ANÁLISIS IMPACTOS GLOBALES DEL CORONAVIRUS: ¿CAMBIARÁ EL EQUILIBRIO DE PODER? Daniela Sepúlveda S. Andrés Villar G. La pandemia de COVID-19 ha puesto en entredicho gran parte del orden global desarrollado durante las últimas décadas, alterando no solo la economía sino también los sistemas políticos en todos los países. La magnitud de esta crisis plantea nuevos desafíos y complejiza los ya existentes a la política. En este artículo se desarrolla un análisis sobre los impactos globales de la pandemia, poniendo especial énfasis en qué significa ella para la globalización, el rol del Estado en el proceso y los posibles cambios en el balance de poder a nivel global. Profundizando en la oportunidad que representa para el mundo progresista latinoamericano la posibilidad de desarrollar un Green New Deal como camino de superación de esta crisis. Finalmente se vislumbran escenarios de política en el corto plazo para la izquierda progresista. IMPACTOS GLOBALES DEL CORONAVIRUS: ¿CAMBIARÁ EL EQUILIBRIO DE PODER? Daniela Sepúlveda S. Andrés Villar G. Índice 1 INTRODUCCIÓN 4 2 CORONAVIRUS: ¿FIN DE LA GLOBALIZACIÓN O REORDENAMIENTO DE ELLA? 5 3 EL ESTADO: GARANTE DEL PROGRESO 6 4 ORDEN GLOBAL Y BALANCE DE PODER POST CORONAVIRUS 7 5 RACIONALIDAD CIENTÍFICA VERSUS POPULISMO: OPORTUNIDAD PARA UN NEW GREEN DEAL 9 6 EL DESAFÍO DE AMÉRICA LATINA 11 7 CONCLUSIONES: ESCENARIOS POSIBLES EN EL CORTO PLAZO 13 FRIEDRICH-EBERT-STIFTUNG – ¿CAMBIARÁ EL EQUILIBRIO DE PODER? 1 INTRODUCCIÓN La rápida expansión del coronavirus a escala global ha generado un intenso debate sobre el futuro de la globalización, dejando en evidencia su fragilidad. Si bien, sus efectos de largo plazo aún son inciertos, es probable que, una vez superada la crisis, el mundo no sea el mismo que hemos conocido. Este escenario requerirá de respuestas creativas que no solo desafiarán nuestra noción de soberanía y poder, sino también nuestras capacidades para generar cambios a la estructura global de gobernanza, promoviendo un mayor rol del Estado en el bienestar de la ciudadanía. La crisis sanitaria internacional ha reactivado viejas preocupaciones y debates: ¿Qué debe hacer un Estado para asegurar el bienestar general de la población en tiempos de graves crisis, como una pandemia sin control? ¿Cómo enfrentar estos espisodios según el tamaño e influencia de cada país? ¿Cómo evitar el populismo, la demagogia, la violación de derechos humanos y el caos frente a la incertidumbre? Sin duda, la primera respuesta que se asoma es la necesidad de fortalecer el Estado y el sistema multilateral (y, probablemente, repensar su contingencia), estrechando nuestras relaciones de cooperación, pero a la vez de dependencia mutua. Así mismo, la actual crisis por el coronavirus nos ha forzado a cuestionar el proceso de globalización tal como lo conocemos, debido a que desnuda su peor cara: la libre circulación de personas, bienes y servicios se ha visto limitada, versus discursos erráticos que llaman a fortalecer y cerrar fronteras bajo lógicas cortoplacistas. En este contexto, ¿cómo se reconfigura la distribución del poder entre las grandes potencias? ¿En qué medida esta pandemia ayudará a promover una idea de progreso global basada en el desarrollo sustentable? No cabe duda de que esta crisis es una oportunidad para la acción global, comunitaria y sustentable. No obstante, también constituye una oportunidad para renovar nuestra concepción de progreso, fortalecer la racionalidad científica y el multilateralismo. Para ello se requiere de liderazgos, pero también de una firme institucionalidad, capaz de promover no solo una acción humanitaria más eficiente, sino también una estructura estatal que tenga en cuenta la necesidad de reordenar nuestras prioridades, debilidades y fortalezas. 4 CORONAVIRUS: ¿FIN DE LA GLOBALIZACIÓN O REORDENAMIENTO DE ELLA? 2 CORONAVIRUS: ¿FIN DE LA GLOBALIZACIÓN O REORDENAMIENTO DE ELLA? El pasado 14 de abril, la revista Science publicó un interesante estudio liderado por Stephen Kissler(2020), del Departamento de Inmunología y Enfermedades Infecciosas de la Universidad de Harvard. La investigación dio cuenta de algunas simulaciones para proyectar el curso de la actual pandemia que, eventualmente, derivará en un virus estacional de invierno. No obstante, el estudio también advirtió que las medidas de distanciamiento social, ya sean prolongadas o intermitentes, serían necesarias hasta el año 2022. Y, junto con ello, las estrictas políticas sanitarias y de vigilancia deberán mantenerse, para evitar un fuerte resurgimiento del contagio, situación que podría ser viable incluso hasta el año 2024. En este contexto, se han generado innumerables discusiones para entender los efectos sanitarios y de política pública que estas proyecciones podrían tener para los Estados, en un contexto globalizado. Las medidas de distanciamiento y su permanencia en el futuro no solo afectarán los sistemas públicos de salud, sino también la diplomacia, las relaciones comerciales y de intercambio y, desde luego, el equilibrio de poder internacional. En tiempos de incertidumbre, muchas interrogantes apuntan a cómo afectará la globalización esta pandemia. Algunos se han aventurado a señalar que esta crisis marcará el fin de la globalización, tal como la hemos conocido (Žižek, 2020), invitando a una reevaluación de una economía global. Según esta tesis, debido a que la globalización ha sido la responsable de la descontrolada propagación de esta pandemia, esta crisis ha sido elocuente a la hora de exponer las vulnerabilidades de un sistema que por años se enorgullecía de una relación de interdependencia total, asociada a un discurso unitario de crecimiento, desarrollo y progreso. Sin embargo, consideramos oportuno ponderar con distancia y suspicacia las tesis disruptivas del orden global pues, a pesar de los desconocidos