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Democracia, género y equidad : aportes para el debate sobre los mecanismos de acción afirmativa
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comenzó a formar parte de esta medida de la«cali­dad de la democracia». De hecho, lo que se vio fue que en las democracias más consolidadas la partici­pación de las mujeres era mayor y en las menos consolidadas, la participación de las mujeres era menor; quiere decir que había un grado de relación entre consolidación democrática, calidad de la de­mocracia y participación de las mujeres. La Unión Interparlamentaria y las Naciones Unidas dieron un impulso especial a esta idea, incorporando el con­cepto de participación política de las mujeres en el marco de los indicadores de desarrollo humano. La calidad de la democracia uruguaya Uruguay se ha caracterizado en la literatura política por ser un caso«exitoso» de democracia, más aún si tomamos en cuenta el desarrollo político e institucional«accidentado» de la democracia en Amé­rica Latina. En primer lugar, fue un país con una altísima partici­pación electoral en términos comparados a los otros países de la región, a lo que colaboró la pronta ex­tensión del sufragio masculino(1916) y femenino (1932). Esta participación electoral, evidencia de un alto involucramiento ciudadano con la política, no hubiera sido tan importante de no haber fuertes la­zos que unieron a partidos y ciudadanos. De hecho, se dice que los partidos políticos en Uruguay ante­cedieron a la consolidación del Estado nacional, y en efecto, estas instituciones políticas son las res­ponsables por la formación de una ciudadanía na­cional y un sentido de pertenencia a la comunidad política, ya desde el siglo XIX. La sobrevivencia de los lemas tradicionales, la adhesión que consiguie­ron de amplios segmentos de la población, la pacífi­ca alternancia de los mismos en el ejercicio del po­der, y el grado de institucionalización de la compe­tencia partidaria desde el fin de las guerras civiles en los primeros años del siglo XX, hicieron con que el Uruguay fuera calificado en la literatura como el sistema de partidos más consolidado de la región. En segundo lugar, el Uruguay ha sido calificado en la literatura, desde el punto de vista de su restaura­ción democrática reciente, como uno de los países donde aún existe una representación política efecti­va, vehiculizada a través de los partidos. En este sentido se contrapone, en primer lugar, a aquellos casos donde el sistema de partidos se ha evapora­do, supeditándose la política al liderazgo carismático de ciertos Presidentes que han gobernado al mar­gen o contra los lemas políticos(y los ejemplos de Fujimori, Chávez, o Collor de Mello, son sólo algu­nos de una lista sorprendentemente larga de Presi­dentes cuya llegada al poder está intrínsecamente vinculada a fenómenos de crisis o insuficiente con­solidación del sistema partidario). En segundo lugar, se contrapone a aquellos casos en los cuales, a pe­sar de existir un cuadro partidario más o menos es­table, es el Poder Ejecutivo el que toma todas las decisiones, funcionando el Parlamento, que es la «casa de los partidos», como una simple correa de transmisión de las decisiones del primero(como el caso argentino durante el período de Menem). A di­ferencia de estas democracias, donde la ciudadanía «delega» el poder en un partido, o un Presidente, por todo un mandato, en el Uruguay, existe una ca­pacidad importante de control de la ciudadanía de los ejercicios de gobierno, vehiculizada a través de los partidos. Por todas estas razones es en los partidos políticos, entonces, donde hay que buscar las claves para la resolución del problema de la integración de la mu­jer a la política uruguaya. Dada la centralidad de los partidos políticos en la democracia uruguaya, una mayor participación de las mujeres a la política, im­plicará necesariamente una mayor participación de las mujeres en los partidos: ninguna medida tendiente a corregir los desequilibrios entre hombres y muje­res será efectiva, si ésta no se vincula con la estruc­tura y la oferta partidaria(como las cuotas en listas partidarias). Finalmente, el Uruguay continúa siendo el país más democrático de América Latina, medido en térmi­nos de su cultura política. Desde hace ya varios años se vienen realizando encuestas de opinión anuales en varios países de América Latina (Latinobarómetros 1996–2002), que tienen, entre otros objetivos, el de medir la percepción y valora­ción que hace la ciudadanía de la democracia y las instituciones políticas. En base a estos datos se ela­bora un Indice de Democracia, que permite ade­más, comparar a los países de América Latina, con otros de otras regiones(Europa, Africa). El Uruguay es el país de América Latina que recibe el más alto puntaje en la escala de«democracia» porque los uruguayos son los ciudadanos que en mayor medi­da valoran la democracia y tienen confianza en las instituciones políticas. 7