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Uruguay en la región y en el mundo : conceptos, estrategias y desafıós
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en América Latina. De la industria frigorífica o de la automotriz hay datos claros, se saben costos propios y ajenos, se conocen las deman­das de los mercados y sus exigencias para poder participar de los mismos con niveles de competitividad. De la economía de la cultura, y más concretamente del núcleo de las industrias de la cultura a las que se quiere incluir en la mesa de negocios, no hay datos oficiales que permitan saber dónde se está parado. Y, cuan­do los hay, no son manejados con facilidad por los responsables públicos. No obstante, de esa recolección de cifras expuestas en publicacio­nes recientes, puede apreciarse que aun en época de severa recesión los uruguayos desti­nan más de 600 millones de dólares al consu­mo cultural... La otra cara de ese fenómeno es la tendencia a la concentración de las empresas que selec­cionan, producen, distribuyen y publicitan lo que «creen» tiene gancho en el mercado. Sin em­bargo, y a pesar de la innegable influencia que tienen estas empresas en los mercados nacio­nales de nuestros países, lo que más se escu­cha en América Latina es música doméstica y regional. Esto indica que, a pesar de las estra­tegias comerciales de las grandes corporacio­nes existen potencialidades para el desarrollo de emprendimientos exitosos en esta materia. Las nuevas redes de comunicación y las posi­bilidades abiertas por la tecnología digital pue­den abrir las puertas al desarrollo«negocios culturales» exitosos fuera de los grandes cir­cuitos comerciales. Probablemente pueda resultar exagerado, pero la cuestión de fondo, pensando incluso en tér­minos de la lógica de mercado, es si se promue­ve la mayor diversidad de propuestas o si, por ingenuidad, ignorancia o intereses menores, se facilita la concentración de la oferta de bienes culturales. La cuestión es cómo hacer que la mayor cantidad de creadores tenga la posibili­dad de encontrarse con la mayor cantidad de su público potencial. El asunto es no sólo pregun­tarse qué consumen los uruguayos o los latinoa­mericanos, es también propiciar que otros pú­blicos(otras ciudadanías) puedan conocer las formas de ser y sentir de nuestra gente. Comercio y cultura: implicaciones anchas y profundas Parecería que la realidad indica, más allá de posturas filosóficas, que en una economía de mercado pautada por las normas de la transac­ción pecuniaria, los bienes y servicios cultura­les pueden ser considerados mercancías. Sin embargo, la pregunta más relevante es si los bienes y servicios culturales son simplemente mercancías, o tienen éstos alguna particulari­dad que los hace específicos, diferentes, y que por tanto merecen un trato diferente al del mero negocio comercial. Una película de cine tiene una dimensión eco­nómica innegable. Pero también es incontes­table que, antes y después, alguien presentó allí su visión del mundo, una anécdota o un paisaje, la violencia o el amor, formas peculia­res vividas o imaginadas, regionales o univer­sales... Se trata de una creación artística y, o no, busca provocar, informar, hacer reír o llo­rar, pensar u olvidar... Transmite valores: los de los muchachos de Montevideo, los de la poli­cía de Nueva York, los de los colegios ingle­ses..., o determinados paradigmas que se ex­treman en un personaje mesiánico que se cons­truyó una nave espacial sofisticada o en un ro­mántico que lleva en un camión a seres comu­nes y habitualmente ignorados. Nos familiariza con determinadas costumbres y nos induce a considerar exóticas otras. Lo sintetiza conceptualmente la UNESCO en su Declaración Universal sobre diversidad cul­tural, aprobada por unanimidad en París en noviembre de 2001: « Los bienes y servicios culturales, mercan­cías distintas de las demás. Frente a los cam­bios económicos y tecnológicos actuales, que abren vas­tas perspectivas para la creación y la innovación, se debe prestar una atención particular a la diversidad de la oferta creativa, a la justa consideración de los derechos de los autores y de los artistas, así como al carácter específico de los bienes y servicios culturales que, en la medida en que son portadores de identidad, de valores y sentido, no deben ser considerados como mercancías o bienes de consumo como los demás.» 15