impactos sociales, económicos, políticos y geopolíticos que esta pandemia está provocando en el mundo, estamos lejos de presenciar el fin de la globalización. Lo que hemos experimentado desde diciembre a la fecha es la fragilidad del sistema global, más no su fin. Es más, la interdependencia es más contingente que nunca, por lo que se torna urgente repensar nuestras prioridades futuras de forma responsable y sustentable. La pandemia del coronavirus, en consecuencia, representa una buena instancia para proyectar una nueva distribución global de poder, repensando el rol de la industria y producción a escala global(sea cual sea su ámbito), que verá acentuada su falta de cobertura a las regiones más pobres y vulnerables del planeta. Es así como en recientes semanas hemos observado un mercado negro vertiginoso, que ha obligado a los países a tomar medidas restrictivas, para activar sus protocolos de compra de insumos médicos, securitizando una respuesta sanitaria que, por principio y acción, debería estar respaldada por una circulación responsable y ética de bienes y servicios en tiempos de crisis. Ese es justamente un triste ejemplo de la enorme la fragilidad del sistema. 5 FRIEDRICH-EBERT-STIFTUNG – ¿CAMBIARÁ EL EQUILIBRIO DE PODER? 3 EL ESTADO: GARANTE DEL PROGRESO Sin duda, lo más llamativo de esta crisis es la revalorización del Estado, como el actor más determinante. Desde el fin de la Guerra Fría, emergieron y se consolidaron varios actores, tales como las multinacionales, medios de comunicación y ONG, generando la noción de pérdida de influencia e importancia del Estado. Sin embargo, las continuas guerras y crisis globales, como la actual pandemia, han demostrado que el Estado sigue jugando un rol primordial en las relaciones internacionales, lo que también comporta una revalorización de los gobiernos centrales y locales. La actual crisis expone que, a pesar de que vivimos en una era de completa interdependencia entre lo nacional y lo global, los Estados no han sabido o no han querido construir los acuerdos necesarios para otorgar gobernabilidad a la globalización. Es así como hemos observado que, muchas veces, los Estados confiaban en que los mercados nacionales y globales podían funcionar sin regulaciones poderosas, o que el mundo podía ser gobernado unilateralmente por la voluntad del más fuerte. De esta manera, el interés privado de unos pocos terminó imponiéndose sobre el interés general de la humanidad. En definitiva, se ha demostrado una vez más que el Estado es quien tiene la iniciativa y la capacidad para hacer frente a dichos fenómenos globales. Consecuentemente, y aunque resulte una obviedad, el Estado sí importa. No por romanticismo, sino porque tiene el mandato soberano y la capacidad de actuar y transformar las realidades domésticas e internacionales. Lo anterior, abre una ventana de oportunidad para la construcción de una narrativa que consolide y desafíe verdades asentadas(como las del propio neoliberalismo), alertando sobre la urgencia y necesidad de contar con un rol más protagónico del Estado y la justa valoración de lo público y las instituciones internacionales. La crisis puede ser afrontada, entonces, como una gran oportunidad para sentar las bases de una segunda etapa de la globalización, con un Estado más proactivo. Esto involucra el establecimiento de una era marcada por la prosperidad de todos y no solo de algunos; por la voluntad de concordar y respetar reglas claras, adoptadas multilateral y democráticamente; y por mercados abiertos y dinámicos, pero con Estados fuertes. En definitiva, hablamos de una era construida sobre un paradigma económico sustentable. Sin embargo, este mayor protagonismo del Estado también ha sido una oportunidad para desnudar el despotismo de algunos líderes, que persisten en imposiciones autoritarias. En Filipinas, por ejemplo, el Presidente Rodrigo Duterte amenazó con ejecutar aquellos que no respetaran las cuarentenas. En India, el Primer Ministro Narendra Modi intensificó las disputas entre musulmanes e hindúes. Sin duda, en el periodo posterior al COVID-19, los Estados liberales deberán llevar a cabo una intensa reflexión sobre el uso de los estados de emergencia y de calamidad pública, para aprobar normas contrarias a los derechos humanos o principios democráticos elementales. 6 ORDEN GLOBAL Y BALANCE DE PODER POST CORONAVIRUS 4 ORDEN GLOBAL Y BALANCE DE PODER POSTCORONAVIRUS Al igual que la caída del muro de Berlín en 1989, el ataque terrorista a Estados Unidos en 2001 y la crisis financiera de 2008, la pandemia del coronavirus será un hito histórico cuyas consecuencias son aún difíciles de proyectar para el sistema internacional. El proceso está en curso, por tanto, el sistema y los actores están reaccionando de diferentes maneras. La pregunta clave, reiteramos, es si veremos cambios significativos en la distribución del poder político y económico en el sistema internacional. En relación con el futuro orden internacional, el debate tiende a converger en torno a dos escenarios analíticos importantes. Por un lado, algunos prevén una fricción permanente en un sistema bipolar entre China y Estados Unidos, mientras otros anticipan una resolución más rápida de la disputa de liderazgo en un contexto de transición hegemónica(China, superando a Estados Unidos). En recientes semanas, Joseph Nye Jr. publicó en Foreign Affairs una intervención titulada:“No, el coronavirus no cambiará el orden global”(Nye Jr., 2020). Su tesis establece que si bien esta pandemia expone nuevos patrones de soft y hard power, por parte de las principales potencias en disputa“Estados Unidos y China”, el balance favorable a Estados Unidos no se verá afectado por esta pandemia. Las razones que entrega Nye son políticas, económicas y también militares, pero sobre todo geopolíticas: a) Estados Unidos se