Introducción Hasta hace aproximadamente diez años y como resultado de los procesos de democratización en la mayor parte de los países de América Latina, existía un consenso general sobre la percepción de la democracia que giraba en torno a su sustento electoral y constitucional. Después de períodos de autoritarismo militar, el objetivo fundamental desde finales de los setenta y comienzos de los noventa, fue construir un régimen político que se centrara sobre el derecho a elección. Posteriormente, con el cuestionamiento de algunas instancias de la democracia representativa, se consideró que era necesario llevar adelante una serie de reformas constitucionales para transformar y modernizar dicha institucionalidad, proceso que se llevó a cabo en varios países de la región en la década de los noventa. Resaltan los casos de Colombia y Perú, así como el de Ecuador con las Constituciones de 1994 y 1998. No obstante, la primera década del siglo XXI muestra mayores demandas y un nuevo debate sobre la democracia. El factor fundamental que explica estos cambios en su significado y valoración, proviene de la crítica al neoliberalismo debido a su falta de resultados para las mayorías e incluso por los efectos negativos que ha tenido. Esto incluyó críticas a la democracia liberal. En función de ello, se ha generado un proceso de cambios que tiene tres características principales(Adrianzen, 2009), que han influido en forma importante sobre los significados y valoraciones que se tienen sobre la democracia. La primera, es la inclusión social, política y económica de sectores que antes habían sido excluidos así como el protagonismo de actores, como los movimientos de mujeres y de pueblos originarios y los sindicatos, entre otros, que aunque estuvieron presentes en décadas anteriores ahora asumen liderazgos importantes en los procesos de cambio. La segunda es que en muchos países latinoamericanos se están produciendo procesos de reformas centrados en el cambio y la democracia. En este sentido, independientemente de si realmente se llevan a la práctica, se ha adelantado un discurso que privilegia la necesidad de innovaciones en la democracia, planteando alternativas a lo que se considera como la democracia liberal. Emergen propuestas en torno a transformaciones en las formas de representación que conducen a la aparición de nuevos liderazgos. En este marco, aunque se ha señalado(Mayorga, 2008) que estas reformas buscan abordar tanto la representación así como una mayor participación, en varios casos se ha producido una tendencia a darle mayor valoración a los llamados temas sustantivos de la democracia –inclusión, pobreza, equidad-y relegar los temas relacionados al funcionamiento formal de la democracia. Ello está especialmente presente en los procesos constituyentes de Bolivia, Ecuador y Venezuela. Esto se relaciona a la tercera característica, que señala que la interrelación entre los diferentes actores sociales y políticos es cada vez más conflictiva, ya que en varios países va desapareciendo la cultura de pactos, diálogos y concertación que había predominado, especialmente en función de lograr la estabilidad y profundización de las democracias. En este sentido, el problema crucial es cómo administrar o enfrentar esta conflictividad, justamente porque la política debe administrar las tensiones. También está presente todo el concepto de refundación de la nación, que privilegia el discurso nacionalista y refuerza el tema de la soberanía. 1
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