes del movimiento campesino, organizaciones femeninas, movimiento clubístico, y miembros del personal y corresponsales populares de la emisora. La idea inicial había sido que esta jornada fuera la base de un proceso de formación de esos y otros agentes y se pensaba que a partir del mismo iba a producirse la implicación de las organizaciones de la zona en el proyecto. Condición sine qua non desde la perspectiva de la investigaciónacción. Pero la jornada fue mucho más que eso. 15 “Requiem pour les media” en Pour une critique de l’economie politique du signe, Gallimard, París, 1922, p. 209.(Hay traducción en español: Siglo XXI). 16 Esta parte del texto se basa en documentos de trabajos provisorios e informes varios que están siendo reelaborados por compañeros dominicanos y que integrarán el conjunto de información a interpretar en el proceso de la investigación. La investiga C c o i m ón u e n n ic c a o c m ión un P i o ca p c u i l ó a n r 527 En realidad, constituyó el punto de partida para la redefinición y reorganización del proceso de integración de los grupos al proyecto y del proceso de formación de agentes, tanto a nivel de su contenido como de su metodología. Durante dicha jornada y gracias al aporte de los participantes, se evidenció una contradicción entre la concepción metodológica que nos guiaba y la práctica que estábamos desarrollando. Se llegó a la conclusión de que el proceso de formación resultaba insuficiente para lograr la implicación de las organizaciones en la investigación, para que ella fuera asumida como tarea común. Y resultaba insuficiente porque, de alguna manera, se había caído en una práctica instrumentalista, donde la“acción” se confundía con mera“actividad”, tareas por realizar. En consecuencia, se decidió realizar una serie de encuentros de información y motivación previos a las jornadas de capacitación propiamente dichas, que posibilitasen una implicación consciente de los grupos en el proceso, y que significasen una primera posibilidad de intercambio entre ellos acerca de la problemática supuesta en la investigación. De tal modo, a partir de entonces se realizaron 20 encuentros en 16 comunidades de la región. A través de algunas de las organizaciones existentes en cada población(grupos de jóvenes, comunidades cristianas, asociaciones campesinas, etc.) se convocaba a las restantes lográndose así una amplia participación de las bases de las organizaciones populares en cada encuentro. Se reunieron así en total unas 400 personas, representantes de 54 organizaciones, incluyendo a grupos docentes y asociaciones de estudiantes que, en un primer momento, no habían sido tenidas claramente en cuenta y cuya participación se decidió en la jornada piloto. El tema central de esos encuentros pasó a ser, por la dinámica misma de la discusión, más que la investigación en cuanto tal, su objeto específico: Radio Enriquillo y su relación con la población sureña. Este hecho puso de manifiesto dos aspectos que, de alguna manera, convalidaban la necesidad de una investigación como la que se comenzaba a realizar: en primer lugar, un gran interés en“conocer más de la emisora” y, correlativamente, una notable capacidad de cuestionar algunos aspectos de la misma y de proponer y sugerir acciones o modalidades de trabajo. Cabe anotar aquí que dificultades derivadas de las características de la zona y de una no siempre eficiente coordinación limitaron el tiempo de debate en esos encuentros, impidiendo un mayor aprovechamiento. 528 In-disciplinada En cada encuentro, sólo después de la fase de información y motivación que generaba el intercambio y debate entre los participantes en torno de la emisora y el proceso de investigación, se planteaba la posibilidad de que algunos compañeros, en representación de sus respectivos grupos, se integraran como“agentes” de la investigación participando en el trabajo de campo. Así se seleccionaron 82 personas para seguir con ellos un proceso de capacitación. Debido al elevado número de participantes se dividieron en dos grupos y, con cada uno de ellos, se llevó adelante un programa de capacitación compuesto de dos momentos fundamentales. En una jornada inicial se ampliaba la información acerca de la investigación y de las instituciones que la coordinaban, y se iniciaba una reflexión sobre los aspectos teóricos y metodológicos de la misma. En una segunda jornada, se continuaba esa reflexión y los participantes se entrenaban en los aspectos específicos del trabajo de campo(coordinación de grupos, aplicación de encuestas, realización de entrevistas, etcétera). Durante ambas jornadas se continuó la revisión y reformulación de instrumentos(cuestionarios, guías de entrevistas y debates, etc.) que se había comenzado a realizar con los participantes en la jornada piloto. Como se advierte, el eje de estas jornadas fue mucho más que una preparación técnica de los participantes, su motivación para reflexionar acerca del significado de un proyecto de comunicación alternativa y la necesidad y manera de investigarla. De ese modo se trataba de evitar la instrumentalización de los representantes de las organizaciones de la zona, el convertirlos en“meros recolectores de información”. Tal vez sea importante señalar cómo, en el curso de ese proceso de formación, los participantes no sólo asumieron la reflexión propuesta, sino de qué manera realizaron precisiones significativas en torno de los siguientes aspectos: - Las diferencias existentes entre el tipo de investigación que se estaba realizando y otras investigaciones de las que había sido“objeto” el movimiento popular de la zona. - La necesidad de una investigación de esta naturaleza para fortalecer la relación del proyecto de la emisora con el movimiento popular de la zona. - La necesidad de investigar otras prácticas educativas y organizativas que se desarrollan en la región. La investiga C c o i m ón u e n n ic c a o c m ión un P i o ca p c u i l ó a n r 529 Este aspecto del proceso formativo fue, en realidad, mucho más fructífero que el mismo entrenamiento técnico. De los 82 compañeros que participaron en las jornadas, sólo 38 se integraron luego como encuestadores y entrevistadores, debido fundamentalmente a las dificultades de lectura y escritura que muchos de ellos tenían. Sin embargo, tanto para ellos como para el equipo coordinador de la investigación, el mismo proceso formativo sirvió para clarificar otros niveles de participación en el trabajo(como coordinadores de grupo para el trabajo de campo, como guías en sus propias comunidades, como coordinadores de debates grupales, etcétera). El trabajo de campo: experiencia colectiva El trabajo de campo desarrollado con posterioridad a las jornadas de capacitación tenía, obviamente, como objetivo específico la recolección de información global(en términos de audiencia) y la motivación de la reflexión acerca de la emisora a través de entrevistas y debates grupales. Sin embargo, la misma experiencia que significó dicho trabajo merece una consideración especial. Por ello no nos detendremos aquí en los aspectos operativos del mismo, sino más bien en su significación como acción colectiva, como momento de encuentro y conocimiento para quienes participaron en él. Finalizado ese trabajo, en el mes de noviembre, los agentes del mismo se reunieron con el equipo coordinador de la investigación en una jornada cuyos fines principales eran evaluar el trabajo y el conjunto de la etapa de integración y formación, y sistematizar una experiencia que posibilitara clarificar y redefinir nuestra manera de entender la integración de las organizaciones y sus bases en un proyecto de investigación de esta naturaleza. La evaluación realizada en esa ocasión destaca varios aspectos de interés: - Se valoró la experiencia en términos de aprendizaje: haber recibido y compartido una información y un entrenamiento técnico transmisible a su vez a los grupos a los que pertenecían los agentes y susceptible de ser utilizados en tareas propias de esos grupos. - Se valoró la experiencia en términos de integración grupal: la constitución de brigadas de trabajo que agrupaban a compañeros de distintas organizaciones, las dificultades organizativas que se debieron superar, permitieron descubrir y poner en práctica mejores formas, dinámica y trabajo grupal. - Se valoró la experiencia en términos de conocimiento de la problemática de la región: el contacto y diálogo con personas de diferentes sectores 530 In-disciplinada sociales acerca de determinadas áreas de lo real puso de manifiesto las contradicciones y conflictos existentes. Por otro lado, acercó a los agentes a un contacto más directo con comunidades diversas y con una problemática más amplia(regional) que envuelve la problemática específica de cada grupo o comunidad. Análisis de la programación Al elaborar el diseño de la investigación se acordó que este aspecto sería objeto de una reflexión particular en la que deberían incorporarse tanto los productores como los receptores de los mensajes. De tal modo, en el mes de noviembre, se organizó un taller en el que participaron representantes del personal de la emisora, del movimiento campesino, de las organizaciones femeninas y juveniles y el equipo coordinador de la investigación. El objetivo, obviamente, no era formar expertos en análisis de contenido. Se trataba, en cambio, de reflexionar en conjunto sobre el sentido que tenía analizar la programación, de revisar y redefinir el corpus de programas determinado inicialmente y de establecer la metodología con base en la cual se realizaría el análisis. Durante cuatro días se trabajó en esa línea, comenzando por una reflexión grupal que permitió averiguar—programa por programa— lo que se quería saber sistemáticamente acerca de cada uno de ellos. A partir de allí se revisó lo propuesto de manera conjunta, con un doble fin: por un lado, determinar cuáles aspectos podrían conocerse mediante un análisis de contenido de los mensajes; cuáles mediante un análisis del sistema de producción de los mismos y cuáles a partir de la recepción que se hace de ellos. Por otro, se trataba de ubicar el análisis de la programación como resultado de la articulación de esos tres tipos de análisis. El taller fue, además, un espacio de ensayo con los participantes para analizar el contenido de algunos programas apelando a principios básicos de la semiótica. Ese ejercicio no sólo buscaba“adelantar” la metodología a emplear en esa parte del análisis y el tipo de resultados que de ella podía derivarse. Se trataba de ir motivando a los participantes en un ejercicio de máxima objetivación posible frente a lo producido cotidianamente y en un ejercicio de recepción crítica, creativa. Estos objetivos se alcanzaron más allá de lo inicialmente previsto. Los productores reconocían que estaban“aprendiendo a escuchar” lo que La investiga C c o i m ón u e n n ic c a o c m ión un P i o ca p c u i l ó a n r 531 decían; los receptores encontraban la posibilidad de ejercer una crítica menos sujeta al impresionismo y los prejuicios. Y, como expresión de esas conclusiones, se comenzó a reflexionar en la posibilidad de que, finalizado el proceso de investigación, no se detuviera la práctica de análisis de los mensajes, sino que ella fuera incorporada de manera periódica a la tarea de la emisora, con participación de su personal y de los grupos con quienes se relaciona orgánicamente. Posteriormente a la realización del taller y con base en lo establecido en él, un equipo reducido de participantes fue encargado de analizar el contenido de la programación. Los mismos equipos que producen los diversos programas analizaron el sistema que utilizan para hacerlo y el tercer aspecto a analizar fue considerado particularmente en las entrevistas y debates grupales. Procesamiento e interpretación En estos momentos, el procesamiento del conjunto de la información recogida está siendo realizado por varios equipos. Concluida esa tarea, se iniciará el proceso de interpretación correspondiente. Durante la jornada de evaluación del trabajo de campo a la que ya hicimos referencia, se había debatido sobre la manera más adecuada de llevar adelante ese proceso. Recogiendo los aportes de los participantes en esa ocasión, así como los que sus propias organizaciones habían ido formulando durante la etapa de integración al proyecto, se estableció que el conjunto de la información— ordenada y sistematizada— será entregada a cada uno de los grupos para que cada uno de ellos, a partir de su propia experiencia sociopolítica y cultural, desde su específico nivel de inserción en la relación Radio Enriquillopoblación del sur, pueda interpretarla. Para la realización de este esfuerzo grupal de reflexión, se prevé la organización de jornadas de orientación, en las cuales los propios grupos puedan establecer lineamientos para dicha interpretación y mecánicas de discusión. Las razones que llevan a adoptar esta metodología de trabajo son bastante obvias pero, de todos modos, resulta bueno explicitarlas. Por un lado, se trata de no reducir a un equipo de“delegados” la posibilidad de tener acceso a los datos y de reflexionar sobre ellos. Esta fue, en realidad, la exigencia de los grupos implicados que veían incoherente con el tipo de investigación realizada cualquier procedimiento restrictivo en este sentido. Por otro, se trata de alcanzar el máximo de objetividad posible fundada en la confrontación 532 In-disciplinada de la intersubjetividad, representada por el conjunto de enfoques e interpretaciones. Esa confrontación, esa especie de puesta en común de lo particular, será realizada entonces sí por un equipo reducido y el resultado obtenido de ese modo será debatido en un encuentro final en el cual, el conjunto de participantes en el proceso, trataremos de recomenzar la acción. Últimas y necesarias consideraciones Preguntándose cómo“dar un contenido algo preciso a la idea fundamental de la vinculación de una alternativa de comunicación a la existencia de grupos comprometidos en el aprendizaje o la profundización de la vida democrática”, A. Mattelart y J. M. Piemme señalan que“[...] el trabajo de grupos o de movimientos de oposición al orden de las cosas existente puede ver también su eficacia muy reducida a partir del instante en que se limita a lo puntual, aislado de los efectos de los demás movimientos. Depende de la interrelación de los grupos entre sí y de las relaciones que puedan mantener con los movimientos populares tradicionales y las organizaciones que, históricamente, les han estructurado. Así, pues, una práctica alternativa de la comunicación tiene la tarea de realizar la dialéctica de lo particular y de lo universal garantizando al mismo tiempo la presencia y el debate de los diferentes grupos o movimientos en cuestión[...]”. 17 Nada más lejos de nuestra intención que utilizar una cita para recubrirnos de opiniones prestigiadas. Si recurrimos a ese texto de uno de los últimos trabajos de A. Matterlart, es porque él compartió con varios de nosotros, en República Dominicana, los momentos iniciales de la investigación, o mejor dicho, el momento de explicitación de su necesidad. Y en aquellos momentos formulaba apreciaciones semejantes a las que ahora citamos y que estimularon la profundización de las preocupaciones ya existentes en el equipo de Radio Enriquillo y en quienes compartían de cerca su proyecto. El proceso de investigación, tal como se ha venido desarrollando—y con todas las limitaciones y defectos que este mismo testimonio pone de manifiesto—, ha intentado hacer posible la presencia y debate de los sectores más dinámicos del movimiento popular de la zona y de los grupos que se interrelacionan con ellos en una voluntad y búsqueda alternativa. Somos conscientes de que todo lo aquí expuesto no es más que una especie de radiografía del por qué y del cómo lo fuimos haciendo. Lo cual crea tal vez una sensación de frustración para quienes, recorriendo nuestra experiencia 17 La televisión alternativa, Anagrama, Barcelona, 1981, pp. 119 y 120. La investiga C c o i m ón u e n n ic c a o c m ión un P i o ca p c u i l ó a n r 533 a través de este texto, quisieran encontrar algunos resultados sobre Radio Enriquillo y su relación con la población sureña; algunas conclusiones acerca de lo que aprendimos sobre la comunicación alternativa a partir del análisis de Radio Enriquillo. Al concluir el proceso de investigación será posible, seguramente, satisfacer aunque sea en parte esas expectativas. Por el momento, y además de algunos resultados muy puntuales que hemos ido señalando a lo largo del texto, existen otros un tanto más generales que los propios implicados en el proceso han ido corroborando. - Se ha acrecentado el acercamiento entre los grupos de la zona y entre ellos y la emisora. - El manejo de mayor información acerca de la emisora por parte de las organizaciones y el debate sobre la misma van posibilitando una más acentuada respuesta crítica con respecto a ella y una mayor asunción de ese hecho comunicativo como un hecho a problematizar. Algunos grupos llegan a cuestionarse su actitud“pasiva” frente a la emisora y frente a la comunicación. - La propuesta de investigar una práctica asumida por parte de la mayoría de los grupos como un hecho dado y, además, cotidiano, motivó un proceso de reflexión significativo acerca de la falta de análisis de sus propias prácticas y la necesidad de revisar esa carencia. - La implicación en el proceso significó, en muchos casos, una toma de conciencia acerca de la capacidad de los grupos para emprender tareas de sistematización y análisis; acerca de su capacidad para producir un conocimiento propio. En este sentido, el proceso iniciado resultó un estímulo y se generaron otras acciones semejantes. Todo ello y toda esta experiencia colectiva nos han servido para reafirmarnos en algunas convicciones que consideramos fundamentales. Que las limitaciones y condicionamientos que tenemos para estudiar las alternativas comunicacionales desde su propio ser o su quererse alternativas pueden irse superando cuando ese estudio nace a partir de las interrogaciones que se formulan desde dentro, desde la misma práctica y no se intentan evadir las limitaciones ni contradicciones que ella implica. Eso, por un lado. Por otro, que la comunicación alternativa no se reduce a un manejo distinto de algún canal, de algún medio en particular. Que ella es un nuevo tipo de interacción cuestionadora donde se juega en parte(pero no en parte accesoria o secundaria) la posibilidad de que vaya emergiendo, paulatinamente y en 534 In-disciplinada medio de contradicciones, un sujeto colectivo en el cual el poder, basado en el monopolio de un“saber teórico” y de un“tener y saber tecnológico”, sea reemplazado por unas nuevas relaciones sociales, un nuevo tipo de interacciones, basadas en el aporte plural y democrático. La investiga C c o i m ón u e n n ic c a o c m ión un P i o ca p c u i l ó a n r 535 Memoria y acción popular(notas sobre un trabajo en curso)(1988) * Autoras: María Cristina Mata, Patricia Acevedo, Cristina Barrandeguy En marzo de 1985 comenzamos a desarrollar, como parte de las tareas globales de educación y comunicación popular que realiza el SEAP (Servicio a la Acción Popular), un proyecto de investigación para la acción, cuyos orígenes conviene precisar para que su sentido sea más fácilmente perceptible. Desde 1982, un grupo de aproximadamente diez personas, que por diversas razones trabajaban en el sector de villas miserias de la ciudad de Córdoba, decide comenzar a coordinar sus tareas e ir dotándolas de coherencia en torno a una propuesta de educación popular. Por aquellos años—todavía bajo el régimen militar— el trabajo era incipiente y básicamente se centraba en el apoyo a pequeños grupos de pobladores que comenzaban a aglutinarse en torno a cuestiones reivindicativas: la vivienda, el agua, los desalojos. Después de dos largos años de trabajo, esa práctica fue revelando un cúmulo de problemas ligados básicamente a la desarticulación de los sectores populares y sus muy bajos niveles de organización. A menudo, trabajando con los grupos villeros o conversando con viejos dirigentes, saltaba la comparación con el antes, ubicado en las épocas previas al golpe de Estado de 1976, época en la cual habían existido formas y canales propios de participación y un conjunto considerable de experiencias organizativas. Entre aquel antes y el ahora, estaba el vacío: una historia sobre la cual se hablaba poco y nada, los años del llamado proceso Militar. Frente a esa realidad, fueron surgiendo las preguntas que están en la base del proyecto que compartiremos en estas páginas y que podrían sintetizarse en una sola y gran cuestión: ¿cuánto sabemos hoy acerca de los sectores populares argentinos quienes estamos tratando de encontrar junto a ellos vías y formas de acción educativas?, ¿cuánto saben esos sectores acerca * Artículo publicado originalmente en García Canclini, Néstor y Roncagliolo, Rafael(ed.) Cultura Transnacional y Culturas Populares. IPAL. Lima, Perú, 1988. El artículo da cuenta del Proyecto de investigación desarrollado como parte de las actividades del SEA.P.(Servicio a la Acción Popular) de Córdoba, Argentina. 536 In-disciplinada de sí mismos? Porque más allá de que se conozca su localización territorial, sus condiciones de vida, su nivel de ocupación, las formas organizativas existentes, los problemas que les afectan más inmediatamente; lo que no se sabe es cómo son, lo que sienten y piensan, después de ocho años en que su vida cotidiana y sus prácticas sociales y políticas fueron remodeladas o trataron de serlo en el marco de un proyecto global de remodelación de la sociedad argentina. Se trataba, entonces, de emprender una tarea que nos acercara a una comprensión de lo popular hoy, es decir, de lo popular en un momento de transición a la democracia, luego de un largo período de autoritarismo. Esa comprensión resultaba imprescindible para no caer, aún sin desearlo, en concepciones y prácticas simplistas o reduccionistas. Tanto en Latinoamérica como en nuestro país, la última década fue fértil en la revisión de muchas de esas concepciones acerca de la actividad de los sectores populares y sus posibilidades. Para sintetizar, podríamos decir que fueron años de pasaje entre las mecánicas propuestas de“concientización de los sectores populares para la organización y la acción”, hasta la comprensión más profunda de que esos sectores no son sólo objetos de la enajenación o la liberación, pura posibilidad revolucionaria o masa dominada, sino sujetos complejos a quienes, a fuerza de convertirlos en sustancia, hemos ido despojando de materialidad, de realidad. Años que nos llevaron a encontrar el autoritarismo no sólo en los modelos neoconservadores o en las aplicaciones prácticas y horrorosas de la doctrina de la seguridad nacional, sino que nos permitió descubrirlo como matriz de un cúmulo de prácticas políticas y culturales de signo opuesto, vale decir, presuntamente transformadores. Años de aprendizaje, en suma, que nos pusieron en camino de comprender la no linealidad que tienen los procesos de construcción de la hegemonía y el papel que juegan en ellos los diferentes agentes y actores sociales, el lugar que ocupa la cultura y la vida cotidiana dentro de esos procesos. Las preguntas que nacían de la realidad del trabajo popular y esos aprendizajes convertían el vacío y el desconocimiento en un serio problema ¿A partir de qué manera de pensarse y vivir enfrentarían los sectores populares argentinos—los villeros cordobeses, en este caso— el retorno a la democracia?, ¿qué marcas habían dejado los años pasados bajo el signo de la dictadura de la cual no se hablaba? Era necesario comenzar una tarea de indagación que fuera aclarando esas zonas oscuras, que permitiera ir redibujando lo que pasó y nos pasó en la Argentina. La investiga C c o i m ón u e n n ic c a o c m ión un P i o ca p c u i l ó a n r 537 Rupturas y rearmes El golpe militar de 1976 irrumpió en la vida de los sectores populares argentinos de manera desigual. Por unos fue vivido como la consecuencia lógica de una estrategia oligárquico-imperialista que no encontró en el gobierno constitucional una voluntad política decidida a hacerle frente. Para otros, fue la consecuencia lógica del desgobierno y la violencia imperante en la sociedad argentina. Para muchos significó un nuevo ataque a su identidad política y social. Otros tantos lo vivieron como una escena más del simple juego pendular que desde hacía casi 50 años marcaba la historia del país. Podrían seguir añadiéndose diferentes vivencias, cada una de ellas ligadas a diversos niveles de conciencia y prácticas sociales de grupos e individuos. Cada una de esas vivencias fue acompañada por temor y dolor o por expectativas positivas. Por frustración o por voluntad de ofrecer resistencia. Por indiferencia, adhesión o rechazo. Lo cierto es que el régimen militar se encargaría, en cierto sentido, de ir limando diferencias. La implantación de la doctrina de la seguridad nacional y la consecuente teoría del enemigo interno generalizaron la represión selectiva que había comenzado a ejercerse sobre dirigentes y destacados militantes populares durante los últimos años del gobierno constitucional. Los efectos directos e indirectos de la represión comenzaron a tocar a grandes sectores. El miedo se extendió y se generalizó. Se bajó la voz. Se buscaron refugios de distinta naturaleza. La represión también alcanzó la esfera sociolaboral, específicamente al movimiento obrero organizado. Las leyes de restricción sindical, los despidos por razones político-ideológicas, el control interno en los centros laborales y la represión directa a dirigentes y cuadros medios, produjeron modificaciones a nivel orgánico, tratando con ello desarticular la acción de los trabajadores. En el plano político partidario, la prohibición de los partidos, las limitaciones derivadas del estado de excepción, también la represión física de dirigentes y militantes, fueron congelando la actividad. Si la represión anterior a 1976 había llevado una intención ejemplarizadora, tratando de amedrentar y separar a las bases de sus dirigentes, ahora la situación se agudizaba. Se quebraron nexos tradicionales de participación. Se perdieron referentes explícitos y se resquebrajó la legitimidad de las representaciones partidarias. 538 In-disciplinada La política económica del régimen rebajó a niveles de pobreza la vida de vastos sectores asalariados. La necesidad de sobrevivir obligó a nuevas estrategias familiares, empleo de mujeres y menores, dobles ocupaciones, el negocio casero, a la reducción de gastos en educación, salud, etc. El desempleo agobió al sector obrero produciéndose un verdadero redimensionamiento de su composición por rama de producción. La vida cotidiana se volvió un terreno más inestable y menos manejable: desalojos y falta de servicios por imposibilidad de pagos fueron los datos habituales en esos años para un gran sector de la población. Para muchos se fue perdiendo la fe, mantenida en períodos anteriores, de una mejora de las condiciones de vida, de un posible ascenso. La coerción se ejerció masivamente: el discurso oficial autoritario se expresó en los medios masivos censurados y autocensurados, en el sistema educativo. Se difundieron imágenes y representaciones unánimes de la sociedad, desaparecieron oficialmente las voces de oposición y denuncia, existió una voluntad deliberada de silenciar. Pero la realidad de esos años mostró que, a pesar de todo, subsistieron diferencias. Hubo quienes sobrevivieron y quienes resistieron. Hubo quienes no se atrevían—a tal punto llegó el terror— a admitir lo que sucedía. Pero hubo quienes no lo sabían. Y hubo quienes inventaron formas de comunicar lo prohibido. Existió una revalorización de ámbitos de convivencia directa: la familia, los vecinos, el pequeño grupo, como espacios de defensa o resistencia. Algunos se encerraron en lo individual y cortaron lazos. En cambio, también hubo experiencias y mecanismos de solidaridad y, particularmente en los últimos años del proceso(1981-1983), un resurgir de luchas sindicales, nuevas prácticas culturales y religiosas, embriones de organización. En plena retirada del régimen, tras haber fracasado en el episodio trágico de Malvinas, se produjo una efervescencia global en la sociedad. La promesa de elecciones abrió el espacio político y se asistió a una afiliación masiva a los partidos mayoritarios. Se agudizó la lucha obrera, y las reivindicaciones de los derechos conculcados cobró fuerza, se multiplicó la búsqueda de mecanismos para la participación democrática. Pero, también en esa etapa, existieron diferencias: viejas y nuevas adhesiones partidarias, viejas y nuevas maneras de movilizarse y buscar el protagonismo social, diferentes discursos a partir de los cuales los sectores populares fueron nuevamente convocados como sujetos políticos. Sin embargo, hubo una constante manifiesta: el rechazo masivo al régimen militar y a las políticas que él consagró. La investiga C c o i m ón u e n n ic c a o c m ión un P i o ca p c u i l ó a n r 539 Esta simple enumeración de aspectos nos coloca frente a una serie de rupturas que se produjeron en la vida de los sectores populares y también frente a una serie de modificaciones—de creaciones, podríamos decir— a nivel de los modos de resistencia—pasiva o activa— y de enfrentamiento de la nueva situación. Rupturas y rearmes que necesariamente están presentes hoy, en el momento de reingresar al Estado de derecho, a la vida democrática. Porque cabe suponer, nos planteábamos al comenzar el trabajo, que, si existió una percepción de lo político desde una perspectiva reprimida, ello deberá manifestarse ahora. Que si vastos sectores del movimiento popular se volcaron hacia los espacios familiares y grupales primarios, hacia los mundos reconocidos—afectivos y más seguros—, la reconstitución de los lazos y relaciones políticas pasará por formas que recuperen simbologías conocidas, lo cotidiano y lo directo. Que las estrategias de sobrevivencia económica y las diferentes maneras de insertarse en el mundo del trabajo pueden haber modificado tradicionales roles familiares y generacionales. Que las normas de autocontrol y censura impuestas como condiciones de seguridad pueden afectar ahora las modalidades y estilos de participación. Que el silencio instalado en la sociedad dejó huellas que pueden manifestarse en la pérdida de identidad o en la voluntad de recuperarla. Ninguno de estos planteos, de estas suposiciones que hacíamos entre muchas otras, fue asumida como hipótesis de trabajo. Eran, más bien, elementos que nos permitían ubicar las zonas oscuras. Esas que teníamos que comenzar a penetrar para poder acceder a una nueva comprensión de lo popular. Recuperar y elaborar la memoria colectiva ¿Cómo hacerlo? Elegimos uno de los varios caminos posibles. Nos propusimos recuperar y elaborar conjuntamente con grupos populares la experiencia vivida por ellos durante el proceso militar, tratando de precisar las transformaciones objetivas y subjetivas que se produjeron. Tratando de saber qué les pasó. Coincidimos con quienes afirman que recuperar la memoria colectiva de los sectores populares no equivale a elaborar la“verdadera historia” de un período determinado, sino, más bien, la imagen que ellos tienen de la historia que vivieron, con su verdad y su falsedad, su verosimilitud y su irrealidad 1 . Es proponerse la reconstrucción de maneras de pensar, sentir 1 En ese sentido, coincidimos con lo que plantea Alberto Flores Galindo en su artículo“Memoria y Clase en el Perú”, en Cultura Popular, CELADEC, Lima. 540 In-disciplinada y actuar que, como dice Paulo Freire, no pueden ser investigadas sin la actividad consciente del pueblo, ya que“no puedo pensar por el otro ni para el otro, ni sin el otro. La investigación del pensar del pueblo no puede ser hecha sin el pueblo sino con él, como sujeto de su pensar” 2 . Para nosotros, ese pensar con el pueblo, esa construcción conjunta de conocimiento acerca de sí mismos resulta esencial hoy en el contexto argentino por varias razones: Porque históricamente, los años del proceso militar fueron años de silencio obligado, de censuras y autocensuras, de un discurso elaborado impuesto autoritariamente. Pero, más atrás, también los sectores populares han sido marginados en la posibilidad de acceder a un conocimiento propio. Porque los modelos de conducción política y social autoritarios y verticalistas que predominaron en el movimiento popular argentino consolidaron un modelo de conductores-conducidos y dirigentes-dirigidos que también ha marcado fuertemente las prácticas intelectuales y educativas. Y es necesario alterar esas concepciones y prácticas si lo que se busca es otro modelo, democrático, participativo, de representación y acción social y política. Porque teóricamente la realidad histórica no es sólo un conjunto objetivable de hechos y procesos, sino esos hechos y procesos más la percepción que se tiene de ellos. De ahí que recuperar la memoria, elaborarla con los grupos populares, represente la posibilidad de integrar lo que se vivió y el cómo se lo vivió, ahora de manera consciente. Y esa integración es básica para comprenderse, para ir ganando una identidad sin la cual difícilmente un grupo puede acceder a un nivel de proposiciones autónomas para la acción. Porque recordar y expresar lo que se vivió puede constituir, para los sectores populares, una auténtica posibilidad de comunicación. Una base para instaurar lazos de solidaridad entre iguales, para reconocer lo común y lo diferente. Y eso es imprescindible para ir desarrollando las tareas de rearticulación del movimiento popular que muchos grupos se proponen hoy en nuestra realidad. Obviamente, no nos era posible plantearnos, a nivel general, un trabajo de esta índole. Necesariamente debía ser localizado en ámbitos específicos y con sujetos también específicos. Sin descartar el peso cuantitativo y cualitativo que tiene la clase trabajadora dentro del movimiento popular argentino, localizamos nuestro trabajo a nivel poblacional por varias razones: 2 “Criando métodos de pesquisa alternativa” en R. Brandado, Pesquisa Participante, Ed. Brasiliense, Sao Paulo, 1981. La investiga C c o i m ón u e n n ic c a o c m ión un P i o ca p c u i l ó a n r 541 El barrio popular y las villas son los ámbitos primarios de socialización y aprendizaje. Los espacios donde se conforma y desenvuelve la cultura popular. Son los espacios donde conviven los miembros de la clase obrera con miembros de otros sectores laborales o desempleados, y donde, por lo tanto, repercuten a nivel de la vida cotidiana todas las contradicciones, problemas y luchas que tienen su localización principal a nivel económico y sindical. El barrio y la villa son el ámbito de la familia, no del individuo, lo que deja aparecer otro tipo de conflictos—de sexo, edad, etc.— que hacen parte fundamental de la manera de ser y actuar de los sectores populares. Por último, y tal como lo plantean quienes durante los años del proceso militar trabajaron y reflexionaron en este sentido—María del Carmen Feijoó, entre otros—, en situaciones autoritarias, las restricciones de ámbitos y formas políticas habituales hacen del barrio un espacio donde“comienzan a gestarse nuevos estilos que aparecen más ligados a las necesidades y problemas de la vida cotidiana”. Formas que“dan lugar a la constitución de nuevos sujetos sociales que irrumpen en la escena con mucha fuerza” 3 . Formas que será necesario contrastar con las que históricamente y casi desde los orígenes del movimiento popular argentino se generaron a nivel barrial, ligadas a prácticas partidarias o reivindicativas. En la determinación de los sujetos con quienes trabajaríamos dentro del ámbito villero, en una primera etapa del trabajo resultó fundamental la experiencia acumulada por el SE.A.P. en su práctica educativa. Trabajando con los grupos villeros resultaba evidente una distinción bastante empírica entre los viejos dirigentes o líderes, los jóvenes que comienzan a participar y a destacarse a nivel grupal y comunitario durante los últimos años del proceso, y el villero o el vecino común sin una particular actividad política o reivindicativa. A partir de esa distinción determinamos trabajar con esos tres tipos de sujetos. No con una pretensión de muestreo o en búsqueda de una representatividad que permitiese luego universalizar resultados, sino, más bien, porque, en lo cotidiano, en la vida grupal, en sus relaciones con los demás, esos sujetos mostraban diferentes actitudes que, tal vez, eran expresión de una historia vivida de diferente manera. En cuanto a los aspectos en que basaríamos la reconstrucción de lo vivido durante el proceso militar, era obvio que no podríamos definirlos de antemano, porque ello condicionaría en extremo el discurso popular. Sin 3 María del C. Feijoó, Memoria colectiva y lucha barrial, CEDES, Buenos Aires, 1983. 542 In-disciplinada embargo, basándonos en las rupturas y rearmes que mencionamos antes, detallamos una serie de ejes temáticos que podrían servir para organizar nuestras conversaciones con los diferentes sujetos. Dichos ejes fueron los siguientes: Las vivencias y formas de reacción ante el golpe militar. Las formas del miedo y del terror. Las vivencias de la violencia y la represión directa e indirecta. Cómo se vivió la desinformación y el silencio. Lo que se sabía y se ocultaba. Lo que se negaba. Las vivencias económicas y laborales: el desempleo y el sobreempleo. Nuevas formas de reproducción económica familiar. Nuevas comunidades de intereses económicos. Las vivencias acerca del poder: familiar, generacional, político, organizativo. Los mecanismos y reductos defensivos. Núcleos centrales de defensa y resistencia: la familia, los grupos, las organizaciones de diverso tipo (vecinales, sindicales, religiosas, políticas, etc.). Los mecanismos para quebrar el silencio: nuevos canales y tipos de mensajes. Del rumor a formas más estructuradas. Las nuevas formas de expresión cultural: prácticas religiosas, comunicativas, etc. Las formas de solidaridad a diversos niveles: personales, económicolaborales, comunitarias. Identidades partidarias y orgánicas. Lo que quedó y se perdió. Vivencias acerca de la política partidaria. Nuevas formas de expresión y aglutinamiento político. Modalidades de participación directa. Las vivencias y formas de reacción ante hechos fuertes dentro del Proceso (el mundial de fútbol, las Malvinas, manifestaciones obreras, de derechos humanos, etc.). Las vivencias y formas de reacción ante la apertura democrática, el proceso electoral y sus resultados. Esos ejes sirvieron para organizar nuestras conversaciones con los diferentes sujetos, ya que no trabajábamos con una guía cerrada de preguntas. En nuestros diálogos partíamos de un hecho central—cómo se vivió el golpe del La investiga C c o i m ón u e n n ic c a o c m ión un P i o ca p c u i l ó a n r 543 76— y a partir de allí, según se encadenaba el discurso del entrevistado, íbamos introduciendo preguntas, datos, observaciones, que le permitían avanzar. Como se advierte, utilizamos una técnica que cabalga entre el relato testimonial y la entrevista no directiva. Pensábamos que ella sería apta para recuperar un tipo de información vivencial, afectiva, no sólo racionalizada, que era vital para reconstruir la manera en que los villeros vivieron los años de la dictadura. Por otro lado, nos permitía recoger una información adicional pero que resultaba básica para nuestros propósitos: la manera de priorizar recuerdos de cada entrevistado, el detenerse o explayarse en unos temas y no en otros, su recurrencia al relato pormenorizado de anécdotas personales o su discurso reflexivo sobre percepciones y actitudes colectivas. Una recreación, hasta donde la situación de entrevista lo permitiera, de sus particulares maneras de acordarse hoy del período dictatorial, que tienen mucho que ver con la manera en que este está presente ahora en sus vidas particulares y colectivas 4 . Rearmando la historia Entre los meses de mayo y agosto realizamos una veintena de entrevistas a distintas personas de siete villas y reentrevistamos a algunos villeros que sentíamos tenían mucho más por decir que lo que habíamos podido recoger en una instancia inicial. Todo el material fue transcripto y analizado para producir un primer folleto de tipo testimonial, que actualmente está siendo retrabajado—leído y pensado— con grupos integrados por los propios entrevistados y por otros vecinos de sus villas. Esta nueva etapa de diálogo colectivo va añadiendo nuevos elementos de comprensión a las historias y vivencias particulares y va ampliando el horizonte de cada quien y también el horizonte de nuestro primer análisis. Sin embargo, en este momento del proceso de conocimiento, ya podemos compartir algunos aprendizajes acerca de las marcas dejadas por la dictadura militar, acerca de cómo la vivieron y sintieron los villeros cordobeses. Nuestro primer acercamiento a las personas entrevistadas—todas ellas conocidas previamente— consistió en una conversación sobre los objetivos del trabajo y el período sobre el cual hablaríamos. De tal suerte, en todos los casos existió una clara precisión de la época que tratábamos de reconstruir. 4 Metodológicamente, nos inclinamos de manera especial por las propuestas de Guy Michelat en“Sobre la utilización de la entrevista no dirigida en sociología”, en Thillent, M., Crítica Meto dológica, Investigação Social e Enquete Operária, Ed. Polis, Sao Paulo, 1980. 544 In-disciplinada Es cierto que ese período no está aislado de un contexto más amplio y, particularmente, del período inmediatamente anterior, que se abre en 1973, con el triunfo electoral del movimiento peronista, y que se caracterizó por un alza considerable de las luchas populares, la continuidad de las acciones violentas por parte de organizaciones armadas y la represión que comienza a darse casi simultáneamente. Pero no seríamos nosotros quienes ampliaríamos el período. Por el contrario, tratamos de dejar que fueran los propios sujetos de la historia quienes establecieran los lazos temporales. Que también a través de la organización que hicieran de los hechos y de sus vivencias, pudieran sacar a la luz una manera de entender la historia, la causalidad o no de los hechos, sus relaciones, su sentido, en una secuencia mayor. Así, al comenzar cada entrevista, nos referíamos explícitamente al golpe militar de marzo del 76. Y casi desde las primeras palabras de los entrevistados, empezábamos a registrar diferencias sustanciales. Hay quienes no pueden comenzar a hablar desde ese momento, porque ello inmediatamente los remite hacia atrás, hacia cuando para ellos empezó todo: los momentos iniciales de la represión—en 1974—, o la militancia reivindicativa y popular de aquellos años. Esa es, básicamente, la manera de entrar a la historia, de quienes fueron parte activa de las experiencias organizativas más singulares e importantes de entonces y que también fueron violentamente reprimidas. Es en esa etapa anterior en la que se juegan sus mejores análisis, sus vivencias más intensas. Aun cuando avancen luego en el relato, en el tiempo, hay casi siempre una vuelta hacia atrás, una recurrencia, para comparar o sólo para rememorar. Esa fijación temporal no sólo toca el plano explícitamente político, toca también lo cotidiano y lo afectivo: la anécdota del vecindario, el chisme, los datos de familia, las fotos de los viejos militantes que ya no están y que fueron guardadas para integrarse luego al álbum familiar. Hablar del antes lleva mucho tiempo y cantidad de detalles. En contraposición, lo que se dice sobre el período militar es global, breve, casi tópico. Esa especie de silencio sobre los años del Proceso podría ser resultado del miedo o de la desconfianza que pervive. Sin embargo, esa idea es fácilmente descartable, porque lo que se cuenta del antes no se retacea: se dan nombres, hechos, fechas, filiaciones políticas precisas. Tampoco es fácilmente atribuible al no saber, al no estar informado, porque no estamos hablando del país o del gobierno, estamos hablando de ellos mismos. La investiga C c o ió m n u e n n ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 545 “Es que acá no pasó nada”.“Cada uno se metió en su casa y ya no hicimos nada”.“Qué ibas a hablar con otro si no sabías lo que te podía pasar...”. Años de meterse dentro de lo particular, de lo propio, años en que“se acabó todo”. Y ahora, años de los cuales aparentemente se tiene muy poco que decir. La práctica colectiva anterior, la que permitió a esos hombres y mujeres manejar su entorno, su realidad, la que a pesar de manifiestos niveles de confusión política les colocó en situación de tomar decisiones y realizar acciones comunitarias, pareciera ser, hasta hoy, la que provee elementos para verbalizar anécdotas y opiniones en un terreno—nuestro diálogo— que reconocen como político. Después fue el“se acabó todo”, su inactividad como villeros, como colectividad de intereses, que pareciera ligarse a la falta de producción posterior de un discurso sobre lo colectivo. Primera pista, esta es la relación entre un tipo de práctica y un tipo de discurso. Entre el silencio y la ausencia de un espacio en el cual, con otros, se actuaba sobre la realidad. La relación entre la supresión de la escena pública en la que habían participado activamente, y una notoria dificultad para volver a pensarse como actores sociales 5 . Con los jóvenes, los que tenían entre 13 y 18 años en 1976, o con los nuevos dirigentes de más edad, pero que no tuvieron una práctica organizativa anterior al golpe, no sucede lo mismo. Empezaron a crecer y a actuar en medio del miedo y del silencio; desde lo muy individual fueron tratando de llegar—en los últimos años del Proceso— a formas de acción grupal. Y se explayan sobre lo que vivieron en esos años. Dicen cosas diversas, ven la realidad de modos diferentes, pero lo que interesa dentro de esta primera pista—que nos parece básica para cualquier intento de trabajo cultural— es su mayor capacidad de hablar sobre lo que pasó. En ellos no hay un discurso quebrado, congelado en el tiempo. Pero, ellos mismos lo reconocen, hay un discurso aislado del antes. Porque hasta hoy, el antes era lo prohibido, lo reprimido:“un paraíso, por lo que dicen algunos de los que vivían y trabajaban antes en la villa”—según señalaba una de las jóvenes entrevistadas—, pero un paraíso perdido. Esta primera pista sugería una posible interpretación a partir de una pregunta que es necesario formularse ante los permanentes reclamos de los jóvenes villeros por la actitud autoritaria de los mayores en muchas organizaciones cooperativas. Ante la visión de los mayores, que sólo advierten en los jóvenes 5 Al respecto, ver Oszlak O.,“Privatización autoritaria y recreación de la escena pública” en Oszlak y otros, Proceso, crisis y transición democrática, Buenos Aires, CEDAL, 1984. 