encuentra en una posición de ventaja geográfica y sin tensiones, a diferencia de China; b) Estados Unidos tiene una menor dependencia energética que China y, además, tiene una supremacía naval en áreas clave de extracción petrolera, tales como el Golfo Pérsico y el Océano Índico; y c) finalmente, Estados Unidos seguirá presentando ventajas demográficas en las próximas décadas, marcadas por un aumento de la fuerza de trabajo proyectables al 5%, mientras que China verá disminuída su fuerza en un 9%, a pesar de su superioridad y densidad poblacional(que, sin embargo, serán prontamente superadas por India). Este último aspecto irá íntimamente vinculado con el desarrollo de tecnologías clave, tales como la biotecnología, la nanotecnología, las tecnologías de la investigación y el data science, terrenos en que las universidades occidentales perseverarán en mantener su lugar en la vanguardia de la innovación, teniendo a Estados Unidos a la delantera de estos esfuerzos. Entonces, ¿por qué hemos sido testigos de largas e intensas discusiones sobre la forma en que el coronavirus alterará el orden global? Consideramos que estas proyecciones están basadas en la especulación, más que en reflexiones mesuradas de esta crisis sanitaria. Como se mencionó en la sección anterior, el coronavirus ha servido como una cruel demostración de la fragilidad de un sistema indiscriminado, que empujó al límite ético los principios neoliberales de economías abiertas y desreguladas. Por lo tanto, el hecho de que Estados Unidos tenga oportunidades a favor en el delicado entramado de equilibrio de poder, no significa que China retroceda en sus aspiraciones globales. Desde una perspectiva crítica, significa que la ortodoxia dominante deberá ofrecer nuevas alternativas a la acción política, identificando las fuerzas que seguirán determinando el equilibrio de poder. Bajo estas opciones analíticas, los países de América Latina deberán basarse en una evaluación lúcida acerca de cuáles de estas tendencias globales se irán consolidando en la región. Si un marco de bipolaridad se afianza, políticas que privilegian mantener un statu quo darán frutos en un mundo con reglas más claras, pero con un margen de maniobra reducido para el subcontinente. Por el contrario, un escenario de transición hegemónica se caracterizará por la incertidumbre y los incentivos para asumir riesgos. En este caso, la fortuna favorecerá a los países que tomen efectivamente esos riesgos, como es el caso de Argentina y sus acercamientos con China(Schenoni, 2019). Como lo mencionamos anteriormente, es importante matizar la noción de que estamos frente a un momento refundacional de nuevos arreglos globales y regionales. La comunidad internacional(grandes potencias), ante una crisis financiera mundial(crisis subprime de 2008), y ciertos cambios en la correlación de fuerzas( Rising Powers), ha inagurado importantes modificaciones en la distribución del poder dentro del sistema, pero no un cambio del sistema. En efecto, China no ha desafiado realmente el orden liberal impuesto por los países europeos(Reino Unido, Alemania y Francia, principalmente), y Estados Unidos, desde 1945. 7 FRIEDRICH-EBERT-STIFTUNG – ¿CAMBIARÁ EL EQUILIBRIO DE PODER? Más bien ha sabido crecer y acomodarse de forma inteligente y pragmática dentro de la arquitectura internacional imperante, pero eso no será suficiente para alimentar sus aspiraciones globales. Si bien China es una gran potencia mundial, de vital importancia para el desarrollo de América Latina, está lejos de desafiar(con excepción de la competencia en el Asia) y superar en términos simbólicos( soft power, estatus y prestigio), y condiciones materiales( hard power), a Estados Unidos, en el mediano plazo, pese a lo cual, es importante reconocer que el país asiático ha sabido llenar los espacios dejados por Estados Unidos, y esta crisis global es muestra de ello (Angelo& Chavez, 2020). Justamente, esos espacios los ha llenado mediante maniobras de cooperación sanitaria, donación de ventiladores e insumos médicos. No obstante, pasada la crisis, ¿cómo se concretará esta cooperación? Por otro lado, esta crisis reafirma la continúa pérdida de influencia y liderazgo que Estados Unidos ha experimentado desde 1990. En efecto, desde la administración Obama, la potencia viene dando señales orientadas a tener un rol menos protagónico en la mantención de la paz y seguridad internacional. Este retraimiento estratégico no significó, no obstante, descuidar su rol hegemónico, que aun detenta en el sudeste asiático, o la vocación de promover un acuerdo en materia de desarrollo nuclear con Irán, ambas políticas impulsadas bajo la administración de Obama. La diplomacia de las grandes potencias descansa tanto en su poder material, como en las orientaciones y estilos que promueve su política exterior. La decisión de privilegiar el espacio multilateral no es solo una opción normativa, sino también pragmática, sobre todo a la hora de promover intereses y buscar objetivos nacionales. Estados Unidos lo supo muy bien desde 1945. No obstante, la administración de Trump, carente de una política exterior, ha mermado el liderazgo de Estados Unidos y ha profundizado la crisis de los regímenes internacionales. Como señaló Richard Danzig, ex asesor de seguridad de Barack Obama, las tecnologías del siglo XXI son globales no solo en su distribución, sino también en sus consecuencias. Los contagios( bioseguridad), los sistemas de Inteligencia Artificial, los virus informáticos y la radiación nuclear, que otros pueden liberar accidental o deliberadamente podrían convertirse en un problema tanto doméstico como global. Es por ello que los informes y sistemas de seguimiento y controles compartidos, los planes de contingencia multilateral, las normas y los tratados internacionales deben continuar como la mejor