Nuestras miradas ANÁLISIS Nº10/2013 Pablo Mora Calderón Noviembre 2013 Hay sin duda un abismo infranqueable entre la película evangelizante del antropólogo Vidal Antonio Rozo, Almas Indígenas (1962) y el documental televisivo Mujeres que tejen cultura (2009), realizado por indígenas kankuamos de la Sierra Nevada de Santa Marta. En sus años respectivos, ambas obras obtuvieron el premio India Catalina del Festival de Cine de Cartagena y reflejan las transformaciones profundas del gusto de los jurados pero, sobre todo, de las actitudes individuales y colectivas de la sociedad colombiana por la cuestión indígena, que van del desprecio absoluto a la admiración relativa. En la primera, los indígenas colombianos se volvieron protagonistas de la pantalla a costa de su desvalorización radical. Algo tuvo que ver el eco tardío de la encíclica Vigilante Cura dedicada al cine por el papa Pío XI en 1936¬– que animó a sacerdotes claretianos y capuchinos a aventurarse en el arte cinematográfico, interesados hasta entonces en combatirlo y censurarlo por sus estímulos a la perversión y la corrupción. Emberakatíos y Arhuacos fueron entonces representados en películas de ficción que tuvieron el único propósito de servir a la empresa apostólica de esas congregaciones. Estos pueblos prestaron indígenas de carne y hueso para quedar atrapados en las tramas de la redención cristiana. Para la historia ignominiosa de nuestras imágenes en movimiento, en los archivos del patrimonio fílmico reposan películas como la del sacerdote Miguel Rodríguez, Amanecer en la selva (1950) y la del propio Vidal Rozo, El Valle de los Arhuacos (1964), cargadas de prejuicios por la vida y el pensamiento de esos pueblos. En el video realizado por TV Kankuama ¬–el primero y único canal étnico existente en Colombia¬– se narra la contribución femenina a la cultura de un pueblo arrasado en su lengua e identidad por décadas
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