546 In-disciplinada el desgano, la irresponsabilidad, la flojera; ante los conflictos de legitimidad que advierten entre los viejos y los nuevos dirigentes: hasta qué punto la desarticulación de los sectores populares no pasa, en buena medida, por esos dos discursos fragmentados que, sin embargo, conviven en el mismo barrio, en el mismo grupo, en la propia familia, sin fundirse, sin integrarse en una única historia. La fragmentación de las prácticas colectivas y del discurso, que se manifiesta de manera notable a través de los temas y los momentos sobre los cuales hablan nuestros entrevistados, también es un tema que ellos abordan explícitamente a partir del elemento que, para la mayoría, caracteriza los años del Proceso: el miedo. Para los villeros que antes del 76 estaban organizados, existieron razones represivas concretas a partir de las cuales se generó el miedo: el secuestro y la prisión de dirigentes, las amenazas, la interrupción de reuniones por la policía... Pero el miedo sobrepasa ese nivel específico y el terror se genera porque la inseguridad era global. En cualquier momento, la policía o el ejército podían caer a una villa y sacar de sus casas a quienes quisieran. Cualquiera podía ser bajado de un ómnibus o detenido en la calle por no tener documentos. Si después de hacer una compra alguien quería quejarse del alto costo de los productos, no podía porque“atrás tenía un milico”. La vida de los villeros, según ellos cuentan, no cambió fundamentalmente a nivel económico durante el Proceso 6 . La vida empezó a cambiar, más bien, porque se alteraron formas de la cotidianeidad más emparentadas con los modos de relacionarse entre las personas, con los procesos simbólicos, que con los modos de reproducción económica. Cuando hablamos de los cambios fundamentales, se recuerda que ya nadie se juntaba para nada, ni para jugar a las cartas o para hablar de fútbol en una esquina. Que quienes “ayudaban” en las villas dejaron de hacerlo 7 . Que dejaron de buscar maneras colectivas de responder a sus necesidades. Que, en los colegios, los estudiantes no podían hacer una reunión o un corrillo en los recreos, bajo pena de intervención. 6 Existió un deterioro en los últimos años, pero básicamente porque aumentaron los marginados de la producción y el empleo estable, creciendo, en consecuencia, la competencia de mano de obra barata desocupada. Porque se incrementó el número de villas y villeros ante la imposibilidad de seguir siendo inquilinos en barrios populares. En Córdoba, en 1976, existían alrededor de 60 villas miserias, hoy casi llegan al centenar. 7 Grupos políticos, religiosos o juveniles que trabajaban impulsando las organizaciones villeras o prestándoles diversos servicios. La investiga C c o i m ón u e n n ic c a o c m ión un P i o ca p c u i l ó a n r 547 La vida cambió porque todo estaba controlado, fundamentalmente por las“fuerzas del orden”, pero también por la propia gente. Una vecina de Barranca Yaco, una villa con intensa actividad organizativa previa al 76, muy trabajada por diferentes grupos políticos e inclusive por organizaciones armadas, ubicaba así el lugar desde donde se ejercía el control: “En ese momento la palabra usual era extremista. Vos salías y al vecino no le gustaba que vos hubieras salido a la calle, vos eras extremista. Hoy no saludabas a uno porque no tenías ganas: ahí va la extremista. No sólo a mí. Todos los que habíamos trabajado por la villa éramos extremistas... Por eso ya nadie quiso hacer nada y la gente empezó a cortarse sola”. En un artículo publicado en diciembre de 1983, Guillermo O’Donell señalaba que el éxito del régimen no hubiera sido posible por más que los militares o sus funcionarios hubieran llegado a controlar capilarmente todos los comportamientos sociales. Eso fue posible, dice, porque“hubo una sociedad que se patrulló a sí misma: más precisamente hubo numerosas personas, no sé cuántas, pero con seguridad no fueron pocas, que, sin necesidad‘oficial’ alguna, simplemente porque querían, porque les parecía bien, porque aceptaban la propuesta de ese orden que el régimen—victoriosamente— les proponía como única alternativa a la constantemente evocada imagen del‘caos’ pre-1976, se ocuparon celosa y activamente de ejercer su propio pathos autoritario. Fueron Kapos 8 a los que, asumiendo los valores de su negado agresor, no pocas veces los vimos yendo más allá de lo que ese muy autoritario régimen demandaba” 9 . De ese modo, el miedo y el terror infundidos desde el aparato oficial se nutrían y relacionaban con la desconfianza en los otros-como-uno, en los iguales. Y ahí radica, para muchos de los villeros entrevistados, una de las causas esenciales del no hablar y del“meterse en la casa”, la quiebra del discurso sobre lo público y de las prácticas sociales y políticas. Dos movimientos de protección frente a la autoridad omnipresente, escondida en cualquier persona. Frente al control global. Uno de los dispositivos más eficaces de ese control fue una manera de nombrar a los individuos—un sistema de interpelaciones— que, pronunciada desde el poder, fue internalizada y reproducida desde vastos sectores de la población. El discurso del orden que impugnaba como extremista o subversivo 8 Prisioneros encargados de diversos aspectos de la“disciplina” en los campos de concentración nazis. 9 “Democracia en la Argentina micro y macro” en Oszlak y otros, op. cit., p. 17. 548 In-disciplinada a cualquiera que pretendiese quebrar los límites impuestos a agruparse, discutir y expresarse libremente sobre temas públicos fue un discurso exitoso por dos razones básicas: porque fueron eliminadas otras propuestas, otros posibles sentidos del orden, y porque, tal como lo ha señalado Oscar Landi, desde el discurso oficial se realizó un embate sobre la memoria colectiva para quebrar las identidades sociales y políticas anteriores 10 . Pero nuestros diálogos con los villeros permiten advertir una tercera razón, no menos importante que esas dos, por lo menos para una considerable franja de los sectores populares argentinos. Se trata de la vivencia de un no saber anterior a 1976, determinado por las concepciones y prácticas verticalistas y compartimentadas de agrupaciones políticas y organizaciones armadas que, en muchos casos, conducían o alentaban las organizaciones populares de base. Ese no-saber, esa falta de identificación, de reconocimiento mutuo con quienes luego aparecían nombrados como extremistas en el discurso oficial, hizo prácticamente imposible distinguir lo verdadero de lo falso. Así prosperan los innumerables“en algo estarían metidos” que aún hoy se repiten. Una vieja luchadora reflexionaba sobre el tema:“A nadie se le ocurrió decir a fulano lo metieron preso por jugarse para que nosotros tuviéramos algo”. Pero no hacía responsable de esa actitud a los vecinos que de un día para otro se convirtieron en portavoces del discurso del orden, sino, más bien, a quienes eran nombrados, en ese discurso, como extremistas: “El error de ellos fue no haber aclarado qué eran. Nosotros acá colaborábamos porque queríamos tener algo. Ellos tendrían que haber hablado con la gente y explicarle. Decirles,“yo acá trabajo por tal causa” y así el que quería los apoyaba y el que no, no. Así la gente hubiera sabido por qué se jugaba”. En ese terreno carente de identidades ciertas, el discurso oficial se hizo verosímil y desde allí se aceptaron sus propuestas de orden, de estar en la casa, cada uno en lo suyo—y ninguno en lo de todos— para no ser confundido, estigmatizado, reprimido. El haber comenzado nuestra reconstrucción de la memoria de los villeros indagando por sus reacciones ante el golpe de 1976 resultó esclarecedor en otro sentido, que se liga, de alguna manera, con las relaciones entre prácticas y discursos, que hemos venido señalando. 10 “Cultura y política en la transición democrática”, en Ídem. La investiga C c o i m ón u e n n ic c a o c m ión un P i o ca p c u i l ó a n r 549 Varios de los villeros entrevistados recordando cuál fue su reacción en aquel entonces, afirman que hoy hubiera sido distinta. Unos dicen que“no lo vivieron mucho”, otros,“que no sabían muy bien de qué se trataba”. Todos ellos podrían entrar en la siguiente afirmación:“No digo que fue una cosa de mirarlo y dejarlo pasar, pero uno lo tomó como si no tuviera tanta importancia...”. Quienes afirman eso son los mismos que reconocen que la vuelta a la democracia permitió“destapar la olla”, saber en parte lo que había ocurrido, enterarse a la vez de los crímenes y de los problemas con la deuda externa. Sin embargo, no centran sus posibilidades actuales de reaccionar de otro modo más activamente, con menor indiferencia, en el hecho de poseer mayor información o nuevos elementos de comprensión derivados de ella. Centran esa diferencia en su ubicación y práctica social. Quienes en 1976 vivían con relativa tranquilidad material aun dentro de condiciones de pobreza y no participaban de un proyecto colectivo organizadamente no podían percibir el sentido del golpe:“En ese momento yo no estaba haciendo lo que hago ahora que estoy trabajando en mi villa y para otras villas. Como no tenía ese contacto popular que tengo ahora, el golpe me tomó medio frío...” En este caso, la práctica es valorada en tanto funda modos de comprensión, y más que determinar una temática precisa, ella remite a las maneras de percibir la realidad. Este dato cruza permanentemente nuestros diálogos y reaparece con nitidez al hablar del hoy, del espacio democrático en el que vivimos. Los villeros se reconocen presos en unas condiciones materiales que parecen marcar los límites de su experiencia: “A veces uno pone la historia para atrás, la olvida. Porque vos trabajás, pase lo que pase ponés el lomo y tenés que comer y tenés que tragar lo que sea... Entonces muchos no se fijan si hay un gobierno democrático o un gobierno militar... Lo que cuenta es cómo vas a parar la olla al día siguiente”. Sin embargo, hay villeros capaces de romper esos límites: los que pertenecieron o pertenecen a organizaciones comunitarias, los que en esa experiencia sintieron o sienten que es posible lograr, aunque sea, mínimos cambios de sus condiciones de vida a través de una práctica social colectiva. Ellos, aun reconociendo las utilizaciones políticas de que han sido y son objeto, aun habiendo internalizado parte importante del discurso agresor, valoran la libertad, la seguridad, las posibilidades(formales) de expresión que les brinda la democracia hoy existente. Lo que valoran, en suma, es la posibilidad de reintegrar las prácticas colectivas al espacio de su cotidianidad del que fueron violentamente sacados. Una cotidianidad que hoy es resistente a nuevas 550 In-disciplinada modificaciones porque, como lo reconocen muchos de los entrevistados, lo que se instaló fue la costumbre. En nuestras palabras, podríamos decir que lo que se instaló fue una nueva cotidianidad, una vida diferente: “Uno se acostumbra. Se acostumbra a ser manejado. Ellos nos dijeron hay que ir por ahí y bueno, por ahí fuimos. Ahora te dicen que tenés la libertad de andar por donde vos quieras, pero nosotros seguimos por ahí porque ya estamos acostumbrados. La gente ya no le da importancia a la democracia, a poder decir que sos libre, que tenés el derecho, que nadie te va a tapar la boca...” “Cuesta, cuesta mucho sacarle ese temor a la gente. A mí me costaba mucho. Es que uno primero sufre, pero después se acostumbra”. Las entrevistas realizadas cubren un campo temático amplio y, por lo mismo, proveen otros muchos elementos cuyo análisis debemos profundizar. Lo que hemos adelantado hasta aquí son solo algunos de los elementos que consideramos básicos por dos razones. Por un lado, porque son centrales en la mayor parte de las entrevistas. Por otro, porque nos van permitiendo acercarnos, con los mismos villeros, a una mayor comprensión de su manera de ser y de estar hoy, de su manera de pensarse y pensar el resto de la sociedad. Porque nos van permitiendo romper esa costumbre de no hablar y pensar por sí mismos, colectivamente. La investiga C c o i m ón u e n n ic c a o c m ión un P i o ca p c u i l ó a n r 551 La investigación en las radios populares (1992) * La relación entre la investigación y el desarrollo de las experiencias radiofónicas populares no debería presentar mayores complicaciones. Sin dudas, el conocimiento sistemático es básico para operar sobre la realidad. Tampoco hay dudas acerca de la imposibilidad de producir ese conocimiento sin estar debidamente preparados para ello. Consecuentemente, uno podría afirmar que: - no se puede trabajar en el terreno radiofónico sin investigar; - debe contarse con personas suficientemente capacitadas metodológica y técnicamente para que puedan hacerlo. La experiencia acumulada en estos diez años en ALER—una experiencia hecha de éxitos y frustraciones— me indica que esas conclusiones, prácticamente inobjetables, no resultan muy orientadoras. Esa misma experiencia me permite pensar la complejidad del tema y ciertas pistas para enfrentarlo. Esas son las que considero útil compartir asumiendo desde ya su carácter discutible, en tanto obedecen no sólo a esa experiencia colectiva acumulada, sino también a un particular modo de concebir lo que la comunicación, la investigación y los roles profesionales que se ponen en juego en el marco de espacios institucionales muy precisos, como lo son las radios populares. I. El sentido del conocer Creo que la primera reflexión que conviene hacer tiene que ver con el qué y el para qué conocer. Preguntarse si de verdad—y fuera de todo mito academicista o de todo lugar común— es necesario investigar algo para hacer radio y para hacerla bien, sea ello lo que fuera, quiero decir, logrando aquellos objetivos que una determinada institución o grupo se propone al encarar esa tarea. Considero que existen dos grandes tipos de respuestas para esa pregunta. * Ponencia presentada en el Seminario sobre Investigación y Radio Popular organizado por ALER (Asociación Latinoamericana de Educación Radiofónica) en Cotacachi, Ecuador, 1992. Inédito. 552 In-disciplinada I.1. La primera reviste un carácter instrumental: El eficaz desarrollo de un proyecto radiofónico supone su planificación, teniendo en cuenta datos básicos, debidamente sopesados, y una constante evaluación. En ese sentido, existen un cúmulo de investigaciones que podríamos denominar operativas—otros les llamarán aplicadas— que resultan necesarias. Así, por ejemplo, podríamos mencionar investigaciones tales como: - Estudios de mercado: Estudios destinados a reconocer el mercado publicitario—los potenciales anunciantes— o el mercado radiofónico—los potenciales oyentes y las ofertas que se les destinan—. Se trata de estudios encaminados a planificar una empresa comunicativa, el lanzamiento de un producto o una campaña periodística o económica. Por lo general, los estudios de mercado no sólo se orientan a reconocer el campo sino que, en muchos casos, se diseñan de manera tal que orientan o influyen en ese campo. Lo que se conoce como mercadotecnia provee instrumentos muy precisos para llevar adelante tales estudios. Estudios de factibilidad económica y técnica: Son estudios destinados a evaluar las condiciones necesarias para implementar un proyecto determinado y las posibilidades de éxito del mismo. También en este caso existen probadas modalidades de investigación. Evaluaciones varias: Estudios destinados a medir los resultados que se están alcanzando o se han alcanzado en la implementación de un proyecto determinado. En el caso de las prácticas radiofónicas las más usuales son las mediciones de rating, los sondeos de audiencia, las evaluaciones financieras e institucionales. En general, este tipo de investigaciones no está integrado al trabajo sistemático de las radios educativo-populares. Se opera con grandes márgenes de intuición y aproximación y ocasionalmente se recurre a ellas ante presiones externas(pedidos de evaluación de agencias de cooperación, crisis institucionales, etc.). La investiga C c o i m ón u e n n ic c a o c m ión un P i o ca p c u i l ó a n r 553 Las dificultades para incorporar ese tipo de investigaciones a las prácticas radiofónicas son diversas: las instituciones no cuentan con departamentos dedicados específicamente a ello(o por lo menos con personas que puedan realizar el trabajo) y tampoco han desarrollado vínculos estables con organismos que pudieran brindarles ese servicio(universidades, empresas, organizaciones profesionales, etc.). Pero existe otra dificultad que se me ocurre más sustancial. La principal causa para que tales investigaciones no se realicen tiene que ver con el no reconocimiento de esos estudios como base de prácticas educativas y comunicativas populares. Su propia naturaleza, el estar destinadas básicamente a la planificación y al control de gestión de proyectos, pareciera alejarlas para muchos de los fines ideológicos, políticos, culturales y religiosos que predominan en el discurso institucional de esas emisoras. Su condición de investigaciones instrumentales parece volverlas irrelevantes cuando se niega en la práctica la lógica institucional y comunicativa que, más allá de todo ideal, rige la operación de una radio por popular y educativa que sea: - una determinada racionalidad económica, unas leyes del mercado mediático-cultural: un espacio radiofónico que excede la labor de esas emisoras; - unas determinadas políticas comunicativo-culturales; - un espacio profesional constituido desde dentro y fuera de las instituciones y los medios, donde se reajustan constantemente roles, normas y expectativas de los sujetos que hacen radio. Algunos sencillos ejemplos tal vez aclaren mejor lo que trato de decir. Si una determinada institución radiofónica no se plantea su consolidación económico-financiera, de ningún modo adquiere sentido preguntarse por posibles mercados y estrategias de captación de recursos. Ese ejemplo puede dar pautas de por qué no se hacen ciertas investigaciones. Otro puede mostrar cómo a veces lo que se hace no sirve o no se utiliza por similares razones. Más de una afiliada en ALER cuenta con sondeos de audiencia propios. Me atrevo a afirmar que en la mayoría de casos no se reprograma o replanifica la labor atendiendo a los resultados de esos estudios porque la práctica no está orientada necesariamente por los mismos fundamentos que ellos: por ejemplo, el reconocimiento de la audiencia y su comportamiento como base para la acción en el espacio radiofónico global. 554 In-disciplinada Podemos añadir otros ejemplos, más ligados a la evaluación institucional. Estudios que demuestran fallas graves en la organización interna de las emisoras, en sus modos de desarrollar la producción, etc., terminan produciendo escasas modificaciones. No se realizan para transformar estilos de gestión porque ese mismo concepto no se asume totalmente: existe fuerte resistencia a discriminar las conductas personales-individuales de las construcciones colectivas que son propias de un medio de comunicación masivo en tanto institución pública. I.2. Existe otro tipo de respuesta frente a la pregunta que nos hemos planteado. Tiene un sentido menos instrumental y, para caracterizarla de algún modo la definiría como una respuesta político-cultural: Para cumplir los objetivos educativos y políticos que persiguen las radios populares, son necesarios estudios que permitan orientar los proyectos de manera eficaz pero sin perder su coherencia ideológica y su especificidad, e incluso que permitan redefinir esos proyectos. En una época de crisis y transición como la que vivimos, las preguntas por el sentido de la acción quitan el sueño—felizmente— a más de una institución. Cuestionadas las certezas que antes nos guiaban y ciertas definiciones más o menos genéricas acerca de lo que era y debía ser una radio popular, aparecen con toda crudeza interrogantes básicos. Así, por ejemplo, es lícito preguntarse si hacer radio popular es o no un modo de hacer política. Pero preguntas de ese tipo remiten necesariamente a otras: ¿qué es hoy lo político en nuestros países y para los sujetos populares?, ¿hacer radio popular hoy es dejar fuera de ella a sectores socioeconómicos que no son estrictamente campesinos, proletarios o marginados urbanos?, ¿cómo definir las radios populares en relación con los actores y fuerzas sociales en profundo proceso de redefinición? Si de las preguntas más inmediatamente políticas transitamos a las de orden cultural más global, el panorama no resulta menos complejo: ¿cuál es la cultura de la que forman parte nuestras radios y la que creemos ellas deben contribuir a producir? Es decir, ¿desde dónde se define y se piensa una radio?, ¿desde los sujetos sociales independientemente de su calidad de consumidores culturales?, ¿desde el pueblo—como entidad genérica y suprema— o desde quienes definen los proyectos y trabajan en ellos con mayores o menores niveles de profesionalidad?, ¿competimos con otras La investiga C c o i m ón u e n n ic c a o c m ión un P i o ca p c u i l ó a n r 555 propuestas y medios o no?, ¿adónde nos conduce la competencia, adónde queremos que nos conduzca? Pero finalmente, ¿para qué unas radios? Para que el pueblo hable y se escuche... pero ¿cómo?, ¿en calidad de qué?, ¿por qué?, ¿qué significa la radio en su vida?, ¿por qué tenemos radios y no canales de televisión?, ¿por qué no escuelas, cuando el analfabetismo crece y nos mata, u hospitales o dispensarios para que mueran menos niños...? En unos casos, ese tipo de preguntas pueden parecer ridículas, extemporáneas,“fuera de orden”, con tanta urgencia práctica que nos rodea y en medio de discursos que tras la propuesta de ganar el mercado omiten su análisis crítico, la reflexión acerca de para qué ganarlo y que a veces hasta impiden pensar si el“ganarlo de cualquier manera” no es un modo de comenzar a perder. En otros casos, esas preguntas dominan las discusiones dentro de las instituciones radiofónicas educativas y populares, se les concede atención en seminarios y encuentros, se escriben documentos intentando responderlas. Pero apenas si suscitan algún tipo de investigación sistemática que verdaderamente contribuya al desarrollo de la práctica. A veces no se sabe cómo realizar tales estudios, a veces no se puede hacerlo. Pero tal vez lo que no se percibe es su vinculación directa con la labor que se desarrolla. Sin embargo, son el tipo de preguntas que desde la incertidumbre, desde la duda, podrían ligar íntimamente la investigación con la práctica radiofónica educativa y popular. Si ellas se abordasen a través de estudios sistemáticos, podrían obtenerse datos que permitirían elaborar estrategias político-culturales que, lejos de desmerecer el valor de las investigaciones instrumentales, las potenciarían como un conocimiento preciso para un hacer cuyo sentido no se agota en el inmediatismo, en un pragmatismo vacío. Reubicarían a esas investigaciones instrumentales como estudios necesarios para el manejo de un medio cuya intencionalidad y direccionalidad está definida en términos de voluntad político-cultural. Quisiera dar, a través de algunos ejemplos, indicaciones más precisas acerca de esta dimensión vinculante entre investigación político-cultural y radio o comunicación radiofónica popular: - Todas nuestras radios conceden hoy gran importancia a la información. Manuales, talleres y seminarios se han dedicado a pensar y hacer posibles otros modos de informar y hacer noticias. Pero, ¿cuánto sabemos acerca 556 In-disciplinada de la información que necesitan los sujetos populares para moverse en la realidad con sentido crítico?, ¿qué información necesitan para sus proyectos de acción?, ¿qué esquemas perceptivos de la información están mediando la recepción de nuestras producciones informativas?, ¿qué podemos esperar razonablemente de los esfuerzos por construir redes nacionales o regionales de información?, ¿qué actores y estrategias garantizarían su eficacia? - Cada vez más—en una lógica y diseño que no resiste fronteras—, los medios masivos son el lugar privilegiado de mediación política: desde las radios que acercan a usuarios y gobernantes, a los canales de televisión que organizan campañas solidarias, a los simulacros de participación política y cultural que se exacerban en épocas electorales. ¿Y la gente... qué?, ¿cómo se viven hoy las relaciones con esos agentes socializadores?, ¿qué imaginarios acerca de la democracia, la participación, la expresión propia están diseñándose? En este sentido existen diversos tipos de investigaciones—sociológicas, antropológicas, comunicativas, psicológicas— que pueden abordar estas dimensiones simbólicas y que deberían realizarse como forma de profundizar nuestro pensar sobre la radio o sobre cualquier otra práctica educativocultural masiva y de orientar globalmente la labor. Mencionaremos algunas de esas posibles investigaciones: - Estudios de demandas comunicativas: A veces se los confunde con los sondeos de audiencia y sin embargo son sustancialmente diferentes. Ellos tratan de comprender en profundidad lo que determinados sujetos experimentan como deseo y voluntad de interacción, expresión y participación pública y como necesidad de conocimientos y contacto. Son estudios de naturaleza predominantemente sociológica aun cuando pueden también desarrollarse con aportes de la psicología. - Estudios de consumo y recepción de medios: Se trata de estudios que intentan reconstruir las tramas en que los diferentes sujetos sociales articulan su condición de consumidores culturales: sus hábitos, gustos, condiciones y aptitudes para tal consumo. En lo que atañe a la recepción, se da un paso más allá: se pretende comprender las relaciones que se establecen entre los diversos sujetos involucrados en los procesos de comunicación y los sentidos que se producen en ese intercambio La investiga C c o ió m n u e n n ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 557 tanto globalmente como en relación a mensajes o productos específicos. Combinan perspectivas sociológicas, antropológicas y semióticas. - Análisis de discursos: Estudios de orientación socio-semiótica destinados a poner de manifiesto los mecanismos de producción de sentido en las prácticas comunicativas, tanto en lo que respecta a su emisión como a su recepción(cómo se producen propuestas de significados y cómo se asimilan, adaptan o rechazan). - Estudios político-culturales: Implican diversas metodologías y perspectivas teóricas pero, en lo sustancial, se orientan a la reconstrucción de modos de vida, idearios e imaginarios sociales tanto de carácter general como de grupos específicos(jóvenes, mujeres, etc.). Sintetizando lo que hemos expuesto en este apartado sobre el sentido del conocer para las prácticas radiofónicas educativas y populares, quisiéramos resaltar su doble naturaleza: - un saber que denominamos político-cultural sin el cual resulta falaz o aventurada la definición de proyectos globales, de estrategias consistentes de intervención social; - y un saber que denominamos instrumental u operativo sin el cual es riesgosa la adopción de tácticas particulares, la toma de decisiones que cotidiana y radiofónicamente supone producir y poner en el aire una determinada programación. Cada institución, cada proyecto, está obligado a distinguir entre ambos tipos de saberes, a determinar la necesidad permanente, ocasional o coyuntural de uno u otro tipo y a tomar las previsiones necesarias para obtenerlo. De esas cuestiones nos ocuparemos seguidamente. Lo que no resulta admisible, como muchas veces ocurre, es que las urgencias de la práctica y la creciente mercantilización de la cultura sirvan como excusa para volver banal, superfluo o poco valioso el saber que permite pensar la razón de ser institucional, las características de la realidad que se vive y las posibilidades de construcción del futuro. Tampoco es admisible que los objetivos trascendentes de la labor impidan ver la necesidad y utilidad de conocimientos que, enmarcados en definiciones y finalidades globales, permitan operar eficazmente. 558 In-disciplinada II. Modalidades de producción del conocimiento Ya nos hemos referido a diversos tipos de estudios que pueden realizarse tanto para orientar de manera global los proyectos radiofónicos populares como para su ejecución. Lo que nos interesa ahora es plantear algunas cuestiones que tienen que ver con las posibilidades mismas de producir ese conocimiento y las maneras de lograrlo. II.1. Quién investiga Nada impide pensar que una institución radiofónica cualquiera, luego de determinar el tipo de conocimientos que requiere o considera necesarios, busque externamente los recursos humanos adecuados para producirlos. Desde la contratación de servicios de investigación privados hasta la firma de convenios con instituciones académicas especializadas, pasando por la utilización de estudios ya realizados y que circulan en algunos ámbitos nacionales, todo puede resultar útil y válido. La experiencia indica, sin embargo, que existen algunas dificultades para este modo de operar. Suele ocurrir que los servicios de investigación privados son caros y que no se cuenta con fondos para ello. Suele ocurrir también que lo más fácil de conseguir—estudiantes universitarios que necesitan realizar sus tesis de grado, departamentos de investigación de facultades que desean vincularse con experiencias de este tipo— implica“someterse” teórica o metodológicamente a perspectivas de investigación que no resultan ser las más correctas o deseadas por las emisoras. En muchos de esos casos, la obtención de resultados enriquece a los investigadores o las instituciones que representan y muy poco a las radios objeto del estudio o con las cuales se han realizado los acuerdos. Cuando se trata de evaluaciones, el panorama suele encarecerse aún más: los temores y resquemores siempre están amenazando el éxito del emprendimiento 1 . Pero más allá de tales dificultades, existen otras razones por las cuales también desde hace años y siempre dentro de la experiencia de ALER se fue estimulando la idea de que es beneficioso que los propios integrantes de las instituciones radiofónicas asuman la tarea de producir el conocimiento buscado: 1 Nos hemos referido a ello en Cómo evaluar nuestras prácticas, ALER, Cuaderno de Investigación No.1, Quito, 1990. La investiga C c o ió m n u e n n ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 559 - Por un lado se han valorizado algunos de los supuestos contenidos en las perspectivas de la investigación-acción o investigación participativa. En ese sentido, se plantea que el involucrarse en el proceso de producción de un conocimiento acerca de la propia práctica o sobre aspectos estrechamente ligados a ella implica un plus de saber, toda vez que es en el mismo proceso de producción donde tiene lugar una apropiación más significativa de conocimientos que facilita su posterior reversión sobre la práctica. - Por otro lado, las experiencias de investigación se asumen como procesos formativos o de capacitación técnica. Es decir, se confía en que por lo menos algunos integrantes de las instituciones radiofónicas resulten entrenados en el manejo de ciertas técnicas de investigación que puedan serles de utilidad permanente, cualificando así la labor personal e institucional. No es este el momento para evaluar esos supuestos y la propia experiencia. Pero si tal vez para indicar que las decisiones que se tomen al respecto deben ser suficientemente claras y fundadas teniendo en cuenta que: - Una investigación“por encargo”, para que realmente redunde en beneficio institucional, tiene que estar sometida a reglas y acuerdos claros y a un permanente control. Por otro lado, encargar una investigación supone una considerable precisión de metas o, por lo menos, una cuidadosa elaboración de las preguntas acerca de las cuales se deseen obtener respuestas. De lo contrario, se complica el logro de los resultados deseados. - Una investigación propia o con alto grado de participación institucional supone un enorme esfuerzo, duplicación de tareas y, en muchas ocasiones, plazos más prolongados de ejecución. Además, como todo proceso de aprendizaje puede eludir o descontar que se cometan errores que deberán rectificarse, porque ningún esfuerzo propio justifica que los resultados del trabajo no sean coherentes y consistentes. - Una investigación por encargo siempre será vivida como algo exterior. Incluso en aquellos casos en que se juzgue valiosa. Una investigación propia se asimila a la práctica como un esfuerzo por conocer, incluso cuando su desarrollo o ciertos resultados puedan recibir cuestionamientos. Los pro y contras de la exterioridad o del mayor o total compromiso institucional no pueden establecerse en abstracto. En ciertos casos, una investigación participativa ayudará a estrechar los vínculos institucionales; en otros, puede provocar una crisis mayúscula. 560 In-disciplinada - No todos los tipos de investigaciones admiten realizarse de manera participativa. Algunas, en cambio, serán mucho más efectivas si se realizan de tal modo. Para dar algunos ejemplos: los estudios de factibilidad económica o técnica, incluso ciertos estudios de mercado, serán necesariamente labor de especialistas. En cambio, sin negar la necesidad de contar con profesionales que puedan conducir de manera solvente la labor, los estudios de consumo y de recepción, los de demandas, resultan instancian invalorables para que los comunicadores de las diversas emisoras profundicen sus conocimientos y sus contactos con la realidad comunicativo-cultural de los sujetos con quienes y para quienes trabajan. En suma, las decisiones a tomarse en este sentido deben basarse en un análisis lo más serio posible acerca de los fines que se persiguen con la investigación a realizar y las causas que la han motivado, evaluando debidamente quiénes conviene que realicen tal labor y los pros y contra que ello supone. II.2. Alcances y oportunidad de la investigación Hay quienes creen que las investigaciones son filtros mágicos: que el conocimiento que se puede producir u obtener resuelve de por sí problemas. En realidad, debería pensarse exactamente lo contrario: la mejor prueba de que una investigación ha cumplido su cometido es la cantidad de nuevos problemas que suscita. Es decir, el mejor conocimiento es aquel capaz de confrontar nuestra práctica, de obligarnos a modificarla; el conocimiento que nos inquieta y desafía. De ahí que siempre sea conveniente medir o prever el alcance que daremos a las investigaciones que realizamos para que puedan integrarse efectivamente a la labor y no provocar frustraciones, De nada valdría realizar profundos y costosos estudios acerca de las demandas comunicativas de los pobladores de una región que por su extensión no podrían cubrirse nunca con las emisiones de una determinada radio. Y, en el mismo sentido (retomando ejemplos que dimos anteriormente), no vale la pena planificar evaluaciones globales de la labor institucional si no se prevé la posibilidad posterior de tomar las decisiones que sus resultados indiquen. En lo que respecta a la oportunidad para desarrollar un determinado estudio, deben distinguirse las dos perspectivas en que ellos pueden asumirse: como recursos ocasionales para tomar decisiones particulares o como acciones La investiga C c o ió m n u e n n ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 561 que se integran en una práctica que reconoce la investigación como uno de los modos permanentes de intervención o acción comunicativa. En el primer caso—que es el más extendido dentro de las instituciones radiofónicas populares—, aunque verbalmente se valore la investigación, no se lo hace en los hechos. Ninguna persona coordina o planifica de manera permanente esa labor y ni siquiera se imagina de qué modo ella podría ser parte de actividad institucional. En consecuencia, los estudios que ocasionalmente se realizan, si bien pueden proveer buenos frutos, resultan esfuerzos aislados, que no generan descendencia. Es decir, que no llegan a modificar la idea según la cual las investigaciones son o tabla de salvación en momentos de apuro o deseos siempre insatisfechos. En el segundo caso, la preocupación por obtener conocimientos sistemáticos y de variado tipo se revela de diversos modos. Así, por ejemplo, se planifica la labor anual o semestral evaluando el periodo que se concluye; se buscan mecanismos sencillos de control de audiencia; se buscan datos acerca del funcionamiento de los medios de comunicación que existen en la región; se analizan periódicamente los programas o espacios centrales de la programación; se realizan diagnósticos de situación, análisis coyunturales, etc. En tales casos, el desarrollo de investigaciones más amplias o sistemáticas se vive como momentos de reciclaje. En la práctica, son verdaderos momentos de acumulación, en tanto sirven para organizar conocimientos anteriores y para abrir nuevos interrogantes o para detectar zonas sobre las que con regularidad o cierta frecuencia deben actualizarse los datos obtenidos. II.3. ¿Complejidad o sencillez? La investigación se asocia naturalmente a la idea de complejidad. Y está bien que se lo haga porque no es sencilla la tarea de elaborar preguntas y obtener los datos teóricos y empíricos necesarios para respondérselas. Es una tarea que demanda tiempo, conocimientos previos, aptitudes para la recolección y procesamiento de información, creatividad—imaginación, suele decirse—, rigor. Pero existen diversos niveles de complejidad según de qué tipo de investigación se trate y según cómo se integre y organice esa práctica dentro de una institución radiofónica. Algunos ejemplos podrán servir para ilustrar esa afirmación: 562 In-disciplinada - Un sondeo de audiencia es una investigación compleja. Requiere, por empezar, y para que sus resultados sean válidos y confiables, contar con muestras de población debidamente construidas y con los mínimos conocimientos de estadística que permitan sopesar la fiabilidad de los datos obtenidos y su proyección. Por otro lado, requiere un control riguroso de los instrumentos de recolección de información para que ella no sea inducida o sesgada y, en consecuencia, engañosa. Pero si en algún momento de su vida institucional una emisora se compromete a llevar adelante un estudio de esa naturaleza y lo realiza con todos los recaudos metodológicos, bien puede luego año tras año, por ejemplo, mantener actualizados los resultados con escaso costo y esfuerzo ya que las muestras e instrumentos tienen considerable vigencia. O bien pueden realizarse sondeos parciales aprovechando esos mismos insumos. - El análisis global de toda la programación de una emisora es, igualmente, - un estudio esforzado que, para alcanzar validez, requiere la aplicación de metodologías consistentes, ya sea de naturaleza sociológica(análisis de contenido) o semiótica(análisis de discurso). Sin embargo, con diseños elaborados correctamente y un cierto entrenamiento que mucho ayuda también a la hora de producir, el análisis de los programas puede integrarse de manera eficaz a la labor de evaluación permanente de una radio o a las tareas de autoformación del personal. - La realización de estudios antropológicos acerca de la cultura de un determinado sector social o de la población de una región están casi fuera de toda posibilidad para una emisora. Pero siempre habrá manera de recuperar información de estudios realizados por investigadores o instituciones varias y de discutirla sistemáticamente. Las jornadas de estudio que alguna vez se propusieron en Seminarios de Capacitación de ALER como modalidades ricas para la formación interna bien pueden convertirse en momentos de investigación documental, es decir, en momentos de análisis de información ya elaborada rigurosamente para extraer conclusiones orientadoras. Sencillez y complejidad no son, pues, por lo menos a mi entender, términos contrapuestos en la tarea de investigar desde las radios populares. Son dimensiones complementarias en la producción del conocimiento y cada quien deberá elegir el zapato que puede calzar. Contra lo que sí debemos estar prevenidos es contra ciertas ideas simplificadoras que pueden tentarnos.“Hagamos una encuesta sencilla” La investiga C c o ió m n u e n n ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 563 suele decirse y en realidad lo que se dice es preguntemos unas cuantas cosas a alguna gente, aprovechando las salidas al campo o los visitantes que llegan a la emisora. Nadie puede impedirlo, y tal vez no sea mala idea chequear de manera constante lo que dice la gente. Pero se equivoca quien llame a investigar o quien pretenda luego fundar decisiones en esos datos aduciendo que las toma“sobre bases ciertas”. Por el contrario, lo que tenemos que hacer es aguzar nuestra imaginación investigativa para ir descubriendo mecanismos y modos sencillos—poco costosos, posibles de ser implementados como parte de la labor de los comunicadores— de ir obteniendo información y reflexionando cuestiones esenciales para la práctica. Hemos aludido a algunos en los anteriores ejemplos, pero nos referiremos con más detalle a ellos en el próximo punto. III. El desafío: la investigación permanente Una golondrina, por bella que sea, no hace verano. Por eso adonde creo que deberíamos apuntar es a una vinculación lo más estrecha posible entre producción radiofónica, producción comunicativa y generación de conocimientos acerca de la comunicación y la radio. Ello sólo es posible, a mi juicio, si la comunicación es entendida como un proceso de interacción, como una práctica de naturaleza simbólica en la que se involucran diferentes sujetos cuyas particulares relaciones nos suscitan permanentemente preguntas, dudas, reflexiones. Si pensamos nuestra práctica comunicativa como una tarea de construcción de sentidos con el otro—nuestro receptor, nuestra audiencia—, tan complejo como nosotros mismos—productores individuales e institucionales—. Esa vinculación no niega la posibilidad de desarrollar investigaciones coyunturales, quiero decir, estudios que se realizan con una planificación particular y finalidades muy precisas—evaluar la labor global, analizar exhaustivamente la programación, desarrollar estudios de factibilidad de un determinado proyecto, etc.