estrategia de contención y reducción de riesgos ante los inevitables peligros mutuos que seguiremos enfrentando. En definitiva, las amenazas transnacionales como el COVID-19 o el cambio climático, no serán resueltos por Estados Unidos por sí solo o bajo la lógica del conflicto con otras potencias. Como señaló Joseph Nye Jr., cada país pone su interés nacional primero. Por tanto, la pregunta importante es qué tan amplio se define ese interés. El reciente curso de los hechos vinculado a la expansión del COVID-19 demuestra que no estamos ajustando nuestras estrategias a este nuevo escenario de forma adecuada. Evidencia de ello es la OMS, que en las últimas semanas ha debido sortear críticas erráticas que la posicionan como un actor clave en una disputa de poder de la que se niega hacerse parte(Estados Unidos versus China). En consecuencia, las políticas de cooperación, que deberían ser la principal respuesta ante esta pandemia, se están viendo peligrosamente afectadas por discursos populistas, nacionalistas y, en muchos casos, autoritarios que pueden traer réditos en el corto plazo, pero que a largo plazo solo generarán mayor incertidumbre al sistema. En este sentido, esta crisis es una oportunidad para demostrar la importancia del multilateralismo. Es el actuar responsable de organismos internacionales, como la Organización Mundial de la Salud(OMS), el que tiene la oportunidad para legitimar su rol ante la comunidad internacional. Sustentados en la evidencia y racionalidad científica, Naciones Unidas tiene la obligación de concertar políticas y salvar vidas humanas. Dada la naturaleza esencialmente global de los escenarios y desafíos, los instrumentos de respuesta o enfrentamiento necesariamente tienen que ser de naturaleza global. A la vez, la naturaleza global de los instrumentos también impone restricciones a la naturaleza del agente o agentes requeridos y a las estrategias que estos deberán adoptar. Así, se puede descartar desde ya como solución viable aquellas estrategias de encapsulamiento, en las que una coalición de países o, incluso, países en solitario buscan blindarse respecto de los efectos negativos de megatendencias(económicas, sociales, etcétera), o pandemias. 8 RACIONALIDAD CIENTÍFICA VERSUS POPULISMO: OPORTUNIDAD PARA UN NEW GREEN DEAL 5 RACIONALIDAD CIENTÍFICA VERSUS POPULISMO: OPORTUNIDAD PARA UN NEW GREEN DEAL Sin duda, esta crisis ha expuesto a los líderes populistas frente a la racionalidad científica. Estos líderes populistas han caricaturizado la pandemia y subestimado sus efectos. El tiempo, los enfermos, los fallecidos y la parálisis económica les pasarán la cuenta. En la batalla entre el populismo versus la ciencia, es la racionalidad científica la que acompañará a los líderes responsables para hacer frente a este desafío sanitario y global. La ciudadanía los respaldará. A pesar de la incertidumbre, esta crisis es capaz de proveer una gran certeza: la economía será la principal perjudicada de esta pandemia, pero también de las políticas de cuarentena y las medidas de distanciamiento social, que los países han adoptado y, muchas veces, endurecido. El Fondo Monetario Internacional ha proyectado una contracción del 3% para este año 2020, paralizándose la movilidad global en múltiples sectores(turismo, aviación comercial, hotelería, intercambios, educación, servicios, etcétera). La Organización Mundial del Comercio, en tanto, estima que el comercio internacional caerá un 32%, con una recuperación tardía hacia el año 2021. Según Oliver Stuenkel, Jefe del Programa de postgrado de la Escuela de Relaciones Internacionales de la Fundación Getulio Vargas, el escenario poscrisis sanitaria debe ser mucho más preocupante, porque sumergirá a América Latina en una crisis económica sin precedentes. El drama de estas proyecciones se acrecienta si, además, consideramos que la certeza de la crudeza económica venidera está acompañada por una gran incertidumbre: la duración de esta nueva crisis. Según el Banco Mundial, América Latina debería esperar una caída de-5% en su Producto Interno Bruto. Sin embargo, estas estimaciones son conservadoras, pues aún no sabemos cómo se comportará el mercado de commodities en los próximos meses, cómo enfrentarán las monedas locales los cambios del dólar, cómo aumentará la fuga de capitales y cómo caerán las remesas. Ciertos países de América Latina, que se enorgullecían de haber sacado de la pobreza a millones de personas en las últimas décadas, deberán ahora enfrentar un retorno crudo. Los más pobres seguirán siendo pobres(bajo lógicas periféricas), y un sector importante de la clase media volverá a sus niveles adquisitivos pre políticas transitorias. Estos números son evidencia de un fuerte terremoto en la prosperidad mundial pero, a su vez, un urgente llamado a revitalizar la racionalidad científica en el discurso y acción de las y los líderes políticos. Un ejemplo es la carrera por encontrar una vacuna para enfrentar el COVID-19, que no solo constituye una medida sanitaria esencial para evitar la multiplicación de fallecidos, sino también un fuerte llamado de atención para quienes rehúsan dar respuestas serias ante problemas complejos. Para ello, la reacción ante esta y futuras crisis debe ser también cooperativa. La coordinación de alianzas, como la observada entre los años 2014 y 2015, para contener la propagación del ébola, debe ser obligatoria. Empero, el coronavirus ha desnudado una profunda descoordinación incluso en instituciones que fueron creadas para tales efectos, como la Unión Europea. Si bien es comprensible que los países, sobre todo aquellos llamados a liderar ciertas agendas a nivel internacional, deben convivir con las necesidades propias de una gobernanza doméstica demandante, la coordinación entre los países debe prevalecer para generar certidumbres o mínimos comunes. Por