ende la integridad del sistema político, contribuyendo a alimentar el«desencanto» o la«indiferencia» de la ciudadanía, que ya viene acunado por la pérdida de centralidad de la política y del estado que los modelos liberales han ido generando. Las vicisitudes de las izquierdas que van más adelante en estas experiencias –en el ámbito europeo o en el caso de Chile– pueden servir de«espejo» para las izquierdas latinoamericanas que se estrenan en los caminos de la social–democracia en la era neo–liberal. ¿La izquierda en la«tina»? Esta observación sobre los andamientos de tipo social democrático parecería confirmar las miradas pesimistas y las críticas que tales experiencias levantan en tiendas de la izquierda«social» y en los sectores polares de la izquierda política. La«macro–economía del populismo» le teme a los pasos que los gobiernos progresistas pueden dar en el manejo político de la economía. Mirando hacia las formas de establecimiento de la social democracia criolla, cabe preguntarse si en estos casos no tendremos, al revés, presidentes«prisioneros del mercado». No obstante, aunque existe este riesgo, la hipótesis social democrática no tiene por qué quedar sumergida en la« tina», adoptando por convicción o a regañadientes la consigna de que no hay otra alternativa, que dicha sigla proclama( TINA:« There Is No Alternative», según la admonición de Margaret Thatcher). Por el contrario, es posible y probable que haya cursos de innovación más o menos importantes y que la alternancia de elencos de gobierno de izquierda o centro izquierda en estos países de América Latina, marque efectivamente ciertas diferencias. Esto es por lo demás los que ha ocurrido con las experiencias social democráticas en Europa, en pleno auge del neo–liberalismo y en contraste con el conservadurismo, según han demostrado algunas investigaciones relevantes(en particular Boix 1996). Hay que corroborar pues, si los partidos que tienen una trayectoria social democrática llegan luego a impulsar efectivamente un gobierno social democrático, o se limitan a practicar una suerte de liberalismo social, no muy distante de las recetas de la«ortodoxia convencional». Dentro de un régimen de restricciones fuertes, las variaciones en los términos de innovación dependen básicamente de dos dimensiones. En primer lugar, la dimensión genética, que remite a las pautas de desarrollo de cada partido, las«rutas» de acopio electoral y de acceso al gobierno. En segundo lugar y como factor decisivo, la performance de gobierno depende de la productividad política, moldeada por los patrones de competencia y cooperación con los demás partidos y en la interna de los propios partidos de gobierno, en flujos de relacionamiento que transcurren fuera y dentro de las instituciones formales del andamiaje público. Esta dinámica está a su vez condicionada por dos variables. La primera y fundamental es la que delinea el sistema político, merced a los incentivos y las restricciones que derivan de las características concretas de sus tres componentes principales: el régimen de gobierno presidencial, el estatuto electoral y el sistema de partidos, tanto por sus características normativas básicas, como por su traducción específica a nivel de la representación parlamentaria, la integración del gobierno nacional y el mapa de autoridades regionales. Naturalmente, aquí cuenta mucho el caudal electoral del partido de gobierno, así como las líneas de fuerza que se tienden entre sus «tres caras»(puestos ejecutivos, bancadas parlamentarias y aparatos del partido, con su dirigencia propia y sus cuerpos de base). En este cuadro interviene de manera decisiva la ubicación y el patrón de liderazgo del centro presidencial. Estos elementos nos llevarían a establecer las marcas distintivas en la capacidad que tiene cada partido y cada presidente para obrar como pivot del gobierno: sea en el formato mayoritario que se encuentra hoy por hoy en Uruguay; sea en los formatos coalicio-
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La izquierda en Améria Latina y Europa : nuevos procesos, nuevos dilemas
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