—. Tampoco niega la posibilidad de encargar estudios a terceros. Antes bien, significa integrar tales investigaciones en un continuum de reflexión donde ellas adquieren máximo sentido y relevancia. Pero lo que garantiza esa vinculación no es lo ocasional, sino lo permanente, no es lo externo sino lo interno, la propia producción de saber. En ese sentido, podemos llegar a determinar las áreas en que puede darse tal vinculación y ciertas modalidades aptas para ello. 564 In-disciplinada Lo sustancial, en estos casos, es saber hacia dónde vamos. Me explico. Cuando diseñamos una investigación determinamos objetivos, aspectos a investigar y el modo en que ello se realizará. Las tareas más sencillas y permanentes de recolección y análisis de información, de estudio acerca de ciertos temas, problemas, no están sujetas a un diseño similar. Sin embargo, si se realizan al tun tun, por correctas que sean en sí, no aportarán nada sustancial a la labor global. Se convertirán, sin quererlo, en tareas ocasionales... Por ello, es preciso: - planificar tales tareas en el marco de la planificación anual, semestral o mensual de la labor del conjunto de la emisora o de los equipos o departamentos; - precisar los objetivos que se persiguen con ellas—qué se quiere saber y para qué— y el modo preciso en que se realizarán(tiempos, instrumentos, responsables, etc.); - prever el tipo de uso que se dará a la información recogida y a los resultados de su análisis. Ese modo de incorporar tareas de investigación a la práctica institucional y comunicativa puede también ponernos a cubierto de una tentación malsana: copiar o reproducir sin más experiencias o labores desarrolladas en otros ámbitos—otras radios, otros medios o experiencias de comunicación—. Es bastante frecuente que se nos soliciten“instrumentos” de investigación sencillos o ideas al respecto. Y ciertamente existe un conjunto de herramientas probadas cuyo uso puede extenderse. Sin embargo, es necesario ser cauteloso y riguroso: los instrumentos de investigación y las mismas técnicas no son neutros, representan modos de ver, son la concreción de ideas, son, como algunos dicen,“teorías en acto”. En consecuencia, no sirven indiscriminadamente. Muchas veces, por no tener esto en cuenta, usamos instrumentos que jamás nos permitirán percibir lo que andamos buscando porque fueron elaborados a partir de otras nociones o concepciones de la comunicación, la radio, la participación, etc. De ahí que, si planificamos debidamente nuestras tareas precisando sus objetivos, podamos evaluar, sopesar, la adecuación o validez de ciertos instrumentos que podemos conocer de antemano. En muchos casos llegaremos a la conclusión de que hay que reelaborarlos para que nos sean útiles o desecharlos y crear nuestros propios recursos. Hecha esa salvedad, mencionamos a continuación algunas tareas de investigación posibles de incorporar a la práctica comunicativa, de manera relativamente sencilla. La investiga C c o ió m n u e n n ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 565 III.1. Conocimiento de la audiencia Ya indicamos cómo a partir de sondeos rigurosamente diseñados se puede luego, periódicamente, sondear el nivel de audiencia que tiene una determinada emisora y su posición relativa con respecto a las otras que se escuchan en un determinado territorio. Pero existen otros mecanismos válidos para chequear sistemáticamente la reacción del público que oye(no de los potenciales oyentes): - Concursos radiofónicos Pueden aprovecharse los concursos de distinta naturaleza que realizan las emisoras, utilizándolos como fuentes de información acerca del público que responde prioritariamente a sus convocatorias. Para ello, es necesario que además de solicitar los requisitos propios del concurso(nombres de canciones, respuestas a adivinanzas, etc.) se soliciten los datos que permitan identificar los oyentes que participan: sexo, edad, lugar de residencia, ocupación, o cualquier otro tipo de dato que se considere pertinente. Al mismo tiempo, deben diseñarse los instrumentos para recoger ordenadamente tal información y los criterios con los cuales se procesará(el para qué la queremos y qué esperamos que ella nos diga). - Pedidos/saludos/avisos Es normal que en las emisoras populares los oyentes participen a través de ese tipo de mensajes. Si se elaboran planillas adecuadas de registro y se procesan periódicamente—mensualmente, por ejemplo— podemos ir observando variaciones en su comportamiento. Si en algún momento en particular se introducen modificaciones en la programación, se puede evaluar el modo en que ellas han alterado—para bien o para mal— hábitos de la audiencia. - Expectativas Podemos organizar sondeos específicos para relevar expectativas de programación, participación, vinculación con las emisoras. Ellos pueden dirigirse a colectivos—instituciones, grupos organizados— o individuos particulares. En el primer caso, no resulta demasiado costoso ni difícil implementar encuestas de autollenado que tales colectivos seguramente contestarán con agrado si reconocen la validez de nuestro proyecto. Lo único que debe garantizarse es la confección de una muestra suficientemente representativa de tales entidades(a veces se trabaja sin muestras, 566 In-disciplinada realizándose verdaderos censos) y con cuestionarios debidamente elaborados y probados para evitar distorsiones en los datos que se recojan. En el segundo caso, las encuestas deben ser presenciales. Pero si no pretendemos establecer a partir de ellas proyecciones válidas para el conjunto de la población, sino más bien recoger proposiciones y expectativas orientadoras, bien podemos trabajar con muestras razonadas: por ejemplo, elegir determinadas poblaciones o zonas que consideramos representativas por causas bien especificadas y analizar la información zona por zona sin realizar inferencias o generalizaciones indebidas. Los corresponsales debidamente entrenados pueden aplicar cuestionarios sencillos y esa labor resulta útil para fortalecer las vinculaciones comunitarias. Pero también puede solicitarse cooperación a maestros o agentes pastorales de la zona, por ejemplo, consolidando así lazos institucionales preexistentes. III.2. Consumos culturales Habitualmente los estudios de consumo de medios y consumos culturales en general combinan sondeos de audiencia con técnicas cualitativas orientadas a analizar lo que denominamos recepción. Su realización es compleja y entre las técnicas habituales se incorporan las entrevistas dirigidas o no directivas, los focus groups y los debates grupales. Sin embargo, podemos recoger sistemáticamente información de ese tipo si apelamos a instancias colectivas que usualmente crean las propias emisoras como parte de su labor de producción radiofónica, tales como las visitas a comunidades o barrios. Para ello, es necesario diseñar sesiones de trabajo o discusión con pequeños grupos que pueden ser mixtos u homogéneos (audiencia en general, jóvenes, mujeres, etc.), según nuestras intenciones. En esas sesiones, a través de algunas técnicas definidas con antelación y precisión, se trata de estimular la producción de información y opiniones sobre aspectos cuyo conocimiento queremos profundizar: prácticas culturales que se desarrollan, juicios acerca de los medios masivos de comunicación y de nuestra propia emisora o de algún programa en particular, etc. En estos casos, lo importante es que la misma labor pueda desarrollarse en un tiempo relativamente breve—no más de un mes, por ejemplo— y de manera idéntica(los mismos estímulos, la misma manera de registrar las informaciones) para que luego su procesamiento comparativo tenga validez. Existen muchas dinámicas utilizadas en la educación popular presencial que pueden adaptarse para nuestros fines, pero siempre es necesario La investiga C c o ió m n u e n n ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 567 recordar que, en la labor de investigación, lo importante es recoger la mayor variedad posible de datos y no el llegar a datos de consenso, por lo cual el mejor conductor de tales dinámicas es quien con un mínimo de intervención absolutamente controlada(es decir, repitiendo siempre los mismos estímulos) suscita la mayor producción grupal y puede registrarla. III.3. Análisis de la producción radiofónica Ya indicamos que, sobre la base de metodologías consistentes y probadas, pueden incorporarse estas tareas como parte habitual de las autoevaluaciones que desarrollan los equipos de producción. En ese sentido, pueden realizarse, por ejemplo: - Análisis de la musicalización: Puede analizarse la musicalización global de la emisora o la de determinados programas—los educativos, por ejemplo— o los espacios específicamente musicales. Mediante el registro sistemático de música difundida en planillas cuyas categorías hayan sido debidamente construidas, pueden extraerse conclusiones acerca de las tendencias predominantes en la emisora. - Análisis temático de la información: Es particularmente útil para controlar la variedad y amplitud informativa de las radios. Si se ha elaborado una adecuada clasificación de temas y descriptores, los propios integrantes del servicio informativo, al redactar sus notas, pueden ir realizando la labor semanalmente y controlar sus resultados. De la misma manera puede operarse, si queremos controlar periódica o permanentemente el tipo de actores que se involucran en las noticias, las fuentes a que se recurre, los ámbitos de referencia de la información difundida, etc. - Análisis de modalidades de participación discursiva Si tenemos debidamente clasificados a los actores sociales, podemos analizar, tanto en las producciones informativas como en los programas ómnibus o educativos, la cantidad y calidad de los momentos de participación directa que ellos tienen a través de variados formatos: entrevistas, testimonios, mesas redondas, cartas, etc. - Análisis comparado de programaciones Es particularmente útil, a la hora de reprogramar una emisora, o en los momentos del año en que habitualmente se alteran las propuestas 568 In-disciplinada radiofónicas(vacaciones, por ejemplo), organizar sesiones de análisis comparado de las programaciones de las diferentes emisoras que se escuchan(o más se escuchan) en nuestra zona de influencia. Tal análisis puede comparar tipos de programas, destinatarios previstos, horarios, brindando así un marco referencial para la labor. Algo similar puede realizarse con respecto a programas particulares. Puede compararse la índole y contenido de los informativos; el estilo y los géneros de los programas musicales, etc. - Análisis de las modalidades de producción El modo en que se produce se plasma en los discursos que producimos. Desde la manera en que está organizado un equipo o departamento, pasando por el modo en que se escogen los temas, se recoge la información y se la elabora y pone en el aire, ese modo de producir deja marcas de las que no siempre somos conscientes. Y lo interesante es que esas marcan “hablan” a los oyentes, es decir, significan, y a veces a pesar de nuestras propias intenciones. El análisis de las modalidades de producción es una tarea realizable con el concurso de dos tipos de técnicas: la observación(de carácter etnográfico) y la recolección de información directa(entrevistas a productores y jefes, por ejemplo) o documental(actas de reuniones, planes de trabajo, roles de distribución de tareas, etc.). Este tipo de análisis requiere un buen diseño inicial, pero luego puede ser asumido como tarea institucional compartida —unos equipos analizando la práctica de otros— que preceda o prepare la evaluación anual. III.4. Estudios culturales Ya señalamos que no es usual ni sencillo que una emisora pueda desarrollar por sí estudios sistemáticos de este tipo, y que puede ser mucho más atinado proponerse conseguir y analizar colectivamente los resultados de investigaciones externas. Sin embargo, la propia producción radiofónica y los propios procesos comunicativos que se desarrollan con la población de la zona en que se trabaja pueden servir de insumo para profundizar nuestro conocimiento de aspectos significativos de su vida cotidiana y su cultura. Nada impide, por ejemplo, que en ocasiones especiales—día de la madre, del padre, de los enamorados o, tal como se realiza en muchas emisoras, para su aniversario— se organicen concursos o programas especiales a La investiga C c o ió m n u e n n ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 569 través de los cuales se promueva la producción de material por parte de la audiencia: canciones, escritos varios, testimonios, etc. Ese mismo material que, debidamente procesado y editado, sirve para la confección de programas puede servir para analizar las nociones y sentimientos que manejan y expresan los sujetos con quienes nos relacionamos. Ese análisis no sólo enriquecería nuestro conocimiento del otro—de los receptores—, sino que incluso podría ser aprovechado como base de diálogo con él, es decir, convertirlo en nuevo material para programas educativos. Una idea como esta bien podría servir, por ejemplo, para reconstruir la experiencia cotidiana de diferentes tipos de sujetos individuales(por qué no pensar en series radiofónicas tituladas“Un día en la vida de...”) o las aspiraciones colectivas de grupos y organizaciones. IV. La investigación: una estrategia de cambio Podríamos dar otro conjunto de ideas como las esbozadas hasta aquí. Pero ellas no modificarían sustancialmente el sentido de este aporte, que no es el de brindar recetas sino el de favorecer un tipo de reflexión que nos permita ir integrando el conocer al hacer en dos sentidos: - como modalidad de autoformación y por tanto de profesionalización de nuestra labor: - como camino de cuestionamiento y por ende de cambio, transformación, cualificación de nuestra práctica. Porque en el fondo, deberemos admitir que, si el conocer se nos hace necesario, si de verdad sentimos que hay zonas y cuestiones complejas, confusas, o frente a las cuales nos sentimos inseguros, algo ignorantes, perdidos...o porque andamos buscando caminos nuevos y certeros para comunicarnos. De lo contrario, sólo deberíamos preocuparnos por imitar las exitosas fórmulas con que muchas instituciones radiofónicas y otros medios de comunicación masivos se relacionan con sus públicos. Ellos hacen su propio camino. El nuestro, debemos construirlo aprendiendo a reconocernos como sujetos en comunicación con otros, a quienes a su vez reconocemos como necesarios protagonistas del diálogo social y no como término de nuestras estrategias o productos, es decir, como mercado potencial, como compradores de nuestras propuestas. Menuda tarea en tiempos de crisis... Pero tal vez la única que justifique nuestros esfuerzos por seguir construyendo radios populares. 570 In-disciplinada La investigación en comunicación en Argentina: deudas y desafíos(2006) * En aquel viejo y pionero texto La investigación en comunicación social en Argentina editado por Punto Sur en 1987, Jorge Rivera se refería a los estudios de comunicación como“un campo relativamente novedoso” en nuestro país a pesar de que la dedicatoria del volumen—“A mis compañeros de la Asociación Argentina de Investigadores de la Comunicación y la Cultura”, que se había creado a comienzos de los años 80—, proponiéndoselo o no, inducía al lector a reconocer que, si bien nuevo, el campo tenía una institucionalidad significativa, equiparable a disciplinas y subdisciplinas de reconocida estabilidad académica. Veinte años después de producida aquella caracterización, ya no puede hablarse de novedad. Mientras tanto, la propia existencia de Fadeccos y otros espacios asociativos que nuclean a innumerables carreras argentinas de comunicación y que convocan periódicamente a quienes desarrollan desde ellas tareas de investigación puede inducir a pensar en una institucionalidad consolidada. Sin embargo, el propio Rivera, en una segunda producción sobre el tema que publicara la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata en 1997, ya había advertido que estábamos lejos de haberla alcanzado. Reconociendo la existencia de un creciente“interés comunicológico y culturológico”, su propio texto era una muestra de aquella falta de“un trabajo investigativo sistemático que posibilite enmarcamientos más consistentes y consensuables que los actuales” 1 que a su juicio debía enfrentarse: el título del libro prometía dar cuenta de la labor de investigación realizada entre 1986 y 1996 en Argentina en el campo comunicación, medios y cultura; pero evidentemente el material analizado por Rivera sólo dio cuenta de un pedazo del país, aquel que también suele recubrirse con la figura de la Nación cuando de medios masivos de comunicación se trata, sin tener en cuenta la vasta labor desarrollada fuera de la provincia de Buenos Aires. * Artículo publicado en la Revista Argentina de Comunicación, Año 1, Nº 1, Buenos Aires, Argentina, Fadeccos- Prometeo. El texto es una adaptación de la conferencia pronunciada en las II Jornada Anual de Investigación en Comunicación realizada en diciembre de 2005 en la Universidad Nacional de General Sarmiento. 1 Comunicación, Medios y Cultura. Líneas de Investigación en la Argentina. 1986-1996, p.26 La investiga C c o ió m n u e n n ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 571 Independientemente de las razones que llevaron a Rivera a acotar territorialmente su indagación sin que creyera necesario explicitarlo 2 , su fragmentariedad puede vincularse a las características que un conjunto de investigadores relevaron para el área de ciencias sociales en el diagnóstico sobre la investigación científica y tecnológica en Argentina elaborado a fines de los 90 por encargo del Ministerio de Cultura y Educación de la Nación. Se señala allí que, entre otras cosas,“falta comunicación entre los distintos grupos de investigación dentro de cada disciplina, lo que atenta contra la posibilidad de construir una comunidad académica con masa crítica”; y faltan“datos cuantitativos, necesarios para recuperar y preservar las fuentes de datos históricos, necesarias para el estudio de los fenómenos sociales pasados y actuales y para establecer escenarios de tendencias posibles para el futuro” 3 . Las investigaciones en comunicación no están exentas hoy de esos males que vinculo con preocupaciones recurrentes para mí y que, para introducir rápidamente, podría asimilar a una profunda inquietud por la falta de visibilidad e institucionalización que esas prácticas tienen. Puede resultar extraña esa inquietud o hasta parecer antojadiza, dada la cantidad de ocasiones que tenemos los investigadores de la comunicación para encontrarnos y compartir nuestros quehaceres. Puede parecer extraña cuando año a año crece la cantidad de docentes de nuestro campo que reciben su categorización en el régimen de incentivos del Ministerio de Educación. Pero con falta de visibilidad, no me refiero a la inexistencia de espacios de encuentro o difusión de las investigaciones y con falta 2 En la“Presentación Justificatoria” Rivera indica que realizó su investigación en base a“140 asientos bibliográficos correspondientes a trabajos producidos en forma individual o como emprendimientos cumplidos en ámbitos públicos y privados de carácter académico, institucional o independiente, más la revisión de material publicado durante el mismo período en revistas especializadas y no especializadas, papers, comunicaciones a congresos o jornadas, informes de avance investigativo, documentos de cátedra, mimeos de circulación restringida, etc.”(p.15). Indica que esas fuentes no constituyen“un catálogo exhaustivo y minuciosos de los materiales aparecidos a lo largo de los últimos diez años, si bien se registran puntualmente los casos más relevantes(p.16). Los criterios de selección empleados por Rivera para tomar en cuenta los materiales relevados fueron:“1) la publicación efectiva del material en libros, folletos o revistas, lo que les confiere existencia pública y consiguientemente ingreso pleno en la consideración de la comunidad científica e intelectual[...] 2) la relevancia y continuidad de los autores dentro del campo y 3) la significación de los textos escogidos en relación con una línea. Una posición epistemológica, teórica o metodológica determinada”(pp.16-17). 3 La investigación científica y tecnológica en Argentina. Diagnóstico e identificación de áreas de vacancia , Sec. De Ciencias y Tecnología, Ministerio de Cultura y Educación, Buenos Aires, 1999, p.32. 572 In-disciplinada de institucionalización no me refiero al desinterés de quienes investigan para acceder a los regímenes y sistemas oficiales destinados a reconocer y sostener ese tipo de actividad en nuestro mundo académico. Aludo, en cambio, a dos cuestiones que podrían parecer desvinculadas y que, sin embargo, considero estrechamente ligadas. Por un lado, me refiero a lo que María Immacolata Vassallo y Raúl Fuentes han llamado, para el caso latinoamericano,“pobreza” de la reflexión sobre el contexto institucional de la producción científica en el campo de la comunicación. Al prologar un libro que denominaron Comunicación, campo y objeto de estudio, en el que incluyeron algunas de las ponencias presentadas en el grupo sobre Teorías y Metodologías de la Investigación en Comunicación en el V Congreso de ALAIC celebrado en Chile en el 2000, lo que estos colegas identifican como“pobreza” de reflexión en torno a los contextos de la producción científica en comunicación es“la ausencia de reflexión acerca de los mecanismos y procesos institucionales dentro de los proyectos de investigación”. Mecanismos y procesos que van desde la elección de los objetos de estudio, hasta las modalidades de evaluación y legitimación de temáticas e investigadores, pasando por la inserción de la investigación en la formación de profesionales del campo 4 . La segunda cuestión que considero vinculada a esta escasez de reflexión en torno a las condiciones constitutivas de la investigación en comunicación es la escasa incidencia práctica de esas investigaciones tanto a nivel académico como político y social. Es decir, tanto en lo que se refiere a la enseñanza de la comunicación como al ordenamiento comunicacional de nuestra sociedad, a las políticas de información y cultura, al modo en que se producen, se reproducen y transforman los intercambios de todo tipo que constituyen la trama simbólica de nuestra sociedad. La vinculación de esas dos dimensiones problemáticas está a mi juicio en la base de lo que ocurre en nuestro país con la investigación que realizamos en el campo de la comunicación, situación que, a grandes rasgos, caracterizaría del siguiente modo: Tenemos un horizonte académico disperso y fragmentado. Es innegable la multidisciplinariedad desde la cual se construye la comunicación en tanto objeto de estudio. Y, desde mi punto de vista, no se trata de un problema sino tal vez de una de sus riquezas y potencialidades. Pero creo que no podemos soslayar esa condición para pensar hasta qué punto ciertas 4 El libro fue editado por ITESO y otras universidades en 2001. La investiga C c o ió m n u e n n ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 573 tradiciones disciplinarias—la sociológica, la semiótica, la de la economía política, por ejemplo— no han logrado conjugar sus realizaciones prácticas en torno a objetos-problemas producidos complejamente. Existe una enorme cantidad de producción similar, reiterativa, imitativa, que no fructifica en tanto no se comparte, acumula, debate y depura, constituyendo líneas más o menos estables y definidas de producción de conocimientos. Eso impide la vida social de ese conocimiento. Es decir, su empleo. Y al referirme a empleo del conocimiento no estoy sólo pensando en utilizaciones empíricas y pragmáticas—por ejemplo, su aplicación en el diseño de una política o estrategia comunicativa—, sino también en su empleo en términos teóricos o pedagógicos. Para precisar esos rasgos y consideraciones generales, para elucidar mi punto de vista, voy a centrarme en un aspecto específico que he elegido a fin de que lo criticado no se reitere en estas páginas, independientemente de que ellas puedan suscitar otras y más sesudas críticas. Podría haber escogido diversos aspectos. Mi selección se funda en la singular importancia conceptual y política que atribuyo al lugar que ocupan en nuestro campo de estudio los medios de comunicación. Los medios clásicos o tradicionales— esos objetos consustanciales al surgimiento de las sociedades modernas— y también los denominados nuevos medios y tecnologías de información y comunicación, consustanciales al nuevo estadio que podemos reconocer como sociedad postindustrial. Sin la pretensión de realizar aquí un rastreo histórico de la cuestión, que por otro lado ya forma parte de nuestro saber, no puedo dejar de aludir a ese momento teórico que, durante la década del 80 fisuró, desde diversos lugares conceptuales, disciplinarios y políticos, esa suerte de“mismidad” entre los medios y la cultura masiva que ellos parecían totalizar. Fue un momento en que sin negar la creciente centralidad de los medios masivos en las esferas pública y privada como fuentes de información y entretenimiento, como fuentes de imaginarios colectivos e identidades nacionales, de época y generacionales, como espacios de legitimación discursiva, como canales privilegiados de difusión de ideas y valores, lo que se puso en cuestión fueron dos estatutos contradictorios entre sí que habían alcanzado rango de verdades adquiridas: por un lado, el estatuto de medios y mensajes como instancias superestructurales“derivadas” de peculiares condicionales materiales de producción, típicas de las sociedades 574 In-disciplinada capitalistas; por otro, el estatuto de causas eficientes de los procesos de dominación inherentes a dichas sociedades. Esos cuestionamientos fueron parte de procesos reflexivos que, entre otras cosas, redefinieron las concepciones en torno a la cultura masiva pensada como repertorio de objetos producidos industrialmente y consumidos con efectos unidimensionalmente previsibles; procesos que permitieron repensar las potencialidades estructurantes de los mensajes abriendo interrogantes hacia la compleja zona de la producción de sentidos en recepción; procesos que permitieron revisar las concepciones instrumentales desde las cuales los artefactos técnicos eran considerados meros transportadores de contenidos. Fue en virtud de esos procesos que pudieron producirse casi en el mismo momento, por ejemplo, textos como Pensar sobre los medios, de Armand y Michéle Mattelart, publicado en 1986, y De los medios a las mediaciones, de Jesús Martín-Barbero, editado en 1987. Si los Mattelart pudieron titular “pensar sobre los medios”, con el subtítulo“comunicación y crítica social”, un texto en el cual no se dedican a estudiar esos objetos empíricos que son la prensa, la radio, la televisión, el cine y algunas otras tecnologías utilizadas para la producción y difusión de mensajes; si Martín-Barbero pudo postular desde el título de su libro que debía abandonarse el estudio de los medios para pasar al estudio de las mediaciones y, sin embargo, producir algunas de las más productivas lecturas acerca de los medios masivos en la constitución de la peculiar modernidad latinoamericana, fue justamente porque aún sin consensos plenos ni miradas definitivas, los medios habían ido encontrando un lugar compartido con otras instancias institucionales, técnicas y discursivas en la producción de la cultura. Y fue además porque ese lugar compartido hablaba del reconocimiento de la comunicación(y no de los medios) como un lugar estratégico tanto a nivel económico como simbólico para el diseño del orden social. Ese reconocimiento habilitó, en la década del 90, la emergencia de nuevas nociones—entre ellas, la de cultura mediática o sociedad mediatizada— que prometían proveer nuevos principios de comprensión de los procesos de producción colectiva de sentido en las sociedades postindustriales. Aun reconociendo variaciones en los diferentes pensadores que contribuyeron a desarrollar esa noción—me refiero tanto a Eliseo Verón como a Manuel Castells; a Anthony Giddens como a Marc Augé; a Eduardo Subirats como a Beatriz Sarlo—, asumir lo que nombra la mediatización implica la imposibilidad de pensar los procesos sociales con independencia La investiga C c o ió m n u e n n ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 575 de los medios técnicos de producción simbólica, en tanto son las prácticas las que se reconfiguran por la existencia de esos medios. Una reconfiguración ineludible porque, como bien ha precisado Muniz Sodré, la mediatización es“un dispositivo cultural históricamente emergente en un momento en el que el proceso de comunicación es de manera técnica y mercadológica redefinido por la información, esto es, por un producto al servicio de la ley estructural del valor también conocida como capital” 5 . Sin embargo, esa reconfiguración ineludible no avanza al mismo ritmo en las diferentes áreas de la sociedad, porque no es único el modo de articulación de las múltiples prácticas e instituciones sociales con las muy diversas organizaciones de medios, es decir, con los modos en que las tecnologías y la información, el entretenimiento y la producción de conocimiento convergen mercantilmente. De ahí la complejidad de la cultura de nuestra época y la imposibilidad de explicar la totalidad de su funcionamiento a partir de la identificación de una única matriz de estructuración, como bien planteara en su momento Eliseo Verón. Pero de ahí también la necesidad de postular como objeto privilegiado de conocimiento, los peculiares modos de articulación—es decir, los procesos peculiares de mediatización— de diferentes campos de lo social. Sin embargo, y de ello da cuenta una buena cantidad de literatura ensayística y de investigaciones, un débil trabajo conceptual y metodológico—la pobreza de reflexión acerca de los contextos de producción del saber al que este aspecto me permite referirme— convirtió la noción de mediatización en un nuevo fetiche y, bajo su manto, resurgieron en los estudios de comunicación dos tipos de perspectivas: Una, de carácter determinista, confiere a los medios técnicos la capacidad de modelar por sí el todo social y a todos los sujetos. O, lo que es lo mismo, considerándolos manifestación indisociable de la racionalidad instrumental que nos gobierna, postula que ya nada puede“saberse” a partir de su análisis porque ni la distancia epistemológica ni la negatividad crítica alcanzan para sustraerse a la devastación de lo humano que les es inherente. Es una perspectiva que me atrevo a calificar de regresiva en tanto, por ejemplo, inhabilita las discusiones políticas y teóricas acerca de los sistemas tecnológicos que una comunidad determinada debe y puede desear, 5 Ver“Eticidad y campo comunicación sobre la construcción del objeto” en VASALLO DE LOPES, M I y FUENTES NAVARRO, R.(comps), Comunicación. Campo y objeto de estudio. Perspectivas reflexivas latinoamericanas, Iteso-Universidad Autónoma de Aguascalientres-Universidad de Colima-Universidad de Guadalajara, México,2001 pp.150-151. 576 In-disciplinada diseñar, rechazar, y en tanto encubre nuevamente, bajo el determinismo de las estructuras, la indeterminación siempre contradictoria, tensionada y relativa de los procesos subjetivos e históricos. La otra perspectiva es igualmente regresiva. Es la que, reconociendo las insoslayables transformaciones operadas por la creciente incidencia de medios y tecnologías de la información en la producción de la subjetividad y las interacciones colectivas, debilita al límite su carácter matricial, depositando en el uso de esos medios y tecnologías y en los contextos y situaciones particulares la clave de comprensión del orden dominante e incluso la posibilidad de su transformación. En ambos casos, ocurre que las rupturas y desplazamientos teóricos no parecen haber posibilitado el diseño de líneas o corriente consistentes de investigación que—sin reponer a los medios en el centro de la escena— permitan dar cuenta de aquello que, según Armand Mattelart, caracteriza a cada época histórica y a cada tipo de sociedad; una peculiar configuración comunicacional que, a distintos niveles—económico, social, técnico y mental— y en distintas escalas—local, nacional, regional e internacional— produce siempre un concepto hegemónico de comunicación. ¿Cuál es—me pregunto, creo que debemos preguntarnos— ese concepto hegemónico de comunicación en la sociedad argentina de hoy? Pero, ¿cuál es(para pensar en distintas escalas) o cómo se produce ese concepto hegemónico en el conurbano bonaerense o en Córdoba? La dificultad que encuentro para responder esa pregunta no es una dificultad personal sino, a mi juicio, derivada del modo en que producimos investigación en nuestro campo. ¿Dónde están, para precisar aún más las dificultades a que me refiero, las discusiones sostenidas en elaboraciones conceptuales y evidencias empíricas que permitan—y para mantenerme dentro de la problemática que escogí— deslindar las investigaciones que siguen haciendo de los medios causas de representaciones y conductas, de aquellas otras que los piensan y analizan como interfaces de prácticas materiales y simbólicas? La diferencia no es menor para poder reconocer el concepto hegemónico de comunicación que caracteriza a nuestra sociedad y, consecuentemente, los conceptos resistentes, o residuales, o emergentes a partir de los cuales diferentes actores—incluidos nosotros mismos— podríamos/deberíamos pensar nuestra acción en diversas esferas de práctica. La investiga C c o ió m n u e n n ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 577 Y cuando digo“dónde están”, digo ¿en qué seminarios, publicaciones, universidades, institutos especializados en ciertos problemas o en ciertas perspectivas teórico-metodológicas de investigación? ¿Dónde están—y sigo intentando precisar las dificultades a las que me estoy refiriendo— los modos diferenciados de pensar, en época de creciente tecnologización, los nuevos medios, redes, dispositivos, cuya naturaleza tecnológica aparenta en algunos discursos constituir el fin de la razón y el pensar y, en otros, el único camino para el desarrollo de la cultura y los seres humanos? Y para hacer más accesible mi pregunta, le añado otras que la especifican: - ¿En qué series se insertan las crecientes indagaciones sobre los contenidos y usos de Internet, por ejemplo?, ¿en las series que analizan los procesos de individuación sistemática iniciadas a partir de los procedimientos de lectura silenciosa y de apropiación individual del objeto libro y sostenidos en el tiempo por la constitución de comunidades en ausencia, como la comunidad del público?, ¿o en las series construidas a partir de interrogaciones en torno a las limitaciones de índole moral que debían y deben existir para la difusión de contenidos, vinculadas con las pautas de comportamiento legitimadas en un momento dado? En otras palabras, ¿cuál es el objeto de esas investigaciones y con qué objetos anteriores se articulan?, ¿se trata de comprender lo que hoy nombra la información, el dato, la búsqueda y las posibilidades de interactuar en ausencia?, ¿o el análisis de los amenazadores contenidos pornográficos que circulan por la red sin posibilidades de control son una simple actualización del tipo de problemática que suscitó antes la irrestricta exposición de los menores a los programas condicionados de la televisión por cable? - ¿En qué series se insertan los reiterados estudios sobre las representaciones de actores y prácticas sociales que brindan hoy los medios masivos y en especial la televisión?, ¿son una actualización—a veces meras ejercitaciones— de estrategias de lectura semiótica de los discursos informativos o de opinión que desnudarían lo que no se revela en la lectura inmediata y el consumo cotidiano de esos mensajes que realizan los miembros de una sociedad?, ¿o son parte de las series que, asumiendo la discursividad social como dimensión sustantiva de la hegemonía, conciben a las representaciones como aspectos productivos de los sujetos y sus prácticas y reconocen el estallido y reconfiguración de formas expresivas y lenguajes? 578 In-disciplinada Podría formular otra serie de interrogantes de este tipo, pero supongo que los formulados permiten fundar mis inquietudes. Casi no existen estudios de comunicación en los cuales los medios y tecnologías—en algunas de sus manifestaciones y dimensiones— no estén involucrados. Ciertamente, las diferentes disciplinas que convergen en nuestro campo construyen de modo diferenciado esos objetos; los medios y tecnologías no se piensan del mismo modo desde la economía política de la comunicación, desde la sociología de la cultura o desde la sociosemiótica. Pero independientemente de esas miradas legítima y fundadamente específicas, lo que deberíamos poder leer, para combatir esa pobreza a la que estoy refiriéndome, en todos los tipos de investigaciones, son las convergencias o contradicciones referidas al lugar que conferimos a los medios—en tanto dispositivos institucionales, económicos, técnicos, discursivos— en los procesos de producción de la cultura y la hegemonía. En el mismo sentido, deberíamos leer los vacíos y las redundancias; interrogarnos y respondernos acerca del significado político cultural que adquiere la reiteración de estudios idénticos mientras subsisten zonas carentes de toda reflexión e indagación empírica. Sin ejercicios de esa naturaleza, que traté de explicitar en torno de un problema específico, los avances que se realizan desde diversas zonas de los estudios de comunicación, correrán siempre el riesgo de soslayar una práctica que considero imprescindible para superar las limitaciones que nos aquejan y lograr un saber teóricamente fundado que, al mismo tiempo, sea un saber socialmente productivo: la acumulación de evidencia conceptual y empírica que permita unir y separar, fecundar las ideas semejantes y confrontarlas con las ideas distintas, propiciando así los debates necesarios sobre el carácter de estas sociedades nuestras estructuradas y“ambientadas” hoy por la comunicación. Carácter que no es ajeno, y muy por el contrario, es consustancial, diría yo, a los nuevos modos en que se procesan las diferencias, las desigualdades, las injusticias y también a los nuevos modos en que podemos pensar su transformación. Si nos diéramos esa tarea, creo que estaríamos modificando radicalmente el escenario institucional de los estudios de comunicación que reconocemos y criticamos pero que casi invariablemente reproducimos: un escenario donde la yuxtaposición no acumula; donde la igualación debilita; donde la creatividad y el riesgo del pensar son cubiertos por la monocorde declinación de tópicos autolegitimantes con escasa incidencia en la vida social y política. Porque, justamente, son esas características dominantes en nuestro campo La investiga C c o ió m n u e n n ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 579 las que considero nos impiden tener una presencia efectiva discutiendo, desde las investigaciones, desde el conocimiento que producimos—porque claro que lo hacemos con el Estado, con el mercado, con la sociedad civil— los modos de comunicarnos que nos caracterizan, estrechamente implicados en nuestros modos de vivir. Bibliografía citada AAVV, La investigación científica y tecnológica en Argentina. Diagnóstico e identificación de Áreas de Vacancia, Secretaría de Ciencia Y Tecnología, Ministerio de Cultura y Educación, Buenos Aires, 1999 Jesús Martín Barbero, De los medios a las mediaciones, Comunicación, Cultura y hegemonía, Gustavo Gilli, Barcelona, 1987, Armand y Michele Mattelart, Pensar sobre los medios. Comunicación y crítica social, Partes II y III, Fundesco, Madrid 1987 Jorge B. Rivera, La investigación en comunicación social en la Argentina, Punto Sur, Buenos Aires, 1987 Jorge B. Rivera, Comunicación, medios y cultura. Líneas de Investigación en la Argentina. 1986-1996, Facultad de Periodismo y Comunicación Social, U. Nacional de La Plata, 1997 Muniz Sodré,“Eticidad y campo comunicación sobre la construcción del objeto” en VASALLO DE LOPES, M I y FUENTES NAVARRO, R.(comps.), Comunicación. Campo y objeto de estudio. Perspectivas reflexivas latinoamericanas, Iteso-Universidad Autónoma de Aguascalientes-Universidad de Colima-Universidad de Guadalajara, México,2001 María Immacolata Vasallo de Lopes y Raúl Fuentes Navarro,“Introducción” en VASALLO DE LOPES, M I y FUENTES NAVARRO, R.(comps.), Comunicación. Campo y objeto de estudio. Perspectivas reflexivas latinoamericanas , Iteso-Universidad Autónoma de Aguascalientes-Universidad de Colima-Universidad de Guadalajara, México Eliseo Verón,“Interfaces, sobre la democracia audiovisual evolucionada”, en Ferry, Wolton y otros, El nuevo espacio público, Gedisa, Barcelona,1992 580 In-disciplinada Deudas y desafíos de la investigación latinoamericana en comunicación (2022) * Cuando conocí la temática de este panel no pude eludir hacerme una pregunta elemental; me pregunté cuáles serían el esplendor y la oscuridad a los que aludían quienes nos convocaron. Y entonces intenté algunas respuestas que también asumieron la forma de interrogantes. Me pregunté si el esplendor serían algunos derechos conquistados y la oscuridad ciertas derrotas, ciertos despojos y retrocesos que estamos viviendo en nuestros países. Si el esplendor sería la posibilidad de reconocernos como un colectivo—las y los investigadores de comunicación del continente— y la oscuridad esos momentos en que agobia el peso de los quehaceres cotidianos muchas veces insatisfactorios, no siempre bien comprendidos y no siempre bien remunerados. Si el esplendor sería nuestra capacidad de reflexionar y debatir, de cuestionar y cuestionarnos, de inventar caminos y desandarlos cuando los reconocemos como callejones sin salida, y la oscuridad esos momentos en que advertimos que predominan en este quehacer y en nuestro campo las repeticiones y clichés, el pensamiento que no arriesga, la complacencia improductiva, el temor a la discusión. Me pregunté si el esplendor sería el de las pantallas brillantes y los rutilantes contactos y la oscuridad las sombras del sinsentido que en ocasiones revelan esas luces y velocidades; si el esplendor sería el auge comunicacional que parece caracterizar nuestra era y la oscuridad un producto buscado o no de ese auge, todo lo que él ensombrece y oculta deliberadamente o no. Y además de hacerme esas preguntas me dije que, para tratarse del panel de cierre de un congreso de investigadores, la imprecisión de esos términos tenía algo de alentador. Estaban permitiéndonos una agradecida libertad para compartir algunas reflexiones. Cada quien podía interpretar el esplendor y la oscuridad como quisiera…. Pero además les confieso que también sentí una profunda incomodidad por lo binario del planteo. Con independencia del sentido que podemos atribuir a esos términos, me dije que entre ellos existen las medias tintas, los claroscuros, los más o * Este texto es una versión anotada de la intervención en el Panel“Entre el esplendor y la oscuridad: intuiciones para pensar la comunicación en un mundo en crisis”, que tuvo lugar en el cierre del XVI Congreso de ALAIC(Asociación Latinoamericana de Investigadores de la Comunicación) realizado del 26 al 30 de septiembre de 2022 en Buenos Aires, Argentina. Inédito. La investiga C c o ió m n u e n n ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 581 menos, lo impreciso e indeterminable; que ni las actuales configuraciones de la comunicación ni los modos en que se piensan e indagan me parecen cuestiones esplendorosas ni oscuras: más bien las reconozco como zonas de un territorio complejo, confuso y desafiante. Unas características que han estado presentes—y no creo ser la única que lo advirtió— en los páneles y grupos que compartimos durante estos días. Es desde esa caracterización que voy a señalar dos de las cuestiones que más me perturban hoy, después de muchos años de investigar sistemáticamente las interacciones masivas de las que están hechas nuestras sociedades, investigaciones que realicé tratando de encontrar las claves para comprender dónde y cómo se producen los sentidos hegemónicos del vivir; tratando de desnaturalizar esos sentidos, para mostrar su condición de sentidos construidos, marcados; tratando de inventar algunos saberes para que la comunicación no sea sólo el nombre de una operación tecno mercantil sino un derecho, un modo de poder ser en convivencia. La primera cuestión se refiere a ciertas contradicciones o paradojas que suelo percibir en nuestro campo. Voy con una de ellas. Mientras más señalamos la complejidad y las transformaciones experimentadas por ese objeto al que denominamos comunicación, mientras se plantea que se vuelve cada vez más inasible e inclasificable, observo la persistencia y recurrencia de nociones que creíamos haber superado críticamente o de debates implícitos que también creíamos saldados. Y doy algunos ejemplos. Escuché decir en varios espacios de este congreso que no debíamos mirar sólo el lugar de la producción sino el de la recepción y el consumo para tratar de comprender la producción social de sentidos; una cuestión que dejamos establecida claramente allá por los años 90. 1 Pero al mismo tiempo y contradictoriamente, escuché explicaciones acerca del modo en que se modelan comportamientos desde las representaciones visuales de los espacios urbanos. 1 Sólo para dar una referencia de esa generalización: el número 30 de la Revista Dia-logos de la Comunicación , publicada por Felafacs en junio de 1991, estuvo dedicado a esa problemática. Su edición estuvo a cargo de Jesús Martín-Babero, quien en la Presentación del volumen se preguntaba a qué respondía el interés de los investigadores por los procesos de recepción y consumo y, comentando los diferentes artículos que lo integran, señalaba dimensiones que hacen palidecer a algunos de los argumentos que hoy parecen sostener esa necesidad: en primer lugar, la recuperación de la historia cultural en que se insertan las prácticas de comunicación; en segundo, la importancia de los géneros en la articulación entre producción y consumo y, en tercero,“el rescate de los actores sociales‘concretos’ que participan en y se rehacen con el proceso de recepción en cuanto proceso de producción e intercambio cotidianos de sentido”(p. 5). 582 In-disciplinada Escuché decir que debíamos recurrir a la noción de ciudadanía y preguntarnos si es posible que ella se despliegue en entornos digitales; algo que marcó los debates de comienzos de este siglo 2 ; pero también escuché decir que las plataformas son ahora la plaza pública. Un tipo de proposición que ya algunos discutíamos cuando se la formulaba en relación con la televisión. 3 En cada uno de esos momentos del Congreso tuve la sensación de una vuelta atrás. Algo que deberíamos celebrar si el regreso significara reflexividad y revisión de los debates que se sostuvieron en torno a esas cuestiones y las perspectivas que se construyeron a partir de ellos. Pero hay algo que a mi juicio resulta perturbador cuando el modo de reponer tópicos, de reiterar sintagmas, parece implicar puro olvido o desatención de la historia y las tradiciones intelectuales; una suerte de pereza teórica que no permite la invención metodológica y que, consecuentemente, aleja la posibilidad de dar cuenta de las novedades y complejidades que referimos en nuestros discursos. Unos modos de regresar al pasado que me hacen pensar en el debilitamiento de nuestro trabajo al menos como supe aprenderlo a partir de lo que Raymond Williams planteaba en relación con la sociología de la cultura y que extiendo a la tarea de investigar. Una tarea que debe“estar en condiciones de reelaborar y reconsiderar todo el material y los conceptos heredados, y presentar sus propias contribuciones dentro de la interacción abierta entre la evidencia y la interpretación que es la verdadera condición de su adecuación”. 4 Me detengo ahora en otra contradicción o situación paradojal. Cada vez con más fuerza y evidencia se despliega la idea de que la comunicación, además de ser una práctica y dimensión sustantiva en los procesos de producción de identidades y subjetivación, interviene decididamente en el diseño, en la arquitectura de los diferentes órdenes en que se desarrolla el vivir. Si pensamos consecuentemente, esa idea lleva a suponer la imbricación densa de la comunicación con otras dimensiones y prácticas; mientras tanto, asistimos a procesos académico-institucionales de creciente especialización, al ensimismamiento en la comunicación—como también escuché decir en este Congreso—, a su fragmentación en objetos de estudio particularísimos—como también aquí oímos criticar— y a un escaso trabajo científico colaborativo. 2 No pretendo ser autoreferencial pero en los artículos contenidos sobre el tema en este libro se puede ver claramente la larga data de esta problemática. 3 En este volumen ver al respecto“Entre la plaza y la platea”. 