este motivo, la racionalidad científica se está transformando en un actor clave en el marco de estos“mínimos comunes”, pues ayuda a marcar pautas sobre cómo debe avanzar la distribución, la gestión, la cooperación y la cobertura de medidas sanitarias pues, al final del día, la biotecnología es la única que nos ofrecerá la principal herramienta para detener los estragos de esta pandemia: una vacuna o un tratamiento. Este es un desafío interesante, pues significa cercar mucho más las respuestas populistas, demagogas y nacionalistas, con el fin de proveer herramientas cooperativas y solidarias con aquellos países más desfavorecidos. La ciencia, finalmente, se pone al servicio de la política. Al inicio de este artículo señalamos que esta pandemia ha demostrado que la interdependencia es más crucial que 9 FRIEDRICH-EBERT-STIFTUNG – ¿CAMBIARÁ EL EQUILIBRIO DE PODER? nunca, por lo que se hace urgente repensar nuestras prioridades futuras de forma responsable y sustentable. El sistema internacional no puede ofrecer respuestas globales al coronavirus sin una agenda sustentable. Esta crisis ha escalado tan profundo entre las grandes potencias, que puede generar los incentivos necesarios para desarrollar el New Green Deal, que tantas veces ha sido propuesto y tantas veces ha sido descartado debido a la prevalencia de un modelo de desarrollo fuertemente extractivista y cruelmente irracional con el medio ambiente. El proyecto de un New Green Deal hace años dejó de ser una agenda meramente climática. Como nunca, se ha transformado en una agenda social de cambio frente a crisis futuras. Los procesos de estimulación económica que vendrán después de la fuerte contracción provocada por el coronavirus deben inclinarse hacia mercados sostenibles. La transición energética verde ha sido fuertemente protegida por la Unión Europea, incluso en tiempos de austeridad económica y con la permanente crítica de los países de Europa del Este. Para la Unión Europea, el Pacto Verde Europeo será una de las claves de la reactivación económica y creación de empleos poscoronavirus. Pero esta es una ruta relativamente fácil, proviniendo de una institucionalidad que hace años se propuso el objetivo de alcanzar una economía comunitaria sustentable. Sin embargo, ¿Estados Unidos, China, India, Japón o América Latina están dispuestos a avanzar hacia este esfuerzo? El gran problema(colectivo) es la ausencia de una acción vinculante entre las economías más grandes del mundo para enfrentar el cambio climático. Tanto los gases de efecto invernadero, como los virus, no respetan fronteras. En consecuencia, las respuestas a ciertos problemas deberían pensarse en lógica transnacional y transfronteriza. En el corto plazo, la elección presidencial de Estados Unidos nos dará algunas luces de lo que se pueda lograr. El presidente Donald Trump, y su oponente electoral Joe Biden, difieren fuertemente sobre el cambio climático. En su primer año como presidente, Trump retiró a su país de los Acuerdos de París. Biden, por el contrario, se comprometió a que Estados Unidos pueda retomar dichos Acuerdos, en caso de ganar la elección. De esta forma, a pesar de que la mayoría de los países de todo el mundo continúen lidiando con las consecuencias económicas de la pandemia, lo que suceda el próximo 3 de noviembre en Estados Unidos tendrá un impacto dramático en la cooperación global, la profundización de la crisis económica, y los escenarios eventuales de coordinación internacional. 10 EL DESAFÍO DE AMÉRICA LATINA 6 EL DESAFÍO DE AMÉRICA LATINA El progresismo latinoamericano ha tenido una histórica vocación internacionalista y regionalista, que debe ser repotenciada. En una época de incertidumbres internacionales, Chile y los países de la región deben manifestar y fortalecer su compromiso con la cooperación internacional. Por tanto, contribuir a mejorar la legitimidad y fortalecer los regímenes internacionales debe ser la característica de una política exterior progresista. Bien sabemos que en la comunidad internacional no somos todos iguales. Efectivamente, en este escenario global los Estados enfrentan realidades disímiles en muchos ámbitos, especialmente en América Latina. Una vez superada la pandemia, sea lo que sea que implique aquello, nos encontraremos en un pie distinto. Como consecuencia, los cambios globales nos afectarán de diversas maneras y las estrategias para maximizar los beneficios de este proceso globalizador (y mitigar sus impactos negativos) no deben seguir necesariamente una misma línea. América Latina es uno de los continentes con mayor desigualdad entre las regiones del mundo y la pobreza en la región no ha variado significativamente en el último decenio. La pregunta es, entonces, ¿cómo los países de nuestra región aprovechamos este punto de inflexión, para acortar esta brecha y hacer nuestras sociedades más igualitarias? La interrogante que se nos presenta con esta crisis es cómo seremos capaces de enfrentar los mayores desafíos que se vislumbran: pobreza, hambruna y desigualdad. En este contexto, debemos fortalecer la opción por el multilateralismo porque comprendemos que esta es la única forma de darle gobernabilidad a la globalización y de enfrentar en forma mancomunada los desafíos que de ella derivan, tarea que se verá con fuerza en áreas sensibles para el contexto pos coronavirus, como el comercio internacional y la seguridad alimentaria. Necesitamos en forma urgente que las instancias multilaterales lleven a cabo un proceso radical de reformas, que tenga en consideración las demandas más urgentes de la población, que verá en el empobrecimiento y el desempleo creciente sus peores amenazas. rias globales que nos afectan a todos y todas: las reglas del comercio mundial, el resguardo de los derechos humanos y el estado de derecho, el control de virus y enfermedades con