los casos de México y Venezuela existe un número importante(tres) de socios con los que la intensidad del comercio se contrajo. Si bien estos datos no son suficientes para afirmar que el aumento en la intensidad del comercio haya sido el resultado de los procesos de integración regional, las características particulares de la estructura del comercio(tanto regional como por tipo de bienes) de México y Venezuela sugiere que aquéllos jugaron algún papel. En efecto, según ALADI-CAN-MERCOSUR(2006) para la mayoría de los pares de países computados el porcentaje de posiciones arancelarias y del comercio que goza de un 100% de preferencias es bastante alto. Según las estimaciones correspondientes al año 2010, este es particularmente el caso para el comercio recíproco entre los miembros del MERCOSUR y la CAN. Debido a los compromisos vigentes, los porcentajes también aumentarán significativamente para las relaciones comerciales entre miembros de ambos grupos para el año 2014(como consecuencia de la implementación de los compromisos de liberalización ya comprometidos). A pesar de este progreso en el plano arancelario, lo mismo no ha ocurrido en materia de restricciones no-arancelarias y otras disciplinas. En efecto, tanto dentro de la CAN como del MERCOSUR, y más aún en las relaciones que se establecen entre miembros de ambos grupos, las medidas no arancelarias continúan siendo una fuente importante de barreras al comercio. En algunos casos, y dependiendo del período, incluso podría afirmarse que la incidencia de las medidas no arancelarias se ha incrementado(como es visible en el comercio entre la Argentina y Brasil) para compensar parcialmente la eliminación de los aranceles. Una característica de la arquitectura de los acuerdos preferenciales que se han constituido en la región es la generalización de un patrón asociado al clásico“plato de espaguetis” de Bhagwati. En efecto, a los acuerdos típicos de la fase del gran diseño y de la etapa de transición se agregó, en la década de los noventa, la versión propia del nuevo regionalismo. El resultado ha sido una acumulación de“capas geológicas” de acuerdos preferenciales con distintos grados de ambición en materia de acceso a mercados, cobertura de disciplinas y prácticas regulatorias. Si a principios de la década del noventa el debate sobre uniones aduaneras versus áreas de libre comercio tenía alguna relevancia de política, ésta se ha diluido de la mano las dificultades de los proyectos de unión aduanera para consolidarse y de la vitalidad de los acuerdos de libre comercio estimulados por la aparición de una nueva variedad de tipo“norte-sur”. En efecto, a comienzos del nuevo milenio los procesos de integración que tomaron la forma de uniones aduaneras se encuentran en profunda crisis. Si bien todos ellos avanzaron en la constitución de áreas de libre comercio(aunque en muchos casos persisten barreras no-arancelarias de diverso tipo), el objetivo de las uniones aduaneras no se ha alcanzado y en algunos casos existe un fuerte escepticismo sobre la conveniencia de avanzar en esa dirección. En el caso particular del MERCOSUR la implementación de la unión aduanera ha sido por demás defectuosa y las negociaciones con terceros han sido poco efectivas(excepto en el plano defensivo) y una fuente de discordia interna. Por lo que toca a la CAN, varios miembros han optado abiertamente por estrategias que en la práctica cierran la puerta a la materialización de una unión aduanera. Esta situación ha sido el resultado tanto de condicionamientos externos como de determinantes endógenos de los procesos de integración. Las dos secciones siguientes analizan brevemente unos y otros. El contexto externo El comienzo del nuevo milenio trajo algunas novedades en el ambiente en el que se desenvolvían los procesos de integración en la región. Dos de estos cambios son el aumento en el peso del bilateralismo en la política comercial norteamericana y el cambio en el ambiente ideológico predominante. A mediados de la década del noventa la conclusión exitosa de la Ronda Uruguay, la creación de la OMC y la aparente desaparición del riesgo de formación de fortalezas comerciales regionales habían contribuido a mejorar el clima del régimen de comercio internacional. Por un tiempo, el escenario de liberalización y convergencia progresiva de los regímenes regulatorios nacionales parecía ser algo verosímil. Sin embargo, detrás de esta visión optimista también había evidencias de crecientes dificultades en la gestión del proceso de creciente integración global. Como parte de este cuadro conflictivo, la ambiciosa agenda de la Ronda de Doha no registró avances sustantivos. Aún antes de la conclusión de la Ronda Uruguay el gobierno norteamericano, principal arquitecto