No disponer de estrategias no violentas con las que resolver conflictos entre iguales, así como por manifestar actitudes proclives a la agresión. Manifestar dificultades para ponerse en el lugar de los demás(empatía). Su razonamiento moral es más primitivo, siendo más frecuente entre ellos la identificación de la justicia con“hacer a los demás lo que te hacen a ti o crees que te hacen”, orientación que puede explicar su tendencia a vengar reales o supuestas ofensas. Además, se identifican con una serie de conceptos estrechamente relacionados con el acoso escolar, como los de chivato y cobarde, que utilizan para justificarlo y mantener la conspiración del silencio que lo perpetúa. Estar menos satisfechos que los demás con su aprendizaje escolar y con las relaciones que establecen con los profesores. Ser percibidos por sus compañeros como intolerantes y arrogantes; en ellos se percibe a menudo un sentimiento de fracaso. El conjunto de características en las que destacan sugiere que cuentan con iguales que les siguen en sus agresiones, formando grupos con disposición a la violencia, en los que se integrarían individuos que han tenido pocas oportunidades anteriores de protagonismo positivo en el sistema escolar. Su frecuencia es mayor en la adolescencia temprana(13-15 años), cuando se experimenta una mayor dependencia del grupo de compañeros, en segundo y tercero de la Escuela Secundaria; no es coincidencia que estos grados suelan ser los más difíciles para el profesorado de secundaria. Los resultados anteriormente expuestos, ponen de manifiesto la importancia que tiene erradicar situaciones de exclusión desde las primeras etapas educativas, y favorecer la identificación de los adolescentes con los valores de respeto mutuo, empatía y no violencia, como estrategia para prevenir el acoso entre escolares. Caracterizando a las víctimas Existen diferentes tipos de víctimas y no todas comparten las mismas características; sin embargo, todas ellas tienen una baja popularidad entre sus compañeros y producen el rechazo suficiente como para no ser capaces de recibir la ayuda de sus iguales. La víctima típica padece miedo y como consecuencia tiene una infancia o adolescencia infeliz. Esto está asociado a baja autoestima y posible fracaso escolar. Tiene mayor tendencia a la depresión, puede fingir enfermedades e incluso provocarlas en su estado de estrés. La popularidad de la víctima entre sus compañeros está por debajo de su o sus agresores lo que le impide comunicarse y relacionarse con sus propios compañeros. Las relaciones familiares suelen ser cercanas y algunos autores indican que está sobreprotegida, y que las habilidades para enfrentarse al mundo de fuera no son aprendidas en el seno familiar, incidiendo finalmente en su desarrollo social. 8
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Las escuelas como escenarios en los que se producen y reproducen violencias contra niños, niñas y adolescentes
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