impacto transfronterizo, el cambio climático, la delincuencia organizada transnacional, entre muchos otros desafíos. En consecuencia, se espera que nuestro país se ponga a disposición y a la vanguardia del reto pospandémico que enfrentaremos en los próximos meses, mediante el fortalecimiento de diversas instituciones multilaterales, la profundización de la cooperación en áreas estratégicas y, por sobre todo, una revalorización de la investigación y el desarrollo. Esta no es solo una cuestión de principios, sino también de distribución de poder, en sus diversas formas, en un mundo cada vez más interdependiente. De esta manera, el multilateralismo deja de ser solo un buen anhelo o un buen propósito, para convertirse en una necesidad, y no únicamente para países pequeños o secundarios en la distribución global de poder sino, a la vez, para los protagonistas dominantes. Por lo tanto, esta crisis es una ventana de oportunidades para los países de la región, para que dialoguen y discutan una posición común sobre qué tipo de arquitectura multilateral debemos tener para el futuro cercano. El objetivo no es otro que los y las latinas vuelvan a tener confianza en su democracia, en que esta pueda resolver los problemas y que pueda brindarles mejores oportunidades. Esta crisis ha confirmado la necesidad de construir una globalización que asegure la prosperidad de todos y no solo de la algunos. En el corto plazo, esto va a ser solo posible mediante la adopción de un conjunto balanceado de políticas globales que permitan estabilizar el sistema financiero, dinamizar la economía, fortalecer la protección social(por de pronto, la salud) y asegurar un desarrollo sustentable. Chile, y los países de la región, apoyan el multilateralismo y participan en distintas instancias de esta naturaleza. Lo anterior ha sido la tónica porque la vocación imperante es influir en el proceso de toma de decisiones sobre las mate11 FRIEDRICH-EBERT-STIFTUNG – ¿CAMBIARÁ EL EQUILIBRIO DE PODER? 7 CONCLUSIONES: ESCENARIOS POSIBLES EN EL CORTO PLAZO La actual pandemia ha hecho evidente que en un mundo global no será posible construir un siglo XXI de paz, progreso y prosperidad, si la comunidad internacional no es capaz de concordar reglas vinculantes claras, adoptadas a nivel multilateral y democráticamente, que permitan construir la gobernabilidad global que necesitamos. Debemos alcanzar un nuevo balance entre Estado, mercado, sociedad y medio ambiente, mediante una concertación internacional capaz de poner en marcha un nuevo programa político, económico, social y ambiental. Así como las guerras mundiales constituyeron un motor de cambio y organización a escala mundial, la actual crisis sanitaria internacional debería concebirse como un nuevo aprendizaje, un nuevo objetivo político y, ante todo, un nuevo propósito humanitario pospandemia. Sin duda, esta es la oportunidad para que los movimientos y partidos progresistas enfrenten esta crisis con una mirada distinta, que se sustente en una visión responsable de lo público y lo político, teniendo como centro el bienestar de las personas y sus comunidades. La izquierda progresista dirá que este siempre ha sido su objetivo. No obstante, la realidad a veces dista de esa declaración. Lo cierto es que en los últimos años la izquierda ha puesto en segundo plano banderas de lucha históricas(derechos laborales, pobreza, vulnerabilidad social), privilegiando formas de hacer política que, en la práctica, no se condicen con sus propósitos fundacionales. Para ello, basta con contatar los diversos escándalos de corrupción y falta a la probidad pública que afectaron a muchos gobiernos de América Latina, conllevando, de paso, una natural falta de legitimidad y credibilidad al proyecto humanista y socialdemócrata que se decía defender. proyectar un escenario positivo en el corto plazo para la globalización, la cooperación entre las grandes potencias y la multilateralidad. El desafío será cómo evitar que la ideologización sea superior a una buena política pública internacional. A continuación, una síntesis de cómo podrían evolucionar determinados fenómenos y actores internacionales: • Rol del Estado: Por sobre todas las cosas, la crisis nos ofrece una oportunidad real para reinstalar la política y lo público en el centro del quehacer internacional. Es la oportunidad para los movimientos y partidos de izquierda de convocar y forjar un nuevo contrato social global y recuperar el sentido de lo público. Recobrar el sentido de una sociedad que deja de considerarse una suma de individuos que busca satisfacer su exclusivo interés personal, y comenzar a conjugar solidaridad, comunidad y equidad como parte del léxico común de las naciones. Ahora es cuando el Estado tiene que mostrar su capacidad para responder a las crisis que se avecinan, conjugada por el empobrecimiento de las personas y sus familias, el desempleo creciente, el aumento de la vulnerabilidad social y la agudización de la brecha entre ricos y pobres. Proteger a las personas y garantizar mayor certeza será el reto de los gobiernos, en el corto y mediano plazo. No obstante, cuando hablamos del rol del Estado no solo hacemos referencia a los gobiernos de turno, sino también hablamos de nuevos protagonistas que, en esta crisis, han activado redes de cooperación en la mayoría de los países del mundo, independiente de su ordenamiento político administrativo. Nos referimos a los gobiernos federales, locales, municipales, y la acción comunitaria organizada. En un nuevo escenario pospandémico, la izquierda progresista tiene la obligación y necesidad de recuperar las confianzas de la ciudadanía, a partir de medidas que logren conciliar las urgencias inmediatas(pobreza, trabajo, hambre), las de medio plazo(estabilización económica, producción de empleo, protección de la micro, pequeña y mediana