Introducción Una de las más importantes tareas para quien reflexiona y actúa a partir de la crisis venezolana es la de purificar los términos 1 que conforman el análisis teórico e inspiran la acción política. Dicha tarea, que tiene carácter teórico-práctico, puede desdoblarse en dos aspectos relacionados entre sí. Por un lado, aunque parezca de perogrullo, no se puede suponer que el significado atribuido a las palabras con las que se caracteriza y analiza la realidad política del país es compartido en su esencia por todos los venezolanos, ni siquiera por buena parte de ellos. Y por otro, tampoco puede darse por supuesto que aunque haya algún consenso respecto del alcance de los términos, cuestión que, en principio, tendría que ser deseable, éste constituya necesariamente el sentido que deba dársele a los mismos. En la actualidad se observa un proceso de relativización y/o subjetivización de los conceptos elementales a través de los cuales se expresa la existencia política de la sociedad venezolana. Una de las causas que determina este fenómeno es el predomino de un clima de pensamiento débil, es decir de lo que se ha dado en llamar relativismo 2 . Por relativismo se entiende la actitud vital según la cual no existen verdades objetivas que prescriban a priori la conducta moral de las personas. Bajo este esquema, la verdad moral – también en política – depende de lo que piense o desee cada sujeto en cada circunstancia concreta. Nada es definitivo. Todo es relativo, todo vale. Se argumenta que la libertad es el derecho a actuar de acuerdo a la ¨propia verdad¨, y que la tolerancia es la disposición a respetar el ejercicio de una libertad así entendida. Tal relativización y/o subjetivización es un fenómeno generalizado en la cultura occidental desde hace décadas. Sobre éste vienen alertando importantes pensadores contemporáneos 3 , pues tiende a vaciar el nervio moral de la convivencia política. De hecho, puede llegar a convertir a esta última en un orden de fuerza y voluntad y no de justicia y razón 4 , en el que prevalece el capricho del poderoso – bien sea uno, algunos o la mayoría – sobre la moral objetiva que, como enseñaron los clásicos 5 , deriva de la naturaleza humana. O para decirlo en clave 1 La idea es tomada – mutatis mutandis – de VÖEGELIN, Eric: La nueva ciencia de la política, KatzDiscusiones, Buenos Aires, 2006, pp. 24 y ss., para quien la purificación de los criterios de análisis de la ciencia política pasa por liberarlos del positivismo formalista y cientificista, por reabrir los mismos a categorías morales universales y cognoscibles por todos los hombres de todos los tiempos como la justicia, la verdad y el bien. 2 Para una introducción al problema del relativismo moral, así como para los problemas que este engendra tanto en las dimensiones personal y social de la vida humana, véase YEPES STORK, Ricardo: Entender el mundo de hoy. Cartas a un joven estudiante, Ediciones Rialp, S.A., Madrid, 1997, pp. 53 y ss. También puede consultarse con provecho LEWIS, C.S.: El veneno del subjetivismo, traducido por Tulio Espinosa, Universidad Metropolitana, 1990. 3 Por todos Cfr. SPAEMANN, Robert: Ética, política y cristianismo, Biblioteca Palabra, Madrid, 2008, 304 pp.; RODRÍGUEZ LUÑO, Ángel: Cultura política y conciencia cristiana, Rialp, Madrid, 2007, 199 pp. 4 La dicotomía fuerza y voluntad vs. justicia y razón ha sido magistralmente desarrollada en GARCÍA-PELAYO, Manuel: Idea de la política y otros escritos, Obras Completas, volumen II, Centro de Estudios Constitucionales, Madrid, 1991, p. 1759 y ss. 5 Un agudo análisis de la perspectiva greco-romana clásica que coloca a la naturaleza humana como fuente de justicia para el orden político se encuentra en VÖEGELIN, Eric: Anamnesis, 1
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