de hacer del venezolano un Estado de partidos al mejor estilo de las democracias continentales europeas que emergieron después de la segunda guerra mundial 9 . El protagonismo de los partidos no fue, entonces, una situación riesgosa ni criticable en sí misma. Todo lo contrario. La fortaleza de los partidos políticos reflejaba la fortaleza de la sociedad civil y de su empeño por institucionalizar y crearle un marco jurídico al ejercicio del poder en Venezuela. Salvo la Iglesia Católica y las Fuerzas Armadas, las cuales por su propia naturaleza no debían participar en el proceso de institucionalización civil del Estado, no existía en el país ningún otro tipo de actores de alcance nacional que apalancara tal proceso. La organización de los sectores empresariales, sindicales y gremiales era aún incipiente. La quiebra del bipartidismo, que marca el inicio de la crisis de las organizaciones partidarias, comienza a sentirse entre la ciudadanía a partir de la década de los setenta. Desde ese momento, la fuerte presencia de AD y COPEI en la vida pública estatal y no estatal, que en los años cercanos a 1958 fue percibida como meritoria por su funcionalidad en la institucionalización del Estado venezolano, se convirtió en un factor de desprestigio de dichos partidos. 10 El ciudadano entendía que los partidos secuestraban la participación y, por lo tanto, obstaculizaban la realización de la auténtica democracia. Y si a ello se le suma que la imagen de los partidos se empezó a asociar, no sin fundamento, a realidades como corrupción administrativa, clientelismo, pragmatismo, privilegios, etc. 11 , no es de sorprender que se creara una perversa dicotomía ¨partidos políticos vs. sociedad civil¨, marcada por la desconfianza y la sospecha de la segunda sobre los primeros. El deterioro del discurso público Aunado a la crisis de los partidos políticos, advino en Venezuela un dramático deterioro del discurso público. Se entiende aquí el discurso público en sentido amplio. No se alude solo al verbo de políticos, gobernantes y demás personas expuestas por condición u oficio a la vida pública, sino – como diría Hannah Arendt 12 – a la unión de palabra y acción dentro del reino de lo público. Entre los venezolanos, ha sido el filósofo Rafael Tomás Caldera quien más ha reflexionado sobre la relación que existe entre discurso público y vida política justa o injusta. Según este autor, el recto uso de la palabra es condición necesaria, aunque no suficiente, para establecer y consolidar un orden republicano que, a un tiempo, pueda ser democrático. La suerte de una República civil, de una 9 Sobre el Estado de partidos en su vertiente europea es fundamental el texto GARCÍA-PELAYO, Manuel:“ El Estado de partidos”, Obras Completas, volumen II, Cen tro de Estudios Constitucionales, Madrid, 1991. Y de manera crítica, sobre la especificidades y corruptelas del Estado de partidos en la democracia venezolana que perduró hasta 1998, puede consultarse BREWER-CARÍAS, Allan: Problemas del Estado de Partidos, Editorial Jurídica Venezolana, 1988. 10 Cfr. KORNBLITH, Miriam y LEVINE, Daniel: Venezuela: The Life and Times of the Party System, en MAINWARING, S. y SCULLY, T.(Eds): Building Democratic Institutions: Parties and Party Systems in Latin America, Stanford, Stanford University Press, 1995, pp. 37-71. 11 Cfr. COPPEDGE, Michael: Partidocracia y reforma en una perspectiva comparada en SERBÍN, A. y otros(Eds) en Venezuela: la democracia bajo presión, Caracas, Invesp-North-South Center (Universidad de Miami)-Editorial Nueva Sociedad, 1993, pp. 139-160. 12 Cfr. ARENDT, Hannah: The Human Condition, The University of Chicago Press, Chicago, 1958, pp. 175 y ss. 4
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