4 En Cultura. Sociología de la comunicación y del arte , Paidós, Barcelona, 1981, pg. 31. La investiga C c o ió m n u e n n ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 583 Se trata a mi juicio de una constatación que se agrava cuando observamos de qué modo desde otros campos disciplinarios—la sociología, la economía o la ciencia política, para nombrar algunos— se sigue pensando la comunicación en términos meramente instrumentales, como un conjunto de estrategias y contenidos que se emplean con ciertos fines específicos, como una variable dependiente o coadyuvante de procesos que se construyen y explican desde otras esferas consideradas sustantivas. En ese sentido, siento que debemos realizar una doble tarea: por un lado, asumir efectivamente la complejidad no sólo como característica empírica de nuestros objetos sino como principio epistemológico que oriente nuestros modos de conocer. Por otro, asumir una actitud de interpelación fuerte hacia otras disciplinas para que reconozcamos mutuamente la necesidad de converger, de establecer sinergias y modos de producción conjunta de saber y asumir así desafíos como los que escuché plantear durante estos días. Por ejemplo, cómo comprender a través de una labor articulada con filósofos y filósofas y científicas y científicos de diversas áreas los ámbitos y procesos de producción de nuevos sentidos del presente y de visiones de futuro en un mundo acechado por nuestras propias prácticas, que solemos caracterizar como depredadoras. O cómo pensar desde distintas vertientes de las ciencias sociales otros modos de articulación de lo público y lo común para renovar el paradigma que hoy orienta la discusión sobre políticas comunicacionales y que solemos criticar por su exacerbado economicismo y/o estatismo. La segunda cuestión que me inquieta tiene que ver con los esfuerzos que hice durante mucho tiempo tratando de que la investigación de la comunicación acompañara y fuera parte de las experiencias y prácticas desarrolladas por esos sectores y grupos despojados, subalternos, oprimidos de nuestros países, que decidían tensionar los sistemas comunicativos hegemónicos, confrontarlos develando su inequidad, el silenciamiento que producían, y proponiéndose como espacios y modalidades de expresión de lo excluido. Ayer, en su intervención, Silvio Waisbord lanzó una propuesta singular y en cierto sentido provocadora 5 . Habló de la necesidad de investigar el silencio de quienes, en medio de la desenfrenada expresión que se produce en los entornos digitales, deciden callar para preservar su privacidad y seguridad. No hay tiempo ni es la ocasión de debatir su proposición, pero no puedo 5 Me refiero a su intervención en el panel denominado“Libertad de expresión y democracia: situación actual y debates hacia el porvenir”. 584 In-disciplinada eludirla a riesgo de caer en esa cómoda escucha que no suscita debate y que lejos está de enriquecernos como investigadoras e investigadores. Tal vez, me digo, ese modo de sustraerse de lo común al que se refirió Waisbord no represente el genuino callar de quien puede hablar, que recuperando el pensamiento heideggeriano teorizó hace más de 50 años Antonio Pasquali en su célebre Comunicación y Cultura de masas, sino un nuevo modo de imposición de silencio 6 . Pero sabiendo que elucidar la cuestión me queda como tarea pendiente, lo que reafirmo es la necesidad de investigar el silencio de quienes no pueden hablar porque son acallados para que su presencia disruptiva—su emergencia política cuestionando la participación sensible existente— no altere lo dado como legítimo e inmutable. Hoy, cuando como de muchas formas se dijo en este congreso, los sistemas comunicativos revelan mayor concentración, capilaridad y penetración, cuando la abundancia tecnológica y la multiplicación de contenidos no equivale a mayor expresividad de lo plural y lo diverso, cuando lejos de contribuir a disminuir desigualdades se difumina su verdadera naturaleza, creo que necesitamos fortalecer y hacer viables con conocimientos sistemáticos y críticos la multiplicidad de esfuerzos que se realizan por alterar injusticias y revertir silenciamientos. En ese sentido retomo afirmaciones escuchadas y compartidas en el congreso. Por ejemplo, que tal vez hay preguntas que no hacemos o que no hacemos con suficiente inteligencia y sensibilidad para llegar a comprender qué es lo que cultural y socialmente impide que diferentes sectores puedan reconocer los derechos a la comunicación—las posibilidades de saber y expresar, de ser vistos, de intercambiar, de discutir y acordar— como condición necesaria para una vida en plenitud. Que tal vez no hemos encontrado las vías para comprender el lugar que ocupan las prácticas alternativas en la producción de hegemonía, su incidencia en la cotidianeidad donde se traman, entre otras cosas, las subjetividades y las relaciones de poder. Que tal vez no estamos aportando datos suficientes para esclarecer la situación económica, tecnológica e institucional en que se encuentran esas prácticas. ¿Por qué ocurre eso?, ¿por qué no producimos esos conocimientos codo a codo con organizaciones y movimientos sociales, con gobiernos locales que apuestan por la democratización de la comunicación, con grupos que reconocen su necesidad de decirse públicamente?, ¿será que seguimos apegados a la crítica como denuncia, y no la ejercemos como develamiento 6 Comunicación y Cultura de Masas , Caracas, Monte Ávila 2ª. Ed., 1972, p. 58 Comunicación Popular 585 de los conflictos y contradicciones sociales y como producción de saberes que permitan intervenir en ellos?, ¿será que desde la academia—donde nos movemos— las temáticas jerarquizadas son otras? Esta pregunta me remite a unas afirmaciones hechas en un libro que tiene el provocador título Entre saberes desechables y saberes indispensables. Jesús Martín-Barbero, el extrañado amigo y maestro, se preguntaba allí“cuanto país cabe en los discursos de la academia”; Rossana Reguillo decía que la universidad debía“salir a la intemperie y ensayar voces capaces de hacerse cargo de los acontecimientos para abandonar la certeza de los intramuros y contagiar de espíritu crítico a la comunicación pública”. Amparo Marroquín hablaba de la necesidad de“detenerse a escuchar” 7 . Recordando esos textos, escritos hace más de 10 años, me digo que siguen teniendo enorme vigencia porque al menos a mí siguen indicándome un camino válido para transitar tiempos complejos y hacernos cargo del panorama que la comunicación no puede eludir: el de realidades cada vez más violentas y excluyentes en las que la desigualdad, la diferencia, la otredad y las causas que reclaman una vida con justicia y libertad son para algunos sectores sinónimo de lo desechable y asesinable; de lo estigmatizable, de lo condenable. Escuchar, animarnos a romper el intramuros, hacer que la realidad entre en nuestras investigaciones… No siempre lo logramos y lo siento cada vez más necesario en tiempos cuando, insisto, el auge de la comunicación no asegura el entendimiento; en tiempos cuando la intensidad y velocidad de los contactos no aseguran reconocimientos; pero en tiempos en los que, a pesar de ello, asumiendo esos datos como condición de producción de nuestra realidad, necesitamos renovar alternativas de convivencia que contengan todos los cuerpos con sus voces. Lo necesitamos en un país y en una región donde cuesta que se comprendan las vinculaciones estructurales pero además simbólicas, que existen entre la indigencia y la marginalidad y la violencia institucional; entre la concentración monopólica y el capitalismo financiero y la violencia política; entre la tristeza y frustración de muchas y muchos y los intentos de unos pocos poderosos de apoderarse incluso de ese dolor, para destruir toda esperanza de futuro. 7 El libro coordinado por Jesús Martín-Barbero fue publicado en 2009 por el Centro de Competencia en Comunicación para América Latina de la FES en Bogotá. Las citas corresponden a las páginas 11, 37 y 70 respectivamente. 586 In-disciplinada Comunicación Popular 587 Cuestión 5 ENSEÑANZA DE LA COMUNICACIÓN 588 In-disciplinada Enseñanza de la comunicación 589 Introducción Por Liliana Córdoba Los textos que siguen contienen muchos aportes acerca de la enseñanza de la comunicación tanto en ámbitos educativos formales como no formales. Pero en esta introducción quiero referirme a dos núcleos problemáticos que atraviesan las preocupaciones de Marita Mata en torno a esta cuestión. Uno de ellos es el desfasaje entre el mundo de la enseñanza y el mundo de las prácticas comunicacionales. El otro es el reconocimiento de una politicidad inherente al campo de estudios de la comunicación que necesita ser recuperada. En cuanto a los desfasajes, Mata señala dos que resultan cruciales. Por un lado, el que se produce entre la formación para la comunicación popular y la formación universitaria. Por el otro, el que se produce entre la formación universitaria y los cambios en el mundo de la comunicación. En cuanto al primero, Marita sostiene—ya en los años 80— algo que merece ser destacado: acercar los procesos de formación que se dan en la comunicación popular y en la universidad requiere de una transformación sensible de la institución universitaria(Mata, 1980). Una transformación que permita a la universidad reconocer a lo popular“como espacio dinámico, productivo y no meramente reproductivo de las ideas dominantes”(Mata, 1988); que habilite una“real inserción y compromiso de la universidad con los grupos populares y las instituciones que trabajan con ellos en pos de la transformación social”(ídem); y que suponga la“revisión del papel que se asigna a la universidad—a la institución, a los técnicos y profesionales, al propio saber tecnológico y científico— en las particulares coyunturas que viven nuestros países y en relación con los movimientos populares”(ídem). Esto último excede la problemática de la formación para la comunicación en tanto“forma parte de un debate mayor sobre el poder y el saber, sobre el modelo de sociedad al que se aspira y en función del cual se trabaja”(Mata, 1988). La comunicación popular puede aportar, de acuerdo con Mata, a la definición de“figuras y prácticas profesionales renovadas”(Mata, 2015) pero también a la configuración de una“matriz para pensar la comunicación en tanto dimensión constitutiva de la cultura y las interacciones sociales” 590 In-disciplinada diferente a la hegemónica(ídem). Animarse a ello supone asumir un riesgo: “encontrarnos con actores capaces de contestar nuestros puntos de vista y teorizaciones, es decir, capaces de pronunciar también ante nosotros su palabra porque también desde el terreno académico se construyen poderes no necesariamente democráticos”(Mata, 2015). No hace falta extendernos más para constatar lo pendiente que resulta aún esta tarea en el ámbito de las instituciones universitarias de América Latina. En lo que concierne al otro desfasaje, el que se establece entre la formación universitaria en comunicación y los cambios en los modos de comunicarse de las sociedades, Mata destaca la especial dificultad de las experiencias académicas para dejarse conmocionar por esos cambios. Las claves que apunta al respecto son potentes y animan a revisar la enseñanza desde lo que ella misma denomina los“lugares incómodos”: la comunicación popular, los cambios tecnológicos, la concepción de la comunicación como derecho humano(Mata, 2015). Estos desacoples a los que nos referimos se vinculan con la otra cuestión central que indicamos sobre sus reflexiones en torno a la enseñanza de la comunicación: la politicidad de los procesos formativos, las intencionalidades inmediatamente políticas que los orientaron en sus inicios y que, a su criterio, se fueron perdiendo en el transcurso de los años. En los textos que siguen Marita expone diversas hipótesis respecto de por qué esto ocurrió, a tal punto de que hoy resulta casi imposible reconocer diferencias sustantivas entre los planes de estudios o los perfiles profesionales que se dictan en instituciones y contextos muy diversos. Por eso es para ella urgente reinventar las formas de enseñanza de la comunicación, algo que nunca será sólo asunto de contenidos curriculares sino de transformación institucional y revisión epistemológica. Reinventar las formas de la enseñanza, nos dice, implica la disputa con el poder académico-institucional“que se expresa en conducciones de carreras temerosas de innovar, de arriesgar, de perder el control y en docentes que más que maestros son coroneles del saber”(Mata, 2011); pero también con el poder corporativo“que desde fuera de las universidades también ejerce coerciones para que nada cambie: el poder de empresas, de medios, de ciertos sindicatos y colegios profesionales”(ídem). Los artículos y conferencias que integran este apartado son una valiosa caja de herramientas para animarnos a encarar y concretar estas urgentes tareas. Enseñan C z o a m d u e n la ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 591 Referencias Mata, María C.(1980) Capacitación para la práctica de la comunicación popular (1988) La formación de comunicadores en el marco de la promoción y la educación popular (2011) En el medio de los medios. Desafíos para los profesionales de la comunicación (2015) Los lugares incómodos(o las deudas-desafíos de las carreras de Comunicación) 592 In-disciplinada Capacitación para la práctica de la comunicación popular(1980) * Hay quienes se empeñan en mantener que la comunicación popular es una suerte de comunicación menor, la hermana pobre de la familia que apela a técnicas rudimentarias y que puede ser llevada a cabo por grupos y personas“no iniciadas” en las complejidades teóricas y técnicas que supone el complejo sistema de los medios masivos. Por ello, para ubicarnos y ubicar nuestro discurso desde un comienzo, decimos que no es esa la práctica ni la concepción de la comunicación popular que desarrollamos. Cuando hablamos de comunicación popular, nos referimos a un tipo particular de prácticas llevadas a cabo por los sectores populares, es decir, por el conjunto de las clases sometidas a la dominación económica y política de las clases hegemónicas dentro de la sociedad capitalista. La producción e intercambio de mensajes entre los individuos que componen los diferentes sectores populares se origina, precisamente, en esa situación de dominación que padecen, y en su consecuente voluntad y proyecto de transformar el sistema económico, político y social. ¿Por qué concebimos la comunicación popular como un resultado de ese proyecto alternativo?, ¿por qué reconocemos su origen en la situación de opresión? Porque justamente los sectores populares van descubriendo en su práctica de oposición y lucha contra el sistema vigente que no es posible transformar la realidad sin conocerla profunda y sistemáticamente, que no es posible transformarla sin aunar los diversos sectores que buscan dicho cambio; que mucho menos puede transformarse la realidad sin organizarse para actuar sobre ella. Y ¿cómo les sería posible a los sectores populares, marginados del control de todos los medios que proveen el conocimiento(aparatos educativos, medios de comunicación masivos, etc.) obtener—elaborar— un conocimiento propio sobre la realidad, acorde con sus intereses? Y ¿cómo les sería posible intercambiar sus propias ideas, discutirlas para consolidarse, si les está vedado el acceso a los medios usuales de difusión de ideas? La respuesta que los sectores populares han ido y van dando es inequívoca: necesitan generar su propia comunicación que no se agota en sí misma, sino que es uno de los instrumentos a través de * Artículo publicado originalmente en Revista Media Development, N° 3, WACC. Londres, UK. Enseñan C z o a m d u e n la ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 593 los cuales van avanzando en la construcción de su proyecto liberador, que dará fin a la situación de dominación. Llegados a este punto puede aclararse—sin necesidad de hacer grandes análisis— por qué generalmente la comunicación popular se realiza con escasos recursos tecnológicos, con imperfecciones, a veces de manera casi artesanal porque sus protagonistas(emisores y receptores) son los desposeídos. Por un lado, no poseen los medios tecnológicos y los recursos económicos necesarios para producir mensajes, por otro, lo cual es tal vez más grave aún, no poseen los resortes de poder político para asegurar la libre circulación de los mensajes producidos y para garantizar la formación de los comunicadores. Pero no nos engañemos: esta imperfección y pobreza de la comunicación popular no es lo que determina su naturaleza. Más bien es la consecuencia propia de su ser una práctica alternativa, contestataria, fruto e instrumento de un proyecto de transformación de las estructuras de explotación capitalistas. Este, y no otro, es su rasgo esencial. ¿De qué capacitación hablamos entonces? Si pensásemos que justamente en virtud de la‘desposesión’ a la que hemos hecho referencia, los sectores populares deben capacitarse, es decir,‘volverse aptos’ para llevar adelante su práctica de comunicación, a través del dominio de ciertas técnicas apropiadas, estaríamos pensando acertadamente. Pero nos quedaríamos en un aspecto del problema. La condición de‘dominados’ de los sectores populares de nuestro continente latinoamericano, se ha ido consolidando, a nivel ideológico, por la imposición de mensajes que—sin pertenecerles— se les proporcionan través del sistema educativo y de los medios de comunicación masivos, como los únicos existentes, posibles y válidos. De este modo, se va favoreciendo un no-reconocimiento de los sectores populares como dominados, como despojados de algo que les pertenece y se favorece también—en términos generales— una aceptación de sí mismos como natural o legítimamente marginados. Consecuentemente, si se va aceptando la marginación como algo natural y legítimo porque no se poseen los medios, porque no se sabe cómo manejarlos y porque sí hay otros que tienen y saben, el modelo propuesto por estos últimos resulta el modelo al que aspirar. Mecanismo este que servirá para seguir legitimando y reproduciendo la dominación. 594 In-disciplinada Lo anterior sirve para explicarnos por qué tantos mensajes producidos por el pueblo, en tantas de sus prácticas sociales, es posible advertir la reiteración de esquemas, formas, modos, que no se corresponden con su situación e intereses de clase, sino que son más bien remedos del modelo introyectado. Es por ello que cuando hablamos de capacitación para la práctica de la comunicación popular, es necesario integrar los diferentes aspectos que asume la desposesión, la dominación, y que generan dos tipos de necesidades básicas: a. La necesidad de ir descubriendo(rescatando, revalorizando, creando) formas, modos de producción y distribución del conocimiento(canales, códigos, técnicas, etc.) que sean coherentes con la situación de clase y los propios intereses de los sectores populares. Lo que supone la necesidad de ir acrecentando la conciencia de clase. b. La necesidad de ir apropiándose(incorporando, adoptando, adaptando, creando) los instrumentos teóricos, técnicos y metodológicos imprescindibles para hacer viables esas nuevas formas y modos. Es decir, una necesidad de apropiación instrumental. Pero hay otro aspecto fundamental para ir acercándonos a una definición más precisa de lo que entendemos por capacitación. Las dos necesidades señaladas recién se van manifestando no como un a priori abstracto. No se siguen cursos de comunicación popular para después, teniendo un certificado, ponerse a trabajar; es haciendo comunicación popular que el pueblo comienza a experimentar su necesidad de conocer la realidad, de descubrir los mecanismos mediante los cuales se la ocultan permanentemente, de identificarse como clase dominada y de perfeccionar los instrumentos para comunicare entre sí. Por ello, la capacitación de la que hablamos no son actos aislados, sino un proceso en el que se van sumando diversos momentos y acciones según sea la práctica que va desarrollando cada grupo. Por ello mismo, la capacitación parte del nivel de conciencia real de cada grupo, de su propio contexto, integrando la reflexión y el trabajo, la teoría y la práctica, como momentos de un proceso único. Sintetizando, podemos entonces decir que entendemos la capacitación para la práctica de la comunicación popular como un proceso integral originado en las necesidades que los sectores populares experimentan en orden a SABER SABER, SABER CONOCERSE y SABER OPERAR en el campo específico de la comunicación, dentro de su praxis social global de liberación. Enseñan C z o a m d u e n la ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 595 No podríamos darnos por satisfechos con esa definición, si no enfatizáramos una cuestión básica: quién capacita a los sectores populares. Porque puede pensarse que, si el proceso de capacitación se origina en sus necesidades y carencias, obligadamente serían otros, venidos de afuera de esos sectores, quienes deberían convertirse en sus‘educadores’. Una interpretación semejante no haría sino reeditar el sistema de dominación y desposesión, ya que implicaría la elaboración de un conocimiento y una práctica exógena a las clases que necesitan apropiarse del saber y los instrumentos técnicos coherentes con su situación e intereses. Por ello, la capacitación para la práctica de la comunicación popular, como un aspecto o faceta de la educación popular, es un proceso en el cual los sectores populares se forman a sí mismos, de manera activa, generando así una educación con contenido de clase que tiende a la elevación de los niveles de conciencia y de las formas de organización y de acción. Ello no equivale a decir que estén impedidos de participar en estos procesos de capacitación personas y grupos a los que suele denominarse‘promotores’, ‘educadores’,‘centros intermedios’, etc. que han adoptado una posición de clase distinta a su origen de clase, a través de una opción por el proyecto de transformación del sistema vigente, y que desarrollan sus prácticas en el seno del pueblo. En América Latina, numerosas organizaciones dedicadas a la educación popular van cumpliendo su tarea en este sentido. Pero dejemos bien en claro algo: no son ellas quienes capacitan o educan a los sectores populares; es en una práctica conjunta que se va produciendo el avance de la conciencia, la consolidación de la organización y de los instrumentos de comunicación. Nadie enseña a nadie. Todos aprenden, si se quiere, trabajando en torno a un proyecto común, de manera organizada y sistemática. Hemos definido la capacitación como un proceso y ello nos obliga a precisar los momentos claves del mismo. Existe un primer momento, que solemos llamar de‘Detección de Necesidades’ y decimos primero porque es imposible generar un proceso de capacitación que no parta de una carencia reconocida como tal por quienes desarrollan una práctica de comunicación específica. Todo otro comienzo ería impuesto y como verdaderos sujetos del proceso sentido como‘no propio’, lo cual puede llegar a invalidar la tarea. Ahora bien, si como decíamos antes, las clases hegemónicas imponen un tal condicionamiento en el campo del saber que lleva al pueblo a adoptar 596 In-disciplinada modelos ajenos(situación típica, por otra parte, de una cultura refleja), advertimos que este momento primero de detección de necesidades es un momento realmente educativo que debe integrar: a. El análisis de las prácticas que se realizan: su finalidad, los medios que para la práctica de la comunicación se emplean, los sujetos que intervienen, su nivel de conciencia y organización, la eficacia de los instrumentos utilizados, los problemas que se afrontan. b. El análisis del contexto en que se realizan las prácticas de comunicación: los aspectos claves de la coyuntura económica, política y social y su significación estructural. c. El análisis de los medios con que podrían potenciarse dichas prácticas: posibilidades a nivel de recursos humanos, materiales, etc. De este momento depende la correcta implementación del proceso y que él se asuma no como una tarea más, sino como parte esencial de la práctica de la comunicación popular. De él depende, además, el encuadre de las tareas de capacitación dentro de una estrategia global, la misma que orienta la praxis social del grupo o sector. Hay un segundo momento: el de la‘Implementación de Acciones’ derivadas del primero. Aquí resulta esencial la correcta planificación de dichas acciones, así como la participación de todo el grupo como verdaderos sujetos del proceso. En este último sentido, las tendencias usuales a esperar recibir capacitación o aprender de los que saben deben ser objeto de especial atención. Esas tendencias se originan, justamente, en la concepción del saber impuesta por el sistema vigente y en los modos habituales de transmisión de conocimientos. De ahí que este momento adquiera relevancia en función del proceso de concientización al que la capacitación debe contribuir. Por ello, las acciones de capacitación popular deben tener en cuenta la reflexión sobre la concepción del saber que se tiene; la revalorización del conocimiento y aptitudes que se poseen como base generadora del proceso; la búsqueda de métodos a través de los cuales todos los participantes en el proceso se capaciten a partir de la reflexión y la práctica. El tercer momento es el de la‘Evaluación de las acciones’ realizadas. Es el momento de la retroalimentación, ya que la capacitación que se va adquiriendo permite profundizar la práctica desarrollada y permite generar Comunicación Popular 597 nuevas prácticas. Estas, a su vez, plantearán nuevas carencias y limitaciones con lo que regresamos a un momento equivalente al punto de partida, si bien en una situación cualitativamente diferente: ya sea por los avances logrados, o porque la misma evaluación se convierte en fuente de incremento de la capacidad crítica de los sujetos que intervienen en el proceso. ¿En qué capacitar? Hasta aquí hemos precisado algunos rasgos esenciales de lo que en nuestra perspectiva es la capacitación para la comunicación popular. Sin embargo, la pregunta ¿en qué capacitar? subsiste, y requiere ser contestada desde la especificidad que supone la tarea de producir, difundir y recibir mensajes. En otras palabras y retomando la definición que dábamos anteriormente, se trata de determinar en qué aspectos debemos centrar la capacitación para ‘saber operar el campo especifico de la comunicación’. Al abordar esta cuestión se tiene a veces la tendencia de reducirla al simple dominio de lo técnico. Por nuestra parte, estamos convencidos que siendo las técnicas un punto crucial para la eficacia de la comunicación popular, el ‘saber instrumental’ que necesitamos para su práctica es algo más complejo: un conjunto de elementos teóricos, técnicos y metodológicos del cual señalaremos aquellos que nuestra tarea en este campo nos ha ido revelando como fundamentales. En primer lugar, forma parte de este‘saber’, el saber seleccionar y utilizar medios y técnicas para la comunicación popular. Ambos aspectos—tan simples a simple vista— plantean serios problemas. Cierto es que, cumplido el momento inicial de detección de necesidades, los problemas comienzan a resolverse, pero solo parcialmente, ya que no basta reconocer una necesidad para estar en condiciones de satisfacerla. Un grupo mexicano dedicado al trabajo educativo(IMDEC) señala, al tratar de sistematizar su experiencia:“la necesidad de apropiación y/o creación de los instrumentos por parte de la base depende directamente del grado de conciencia logrado por un grupo través de sus luchas reivindicativas y la construcción de su organización... Nadie requiere sino los instrumentos necesarios para expresar y desarrollar su estado organizativo. Por esa razón, el problema de comunicación de la base con quien se trabaja no radica en la disponibilidad o no de técnicas simples a sofisticadas, sino en la necesidad de la base de reflejar su problemática y el desarrollo de sus luchas”. 598 In-disciplinada En principio compartimos esa postura, pero varias preguntas se imponen por sí mismas: ¿cómo determinar cuáles son los instrumentos necesarios para expresar y desarrollar determinado estado organizativo?, ¿se puede requerir lo que se desconoce?, ¿cómo determinar, en consecuencia, en el uso de cuáles medios y técnicas debemos capacitarnos para cumplir dichos objetivos? El problema, como se ve, forma parte de un dilema mayor, el dilema de la técnica, que en el campo en que trabajamos adquiere especial relevancia. Por lo general, la comunicación popular se lleva a cabo apelando a los medios‘con que se cuenta’ y utilizándolos‘como se puede’ o‘como se sabe’. En muchos casos sobre todo a nivel de base, es aquí donde se manifiesta la ya anotada dominación ideológica, la introyección de modelos contrarios a los intereses del pueblo ¿Quién no conoce, por ejemplo, los casos de periódicos populares que solo diferencian de la prensa masiva por ser más pobres, estar peor hechos y contener cierta información alternativa, pero sin modificar sustancialmente los procesos de producción, circulación y decodificación de dicha información?, ¿quién no se ha encontrado con grupos que anhelan tener un periódico o una radioemisora(los medios consagrados a nivel masivo para la información) y se desgastan en esfuerzos por conseguirlos y utilizarlos mientras—para sus fines— existen medios más aptos? Manifestación de lo mismo puede ser el desprecio que se siente, a menudo, por los medios y técnicas simples o de carácter artesanal. Pero también se dan los casos opuestos: como gran parte de los medios y técnicas han sido generados, desarrollados y son utilizados y controlados por las clases dominantes, se los rechaza por ser‘ajenos a la cultura popular’, condenando de tal modo al pueblo a aceptar la dominación en términos de no posesión, a no acceder, de acuerdo con sus necesidades y posibilidades, a nuevos lenguajes y canales. Para precisar: a. Los sectores populares suelen subvalorar formas de producción y distribución de mensajes que les son propias(llegan incluso a desconocerlas). b. Los sectores populares suelen desconocer medios y técnicas utilizados por los sectores dominantes pero que, tras un proceso de apropiación, pueden ser empleados de manera coherente con sus propios intereses. c. Los sectores populares suelen remedar—a nivel de los instrumentos— las prácticas que pretenden combatir. d. Los sectores populares suelen invalidar los aportes de la‘técnica’ en función de su proveniencia y de su actual control por los sectores hegemónicos. Enseñan C z o a m d u e n la ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 599 Porque en nuestra práctica cotidiana de comunicación popular advertimos esos problemas y la incidencia que tienen en la eficacia de la misma, creemos que los procesos de capacitación deben servir para clarificarlos. De ahí que el‘saber instrumental’ que en ellos se elabore debe tener en cuenta: a. Un conocimiento general de los recursos propios del grupo o sector, que es necesario revalorar y tornar más eficaces. b. Un conocimiento general de los medios y técnicas que, sin provenir originalmente de la praxis de los sectores populares, pueden ser utilizados por ellos. c. La valoración—en función del interés de clase— de los recursos provistos por el sistema y de su posible uso, destacando los problemas de condicionamiento ideológico-tecnológico y económico que tales recursos pueden conllevar. d. La selección de los medios más eficaces en función de los objetivos perseguidos, el contexto en el cual se trabaja y las características de los sujetos emisores y receptores. e. El entrenamiento en la utilización más eficaz posible de los instrumentos propios como de los medios o técnicas apropiados. En lo esencial no se trata, pues, sino de una necesaria desmitificación de ‘lo popular y la técnica’ mediante su análisis crítico. Como señalan los integrantes de otro grupo mexicano de educación popular(SEPAC) en un breve artículo referido a‘La técnica y su aplicación’, aceptar el avance del hombre”es asumir la historia, tomar lo valioso de su propia producción, ubicarla en su justa dimensión y aprovecharla con fines de clase, en lo que de aprovechable tiene”. Debemos, eso creemos, ampliar nuestro mundo político y con ello ampliar y aceptar los instrumentos, inventar sistemáticamente los cómo aplicables para que el fin último político sea realizable… Lo que el pueblo necesita no es sofisticación, sino poner en juego su imaginación y su historia para usar lo ya usado; minimizarlo en costo; simplificarlo en división del trabajo y, finalmente, ubicarlo como instrumento fuera de todo misterio; como utensilio que sirva para todos. Olvidarse del individualismo de saber, y aprender en colectivo. También forman parte de lo que denominamos‘saber instrumental’, aspectos teóricos y metodológicos muchas veces descuidados por la preeminencia conferida a los aspectos técnicos. 600 In-disciplinada A nivel teórico, los procesos de capacitación deben ir facilitando el conocimiento de cuestiones tales como la naturaleza de los procesos comunicacionales y los mecanismos de decodificación y codificación propios del grupo o sector en el que se trabaja(lo que equivale a conocer su modo de pensar, conocer y representar la realidad). Estas son cuestiones claves, sin duda, porque también respecto de ellas existe una especie de‘sentido común’ que las‘naturaliza’. Así, suele aceptarse como universalmente válida la interpretación que los teóricos orgánicos de los sectores hegemónicos realizan acerca de la comunicación, del rol de emisores y receptores, del funcionamiento de los canales, etc. Por otra parte, en tanto la comunicación popular es un instrumento para la concientización, organización y movilización del pueblo en función de su proyecto histórico de liberación, la capacitación debe posibilitar la creación y perfeccionamiento de metodologías de trabajo que, tanto a nivel de la producción de mensajes, como de su circulación y decodificación, garanticen el logro de dichos fines. En términos generales, metodologías que eliminen el sentido elitista, verticalista, persuasivo y alienante que preside la circulación de los mensajes de dominación. Si bien ya hemos hecho referencia a ello, queremos insistir en un punto vital: todos los aspectos incluidos dentro del‘saber instrumental’ que deben desarrollarse en un proceso de capacitación, tienen(deben tener) un referente preciso: el grupo o sector sujeto de dicho proceso. Su nivel de conciencia y desarrollo organizativo, su nivel de conocimientos y experiencias previas, capacidad económica, su disponibilidad en materia de recursos humanos, están en la base de la selección de medios y técnicas en que se centrará el aprendizaje, así como de los aspectos teóricos y metodológicos que deben priorizarse. De lo contrario, podremos trabajar con un‘buen modelo’, pero no estaremos desarrollando las aptitudes operativas, ni los procesos de conocimiento, ni los recursos metodológicos adecuados a cada caso específico. ¿Cómo instrumentar la capacitación? La pregunta es clave para el desarrollo de los procesos, pero no hay una respuesta única. Los instrumentos, materiales y métodos para llevarlos a cabo son múltiples y se multiplican gracias a la creatividad de los sectores populares y a la experiencia que van acumulando. Pero, cualesquiera sean los instrumentos empleados deben reunir unas condiciones básicas. Enseñan C z o a m d u e n la ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 601 Dadas las características que hemos venido apuntando y a partir de las cuales hemos definido qué es capacitar para la comunicación popular, las metodologías que utilicemos deben: a. Ser activas y participatorias. b. Partir de lo concreto y conocido y posibilitar la elaboración de nuevos conocimientos y la transformación de lo concreto. c. Partir de lo necesario y del reconocimiento de las necesidades. d. Impulsar el desarrollo de los grupos a nivel colectivo. e. Constituir modelos alternativos de producción y distribución de conocimientos. f. Posibilitar una capacitación integral. Queda dicho así—y en pocas palabras— que es imposible implementar un proceso de capacitación para la comunicación popular tal como lo definimos, apelando a metodologías que, modeladas en las concepciones del saber y el aprendizaje impuestas por el sistema, fomenten las actitudes pasivas de los sujetos de la capacitación, la división entre teoría y práctica, los desarrollos individuales, el entrenamiento parcial. A lo largo de nuestros países latinoamericanos, son muchos los esfuerzos que se realizan para lograr los métodos más eficaces y adecuados a los objetivos de la comunicación popular y a su naturaleza. En ese sentido, los Talleres de Comunicación, verdaderas unidades de producción teórica y técnica, en los cuales no sólo se aprende a comunicar, sino también a aprender y a capacitar a los demás, se van revelando como instrumento de especial validez. Pero aún falta mucho camino por andar. Las urgencias que nos impone la realidad de nuestros pueblos, que sin detenerse a pesar de los golpes que reciben, van construyendo día a día su proyecto de liberación, nos hacen caer a menudo en improvisaciones, en el pragmatismo, en el activismo; nos impiden aprovechar las experiencias acumuladas, reflexionar profundamente sobre ellas para enriquecerlas y avanzar. Por eso, el intento realizado en este artículo de sistematizar las ideas que desde el Programa de Comunicación de CELADEC hemos ido elaborando, en la práctica conjunta que desarrollamos con numerosos grupos latinoamericanos, no es algo definitivo ni mucho menos un discurso acabado. Es, más bien, un punto de partida para la profundización de la tarea 602 In-disciplinada de capacitación que llevamos adelante y que intenta ser una contribución eficaz para una práctica alternativa: la recuperación y elaboración, por parte del pueblo latinoamericano, de su identidad, de sus propios lenguajes, de instrumentos válidos para la organización y la acción transformadora de las estructuras de opresión de las que hoy somos víctimas. Enseñan C z o a m d u e n la ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 603 La formación de comunicadores en el marco de la promoción y la educación popular(1988) * Una reflexión orientada a aportar algunos elementos básicos acerca de la formación de comunicadores en el marco de la problemática global que nos plantea el primer seminario Regional de Animadores Culturales, Educadores y Comunicadores requiere una serie de consideraciones previas, ya que todo proceso formativo supone un contexto, unas necesidades, unas finalidades, una caracterización del sujeto que se aspira formar y, específicamente, una caracterización de las funciones que se atribuyen a ese sujeto o que se espera que él pueda llegar a cumplir. En ese sentido, nos parece necesario precisar el lugar que asignamos a la comunicación dentro de la dinámica sociopolítica de nuestras sociedades latinoamericanas, signadas en la mayoría de los casos por situaciones de dependencia externa y por profundas desigualdades internas en el terreno económico, político y cultural. Pero signadas también, esperanzadoramente, por confrontaciones y búsquedas que apuntan a la transformación social, a la superación de las injusticias existentes y a la efectiva y plena participación de todos los sectores en la escena social. Justamente, múltiples experiencias que se desarrollan hoy en nuestros países en orden a promover la organización de los sectores populares para hacer posible dicha participación reconocen que la comunicación es mucho más que una práctica de carácter instrumental. Es decir, mucho más que un conjunto de usos de canales o medios tecnológicos para la difusión de mensajes. Reconocen, en cambio, que la comunicación es un campo estratégico donde se construyen los sentidos y significados sociales, un conjunto de intercambios a partir de los cuales se van procesando identidades, normas, valores, se van articulando intereses, se van acumulando y legalizando saberes y poderes. Se va diseñando, en suma, un determinado orden social. * Ponencia presentada en el Primer Seminario Regional de Animadores Culturales, Educadores y Comunicadores, organizado por la Oficina Regional de Cultura para América Latina y el Caribe de la UNESCO, la Comisión Nacional Peruana de Cooperación con la UNESCO, y el Instituto Nacional de Investigación y Desarrollo de la Educación(INIDE) del Ministerio de Educación; realizado en Lima, Perú, del 7 al 10 de marzo de 1988. Inédito. 604 In-disciplinada Si pensamos la estructura comunicativa de nuestras sociedades como la red de hablas vigentes, es decir, como el entramado de discursos que diferentes sectores sociales pueden articular públicamente 1 , debemos reconocer que esa estructura se caracteriza hoy también, en la mayor parte de nuestros países, por una flagrante desigualdad. Mientras unos sectores pueden desplegar su discurso ante el conjunto de la sociedad, en distintos espacios y oportunidades, hecho que los cohesiona, los legitima y consecuentemente contribuye a conferirles poder, otros sectores carecen de dichas oportunidades. Y, lo que es más grave aún, impedidos históricamente de compartir los espacios públicos de expresión, no llegan siquiera a reivindicar su legítimo derecho a hacerlo, no alcanzan a reconocer su propia capacidad de hacerlo, internalizando de tal suerte su exclusión y naturalizándola. Nos referimos, claro está, a las mayorías populares, pero también a ciertas minorías étnicas, lingüísticas, religiosas, o a ciertos grupos particulares de población como las mujeres o los ancianos. Sin embargo, y como señalábamos antes, desde el campo popular, desde el conjunto de clases o grupos subalternos, también se ofrece resistencia, también se lucha por modificar ese ordenamiento social y comunicativo excluyente. Es allí, en esa dinámica de confrontación que asume características peculiares en cada realidad, que van apareciendo las necesidades de comunicación o las diversas formas de comunicarse de los grupos excluidos de la estructura comunicativa dominante. Hace algún tiempo, respondiendo a una pregunta que se nos formulara acerca de cuáles creíamos que eran las principales necesidades de participación comunicativa de los grupos populares en América Latina 2 , señalábamos, por ejemplo, que cuando una organización obrera o campesina lucha por sus propias reivindicaciones y apela a un periódico, a volantes y a comunicados para difundir sus reclamos y aglutinar al sector, no lo hace tanto por reivindicar su derecho a comunicar—aunque de hecho lo reivindica— sino porque la comunicación resulta esencial para la acción. Nos planteábamos que cuando las señoras de un barrio popular comienzan a trabajar en prevención de la salud de sus hijos y apelan a sociodramas realizados por ellas mismas que difunden a través de los parlantes de un mercado, de la parroquia o del 1 Una concepción que ha desarrollado la chilena Giselle Munizaga en“Algunas problematizaciones en torno al tema de la democratización de las comunicaciones destinadas a alimentar proposiciones programáticas”, mimeo, Santiago, 1983. 2 “Procesos de Comunicación Popular y enseñanza de la Comunicación”, entrevista publicada en la revista de la FELAFACS(Federación Latinoamericana de Asociaciones de Facultades de Comunicación Social) No. 14, Lima, 1986. Enseñan C z o a m d u e n la ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 605 centro comunitario, no lo hacen por entretenerse, aunque hacerlos y oírlos resulte entretenido. Buscan hacer consciente una problemática cotidiana y motivar a sus vecinas para ir encontrando formas de resolver el problema, por lo que la comunicación equivale—en ese caso— a la posibilidad de comprender y participar en torno a la realidad inmediata. Decíamos en aquella ocasión que, aun cuando multiplicáramos los ejemplos, siempre encontraríamos una constante: en sus esfuerzos por transformar sus condiciones de vida e ir creando un nuevo orden social—lo que desde algunas perspectivas podría considerarse como el proceso de construcción de una nueva hegemonía— los sectores subalternos van experimentando, descubriendo, diversas necesidades que pertenecen al terreno de la comunicación y la cultura, al campo de las relaciones y los intercambios simbólicos. Necesidades que tienen que ver con la producción de sentido y que podríamos precisar del siguiente modo: - Necesidad de informarse adecuadamente. Una información desde su situación e intereses que, en general, les es negada por los medios existentes. - Necesidad de comprender su realidad. De elaborar una explicación acerca de su situación de dominación y de poder expresarla para compartirla con sus iguales. - Necesidad de reconocerse a sí mismos como sujetos de la historia. Identificarse, autovalorarse, unir lo disperso y desigual a partir de lo que tienen en común. - Necesidad de mostrarse al conjunto de la sociedad. Hacer conocer su realidad y sus proyectos. - Necesidad de lograr formas auténticas de participación. Formas de acción conjunta, solidaria. Formas de compartir la palabra y el poder. Y más allá de las modalidades expresivas a las que se recurra, más allá de los niveles institucionales que se involucren e inclusive más allá de los medios tecnológicos que se empleen, lo que una significativa corriente de pensamiento viene denominando en América latina comunicación popular es el conjunto de prácticas a partir de las cuales los grupos populares van satisfaciendo esas necesidades, que es un modo de ir constituyéndose como actores sociales, es decir, un modo de ir construyendo su identidad, produciendo su cultura y sentando las bases de un diferente ordenamiento social. 606 In-disciplinada El desarrollo de esas prácticas comunicativas no es una novedad en nuestro continente. Ellas se inscriben en la propia historia de los movimientos populares. Pero debemos reconocer que es a partir de la década del 60 y con notorio énfasis desde los años 70 que estas prácticas comienzan a multiplicarse y diversificarse a raíz de la conjunción de intereses y esfuerzos propios de los grupos populares en los de una amplia gama de organizaciones intermedias que, comprometidas con las ideas de transformación social, promueven y/o apoyan procesos organizativo y educativos a nivel de base 3 . Es en ese encuentro donde situamos la aparición de la preocupación por lo que dio en llamarse la formación o capacitación para la comunicación popular. Durante casi diez años compartimos con diversas instituciones latinoamericanas una significativa cantidad de experiencias a través de la cuales fuimos esclareciéndonos, realizando nuestro propio aprendizaje acerca del sentido que podía y debía adquirir una formación en orden a motivar, desarrollar y/o potenciar las prácticas de comunicación de los sectores populares 4 . Actualmente podemos reconocer notables avances conceptuales y metodológicos en ese campo 5 . Sin embargo, sentimos que el conjunto de acciones destinadas a la formación de comunicadores—desde la perspectiva de la comunicación popular— no han sido más que ocasionalmente sistematizadas, analizadas y evaluadas de modo tal que su variedad y riqueza se conviertan en base orientadora para nuevas experiencias. Por ello, y sin pretender cubrir ese vacío en esta presentación, intentaré rescatar algunos aspectos que considero centrales para que la discusión en este seminario de cuenta al menos en parte del camino recorrido y contribuya a su enriquecimiento. 