empresa), y las de largo aliento(cambio en el sistema de salud, reformas al modelo de seguridad social y de pensiones, según la realidad y denominación de cada país). Con todo, teniendo en cuenta la envergadura de la crisis económica venidera, y ante el colapso aparente en las cadenas de valor, producción y distribución global, es difícil • Política exterior de Chile: La participación de Chile en los procesos de concertación regional se ha caracterizado por impulsar la construcción de consensos. El papel activo de Chile en la formación de UNASUR y PROSUR ha incluido la articulación de las distintas posiciones de sus miembros, siendo un agente facilitador. A lo largo de estos procesos, Chile ha insistido en la promoción del fortalecimiento de las instituciones regionales, armonizando las posiciones en pos de la integración latinoamericana. No obstante, vale la pena preguntarse, ¿será esto suficiente para la nueva etapa que enfrentaremos? Por cierto, no lo es. La clave de los nuevos tiempos que 12 CONCLUSIONES: ESCENARIOS POSIBLES EN EL CORTO PLAZO correrán será fortalecer el carácter vinculante de ciertas decisiones, para lo cual se vuelve imperativo un nuevo modelo de diálogo y negociación. Ya no basta con crear instituciones de integración latinoamericana para implementar acuerdos económicos o potenciar el intercambio de experiencias en múltiples áreas. Ahora es necesario establecer medidas rupturistas e innovadoras, que expongan al máximo nuestra creatividad y objetivos comunes. Ejemplo de ello puede ser la concertación entre los países del sur para aumentar la investigación científica en áreas prioritarias, estandarizar mecanismos y gestión en el sector agricultura, aumentar las redes de cooperación sanitaria ante eventos de gran magnitud, compartir bases de datos para el desarrollo de políticas públicas que afecten a más de un país, etcétera. • Siguiendo en la línea de medidas rupturistas, uno de los objetivos de la política exterior chilena en la región debe ser la de impulsar estrategias de desarrollo social, en donde la formulación de las políticas públicas esté orientada a alcanzar sociedades más inclusivas y con niveles superiores de efectiva integración. La idea consiste en focalizar el diseño e implementación de políticas con el objetivo de fortalecer la cohesión social para, de paso, consolidar las bases de una red de protección que garantice los derechos de todas las ciudadanas y ciudadanos de la región. Por ejemplo, se espera que en el nuevo escenario pospandémico la región tome seriamente la discusión sobre qué hacer con los nuevos pobres estructurales que dejará la crisis sanitaria. Así como estas inmensas poblaciones demoraron años en salir de la pobreza, les tomará años retornar a un punto de dignidad social adquisitiva mínimo. Esta será una causa común que América Latina tendrá que abordar“regionalmente”, sin esperar que otros países o potencias más favorecidas donen sus remanentes. • Fundamental entonces es el papel que le cabe a los Estados latinoamericanos para enfrentar en forma concertada las vulnerabilidades sociales que experimentaremos. Chile debería impulsar activamente este propósito y establecer las alianzas, incluyendo la participación de la sociedad civil. La experiencia de los países en el manejo de la pandemia COVID-19 es una oportunidad para compartir experiencias y buscar áreas de convergencia entre los distintos gobiernos de la región, independiente del color político de las autoridades. La sobreideologización de los mecanismos de integración en América Latina de la última década, nos dan cuenta de los grandes obstáculos que la región enfrenta a la hora de la concertación política. Esa es una de las grandes lecciones que nos han dejado estos mecanismos: que surgen y mueren con la misma facilidad con que se crean. El desafío de Chile y la región, no pasa por desconocer la ideología o las orientaciones políticas particulares, sino, más bien, por reconocer qué lugar y prioridad le damos a esas realidades al momento de construir proyectos colectivos. • Medio ambiente: La pandemia generará una oportunidad única para actuar frente a la crisis climática. Como fue mencionado, puede transformarse en una ventana de oportunidades para que los gobiernos transformen sus economías y sociedades de manera mucho más sustentable. Con todo, en el corto plazo, la recuperación económica supera las preocupaciones ambientales, por lo que no debería sorprender que en muchos países la agenda verde se vea postergada para ir en ayuda de la agudización económica más inmediata. • Nacionalismo y populismo: El avance de esta crisis sanitaria global será tierra fértil para los nacionalistas y antiglobalistas, que verán reforzados sus argumentos. El encapsulamiento para enfrentar los desafíos y amenazas internacionales podrá darles la razón en el corto plazo, pero será difícil sostener este discurso en el largo plazo. • Tensión entre Estados Unidos y China: Más que un cambio del sistema internacional, se consolidan y aceleran cambios en la distribución del poder al interior de este. En el debate de las grandes potencias, aquellos que ven a China como factor de desestabilización del sistema y posible ganador en las actuales circunstancias, solo reafirmarán su visión trágica del inevitable choque de dos grandes potencias. La elección presidencial estadounidense del mes de noviembre, se presenta como una oportunidad para averiguar si se produce un cambio estratégico en la proyección internacional de Estados Unidos. • Reconstrucción del multilateralismo: No hay alternativa viable al multilateralismo. Se necesita una reconstrucción de una infraestructura global de cooperación multilateral que afectará, principalmente, a instituciones como las Naciones Unidas o cualquier otro esfuerzo de cooperación continental. Ello implica ceder poder y compartir responsabilidades. Se necesita, en definitiva, un internacionalismo más pragmático y menos dogmático. Es decir, disminuir el nivel de polarización e ideologización en el debate internacional y focalizarnos en la protección irrestricta de las personas. Lo anterior merece ser remarcado. Frecuentemente, se apela al multilateralismo aceptando implícitamente que este sistema descansa en la cooperación y algo así como la buena voluntad entre los Estados, lo cual es medianamente cierto. Sin embargo, no hay multilateralismo posible, que es lo mismo que decir que no hay régimen internacional posible, si no es sobre la base de una mayoría importante que accede a otorgarle carácter vinculatorio y eficiente a ese régimen. En este sentido, América Latina necesita de mayor voluntad política para los tumultuosos meses y años que enfrentaremos. 