del orden multi78 | MERCOSUR 20 años lateral en la posguerra, había iniciado el camino de los acuerdos preferenciales bilaterales como un modo de avanzar su agenda de negociaciones comerciales preservando, al mismo tiempo, sus principales intereses defensivos. Este enfoque, inaugurado con el acuerdo de libre comercio con Canadá a fines de los ochenta y profundizado con el TLCAN, tomó forma explícita en la estrategia de“liberalización competitiva” anunciada por la Casa Blanca en el año 2001. Según un documento oficial:“Hace cuatro años la administración Bush lanzó una nueva estrategia: promover iniciativas globales, regionales y bilaterales mutuamente reforzadoras(...) Al perseguir iniciativas múltiples de libre comercio, Estados Unidos ha creado una“competencia por liberalización” promoviendo nuevas negociaciones comerciales globales, ganando influencia para impulsar nuevas negociaciones y resolver problemas, y estableciendo modelos de éxito en áreas como la propiedad intelectual, el comercio electrónico, el medio ambiente y el trabajo, y la lucha contra la corrupción” 13 . Este mismo documento y declaraciones anteriores ya habían anunciado, asimismo, la decisión de vincular los criterios para seleccionar socios para las negociaciones preferenciales con consideraciones no-económicas(especialmente de seguridad). En el Hemisferio Occidental la estrategia de la liberalización competitiva, junto con la intransigencia del MERCOSUR para aceptar la exclusión de temas de su agenda ofensiva y la resistencia de Brasil a aceptar la inclusión en la agenda de disciplinas de interés ofensivo para Estados Unidos(inversiones, compras gubernamentales, etc), sepultó el proceso del ALCA. En efecto, después de ocho años de negociaciones, el ejercicio hemisférico dio lugar a una sucesión de iniciativas bilaterales que comenzó por los países de América Central y República Dominicana, y continuó con Perú, Ecuador, Colombia y Panamá. Esta estrategia tomó la forma de un bilateralismo asimétrico que resultó en acuerdos comerciales con países generalmente pequeños, en los que la agenda y los templates de la negociación fueron definidos con bastante discrecionalidad por Estados Unidos. En América del Sur, la disposición norteamericana a negociar acuerdos preferenciales con socios seleccionados tuvo un impacto desestructurante sobre los ya agónicos proyectos de unión aduanera. El impacto fue más visible en el caso de la CAN, donde Perú y Colombia concluyeron sendos acuerdos comerciales con Estados Unidos. En el caso del MERCOSUR, aún cuando la unión aduanera permanece formalmente vigente, la opción de un acuerdo bilateral Estados Unidos-Uruguay ocupó un lugar prominente de la agenda subregional durante un tiempo. Otro aspecto contextual relevante fue el ambiente de cambio de época con el que se inauguró el nuevo siglo. Si bien las políticas de apertura no se revirtieron, en varios países prevaleció una actitud más cautelosa respecto a las bondades de la liberalización unilateral, surgieron resistencias a profundizar la liberalización preferencial y, en algunos casos, cambió radicalmente el ambiente para la inversión. En muchos de ellos la llamada“agenda del desarrollo” reemplazó lo que hoy es visto como una agenda desequilibradamente centrada en la liberalización. Por cierto, este nuevo ambiente ideológico no está limitado a América del Sur, pero en la región tomó forma después de la sucesión de crisis en las economías emergentes a fines de los noventa. Gradualmente volvió a ganar fuerza, en algunos países más que en otros, la preocupación con la creación de capacidades endógenas y el nacionalismo. En este escenario creció significativamente la tolerancia a la diversidad política e institucional, lubricada por un ciclo favorable de liquidez internacional y altos precios de las materias primas. Desaparecida la“convergencia liberal” de los años noventa, su reemplazo fueron estrategias diversas –e incluso incompatibles– de inserción internacional y políticas domésticas. Mientras que algunos países intentaron ampliar su integración a la economía internacional a través del esquema de acuerdos bilaterales y reformas implícito en el template de los acuerdos de libre comercio de Estados Unidos, otros se resistieron no sólo a profundizar la apertura comercial, sino también a asumir compromisos en otras disciplinas. Por razones obvias, esos países rechazaron avanzar en negociaciones bilaterales con Estados Unidos. En síntesis, el nuevo ambiente ideológico levantó nuevos obstáculos a los proyectos de unión aduanera e integración comercial, en la medida que profundizó las diferencias de intereses y visiones entre los gobiernos. MERCOSUR 20 años | 79
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