3 Una caracterización de los modos de acción de tales organizaciones puede verse en Paiva, Alfredo,“La comunicación alternativa: sus campos de influencia, sus limitaciones y sus perspectivas de desarrollo” en Reyes Pata, Fernando(comp.) Comunicación Alternativa y búsquedas Democráticas, ILET, México, 1983. 4 Lo hicimos a partir de nuestro desempeño como asistente técnico y capacitadora del Programa de Comunicación de CELADEC(Comisión Evangélica Latinoamericana en Educación Cristiana) con sede en Perú hasta hace unos años y como Coordinadora del área de Investigación y capacitadora de ALER(Asociación Latinoamericana de Educación Radiofónica) con sede en Quito. 5 Existen aportes significativos como los realizados por Mario Kaplún en su libro El comunicador Popular, CIESPAL, Quito, 1985; por Alfredo Paiva,“La capacitación en la práctica de la comunicación popular” en Comunicación Popular educativa, CIESPAL, Quito, 1984; Rosa María Alfaro en Palabra de mujer, Asoc. de Comunicadores Sociales Calandria- Tarea, Lima, 1987, por los chilenos Valerio Fuenzalida y María Eugenia Hermosilla en el campo de la formación para la recepción crítica, entre otros. Enseñan C z o a m d u e n la ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 607 1. Origen, niveles y aspectos esenciales de los procesos de formación La primera cuestión que considero significativa en tanto es una constante en numerosas experiencias es el modo en que se originan los procesos de formación para la comunicación popular que, en una evaluación a mediano o largo plazo, demuestran haber contribuido a generar espacios y prácticas comunicativas a través de las cuales los sectores populares van afianzándose, creciendo en organización y protagonismo. Esos procesos surgen de necesidades derivadas de la práctica, ya sea de la propia acción de organizaciones y grupos populares como de la labor que las instituciones intermedias de promoción y educación popular desarrollan en relación con dichos grupos. Evidentemente se trata de necesidades diversas según nos ubiquemos en uno u otro nivel y según el grado de desarrollo alcanzado por grupos o instituciones. En ocasiones se trata de necesidades bien delimitadas, precisas. En otras, de un sentimiento difuso de“no saber”, de intuiciones iniciales que quieren profundizarse. Pero lo común es que estos procesos formativos no obedecen a una voluntad de“formarse profesionalmente para luego actuar”, sino que es la acción misma la que los demanda y justifica y, en consecuencia, es la naturaleza de esa acción, las características de sus protagonistas y de los contextos particulares en los que ella se desarrolla, la que determina en buena medida sus objetivos y contenidos. Reconstruyendo la lógica de numerosos procesos de formación, podemos llegar a categorizar las necesidades generales que los sustentan. Casi invariablemente, el punto de arranque de esos procesos está constituido por necesidades técnico-operativas. Ya sea que se solicite aprender a hacer un periódico o a mejorar el que se edita, ya sea que se requiera saber cómo transmitir las situaciones vividas a través de imágenes o de un relato, es obvio que para numerosos grupos populares se torna imprescindible volverse aptos para producir e intercambiar mensajes a través del dominio de ciertas técnicas apropiadas. En el caso de las instituciones intermedias, también se explicitan necesidades similares, a veces referidas a la producción de medios y mensajes de naturaleza educativa, otras a cuestiones tales como la planificación de procesos comunicativos, a la evaluación de los mismos. Se trata de una necesidad básica de saber hacer, de un conocimiento de carácter instrumental que se demanda a ambos niveles para poder desarrollar o impulsar prácticas comunicativas a nivel de base. 608 In-disciplinada Ahora bien, dada la índole de lo que denominamos comunicación popular, y en tanto los procesos formativos a que estamos haciendo referencia están estrechamente ligados a la situación y práctica de los grupos o instituciones que los demandan, la satisfacción de las necesidades técnico-operativas no puede realizarse sin una reflexión que permita a los sectores populares comprender las razones de su exclusión de los sistemas comunicativos dominantes, que les posibilite recuperar y revalorar sus propios modos expresivos, determinar los espacios posibles para el desarrollo de sus prácticas comunicativas, las diferentes dimensiones(grupales, institucionales, masivas) en que son necesarias y viables. Del mismo modo, en lo que concierne a las instituciones intermedias, difícilmente pueden preparase para operar eficazmente en la línea de la comunicación popular sin esclarecer aspectos claves para su labor, tales como el papel de la comunicación en la práctica organizativa y educativa popular, la vinculación de esos procesos con la cultura de los sectores populares, la propia relación entre dichos sectores y los agentes institucionales. Estamos aludiendo, de este modo, a un segundo tipo de necesidades que sustentan los procesos formativos: las necesidades teórico-estratégicas, que podríamos definir como el conjunto de aspectos político-conceptuales sin cuyo concurso, lejos de caminarse hacia la construcción de un orden social diferente, es muy probable que se reiteren y refuercen las prácticas hegemónicas, las mismas conductas pasivas y/o autoritarias, similares sistemas de exclusión y desvalorización de lo no legitimado en las estructuras comunicativas vigentes, idénticas nociones de lo que merece ser producido y/o difundido, idénticas modalidades de producción y consumo. Una tercera categoría de necesidades está constituida por las que llamamos necesidades pedagógicas. Es decir, el conjunto de conocimientos y aptitudes que los agentes de instituciones intermedias reconocen como imprescindibles para poder impulsar procesos formativos a nivel de base. Demandas que generalmente forman parte de los que denominamos efectos multiplicadores de los procesos de formación emprendidos, ya que se derivan de la intención de devenir verdaderos capacitadores para la comunicación popular. El tipo de necesidades que subyacen en los procesos formativos que estamos reconstruyendo, así como su origen, se encuentran en la base de otro aspecto que creemos esencial para la discusión del tema que nos ocupa. Enseñan C z o a m d u e n la ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 609 2. Metodología para la formación El camino recorrido por las instituciones dedicadas a la formación para la comunicación popular no ha estado exento de tanteos, errores y rectificaciones que, en suma, son las que han posibilitado el aprendizaje y que nos permiten hoy identificar tres pasos o momentos claves en dichos procesos formativos. a. Detección de problemas o necesidades Si bien antes señalábamos que el origen de los procesos formativos está dado por la propia práctica de grupos e instituciones, este primer momento es imprescindible para generar un proceso de formación válido, es decir, sentido como propio por los participantes en el mismo y asumido como útil. Por otro lado, la experiencia indica que, en la mayoría de los casos, las demandas de formación originadas en la práctica no siempre expresan a cabalidad los problemas existentes o el conjunto de necesidades a satisfacer y, mucho menos, los posibles modos de satisfacerlas. Por ello, este primer momento, que equivale a un estadio de planificación del proceso, integra varios elementos. Por un lado, el análisis de la prácticas que realizan los grupos que demandan formación: su finalidad, los medios que se emplean, los sujetos que intervienen, su cultura, sus niveles de organización y participación, la eficacia de los instrumentos utilizados, los problemas que se afrontan. Por otro lado, el análisis del contexto en que se realizan las prácticas comunicativas. Y cuando decimos contexto nos referimos no sólo a la coyuntura económica y política que se vive, sino al conjunto de prácticas culturales y comunicativas en que están insertas esas prácticas. Por último, el análisis de las formas y medios con que podrían potenciarse las mismas, las posibilidades a nivel de recursos materiales y humanos, lo que se quiere y se puede hacer. Como se advierte, este primer momento es fundamental. De él depende el correcto encuadre de las tareas de capacitación dentro de una estrategia global que orienta la práctica social del grupo o institución con la que se trabaja. Nos libra o por lo menos nos ayuda a disminuir el riesgo de que esa capacitación tenga más que ver con modelos teóricos o modelos prácticos extraídos de experiencias y contextos muy diferentes, que con la propia realidad de los sujetos de la formación. De ahí que, aunque decimos 610 In-disciplinada que es equivalente a una fase de planificación, le otorgamos el carácter de momento inicial de los procesos formativos. Ya que se realiza con los sujetos del proceso y les permite, donde un comienzo, percibir la naturaleza compleja de los procesos de comunicación. Las modalidades o formas de trabajo con las que se lleva adelante este primer momento varían según las circunstancias. A veces, se realizan talleres a partir de los cuales se diseña la continuidad del proceso. Otras, se organizan Jornadas de trabajo preparatorias. En ciertos casos, cuando existe un nivel de claridad que permite iniciar el proceso con una buena determinación previa de contenidos teóricos y técnicos, se suelen destinar las primeras sesiones de cursos o talleres para la revisión de la práctica desarrollada, el análisis contextual y el ajuste de los contenidos. Indudablemente existen instituciones que plantean de otro modo el inicio de procesos de capacitación que, igualmente, se proponen contribuir a la democratización de las prácticas culturales y comunicativas. Algunos centros privados y también organismos de carácter estatal ofertan periódicamente cursos u otras actividades para que quienes lo deseen o necesiten, a raíz de su vinculación con grupos de base o de su pertenencia a los mismos, puedan adquirir un conjunto de habilidades y conocimientos pertinentes. En la última Asamblea General que el CEAAL(Consejo de Educación de Adultos de América Latina) realizó en México, representantes de diversos centros relacionados con su Programa de Comunicación Popular señalaban las limitaciones e inconvenientes de acciones de esa naturaleza, que compartimos: “Los Centros que se especializan en capacitación en técnicas de comunicación por lo general no se vinculan a los procesos educativos de las organizaciones y eso los reduce a una acción puntual sin mayores resultados. Siguen viendo la comunicación como un tema de especialistas, en el que la organización no participa de manera definitoria”. Y tras esa observación se planteaban a sí mismos: “Los Centros debemos evitar aparecer con nuestras ofertas de capacitación como quien vende mercancías y reafirmar la necesidad de involucrarnos conjuntamente con las organizaciones en un mismo proceso. Muchas veces las organizaciones piden a los Centros capacitación en técnicas para mejorar su capacidad de Enseñan C z o a m d u e n la ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 611 información hacia la base. Los Centros pueden optar por aceptar tales demandas, para a partir de allí ampliar conjuntamente con las organizaciones el marco de la temática, entrando así a impulsar reales procesos de comunicación” 6 . b. Implementación de actividades formativas Es un momento que deriva necesariamente del anterior. Las actividades pueden ser de diferente tipo. Nuestra experiencia nos lleva a privilegiar tres tipos o modalidades de acciones formativas que, a nuestro juicio, garantizan que la formación sea un proceso de producción colectiva de conocimientos teóricos y técnicos enraizados en la realidad y en la práctica de los grupos populares y las instituciones intermedias. Es decir, modalidades que rescatan para la formación en comunicación los principios metodológicos básicos de la educación popular: un proceso en el cual los sectores populares se forman a sí mismos con el aporte de técnicos e intelectuales y que tiende a consolidar un pensamiento y acción autónoma de dichos sectores. Un proceso en el cual desaparece la idea de un maestro que enseña o transfiere conocimientos, y se enfatiza el análisis y la producción conjunta. Aun cuando no podamos explayarnos mucho en esta ocasión acerca de cada una de esas modalidades formativas, señalaremos algunos aspectos básicos de las mismas. Una de ellas con los llamados talleres de comunicación popular. Espacios en los cuales un determinado grupo—integrado por miembros de una misma organización o institución o por participantes de grupos afines o con prácticas similares— se autocapacita en aspectos específicos que requieren para implementar procesos comunicativos. Así, por ejemplo, se han generado talleres de periodismo popular, de teatro o títeres, talleres de producción radiofónica, de medios audiovisuales, etc. Lo importante, en este tipo de modalidad, es que el taller combina la apropiación de técnicas existentes—que los participantes pueden desconocer— con la creación de formas propias. Y que, tal como señalamos en un comienzo, combina el entrenamiento técnico con la reflexión teórica, la práctica y la conceptualización de una práctica, el análisis del sistema comunicativo dominante, y el diseño de propuestas alternativas 7 . 6 “Informe de Guanajuato” en Pregonero del Programa de Comunicación Popular de CEAAL, No. 3, enero-marzo de 1988. 7 Son múltiples las Instituciones que han desarrollado y perfeccionado la metodología de los talleres de comunicación. Entre ellas, el Servicio Colombiano de Comunicación Social, el CINEP 612 In-disciplinada Otra de las modalidades formativas que privilegiamos es lo que hemos dado en llamar capacitación en terreno o capacitación en la acción. En este caso, se trata de generar, al interior mismo de la práctica habitual, un espacio de trabajo permanente(Jornadas periódicas) o más puntual(talleres) en el cual esa práctica se va reflexionando, evaluando colectivamente y modificando a través de la innovación técnica, de la puesta en marcha de nuevas acciones y procesos, de la búsqueda y experimentación de diferentes formas de comunicación. Dada la naturaleza de esta modalidad formativa, ella se desarrolla con organizaciones populares o instituciones específicas y se involucra a la mayor cantidad posible—si no a la totalidad— de integrantes. La ventaja que ello proporciona es el avance parejo de los grupos y la posibilidad de tomar decisiones orgánicas que aseguran una mayor efectividad del proceso formativo, hecho que no es posible lograr a partir de la modalidad anterior, salvo en ocasiones muy excepcionales 8 . La tercera modalidad formativa que hemos experimentado con resultados alentadores, aunque ciertamente está menos difundida, es la que se realiza a través de procesos de investigación-acción. Son los casos en los que un grupo popular o una institución que desarrolla prácticas de comunicación popular se propone conocerla sistemáticamente y, al investigarla, van produciendo transformación de la misma. Van detectando errores y logros, descubriendo aspectos desconocidos, redefiniendo estrategias, variando los modos de producción 9 . La elección de una u otra modalidad formativa no es, como puede suponerse, algo sencillo y que pueda hacerse a priori. Es en el primer momento de detección de necesidades donde deben recogerse y procesarse los elementos básicos para poder hacerlo y ello constituye ya parte del proceso formativo. (Colombia), CESAP(Venezuela), CEDECO(Ecuador). Una consideración detallada de este tipo de modalidad formativa puede verse en Mata, María C. y Paiva, A.,“Talleres de documentación y comunicación: sistematización y evaluación de la experiencia” en Documentación y comunicación popular, CELADEC, Lima, 1979. 8 Una experiencia significativa, en este sentido, la constituye a nuestro juicio la desarrollada por ALER, institución que tras modificar su sistema de capacitación y basar preferentemente dicha labor en esta modalidad, permitió transformaciones y crecimiento de las instituciones y radios que la integran. 9 Hemos compartido una experiencia de este tipo en Mata. M. C., Radio Enriquillo: en diálogo con el pueblo, ALER, Quito, 1985. Enseñan C z o a m d u e n la ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 613 c. Evaluación y seguimiento de las acciones Es el tercer momento clave—metodológicamente hablando— en los procesos de formación para la comunicación popular. Es un momento de retroalimentación grupal, ya que la capacitación que se ha ido desarrollando genera nuevas prácticas, y su evaluación, permite detectar nuevas carencias o limitaciones, nuevas necesidades. Con ello se regresa a un momento equivalente al punto de partida pero cualitativamente diferente porque, a través del proceso iniciado, se ha producido un incremento de la capacidad crítica y operativa de quienes intervienen en él. La inclusión de este como paso metodológico en la formación para la comunicación popular obedece a la comprobación realizada por diversas instituciones sobre la imposibilidad de obtener resultados válidos a través de acciones aisladas, aun cuando sean numerosas o frecuentes. La idea de secuencialidad determinada a partir de la propia práctica aparece entonces como opuesta a la idea de secuencia que suele presidir planes o currículos más formalizados, ya que ella no tiene en cuenta los procesos socio-comunicativos desarrollados por los sujetos de la formación, sino básicamente, la complejidad o interrelación de contenidos disciplinarios 10 . 3. Ámbitos para la formación Los ámbitos institucionales en que se han desarrollado mayoritariamente los procesos de formación para la comunicación popular en América latina también nos permiten recoger algunas enseñanzas. Básicamente tales procesos han sido animados localmente por organizaciones intermedias que se definen a sí mismas como instituciones de comunicación popular o de educación popular con áreas o departamentos de comunicación. Instituciones que, bueno es señalarlo aquí, fueron formándose a sí mismas y convirtiéndose a partir de su práctica en referentes de otras con menor desarrollo en este campo o sin una práctica específica en el mismo. 10 Existen también y basadas en los mismos principios que acabamos de exponer, metodologías que se denominan de“alternancia”. En estos casos se combinan acciones formativas intensivas con períodos de aplicación que los sujetos cumplen en sus propias realidades. INCUPO(Instituto de Cultura Popular, Argentina) ha experimentado con resultados positivos esta modalidad en otros campos de la educación popular. 614 In-disciplinada A nivel regional, los procesos formativos fueron asumidos por redes de centros—algunas formalizadas, otras no— o por instituciones de segundo grado constituidas a partir de la voluntad de instituciones comunicativas de potenciar su labor y cooperar entre sí. Lo significativo en este segundo caso resulta—a mi juicio— la homogeneidad conceptual y metodológica alcanzada a pesar de las diversidades nacionales y de los proyectos particulares. Un hecho sólo explicable por la básica unanimidad existente en torno a la concepción del lugar que la comunicación ocupa en los procesos de transformación social que demandan nuestros pueblos y acerca del rol protagónico que los sectores populares tienen en tales procesos. Ante esa realidad, nos parece oportuno hacer referencia al porqué los ámbitos académicos tradicionales de formación de comunicadores—las escuelas o facultades de Comunicación Social— estuvieron ausentes(y en general lo siguen estando) de ese amplio movimiento de formación para la comunicación popular. Creo que tradicionalmente las facultades de comunicación social han sido ajenas a los procesos de comunicación popular y ello se debe a un conjunto de razones entre las cuales destacamos dos. En primer lugar, al modelo bajo el cual fueron concebidas la mayor parte de ellas: un modelo mediático, orientado a la formación de profesionales para los medios masivos y, particularmente, para las empresas periodísticas. En segundo lugar, al sesgo que tienen la mayoría de las universidades latinoamericanas, inspiradas más en modelos foráneos y en una concepción académica del saber que en las propias realidades nacionales y en las necesidades de las mayorías. La distancia existente entre la universidad y los procesos de comunicación popular se ha acortado, de hecho, en algunas realidades y coyunturas precisas y también a partir de la labor de docentes y estudiantes que alientan posturas críticas comprometidas con el cambio social 11 . Sin embargo, retomando la caracterización que realizamos en un comienzo acerca de la comunicación popular y los aspectos básicos de los procesos formativos 11 Así ocurrió en Argentina, entre los años 73 y 75, en varias escuelas y facultades de comunicación. Pero ello obedecía a una coyuntura política concreta, al desarrollo desde varios sectores sociales y políticos de propuestas nacionales y transformadoras. Hoy existen experiencias en algunas Universidades latinoamericanas que, a pesar de ser limitadas o incipientes, parecen ser rescatadas. Tal lo que ocurre en algunas cátedras y áreas de la Universidad de Lima(Perú), la Universidad Autónoma Metropolitana de México, la Universidad del Valle de Cali, Colombia, o el posgrado de la Metodista de Sao Paulo, Brasil. Enseñan C z o a m d u e n la ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 615 que hemos reseñado, así como sus rasgos metodológicos, se advierte que no se trata—como a veces se piensa voluntaristamente— de incorporar sin más ni más una materia o área con ese nombre para que las facultades comiencen a modificar su rol y se conviertan en espacios de formación para la comunicación popular. Se requeriría, para que ello fuese posible, una sensible transformación que implicara, en primer lugar, el reconocimiento de lo popular como espacio dinámico, productivo y no meramente reproductivo de las ideas dominantes; en segundo lugar, una real inserción y compromiso de la institución con los grupos populares y las instituciones que trabajan con ellos en pos de la transformación social. Y, en tercer lugar—pero tal vez es lo básico y la condición previa— una revisión del papel que se asigna a la universidad—a la institución, a los técnicos y profesionales, al propio saber tecnológico y científico— en las particulares coyunturas que viven nuestros países y en relación con los movimientos populares. Lo cual, obviamente, excede la problemática de la formación para la comunicación pero que la engloba, porque forma parte de un debate mayor sobre el poder y el saber sobre el modelo de sociedad al que se aspira y en función del cual se trabaja. 4. Algunas recomendaciones finales A la luz de lo expuesto, quisiéramos finalizar nuestra presentación—que obviamente no ha agotado la complejidad del tema— compartiendo algunos criterios que, a nuestro juicio, deben tenerse en cuenta a la hora de diseñar procesos formativos que aspiren a favorecer la expresión e interconexión de los grupos y sectores excluidos de los sistemas de comunicación vigentes y, en consecuencia, a sumarse a los esfuerzos por una auténtica democratización de nuestras realidades. a. La formación de comunicadores para la comunicación popular —pertenezcan o no estrictamente a los sectores populares— no constituye una especialidad más dentro del campo de la formación de profesionales de la comunicación, asumida por instituciones públicas o privadas, promocionales o académicas. Implica opciones políticas y metodológicas que se expresan básicamente en el compromiso con los sectores populares y la vinculación orgánica con los mismos. b. En consecuencia, los procesos formativos requieren diseñarse a partir de las prácticas existentes—comunicativas, educativas, organizativas— y contribuir a su profundización. Las acciones formativas aisladas, por 616 In-disciplinada valiosas que puedan ser, no demuestran constituir un aporte significativo en ese sentido. c. Los contenidos de los procesos formativos, cualquiera sea la necesidad inmediata que tratan de satisfacer, deben integrar aspectos técnicooperativos y político-conceptuales. Deben combinar tanto el análisis crítico de las estructuras de comunicación dominantes como el de las propias prácticas comunicativas populares que se desarrollan actualmente y las que históricamente se fueron dando. De lo contrario, puede llegarse a negarles su sentido, aislándolas de los actores y contextos que las constituyen como tales, y convirtiéndolas en meros artefactos técnicos, en recetarios vaciados de espesor. d. Las modalidades formativas a emplearse deben garantizar la producción de conocimiento—no su mera transferencia— y posibilitar la expresión y creatividad de los sujetos participantes, así como desarrollar sus aptitudes para diseñar, implementar y evaluar procesos comunicativos. e. La finalidad última que oriente los procesos de formación para la comunicación popular debe ser el surgimiento de un nuevo actor social—nuevos actores sociales— con posibilidades y capacidades para ocupar su lugar dentro de la estructura comunicativa de la sociedad, tanto a partir de prácticas grupales o masivas, sencillas o más complejas tecnológicamente. Enseñan C z o a m d u e n la ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 617 Saber sobre la radio(1998) * En septiembre, los profesores de numerosas cátedras de producción radiofónica de las Escuelas y Facultades de Comunicación de Argentina se reunieron en las Sextas Jomadas La Radio de Fin de Siglo. Año tras año, esos encuentros han sido la ocasión para compartir sus experiencias docentes, para interrogarse sobre ellas, para perfeccionar su labor. Que yo sepa, son los únicos profesores que han institucionalizado esa buena costumbre de encontrarse para aprender entre sí. Tal vez porque, como algunos de ellos suelen decir, la radio suele ser la‘parienta pobre’ en la familia de los medios y en los medios académicos. En 1996 el tema propuesto para las Cuartas Jornadas fue los saberes necesarios para construir metodologías de enseñanza en la comunicación radiofónica. Para mí, invitada a participar como ponente, el tema resultó francamente provocador. En medio de un fin de siglo cuando el necesario reconocimiento de la pluralidad y el respeto por las diferencias corren siempre el riesgo de convertirse en igualación de los contrarios, pérdida de las jerarquías y suspensión de la crítica en favor de la descripción de lo realmente existente, sentí que pensar en‘lo necesario’ obligaba a una reflexión sustancial. Una reflexión que pasaba, a mi entender, no tanto, o no en primer lugar, por el cuestionamiento de las estrategias metodológicas empleadas en la enseñanza de la radio, sino básicamente y en primer lugar, por la revisión de nuestra concepción del medio que, necesariamente, se vinculaba con una cierta concepción de la comunicación y la cultura. Desde esa convicción compartí con los profesores asistentes un conjunto de ideas que, enriquecidas con el debate que suscitaron, son la base de este artículo. 1 ¿De qué radio hablamos? En 1943, en esa especie de alegato contra los males de la civilización urbana que es La Cabeza de Goliat, Ezequiel Martínez Estrada escribía: * Artículo publicado originalmente en SIGNO Y PENSAMIENTO N. 33 XVI Universidad Javeriana, Departamento de Comunicación, 1998 pp. 91-98. 1 La ponencia original, con el título de Radio: los saberes negados fue publicada en la Revista Oficios Terrestres editada por la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata. 618 In-disciplinada “Si hay algo que responda simétricamente a la ciudad, como voz que le sale del alma, es la radio, imagen sonora de la ciudad. Un caos. Lo cosmopolita y lo cursi, lo grosero y lo poderoso, lo noble y lo guarango. Una audición completa de cualquier broadcasting (incluyamos la del Estado que tamiza la ordinariez) es una placa fonográfica de la urbe, una radiofonoscopía de la entraña... Como el canto o el silbo automático del operario y del transeúnte distraído, exterioriza más que su estado de ánimo del momento un jirón profundo de su personalidad definido por la canción, así la voz infinitamente disgregada de la radio resume lo que Buenos Aires piensa, siente, codicia…” 2 En esas mismas páginas Martínez Estrada identifica la radio con‘la voz del diablo’, con un‘amigo desleal’ a quien no puede cerrarse la puerta porque siempre trae algún regalo interesante. La voz que sale del alma de Buenos Aires no puede, para él, sino nombrar su intrínseco mal: su perversa desmesura, la pérdida de humanidad, la mercantilización de todo trazo. No es mi intención rescatar o discutir ese lapidario juicio. Pero sí quiero poner a la radio—de la mano de Martínez Estrada— en un escenario. En el lugar material desde el cual se construye como palabra colectiva. Dejo Argentina y los albores de la radiodifusión para ubicarme hoy en los sonidos de la música punk. Radio es el título de la composición del grupo norteamericano Rancid en la que dicen: “Una cálida noche de verano estaba bebiendo con mi padre. El intentó darme el amor que nunca tuve pero le dio más amor a su botella de vino. Así que tuve que irme a encontrar otro tipo de amor. Acá está. Acá estoy. Préndela bien fuerte. Radio. Radio. Cuando tengo la música tengo un lugar adónde ir.” Tampoco intento, con esa estrofa, hacer el elogio del medio como sustituto afectivo de algún bien faltante. Pero la estrofa de Rancid me permite colocar la radio en otro escenario: en el imaginario desde el cual también deviene 2 MARTINEZ ESTRADA, Ezequiel. La cabeza de Goliat. Buenos Aires: Edito- rial Nova, 3a.ed., 1957, p. 200 Enseñan C z o a m d u e n la ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 619 voz—en el sentido de expresión— que no nombra tan sólo a quien habla sino a quien escucha. Para poner la radio en ese lugar podría haber apelado a textos menos literarios. Podría, por ejemplo, haberme basado en estudios realizados en Córdoba acerca de los llamados de oyentes que, con sus intervenciones telefónicas, construyen, día a día, uno de los programas locales de mayor audiencia y que, entre otras cosas, viven esa intervención como el auxilio o desahogo para sus situaciones de indefensión y angustia sabiendo que, de todos modos, corren el incesante riesgo de ser aplanados,‘desindividualizados’, por el ritmo incesante de la producción informativa. Habría logrado resultados semejantes—es decir, hubiese podido ubicar la radio en medio de unas ciertas condiciones de vida físicas y espirituales— si hubiese apelado a numerosos textos de la narrativa argentina y latinoamericana, a películas bien conocidas por todos, a testimonios y ensayos políticos tan alejados entre sí como los que dan cuenta de las experiencias de los mineros bolivianos, de la liberación de Argelia, de la lucha revolucionaria en El guerra de Salvador, o de las estrategias propagandísticas del Tercer Reich. Pero el resultado habría sido muy diferente si hubiese apelado a la convencional bibliografía destinada a la enseñanza de la radio: mezcla más o menos rigurosa de datos históricos, jurídicos y técnicos, de consideraciones sobre la naturaleza y condiciones intrínsecas de funcionamiento del medio y de instrucciones orientadas a la capacitación práctica en su manejo y en la producción de programas sin dejar de lado—por supuesto— algunas más elevadas proposiciones de carácter estético. Creo que en esa distancia, en esa brecha que hace de la radio dos objetos sustancialmente distintos, está la pista que puede ayudamos a reflexionar acerca de lo que en aquellas jornadas llamé—y algunos pueden haber sentido que se trataba de una denominación soberbia o admonitoria—‘los saberes negados’ acerca de la radio. La brecha escinde, a la manera de las grietas abismales que provocan los terremotos, dos objetos que son producto de diferentes miradas. De un lado la radio, instrumento de comunicación. De otro, la radio como hecho cultural, cristalización y espacio de producción de la sociedad mediática. Pero la brecha de la que hablo—esa que distingue objetos— no siempre o no necesariamente separa terrenos: de un lado unas cátedras, unos talleres, unos profesores, unas investigaciones, unos textos; del otro, otros. Es una brecha que también suele producirse bajo la apariencia de superficies sin 620 In-disciplinada fisuras; la grieta escondida bajo la capa de hielo que no resiste la presión del tránsito: a la hora del‘pensar’, la radio es oralidad, espacio de identidad, una historia de saberes y usos, sujetos en vinculación, palimpsesto en el que se anudan, al decir de Juan Guillermo Buenaventura, variadas escrituras y lecturas de la vida social. 3 A la hora del‘hacer’, la radio es artefacto técnico, formatos, mezcla de códigos, normas y criterios de producción. Y eso no ocurre sólo en el campo de la formación universitaria sino en múltiples instancias educativas; también en las que se desarrollan alrededor de lo que en América Latina conocemos como experiencias de radio populares y comunitarias. Hay que reconocer, por otro lado, que la brecha no se cierra en torno de otros medios—prensa, televisión, videos—, parece sesgarlos a todos. O mejor, amenazarlos a todos. Más allá de sus determinaciones particulares, lo que persiste es la mirada dual. Una dualidad usualmente justificada—quiero decir, incuestionada pero sistemáticamente lamentada en las Escuelas y Facultades de Comunicación— bajo el simplificador recurso explicativo de la tensión teoría-práctica 4 . No sería posible ahondar aquí en esa cuestión. Sin embargo, cada vez creo más en su pertinencia y en la necesidad de hacerlo. Es decir, en la necesidad de reconsiderar las bases conceptuales sobre las cuales fundamos el pensar y el hacer comunicativos. Por eso, sin entrar en esa reconsideración de carácter más global, intentaré que ella aflore, que se haga visible en mis reflexiones sobre la posibilidad de cerrar la brecha en el caso específico de la radio. Sobre la posibilidad de restituirle su unidad como objeto completo y complejo en torno al cual el pensar y el hacer no sean categorías y momentos disociados, antagónicos, o simplemente vinculados por el nexo de la aplicabilidad de unas ciertas teorías en la acción, sino momentos diferentes pero convergentes 5 . Hablamos de un medio complejo El primer requisito para no violentar la complejidad de la radio consiste en restituirle su condición de práctica comunicativa que, en tanto práctica 3 Ver BUENAVENTURA, Juan Guillermo. La programación radial: palimpsesto y mapa de la cultura urbana. En Diálogos de la Comunicación. N° 26. Lima: Felafacs, marzo de 1990. 4 Al respecto, ver el sugerente trabajo de Carlos Luna Cortés, La tensión teoría-práctica en la enseñanza. En Diálogos de la Comunicación. No. 35, Lima: Felafacs, marzo de 1993. 5 Para una profundización del tema puede verse Notas marginales sobre teoría y praxis, el capítulo que Theodor Adorno dedica a la cuestión en Consignas. Buenos Aires: Amorrortu, 1993, pp. 159 a 180. Enseñan C z o a m d u e n la ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 621 social, es una de las variadas actividades a través de las cuales los seres humanos construimos la realidad, siempre bajo condiciones determinadas. Como sabemos, no existe práctica social sin significación para el sujeto que la realiza y para aquellos con quienes se relaciona en dicha acción. Vinculada a su dimensión teleológica—a los fines que persigue—, a su dimensión axiológica—a los valores en que se funda—, a su dimensión pragmática y a la racionalidad que la sustenta—esto es, a los modos y condiciones en que se consiguen los fines perseguidos—, la significación de una práctica, la representación que de ella tienen los sujetos involucrados, nunca es opcional, pero tampoco es natural, inmanente o inmediata. La significación de la práctica es producto de una actividad teórica, de una intelección que los sujetos elaboran conscientemente o que, realizada en otros ámbitos, opera en ellos a pesar de su ingenuidad. En consecuencia, no existe ninguna práctica comunicativa, tampoco la radiofónica, en la que no estén inscritas y actuantes, de manera consciente o no, un conjunto de supuestos, nociones y tradiciones que la modelan y diseñan su uso social. Es desde ahí, desde ese modo de entender la práctica, que me pregunto si se enseña a‘pensar’ la radio. Es decir, si se asume que como práctica comunicativa no está desprovista de una comprensión acerca de sí misma; que la teoría no es un conjunto de conocimientos generales sino el recurso para estructurar su significado y al mismo tiempo el producto de esa labor de estructuración. Me pregunto si esa convicción se transforma en el núcleo duro de la enseñanza, en la interrogación articuladora de las diferentes actividades—intelectuales y técnicas— que componen los cursos que integran un currículo: desde la lectura de textos y la realización de investigaciones, que permiten el estudio de aspectos históricos, culturales, económicos, semióticos, acerca del medio, hasta la ejercitación y la experimentación, que son las modalidades que suele asumir el estudio de sus posibilidades técnicas y expresivas. Tengo, frente a esa pregunta, una respuesta negativa y eso no quiere decir que no existan y no reconozca excepciones. Pero lo excepcional es justamente lo que se distingue por apartarse de la norma o, al menos, de los hábitos académicos más consolidados. En términos generales—y como muchos docentes de esa especialidad reconocen— la enseñanza de la radio no parte de una interrogación sobre el quehacer radiofónico que permita su intelección como práctica social posibilitando, así, la necesaria articulación del pensar y el hacer en torno 622 In-disciplinada a los distintos aspectos que la constituyen: desde su materialidad técnica hasta su dimensión simbólica. Dicho lo anterior, que pareciera inculpar a los cursos y profesores de radio, creo conveniente preguntarse si es desde esos cursos desde donde puede desarrollarse un saber semejante. La respuesta es inmediata y de mero sentido práctico, uno o dos cursos, no importa su mayor o menor duración, no constituyen un espacio académico suficiente para conseguirlo. Es decir, no pueden conseguirlo si están insertos en estructuras curriculares en las cuales los medios son siempre y sistemáticamente objetos escindidos, el fruto de la brecha que impide su comprensión en términos de prácticas sociales complejas. Esa afirmación, que podría resultar tranquilizante o descomprometedora, tiene para mí, por el contrario, una carga inquietante. Porque implica asumir el desafío de cuestionar, desde una porción de los estudios que se realizan en las Escuelas y Facultades de Comunicación, no sólo la consideración que en ellos reciben los medios masivos, su estatuto como objeto de conocimiento sino, además, la propia definición de lo que se entiende por formación profesional. En otras palabras, se convierte en una afirmación perturbadora porque destruye la ilusión de que los problemas pueden resolverse dentro de la especialidad y propone el riesgo de una acción integral. Pero esa integralidad no debe servir de excusa para dejar de revisar y problematizar el propio campo. Por el contrario, es sólo desde él que podemos dialogar en nuestros espacios académicos y desarrollar los debates y aportes necesarios para cerrar la brecha. De ahí que, en lo que sigue, intentaré delinear—por lo menos a grandes trazos— los saberes que deberían articularse en la enseñanza de la radio—no digo sólo en los cursos de radio—. Un tipo de saberes que también sería necesario articular en el conjunto de las carreras de comunicación, como bien lo plantea Jesús MartínBarbero en un significativo ensayo sobre Teoría, Investigación y Producción en la Enseñanza de la Comunicación que, de algún modo ha inspirado parte de mis reflexiones. 6 Los saberes necesarios En ese ensayo, Martín-Barbero plantea la necesidad de“poner en cuestión tanto la secuencia temática de los cursos como la lógica de las disciplinas”. 6 MARTÍN-BARBERO, Jesús. Teoría, Investigación y Producción en la enseñanza de la comunicación En Diálogos de la Comunicación No. 28. Lima Felatacs, noviembre de 1990. Enseñan C z o a m d u e n la ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 623 Lo sustancial es interrogarse acerca de las dimensiones básicas de la comunicación que deben trabajarse teóricamente, y plantearse cómo establecer las relaciones entre teoría y producción. En ese sentido, propone considerar qué dimensiones de la vida social se juegan en las prácticas de comunicación y, siguiendo esa propuesta, he ensayado para la radio algunas vías de aproximación. En ella, entendida como práctica comunicativa, se juega en primer lugar una ‘red de vinculaciones e intercambios’. Una red que no se agota en la relación emisor-oyente sino que hace de esa relación un espacio de socialización en el cual, desde la intimidad de la escucha, se procesan identidades; es decir, se accede al reconocimiento de uno mismo en virtud del reconocimiento de las similitudes, distancias y diferencias con otros. Siempre recuerdo aquella escénica descripción de los orígenes de la radio en Alemania hecha por Bertolt Brecht en 1932. Decía: “...para caracterizar con más exactitud aún la situación de la radiodifusión, digamos que no era la materia prima la que, en virtud de una necesidad pública esperaba métodos de fabricación, sino que son los métodos de fabricación los que andan buscando angustiosos una materia prima. De repente se tuvo la posibilidad de decirlo todo a todos, pero bien mirado no se tenía nada que decir ¿Y quiénes eran todos? Al principio se las arreglaban sin pensar en ello. Miraban a su alrededor buscando dónde se dijera algo a alguien, e intentaban colarse dentro sólo por competencia, y decir cualquier cosa a cualquiera”. 7 La imagen propuesta por Brecht me parece fecunda: la radio—originalmente mero canal tecnológico— se convirtió en práctica comunicativa al instalarse en el escenario público en medio de los intercambios colectivos preexistentes: los de tipo informativo, monopolizados entonces a nivel masivo por los diarios, los artísticos—contenidos en parte en espectáculos teatrales y musicales—, los que alimentaban la ensoñación romántica y se producían en tomo a las páginas de folletines y novelas semanales. Desde entonces hasta ahora, la radio es espacio de encuentros y distinciones ¿Entre quiénes y cómo se producen?, ¿qué convierte a unos sujetos en oyentes?, ¿qué significa serlo?, a A su vez, ¿de qué índole es la legitimidad que se requiere para decir algo a alguien, para ser emisor?, pero, ¿hay 7 BRECHT, Bertolt. Teoría de la Radio(1927-1932). En BASSETS, Lluis(ed). De las ondas rojas a las radios libres. Textos para la historia de la radio. Barcelona: Gustavo Gili, 1981. 