13 FRIEDRICH-EBERT-STIFTUNG – ¿CAMBIARÁ EL EQUILIBRIO DE PODER? 14 REFERENCIAS Angelo, P.& y Chavez, R.(abril, 2020).‘Gracias China!!!’ Recuperado de https://www.nytimes.com/2020/04/21/opinion/china-latin-america-covid.html Kissler, S.(2020). Projecting the transmission dynamics of SARSCOV-2, through the postpandemic period. Recuperado de https:// science.sciencemag.org/content/early/2020/04/14/science.abb5793 Nye Jr., J.(abril, 2020). No, the Coronavirus Will not Change the Global Order. Recuperado de https://foreignpolicy.com/2020/04/16/ coronavirus-pandemic-china-united-states-power-competition/ Schenoni, L.(febrero, 2019). Bipolarity or Hegemony? Latin America’s Dilemma for the first century. Recuperado de https://www.e-ir. info/2019/02/24/bipolarity-or-hegemony-latin-americas-dilemma-for-the-21st-century/ Žižek, S.(febrero, 2020). Slavoj Zizek: Coronavirus is“Kill bill”-esque blow to capitalism and could lead to reinvention of communism. Recuperado de https://www.rt.com/op-ed/481831-coronavirus-kill-bill-capitalism-communism/ Santiago de Chile, 26 de Junio de 2020 REFERENCIAS 15 FRIEDRICH-EBERT-STIFTUNG – ¿CAMBIARÁ EL EQUILIBRIO DE PODER? 16 AUTORES PIE DE IMPRENTA Daniela Sepúlveda S. Cientista Política y Magíster en Pensamiento Político Contemporáneo, ambos de la Universidad Diego Portales. Becaria Fulbright para estudios de Doctorado. Cuenta con Diplomados en las áreas de relaciones internacionales; y estudios de seguridad y defensa. Ha realizado cursos de especialización en derecho internacional humanitario y derechos humanos; cooperación internacional, seguridad y defensa; y Agenda“Mujer, Paz y Seguridad”. Andrés Villar G. Cientista Político y Magíster en Ciencia Política, ambos en la Universidad Católica de Chile. Ph.D. en Relaciones Internacionales, Universidad de Cambridge. @AndresVillarG Fundación Friedrich Ebert en Chile Hernando de Aguirre 1320 I Providencia I Santiago de Chile Responsable Simone Reperger Representante de FES-Chile www.fes-chile.org Edición de contenidos: Christian Sánchez Director de Proyectos Edición de estilo: Guillermo Riveros Álvarez El uso comercial de todos los materiales editados y publicados por la Friedrich-Ebert-Stiftung(FES) está prohibido sin previa autorización escrita de la FES. Las opiniones expresadas en esta publicación no representan necesariamente las de la Friedrich-Ebert-Stiftung{o de la organización para la que trabaja el autor}. 17 ISBN 978-956-7630-82-0 IMPACTOS GLOBALES DEL CORONAVIRUS: ¿CAMBIARÁ EL EQUILIBRIO DE PODER? La actual pandemia ha hecho evidente que en un mundo global no será posible construir un siglo XXI de paz, progreso y prosperidad, si la comunidad internacional no es capaz de con-cordar reglas vinculantes claras, adoptadas a nivel multilateral y democráticamente, que permi-tan construir la gobernabilidad global que necesitamos. Debemos alcanzar un nuevo balance entre Estado, mercado, sociedad y medio ambiente, me-diante una concertación internacional capaz de poner en marcha un nuevo programa político, económico, social y ambiental. Así como las guerras mundiales constituyeron un motor de cambio y organización a escala mundial, la actual crisis sanitaria internacional debería conce-birse como un nuevo aprendizaje, un nuevo objetivo político y, ante todo, un nuevo propósito humanitario pospandemia. No cabe duda que esta crisis es una oportunidad para la acción global, comunitaria y sustentable. No obstante, también constituye una oportunidad para renovar nuestra concepción de progreso, fortalecer la racionalidad científica y el multilateralismo. Para ello se requiere de liderazgos, pero también de una firme institucionalidad, capaz de promover no solo una acción humanitaria más eficiente, sino también una estructura estatal que tenga en cuenta la necesidad de reordenar nuestras prioridades, debilidades y fortalezas. Se ha demostrado una vez más que el Estado es quien tiene la iniciativa y la capacidad para hacer frente a dichos fenómenos globales. El Estado sí importa. No por romanticismo, sino porque tiene el mandato soberano y la capacidad de actuar y transformar las realidades domésticas e internacionales. Lo anterior, abre una ventana de oportunidad para la construcción de una narrativa que consolide y desafíe verdades asentadas(como las del propio neoliberalismo), alertando sobre la urgencia y necesidad de contar con un rol más protagónico del Estado y la justa valoración de lo público y las instituciones internacionales. En un nuevo escenario pospandémico, la izquierda progresista tiene la obligación y necesidad de recuperar las confianzas de la ciudadanía, a partir de medidas que logren conciliar las urgencias inmediatas(pobreza, trabajo, hambre), las de medio plazo(estabilización económica, producción de empleo, protección de la micro, pequeña y mediana empresa), y las de largo aliento(cambio en el sistema de salud, reformas al modelo de seguridad social y de pensiones, según la realidad y denominación de cada país).