consumidores y productores venezolanos han quedado ahogados ante una apertura cuyo único condicionamiento es la afinidad política del gobierno venezolano con los países a cuyas exportaciones ofrece, sin condiciones, el mercado nacional. Esa fórmula, en la que el estatismo se combina con la apertura indiscriminada para socios estratégicos, viene generando, por un lado, la ya anotada dependencia petrolera y, por el otro, relaciones de gran asimetría en las que, antes que estimular el intercambio comercial y la inversión extranjera que alienta desarrollo y avance tecnológico, se promueve un proceso de sustitución de la producción y el empleo nacional. Seguridad Un escueto inventario de los más graves problemas de seguridad a los que debe atender el país en el presente deja en evidencia el impacto que en su agravamiento, más que en su disminución, ha tenido la política exterior desarrollada en los últimos once años. De modo sinóptico, cabe categorizar cuatro tipo de problemas: legitimación de la de violencia por acción y omisión; discurso de guerra frente a un supuesto enemigo externo-interno, en cuyo nombre se destruye la profesión militar, mientras divide, militariza y arma a civiles; desarrollo de una política de seguridad y de compra de armamentos poco transparente y aislada de todo escrutinio, que se combina con el alejamiento de instancias y oportunidades de genuina prevención y cooperación para atender problemas transnacionalizados de seguridad. Lo dicho, silenciado y hecho en política exterior ha contribuido a la legitimación de la violencia también en el ámbito interno. Las expresiones de simpatía hacia actores violentos hacen una larga lista, desde el terrorista Carlos I. Ramírez El Chacal y el presidente de Sudán – sentenciado por la justicia penal internacional–, hasta organizaciones como Hezbollá y, particularmente, el Ejército de Liberación Nacional y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia ante las cuales el gobierno venezolano se ha movido entre el otorgamiento del beneficio de la duda a la guerrilla y el reconocimiento de su“proyecto político” como “respetable” y“respetado”, según dijo el propio Presidente venezolano ante la Asamblea Nacional en enero de 2008. A esas simpatías expresas se suman silencios y omisión de respuestas, como en el caso de las solicitudes del gobierno español de información y entrega de miembros de la ETA radicados en Venezuela o, respecto a la misma Colombia, la descalificación y negativa a investigar no obstante repetidas peticiones y denuncias como las que en julio de 2009 y junlio de 2010 fueron respondidas, respectivamente, con el congelamiento de las relaciones económicas y la ruptura de las diplomáticas. De ese modo, no queda sólo asociada la figura del Presidente a esos actores, sino que tal“apertura” deja expuesta la seguridad de Venezuela y los venezolanos. El discurso de guerra, no sólo en sus figuras expresivas sino en su manifiesta referencia a una guerra-conspiración por venir en la que estarían aliados los enemigos externos e internos de la revolución, el socialismo, el país, el Presidente –devenidos en un solo conjunto que polariza entre amigos y traidores– siembra división y erosiona las bases profesionales y el principio de no deliberación y participación política de la Fuerza Armada Nacional, mientras que ha promovido un sistema de milicias entre civiles expresamente llamado a enfrentar el supuesto enemigo interior-exterior. Dejemos anotado que, como parte de convenios que no han sido legislativamente debatidos ni públicamente difundidos, se ha introducido en uno y otro caso, la presencia de cubanos, fuera de las fórmulas tradicionales de cooperación militar, en funciones de mando que contribuyen a adulterar la jerarquía, profesión y propósito de la Fuerza Armada. 12
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La política exterior del gobierno bolivariano y sus implicaciones en el plano doméstico
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