624 In-disciplinada acaso un solo tipo de legitimidad?, ¿o son múltiples los vínculos capaces de poblar el espacio radiofónico?, ¿no es por allí que podría comprenderse la existencia de variadas propuestas radiofónicas, de diversos modos de hacer y escuchar radio? En ese sentido, la radio es sustancialmente una‘palabra destinada a otro’, transitividad que asentada en la oralidad crea condiciones privilegiadas para la dialogicidad ¿O es acaso una casualidad que sea este y no otro el medio masivo más pertinaz y efectivamente propuesto y empleado para la comunicación directa entre sujetos que desean darse a conocer, relacionarse con otros, establecer vínculos a través de los cuales y con distintos fines puedan trascender su individualidad? En segundo lugar, pero inmediatamente vinculado con lo anterior y asociado al desarrollo de los procesos de modernización de nuestra sociedad, en la radio se juega, al igual que en otros medios masivos, la‘constitución del espacio público’; ese espacio hecho de normas y acuerdos que fundan la socialidad. En ese sentido, y como también lo señala Martín-Barbero a propósito de la comunicación, la radio es‘institucionalidad’, un particular tipo de organización cuyos fines inciden directamente en las funciones que se atribuye y cumple en la constitución de ese espacio público. Una dimensión que hoy adquiere particular relevancia en tanto plantea una crucial discusión en torno a quiénes tienen y no tienen el derecho de emitir. Porque en sociedades en las que ya no sólo todo se ha masificado sino mediatizado, la confrontación por el acceso a la gestión de frecuencias no puede asociarse simplemente al básico derecho a la libre expresión pública de los ciudadanos, sino a la discusión en torno a los límites que la ciudadanía debe poner al mercado como único espacio a partir del cual es pensable la producción de las ideas acerca del orden social. Por eso mismo en la radio también se juegan los nuevos‘modelos de desarrollo económico y social’. Integrada hoy en complejos multimediales, diseñado su rol desde la segmentación de tareas que más convienen a cada sector de las macroempresas, la radio es impensable por fuera de las lógicas mercantiles más globales. Es también desde ahí que se diseñan programaciones, que se especializan ciertas emisoras y otras persisten en la heterogeneidad y mezcla de géneros. Es también desde ahí desde donde se fabrican públicos particulares, sistemas de interpelación que buscan alcanzar los nichos vacíos. Finalmente—y digo finalmente no porque sea lo menos importante sino tal Enseñan C z o a m d u e n la ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 625 vez lo más importante ya que todo lo anterior encontrará aquí su modo de realización—, en la radio se juega un‘modo de hablar y oír que es un modo de percibir lo real’, un modo de organizar la percepción de lo real y que no es sólo un hecho de lenguaje sino básicamente un‘hecho técnico’. Ese hecho técnico es mucho más que las características materiales de los artefactos de transmisión y recepción, es sustancialmente lo que en ellos está inscrito prescriptivamente como uso debido y lo que se inscribe culturalmente en ellos como uso adquirido. Una temática que, por ejemplo, debería permitimos pensar hasta qué punto la adhesión juvenil a la frecuencia modulada tiene que ver con una idea técnico-cultural acerca del sonido o, más bien, con una exitosa propuesta identificatoria elaborada para responder a las exigencias del mercado musical, que busca crecientes cuotas de consumo a través de la segmentación de las ofertas. Una temática que—para dar otro ejemplo— debería permitimos pensar qué tipo de vinculaciones son pensables mediante los enlaces satelitales y la digitalización del sonido, qué posibilidades existen de crear redes que no estén constreñidas técnicamente a una única modalidad de interacción. Como se advierte, una comprensión semejante de la radio, que se hace cargo de su significación social y que por lo tanto obliga a trabajar teóricamente los problemas que emergen desde la práctica y la producción, requiere cruzar miradas y disciplinas pero no a la manera de una sumatoria sino como resultado de un ejercicio mayor de comprensión de las técnicas y los medios como hechos de cultura. Por ello mi convicción de que esa tarea no puede resolverse sólo en los cursos de radio. Sin embargo, a la hora de ese ineludible‘enseñar a hacer’ que desafía a quienes desde las instituciones académicas o de otro tipo cumplimos roles docentes, creo que no podemos recaer en la excusa de nuestras limitaciones. Estoy convencida de la necesidad de abordar la radio en su irremediable estatuto de hecho tecnológico-cultural, material y simbólico y que, en ese sentido, hay vías por transitar. Así, por ejemplo, - Podemos y debemos convertir la técnica en objeto de reflexión al tiempo que de manipulación, es decir, de uso y experimentación. Historizar su empleo, asumir lo que en ella es constricción insoslayable, su sentido comunicativo. - Podemos y debemos vincular la que será palabra del productor radiofónico con la que será oída por los oyentes, sujetos de una cultura mediática. Pero además, ubicar esa palabra en el lugar desde el que 626 In-disciplinada será proferida: porque la institucionalidad empresarial o el proyecto comunitario no se rigen por una misma racionalidad y ello diversifica los modelos de producción. - Podemos y debemos situar las propuestas de ejercitación y experimentación en los escenarios materiales e imaginarios en los que ellas han de desplegarse; en el espacio público del que formarán parte: ¿de qué ciudades serán voz nuestras radios?, ¿para quiénes serán un lugar adónde ir?, ¿para quiénes y bajo qué condiciones un espacio para la demanda o el desahogo? Podrían diseñarse muchas otras proposiciones de este tipo, nuevos saberes en que se conjuguen el pensar y el hacer como quehacer diferenciado pero integral. El único riesgo que se corre es el de descubrir cuántas cosas no sabemos—es decir, cuántas cosas no hemos pensado ni hecho con anterioridad—. Pero ese es también el único aliciente: la posibilidad de aprender. De recuperar para la radio, que es decir para la comunicación, los saberes que negamos cuando, parcelándola, nos quedamos en las manos con un pobre y unidimensional instrumento cuya significación se nos escurre entre los dedos. Bibliografía ADORNO, Theodor. Notas marginales sobre teoría y praxis. En Consignas. Buenos Aires: Amorrortu, 1993. BRECHT, Bertolt. Teoría de la Radio(1927-1932). En BASSETS, Luis(ed.). De las ondas rojas a las radios libres. Textos para la historia de la radio. Barcelona: Gustavo Gili, 1981. BUENAVENTURA, Juan Guillermo. La programación radial: palimpsesto y mapa de la cultura urbana. En Diálogos de la Comunicación. No 26, Lima: Felafacs, marzo de 1990 LUNA CORTÉS, Carlos. La tensión teoría-práctica en la enseñanza. En Diálogos de la Comunicación. No. 35, Lima: Felafacs, marzo de 1993. MARTÍNEZ ESTRADA, Ezequiel. La cabeza de Goliat. Buenos Aires: Editorial Nova, 3a. ed, 1957. MARTÍN-BARBERO, Jesús. Teoría, Investigación y Producción en la enseñanza de la comunicación En Diálogos de la Comunicación No. 28, Lima: Felafacs, noviembre de 1990. Enseñan C z o a m d u e n la ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 627 La formación de comunicadores sociales en torno a problemas y proyectos (2005) * Pensar un plan de estudios para la Licenciatura en Comunicación Social implica asumir algunas concepciones acerca de la comunicación y requiere un pensar situado en nuestra particular realidad social y en el escenario comunicativo que la caracteriza y constituye. Porque pensar en un plan de estudios nuevo es pensar cómo esperamos que sean los comunicadores y comunicadoras sociales del futuro. Y aunque ese futuro no sea totalmente asible hoy, hay ciertos rasgos y tendencias de nuestra sociedad y del escenario comunicativo a partir del cual podemos entreverlo. Pienso la comunicación como una práctica que, en diversos ámbitos, espacios y con diversas modalidades, permite que los seres humanos produzcamos el saber sobre nosotros mismos y sobre el mundo porque como hecho de lenguaje y de interacción es la comunicación la práctica y la experiencia que permite el“estar y ser con el otro” en coincidencia o disidencia, en acuerdo o conflicto. Formar comunicadores sociales es—vamos a asumirlo como punto de partida— formar profesionales capaces de intervenir en esas prácticas colectivas de interacción y producción de sentidos. Prácticas que, con mayor o menor grado de institucionalización tienen lugar en el espacio mercantil, el espacio estatal y el espacio de la sociedad civil. Si algo caracteriza comunicativamente a nuestra sociedad es su carácter dicotómico(porque no es contradicción, a mi juicio, lo que ella presenta). - Por un lado, una sociedad que solemos definir como mediatizada en tanto las tecnologías y medios de producción, distribución y uso y consumo de información y bienes simbólicos tienen una creciente capacidad de redefinir el conjunto de las prácticas sociales, aun cuando algunas de ellas sean más permeables que otras a esa redefinición. Una sociedad que, consecuentemente, reconoce la importancia de una extremadamente amplia gama de prácticas info-comunicacionales, para las posibilidades de conocimiento e interacción. * Ponencia presentada en las Jornadas para la definición del Plan de Estudios dela Licenciatura en Comunicación Social, Escuela de Ciencias de la Información, Universidad Nacional de Córdoba, Argentina, 2005. Inédito. 628 In-disciplinada - Por otro lado, una sociedad en la cual las distancias entre quienes tienen acceso a y control de los dispositivos tecnológicos vinculados con esas prácticas info-comunicacionales y quienes no acceden a ellos ni los controlan se agrava día a día. Distancias que tienen que ver, al menos con tres cuestiones básicas: los procesos de globalización y empobrecimiento significativo de las regiones periféricas del mundo(o Tercer Mundo); los procesos de concentración monopólica en el campo de la producción de tecnologías y medios de comunicación, contra los cuales compiten desfavorablemente las alternativas que esas mismas tecnologías posibilitan; los procesos de exclusión económica de grandes mayorías en cada territorio nacional y de empobrecimiento cultural —desniveles educativos, negación de rasgos culturales identitarios, y otros— de grandes mayorías pero también de minorías. Esa dicotomía viene a reforzar hoy una inequidad sustantiva de nuestras sociedades que se manifiesta—en el campo que nos concierne— en la existencia de una desigualdad en las posibilidades expresivas que los individuos tienen en la esfera pública, hecho que refuerza las inequidades materiales en tanto dificulta la posibilidad de producir y difundir ideas y articulaciones tendientes a modificar el orden social existente. Ese escenario que sucintamente he descrito nos coloca en una situación de particular gravedad a la hora de pensar la formación de comunicadores. Porque ella no puede desprenderse de una finalidad política: o se forman comunicadores para reducir esas desigualdades y permitir un cada vez mayor acceso a la posibilidad general de comunicarse de todos los integrantes de la sociedad, o se forman comunicadores en sentido contrario. A la Universidad Pública le compete, por esa condición, el primero de esos fines. Un plan de estudios destinado a formar profesionales de la comunicación no puede soslayar esa finalidad y ese escenario. De ahí que su núcleo duro, en términos de objetos de conocimiento, debieran ser las condiciones comunicativas de nuestras sociedades y las modalidades de intervención profesional adecuadas a tales condiciones con el objeto de modificarlas en orden a la restauración de la equidad. En ese sentido, es necesario que, tanto en términos de contenidos como en términos de aptitudes, actitudes y destrezas a desarrollar, el eje del plan de estudios deba estar constituido por: - el análisis de los sistemas comunicativos en su complejidad económica, política, tecnológica y simbólica Enseñan C z o a m d u e n la ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 629 - la experimentación/ intervención en dichos sistemas Lo que denomino análisis de los sistemas comunicativos no debiera entenderse como una suerte de“estudio histórico de los medios y tecnologías” o el“estudio de las condiciones económicas de su funcionamiento”, aunque aspectos como esos deberían estar presentes en algunas asignaturas. Cuando señalo que un aspecto central de un plan para la formación de comunicadores debe ser el análisis de los sistemas comunicativos, me refiero a la puesta en juego de diversas categorías de análisis—provenientes de diferentes disciplinas— para dar cuenta de esos sistemas. En ese sentido, en primer lugar, y contra el clásico diseño de planes de estudio en los cuales los estudiantes acumulan conocimientos disciplinarios en asignaturas parceladas y sucesivas(teorías sociológicas, psicológicas, antropológicas, etc.) creo necesaria una organización de la enseñanza centrada en problemas para cuya consideración se hagan intervenir las diferentes miradas disciplinarias y perspectivas teóricas. De lo contrario, seguiremos propiciando que los estudiantes y/o egresados deban en“algún momento” y vaya a saber cómo,“integrar” lo estudiado para que le permita comprender los procesos históricos, sociales, políticos y económicos en que se producen las prácticas materiales y simbólicas que constituyen los sistemas comunicativos. Esos problemas deben tener una graduación o articulación que permita la sedimentación y progresión del conocimiento. Para no resultar demasiado abstracta, puedo ejemplificar, sin que el ejemplo suponga que existe un único recorrido posible que debiera seguirse o unos únicos problemas-ejes: - Articular el primer nivel o etapa de formación en torno al problema del lenguaje(como modo de conocer, como materia expresiva y significante, como hecho cultural, en sus diferentes variedades, como campo de tensiones y conflictos, como campo de reproducción y creación, etc.) - Articular el segundo nivel o etapa de formación en torno al problema de las interacciones sociales(sus modalidades históricas y actuales, la constitución de comunidades locales, nacionales y supranacionales, las prácticas comunicativas que les dan sustento, etc.) - Articular un tercer nivel o etapa de formación en torno al problema del poder comunicativo(sus vinculaciones con los poderes sociales en general, las prácticas políticas hegemónicas y de resistencia o emergentes, las políticas públicas en materia de comunicación, etc.) 630 In-disciplinada Esos problemas deben permitir, horizontalmente, la convergencia de diferentes modos de conocer: el aprendizaje de nociones, el análisis y estudios de casos y procesos, la práctica investigativa y productiva en materia comunicacional. En segundo lugar, cuando me refiero a experimentación/ intervención en los sistemas comunicativos, aludo a la necesidad de que lo que podría ser el ciclo superior de la formación estuviese centrado ya no en problemas sino en proyectos, en torno a los cuales los estudiantes deban poner en juego sus conocimientos y experiencias previas, así como nuevos elementos provenientes de distintos saberes específicos. Esos proyectos deberían ser siempre proyectos vinculados con ámbitos mediáticos o institucionales respecto de los cuales se pueda ir, también, acumulando conocimiento—a partir de investigaciones o análisis particulares— y generando propuestas, a través de la producción de los estudiantes. Nuevamente doy algunos ejemplos sólo ilustrativos(independientemente de que un nuevo plan de estudios contenga o no diversas orientaciones): - Proyectos que impliquen la producción de información para públicos específicos(producción de programas diversos para distintos medios de comunicación, producción de información para instituciones sociales, etc.) - Proyectos que impliquen el diseño de estrategias destinadas a fortalecer las posibilidades comunicativas de un determinado grupo o sector social. - Proyectos de innovación tecno-expresiva, etc. La formación a partir de proyectos requiere la articulación de instrumentos que permitan analizar, planificar, producir y evaluar; competencias que cualquier comunicador requiere en cualquier campo que se desempeñe. Pero, además, requiere que institucionalmente existan líneas de trabajo establecidas que brinden sostén a los proyectos que se desarrollen, tanto mediante la vinculación con el medio social en que se realicen dichos proyectos como mediante la acumulación de experiencias. Enseñan C z o a m d u e n la ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 631 De la extensión a la interacción universidad-sociedad: otro sustento para la formación de comunicadores (2006) * Hace exactamente un año, salía de la imprenta un Anuario en el que recogíamos los frutos de las tareas de investigación y extensión desarrolladas en la Escuela de Ciencias de la Información de la Universidad Nacional de Córdoba entre 2004 y 2005. Al prologarlo, señalaba que en el ámbito universitario es usual reconocer la complementariedad de la investigación, la extensión y la enseñanza, aunque en general, ellas suelen transitar sendas paralelas. Y señalaba además que más allá del empleo que cada equipo de investigación o extensión realiza del saber que produce, las comunidades académicas que integramos difícilmente pueden reconocer como propias —como producidas por pares en un ámbito común— esas diferenciadas modalidades de hacer y pensar la comunicación y la sociedad de la que formamos parte. Decía también en aquel prólogo que esa falta de articulación y reconocimiento nos empobrece. Que ignoramos las búsquedas y los hallazgos, los aciertos y los errores; nos privamos del diálogo y el debate; que dilapidamos lo que, acumulado, debería y podría constituir el cimiento desde el cual sostener y transformar la formación de comunicadores sociales. 1 Por esas razones en la Escuela habíamos organizado tanto reuniones en que compartíamos las investigaciones que se realizaban, como Muestras y Jornadas para dar a conocer los proyectos de extensión. Por eso nuestro Anuario reunía ambas prácticas. Y es desde esa perspectiva reunificadora o, mejor dicho, desde los supuestos que nutrían esa perspectiva desde los cuales quiero compartir con ustedes algunas reflexiones en torno a los que considero desafíos impostergables para nuestras carreras de comunicación. Unos desafíos que celebro los colegas de Fadeccos nos hayan propuesto, al convocarnos en este Encuentro a pensar nuestro campo disciplinar desde * Conferencia pronunciada en la Universidad Nacional de San Juan en el Encuentro de la Federación Argentina de Carreras de Comunicación, Fadeccos, 2006. El texto se publica por primera vez en este libro. 1 Mata, María C.“Reuniendo quehaceres y saberes” en Anuario de Investigación y Extensión, 2004/05 , escuela de Ciencias de la Información – UNC, octubre 2005, p. 7 632 In-disciplinada la investigación y la extensión, para poder responder a los problemas y demandas que las actuales condiciones de nuestra sociedad nos plantean. Mis reflexiones se organizan en tres líneas: una pretende ser una sucinta revisión de la extensión como práctica universitaria y sus relaciones con la investigación en tanto modos de producción de conocimientos. La segunda busca vincular la comunicación como práctica profesional con la extensión. La tercera trata de perfilar algunas propuestas con la intención de que puedan retomarse en estos días de trabajo. Las derivas de la hermana menor En agosto de 2005 tuvo lugar en la Universidad Nacional de La Plata la Jornada Nacional de Extensión Universitaria. 2 En esa ocasión el Arq. Aspiazu, presidente de dicha Universidad, recordaba que ella había nacido científica y republicana a partir de las ideas inspiradoras de Joaquín V. González. Por ello, por su ser“abierta a la ciudadanía”, esa universidad concedió, según Aspiazu, gran importancia a las actividades de extensión. Sin embargo, tras esa afirmación, señalaba que estaban trabajando para aprobar una nueva ordenanza“que le dé a la extensión otra jerarquía y que vincule los trabajos de extensión con la docencia en el grado y con la investigación”. En la misma Jornada, el Secretario de Extensión de la Universidad Nacional del Comahue, Marcelo Loaiza, indicaba que mientras el presupuesto de 2005 de Ciencia y Técnica de esa institución ascendía a dos millones de pesos, el correspondiente a actividades de extensión sólo era de 160 mil pesos. Podríamos seguir acumulando ejemplos. Lo único que lograríamos sería reiterar dos datos: por un lado, un invariable y enfático reconocimiento de la función extensionista de la universidad pública que goza incluso de carácter estatutario y, por otro, una desjerarquización y desvinculación respecto de la investigación, así como de los procesos académico-formativos. Las razones de esa reiterada situación son sin duda muchas y concurrentes. Indicaré dos, que considero principales y que, seguramente, podrán ser completadas y complejizadas: - La extensión ha sido concebida tradicionalmente como el último eslabón de los procesos de producción de conocimientos. 2 Jornada Nacional de Extensión Universitaria, Documentos , Secretaría de Extensión Universitaria, UNLP, La Plata, 2005 Enseñan C z o a m d u e n la ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 633 Recurro a la definición provista en la página web de la Universidad Nacional del Litoral pero en realidad, resulta coincidente con las definiciones predominantes de esta actividad:“La extensión es el proceso de comunicación entre la Universidad y la sociedad, basado en el conocimiento científico, tecnológico, cultural, artístico y humanístico de la institución y su capacidad de formación” . Existen espacios y prácticas productoras de ese conocimiento: fundamentalmente las tareas de investigación. La capacidad“formadora” de la universidad es, a su turno, la que deviene de las prácticas curriculares. Así, el saber producido desde proyectos de investigación y las competencias didácticas ejercitadas cotidianamente en la formación de los futuros profesionales son las que se extienden a la sociedad para que ella, y siempre recurriendo a lo postulado por la UNL, pueda“apropiarse del conocimiento”,“democratizándose la información”. Transferencia y difusión son, sustancialmente, las operaciones propias de la extensión universitaria. Esa y no otra es la razón por la cual, entre otras cosas, mientras que para desarrollar tareas de docencia e investigación existen un conjunto de requisitos acreditables no ocurre lo mismo en el campo de la extensión. Aun cuando actualmente en muchas universidades se hayan ido especificando el tipo de antecedentes requeridos para desarrollarlas, a nadie se le ocurriría categorizar a los docentes para poder dirigir proyectos en esta área. En ella podemos actuar porque nuestros antecedentes han sido validados en los dos campos mayores de la universidad y porque de algún modo, todo lo que hacemos en esos proyectos es dirigir estudiantes que se vinculan con la sociedad llevando hacia ella lo que ya hemos producido y se ha convalidado académicamente. Es obvio que en este modo de concebir la extensión universitaria pueden reconocerse unas ciertas ideas acerca del conocimiento valioso y sus productores. Sin cuestionar—al menos en este momento— los procedimientos científico-pedagógicos que predominan hoy en nuestras universidades y carreras, indudablemente la extensión no es asumida como otro modo igualmente legítimo de producir saber acerca de nuestros objetos de estudio, recuperando la práctica no sólo como momento de validación de las teorías sino como momento posible de producción teórica en diálogo y contrastación del saber científico técnico con los saberes experienciales. En ese sentido, y entendida cuando más como campo de aplicación del conocimiento producido en otras sedes y mediante otros procedimientos, la 634 In-disciplinada extensión no sólo no requeriría competencias específicas, sino que tampoco produce conocimiento que pueda incorporarse al campo disciplinar de modo sistemático. - La extensión está siendo resignificada como transferencia y asistencia técnica y en ese sentido, deviene menos un ámbito de producción legitimado de conocimientos que una estrategia de producción de recursos y legitimación social de la universidad. En varios trabajos producidos en los últimos tiempos por colegas que se han dedicado a la indagación sobre estas cuestiones, se da cuenta de una significativa tendencia a recuperar las actividades de extensión en un sentido que, a primera vista, podría considerarse pertinente para lograr uno de los desafíos que la universidad pública argentina—en términos generales— mantiene pendientes: su articulación con la sociedad de la que forma parte y le presta sustento. 3 En ese sentido, Raquel Castronovo y Débora Yanco, integrantes de un equipo de investigación de la Licenciatura en Trabajo Social de la Universidad Nacional de Lanús, indican que durante la década de los 90 se asistió a un cambio de denominación de la extensión, que comenzó a llamarse“asistencia técnica” y que en buena medida se caracterizó por reforzar las líneas de“venta de servicios” que antes sólo llegaban a insinuarse como parte de esa actividad. Como ellas mismas señalan, las actividades de“asistencia técnica” se han desarrollado principalmente en relación con empresas del sector privado, en un esquema que parecía garantizar para sus impulsores dos beneficios: “por un lado, la generación de ingresos extra, frente a los magros salarios de los docentes universitarios, así como frente a las pocas posibilidades de crecimiento tecnológico y equipamiento de algunos institutos universitarios. Pero también se buscaba un fin‘ideológico’ que consistía en romper la línea divisoria imaginaria que perdura durante años: la Universidad pública ‘enfrentada’ con el sector privado y‘en general’ con el sector productivo”. 4 La vinculación de estos procesos de redefinición de la extensión universitaria con las tendencias a la privatización de la educación superior o, si se quiere, a su modelación bajo la lógica de la eficiencia y la calidad que se reconoce como propia del mundo empresarial ha sido puesta de relieve por diversos 3 Ver Judith Naidorf y Julieta Armella,“¿Qué motiva a la universidad a vincularse con el sector productivo?”. Acceso a través de http://www.inter27/unsl.edu.ar/rapes/index 4 “La universidad y su rol como soporte para el desarrollo” , en Mario Elgue(comp.), Primer Encuentro Foro Federal de Investigadores y Docentes. La Universidad y la Economía Social en el Desarrollo Local, Ministerio de Desarrollo Social de la Nación, Buenos Aires 2004 Enseñan C z o a m d u e n la ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 635 analistas del tema. En ese marco, la extensión no sólo sigue siendo campo de aplicación y no de producción de conocimientos, sino que, además, comienza a evaluarse con parámetros de rentabilidad(en términos materiales y simbólicos) que tienden a alejarla de procesos de investigación y formación que no estén regidos por los mismos parámetros. La extensión de la comunicación Si las cuestiones planteadas hasta aquí son generalizables al conjunto de carreras universitarias, creo que hay un tipo de consideraciones que particularmente debemos hacernos en relación a nuestras carreras. Para ello quisiera plantear algunas premisas a partir de las cuales pensar la vinculación extensión-comunicación. Si entendemos la comunicación como las prácticas y experiencias de interacción y lenguaje que permiten ser y estar con el otro en coincidencia o disidencia, en acuerdo o conflicto, deberíamos asumir que formar comunicadores es formar profesionales que van a intervenir en esas prácticas y experiencias. Si admitimos que los modos de estar juntos, los modos de interactuar y construir colectivamente significados son la base de nuestra socialidad, es decir, del permanente hacerse de nuestras sociedades; debemos asumir que la intervención de los comunicadores juega un papel significativo en ese proceso en tanto hace parte de esa socialidad. Y finalmente tenemos que admitir que esa intervención de ninguna manera es neutral. Que su carácter significativo está estrechamente emparentado con su naturaleza política en tanto reconocemos en los regímenes de interacción y discursividad espacios en que se expresa y se modela el poder. Y que, consecuentemente, esa intervención puede ser funcional al orden de cosas existente—ese orden que margina y excluye, que empobrece material y simbólicamente a las mayorías— o puede contribuir a su transformación. Desde esas premisas—y más allá de las condiciones en que en general se concibe y desarrollan las prácticas de extensión universitaria— resulta una suerte de contrasentido, o tal vez mejor debiéramos afirmar que se trata de una flagrante contradicción, que en nuestras carreras asumamos la extensión como una actividad derivada, como mera aplicación de conocimientos construidos a partir de los que se producen en instancias de investigación o formación curricular. 636 In-disciplinada Para hacer visible esa contradicción basta analizar nuestros planes de estudio o los programas de muchas de sus asignaturas, reconociendo que a lo largo y ancho del país existen, felizmente, excepciones iluminadoras. Pero reconocerlas implica afirmar que la matriz curricular de nuestras carreras no asume la dimensión decididamente intervencionista y por ende extensionista de la comunicación. Asumir la condición del comunicador como interventor implica reconocer su condición de participante en procesos de interacción. Es decir, un necesario hacer con otros. Porque desde nuestro campo disciplinar sabemos que aún quienes actúan inspirados por las ideas de traslado o difusión deberán dialogar, interactuar, desigualmente con otro. Como puede advertirse, no estoy oponiendo aquí a la manera en que lo hizo Paulo Freire en aquel texto señero, Extensión o Comunicación 5 , las dos prácticas: una entendida como autoritaria estrategia tendiente a la reproducción técnica y la otra como construcción de ideas en común. Estoy sosteniendo que, desde una cierta concepción de la comunicación, inclusive las prácticas extensionistas más dirigistas, aquellas que todavía piensan que las comunidades merecen enriquecerse con un saber producido como saber legítimo desde la academia, son ineludiblemente instancias en las que se produce un encuentro con el otro en el cual se revelan las distancias, las dificultades, los desafíos del comunicarse. Consecuentemente, la extensión debería representar en nuestras carreras uno de los campos de construcción de conocimiento fundado, tan legítimo como el de la investigación y tan imprescindible como ella para diseñar los procesos de formación académica. Sin embargo, y recordando que hablé de excepciones, podemos preguntarnos en cuántos programas de las llamadas“teorías de la comunicación” nos apropiamos de los aprendizajes—a veces verdaderos descubrimientos— que se realizan en proyectos de extensión cuando, por ejemplo, se trabaja con comunidades situadas sus ideas acerca de lo que desean comunicar al resto de la sociedad. Preguntarnos cómo vinculamos esas nociones—que vueltas sentido común circulan entre los grupos con quienes desarrollamos trabajos de extensión— con las nociones que se han encarnado en el funcionamiento de los medios masivos de comunicación y han llegado a naturalizarse. 5 ¿ Extensión o comunicación? La concientización en el medio rural, Tierra Nueva, Siglo XXI, Buenos Aires, 1973 Enseñan C z o a m d u e n la ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 637 Pero si nos corremos del campo de las teorías hacia el terreno de ciertas asignaturas más estrechamente vinculadas al quehacer, en sentido pragmático, podemos preguntarnos en cuántos cursos de comunicación institucional o similares nos apropiamos de los problemas y tensiones que significa hoy, en el actual contexto sociopolítico de nuestro país trabajar en pos de la institucionalización de hablas excluidas. Y las preguntas podrían multiplicarse. Reconceptualizaciones y desafíos Para finalizar, quiero compartir algunas ideas que podrían operar como base de propuestas para una necesaria reconceptualización de la extensión como actividad que, insisto, más allá de los programas institucionales que cada universidad diseña, deberíamos incorporar en tanto praxis: campo de producción de conocimientos en torno a la comunicación en lo que se refiere a su comprensión teórica y en sus dimensiones pragmáticas. Recuperando para la comunicación las nociones de interacción, puesta en común y construcción de vínculos, su ejercicio—su práctica— como parte de la formación de comunicadores podría representar una vía para la necesaria articulación entre la universidad y la sociedad. Pero a su vez, esa articulación podría representar el sustento de procesos de investigación y enseñanza que se hicieran cargo de las condiciones contextuales en que se desarrollan cada una de nuestras carreras y que, si se encauzaran por ese camino, podrían comenzar a exhibir unos perfiles específicos, particulares, que hoy sólo resultan discernibles en el mejor de los casos, en función de sus orientaciones finales o sus ordenamientos académicos formales(sistemas de acreditación del aprendizaje, modalidades de ingreso y egreso, etc.). Dos especialistas en docencia universitaria de la Universidad Nacional de San Juan—Vilma García y Silvia Vega— afirman que repensar la extensión como articulación entre universidad y sociedad implica modificar nuestro modo de concebir esa actividad,“ya que no es poner a disposición de la sociedad toda la producción científica, sino‘producir’ en función de las demandas surgidas de los problemas emergentes que han sido identificados por la misma sociedad”. En ese sentido, postulan que“el capital simbólico acumulado, tanto en la universidad como en la comunidad, daría paso al proceso de bidireccionalidad con el objetivo de construir un nuevo conocimiento que sirva a ambas partes”. 6 6 “Inserción de la Universidad en la Sociedad. Realidad o utopía”, ponencia presentada al V 638 In-disciplinada Pero también señalan las dificultades que existen para un proceso de cambio de ese tipo. Ellas indican que“la poca demanda de servicios de la sociedad y los reparos ideológicos de algunos sectores de la Universidad con relación a la vinculación han traído dos consecuencias muy graves para la actividad de investigación y extensión. Por un lado, la Universidad tiene dificultades para conocer en profundidad cuales son los requerimientos reales de la sociedad, por lo que no puede orientar su actividad con la eficacia necesaria. Y por el otro, la misma dificultad se le presenta a la sociedad para conocer el potencial instalado en las Universidades, por lo que no puede aprovecharlo a pleno”. Aceptar esas dificultades es de algún modo abrir un camino que supere el voluntarismo que podría tener una postura como la que estoy planteando. El territorio en que ese camino debe trazarse es complejo pero en nuestras carreras contamos con herramientas y trayectorias previas que nos permiten hacerlo: - El conocimiento acumulado que poseemos en torno al orden comunicativo de nuestra sociedad en sus dimensiones materiales y simbólicas y a los modos en que regula las relaciones sociales y se articula con sus dimensiones políticas es, sin duda, base para la comprensión de ese territorio en el cual se desarrolla la práctica profesional de la comunicación. - El conocimiento que nos han ido proporcionando múltiples experiencias de extensión debe ser acumulado para transformarlo en uno de los indicadores de las demandas sociales que también constituyen ese orden comunicativo como manifestación de la necesidad de modificarlo o perfeccionar algunos de sus aspectos. - Pero contamos también con los saberes necesarios para la identificación y el diagnóstico permanente de situaciones en las cuales las prácticas comunicacionales—requeridas o no por actores sociales específicos— pueden constituir aportes para los procesos de transformación social a los que aspiramos desde las ideas de democracia, participación y equidad que asumimos en general como horizonte político de la universidad pública. - Poseemos capacidades discursivas y técnicas que deben ser empleadas para hacernos ver por la sociedad como posibles actores en procesos colectivos de trabajo dentro de ese orden comunicativo constituido Coloquio Internacional sobre Gestión Universitaria en América del Sur. Poder Gobierno y Estrategias en las Universidades de América del Sur, Universidad de Mar del Plata, diciembre de 2005. Acceso a través de http://www.inter27/unsl.edu.ar/rapes/index Enseñan C z o a m d u e n la ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 639 tanto por las prácticas hegemónicas como por aquellas que buscan su confrontación en función de unas otras ideas acerca del orden social. La cuestión es de qué manera articulamos esos saberes y herramientas para reposicionar la extensión, en tanto articulación de nuestras carreras con la sociedad, como sustento de nuestro quehacer académico. Es imposible hacerlo desde alguna parcela institucional, por exitosos que puedan ser algunos proyectos de cátedras o programas o departamentos. Gloria Rincón Cubides, vicerrectora académica de la Universidad Central de Bogotá, ha planteado que“concebir la extensión como‘interacción social’ es una propuesta que intenta abrirse paso para vincular de manera orgánica el tipo de trabajo universitario—trabajo con el pensamiento— y el mundo de la vida, de tal manera que de esa relación salgan enriquecidas las dos órbitas de acción. Se trata de una relación en la cual la universidad no se limita a extender un saber legitimado ni a proyectar su capacidad de investigar, sino más bien del quiebre de una diferenciación artificiosa, a través del cual se le devuelva a la universidad la posibilidad de considerar los acontecimientos que se registran en el mundo de la vida y de asumir la tarea de convertirlos en objetos válidos de trabajo académico con dos propósitos: construir un saber que contribuya a la transformación efectiva de las condiciones del mundo de la vida y generar una experiencia formativa que facilite la problematización”. 7 Ese reposicionamiento del que vengo hablando implica necesariamente despojarnos de estilos tradicionales de gestión académica y organización curricular y, como señalan García y Vega, despojarnos del“miedo al riesgo”. Porque, entre otras cosas, se requiere del diseño de proyectos institucionales en los cuales se tomen decisiones políticas y económicas—y no sólo académicas— en torno a los campos de intervención a privilegiar; pero además porque ya no podríamos construir solos nuestros proyectos institucionales, sino en diálogo con la sociedad; porque eso cuestiona ciertas ideas acerca de la autonomía universitaria como enclaustramiento y porque eso modifica legitimidades y jerarquías; porque implica pensar la formación de comunicadores vinculando el estudio con el trabajo(dos dimensiones que oscurecemos tras las recurrentes alusiones a la articulación teoría-práctica). 7 “De la relación universidad sociedad a la universidad como un tiempo y un ritmo de vida de la sociedad” en Nómadas . No. 19, Octubre de 2003, Universidad Central, Bogotá, Colombia, p.252. 640 In-disciplinada Desde las lógicas universitarias predominantes una propuesta de este tipo puede ser juzgada como una propuesta utópica. En realidad, no estaría dispuesta a compartir esa calificación y sí, en cambio, a reconocer que se trata de una propuesta radical. Sin una transformación sustantiva de nuestros modos de pensarnos como investigadores, como docentes, como intelectuales, como actores públicos de un orden comunicativo del que somos responsables, podemos diseñar propuestas cosméticas. Podemos, por ejemplo, organizar encuentros y jornadas y publicar anuarios, como lo hicimos en nuestra escuela de Córdoba. Y no está mal haberlo hecho. Pero seguirán siendo“fuegos fatuos en la noche” para utilizar la expresión con que Michel de Certeau se refería al finalizar el siglo pasado a las investigaciones que se realizaban sin estar sostenidas“por las estructuras globales de la enseñanza” en el mundo universitario francés.“Iluminan un poco en todas partes... luego, muy rápido se extinguen...” 8 Y de lo que se trata es más bien de cómo hacemos de esos pequeños fuegos una luz diferente y permanente para ver y vernos y ver nuestras carreras en nuestra sociedad y nuestro tiempo. 8 “Las universidades ante la cultura de masas” en La cultura en plural, Nueva Visión, Buenos Aires, 1999, p.112. Enseñan C z o a m d u e n la ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 641 Medios y espacio público: de intersecciones y responsabilidades (2008) * En un par de ocasiones me han preguntado qué es eso de la Semana del Comunicador. Contesto que tradicionalmente ha sido un espacio que se dan los estudiantes de la Escuela de Ciencias de la Información de la Universidad Nacional de Córdoba para pensar, para hablar de ellos mismos. Y cuando doy esa respuesta soy consciente de que podría pensarse que se trata de un espacio hasta cierto punto autorreferencial, por lo de hablar sobre sí mismos. Sin embargo, siempre aclaro que no es así. Porque, si algo ha caracterizado a estas semanas, son dos cuestiones que me interesa destacar hoy, en este primer panel. Por un lado, ese pensar y hablar sobre sí mismos es, en realidad, un ejercicio de reflexión sobre las condiciones en que se produce la comunicación en nuestra sociedad y que son, de algún modo, condiciones que intervienen decididamente en la constitución del campo académico y profesional en el que ustedes se desempeñarán. Por otro, se trata de un pensar y hablar sobre los estudiantes porque al proponer temas de debate, perspectivas e incluso voces diversas para tratarlos, están marcando de algún modo los vacíos, las ausencias o limitaciones, las dudas insatisfechas que encuentran en el día a día del cursado de la carrera. En este sentido, como los compañeros lo plantean en la convocatoria de esta Semana y como lo han dicho y lo he escuchado durante varios años, las Semanas del Comunicador son espacios en los que se producen reflexiones sobre la enseñanza y el aprendizaje que tienen lugar en la Escuela; en suma, reflexiones sobre el Plan de Estudios que tenemos. Recuerdo una semana de hace casi 20 años que se realizó en el Aula Magna de la Facultad de Ingeniería. Los compañeros del Centro de Estudiantes de entonces me habían pedido que me dedicara a dar un pantallazo sobre aquel mundo poco transitado en nuestro país—por razones más que obvias— de las experiencias de comunicación alternativa, educativa, popular, que se * Ponencia presentada en la Semana del Comunicador, Escuela de Ciencias de la Información, Universidad Nacional de Córdoba, Argentina. 2008. Inédito. 642 In-disciplinada desarrollaban, criticaban y transformaban en América Latina. La intención de aquellos compañeros era que esas problemáticas entraran a formar parte de nuestra currícula.... Han pasado 20 años—guardo las notas de aquellas charlas todavía—, se produjo una reforma curricular—la que dio por resultado el Plan que ustedes cursan, el Plan 93— y sin embargo, la problemática nunca ingresó. Habrá que preguntarse por qué una y otra Semana del Comunicador, sus reflexiones y resultados no llegan a influir en la necesaria modificación curricular que nos debemos y les aseguro que me hago cargo de lo que me toca por las responsabilidades que he tenido como vieja docente y como exdirectora de esta Escuela. Si hago esa pregunta, si abro de esta manera mi intervención, no es para dedicarme aquí a intentar alguna respuesta razonable que creo deberíamos producir colectivamente. La hago porque es desde la vinculación con la formación de ustedes como comunicadores que trataré de reflexionar acerca del tema que nos han propuesto para este panel y que tiene que ver con lo que los compañeros que han organizado la Semana llaman—y yo suscribo esa denominación— la mediatización de la sociedad. Es decir, que tiene que ver con el carácter estructurante que adquieren los medios y tecnologías de comunicación en los tiempos actuales, y lo que ello implica en relación con las transformaciones del espacio público. Asumir que vivimos en una sociedad mediatizada parece resolver para muchos diversos problemas o conflictos tanto epistemológicos como políticos de nuestro campo de estudios. Por el contrario, sostengo que esa noción es fruto de una complejización conceptual de lo que sucede en tanto se propone como un recurso para contradecir dos tendencias bastante frecuentes a la hora de pensar el papel de los medios y tecnologías de la información y la comunicación en nuestras sociedades. Por un lado, esa tendencia que sigue depositando en los medios la causa de todos los males de la sociedad; es decir, esa tendencia que los considera causa eficiente y suficiente de los procesos ideológicos y culturales que afectan la autonomía de los individuos. Por otro lado, y como polo opuesto, aquella tendencia que los considera el motor del desarrollo, la piedra de toque para la modernización y el progreso social, el recurso indispensable para la integración de los individuos y las comunidades en los procesos económicos y culturales de un mundo globalizado. Sin embargo, puede advertirse que muchos de los discursos y de las prácticas inspiradas en estas tendencias antagónicas y reduccionistas asumen sin Enseñan C z o a m d u e n la ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 643 mayores problemas la idea de que vivimos en una sociedad mediatizada. Los que adhieren a la primera tendencia dirán que ya no hay nada que hacer excepto, tal vez, regresar utópicamente a un mundo destecnologizado, o insistir en discursos denuncistas acerca de lo existente que se complementan con proposiciones alternativistas que, apenas uno escarba un poco, encuentra que suelen reproducir los modelos existentes pero invirtiendo mecánicamente algunos de sus términos. Los que adhieren a la segunda tendencia tienen menos trabajo aun: la idea de una sociedad mediatizada les sirve como argumento para sostener ciertas ilusiones tecnológicas—por ejemplo la creencia de que la incorporación de equipamientos y softwares cada vez más sofisticados es la condición indispensable para mejorar los sistemas educativos—, o para sustentar algunas estrategias político-culturales que depositan en los mediadores técnicos profesionales de la informática, la comunicación y otros campos relacionados con la gestión de la información y el conocimiento(como se ha dado en llamar ahora) la responsabilidad de producir los cambios necesarios para una vida mejor. Ante ello, creo necesario insistir en que la simple enunciación de que el creciente desarrollo tecnológico y la incesante producción simbólica de carácter mediático constituye hoy una verdadera matriz cultural no resuelve la contradicción entre ambas tendencias. Pero también insistir en que cuando asumimos esa idea en toda su complejidad ambas tendencias revelan sus limitaciones insostenibles, porque la idea de una sociedad mediatizada nos obliga a pensar más que en efectos o en recursos para la acción, en cuáles son los datos, los elementos claves de esa nueva matriz socio-cultural. Y entonces, lejos de resolvernos problemas, la noción nos enfrenta con nuevos desafíos. Y voy a mencionar sólo uno, para tratar de poner en claro a lo que apunto: Como elemento clave de esa matriz reconocemos la centralidad de los medios masivos de comunicación pero, ¿qué queremos decir con eso?, ¿que ellos son los principales medios para conocer lo que sucede?, ¿que son los espacios más influyentes en la generación de ideas colectivas?, ¿que son los que organizan a partir de sus estrategias discursivas nuestros modos de pensarnos, reconocernos y vincularnos con los otros?, ¿o todo eso junto pero, además, que ellos desplazan y deslegitiman otros espacios que intervienen en la generación y difusión de ideas e información?, ¿o también tendríamos que añadir a todo ello que son instituciones sin las cuales no es pensable ningún tipo de acción colectiva que pueda aspirar a reforzar o confrontar los procesos hegemónicos en términos político-culturales? 644 In-disciplinada En suma, lo que quiero dejar planteado como punto de partida en esta intervención es que como docentes y estudiantes de comunicación, tenemos la necesidad de negar—en el sentido crítico de la noción de negación— las versiones simplificadoras que se escudan académicamente en la noción de“sociedades mediatizadas” y que no se distinguen prácticamente de las apreciaciones que se realizan respecto de las tecnologías y medios de comunicación a partir del sentido común generalizado. Consecuentemente, lo que necesitamos es discutir los alcances de esa noción, en particular, lo que entendemos por centralidad de los medios, por su capacidad estructurante de nuestra vida individual y colectiva; si queremos orientar desde esa comprensión los problemas que deberíamos abordar como objetos de análisis y las estrategias de intervención profesionales. En relación con lo que se refiere específicamente a la cuestión del espacio público y su transformación o redefinición en las sociedades mediatizadas, creo que deberíamos imponernos una tarea similar. No es este el ámbito en el cual podríamos recorrer el amplio debate acerca del modo en que los medios masivos de comunicación han reconfigurado la idea de un espacio público burgués e ilustrado, como lo teorizara en su momento Habermas, para dar una referencia que creo compartida con ustedes. Pero sí el ámbito indicado para sostener que se trata de un debate que debemos conocer, profundizar y asumir como el terreno básico a partir del cual pensar la formación de los comunicadores y sus posibles esferas y modalidades de actuación profesional. ¿En qué sostengo esa afirmación? Los desafío a realizar una suerte de encuesta doméstica entre estudiantes y docentes de esta escuela—tal vez lo mismo ocurra en otras carreras de comunicación— acerca de sus nociones y representaciones sobre lo público y el espacio público. Creo no equivocarme demasiado si adelanto que el resultado mostraría, también en este caso, una simplificación que oscila entre las representaciones que asocian lo público con lo estatal a aquellas que lo asocian con lo publicitado a través de los medios de comunicación, para mencionar sólo algunas. Y ese tipo de simplificaciones tienen consecuencias políticas y académicas que no podemos soslayar. Pensemos, por ejemplo, qué demandamos—qué se demanda— cuando se sostiene la necesidad de contar con una apropiada y eficaz legislación referida al acceso a la información pública ¿Puede quedar restringida a la información de carácter gubernamental o, por ejemplo, podríamos pensar Enseñan C z o a m d u e n la ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 645 que toda la sociedad debería tener derecho a conocer los resultados de las investigaciones que se producen en la universidad pública? O pensemos a qué nos referimos cuando hablamos de las exclusiones de ciertos sectores sociales o de ciertos actores del espacio público, ¿nos referimos a los medios, a las calles, al sistema educativo? Los debates en torno a lo público y el modo en que ello se define en el particular tipo de régimen político en que vivimos y en una sociedad mediatizada no son sólo requisitos para construir teorías sociales, comunicativas, políticas. Son debates imprescindibles para nuestra intervención en esos campos. En ese sentido, algunos aprendizajes producto de las investigaciones que desarrollamos en el Programa de estudios sobre Comunicación y Ciudadanía del CEA me permiten formular una suerte de requisito necesario para alentar ese debate. Se trata de la necesidad de reconocer que las transformaciones de lo que es pensable como espacio público no sólo se derivan de la presencia y modo de operar de los medios masivos de comunicación—por impactante que ello sea—, sino que esas transformaciones están fuertemente articuladas, entre otras cosas, con las concepciones y modelos acerca del estado y la política. Ese reconocimiento queda opacado cuando se restringe la idea de lo público a lo que es visible para todos—una idea en la que la marca de la operación televisiva es innegable y ahí tenemos una indicación bastante palpable de la capacidad estructurante del pensamiento que tienen los medios—, y que en buena medida obstaculiza la posibilidad de pensar lo público como aquello que es de interés común, que atañe a lo colectivo, que concierne a la comunidad y por ende, a las formas político-organizativas de que se dotan las comunidades para poder existir como tales y a las autoridades las encarnan o materializan. Se trata de un reconocimiento necesario para poder analizar en diferentes coyunturas y ámbitos qué es, por ejemplo, lo que desde el Estado se reconoce como lo que debe debatirse entre todos porque a todos concierne y qué es aquello común que se sustrae a ese debate negando por diferentes razones y vías la participación de algunos en las decisiones que afectan al conjunto. Un análisis básico para entonces sí poder contrastar lo que los medios masivos—y especialmente la TV— hacen público(es decir, visible) y sus estrategias restrictivas o ampliatorias de lo que los poderes económicos y políticos articulados en el aparato estatal establecen como el marco de lo que a todos nos compete y afecta. 646 In-disciplinada Ese reconocimiento del que vengo hablando suele también quedar opacado cuando se restringe otra característica propia de lo público—la idea de aquello que es accesible a todos, en oposición a lo privado, que es la esfera a la que sólo algunos particulares pueden acceder— a lo que es accesible en términos mediáticos, ya sea que se hable de información, de entretenimiento, de oportunidades de disfrute cultural o de acceso al conocimiento. En este sentido, ese reconocimiento también resulta imprescindible para poder analizar de qué manera, en distintos ámbitos y dimensiones de la vida, son algunos quienes se apropian de lo común, de los bienes materiales y simbólicos a los que el conjunto de la sociedad tiene derecho a acceder en términos colectivos. Son esos procesos de verdadera expropiación los que debemos analizar tratando de comprender de qué manera las tecnologías y medios de información y comunicación cooperan o no para su legitimación y naturalización. Ayer, varias cuadras de la Avenida Vélez Sársfield, desde el patio Olmos hasta la calle Dean Funes de nuestra ciudad de Córdoba, presentaban un aspecto singular. Desde la mañana se veían potentes altoparlantes instalados cada cien metros. Por la tarde, esas cuadras estaban cerradas al tránsito. Se habían convertido en una suerte de peatonal recorridas por no muchos paseantes, mientras que en la Plaza Vélez Sársfield una escasa concurrencia que no llegaba siquiera a las puertas del Teatro del Libertador participaba de una celebración religiosa de la iglesia católica que se retransmitía por esos altoparlantes. Tal vez los organizadores del acto—que tras homilías, canciones religiosas y oraciones culminó con el Himno Nacional— habían estimado que congregarían a una multitud y por ello el tránsito estaba interrumpido. Pero no es ese error de cálculo el que me interesa destacar sino la ausencia, en los medios masivos de comunicación—o al menos en los que hoy consulté— de alguna referencia al modo en que un grupo particular se apropiaba de las calles a las que todos tenemos el derecho de acceder por igual, y al modo en que se nos obligaba a quienes no teníamos ningún interés en participar de la celebración, a escucharla, y al modo en que el ruido de esos altoparlantes resultaba francamente molesto y perturbador. Sin embargo, no hace falta que detalle de qué modo son caracterizadas por esos mismos medios otras manifestaciones públicas que se realizan en la misma avenida cuando numerosísimas personas las llenan con sus gritos de reclamo porque no han podido acceder al debate público de lo que pasará con sus salarios y sus jubilaciones y utilizan el espacio físico común, el del centro de la ciudad, para hacer públicas sus demandas. Enseñan C z o a m d u e n la ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 647 Es obvio que se me podría decir que estoy realizando una comparación indebida porque la cuestión pasa por dos aspectos que no he mencionado: por el hecho de si se ha pedido o no autorización al Estado para utilizar ese espacio y por las actitudes violentas que se producen en algunas ocasiones. Obviamente lo indebido no es la comparación, contestaría yo, sino la falta de discusión en torno a la legitimidad que se concede a ciertos actores desde el Estado y también desde los medios de comunicación para el ejercicio de los derechos colectivos y de los derechos de comunidades particulares, sean religiosas o de otro tipo. Lo indebido, podría añadir, es además la falta de discusión alrededor de cuál es la violencia legítima y la violencia ilegítima. En el curso de una de nuestras investigaciones, el año pasado trabajamos con algunas mujeres integrantes de la cooperativa de carreros de Villa Urquiza su percepción del espacio público y el papel de los medios en su constitución. Uno de los aspectos más enriquecedores de ese trabajo fue el comprender de qué modo su experiencia como trabajadores informales que desarrollan su tarea en las calles de la ciudad resulta definitoria en esa percepción que incluía una precisa identificación de la mirada de los otros como instancia de construcción de su lugar en el espacio público. Sienten el estigma de ser identificados como“los que interrumpen el tránsito”, los que“ensucian la ciudad”, los que están en la calle“porque quieren”.“No nos ven como trabajadores, personas que nos levantamos todos los días para laburar—nos decían—, nos ven como un estorbo que anda rompiendo las bolas y haciendo basurales”. Y añadían:“Si la gente mira de otra manera es la única forma que nosotros vamos a tener para avanzar, porque si nos siguen mirando como un estorbo, bueno, vamos a seguir siendo un estorbo”. Ese mirar está asociado fuertemente con el modo en que los medios masivos locales los representan. Porque los carreros son capaces de establecer una clara distinción entre su autopercepción como personas y trabajadores y la representación pública que producen los medios de comunicación sobre ellos. Nos decían, por ejemplo:“La televisión discrimina también. Cuando escuchás al noticiero te dicen:“uy, mirá andan los carreros con los chiquitos en el carro”, y te hacen quedar como una mala persona que anda con sus hijos en el carro. Eso hace que la gente nos mire mal. Porque si la televisión dijese‘los carreros son personas luchadoras, trabajadoras, que andan con sus hijos trabajando porque es lo único que tuvieron”... eso sería distinto”. Es evidente en ese caso que la visibilidad mediática actúa como productora y amplificadora del estigma social con el que cargan, pero el uso del 648 In-disciplinada “también”, cuando se refieren a la discriminación que realiza la televisión, no es producto de la casualidad. Es que ese estigma no está desligado de las políticas públicas diseñadas desde el Estado municipal que trató, en algún momento, de impedir la entrada de carros al centro de la ciudad, o de las actitudes expulsivas que ejercen contra los hijos de los carreros algunas autoridades escolares de las zonas en que viven, negándoles allí también, en ese espacio público, la posibilidad de ser parte de lo común. Desde su experiencia organizativa, los carreros visualizan el espacio público estatal y mediático como un lugar para ser escuchados y demandar por sus derechos. Pero en ambos existen restricciones: en el primero están los intereses creados, la falta de compromiso efectivo para su inserción laboral en un terreno que afecta grandes negocios. En el segundo se encuentran con una lógica mediática que sólo les presta atención cuando irrumpen afectando el espacio de la ciudad que se aduce es de todos.“Sería más lindo poder hablar, decir lo que haga falta y las necesidades que tenemos sin llegar al extremo, a quemar gomas” dicen pensando en aquellos casos en que sí se convierten en noticia. Actualmente se está desarrollando de modo experimental un proyecto en el que intervienen la Municipalidad de Córdoba, la Universidad, algunas organizaciones no gubernamentales y varias cooperativas de carreros con el fin de favorecer la separación domiciliaria de basura y mejores condiciones para el procesamiento que ellos hacen de los desechos que todos producimos. En este caso también se expresa una estrecha interacción entre la legitimidad que el Estado, los integrantes de la sociedad civil y los medios pueden concederles en el espacio público. Si la televisión difundiera el proyecto, creen que serían mejor recibidos al visitar los hogares:“vos vas puerta a puerta y la gente escucha, toma el folletito, pero no lo va a tomar tanto como si fuera público, porque cuando es público lo ven con otra cara, con otra lente”. Lo significativo es que ese recorrido por los barrios donde se implementará el proyecto lo hacen acompañados por jóvenes universitarios para que las personas abran la puerta de su casa y reciban el folleto en que se dan detalles sobre el tema. Mientras tanto, algunas camionetas con parlantes anuncian el operativo. Son todas puestas en escena tranquilizadoras: la mediación de personas de otro nivel social modifica lo amenazante de su presencia. Ellos lo reconocen. Para ir finalizando, quiero indicar—por si queda alguna duda al respecto— que de ninguna manera minimizo el papel de los medios en general y de televisión en particular en el modo en el que se construye el espacio público Enseñan C z o a m d u e n la ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 649 en nuestras sociedades mediatizadas. Pero sí creo necesario insistir en que su capacidad estructurante no se produce en un vacío estructural, sino en una traba en la que se articulan regulaciones, normas, dispositivos variados, que va construyendo lo visible, lo decible, lo legitimado y lo excluido. Al comenzar, señalé que pensar los medios, pensar la comunicación en esta Semana, es un modo de pensar cómo nos formamos y qué imaginamos como rol profesional. Quiero agregar ahora que ese será siempre un pensar situado y en alguna dirección. Es decir, desde alguna idea de mundo deseable. Y en ese mundo, los medios que se encargan por su propio lógica tecnológica y discursiva de representarse como los dispositivos que requerimos para saber, para conocer, para reconocernos y para construir la cultura común—es decir, en buena medida como los dispositivos claves del espacio público— no pueden llevarnos a escamotear la complejidad de la cuestión. Del mismo modo, el rol de comunicadores no puede escamotear nuestra responsabilidad social y política como ciudadanos. Hoy pueden ser los carreros, mañana otros y otras que de manera similar nos interpelen a pensar nuestro quehacer en esas complejas intersecciones. 650 In-disciplinada En el medio de los medios. Desafíos para los profesionales de la comunicación (2011) * Hace algunos años que por distintas razones no he podido estar presente en estos encuentros nuestros, encuentros de quienes nos dedicamos a formar comunicadores y estudiosos de la comunicación. Por eso agradezco sinceramente la invitación que me hicieran para estar hoy aquí y que me posibilita compartir este espacio de diálogo y discusión en torno a nuestro quehacer. Un quehacer que a mi juicio se encuentra fuertemente desestabilizado y por lo tanto en un momento de singular productividad. Sin embargo, a veces temo que no lleguemos a asumir plenamente esa desestabilización para reconfigurar nuestro quehacer en tensión creativa con las circunstancias de las que forma parte. Quienes estamos aquí sabemos bien que la problemática de la comunicación no se restringe a lo que pasa en y por los medios masivos de comunicación y que tampoco se agota en los variados desarrollos y usos de tecnologías. Sin embargo, nos encontramos en el medio de los medios y las tecnologías de información e interacción… somos parte de una cultura que no puede pensarse sin ellos, sin los conflictos que articulan y que suscitan, sin los poderes que encarnan, sin las demandas y deseos que movilizan. Formamos comunicadores que no podrán prescindir de esos medios y tecnologías; formamos investigadores que no podrán obviarlos… No resulta casual que del conjunto de ponencias que integran el programa de este encuentro, la gran mayoría esté dedicada a medios, tecnologías y lenguajes. Hice el cálculo y representan un 57% del total, lo que de alguna manera indica la relevancia que tienen en nuestro quehacer comunicativo cuya desestabilización como quehacer profesional comenzó hace ya tiempo. Creo que unas pocas referencias servirán para aclarar a qué me refiero cuando hablo de desestabilización: - Por todos lados, en textos científicos y en el habla común, se repite que vivimos en sociedades de la información. Sociedades en las cuales la producción, el almacenamiento y la distribución de datos constituyen un * Conferencia pronunciada en el IX ENACOM(Encuentro Nacional de Carreras de Comunicación) y III Encuentro Felafacs Cono Sur, organizado en la Universidad Nacional de Río Negro, Viedma, Argentina 6 al 8 de octubre 2011. Inédito. Enseñan C z o a m d u e n la ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 651 insumo básico para la organización y reproducción económica y social, y sociedades en las cuales las interacciones cotidianas resultan mediadas de manera creciente por datos y tecnologías que nos permiten manipularlos, es decir, que nos permiten obtenerlos, utilizarlos, compartirlos. En ese sentido, lo que hace décadas postularon teóricos de tan distintas raigambres como John Thompson, Eliseo Verón, Muniz Sodré o Marc Augé, esas ideas que permitieron identificar y nombrar la mediatización de las sociedades como procesos complejos de articulación entre las tecnologías de información y comunicación y las instituciones y prácticas de variado tipo son hoy verdaderas ideas en acto: la mediatización nombra muchas de las problemáticas que se debatirán en algunos paneles de este encuentro: los nuevos modos de estar en común, las transformaciones cognitivas, las modificaciones en los comportamientos políticos. - De la misma manera nadie, desde análisis académicos y desde la observación empírica más elemental, puede poner en duda el fenómeno de la multimedialidad como nuevo lenguaje que caracteriza la producción de significaciones, es decir, la producción de la cultura contemporánea. Los procesos de concentración económica de medios y la convergencia tecnológica desdibujan especificidades y funciones, las combinan en ofertas múltiples que reducen costos, amplían los públicos potenciales, se retroalimentan y permiten expandir las tramas de la producción discursiva. Y al mismo tiempo, y para nada contradictoriamente, se crean nuevos oficios y se requieren nuevas capacidades. Cuesta pensar hoy en medios gráficos y audiovisuales sin su versión digital, cuesta pensarlos sin sus recursos en la web, sin sus articulaciones con redes virtuales, tanto como cuesta definir como periodistas—en el sentido clásico del término— a quienes procesan información y al mismo tiempo diseñan su formato de visualización en algún tipo de pantalla terminal. - Finalmente, fruto del desarrollo, abaratamiento y extensión del uso de tecnologías de información y comunicación, pero también fruto de un imaginario, de una matriz cultural que combina la potencia de la noción de información con la idea del contacto como forma de pertenecer y legitimarse socialmente, se advierte un crecimiento significativo de prácticas de expresión de la subjetividad que asumen el modo y los recursos típicos de los medios masivos de comunicación tradicionales o de los nuevos medios. La producción de videos domésticos y su circulación en la web, el crecimiento de blogs y sites individuales, la multiplicación de grupos artísticos musicales y teatrales que se convierten en diseñadores y productores de sus propios 652 In-disciplinada medios de difusión son apenas algunos ejemplos de esta ampliación exponencial de lo que podíamos llamar canales autogestionados. Cuando hablo de desestabilización de nuestro quehacer lo que planteo es que transformaciones como las que acabo de indicar erosionan las figuras del comunicar con que institucionalmente se pensaron y desarrollaron los estudios universitarios de comunicación. Una erosión que la propia investigación que producimos nos permite descubrir y subrayar. Porque justamente, si algo posibilitaron los renovados estudios de economía política de la comunicación, los estudios culturales, las indagaciones sociosemióticas y antropológicas fue dotar de espesor significante a las tecnologías, complejizar la producción discursiva articulándola con la construcción de imaginarios e identidades, renovar las miradas en torno a los modos de interactuar, pensar los medios como dispositivos de creación, reproducción y alteración del poder insertos en una trama de mediaciones materiales y simbólicas. Pero casi como si se tratase de universos paralelos, ciertas inercias académicas ignoran o minimizan esa erosión cuando ya no se trata de investigar sino de responder a esa pregunta obvia pero grave e ineludible a la hora de pensar procesos formativos: qué enseñar. Y creo que estaremos de acuerdo en que bajo esa formulación del qué enseñar nos estamos interrogando acerca de contenidos a trabajar, de problemas a discutir y resolver, de perspectivas apropiadas para ello, del profesional que quisiéramos ver egresar de nuestras carreras, de los saberes que quisiéramos que lo caractericen. Creo que somos muchos quienes sentimos desazón cuando advertimos que en nuestras carreras la información sigue siendo básicamente noticia periodística; cuando advertimos que la figura del comunicador mediático sigue siendo la de un especialista en lenguajes escindidos; cuando es difícil reconocer en nuestros planes de estudio las marcas de una sociedad que recrea permanentemente sus espacios de interacción y expresividad. Cuando advertimos que lo que cotidianamente altera nuestros modos de ser y estar con otros en virtud de nuevas tecnologías, de innovadoras estrategias de mercado y de experimentaciones estéticas, en nuestras carreras suele quedar en los bordes: en los espacios no curriculares, en las iniciativas aisladas de alguna cátedra o de algún centro de estudiantes; es decir, en el espacio y el tiempo de lo excepcional. A esa desestabilización del quehacer comunicativo como quehacer profesional a la que he aludido y que constituye de alguna manera una marca de época, quiero añadir otra dimensión que constituye una marca Enseñan C z o a m d u e n la ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 653 de carácter nacional. Porque considero que nuestro quehacer también fue desestabilizado por la transformación jurídico-normativa del sistema audiovisual argentino que justamente, dada la centralidad de esos medios en la esfera pública contemporánea, no sólo les afecta a ellos sino a un conjunto de instituciones mediáticas y no mediáticas y a la propia representación en torno a lo que significa comunicar y comunicarse. No creo ser novedosa si afirmo que el proceso que en 2009 dio como resultado la aprobación de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual significó la inauguración de un nuevo tiempo y un nuevo horizonte, marcados por el estatuto que adquirieron los derechos a la comunicación y las consecuencias que ello tuvo en esa articulación política crucial que es la articulación entre comunicación y poder. Es cierto que hay un conjunto de aspectos del sistema comunicativo argentino que no han variado. Porque no se ha modificado la naturaleza mediada y tecnologizada del espacio público. Porque no se ha modificado el poder económico que sostiene a los medios masivos hegemónicos ni las modalidades discursivas a partir de las cuales buscan autorepresentarse como legítimos informadores e intérpretes de la realidad, revestidos del halo de la independencia profesional. Pero vivimos un tiempo y un horizonte en el cual comienzan a modificarse ciertas nociones y representaciones de la comunicación: representaciones de las reglas del decir, de los hablantes, de las agendas públicas. Tratando de explicitar esas modificaciones ante colegas brasileños—en el Coloquio Brasil-Argentina que se realizó hace un mes—, yo sostenía que el debate social y parlamentario de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual puso en escena un conflicto antes invisibilizado para el gran público y permitió que se definieran sus contendientes: por un lado unos pocos medios concentradores del poder decir; por otro, amplias mayorías desposeídas cuya desposesión se asumía desde el Estado como inequidad sustantiva para la vida en democracia. Dentro de esas mayorías se hicieron visibles un conjunto de organizaciones y sectores sociales—pueblos originarios, trabajadores, estudiantes, mujeres, medios sin fines de lucro— que comenzaban a asociar sus reivindicaciones particulares con el derecho a la comunicación. Ante esa constitución de contendientes, las habituales figuras presentes en el espacio público no pudieron eludir tomar partido: políticos, periodistas, actores, intelectuales, líderes religiosos engrosaron las filas de un lado y otro y el conflicto se hizo parte del habla cotidiana y confirió nueva legitimidad a muchos actores antes acallados. Una legitimidad a 654 In-disciplinada partir de la cual el gran público pudo ir reconociendo que tras la palabra “periodística” también existía un discurso político; es decir, un discurso orientado a construir el poder de ordenar la sociedad. Además de los contendientes, en ese proceso se definió el bien que estaba en pugna. El conflicto permitió que se divulgaran entre amplias capas de población constataciones que casi nos pertenecían en exclusividad a los estudiosos de comunicación: por ejemplo, la naturalizada asociación entre libertad de expresión y libertad de medios de comunicación de carácter comercial. El objeto del litigio era, específicamente, el espacio radioeléctrico. Pero fue mucho más que eso: fue la posibilidad de nombrar, de expresarse, de contar y participar en la escena pública. Y en el curso del conflicto ese bien por el que se luchaba fue convirtiéndose en un objeto del que la ciudadanía se fue apropiando aun antes de la sanción de la ley y aun antes de que entrase en vigencia. Creo que todos recordamos de qué modo, en diferentes convocatorias, las de los oyentes de 6-7-8 , las de la Coalición por una Radiodifusión Democrática, e incluso a raíz de otras convocatorias sociales y políticas, el derecho a la comunicación y la identificación de los medios masivos concentrados como antagonistas se convirtieron en banderas de movilización y organización.“Si no tenemos medios tenemos plazas y calles para encontrarnos, hablar y hacernos escuchar”, solía decirse por aquellos días en encuentros masivos que contradecían incluso el ritual prescrito para actos políticos. Creo que muchos recordamos que en ocasiones no había palcos, ni oradores ni guiones establecidos; que confluían banderas y carteles que incluso se improvisaban con cualquier material que se tuviese a mano. Que la ocupación del espacio urbano se articulaba con una sostenida intervención en las redes virtuales donde la batalla se libró con notable creatividad. Y además de todo eso se produjo una significativa historización del conflicto. Hasta hoy, una de las maneras en que se han ido redefiniendo los antagonistas y el objeto del litigio en el campo de la comunicación en nuestro país ha sido la utilización de archivos de los propios medios concentrados que los identifican como actores políticos—es decir, como partes del conflicto— y que permiten rastrear sus actitudes y discursos más o menos contradictorios en diferentes momentos de nuestra historia reciente. Refiriéndose al modo dominante de operar de los medios masivos, el chileno Norbert Lechner supo decir que ellos crean una especie de presente autista que contribuye a deshacer la historia porque la fragmentan en una secuencia de episodios autosuficientes y porque la velocidad con que circulan informaciones y símbolos aceleran la obsolescencia de las experiencias. En cambio, lo que Enseñan C z o a m d u e n la ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 655 proponen esas nuevas miradas es la vinculación de los episodios actuales con episodios que, desde el pasado, permiten entenderlos en su compleja dimensión. Pero además, hay que reconocer que esa práctica de construcción de una memoria política desde los medios públicos, desde medios sin fines de lucro y aún desde medios comerciales no es un dato aislado ni meramente televisivo o radiofónico. La producción de nuevos textos escolares, el diseño de la conmemoración del Bicentenario en clave de relectura de la historia argentina, muchos de los contenidos producidos por el Canal Encuentro, son muestras de un conjunto de operaciones político-culturales destinadas a desnaturalizar la neutralidad o independencia de los discursos dominantes. ¿Por qué aludo a este nuevo tiempo, a este nuevo horizonte, como desestabilizadores de nuestro quehacer? Porque una de las consecuencias del proceso en torno a la nueva ley en el cual participaron muchas carreras de comunicación fue una suerte de pérdida de exclusividad; quiero decir que hoy trabajamos con una materia de la que múltiples sectores y actores se han apropiado. Estamos menos solos en los debates que se multiplican y enriquecen públicamente. Estamos asistiendo a la emergencia de innumerables iniciativas de comunicación estatales y ciudadanas. Y todavía más. Existen instancias institucionales—el Consejo Interuniversitario Nacional, rectorados y secretarías de las Universidades, algunos medios de comunicación universitarios, direcciones de algunas facultades, escuelas o carreras de comunicación— que comienzan a asumir un protagonismo antes inédito en los órganos de aplicación de la ley, en los polos y nodos para el desarrollo de la TV digital, en nuevos centros y redes de producción de contenidos… Lo que me inquieta es que esta desestabilización, fruto de un proceso político-cultural colectivo, no esté dejando marcas—y en consecuencia pueda no dejar marcas durante mucho tiempo— en los graduados de las carreras, en las competencias que se les atribuyen, en las metodologías de enseñanza, y mucho menos en las construcciones teóricas a partir de las cuales se piensa y se hace la comunicación. La Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual suele ingresar como nuevo tema o contenido en las cátedras de legislación y de economía política de la comunicación. También suele ingresar en algunas cátedras de radio o de televisión. Pero me pregunto si ha ingresado como dispositivo que modifica los modos de formar comunicadores en función de las concepciones que la sustentan y de las nuevas reglas que instaura. Me pregunto, por ejemplo, cómo ingresan en nuestras carreras las disputas por el poder comunicar que las corporaciones 656 In-disciplinada mediáticas y muchos periodistas reivindican como derecho inalienable del que estarían siendo desposeídos por la nueva ley… ¿Cómo ingresan las cuestiones de género, de niñez y adolescencia, de diversidad cultural presentes en la ley?, ¿qué redefiniciones del profesional que se forma en nuestras instituciones se han debatido o producido a partir del 2009? Me pregunto si, como en el caso de las transformaciones tecnológicas y culturales a las que aludí inicialmente, existe una suerte de agenda paralela que pone en el campo de la extensión, de las vinculaciones institucionales o de la actividades complementarias toda la potencia política y creativa existente sin que ella conmocione mínimamente el orden curricular. Soy consciente que estas afirmaciones e interrogantes parecen desconocer esfuerzos que muchos realizan, incluso los que estamos realizando desde el Programa de Comunicación y Ciudadanía del CEA para diseñar una nueva instancia de formación de posgrado que conceptual y curricularmente asuma las desestabilizaciones tecnológicas, culturales y políticas a las que me referí. Pero sucede que quiero llamar la atención sobre los vacíos y las ausencias: sobre la falta de intercambios respecto de lo que hacemos—si es que lo hacemos— y la falta de reflexión colectiva sobre la cuestión. Por eso, tratando de transitar ese camino, y lejos de proponer algún programa o plan de acción, quiero terminar esta intervención retomando algunas ideas que compartí hace un año con estudiantes argentinos y uruguayos de carreras de comunicación en el Encuentro Binacional que realizaron en La Plata y durante el cual abordamos los desafíos que el actual momento político-comunicacional de ambos países plantea para la formación de comunicadores. Aunque algunos esperaban que lo hiciera, me resistí en esa ocasión a dibujar algún perfil deseable de egresados, convencida de que esos perfiles suelen ser el recurso académico burocrático más sencillo para poner en la meta final lo que asusta o incomoda hacer en el proceso que la precede. Por el contrario, me dediqué a perfilar—a soñar, si ustedes quieren— qué estudiantes de comunicación necesitamos, sintiendo que de ese modo podía pensar con más libertad el tipo de prácticas que deberíamos desarrollar para que existan esos estudiantes. Entre otras cosas, planteé en aquel Encuentro que necesitamos: - Estudiantes que puedan reconocerse como parte de sociedades en conflicto y que asuman que la comunicación es parte sustantiva de ese conflicto porque el poder decir es inseparable del poder ser y actuar. Enseñan C z o a m d u e n la ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 657 - Estudiantes que en el transcurso de sus carreras puedan adquirir los instrumentos teóricos y contextuales necesarios para poder reconocer y comprender los conflictos. Algo que desborda las disciplinas y sólo es posible si se recupera la densidad de la historia de nuestros países en los procesos de enseñanza y aprendizaje; si se recuperan las batallas cotidianas que se libran, el sentido de los antagonismos que existen, los intereses que están en juego. - Pero también estudiantes que puedan asumirse como parte de sociedades en transición; es decir, como parte de sociedades que desde nuestras investigaciones comprendemos como mediatizadas, multiculturales, multimediales y con políticas públicas que han modificado los escenarios comunicativos. En ese sentido, estudiantes de comunicación con los cuales produzcamos algunas rupturas significativas: - Porque tenemos que romper, a nivel de la enseñanza, con las ideas restrictivas que reconociendo el papel estructurante de lo público que tienen hoy los medios y tecnologías de comunicación, desconocen o minimizan la pluralidad de espacios de comunicación que existen y pueden crearse, dinamizarse, fortalecerse, para constituir una sociedad de debate y diálogo; una sociedad que reconozca, por ejemplo, que las escuelas, que los parlamentos, que los espacios urbanos son espacios de comunicación y que también se requieren políticas y acciones para que ellos se democraticen y permitan las expresiones y construcciones colectivas… - Porque tenemos que romper, a nivel de la enseñanza, con las ideas que todavía siguen asociando la idea de medios públicos a los modelos canónicos europeos—para proponerlos como ejemplos— o a los modelos de medios estatales latinoamericanos—para denigrarlos— porque se siguen pensando los sistemas y modelos por fuera de las lógicas materiales y simbólicas de las que forman parte. - Porque tenemos que romper, a nivel de la enseñanza, con las representaciones y prácticas que definen a periodistas y comunicadores como legítimos usuarios o voceros del habla pública, más que como facilitadores o mediadores del habla colectiva. - Porque tenemos que romper a nivel de la enseñanza con las nociones y prácticas que asocian las figuras de comunicador a la del productor 658 In-disciplinada de discursos, negando los saberes indispensables para la gestión, la planificación, la organización colectiva, el diseño de políticas; la discusión tecnológica. Es decir, negando los saberes que permiten poner en cuestión, desde el hacer, las prácticas comunicativas. Pero junto a esas rupturas, también necesitamos estudiantes que puedan reconocer lo que no se sabe y es imprescindible conocer para asumir productivamente las transformaciones; es decir, que puedan distinguir los saberes necesarios de los que carecemos y aquellos que, por reiterativos, se vuelven saberes desechables: Porque ya nada nos dice constatar una y otra vez la lógica desinformadora de los discursos mediáticos: sus silencios, su casuística y sus agendas restringidas, que impiden la comprensión de complejidades y causalidades, si no conocemos cuáles son las informaciones que faltan y el sentido que los datos y el modo de procesarlo adquieren tanto para el funcionamiento de la economía como para los procesos de constitución de sujetos. Porque será imposible aportar—como promueve la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual— a la democratización de la comunicación en un sentido federal, no centralizado, si apenas conocemos la situación de pobreza comunicacional que afecta a numerosas regiones del país. Y en ese sentido no basta construir mapas de medios—base empírica indudablemente necesaria para cualquier estrategia de planificación— sino que se necesita relevar, reconocer y problematizar las necesidades comunicativas insatisfechas desde los lugares en que ellas se generan: las organizaciones sociales, los pueblos originarios, las zonas fronterizas, las instituciones educativas. Se necesita articular metodologías derivadas de la economía política de la comunicación y los estudios culturales para construir objetos que permitan entender de qué están hechos los deseos y las posibilidades de acceder a la escena pública desde medios y tecnologías de comunicación. - Porque tampoco podría trabajarse innovadoramente en perspectiva plural y multicultural si no se identifican y comprenden las demandas que no se realizan frente a los medios masivos porque históricamente han quedado fuera de las agendas mercantiles pero que, sin embargo, se expresan en circuitos artísticos, musicales y en variadas formas de institucionalidad y comunalidad ¿Cómo podrían generarse nuevos contenidos expresivos de esas realidades marginales o subterráneas o excluidas si ellas no son reconocidas y valorando su alcance y potencialidad convocante? Enseñan C z o a m d u e n la ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 659 Por último, yo decía en aquella ocasión que necesitábamos unos estudiantes de comunicación que pudieran tomar la palabra en sus carreras y fuera de ellas: - En sus carreras organizándose, estudiando, produciendo, haciendo propuestas para que se modifique esa pesada inercia de planes de estudio y concepciones y metodologías que dejan por fuera el mundo vivo de la comunicación de nuestras sociedades. - Fuera de sus carreras, abriendo el juego con todos quienes desde la sociedad civil pero también desde los Estados están construyendo iniciativas y alternativas de democratización de la comunicación. Y forzando, de ese modo, a que los cambios conmuevan las estructuras académicas. Tal vez ustedes piensen que mis proposiciones en esa intervención fueron excesivas. Pero créanme si les digo que las formulé entonces y las reitero aquí porque tengo la convicción de que estamos viviendo momentos privilegiados de transformaciones, expectativas y nuevas construcciones culturales y políticas. Y los privilegios deben necesariamente traducirse en responsabilidades. Nadie va a regalarnos los cambios que se necesitan para que los comunicadores que egresen de nuestras universidades, de aquí a unos años, puedan aportar creativamente al desarrollo tecnológico, cultural y político que los integrantes de nuestra sociedad requieren, en épocas tan complejas como las que vivimos, para poder hacer efectivos los derechos a la información y la comunicación. Son cambios que hay que disputar con dos tipos de poderes muy vinculados, pero que hay que saber reconocer en sus diferencias y en sus convergencias. Por un lado, el poder académico-institucional: ese poder que se expresa en conducciones de carreras temerosas de innovar, de arriesgar, de perder el control y en docentes que más que maestros son coroneles del saber; esos que no son capaces de decir que no saben porque no están dispuestos a aprender; esos que nos aspiran a producir saberes nuevos porque son cómodos reproductores de lecciones que a su vez aprendieron de otros. Por otro lado, el poder corporativo que desde fuera de las universidades también ejerce coerciones para que nada cambie: el poder de empresas, de medios, de ciertos sindicatos y colegios profesionales. Lo alentador es que hoy podemos contar a favor de las ideas de cambio a múltiples movimientos sociales que construyen día a día una palabra alterativa que busca hacerse pública. Y tendremos que convocarlos. Y que 660 In-disciplinada muchos docentes e investigadores con mejores o peores condiciones de trabajo, vienen esforzadamente siendo parte de los cambios que vivimos porque no escinden la academia de la sociedad y del tiempo del que ella es parte, porque tejen alianzas en el terreno del saber y el hacer, porque no temen imaginar. Comencé diciendo que nos encontramos en el medio de los medios… que somos parte de una cultura que no puede pensarse sin ellos y que formamos comunicadores e investigadores que no podrán prescindir de ellos ni obviarlos… Afirmé que nos encontramos en una época en que tecnológica y políticamente los medios se transforman. Si sólo reiteramos frente a ellos viejos debates y estrategias, si sólo persistimos en discutir su influencia o potencialidades y no advertimos la productividad que podrían generar los complejos procesos de desestabilización de nuestro quehacer del que ellos son parte, esa productividad no va a desactivarse, pero tal vez quedemos lejos de los cauces por los cuales se expanda. Para mí, al menos, después de muchos años de transitar las aulas de nuestras carreras, esto representa un enorme desafío. Enseñan C z o a m d u e n la ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 661 Los lugares incómodos(o las deudas-desafíos de las carreras de comunicación)(2015) * Para quienes hemos pasado buena parte de la vida enseñando comunicación o siendo parte de carreras universitarias de grado y posgrado de comunicación en América Latina, la cuestión de las inercias de planes de estudio y estrategias de enseñanza es uno de esos lugares comunes de los que es mejor olvidarse. Cada vez que se los visita uno sale de ellos con el mismo sentimiento de cansancio al recoger los mismos diagnósticos y las mismas propuestas para dar fin con ese remar en aguas pesadas que poco y nada dejan avanzar mientras, por el contrario, si algo avanza en este mundo—como se afirma a diestra y siniestra— son los modos del comunicar. Por eso, en vez de caer en esos lugares comunes, hace algunos años vengo tratando de tensionar lo que hacemos desde lo que alguna vez he llamado los márgenes y hoy prefiero nombrar como lugares incómodos: zonas poco confortables pero inevitables porque es en ellas que vivimos o, para ser más precisa, porque forman parte de lo que la comunicación es hoy, en nuestra sociedad. 1 La utilidad de tal ejercicio está por verse. Y tal vez nunca pueda demostrarse. Pero al menos, no se podrá decir que no hemos hecho el esfuerzo de salir de lo mullido… La comunicación popular/alternativa: ese hueso duro de roer El primero de esos incómodos lugares es, para mí, el ocupado—o no ocupado— por la comunicación popular/alternativa en nuestro mundo académico. Prácticas muchas veces invocadas y reconocidas desde el compromiso social y político que anima a carreras, docentes y estudiantes * Trabajo publicado originalmente en Revista Chasqui. N.º 129, CIESPAL agosto-noviembre 2015, Quito, Ecuador. 1 He realizado esa tarea en algunos de los últimos encuentros organizados por la Fadeccos, la Federación Argentina de Carreras de Comunicación Social y los estudiantes de comunicación que anualmente se autoconvocan para reflexionar en mi país. Este artículo recoge parcialmente ideas trabajadas en conferencias que tuvieron lugar en el X Encuentro Nacional de Comunicación (septiembre 2010- Universidad Nacional de Misiones) y en el XII Encuentro(septiembre 2012 –Universidad Agustín Maza, Mendoza). 662 In-disciplinada de nuestras universidades, pero más veces aún depositadas en los márgenes del saber, sin capacidad de incidir epistemológica y pedagógicamente en nuestros quehaceres. A pesar de los matices y diferencias que contiene el sintagma comunicación popular/alternativa, admitamos que genéricamente, más allá de distintas modalidades expresivas y tecnológicas y más allá de coyunturas y contextos e incluso de perspectivas políticas, ese sintagma recubre una voluntad: la de romper un silencio impuesto. Una ruptura que implica poder pronunciar las palabras acalladas por el poder económico y político expresado en los sistemas de explotación y los regímenes dictatoriales o las democracias autoritarias. Pero que más complejamente alude a cuestionar el poder de quienes en diferentes ámbitos establecen las reglas del decir, tanto el poder de quienes manejan el sistema mediático como el de quienes habilitan o deslegitiman voces, temas, lenguajes y modalidades expresivas en distintos espacios sociales. La comunicación popular remite por eso mismo a una alteración discursiva y al conflicto; a nuevas voces—nuevos hablantes y relatos— que generan innovaciones y diversidad de experimentos tecnológicos: desde iniciativas artesanales como los periódicos murales o los graffitis, a estrategias de apropiación de desarrollos técnicos de punta como las trasmisiones radiofónicas satelitales. Y en esa nueva manera de pensar la comunicación colectiva, se modelan figuras y prácticas profesionales renovadas: desde corresponsales sin títulos de periodistas, a la recuperación de lenguajes y formatos de culturas tradicionales, a modalidades de investigación-acción para pensar la práctica, a desarrollos de experiencias de gestión colectiva y modos creativos para dotar de sustentabilidad a medios y experiencias. Pero la comunicación popular también remite—y no explicitarlo sería otorgarle un estatuto de pureza, como muchas veces lamentablemente se ha hecho— a contradicciones y mestizajes, a préstamos usurarios hechos desde el mercado simbólico hegemónico y las instituciones reguladoras del discurso, y aceptados por quienes necesitan esos recursos para sentirse parte de un mundo compartido. Y en esas zonas de mezclas, préstamos y pujas, se modelan tácticas de visibilización, se reordenan territorios, se disputan historias: los quichuas y quechuas de América Latina buscan a través de una red radiofónica reunificarse como pueblo quebrado autoritariamente en los procesos de la independencia y durante la constitución de los Estados nacionales; los indignados europeos, los ocuppys estadounidenses y los Enseñan C z o a m d u e n la ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 663 migrantes latinos en países centrales producen diálogos e intercambios que redefinen fronteras expresivas y políticas. 2 Así caracterizadas—con todo lo imprecisa que siempre resulta una caracterización genérica— me animo a decir que esas prácticas poco nos enseñaron en las carreras universitarias de comunicación porque el sistema académico poco espacio les daba. Quienes fuimos parte de ellas, quienes las asumimos como terreno de acción teórica y empírica, muchas veces debimos hacer malabares para que ese sistema convalidara lo que hacíamos. Y claro que existen ejemplos relevantes de que ello era posible: estudiantes que se animaron y se animan a convertir esas prácticas en temas de sus trabajos finales de grado o sus tesis de maestría, colegas docentes que crearon centros o departamentos inspirados en esas búsquedas y orientados a fortalecerlas. 3 Pero si digo que poco nos enseñaron, es porque usualmente esas prácticas resultaron desaprovechadas al ser equiparadas a un tipo específico de quehacer o a una modalidad técnica—como pueden serlo la comunicación visual o la comunicación institucional, por ejemplo— sin leer en ellas lo que contenían y contienen como matriz para pensar la comunicación en tanto dimensión constitutiva de la cultura y las interacciones sociales. Y para precisar lo que digo voy a indicar, también a grandes trazos, algunas de las dimensiones densas de esas prácticas que desaprovechamos. En primer lugar, desaprovechamos la idea de la dialogicidad como núcleo duro de la comunicación. Una dialogicidad sinónimo de interacción que asume la alteridad, las diferencias y distancias como materia prima y condición necesaria de los intercambios y que pone en cuestión varios supuestos e ideas naturalizadas en muchas perspectivas teóricas y académicas: por ejemplo, la necesidad de ciertas competencias profesionales como condiciones para el habla pública mediática. En relación con ello, no hemos reflexionado suficientemente acerca del cuestionamiento de las ideas de intermediación como sinónimo de construcción de jerarquías; es decir, hemos pasado por alto el hecho de que el reconocimiento de que existen restricciones técnicas para que todos puedan ser enunciadores—no todos pueden acceder al manejo de un medio masivo, a eso me refiero— no puede convertirse en una restricción social y 2 He desarrollado en extenso esta temática en Mata 2011. 3 No quiero desconocer a nadie, pero puedo nombrar, sólo a manera de ejemplo en mi país, la Unidad de Prácticas y el Centro de Comunicación/Educación de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata o el Área de Comunicación Comunitaria de la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de Entre Ríos. 664 In-disciplinada cultural para que el discurso público no contenga a todos en situaciones igualitarias. Y obviamente, en estrecha vinculación con ello, hemos eludido discusiones en torno a la cuestión de la representación discursiva y social. En tercer lugar, desaprovechamos la posibilidad de impugnar ciertas nociones establecidas desde el sistema de producción de medios masivos de comunicación que se han convertido, a través de imperceptibles pero potentes operaciones conceptuales, en nociones indiscutidas para pensar esos medios. Vaya un solo ejemplo ilustrativo: el concepto de agenda informativa construido a partir de lógicas mediáticas y no a partir de las necesidades de saber de una población o a partir de los intereses expresivos de una comunidad. Y junto a todo ello—y seguro existen otras dimensiones que podrían incorporarse a esa serie—, esas prácticas contienen sustantivos aportes para pensar la redefinición de los sistemas comunicativos en su articulación con procesos educativos y organizativos; para pensar las instancias y modalidades de análisis y crítica de lo existente y para imaginar y diseñar futuras estrategias. Reconociendo esa densidad teórico-política que contiene la comunicación popular/alternativa vale preguntarse por qué no se pudo aprender desde ella en la sede universitaria. O, en otras palabras, por qué las teorías que constituyen los marcos conceptuales con que se opera en las carreras de comunicación no han incorporado esa densidad. Pero sería incorrecto responder esa pregunta sin recordar que hubo un tiempo, a comienzos de los años 80, en que ese mundo complejo de iniciativas y problemas que ponía en escena la comunicación popular/alternativa, se hizo presente en discusiones y reflexiones académicas desde diferentes lugares y motivaciones, algunos de los cuales voy a mencionar. En 1980, durante el desarrollo de la Semana Internacional de la Comunicación organizada por la Facultad de Comunicación de la Universidad Javeriana de Bogotá, Jesús Martín-Babero, en la muy citada conferencia“Retos a la investigación de la comunicación en América Latina”, postulaba que una de las temáticas estratégicas para desarrollar nuestro campo de estudios era la de la“comunicación popular/alternativa”; unas prácticas que, según sus propias palabras, expresaban la resistencia y réplica al“discurso burgués”, que ponían de manifiesto la voluntad de hacer frente al empobrecimiento y vaciamiento de la comunicación cotidiana a raíz de la mercantilización de la vida social; que no eran homogéneas porque lo popular era siempre expresión Enseñan C z o a m d u e n la ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 665 de ambigüedades y conflictos pero que planteaban para Martín-Barbero “hacia dónde deben apuntar las propuestas de una comunicación que se quiera realmente participativa, esto es, que más que llevarle comunicación a las masas busque liberar su palabra”(Martín-Barbero, 1980: 277). Un año después, en 1981, el Programa de Comunicación Popular de CELADEC (la Comisión Evangélica Latinoamericana de Educación Cristiana) en el que yo trabajaba aceptó ese desafío y organizó en Lima un encuentro que por primera vez reunía a académicos y referentes de organizaciones dedicadas al desarrollo de prácticas de educación y comunicación popular para debatir las vinculaciones entre ellas y la dinámica del movimiento popular, que por entonces se nombraba en singular. En ese espacio intercambiaron sus miradas teóricas de la envergadura de Armand Mattelart o el semiólogo peruano Desiderio Blanco, con representantes de organizaciones peruanas, colombianas, centroamericanas. Ese mismo año, el argentino Máximo Simpson, compilaba en México un libro editado por la UNAM que llamó Comunicación alternativa y cambio social I. América Latina y que de algún modo reflejaba el mismo espíritu de aquel encuentro. La compilación incluía discusiones teóricas y experiencias y pretendía comenzar a llenar un vacío. 4 En opinión de Simpson, la inexistencia de textos que brindaran una visión de conjunto sobre el tema ponía a las carreras de comunicación“ante una sensible carencia[…] en lo referente a los enfoques teóricos” e impedía la posibilidad de conocer y analizar en su contexto las prácticas desarrolladas en diferentes países(Simpson, 1986: 9). En la misma línea, en 1982 un encuentro organizado por la Universidad de Lima, en Perú, sobre la cuestión de la comunicación y el poder, combinaba conferencias de los más destacados teóricos latinoamericanos y europeos del campo con mesas de trabajo en las cuales esos mismos intelectuales dialogaban con quienes aportábamos ideas sobre las experiencias de comunicación popular desarrolladas por distintos sectores sociales. Apenas un año después, en 1983 el número 10 de Comunicación y Cultura, la publicación que por entonces era un referente académico-político a nivel latinoamericano dedicado a proponer“interrogantes sobre lo popular” incluía, entre otros materiales, un artículo del mexicano Jorge González, titulado“Cultura(s) popular(es) hoy” , en el cual buscaba presentar, decía él, “distintas perspectivas que con el tiempo han surgido para hablar acerca 4 Tal éxito tuvo el texto, según su compilador, que en 1986 se reeditó con algunos capítulos añadidos. Utilizo como fuente bibliográfica esa edición. 666 In-disciplinada de un vasto y heteróclito conjunto de objetos, fenómenos, relaciones y realidades culturales llamadas genéricamente‘populares’”. Entre esas perspectivas incluía las ideas de pensadores europeos como Gramsci, Cirese, Muchembled, las de latinoamericanos como Martín-Barbero o Fernando Da Matta y también las que provenían de prácticas de organizaciones de comunicación popular/alternativa que, a su juicio, estaban“desempeñando interesantes labores de reconocimiento y promoción de las culturas de las clases subalternas”(González, 1983: 27). Y para cerrar de algún modo la serie, aunque bien podría—y creo que correspondería— ser completada, recuerdo que entre 1985 y 1986 hubo en la Universidad Nacional de Córdoba dos encuentros convocados por egresados y estudiantes de la carrera de comunicación que demandaban apropiarse de la problemática de la comunicación popular, tal como ella se estaba desarrollando en América Latina, para pensar también desde ahí los desafíos que planteaba la recién recuperada democracia para la reconstrucción social y política de nuestro país. La emergencia de ese conjunto de reflexiones no fue casual. Se produjo en un momento en que se repensó el campo de estudios de comunicación, en que se trató de desanclarlo de perspectivas reduccionistas y funcionalistas y de articularlo de manera inescindible con la cultura. Una época en que, como muchas veces se ha dicho, fueron menos los desarrollos teóricos y más las derrotas vividas en América Latina por las fuerzas sociales y políticas que buscaban la transformación del orden imperante las que revelaron la necesidad de superar los denuncismos que, siendo útiles para percibir los mecanismos de dominación, resultaban insuficientes para interrogarse acerca de las posibilidades de construir, también desde la comunicación, nuevas alternativas políticas. En ese marco, las prácticas populares y alternativas parecieron ingresar en nuestro campo de estudios para pensar desde ellas, con ellas y contra ellas, los complejos procesos de producción del orden social. Pero luego sobrevino su puesta en los márgenes de lo académico: los proyectos de extensión, las iniciativas de agrupaciones y centros de estudiantes, la vocación militante de docentes fue el lugar que se asignó a esas prácticas. Y esa suerte de borramiento—hasta ahora indiscutible— se expresó tanto en términos institucionales como teóricos. Así, por ejemplo, las prácticas de comunicación popular/alternativa no suelen incluirse en los programas de los cursos sobre cultura masiva y popular que se dictan en nuestras carreras o en los textos que abordan esa problemática; es como Enseñan C z o a m d u e n la ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 667 si ellas no formaran parte de esa cultura que es popular por su condición subalterna pero también por su capacidad de resistencia y por vocación transformadora. Por otro lado, en los cursos o textos sobre comunicación comunitaria o alternativa es muy difícil encontrar referencias a la inescindible y compleja vinculación de lo popular que vive en lo masivo como matriz cultural apropiada desde el mercado para favorecer los procesos de consumo y adaptación. Poco y nada encontraremos de esos imprescindibles cruces para entender las pugnas discursivas, las pugnas simbólicas que atraviesan nuestras sociedades. Y algo similar suele ocurrir en los textos, cursos e investigaciones sobre comunicación y política. De un lado los análisis de producción de discursos partidarios y sectoriales, las consideraciones acerca del espacio público mediatizado y del papel del Estado en la construcción de la hegemonía. De otro, cuando se abordan, las prácticas de comunicación popular/alternativa como expresión e instrumento de movimientos sociales sin más conexión con esos anteriores temas que la coexistencia en una misma coyuntura. Es cierto que existen esfuerzos para producir acercamientos. 5 Pero una cosa son acercamientos y otra es que la comunicación popular/alternativa pueda alcanzar, en nuestro campo académico, el estatuto de lugar legitimado para reflexionar acerca de lo popular como categoría cultural y como horizonte político y para pensar la comunicación como dimensión estratégica y estructurante de nuestras sociedades contemporáneas. Algo que creo no sucederá si no saldamos cuentas con el pasado; es decir, si no logramos comprender por qué se paralizó aquella potencialidad de reflexiones y debates que asomaron durante los 80. No tengo respuestas totalmente claras al respecto. Por eso sólo ensayo algunas preguntas pensadas más a manera de provocación que de tranquilizante vademécum. Me pregunto, por ejemplo, por qué ante las propuestas de abordar la conjunción dominación-resistencia-resignificación como requisito para comprender los procesos de producción de la hegemonía se optó por analizar sólo los consumos y no los procesos de producción de un habla que al proponerse como alternativa también es capaz de revelar la subalternidad y la potencia transformadora ¿Fue que la licuación de lo popular como categoría política durante los perdidos noventa nos hicieron 5 Nuestra propia experiencia desde el Programa de Estudios sobre Comunicación y Ciudadanía del CEA es muestra de ello; como lo han sido, por ejemplo, los encuentros sobre Cultura Popular y Masiva organizados por la carrera de comunicación de la Universidad Nacional de General Sarmiento. 668 In-disciplinada perder el rumbo como sostienen algunos? Pero si eso fue así… ¿por qué la inercia se mantuvo luego de que las crisis económico-sociales vividas en tantos países de la región a comienzos de este siglo multiplicaran nuevas prácticas que con cuerpos y discursos buscaban hacer presentes la exclusión y recusarla como condición de vida?, ¿qué y cuánto tuvieron que ver en ese borramiento la adopción de categorías y perspectivas teóricas que reservan para lo popular sólo dimensiones tácticas e inorgánicas sin reconocer en ellas la capacidad de acumulación estratégica y de construcción de poderes?, ¿qué y cuánto tuvieron que ver en ese borramiento las miradas que reconociendo la mediatización de la sociedad reponen con esa noción la potencia modeladora de las tecnologías por sobre las mediaciones desde las cuales se produce su sentido? Pero además, no debiéramos soslayar otro tipo de razones: incluir dentro de nuestro pensar académico la comunicación popular/alternativa implica encontrarnos con actores capaces de contestar nuestros puntos de vista y teorizaciones, es decir, capaces de pronunciar también ante nosotros su palabra porque también desde el terreno académico se construyen poderes no necesariamente democráticos. Abrir las puertas de nuestro campo a esas prácticas requiere exhibir y justificar la mirada y las operaciones desde las cuales las construimos como objetos y someterlas a discusión no sólo entre pares sino con esos otros que, haciendo, expresan ideas acerca de lo que es comunicar. Sacar la comunicación popular/alternativa de los márgenes académicos requiere que elaboremos respuestas consistentes para ese tipo de interrogantes. Pero también buenas razones para hacerlo. Y ellas están ahí, interpelándonos. Vivimos continentalmente una época de debates y luchas significativas por los derechos a la comunicación que se expresa tanto en avances legislativos en varios países de la región y en un desarrollo auspicioso de nuevos medios —comunitarios, públicos— como en los brutales ataques que esos mismos medios sufren en otros países. En ese contexto hay quienes, desde las universidades, vuelven a mirar el terreno de las prácticas de comunicación popular/alternativa como espacio de aprendizaje ¿Y con qué se encuentran? La literatura existente sobre el tema en América Latina es significativa. Pero cuesta encontrarla si uno no ha estado ahí, en medio de quehaceres y debates. Y cuando se la encuentra, suele incomodar a muchos porque a veces parece suscitar una lectura demasiado fácil—la que proponen los manuales Enseñan C z o a m d u e n la ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 669 más o menos esquemáticos, las hojas sueltas, los relatos de experiencias, las evaluaciones, los proyectos—. Cuesta meter esa literatura en las cajas académicas que tan bien sabemos armar para proponer bibliografías. Cuesta meternos en el lenguaje de las prácticas y leer desde allí las nociones operantes, las discusiones, las contradicciones, las iluminaciones. Y esa imposibilidad genera situaciones paradojales: mientras el desarrollo de las prácticas comunicativas populares se ha transformado en nuestro continente en estrecha relación con los conflictos del que son expresión y parte, en el campo académico persisten inercias derivadas del desconocimiento de esos procesos cuya historia circula por esos textos insignificantes académicamente. No hay registro, por ejemplo, de los profundos debates acerca de la masividad o marginalidad que esas prácticas deben tener en relación con el sistema de medios; se desconocen las discusiones y aportes producidos en el marco del quehacer popular/alternativo en torno a lo que deben ser unas políticas democráticas de comunicación públicas; se ignoran las estrategias que desde experiencias locales se producen para enfrentar los procesos de deslocalización que traza el mundo global. Mientras grupos y organizaciones dedicadas al desarrollo de prácticas de comunicación popular/alternativa hace mucho tiempo discuten y procesan trabajosamente los problemas de la multiculturalidad y la pluriculturalidad, de la migración como proceso de reconfiguración identitaria y territorial, del lenguaje y las tecnologías como dispositivos de poder y subversión, del“buen vivir” como contestación a las ideas de desarrollo, en no pocos textos y espacios académicos se sigue pensando a esas prácticas como unos medios sencillos, poco sustentables, a los que hay que promover y fortalecer con capacitaciones técnicas hechas, muchas veces, a la medida de la producción mediática dominante. Y entonces me digo que no sólo desaprovechamos la potencia conceptual de esas prácticas para pensar la comunicación; me digo que las subvaloramos porque persiste una mirada que las cosifica y deshistoriza. Y es esa mirada, que no nos deja ver, la que debemos cuestionar. Cuestionar que se siga pensando ese objeto denso y contradictorio que es la cultura popular, inseparable de la cultura mediática que hoy caracteriza a nuestras sociedades sin reconocer que ella también está hecha de las prácticas de comunicación popular/alternativa. Cuestionar que se siga pensando las articulaciones entre comunicación y política sin reparar en los complejos procesos de producción de identidades y actores que tienen lugar en esas prácticas. 670 In-disciplinada Frente a las perspectivas que piensan lo popular hoy, en América Latina, como“aquello que está fuera de lo visible, lo decible y lo enunciable”, o como aquello que“cuando se vuelve representación no puede administrar los modos en que se lo enuncia”(Alabarces,2006 y 2012), las prácticas de comunicación popular/alternativa permitirían comprender, sin negar para lo popular la condición de subalternidad, cómo desde la experiencia de un habla propia—que apuesta a construir una legitimidad que se le niega— puede pensarse la comunicación como espacio de encuentro y conflicto, de representación que no cosifique, de intermediaciones que incluyan las ideas de alteridad y pluralidad. Es decir, como un modo particular de producción de hablantes y agendas que bien podrían enriquecer, por ejemplo, nuestro modo de pensar y construir medios públicos, para lo cual lamentablemente algunos sólo siguen teniendo como referentes a viejos sistemas que, diseñados para ser independientes del Estado, jamás se propusieron emancipar las palabras y lenguas sometidas. Es por eso que tenemos que producir en nuestro campo académico una grieta por la cual esas prácticas penetren con todas sus contradicciones y potencialidades para que podamos elaborar unas teorías que encuentren en ellas no meros ejemplos o áreas de aplicación, sino el sustrato de producción de nuevos problemas y nociones. La comunicación como derecho Si algo caracterizó la constitución de nuestro campo de estudios a nivel continental fue su articulación con el poder. Tanto desde las perspectivas integradoras como desde los posicionamientos críticos, el desarrollo de la investigación y la formación de comunicadores no se concibió como un ejercicio científico-académico prescindente de intencionalidades inmediatamente políticas. Desde la superación del subdesarrollo presente en la mente de los hombres como se postularía desde el primer difusionismo, hasta la denuncia de la funcionalidad de los medios de comunicación con respecto a las“ideologías y patrones de comportamiento impuestos…. por el imperialismo y sus oligarquías y burguesías asociadas…”, para utilizar palabras textuales de aquel primer seminario de especialistas en comunicación celebrado en San José de Costa Rica en 1972, nuestro campo se dibujó nítidamente como campo atravesado por concepciones y proyectos políticos antagónicos. Enseñan C z o a m d u e n la ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 671 Esos orígenes marcaron distintivamente propuestas curriculares y estrategias metodológicas. Hubo tiempos en que modificar un plan de estudios o diseñar un proyecto de investigación se pensaban como trazos que permitían a las instituciones y sus integrantes insertarnos en tradiciones, debates y propuestas que buscábamos potenciar y hacer progresar con un claro sentido de acumulación legitimadora. Podríamos decir que, al organizar y desarrollar sus labores académicas, nuestras carreras manifestaban una suerte de impronta teleológica que se expresaba en emblemáticos perfiles de comunicadores. Las críticas a ese finalismo pedagógico, la comprensión de la complejidad de los procesos político-culturales y el consecuente cuestionamiento de interpretaciones mecanicistas acerca del lugar y papel de la comunicación en la producción de la hegemonía, el fuerte dinamismo de los sistemas comunicativos en términos tecnológicos y discursivos, pero también los progresivos procesos de burocratización de las actividades académicas fueron—a mi entender— las principales razones por las cuales a partir de fines de los años 80 aquellas identidades comenzaron a debilitarse. En contraposición, se trató de encontrar entre ellas tendencias comunes, equivalencias, vasos comunicantes. Y no estaría mal recordar que hubo incluso proyectos de ese tipo alentados por las asociaciones de carreras en algunos países. Esa suerte de normalización de la formación académica no fue ajena a un consistente proceso de homogeneización del sistema comunicativo que se produjo y expresó—todo en un mismo movimiento— de la mano de la concentración progresiva de medios, de la crisis de identidades y modalidades de representación colectivas, del creciente recurso a dispositivos y regulaciones técnicas para la construcción de la opinión; en suma, de la mano de esa nueva articulación entre prácticas e instituciones sociales con tecnologías de información y comunicación que caracteriza las sociedades mediatizadas y que conlleva un aplanamiento o detrimento de la experiencia y un fortalecimiento de lógicas que se proponen como recursos inclusivos y que en realidad son dispositivos formateadores de la particularidad con el objeto de ganar universalidad y serialidad. Sin embargo, desde los primeros años de este nuevo siglo se han producido hechos que, a mi juicio, deberían haber tenido la capacidad de conmover ese escenario. Me referí, líneas arriba, a ese complejo proceso que produjo en nuestro continente propuestas, debates y confrontaciones vinculadas al 672 In-disciplinada establecimiento de regulaciones de los sistemas comunicativos. Más allá de las disparidades existentes entre las estrategias desarrolladas en distintos países y entre los mayores o menores avances que se experimentaron, lo que constituye una suerte de horizonte común en muchos de ellos es el renovado estatuto que adquirieron los derechos a la comunicación y que, como era inevitable en sociedades injustas, provocaron intensos conflictos. Procesos como el que vivimos en Argentina en torno a la elaboración, discusión e implementación de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual; las instancias que hicieron posible la aprobación de la Ley Orgánica de Comunicación de Ecuador; lo que ocurre actualmente en Brasil o Uruguay con relación a legislaciones del tipo; la reunión de titulares de defensorías del público de distintos medios y Estados desarrollada durante 2014 en Buenos Aires y la constitución, en el marco de esa reunión, de una Organización Interamericana de Defensoras y Defensores de las Audiencias; la Cumbre de la Plataforma Iberoamericana de reguladores de Televisión que se realizó también en 2014 en Bogotá con la participación de representantes de 16 países latinoamericanos son—entre otros hechos— muestras de la emergencia de un conjunto de actores que han sido capaces de producir un discurso creíble y sostenible que propone a los medios masivos de comunicación como términos de conflicto. Y voy a detenerme un segundo sobre esa idea. Reconocer los medios masivos y el sistema que conforman en términos de conflicto no significa negarlos o demonizarlos. Tampoco, como en aquellas iniciales asociaciones con el poder, atribuirles responsabilidades que liberarían a la sociedad y el estado de las consecuencias de sus propias acciones. Significa, en cambio, concebirlos como uno de los pilares centrales para la producción de significados colectivos negando o cuestionando una supuestamente natural o legítima condición que ellos tendrían para determinar por sí, y sin el concurso de la sociedad y el Estado, las reglas de esa producción tanto en términos tecnológicos como institucionales y discursivos. Lo que básicamente permitió en los últimos años que los medios se pensaran como términos de conflicto, como objeto en disputa—y ya no sólo como dispositivos de poder— fue el ingreso en la arena pública de un conjunto de integrantes de la sociedad civil antes más o menos expectantes, que comenzaron a demandar el cumplimiento y la ampliación de derechos vinculados con la posibilidad de hablar y de ser; derechos de reconocimiento y expresión; derechos a visibilizar condiciones de existencia Enseñan C z o a m d u e n la ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 673 y deseos; derechos a elegir el modo en que se quiere estar presente y ser representado en la escena pública mediática. La transformación no es menor. Durante décadas la discusión en torno a los medios masivos de comunicación había sido cuestión de especialistas— con significativa participación de nuestras carreras— y de un acotado tipo de organizaciones vinculadas al campo de los proyectos alternativos—desde instituciones y movimientos que alentaban estrategias de educación y comunicación popular y comunitaria hasta los propios medios que asumían esa perspectiva—. Se trataba de una discusión que, como dirían Virilio o Dominique Wolton, no llegaba“al gran público”, a la sociedad devenida público, entre otras razones a causa de una de las características intrínsecas del sistema comunicativo hegemónico: su capacidad para diseñar y sostener agendas unificadas en las que se impide la entrada a tópicos y hablantes que puedan desestabilizarlo(Virilio, 1996; Wolton, 1997). Estoy convencida de que si algo caracteriza comunicativamente a nuestro tiempo es la ampliación de esa discusión. Los medios masivos hegemónicos están menos solos en la escena y sin que se haya menoscabado su consumo han comenzado a perder anteriores legitimidades. En el caso argentino, como podemos sustentarlo desde el resultado de investigaciones empíricas y desde ciertas prácticas institucionales y movilizaciones colectivas, esos medios empiezan a ser considerados por el público no sólo como fuente de ofertas de información y entretenimiento, sino como actores interesados en producir unos modos de informar y entretenerse que de ningún modo son los únicos posibles. Y esta consideración se hace extensiva al conjunto del sistema, es decir, a los medios públicos o estatales y a los medios alternativos o sin fines de lucro. 6 Las organizaciones y movimientos que luchan por legislaciones de comunicación democratizadoras han sido y son protagonistas centrales de ese cambio. Pero también, entre otros, los movimientos juveniles, de campesinos, de migrantes, que luchan contra la estigmatización a la que son sometidos a causa de sus costumbres, sus condiciones de vida, sus procedencias. Y lo siguen siendo los pioneros movimientos de mujeres que supieron lograr avances significativos en términos de nominaciones públicas—pensemos, si no, en el lugar que se hizo el término femicidio en la maraña del lenguaje 6 Lo hemos constatado en indagaciones comparativas realizadas desde el Programa de Estudios sobre Comunicación y Ciudadanía que dirijo en el Centro de Estudios Avanzados de la Universidad Nacional de Córdoba(Argentina) con anterioridad y posterioridad al debate y sanción de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. 674 In-disciplinada periodístico sensacionalista—, a pesar de que contradictoriamente sigan produciéndose, a través de los medios masivos, gravísimas manifestaciones de sexismo y la justificación mediática de la violencia contra las mujeres. Junto a esa variedad de movimientos y organizaciones, en alianza o confrontación con ellos, completan la escena los Estados nacionales y las distintas fuerzas político-partidarias. Una escena que muchas de nuestras carreras contribuyeron a construir no sólo por la investigación y formación crítica que desarrollaron durante años sino porque algunas de ellas intervinieron decididamente en esos procesos de discusión de nuevas regulaciones y porque asumieron compromisos colectivos en el mismo sentido. Insistiendo en la necesidad de tener una mirada genealógica sobre las nociones con que operamos, Armand Mattelart solía indicar que“cada época histórica y cada tipo de sociedad tienen la configuración comunicacional que se merecen”(Mattelart, 1995: 12). Y la idea de merecimiento no remite a premios o castigos, sino más bien a los distintos niveles o aspectos y escalas que al articularse producen—siempre en palabras de Mattelart—“un concepto hegemónico de comunicación”(Ídem). En ese sentido, creo que no es arbitrario pensar que en nuestra época y en nuestras sociedades latinoamericanas se está produciendo una particular configuración que permite disputar la hegemonía de las concepciones mercantilistas de la comunicación desde la mirada de los derechos. Sin embargo, nuestra escena estaría peligrosamente incompleta si no consideráramos la otra significativa mutación que han sufrido las ideas y prácticas comunicativas en lo que va de este siglo; es decir, si ignoráramos otro movimiento que ha alterado el escenario de actuación de nuestras carreras. Me refiero al acelerado y complejo desarrollo tecnológico que potencialmente convierte a cada individuo en terminal productora y receptora de datos de todo tipo y la cultura comunicativa que se produce a partir de esa potencialidad. Una cultura comunicativa sostenida en un nuevo imaginario en el que se conjugan, entre otras, las ideas de contacto como modo de pertenencia; las de instantaneidad como caución de eficiencia, las del vínculo virtual como mecanismo inclusivo. Un imaginario que, en el caso argentino, puede explicar en parte la existencia de 159 abonos a teléfonos celulares cada 100 personas según los datos proporcionados para 2013 por el Banco Mundial. Un imaginario que hizo posible que el año pasado—en vísperas de la celebración del día del niño— las tablets y otros dispositivos del tipo fueran ampliamente promocionados y resultaran ser los objetos que Enseñan C z o a m d u e n la ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 675 proporcionalmente registraron mayores incrementos de venta. Una cultura que se expresa en los datos que brinda la Encuesta Nacional de Consumos Culturales de 2013 pasado, según la cual un 65% de la población mayor de 12 años utiliza habitualmente internet siendo el acceso a redes sociales la práctica más extendida de entre todos los usos de la web(57%). Datos que adquieren significativa magnitud si consideramos que en 2005 la misma Encuesta indicaba que sólo el 41% de los habitantes usaba internet y si recordamos que aunque la oferta de internet y telefonía móvil a gran escala en nuestra región comenzó a mediados de la década del 90, hasta 1998, según datos del PNUD, tan sólo el 0,8% de la población de América Latina y el Caribe tenía acceso a internet. Numerosas investigaciones, ensayos y algunos verdaderos manifiestos académicos caracterizan esa nueva cultura a partir de nuevas figuras y procesos que sustituyen a los clásicos actores y los típicos circuitos o recorridos pragmáticos y simbólicos con los que acostumbramos a pensar la producción colectiva de significaciones—aquellos a los que nos tuvo acostumbrada la racionalidad comunicativa moderna y sus medios paradigmáticos: la prensa escrita, la radio y la televisión. Gracias a la existencia de los procesos de digitalización e hipermediación, gracias a la web, las redes, ciertos programas, protocolos, aplicaciones y lenguajes, se indica que debemos dejar de pensar en consumidores y receptores para pensar en usuarios. Abandonar la lógica“del broadcasting —de uno a muchos—“, y asumir una“arquitectura reticular—de muchos a muchos—”, que colaboran mutuamente(López y Ciuffoli, 2012: 21). Como producto de esas transformaciones, llegará a postularse la desaparición del autor, del emisor-productor como figura iniciadora de los intercambios, para sustituirla por la del“publicador”—uno entre tantos—, así como la trasmutación del consumo mediático individual en consumos colectivos. Gran parte de la literatura disponible sobre este tipo de medios enfatiza sus rasgos libertarios y participativos; la dinámica interactiva que conlleva posibilidades ilimitadas de autonomía y reunión. Quiero decir, posibilidades expresivas de un“yo comunicante sin intermediarios” que es el usuario de los nuevos medios, y posibilidades de vinculación con otros usuarios con quienes, sin necesidad de conocimiento previo o acuerdos mutuos, pueden entablarse polémicas o establecerse coincidencias sobre cualquier tópico(Ídem: 40-41). Porque, coronando la plenitud de la nueva escena, se postulará que sin mayores competencias técnicas o destrezas cognitivas, todos podemos ser gestores de nuestras propias interacciones. 676 In-disciplinada No es mi intención proponer una discusión de estas perspectivas que suelen tener verdaderas pretensiones epistémicas. Tampoco hacerlas polemizar con pensamientos más complejos que, asumiendo la presencia e impacto cultural de los procesos de digitalización e hipermediación, reconocen las limitaciones que sufre la autonomía y la libre iniciativa de los usuarios en diferentes redes y entornos; en algunos casos debido a la racionalidad económica en que se sustentan y en otros debido a las características de sitios y programas en que unos pocos cientos de personas diseñan los caminos que transitarán unos cuantos millones, lejos de aquella reticularidad prometedora de creativas construcciones colectivas. Tampoco quiero cuestionar esa nueva episteme comunicacional que minimiza el hecho de que son los medios clásicos, los tradicionales, también en proceso de transformación por los procesos de digitalización y convergencia, los que siguen concentrando las mayores adhesiones colectivas de la población a la hora de informarse y entretenerse; que son esos medios donde se producen las principales disputas por el poder de nominación y donde, en buena cantidad de casos, se originan los tópicos que se desplegarán en los nuevos sitios y medios interactivos. Lo que quiero proponer, en cambio, es considerar hasta qué punto y de qué modo estos nuevos modos de comunicar y de pensar la comunicación sobre los que seguramente mucho debemos discutir han desestabilizado o no nuestras experiencias académicas. Es decir, en qué medida nos han hecho reflexionar acerca de la necesidad de revisar los procesos de producción de conocimiento que desarrollamos cuando crece socialmente un imaginario que convierte a ciertos dispositivos técnicos y a ciertos lenguajes en indiscutibles garantes de los derechos que tanto ha costado y cuesta hacer visibles y conquistar. Un imaginario y unos discursos teóricos que hacen del individuo comunicador(es decir del individuo conectado) la figura más preciada del horizonte cultural. Hace algunos años fui invitada a compartir un Encuentro Nacional de Estudiantes de Comunicación en el cual se abordaron los avances producidos en nuestro país en torno al derecho a la comunicación. Para fortalecer esos avances, sostuve ante los estudiantes que debíamos imaginar en qué consistiría formar profesionales capaces de planificar, producir e investigar políticas, prácticas y medios que contribuyesen a garantizar el ejercicio de ese derecho. Un desafío que hemos comenzado a asumir en algunas instituciones universitarias y cuyos alcances deberíamos compartir y evaluar para potenciar los esfuerzos. Enseñan C z o a m d u e n la ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 677 Sostuve entonces que debíamos cuestionar y modificar las naturalizadas ideas que convierten a los profesionales de la comunicación en dueños por delegación de un derecho que es de todos y todas: una verdadera batalla contra el sentido común instalado, contra las opiniones construidas desde muchos medios pero también desde algunas tradiciones académicas e institucionales. Contra la idea de formar personas con capacidades de expresarse, de argumentar, de interpretar, de inventar, sostuve que para hacer de la comunicación como derecho una nueva matriz cultural y política de nuestra labor académica necesitábamos poder concebir a los comunicadores como mediadores. Es decir, como profesionales con los conocimientos, aptitudes y actitudes necesarias para pensar y operar como facilitadores y vehículos de una palabra colectiva, diversa y plural que pudiera pronunciarse públicamente por disímiles que fueran las condiciones objetivas y subjetivas de quienes integramos la sociedad. Profesionales que pudiesen identificar las diferentes voces, sus lugares y modos de enunciación, sus posibilidades o imposibilidades de aflorar en la escena pública. Profesionales con capacidades para hacer dialogar esas voces, es decir, con capacidad para identificar conflictos, distancias y equivalencias y para permitir que, por encima de matices y antagonismos, esas voces llegasen a reconocerse entre sí como legítimas, como escuchables, como discutibles. Profesionales con conocimientos y aptitudes para construir su propio discurso a partir de los múltiples lenguajes, historias y tradiciones que constituyen la nación y su pueblo y los pueblos y colectivos e individuos que lo integran. Sigo convencida de que debemos asumir ese desafío, esa necesidad de repensar la figura del comunicador en su vínculo proactivo con los portadores del derecho a la comunicación. Pero además, me digo que tenemos que pensar esa figura en un escenario en el cual las modalidades de la masividad, constitutivas de las sociedades modernas, se ven en parte complementadas y en parte confrontadas por las posibilidades de fragmentación, selección e interacción de contenidos e interlocutores propias de los mundos virtuales y digitales cuyo futuro es, como en general se acepta, impredecible. ¿Cómo se expresan en esos mundos las luchas por los derechos de actuación y representación?, ¿cuáles serían los conocimientos, las aptitudes y actitudes necesarias para que pudiera cumplirse ese papel mediador del comunicador en el marco de espacios, redes y lenguajes cuya novedad y valor serían, justamente, el hecho de no necesitar 678 In-disciplinada mediación? Los profesionales que formamos ¿serían o deberían ser una suerte de nuevos pedagogos o entrenadores de los individuos en tanto comunicadores autónomos, los asesores de esos individuos en el uso cada vez más intensivo de dispositivos que mediante la interacción permanente producen la ilusión de poder decir y mostrar todo el tiempo aunque no haya nadie que escuche y mire o aunque no se sepa quién escucha o mira realmente?, ¿cuál sería en ese caso el horizonte común a construir? O por el contrario, como cada vez con más fuerza se alienta desde ciertos espacios interdisciplinarios, ¿deberíamos pensar en formar profesionales capaces de diseñar redes y medios y de producir tecnologías y lenguajes a la medida de las necesidades y demandas expresivas de colectivos sociales, políticos, étnicos o culturales, es decir, mediadores no sólo capaces de articular voces y miradas sino también capaces de producir equipamientos, programas y políticas orientadas a garantizar accesibilidad generalizada? Seguro existen muchos más interrogantes al respecto y habrá que buscar respuestas sin simplificar la cuestión. Para seguir pensando en ello, sólo algunas pocas pistas que tratan de ser meramente orientadoras. En primer lugar, rescatando la idea de la comunicación como derecho, creo que debemos asumir el sistema comunicativo como espacio de expresión y puesta en común de diferencias. Pero con esa noción no me refiero a la especialización que fragmenta y a la segmentación que busca maximizar consumos, sino a la necesidad de entender el conjunto de medios de comunicación como terreno de distinción y conflictividad. Más allá de las lógicas uniformadoras que existen tras la aparente variedad y que pretenden erigirse en garantes de inclusión cuando en realidad son el recurso para producir rentabilidad material e ideológica, tenemos que pensar ese sistema en su genuina dimensión democrática, asumiendo la democracia como ese orden que, en palabras de Ricardo Forster, habilita la compleja relación entre“conflicto y consenso, entre afirmación de las convicciones y aceptación de las diferencias”(Forster, 2011: 176). En ese marco, es preciso afirmar que los procesos de democratización de la comunicación no se producen diseñando dinámicas conciliadoras sino al potenciar las tensiones existentes, multiplicando día a día los enunciadores y lugares de enunciación, y rechazando las pretensiones que desde algunos discursos postulan la eliminación de la conflictividad; una eliminación que es, justamente, lo que caracteriza los sistemas expresivos de las sociedades injustas. Enseñan C z o a m d u e n la ic c a o c m ió u n n P ic o a p c u i l ó a n r 679 Finalmente, reconociendo que nuestras carreras operan en relación con ese sistema hecho de diferencias y conflictos y de variedad y heterogeneidad, me digo que resultaría incongruente—conceptual y políticamente— imaginar procesos formativos normalizados, aplanados por modas teóricas, el imperio de ciertas tecnologías, imposiciones administrativas o la comodidad que brindan algunos modelos canónicos. Por el contrario, creo que tenemos que apostar por unas carreras de comunicación que no sólo asuman la diversidad y las desigualdades existentes, sino carreras que contengan y permitan expandir las diferencias de las que estamos hechos como países y como sociedades. Porque me pregunto si acaso es posible formar profesionales con conocimientos y aptitudes para reconocer voces y silencios, para renovar agendas, para instalar diálogos, para procesar conflictos, si los planes de estudio, los contenidos que se enseñan, las temáticas que se investigan, no dan cuenta de realidades particulares; esas realidades en que están insertas nuestras carreras. En otras palabras, me pregunto si es posible formar comunicadores-mediadores, partícipes en elaboraciones colectivas de recursos y lenguajes, por fuera de los contextos materiales y simbólicos, territoriales y culturales donde se producen día a día las palabras y los silencios. Para no concluir En un tiempo en que se han fortalecido los reclamos por el derecho a la comunicación, en que desde muy diversos lugares se trabaja en pos de la pluralidad de voces, resulta casi contradictorio que desde nuestras carreras mantengamos la comunicación popular/alternativa en los márgenes del saber, como zona en relación con la cual somos capaces de ejercer nuestro compromiso social y político pero a la que negamos que pueda y deba ser espacio de nuestro comprometido quehacer en términos epistemológicos y académicos. Es decir, de un quehacer que produzca las teorías capaces de sostener unos modos de enseñar e investigar que, recuperando las hablas que pugnan por hacerse oír, se renueven y enriquezcan. En idéntico sentido, se trata de tiempos en que no complejizar lo que un comunicador puede ser, en términos profesionales, implica también poner en los márgenes las prácticas comunicativas populares/alternativas que, sin duda, son uno de los espacios privilegiados para el ejercicio de ese derecho. La afirmación anterior tiene, para mí, una especie de valor probatorio: los lugares incómodos revelan entre sí una peculiar sinergia. Aquella que se deriva del hacer comunicacional asumido como práctica fundante de lo 680 In-disciplinada humano, lo social y lo político y que no necesariamente guarda relación con el desarrollo de una profesión y, por lo tanto, con las estrategias de formación que la habilitan. En ese sentido, valdría preguntarse si las incomodidades a que me he referido no tienen que ver con la necesidad de poner en jaque la institucionalidad universitaria de los estudios de comunicación. La apuesta de algunas universidades públicas argentinas conmovidas por estas nuevas situaciones político-tecnológicas, puede ser aleccionadora: las carreras de comunicación se trasmutan en carreras de medios audiovisuales o de producción de contenidos digitales; las licenciaturas y especializaciones genéricas dan cabida a la comunicación popular y comunitaria; comienzan a desarrollarse diplomaturas en medios digitales y reconversión cultural… Pareciera, de ese modo, asistirse a la emergencia de espacios que comienzan a aceptar la incomodidad. Habrá que seguir paso a paso esos emergentes. Mirar de cerca sus derivas para constatar de qué manera la incomodidad da pie a la innovación cuestionadora o, por el contrario, se resuelve en ajustes que permiten, otra vez, acomodarse a lo mullido. 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